domingo, 14 de marzo de 2010
Resulta que ahora
jueves, 31 de diciembre de 2009
Goliardos en el mar
martes, 4 de agosto de 2009
Emilio Lunadei
lunes, 13 de abril de 2009
La familia Lunadei: Roma-Buenos Aires, ida.
Fuera de toda esta mezcla de pintoresquismo y tragedia que tuvo la historia de Ada y mi padre, hay que agregar la militancia política de mi abuelo Emilio en el Partido Comunista Italiano en tiempos de Mussolini. Algo de toda esta historia, está contado en un post anterior de este blog titulado Gianni, publicado hace casi un año atrás. Resumo detalles contados allí en extenso. Desconozco cómo se conocieron Emilio y Ada, sólo sé que para cuando papá nació, el 2 de mayo de 1938 (aunque él siempre insistió en que había sido el 1°, día Internacional del Trabajo, para bromear y decir que el mundo entero se paralizaba en su homenaje), Roma estaba paralizada por la visita oficial de Hitler a Roma. Mi abuela tuvo un parto muy difícil en el que perdió litros de sangre y fue atendida por una guardia médica de emergencia. Ese día es evocado en la película Una giornata particolare de Ettore Scola. Revisando, años más tarde, periódicos de la época que mi hermano Valeriano heredó de papá, encontré cierta imprecisión, ya que, según parece, el abrazo entre Hitler y Mussolini que paralizó por decreto a la ciudad, ocurrió dos días después, con lo cual supongo que mi abuela fue internada un día con guardia de emergencia, el día del trabajador, y que permaneció internada varios días, debatiéndose entre la vida y la muerte, nuevamente atendida por otra guardia, la de aquél día particular. En ese detalle, el del hospital sin personal y el parto difícil, coincidían tanto mi abuela como papá. El resultado de este parto fue la pérdida de la matriz, lo que hizo que mi padre fuera hijo único y que siempre dijera que después de él habían roto el molde, y que había nacido triunfalmente con la matriz de su madre en la mano como el trofeo de lo irrepetible. Por aquellos tiempos, Emilio estaba clandestino e Italia combatía como aliada de Alemania. Desde ya, mi abuelo era oficialmente un desertor, y las patrullas fascistas venían a apresarlo. La mayoría de las veces Ada ignoraba el paradero de Emilio (quien entre otras actividades se trepaba a los postes de teléfono para cortar comunicaciones), pero en una ocasión aparecieron cuando él estaba allí. Improvisaron una salida: mi abuela dejó pasar a los agentes y revisar la casa, mientras mi abuelo se colocó en la cornisa del edificio, en el primer piso hacia la calle. Cuando los agentes revisaron el cuarto detrás de cuya ventana pendía mi abuelo, Ada se colocó sobre los vidrios, tapando a Emilio en el exterior. Afortunadamente parece que los agentes del gobierno no apostaron a nadie abajo, y que ningún transeúnte delató a mi abuelo, ya que vivían en el centro de Roma, cerca de la estación Termini, en la Vía Principe Amedeo. Es probable que los mismos vecinos hayan protegido a mi abuelo quien me consta que era muy querido y respetado por su coraje y sus convicciones. Sé que otra vez un portero colaboracionista (aunque amigo de mi abuelo) detuvo invocando influencias a una patrulla que quiso subir a investigar de dónde habían caído unos clavos miguelito (los que caen siempre con una punta hacia arriba) que papá había arrojado por la ventana mientras jugaba. Ambos hechos fueron de los pocos que contó el propio Emilio, y me fueron luego confirmados por papá y Ada. Emilio no hablaba habitualmente de sus actividades durante la guerra, sí en cambio lo hacía obsesivamente Ada. Ella fue la que me contó de los kilómetros que debía recorrer para conseguir alimentos, de cómo pasaban aviones en vuelo rasante que disparaban contra lo que se movía, de cómo al escucharlos mi abuela se protegía como podía tirándose bajo algún automóvil estacionado o metiéndose en un umbral. De esta última forma es como decía haberse salvado de las represalias que tomaban los nazis en Roma, cuando los partisanos mataban a algún soldado alemán, fusilando a los diez primeros romanos que pasaran por la calle. Ella fue quien me contó que recordaba a papá quizás a los tres o cuatro años, parado en su cama, muerto de terror, gritando Gli aeri ! (¡Los aviones!), bajo el estruendo de las sirenas antiaéreas y el rugir de los motores que se aproximaban. Por papá sé que en esos tiempos difíciles Ada y Bruna recibían hombres en casa, regenteadas por Adelle, quizás para conseguir la ración de huevo crudo con la que