Mostrando entradas con la etiqueta Anecdotario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anecdotario. Mostrar todas las entradas

viernes, 30 de diciembre de 2011

Los viejos años nuevos

Sé que se trata de una entrada extensa, pero por tratarse de un posible regreso, sabrán tolerarla. Dedico estos recuerdos a todos aquellos que son mencionados en esta evocación, sin quienes nada habría para contar. Y a la vez, dedico este regreso a aquellos fieles lectores y amigos que han seguido y visitando y dejando saludos en estos largos meses de abandono de este blog. Aquí me encuentro entonces, sacando telarañas y retornando a las viejas y queridas evocaciones.



Tengo un sobrino italiano, bastante a dado a vivir con comodidad dentro de su cascarón, que enterado en su muy tardía infancia de que el planeta en el que vive está formado por dos hemisferios, aún hoy no puede comprender por qué en esta parte del mundo es verano cuando allá, en su Roma natal es invierno. Es más, estuvo en Argentina, en nuestra casa, en pleno invierno crudo, mientras Roma era atacada por un verano hirviente, y aún así todavía no comprende cómo festejamos las navidades y años nuevos en verano. Curiosamente, a mí se me ocurrió siempre ver las cosas de manera inversa, a riesgo de caer en el etnocentrismo: es sumamente ordenado y práctico vivir el calendario de acuerdo a las estaciones, que el año comience con lo que aquí en el Sur sucede a las fiestas: las vacaciones de verano. Por esta parte del mundo nadie puede imaginarse una primera semana de enero sin masas familiares emigrando a destinos turíticos. Si se me permite, me parece que eso le confiere a nuestras fiestas un sabor victorioso y eufórico que no me imagino en el hemisferio Norte: si este poder de este mundo está hecho para ellos, el calendario está hecho para nosotros. Un ejemplo de una festividad extinta de mi vida adulta e imposible de resucitar: en la mañana de Reyes, al encontrar el regalo en los zapatos, muchas veces experimentábamos enormes emociones relacionadas con el verano: juegos para la playa como un equipo de pelota a paleta, o alguna vistosa remera veraniega. El mejor regalo que recuerdo en la primera infancia fue una pileta de lona que sobrevivió años armada en la terracita de la casa de mi abuelo materno, Tata para sus cinco nietos, en el barrio de Floresta. Nos fuimos a dormir mi hermana Maysa y yo como si nada, y al despertar había una pileta armada y al tope de agua cristalina para salvarnos esos largos y calurosos veranos de niños de ciudad sin parque.
Pero el tema no es la fiesta de reyes, que cerraba sin estridencias el ciclo de Las Fiestas de fin de año, iniciado estruendosamente por la navidad, el tema que invoco en esta ocasión es la que originalmente ocupaba el centro y ahora es el cierre: el año nuevo, festividad que para este matrimonio Lunadei tuvo siempre un tratamiento especial. Ocurre que es un clásico matrimonial el conflicto entre parejas por las disyuntivas de con qué familia pasar las fiestas, si la de ella o la de él, o al menos, cómo repartirse. En nuestro caso, si bien llevamos 25 años de casados, nuestros respectivos padres y madres se separaron, lo cual hacía el dilema imposible de resolver, ya que como se podrá imaginar se trata de repartir dos fiestas entre cuatro. Lo resolvimos de un modo salomónico: mi papá ignoraba las fiestas, tanto la navidad como el año nuevo, y mi suegro siempre fue poco demandante, por lo tanto, la cuestión quedaba entre las madres: navidad con mi suegra, que siempre viajaba a Río Grande, Tierra del Fuego, a visitar a mi cuñado Leonardo, su hijo menor que reside allí desde hace casi 30 años. Esto garantizaba la concurrencia de mis otros dos cuñados con su respectiva prole, es decir, navidad con ocho niños de edades cercanas, diversión, emoción y ternura aseguradas. Año nuevo quedaba entonces para mi mamá, pero debo confesar que rompimos esta regla, y he allí lo emocionante, de algún modo. La concurrencia de otros factores como el comienzo precoz de vacaciones y la distancia, nos llevaron a imponer una tradición alternativa: el año nuevo con amigos, y muchas veces, demasiado lejos de casa. Confieso que hay en el origen de este gesto algo de rebeldía pagana: como buen ateo escéptico que soy, el año nuevo guarda algo de supersticiosa sacralidad: es el comienzo de un nuevo ciclo, y entonces ritualizamos la ilusión de ponerle energía al comienzo para que el resto se contagie de lo bueno del primer instante. Aunque esto no sea una regla científica (a hermosos años nuevos les han seguido años desastrosos, y viceversa), la superchería sirvió al menos para alimentar el anecdotario.
Es por eso que nuestra colección de años nuevos únicos es tan variada que se nos hace muy difícil calificarlos y valorarlos: el más exótico fue sin dudas el que pasamos en Jerusalén, donde no se festeja el paso del año viejo al año nuevo, es simplemente una noche más. Para colmo, el año que nos tocó a nosotros era Sabbat, por lo que la ciudad estaba sumida en un profundo silencio y descanso, y además nos encontrábamos de visita en casa de un amigo seminarista rabínico que compartía con otro seminarista el departamento. Si bien no eran fundamentalistas ni fanáticos religiosos (se puede ser dignatario religioso sin ser un fanático, tal es el caso de nuestro amigo Javier), el otro seminarista que era un poco más ortodoxo, a quien por simpatías futbolísiticas (era hincha de San Lorenzo) le llamaban “el cuervo”, estaba en una etapa que podríamos denominar como de “rebeldía cultural”, y se quejaba de que en su familia siempre se habían festejado las fiestas cristianas, y por lo tanto quería pasar por alto el festejo de la navidad … y también cayó en desgracia el pobre año nuevo. La cuestión es que Cuervo y su novia Debby decidieron irse a dormir antes de la medianoche, lo que no sólo redujo el festejo a cinco personas (nosotros cuatro y Javier), sino que además, nos obligaba a cierto recogimiento. Desde ya, no somos adeptos a la pirotecnia, y si lo fuéramos, no lo haríamos en Jerusalén, donde el estallido de un petardo podría confundirse con el de una bomba. Descartemos por consiguiente todo espectáculo de fuegos artificiales, y sumemos el brindis en voz baja. Para colmo, durante el Sabbat los judíos practicantes (conservadores u ortodoxos) no pueden encender ni apagar luces, por lo cual utilicen un timer que programa las luces para que se apaguen solas. Ante la escasa participación y entusiasmo que despertaba la celebración, armamos la mesa de año nuevo lo más cercano posible a la tradición estival argentina (platos y bebidas espumantes frías, pasas de uva, nueces y castañas para después de la medianoche), y programamos las luces para cortarse a la 1 de la madrugada. Pero el sabotaje a nuestra tradición pagana, que paradójicamente se volvía el epítome de lo cristiano en aquél sólido bastión judío, llegó al colmo cuando resultó que el dichoso temporizador de las luces funcionaba mal, y en lugar de cortar las luces a la hora señalada lo hizo una hora y diez minutos antes, por lo que cuando estábamos haciendo los preparativos para el brindis nos sorprendió la más repentina y profunda de las penumbras, y decidimos salir a la calle desierta, donde había más luz que en el interior del departamento. Al menos dejamos inmortalizado esta especie de “no año nuevo” en un video hogareño que alcanzamos a grabar para documentar esta desolación absoluta, en el que nos divertimos sobreactuando la tristeza y la nostalgia que nos despertaba esa novedosa y particular experiencia antropológica que terminó resultando tan curiosa como exitante.