alimentaban por entonces a papá. Lo cierto es que toda esta situación no le pudo ser disimulada a Emilio cuando pudo volver, tras la caída y ejecución de Mussolini, y el matrimonio fue de mal en peor. Tengo huecos en la historia, pero tal parece que la actividad, al menos de Bruna, continuó (y se incrementó) con la llegada de los aliados norteamericanos. Papá recordaba que su casa fue usada como prostíbulo contando que una vez lo habían retado por jugar con unas "bolsitas" que estaban sobre la mesa de luz del dormitorio de su madre. Algunos años más tarde se dio cuenta de que eran que eran preservativos usados (nuevamente reproduzco su relato en sus propios términos). Las crisis durante la posguerra entre Emilio y Ada eran frecuentes, y una vez se reconciliaron y Emilio invitó a su esposa e hijo a festejar yendo a comer una pizza. No tardaron en llegar los reproches cruzados, hasta que Ada se levantó de la mesa intempestivamente y corrió hacia la calle, seguida por Emilio y papá, quienes vieron impávidos cómo se arrojaba al paso de un auto que le frenó a centímetros de la cabeza. Por aquellos años de la posguerra Bruna se casó con un próspero y acaudalado comerciante de origen judío que decidió venir a invertir e instalarse en la próspera Argentina de los años de Juan Domingo Perón. Bruna, parece que sin consultarlo mucho, tentó a Ada y a su madre Adelle, a que la siguieran. El matrimonio estaba casi destruido, y Ada quiso alejarse de Emilio llevándose a Gianni. Pero el hombre hizo uso de su patria potestad y se lo negó. Y entonces Ada se marchó de todos modos. Luego sigue un nuevo blanco en la historia, pero por lo visto deben haber tenido una reconciliación a la distancia, y Emilio decidió embarcarse con Gianneto, de 12 años, rumbo a Argentina. Desconozco aún las razones por las cuales finalmente Emilio no pudo viajar, pero parece haber surgido una complicación de último momento que lo retuvo en Italia. Decidió mentirle a papá y decirle que viajaban juntos. Lo llevó hasta el puerto de Nápoles, y lo acompañó hasta el barco. Y subió con él, lo presentó con un oficial, y cuando dieron el aviso de que las visitas debían abandonar la cubierta, este oficial tomó a papá del brazo mientras Emilio corría desgarrado y bajaba de ese barco, que unos instantes después partió, mientras Emilio agitaba su pañuelo llorando, pidiéndole perdón a papá por haberlo abandonado en aquél barco, prometiéndole que él se les iba a reunir en poco tiempo. Pero papá, en realidad, nunca lo perdonó. El oficial se encargó, según parece, de un modo muy particular de papá: y en el primer puerto lo llevó a un prostíbulo. Una vez a bordo, los muchachos mayores le robaban la comida y lo amenazaban. Ese viaje de entre 20 o 30 días fue un infierno para él. Aunque al llegar al puerto de Buenos Aires lo estaban esperando su madre, su tía y su abuela felices, papá no olvidaría ese calvario por el resto de su vida, y a ese viaje, más que a la guerra misma, le echó la culpa de su depresión muchos años más tarde. Quizás por ese viaje nunca más volvió a salir de la Argentina (salvo una o dos veces para cruzar a Montevideo, Uruguay), y no quiso volver nunca más a Roma, ni siquiera cuando en el año 1975 ganó el premio Moliere que entregaba la Embajada de Francia en la Argentina, con el auspicio de Air France. A pesar de que el premio incluía un pasaje por avión a París, y a pesar de que se había conectado con unos primos que seguían viviendo en Roma para viajar de París a Roma vía tren, nunca realizó ese viaje. Durante años sostuvo que no podía dejar su trabajo de actor, que lo obligaba a aprovechar una continuidad que podía terminarse y dejarlo desocupado. El argumento era débil, ya que se trataría de un impasse programado de un par de semanas. Años después me confesó, cuando yo viajé a conocer Roma, que él no podía regresar, porque la ciudad no había cambiado nada, y más que un viaje a través del océano, para él sería un viaje a través del tiempo, a la época más infeliz de su vida. "Yo sé que podría materialmente volver, simplemente no quiero volver, no puedo volver, no lo resistiría emocionalmente". Y no volvió nunca más desde aquél día en el puerto de Nápoles, como tampoco volvieron nunca mis abuelos, aunque en el caso de Ada, especialmente, murió añorando y soñando volver a ver a su amada Roma. Siempre repitió que todos los caminos conducían a Roma, pero ese refrán, quizás por diferentes motivos, no se hizo realidad nunca para ninguno de ellos.
domingo, 7 de diciembre de 2008
El amigo de Chicho y los retazos de la historia.

Por desgracia, algunos detalles de la historia se me escapan, no sé exactamente la fecha, pero papá la contaba una y otra vez con su insuperable gracia histriónica. La historia incluía el acento y el timbre de voz del personaje, elementos irrecuperables en la escritura, pero quizás nuestra memoria nos permita imaginar a papá (V. http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/05/gianni-ii-la-ventana-mgica.html y http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/04/gianni.html ) y al personaje imitado, porque, afortunadamente, ambos fueron reales y recordables. La cuestión es que una noche cualquiera, probablemente, de los años '60, papá terminaba una función de teatro de viernes, en el Teatro Municipal General San Martín. Uno de sus compañeros era Chicho Ibáñez Serrador, y como papá solía ser uno de los primeros en abandonar el camarín y esa noche había partida nocturna de pocker en lo de Chicho, el anfitrión pidió a papá que se dirigiera al hall central del teatro para ver si se encontraba con un amigo suyo que estaría allí esperándolo. Resulta que el hombre era algo despitado, y Chicho temía que se desencontraran. Se lo describió ligeramente: un hombre de baja estatura, de melena ondeada, maduro, con una voz algo chillona, era español. Papá salió a cumplir con el recado, y no tardó en encontrar al particular personaje. Creyó identificarlo y le preguntó:
lunes, 12 de mayo de 2008
Gianni II: La ventana mágica.
La tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela la Nonna, la misma tía que pronosticó el día que yo nací que sería presidente de la Argentina, repartiendo cintas celestes y blancas a quien se le cruzara (tía que no llegué a conocerte más que en eufóricos relatos de tu alegría desbordante: ¿qué destino cruel esperabas para este humilde servidor?), la querida y desconocida por mí tía Bruna, la "loca linda" de la familia, llevó a mi papá-niño a la ópera a ver Tosca, y ya nada volvería a ser igual para él, el espectáculo se le metió en el alma para siempre.
La obra transcurre enteramente en el Castell Sant'Angelo, distante a unas treinta cuadras de la casa de los Lunadei, en el centro de Roma, a orillas del río Tiber. El último acto transcurre en la terraza del castillo, Cavaradossi, el amado de Tosca, está preso allí; el malvado Scarpa lo encerró sabiendo de sus actividades revolucionarias y lo condenó a muerte. Scarpa desea perversamente a Tosca. En el acto anterior la muchacha va al despacho de Scarpa a rogar por la vida de su amor. El villano despreciable le pide a la joven la entrega de su cuerpo a cambio de simular la ejecución de Cavaradossi, programada para un rato más tarde, con balas de salva. Tosca accede, asegurándose de que Scarpa firme un papel en el que se supone que dará la orden, sin saber que el malvado miente. Cuando él, en un repugnante abrazo se dispone a poseer el cuerpo deseado con lascivia, Tosca recibe el abrazo apuñalando heroicamente al perverso, quien muere en sus brazos. Ella huye a avisar a su amado de la supuesta simulación que éste debe hacer, sin que nadie advierta aún el asesinato. Tosca le da las intrucciones a Cavaradossi, quien una escena antes canta una de las áreas más hermosas de la obra "E lucevan le stelle", donde evoca a la amada a quien no verá nunca más. La escenografía espectacular de la ópera reproduce al detalle el castillo, y papá pensó que el teatro era una ventana mágica que mostraba lo que realmente estaba pasando en ese lugar por el que él pasaba siempre. Desde ya, la historia era fuerte para un pequeño espíritu sensible como el suyo. Pero los espíritus sensibles se alimentan de las tragedias, y papá estaba fascinado.