Pero así como ese año nuevo, el del ’94, fue exitante, el del ’98 fue inolvidable, viéndolo a la distancia, por cómo supimos transformar las dificultades en una serie de anécdotas y recuerdos que hicieron mucho más divertida a la reunión. Para empezar, logramos combinar y ponernos de acuerdo dos matrimonios (nosotros éramos en es momento los únicos con hijos) y un amigo soltero, para viajar a Colonia, República Oriental del Uruguay, acampar en el viejo Camping Municipal, y festejar bajo las estrellas, a cielo abierto, la amistad y la esperanza por el año que comenzaba. El tema del momento era una extrañeza climática que dicen que se repite desde que el mundo es mundo, pero que desde entonces tuvo nombre para nosotros: la Corriente del Niño. Ese año este fenómeno meteorológico hizo estragos, provocando fuertes tormentas de verano que arreciaban sobre los suelos resecos por las altísimas temperaturas, derramando sobre ellos en un día lo que solía caer en un mes. La sensatez hubiera indicado otros planes desde el inicio: el confort de un hotel, la calidez de una posada. Pero el instinto tribal de confirmar los lazos y compartir los sueños junto al fuego ritual pudo más, y los planes no se pusieron en duda en ningún momento. Partimos desde el puerto de Buenos Aires una mañana de 31 de diciembre con cielo tormentoso. Al llegar a Colonia el cielo se abrió, el valiente Miguel preparó un asado liviano, que preanunciaba el de la noche. Acampamos en tres parcelas vecinas, en un sitio que parecía tener similares condiciones ante la posibilidad de tener que resistir las inclemencias del tiempo en carpa. La tarde transcurrió con un sol intenso que invitaba a la siesta. Después vendrían las compras para el gran asado nocturno. Recuerdo que en vez de dormir, me dediqué a la inoportuna lectura del poema de Gilgamesh, el héroe que parte en busca del secreto de la inmortalidad, que es conocido por Utnapishtim y su esposa, los únicos sobrevivientes del diluvio universal. Mi lectura del poema llena de referencias a las aguas y al diluvio pareció convocar a las nubes primero, al viento más tarde, y finalmente a las primeras lluvias finas y penetrantes que nos obligaron a apurar la siesta y a cambiar de planes para esa noche. Contábamos con un auto chico, el Fiat 147 de Miguel, para movernos siete seres humanos. Es cierto que mis hijos, Lautaro y Maggie especialmente, eran tamaño small, pero debemos admitir que ya por entonces Leandro era un XXL (de alto y ancho), Miguel no es precisamente menudo, aunque por lógica ocuparía una sola plaza por ser el único conductor posible, por lo cual, la única distribución posible en el reducido vehículo era: adelante Leandro y Miguel, atrás los otros cinco, es decir, Lilian y Yoli, el que suscribe y ambos niños sentados “a upa” de los padres. En estas condiciones salimos a capear el temporal que se iba levantando de a poco, buscando como Gilgamesh, sólo que algo más terrenal: un restaurante que estuviera abierto esa noche, con ligar disponible y a un precio que no fuera exorbitante. Encontramos un hermoso Torreón frente al río que nos acogió a la altura de nuestros bolsillos. La hacinada búsqueda de refugio dentro del auto fue amenizada por la repetición hasta el hartazgo del estribillo de una cumbia escuchada en la única radio que captaba el autoestéreo, una vieja cumbia, creo que de Los Wawancó que repite una y otra vez “y tu me dices que no va, no va, no va, que ya no me quieres, y yo te digo que sí va, sí va, sí va, que por mí te mueres …” Este rítmico y optimista estribillo se transformó en algo así como nuestro grito de guerra, y lo entonamos bajo la tormenta, a voz en cuello, los siete integrantes compactados del vehículo, niños risueñamente incluidos. Cuando nos cansábamos de repetir el estribillo yo rompía con una frase acuñada al calor del momento: “… y ahora nos vamos todos a correr en pelotas por el río …” Nuestras risas de borrachos felices (estando absolutamente sobrios) contrastaban con el cuadro del exterior tormentoso que había transformado al escenario estival de la siesta en un otoño crudo y gris.
La noche en el restaurante del Torreón fue de ensueño, más allá de las goteras que obligaron a correr la mesa medio metro de lugar. A las doce de la noche en punto, hora uruguaya y argentina, descorchamos el triunfante champagne olvidando felices la frustración del asado, nos levantamos de la mesa para abrazarnos y salimos a la explanada del torreón para ver los fuegos artificiales. Nos encontramos con un espectáculo inesperado: el cielo plomizo y cubierto por completo enmascaraba, reflejaba y multiplicaba los resplandores de todos los fuegos artificiales de la costa bonaerense argentina. Fue como si de pronto tomáramos conciencia de que, aunque muy cerca, no estábamos en nuestro país, y nunca habíamos visto ese espectáculo, digamos, desde otro cielo. Lo que vimos fue cómo una silenciosa aureola boreal, de esplendores fugaces y variados, una paleta que combinaba el conjunto de pirotecnias  muy distantes entre sí. De pronto me sentí por un segundo como un nostálgico desterrado cercano, aunque todos hubiésemos elegido estar allí, verdaderamente aunque tronara o lloviera. En medio de ese éxtasis, de ese espectáculo hipnótico, una mujer pasó revoleando sobre su cabeza una tira de chispas de colores, todo era una cuadro vivo y colorido en medio del respiro que la tormenta le cedió al año nuevo.
Allí no terminaría aquel comienzo del ’98, el más singular de todos los que recuerde. Del restaurante del torreón nos fuimos a la playa, y de allí, volvimos al camping. Seguimos brindando y conversando bajo el cielo cubierto de nubes oscuras. Poco a poco, fueron cayendo bajo el poder del sueño los primeros, y Miguel y Yoli se retiraron a su carpa; Leandro y yo estábamos dispuestos a reditar otro memorable año nuevo de años atrás, en el maravilloso field de un tradicional, típico y  prestigioso colegio angloargentino (donde vivía y trabajaba mi suegra, a quien en vacaciones le cuidábamos la casa), un lugar de película al estilo La sociedad e los poetas muertos,  en el que terminamos jugando al TEG completamente borrachos, y tirados al piso de la risa, literalmente hablando. Conciente de nuestra poca disposición a terminar la esa noche antes del amanecer, Lilian decidió meterse con los chicos en la carpa para dormir. Era nuestra primera experiencia de campamento familiar, con una carpa prestada que era de mi mamá. Quiero decir con esto que no habíamos hecho ningún control de calidad ni ensayo previo. La cuestión es que cuando Lilian y los chicos entraron a la carpa, escucho su voz (y las vocecitas de mis hijos) iniciando una preocupada deliberación que arribó a un rápido diagnóstico indubitado: “está mojado”. Desde afuera miro a las otras carpas incólumes ­­–de hecho Miguel y Yoli dormían tranquilamente desde hacía un rato- y expreso mi escepticismo con un lacónico “no puede ser, es la condensación de la humedad ambiente”. Lilian un tanto ofuscada pasó al empirismo, sacando una bolsa de dormir empapada para que yo la palpara. La carpa estaba traspasada por el agua desde el piso, imposible dormir allí. Leandro, valiente socio en la adversidad, me acompañó a la administración a buscar una solución, y allí nos acomodaron en una diminuta cabaña con techo de paja, por donde entraba el frío por todos lados. Yo estaba con la cabeza recién afeitada (cosa que suelo hacer todos los fines de año, por razones de comodidad), y tuve que envolverme en una pañoleta palestina que había comprado en aquella otra ocasión en Jerusalén, y que resultó entonces de gran utilidad; Lilian, que es muy impresionable y desconfiada con las condiciones de limpieza de lugares transitorios, hizo dormir a los chicos vestidos, al igual que ella, envueltos en mantas propias que habíamos podido rescatar secas. Al día siguiente, cuando fuimos a la proveduría con Leandro en busca de averiguar de qué provisiones podríamos disponer para sobrevivir el primer día del año, nos encontramos con que no había nada digno de poner sobre la parrilla, ya que no disponíamos de elementos como para improvisar un guiso. Cuando estábamos esperando apareció un personaje gigantesco que hacía zanjas y mantenimiento de instalaciones del camping. Dejó su pala a un costado, pasó del otro lado del mostrador, posó con firmeza un vaso de trago largo, tomo por el cuello a una desprevenida botella de whisky, llenó el vaso casi a tope mientras quebraba con la otra mano una gran piedra de hielo del congelador y la encestaba dentro del vaso. Trago a fondo blanco sin respirar, y a seguir con la faena. Al regreso de nuestra fracasada misión sin existencia de víveres de ningún tipo, cruzamos nuevamente al personaje cuando veníamos comentando la proeza de resistencia alcohólica vista minutos atrás. El gigante encaró hacia nosotros, y debo confesar que el hecho nos cohibió, pensando que quizás adivinaba el tema de nuestra charla por nuestros gráficos gestos de reproducción de la escena. El hombre nos preguntó sin vueltas si a nosotros se nos había inundado la carpa el día anterior. Confesé, con la vergüenza de suponer que nuestra impericia para encontrar lugar de acampe apropiado era el corrillo de todo el camping, que efectivamente éramos los anegados, y el descomunal me dijo que no me tenían que cobrar la cabaña, que vaya de su parte a avisar en la administración. No recuerdo su apodo, pero mi memoria prefiere recordarlo como El Chiqui. Hicimos caso de inmediato, volvimos sobre nuestros pasos esgrimiendo que había dicho el Chiqui que no nos cobrasen, y la palabra del Chiqui resultó ser palabra santa, y así quedó compensado el accidente. Buen comienzo de año, aunque el resto del año no fue tan bueno que digamos. La aventura continuo saliendo a buscar comida para el almuerzo y la cena de un 1º de enero feriado como pocos. Miguel y yo salimos en misión sagrada a conocer los rincones más rurales de la pequeña Colonia del Sacramento. De pronto, avizoramos una carnicería cerrada, en donde unas personas abrían los candados de las puertas, sacaban las rejas, abrían las puertas e ingresaban al bendito local. Sabíamos que alguien aprovecharía el feriado para vender algo que le hubiese quedado, tenía que ser así porque dependíamos de esa débil esperanza. Entramos atropelladamente, detrás de ellos al local y les dimos el susto del año, por un segundo pensaron que era un asalto, ya que pasaban por el lugar a retirar algo que necesitaban (presumiblemente carne), para su pasar el día. Les rogamos que nos vendieran lo que fuera, nuestra subsistencia dependía de ello. Se apiadaron de nuestra desesperación y nos vendieron buena carne que tenían a mano a precio de lista. En fin, un primero de enero perfecto, a pesar de los caprichos de El Niño. El 2 de enero Miguel y Yoli regresaron a la patria que los vio nacer, permanecimos otro día paseando por Colonia con Leandro, hasta su regreso a Buenos Aires y nuestra partida a al camping de Punta Ballena, a visitar a mamá, la dueña de la carpa. Alli otra vez se nos inundo, aunque esta vez fue peor. Otra vez nos tuvieron que reubicar (nos cobraron igual, aunque con un generoso descuento), y la culpa, ante todo resultó ser de la carpa, que tenía unos visibles agujeros en el piso. Mamá, que era tan buena como cabeza dura, insistía con que lo que veíamos en el piso eran manchas y no agujeros, si esa carpa era tan buena que en campamentos que ella había hecho años atrás habían pasado días enteros de lluvia sentados con las sillas y con la mesa de camping armada adentro de la carpa. Era evidente que en esa misma ocasión habían agujereado el piso de la carpa, pero ¿para qué discutir inútilmente con mamá? Esas vacaciones, a continuación de ese año nuevo, fueron igualmente únicas, y El Niño fijó finalmente su impronta en este recuerdo.
El vikingo Leandro, según foto oficial de la insigne Universidad de Heidelberg