La historia continúa, como buena ópera, con el final trágico imaginado: no hay balas de salva, Cavaradossi es fusilado de verdad, mientras Tosca piensa que se trata de una simulación, y observa despreocupada la escena. los soldados se retiran, Tosca espera. Luego de un rato, se le acerca a Cavaradossi, le habla dulcemente, pero él no responde, no se mueve, no respira. Tosca enloquece al comprobar la traición final de Scarpa. Mientras tanto, se descubre el asesinato cometido por la desesperada mujer, un grito lo advierte. Los soldados ascienden a la terraza y reaparecen en escena. Tosca se despide de Cavaradossi muerto, le dice que pronto se reencontrarán, y ante la vista atónita de sus perseguidores se arroja al vacío. La orquesta bate a fondo todos sus instrumentos, y en unos resonantes e inolvidables acordes finaliza la ópera. Telón final. Papá, shoqueado, se quedó mudo, y la tía Bruna pensó que quizás la obra hubiera aburrido al chico.
A la mañana siguiente, al despertar, no pudieron encontrar a papá por ningún lado, ni siquiera en el vecindario. Nunca supe cómo dieron con él, pero lo cierto fue que ya se imaginarán adónde estaba: se había escabullido bien temprano, no había podido dormir, había caminado las treinta cuadras que conocía bien para ver si estaba el cuerpo de Tosca en la vereda, y ni siquiera vio rastros de sangre, ni baldosas rotas por el impacto de la caída. No pudo dejarle una ofrenda, aunque sí le quedó la duda de cómo funcionaba aquella ventana mágica.
Y averiguar eso le llevó el resto de su vida.
lunes, 21 de abril de 2008
Gianni
La historia sigue con desgarros: caminar kilómetros para conseguir comida, ocultar a mi abuelo cuando estaba en casa y lo venía a buscar la policía o el ejército: técnicamente era desertor, clandestinamente era partisano. Se tenía que ir para no poner en peligro a la familia. Alguna vez un portero de su edificio que era colaboracionista le salvó el pellejo: mi papá estaba jugando en la casa con cosas que encontraba por ahí. Abrió un cajón y encontró que estaba lleno de clavos “miguelito” que mi abuelo, el Nonno, guardaba para sabotear vehículos fascistas. Obviamente su sola tenencia implicaba estar mezclado en actividades terroristas, y significaban la pena de muerte. Papá quedó fascinado con esos clavos con forma de medio signo de infinito, que siempre caen parados, con sus amenazantes puntas para arriba. E hizo el experimento de arrojar algunos por la ventana. Pasó una patrulla que vio caer los clavos, aunque aparentemente no advirtió de dónde caían. La patrulla buscó la puerta del edificio de inmediato, pero el paso les fue cortado por el portero. Los soldados querían subir, en el edificio había cuatro departamentos repartidos en dos pisos, el portero no los dejó, alegó que en su edificio vivía gente respetable. Invocó nombres, amistades, influencias y “credenciales” que hacían de él un buen fascista. Milagrosamente, los soldados se acobardaron y se fueron para no volver. Pero mi padre-niño no se salvó de una gran paliza provocada por la crisis de nervios de mi abuelo que cientos de veces había insistido a mi díscolo padre que no tocara aquellos cajones. Grave error tentar a ese geniecillo curioso que más tarde habría de saciar infinitas curiosidades. En cuanto a mi abuelo, el portero le salvó la vida porque a pesar de saber o sospechar lo que hacía, simplemente lo quería, el nonno era demasiado bueno para entregarlo. No sería extraño que el portero hiciera lo que hacía por miedo. No sería raro que admirara el coraje de aquél albañil simple y con convicciones.