Claro que hubo otros años nuevos antes y después que aportaron lo suyo: años antes, en el pequeño departamentito de Olivos, el año nuevo en el que Miguel apuntó todo su pirotecnia contra la vieja cupé Chevy que mi pobre vecino de abajo había dejado durante meses tirado en la vereda del edificio. El vecino, que había pedido que tengamos cuidado con el auto inerme, tuvo que contemplar la locura piromaníaca de mi amigo, y lo soportó estoicamente (sabía que era él el que estaba en falta), aunque sufría cada detonación que sonaba cerca del auto. Ese mismo año nuevo, Leandro se ganó el apodo de “vikingo” inmortalizándose en un fotografía usando el casco de cuernos, el peto y la espada del disfraz de carnaval del pequeño Lautaro. Recuerdo, años más tarde, un 1º de enero en una quinta con una gran pileta y casi todos los amigos dispersos y rencontrados de aquellos tiempos. Más tarde vendrían los años nuevos alocados en nuestra increíble y circunstancial casa del lago, con los Segura, especialmente ese fin de año que se prolongó los días siguientes, con el matrimonio y sus dos pequeñas hijas acampando en nuestro gran parque (digo nuestro, aunque básicamente fuera casi una casa prestada en la que vivimos más de tres años). Esas tardes de principios de enero transcurrieron tomando un buen champagne nacional muy barato (eran los tiempos de la gran crisis posterior al 2001), el Dancer, que se enfriaba en cantidad en la heladera mientras con Alejandro reclamábamos a nuestras solícitas damas “llegó la hora de otro bailarín”, y el champagne frappè llegaba al borde de la piscina transportado por esas encantadoras manos atentas. Durante nuestros años de casa junto al lago propio, anclamos en ese paraíso, y cuando llegó el tiempo de la mudanza, nuestros amigos habían emigrado a diferentes destinos: Leandro a Heidelberg, Alemania, desde el 2000 (te debo un año nuevo en tu casa, hermano), Los Segura en San Rafael, Mendoza, desde el 2004, Miguel y Yoli (ya con sus pequeños Franco y Anita), en Bariloche desde un año antes. Desde la partida de nuestros compañeros de año nuevo, nos fuimos alternando en visitas y vacaciones, y así despedimos años más de una vez tanto en San Rafael como en Bariloche, asando lentamente, como un experto que es el Ingeniero Segura, sus clásicas bondiolas traídas por mí desde Buenos Aires al pie de la cordillera, o devorando sabrosos curantos patagónicos en Bariloche con Miguel, Yoli y su prole, aunque confieso que soy el único entusiasta del curanto en la familia. Recuerdo especialmente aquél 1º de enero de un sol intenso practicando navegación en kayak a orillas del lago Nahuel Huapí, en un camping camino a Villa La Angostura.
Otros años nuevos más recientes nos obligaron a anclar más cerca de Buenos Aires: cuando la salud de mamá cayó en la maldita enfermedad contra la que tan gallardamente luchó, volvimos a los viejos años nuevos familiares junto a mamá y su inseparable y querido Lucas: merece especial recuerdo el del 2007, acompañados por nuestros hijos, en el restaurante Le Famiglie del barrio de Monserrat, cerca de su casa, primera vez que lo pasábamos en un restaurante en Buenos Aires. Ese día vivimos la frustración de las calles desiertas después de la medianoche, en las que con los únicos que nos cruzamos fue con un grupo de belicosos brasileños que entonaban a los gritos cantos ofensivos contra Maradona. Casi terminamos en un incidente internacional, evitado por la afectiva intervención de mi santa madre. Luego de eso, también mis hijos siguieron la ley familiar de pasar el año nuevo con amigos. Eso nos llevó a pasar un año de nuevo de “luna de miel” hace dos años en la costa atlántica bonaerense, días antes de que Lilian enfrentara una operación que afortunadamente no pasó de un susto mayúsculo pero tomado a tiempo. Ese año nuevo estuvo marcado por la resistencia y la esperanza, más allá de que el año fuese tan duro como lo esperábamos, pero el mar coronado por los fuegos artificiales y una inolvidable batucada callejera, renovaron los votos y ayudaron a capear otros temporales.
El año nuevo pasado volvimos a San Rafael, y sumamos recuerdos para un anecdotario que sólo nosotros comprendemos, y este año pensábamos pasarlo otra vez por allí con los Segura, los Aracama desde Bariloche, y sumándose nuestro trasandino y rencontrado Hernán, más otros posibles amigos igualmente rencontradas que se sumarían al festejo, pero infinitas molestias y contratiempos de último momento nos cambiaron varias veces los planes. Habiendo sido siempre previsores y organizados para la cuestión, esta vez decidimos recién ayer pasar en casa el año nuevo, junto a mi suegro Alberto, su esposa Nélida y nuestro hijo Lautaro, que oficiará de asador. Y después, seguiremos con las vacaciones, en las cuales pensamos seguir compartiendo sueños, recuerdos y vivencias con nuestros amigos desparramados por el mundo, a quienes nos siempre podemos reunir y abrazar en un solo brindis. Después de todo, para eso están los años nuevos, para encontrarse con los amigos y seres queridos que uno pueda abrazar, para reiniciar un ciclo con ellos … y para soñar con los próximos años nuevos, que serán tanto o más inolvidables que los anteriores.
Y en lo que a esta celebración respecta en particular, por lo pronto y como siempre ¡Feliz Año Nuevo! Porque no hay nada más maravilloso que tener una nueva página por escribir: el tiempo dirá si valía la pena, en nuestra mano estará hacerla digna de ser vivida.


 ¡FELIZ 2012!
 FESTEJEMOS, AUNQUE MÁS NO SEA QUE EL MUNDO NO SE VA A TERMINAR (Y SI SE TERMINA NO HABRÁ QUIEN ME DESMIENTA)

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Papá Noel en estado de coma.

Foto tomada con disparador automático durante la navidad de 1994, en en la habitación del Hotel Colón, en Arica, Chile.


A veces en las fiestas de fin de año desplegamos toda nuestra capacidad para hacer de la ocasión un momento digno de larga recordación. En mi familia hemos trabajado a veces arduamente en tratar de hacerlas inolvidables y para lograr ese cometido, nos hemos esforzado en darle a cada ocasión un ingrediente que las convirtiera en únicas e irrepetibles, y el modo más simple de hacerlo fue, muchas veces, cambiar el escenario cuando fuera posible. En tal sentido, la navidad más original de todas es la que pasamos en Arica, Chile, en el año 1994. Aquella vez habíamos ido a pasar nuestras vacaciones a Santiago, adonde vivían mi suegro, Alberto y su esposa Nélida, que para nosotros son, además de familiares, compañeros y amigos de muchos festejos, cenas y salidas memorables. Si bien el motivo del viaje era la visita, en vacaciones somos muy inquietos, y si tenemos la posibilidad de conocer lugares desconocidos, es difícil que nos quedemos varios días en un solo sitio. Por lo tanto nos programamos unos días para viajar desde Santiago hasta el extremo Norte de Chile, y desde allí, buscar la manera de llegar hasta Machu Pichu, partiendo antes de navidad, pero con la promesa de estar de vuelta sí o sí el 31 de diciembre en Santiago para pasar el año nuevo. Arica se prestaba, pues como una base ideal de operaciones para este loco viaje relámpago, ya que presentaba las comodidades como para recalar en navidad, desde un par de días antes, y hacer unos días de playa antes de seguir hacia Perú y emprender la vuelta. El viaje lo fuimos armando en el camino, como se verá, y terminamos volando desde Tacna a Cuzco ida y vuelta, y desde Arica a Santiago el 30, con pasaje comprado antes de la partida, para tranquilidad de Alerto y Nélida que temían que no pudiéramos tanto en tan pocos días, sin auto y con una hija de cinco años y otro de siete, sin automóvil. Nuestro espíritu aventurero nunca dudó de poder lograrlo, y así fue: el 31 de diciembre estuvimos de regreso, pero eso merece una historia aparte. El tema, en principio, fue la navidad en Arica, y el contraste con la navidad siguiente, que dejó a Papá Noel en estado de coma.

Lautaro y Maggie abren regalos y los exhiben con orgullo, en la habitación del Hotel Colón, Arica, Chile, navidad de 1994

No es difícil imaginarse las condiciones precarias de la navidad en esas condiciones: como turistas de paso e improvisados, nuestro alojamiento fue en un hotel, el Colón (si mal no recuerdo), frente a la catedral construida por la compañía Eiffel, a comienzos del siglo XX. Buena ubicación para pasar unos días tranquilos en esa hermosa ciudad, pero complicado para pasar el momento clave de la navidad con niños: la anhelada hora de los regalos. Una solución sencilla era comprar regalos y dejarlos en la habitación escondidos para la vuelta, el problema es que no conseguimos lugares donde ir a cenar esa noche, al menos a la altura de nuestro presupuesto. Nos sedujo, entonces, la idea de pasarlo en la habitación, improvisando una cena que no se privó finalmente de nada. El problema que puso a prueba nuestra imaginación fue cómo hacer para que aparezcan los regalos a la medianoche, y más aún, cómo hacer las compras de los mismos delante de los chicos sin que estos se dieran cuenta. Lógicamente salíamos a todos lados con ellos, no teníamos quien se quede al su cuidado, lo único que nos quedaba era que uno de los padres los distrajera con una “vueltita” a la manzana mientras el otro compraba y ocultaba en un bolso de mano el regalo sin envolver. Lo hicimos en el centro de Arica, pero un problema adicional se presentó: circulan por las calles “Viejitos Pascueros”, es decir, la versión chilena de Papá Noel, y Lautaro tenía la mala costumbre de ser un niño brillante y demasiado curioso, y comenzaba con las preguntas difíciles, “¿Por qué hay más de uno?”, “¿Por qué habla en “chileno”? ”, “¿Por qué hay tanta gente comprando en las jugueterías?” . Definitivamente, si queráimos mantener la fantasía infantil, debíamos alejar a los chicos de las jugueterías del centro, teníamos que simular un paseo en el que no se dieran cuenta que estábamos comprando juguetes a escondidas. La gente del hotel nos pasó el dato: había una feria que se hacía en un parque, con puestos callejeros de lo más variado y juegos para los niños. Llevamos disimuladamente una mochila vacía, y mientras los chicos pasaban por los puestos y pedían que les compremos, nosotros nos lamentábamos de no poder porque era muy caro, Lilian seguía de largo y yo cargaba el regalo comprado a espaldas de ellos en la mochila misteriosa. Así lo hicimos, y escondimos, la noche del 23, los regalos en la habitación del hotel. Al día siguiente, para envolverlos, Lilian simuló una severa descompostura que la encerró en el baño durante una hora, mientras yo trataba de obligar a los ansiosos niños a dormir una siesta imposible. El operativo de la medianoche era simple: salir a las calles a ver cómo se festejaba la navidad en Arica, y a la vuelta, unos diez minutos después, al volver a la habitación, los regalos aparecerían allí, como por arte de magia. Todo salió a la perfección, a pesar de la insistencia escéptica del peligroso Lautaro que insitía con quedarse en la habitación a ver como el Viejito Pascuero Papá Noel dejaba los regalos. Le preocupaba especialmente el hecho de que no teníamos arbolito, y quizás seguía de largo. Lo convencimos a duras penas argumentando simplemente que Papá Noel no se equivocaba nunca y no olvidaba regalos por el camino, nunca había fallado y aquella no sería la excepción, por lo tanto, no tenía sentido perderse la posibilidad de ver cómo se festejaba en otra parte tan lejana de nuestra casa. Aceptó a regañadientes, bajamos, y Lilian se escabulló, sacó los regalos del escondite, los desparramó, y mordió un papá Noel de chocolate para dejar huella de la gula del obeso repartidor de regalos. La emoción de los regalos, y la evidencia del crimen dejada por ese sujeto conocido, portador de tanto alias, lo conformó de momento, y quedó demostrado que Papá Noel también llegaba para niños argentinos de vacaciones en Chile, y el tema quedó archivado hasta el año siguiente.
Sin comentarios, Hotel Colón, Arica, Chile, Navidad de 1994.