Otra vez mi papá estaba jugando en la vereda de su casa, y una formación de soldados y Jeeps alemanes pasó por la calle. Papá suponía que por ser rubio le habrá hecho recordar al oficial a cargo a su hijo. Lo cierto es que mandó a detener la formación e hizo subir a mi papá al Jeep. Los vecinos que vieron la escena vieron un secuestro, una reprimenda cruel o un chantaje hacia mi abuelo. Mi papá lo vivió de manera diferente: el oficial alemán lo llevó de paseo por Roma, le puso su gorra impecable, lo hizo vivir la fantasía de ser un pequeño rey por un rato. Y para colmo remató la aventura convidándole ¡un enorme helado! Papá jamás había probado uno, el alimento alcanzaba para darle de comer un huevo crudo por comida, ya que la albúmina contenía las proteínas necesarias para la subsistencia. Aún en sus últimos años, conservó la costumbre de almorzar huevos apenas pasados por agua y de “merendar” después de su siesta ritual, un huevo crudo, absorbido directamente de un pequeño agujero que le practicaba a la cáscara. El paseo de papá termino con saludos cordiales en alemán, cuando el oficial lo dejó nuevamente en la puerta de su casa. Mis abuelos estaban desesperados, convencidos de que vivirían la tragedia más espantosa de sus vidas. Mi papá nunca pudo olvidar la emoción única y feliz que le produjo aquel paseo.
Y después llegaron los americanos, tras la caída de Mussolini, y mi abuelo otra vez lejos, y mi abuela abandonada, prostituyéndose por hambre. Papá empezó a entender lo que pasaba, tuvo que crecer de golpe, aunque se refugiaba en su fantasía, representaba obritas improvisadas de teatro en una ventana, para sus vecinos. Mi tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela, lo llevaba a la ópera, que quedaba a unas pocas cuadras de su casa. Y entonces Papá encontró su refugio más seguro: el arte. Después terminó la guerra, se quedó el hambre. Mi abuelo supo lo de mi abuela, le costó entender. A veces rompía en ira ante papá, se distanciaban, se buscaban nuevamente y volvían a empezar.
Un día mi abuelo cobró un sueldo, e invitó a papá y a la Nonna a vivir un lujo inolvidable: ir a comer una pizza. Todo era exquisito y feliz, hasta que surgieron los viejos rencores de la pareja. Comenzó la discusión y se cruzaron los reproches. De pronto Ada se quebró, y arrebatada por la deseperación salió corriendo a la calle amenazando con matarse. El Nonno y papá salieron corriendo detrás. Al llegar a la vereda, Ada se arrojó al paso de un auto. El vehículo llegó a frenar a centímetros de su cabeza, ante la vista azorada de su esposo y su hijo.
Todo parece indicar que tras aquello mi abuela abandonó a mi abuelo para probar suerte en Argentina junto a su hermana Bruna. La distancia operó la reconciliación y la añoranza. Mi abuela, que era modista de alta costura, estaba trabajando bien en el otro lado del mundo, y empezó a ahorrar para enviar los dos pasajes que hacían falta para reunir a la familia. Pero no alcanzó, sólo llegó a poder comprar uno. Lógicamente, mi abuelo iba a enviar a papá, de 12 años, solo. Incapaz de decirle la verdad, le hizo creer que irían juntos, le habló de aquél lejano y maravilloso país, del reencuentro con la madre, del futuro en común. Papá soñó con aquél día, y cuando al fin llegó, se encaminó al puerto de la mano del nonno Emilio, quien subió al barco junto a él, lo entregó a un oficial que debía hacerse cargo de cuidarlo pero que desapareció ni bien el barco zarpó, y salió repentinamente corriendo cuando se avisó que descendieran los visitantes. Papá vio su pañuelo blanco agitarse desde el muelle llorando y pidiendo perdón. De todo lo horrible que vivió en su vida, papá recordaría especialmente ese viaje como su peor pesadilla, como el punto más bajo del abandono y de la debilidad humana: los chicos mayores que él lo golpeaban y le robaban la comida, debió arreglarse como pudo, engañado y abandonado viajando hacia un país que ni siquiera sabía dónde quedaba ni cómo sería. Poco tiempo después, Emilio se sumó a la familia, pero la relación con papá nunca iba a ser buena. En cambio para mi abuela, papá siempre fue su tesoro y orgullo más preciados. Pero papá sentía vergüenza de ella, y la traducía en frases humorísticas tremendas y punzantes que mi abuela no terminaba de entender porque papá las solía decir en castellano. O quizás, Ada no quería entender, o si lo hacía, nada iba a cambiar su amor incondicional: papá siempre fue su vida, ya que a la suya parecía haber renunciado cuando vio cómo se llevaban botellas de vidrio de un litro con su sangre, de allí en más, salvar su vida había sido salvar la vida de papá ¿Quién iba a negarle, tantos años después, que todo ese sacrificio providencial había sido por su misión divina de ver triunfar a su hijo? Y no sólo pudo verlo, sino que además eso le dio sentido a la otra mitad de su vida, plagada de privaciones, de tristeza y desengaños, con la constante evocación de aquellos años infelices de los que siempre hablaba, mientras Emilio se obstinaba en callar.