Para la navidad del ’95, Lautaro ya era un joven intelectual de 8 años, y la historia de Papá Noel empezaba a hacer agua. Esta vez, pasamos la navidad en casa, y el niño racional y científico que estábamos criando necesitaba de la prueba empírica. El mismo 24 por la mañana me había dicho que pensaba que Papá Noel era un invento, no era posile desde ningún punto de vista lógico que una sola persona desplegara semejante capacidad logística en una sola noche. “¿Y si no existe, quién es entonces Papá Noel?”, lo desafié. “Ustedes”, me contestó sin inmutarse. No me dí por vencido, el esfuerzo del año anterior no podía haber sido tan en vano. Y desafié su lógica, diciéndole que el año anterior había estado con nosotros todo el tiempo “¿Cómo hicimos para comprar los regalos, entonces? “ Claro que confiaba en la efectividad de nuestro engaño, y así era, porque lo hice dudar y no supo que responderme, no se había dado cuenta de nuestras sencillas maniobras. De todos modos, la sospecha perduraba y me planteó seriamente que no quería que lo llevemos a ningún lado a la medianoche, ya que quería quedarse aguardar a Papá Noel en el momento de dejar los regalos en el arbolito. Esta vez no había interés turístico qua alegar, así que ensayé una respuesta casi desesperada, y le dije que a mí también me intrigaba la misteriosa cuestión del hombre del Polo Norte, desde mi infancia venían apareciendo regalos al pie del árbol y nunca había visto al célebre obeso de las risotadas. “Tenemos que acorralarlo y distraerlo por un rato para hacerle algunas preguntas que sacien nuestra curiosidad”. E inventé un operativo en el que nos íbamos a repartir desde diferentes posiciones, comunicándonos mediante el teléfono inalámbrico las novedades. “Estoy seguro que si viene en su famoso trineo volador, el gordo tiene que llegar por la terraza: ahí vas a estar vos con Maggie; mamá va a apostarse en la puerta de calle, y yo me voy a quedar vigilando las ventanas y los balcones. Contábamos con la colaboración de Marta, amiga de la familia que ese año lo pasaba con nosotros, y acompañaría a los chicos hasta la terraza, además de terminar de convencerlos de que esa sería la posición privilegiada para la caza del gordo.
En realidad el operativo le puso un paréntesis de juego a una sospecha que ya no se podía seguir frenando, creo que esta especie de búsqueda del tesoro fue lo que lo llevó a Lautaro a olvidar por un momento el desenmascaramiento de la farsa. De todos modos, tratamos de entusiasmar lo más posible al inquieto infante con la cacería navideña para alejar toda posibilidad de preguntas embarazosas. Y llegó el momento nuevamente, pero esta vez, algo definitivamente imprevisto ocurrió.
Llegaron las 12 de la noche, brindamos, y Marta tomó rápidamente a los chicos de la mano y los llevó a la terraza con un teléfono inalámbrico. Lilian vigilaba mientras yo acomodaba los regalos y ella hablaba con los chicos, por el intercomunicador. Hasta nos llamábamos por nombres en clave ridículos, diciendo “atención tortuga verde, aquí ciervo plateado informando novedades, cambio.” Lautaro llamaba a cada rato para decir que no veía nada, que ya había que bajar, y a mí no me daban las manos para acomodar regalos, entonces le dí la señal a Lilian, me alejé del arbolito y me fui al balcón de atrás, gritando de pronto “¡Lo ví, lo vï!” Lautaro ya estaba entrando, y siguió de largo los regalos, yendo en mi búsqueda desesperada. “¿Dónde está, dónde?”, me preguntó a los gritos. “Se fue por allá”, le dije, “es muy rápido”, y le señalé el balcón de adelante. Lautaro se fue para allá corriendo agitadísimo de emoción, y de pronto empezó a gritar “¡Ahí está, lo veo, es Papá Noel!” Y comenzó a gritar desaforados saludos en todas las lenguas que conocía, mezclando frases en inglés y castellano, con restos de portugués e italiano. Lo llamaba “Santa”, Viejito Pascuero, Papá Noel, le gritaba que lo quería y que gracias por todo. Creimos que había enloquecido por la sugestión, que estaba delirando, pero no, era cierto, en el balcón de la casa de enfrente había un perfecto Papá Noel saludando al ferviente y agradecido admirador. Lautaro le tiraba besos, Maggie reía como loca mientras lo saludaba como a un viejo conocido, hasta que Papá Noel entró a la casa de los vecinos con su bolsa de ragalos, y al rato salió por la puerta principal de la casa de enfrente, con un plato lleno de pedazos de turrón y pan dulce, y los repartió entre los vecinos que estaban en la vereda, ante las lágrimas emocionadas de Lautaro (Maggie se lo seguía tomando como lo más natural del mundo). Unos minutos después, cuando bajamos a la vereda, nuestra vecina de enfrente cruzó, y avergonzada nos pidió disculpas por habernos arruinado la navidad. No entendimos lo que nos decía hasta que aclaró: el perfecto Papá Noel que vimos era ella, que se había disfrazado para unos sobrinos más chicos que los nuestros que pasaban la navidad en su casa. Cuando se disponía a entrar por sorpresa, la interrumpieron los gritos de Lautaro, y como lo consideraba un pequeño genio, creyó que su disfraz no era bueno, y por lo tanto, la había reconocido y había descubierto la no existencia del famoso gordo repartidor de juguetes. Le explicamos que en realidad había ocurrido lo contrario, que el disfraz era tan bueno que ni siquiera nosotros la habíamos reconocido, y que nos había dado la imposible prueba empírica que el rigor científico demandaba para sostener la creencia del pequeño niño genio.
Así fue como aquella vez salvamos a Papá Noel de su coma, aunque claro que no por mucho tiempo, ya que un par de navidades después los dos me confesaron que no creían y que era más que evidente la verdad, pero que estaba bueno seguir jugando a Papá Noel, y ahora mismo, mientras termino de escribir esta historia que les quería regalar, jugamos a las escondidas unos de otros, armando paquetes, ocultando regalos y haciendo emotivas etiquetas que cargan en sí las pequeñas emociones de tantas navidades donde hemos hecho tantos esfuerzos por mantener vivo a Papá Noel, que esperemos que siga gozando de buena salud, a pesar de su gula y el estrés navideño, por muchísimos e incontables años más.
¿A que no saben quién se reivindica hoy por hoy como el miembro más navideño de la familia? Claro que no podía ser otro que aquél que sorprendió a su máximo símbolo con las manos en la masa..

Abriendo regalos en casa, Navidad de 1995. Atrás de todo está Lautaro exhibiendo su regalo, más adelante Marta con Maggie, En primer plano, Lilian. Instantes antes, Lautaro vio a Papa Noel entrando a la casa de los vecinos de enfrente.


Y a propósito de todo esto, ahora los tengo que dejar, todavía me faltan regalos por comprar y los negocios van a cerrar. Pero antes, quise regalarles esta historia vívida y real, para rescatar algo de esa magia que tiene especial significado en estas fechas, donde todos ponemos un granito de arena para mantener viva la ilusión infantil, que nos vuelve otra vez puros a nosotros mismos.
¡FELIZ NAVIDAD! ¡SI LOGRAN ATRAPAR A PAPÁ NOEL, DENLE UN ABRAZO ENORME DE MI PARTE, POR TANTAS ALEGRÍAS QUE NOS DIO Y NOS SEGUIRÁ DANDO , A LO LARGO DE NUESTRAS VIDAS! ¡FELICIDADES!

domingo, 7 de diciembre de 2008

El amigo de Chicho y los retazos de la historia.






Dedicatoria





Este post tiene musas que lo inspiran: Bel (http://amapolasenoctubre.blogspot.com/ ) por movilizarme con sus delicados, sensibles y maravillosos post, entre otras cosas, a rescatar recuerdos polvorientos, y a Marisa (http://sonetosdelamoroscuro.blogspot.com/ ) por todas sus palabras, pero especialmente por lo que nos regaló en http://www.enredandopalabras.es/swf/Dibujando_la_memoria.htm .






Queridas amigas, la memoria no muere, deja hijos detrás de los tiempos y los océanos. La memoria teje historias, para volverse propia aunque haya nacido ajena. La memoria no muere, sólo duerme la siesta, y de pronto se despierta en otro lado...









El amigo de Chicho



Por desgracia, algunos detalles de la historia se me escapan, no sé exactamente la fecha, pero papá la contaba una y otra vez con su insuperable gracia histriónica. La historia incluía el acento y el timbre de voz del personaje, elementos irrecuperables en la escritura, pero quizás nuestra memoria nos permita imaginar a papá (V. http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/05/gianni-ii-la-ventana-mgica.html y http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/04/gianni.html ) y al personaje imitado, porque, afortunadamente, ambos fueron reales y recordables. La cuestión es que una noche cualquiera, probablemente, de los años '60, papá terminaba una función de teatro de viernes, en el Teatro Municipal General San Martín. Uno de sus compañeros era Chicho Ibáñez Serrador, y como papá solía ser uno de los primeros en abandonar el camarín y esa noche había partida nocturna de pocker en lo de Chicho, el anfitrión pidió a papá que se dirigiera al hall central del teatro para ver si se encontraba con un amigo suyo que estaría allí esperándolo. Resulta que el hombre era algo despitado, y Chicho temía que se desencontraran. Se lo describió ligeramente: un hombre de baja estatura, de melena ondeada, maduro, con una voz algo chillona, era español. Papá salió a cumplir con el recado, y no tardó en encontrar al particular personaje. Creyó identificarlo y le preguntó:


-¿Usted tiene que encontrarse con el Sr. Ibáñez Serrador?
-Sï -contestó el personaje de baja estatura, voz chillona y melena ondeada- ¿Cómo lo sabe Usted?- agregó con clarísimo acento hispánico.
-Porque lo han descripto muy bien. Narciso llega enseguida. Yo le haré compañía mientras tanto, ya que vamos todos juntos.
-Bien-dijo el hombrecillo, y permanecieron un rato hablando trivialidades.


Papá lo observaba intrigado, con su mirada burlona y caricaturesca de actor. Lo estudió: un verdadero personaje para imitar, sus gestos enégicos, su voz, su forma de mover las manos, su mirada despistada ¿De dónde habría sacado Chicho a este personaje? ¿Participaría en la partida? Parecía un pichón para pelar, o probablemente fuera un halcón, disfrazado de paloma. Pero en verdad, parecía estar todo el tiempo medio perdido, desorientado. Definitivamente, no parecía un jugador de pocker. Torpeza la de papá, no se presentó, hasta que vino Chicho, al poco rato, y lo hizo:


-Veo que Gianni, ya te localizó. Mi compañero es Gianni Lunadei; Gianni, te presento a mi gran amigo Rafael Alberti que hoy nos va a honrar con su presencia.


Papá, que no era lento para responder, se sintió muy estúpido, midiendo burlonamente a uno de sus poetas españoles más venerados. Renegaba del cholulismo al que nunca soportó, pero se sintió un simple fanático, por un momento, y no supo qué decir. Respondió simplemente, con asombro de niño:


-¿El poeta?
-Claro, hombre, el poeta -lo despertó Chicho-.

Papá se derrumbó, desde ser el agudo y sarcástico dueño de la situación al conmovido artista transido por la admiración:

-Se equivocó la paloma-dijo papá haciendo alarde de poca originalidad-. Esta vez la paloma equivocada fui yo, ¡Maestro! - Dijo sencillamente, mientras le tomaba la mano y se inclinaba ante él, bajo la mirada algo sorprendida de Alberti.
-¿Es que Usted conoce lo que yo escribo? -Contestó el despistado.

Alberti pasó la noche en la partida, pero no jugó, ni siquiera sabía hacerlo. Papá se ofreció gustoso a tratar de explicarle, pero parece que el poeta no entendía mucho, y sobre todo, que no era muy bueno en no demostrar sus emociones con el juego que tenía. Pero sí en cambio sirvió muy buenos tragos, preparó algunos bocados, y habló hasta el amanecer de poetas, de la vida, de su vida, de España. Obviamente, no sé cuál fue el resultado de la partida, y si ésta fue muy larga, lo cierto es que fue, sin lugar a dudas, la partida de pocker más largamente recordada por papá.




Los retazos de la historia








Hace algunos años, a fines de 1996, me encontraba cursando un seminario de la cátedra de Literatura Española Medieval de la Universidad de Buenos Aires, a cargo del querido profesor Leonardo Funes. Fue una época un tanto contradictoria de mi vida: me había quedado sin trabajo en un muy mal momento, y aprovechando un seguro de desempleo y una indemnización en cuotas, había tomado la quijotesca decisión de dedicarme de lleno a estudiar, y ver si la posibilidad de adelantar el cursado de materias me podía abrir alguna perspectiva laboral. Fue algo así como un año sabático, pero laboral, digamos, una especie de beca auto-financiada por mi propia y preocupante situación. Quizás porque me gusta ir a contramano de la adversidad, a pesar de tener una familia a cargo, decidí no desesperar y apostar a lo incierto: el conocimiento como forma de vida. La cosa anduvo durante medio año, luego comencé a hacer trabajos dentro de la facultad para el centro de estudiantes otro medio año (pasaba por escrito las clases que grababa), combinando con mi seguro de desempleo. Pero el año se acababa, también las clases y con ellas las "desgrabaciones" y el seguro de desempleo. Mal momento para buscar trabajo en un país con crisis de empleo. El problema era, sobre todo, enero, ya que seguramente en febrero tendría algún alumno particular. Y la soga salvadora llegó a comienzos de diciembre, de la mano del entonces profesor (hoy Doctor) Funes, quien me hizo el ofrecimiento. La cátedra entera estaba integrada por investigadores del Seminario de Edición y Crítica Textual (Secrit), un reducto de insignes hispanistas enclavado en este lejano Cono Sur. El director era el Doctor Germán Orduna, quien finalmente había obtenido fondos desde España para hacer un trabajo largamente esperado: fichar los libros de la biblioteca del Secrit ¿Por qué la Embajada de España había intervenido en la cuestión? En principio, porque el Secrit funcionaba en una pequeña dependencia lateral del Palacio Pizzurno (sede del Ministerio de Educación), en donde también funcionaba la Biblioteca de Estudios Históricos Claudio Sánchez Albornoz, a cargo del Secrit. Esta biblioteca había sido la bilioteca personal de don Claudio, uno de los más importantes historiadores españoles del siglo XX, autor, entre otras importantes obras, de Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la Historia del reino de Asturias. Existía un temor muy bien fundado de que se disgregara la biblioteca personal de esta figura fundamental de la España del siglo XX: diputado por Ávila entre 1931 y 1936, Ministro de Estado en 1933, Vicepresidente de las Cortes en 1936, Consejero de Instrucción Pública entre 1931 y 1933, y Embajador de España en Lisboa; desde 1959 hasta 1971 fue presidente del Gobierno de la República Española desde el exilio en Argentina.