En cuanto a papá, la familia se instaló en Ramos Mejía, adonde se hizo amigo de un chico del barrio un singular muchacho brillante, activo, intelectual y divertido que se llamaba Roberto. Gianni era irresistible con las mujeres, su simpatía y dotes de seducción las hacían sucumbir de una forma admirable. Roberto apreciaba este don, aunque no tanto cuando se trató de cruzarlo eventualmente con su propia hermana, Alicia. De nada valieron las advertencias del hermano menor a la hermana mayor, el tanito de la barra flechó el corazón indefenso de la hermosa muchacha, esa joya escondida por Roberto, que sabía bien de quiénes la preservaba. Y claro, esa joya es mi mamá, pero que yo llegue a contar esta historia fue complicado, y en todo caso, será otro capítulo.
Mientras tanto, vuelvo a su recuerdo, una y otra vez, lo veo siempre contando esto mismo, como si hubiésemos ido a cenar anoche. Y en un rincón del alma, pienso que es así. Aún comparto con él las cosas más bellas de mi vida, la pasión por el arte, el gusto por los buenos vinos y los manjares, la alegría de vivir intensamente. Releo los libros que heredé de él, mis ojos recorren las mismas páginas que a él le dieran tanto placer. Recuerdo sus emociones profundas, su voz grave y modulada al contar esta historia, sus manos dando vueltas como golondrinas al hablar, igual a como lo hacen las mías. Para mí, papá sigue siendo aquél héroe de la infancia, el que me montaba en sus hombros y me hablaba de la vida, el teatro, la literatura. Ese a quien yo escuchaba como se escucha a un sabio, a un héroe, una leyenda. Para mí, papá sigue siendo un triunfador eterno, un gigante que se sobrepuso a la tragedia de su infancia. Nuestro Occidente suele reescribir las historias de adelante para atrás, y a veces las personas parecen reducir su vida a su forma de morir. Desde ya, esto constituye una muestra de nuestro mal gusto, y se manifiesta especialmente en el caso de los suicidas. Papá lo fue, desde ya, pero la gente suele ser todo lo que hizo además de morirse. Y papá fue muchas cosas maravillosas e increíbles, además de ser un suicida. Su muerte sólo fue el revés artero de la historia trágica que él había superado sin saberlo, casi como si esa bala se hubiera disparado 60 años antes para estallar inesperadamente aquel nefasto día negro de 1998. En cuanto a mí, rescato la historia para entender y hacer entender el absurdo de toda muerte, para después recurrir a la negación y al recuerdo que todo lo arregla y embellece. Así es que papá entra en mis sueños y me cuenta chistes obscenos, me comenta al oído sobre mujeres bellas que veo por la calle, me recita poemas y me explica óperas mientras leo o escucho, y ahora entra por esa puerta, se sienta a mi lado, se emociona a su manera, relee, y me critica, corrigiendo algunos párrafos.
Gracias papá, gracias maestro. Gracias Goliardo mayor.
ALEJANDRO
PD: No seas tan duro en tus críticas, lo mío es puro cariño.