La biblioteca de don Claudio estaba, en la práctica, fusionada con la del Secrit, aunque los libros estaban diferenciados en su ubicación. Esto no le hubiera molestado, seguramente, a don Claudio, ya que sus libros convivían con exquisitos ejemplares de literatura medieval española, y estaban (están) en las mejores manos posibles. El riesgo era no tener un registro, con el peligro que ello podía significar para poder llevar un control. Por lo tanto, el trabajo que me ofrecían era el de fichador de todos los libros de la biblioteca, entre ellos los de don Claudio. Se me pagaba por ficha, por lo cual la labor era una especie de tortura: daba lo mismo si tardaba seis meses o dos días, pero el hecho de ser varios, y la necesidad de hacer rendidor el trabajo, invitaba a la rapidez, lo cual impedía siquiera hojear los libros. Afortunadamente mis compañeros de trabajo fueron formidables, como a todos nos pasaba lo mismo, no tardamos en llegar a un acuerdo socialista: ninguno superaría un número determinado de fichas diarias, así el trabajo duraba más tiempo, y podíamos hacerlo tranquilos, hojeando con placer cada libro que pasaba por nuestras manos.








Trabajábamos en el silencio de las mañanas de enero, refrigerados por un plácido aire acondicionado, en un ámbito oscuro y silencioso, nido de verdaderas ratas de biblioteca. El técnico de la biblioteca, Juan Héctor Fuentes (compañero de facultad) ambientaba el clima de trabajo con música medieval que nos transportaba, hasta que decidíamos cambiar de clima y el Rock profanaba el ambiente, o quizás algún Mahler, o Beethoven, o Murga Uruguaya, o porque no, un tango. De pronto alguno llamaba a otro, fascinado por un hallazgo:

-¡Vení, mirá este libro!


Y todos detenían su trabajo para contemplar el tesoro. Por las tardes llegaba el Doctor Orduna, el director, y el trabajo se volvía más ordenado y silencioso. De todos modos, interrumpíamos igualmente la tarea para hacer consultas con el Doctor sobre cómo clasificar a algún libro. Fueron casi dos meses, aunque parezca mentira, inolvidables, que aún evoco con gran añoranza en la memoria. Lo cierto es que una tarde en que estaba presente el Doctor Orduna, abrí un libro y se deslizaron unas pequeñas hojas de papel de entre dos páginas del volumen. Las leí: eran notas de puño y letra de don Claudio, intercaladas entre las páginas, haciendo referencia a ellas, eran sus comentarios sobre los libros, sobre las fuentes, que iba estudiando para sus obras. En ellas puede ir ratreándose, quizás, la génesis de la obra del gran historiador, escrita en el exilio. Eran notas escritas para él mismo, en las que, de puño y letra discutía, observaba, recordaba, apuntaba. El libro estaba lleno, y el conjunto de esas pequeñas hojas constituye una obra manuscrita inédita aún hoy. El hallazgo me llenó de emoción, por una vez sentí algo que en estas tierras jóvenes es bastante improbable: la posibilidad de encontrar, accidentalmente aunque sea, una reliquia filológica. Entonces corrí a consultar al filólogo cercano, el propio Doctor Orduna, quien al ver lo que yo le mostraba reforzó mi emoción: al frío filólogo formado en el rigor alemán se le llenaron los ojos de lágrimas, se exaltó y observó maravillado el hallazgo, leyando con atención las notas que todavía dialogaban con los libros leídos.


-¿Qué hacemos, Doctor?
-Sepárelas y tome nota, hay que archivarlas aparte para preservarlas. Es una verdadera pena sacarlas del lugar donde esperaron tantos años una lectura, pero le voy a pedir, si no es molestia, que apunte entre qué paginas se encontraban las notas. Será un trabajo para completar en el futuro.
Desde ya, no fue molestia, y rescatamos un verdadero archivo aún inédito de las notas de puño y letra de don Claudio. Hoy el Doctor Orduna, a quien también mi memoria homenajea, ya no está, pero sé que esas notas gozan de buena salud, bien guardadas en alguna caja de archivo, clasificadas por aquél filologo incomparable, de los que ya no hay por estas tierras. Esa notas persisten obstinadamente como retazos de la memoria en el Secrit que el mismo Orduna había fundado, con sede en la Biblioteca de aquél otro hombre, a quien todavía lo sobrevive su memoria, anotada en unas pequeñas hojitas ahora amarillentas, esperando a nuevos investigadores para que den a la luz esa obra inédita de uno de sus más grandes historiadores, don Claudio Sánchez Albornoz, quien siguió trabajando para la memoria de su patria durante tantos años difíciles, tan lejos de ella, en esta patria donde formó discípulos que hoy también continúan la labor del maestro.

Porque si bien es cierto que siempre hay quienes trabajan para el olvido, la memoria siempre persiste, aunque sea en retazos deshilachados, sólo hay que tener la decisión de reconstruirla. Y hay muchos duendes por allí que trabajan para ello. Para esos duendes como Marisa o como Bel, el mayor de mis reconocimientos. La memoria persiste dispersa, hasta que a veces el azar, otras veces la voluntad o la necesidad, hacen que el destino junte las piezas que tenía que juntar para armar ese rompecabezas al que llamamos verdad.