Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Literatura. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de diciembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Última Parte)


Réquiem para Héctor Priámida: Lautaro descubre la literatura.



Cierro este extenso comentario de La Ilíada con una breve anécdota personal:
Cuando mi hijo Lautaro tenía unos cinco años, como cualquier niño de su edad, se negaba a irse a dormir temprano, estirando el tiempo hasta mi tardía llegada a casa. Se me pedían retos, pero claro que no podía, y entonces optaba por la negociación. Un día se me ocurrió decirle que si se iba a dormir le contaría un cuento, y pensando que se iba a marear con el relato, y se dormiría enseguida recordando aunque sea el título para el futuro, le dije que le contaría La Ilíada. No sólo no se aburrió, sino que estuvo a punto de hacerme pasar esa noche en vela, pidiendo más detalles. Lo convencí de que seguiría leyéndole (resumiendo) del libro, noche a noche, y así lo hice hasta completar los veinticuatro cantos que componen el poema, página por página, durante más de dos meses, cada noche. A partir de allí, no podía haber de mi parte nada que demorase mi llegada a casa, porque el relato lo atrapó tanto, que Lautaro no se dormía hasta que yo no llegara y le siguiera contando esa especie de resumen folletinesco. A lo largo de aquellas mágicas veladas al pie de la cama infantil, Lautaro fue tomando partido por los aqueos, vio en Aquiles a un superhéroe más imponente que los de la televisión, conoció a los otros héroes uno por uno, combatió junto a ellos, y forjó un odio puntual hacia Héctor, el enemigo mayor. Y también, a lo largo del relato, se fue haciendo preocupante para mí llegar al momento de la muerte de Héctor, que me resulta particularmente tremendo. Pero como no quería deformar a lo Disney la historia, decidí no ahorrar detalles, llegado el momento. Mientras tanto, lo preparé a Lautaro, y le fui preguntando si él quería que a Héctor lo mataran. Como todo el mundo sabe, los niños son sumamente crueles, y Lautaro no era la excepción, su deseo de "ver" correr la sangre de Héctor rozaba lo inhumano.
Cuando el momento llegó, pensé que la sangrienta muerte del héroe regocijaría al niño, y entonces le conté todo: le conté del temor de Héctor, tan humano, de enfrentar a su terrible enemigo Aquiles. Le conté las dudas de Héctor, que en su miedo humano no quería mostrarse huyendo delante de los suyos. Le conté de los ruegos desesperados de sus padres y esposa, suplicando desde las torres de la fortaleza que ingresara a la ciudad y se protegiera, que no esperara en las puertas la llegada de Aquiles a enfrentarlo. Y le conté cómo Héctor huyó ante la cercanía de Aquiles, hasta dar tres vueltas completas alrededor de la ciudad. Y entonces le expliqué que el destino de Héctor era morir, que Zeus lo comprobó desde el cielo, y que quiso impedirlo. Y le conté cómo la cruel Atenea no lo dejó, y entonces Zeus tuvo que ceder, y la diosa bajó del cielo, y engañó a Héctor tomando la forma de su hermano Deífobo, y Héctor confió en que entre ambos podrían enfrentar a Aquiles, y se detuvo, y comprendió el engaño divino, y finalmente enfrentó a la muerte con dignidad, dispuesto a pelear. Y le conté que Aquiles clavó su lanza en la garganta de Héctor con pasmosa facilidad, jurándole que humillaría su cadáver ante la vista espantada de los suyos. Y aunque Héctor antes de morir le haya vaticinado al propio Aquiles su próxima muerte a manos de su hermano Paris, Aquiles, enceguecido de odio, apuró el final del héroe, perforó los tendones del cadáver, los transpasó con una correa, ató el cuerpo a su carro, y lo arrastró ante la vista horrorizada de sus seres queridos, tantas vueltas alrededor de la ciudad, como había dado Héctor en su única y última huida. Todo eso se lo conté a mi hijo, con esa promesa autoimpuesta de serle fiel al texto homérico.
Pero la reacción de Lautaro no fue la esperada: al cabo del relato se produjo un profundo silencio, y le pregunté si estaba contento con la muerte de Héctor. La respuesta fue el estallido de un llanto angustiante y desconsolado que quebró el silencio con un dolor incontenible, que lo llevó a preguntar por el hijo, la esposa, la familia. No sabíamos qué decirle (por suerte la madre estaba conmigo), ya que Lautaro había visto lo mismo que yo, el problema es que no lo podíamos consolar, y tuvimos que repetirle hasta el hartazgo que todo era mentira, que sólo era literatura.
Pero claro que el chico había entendido perfectamente lo que tenía que entender: la literatura es más verdadera que nuestra propia existencia, para empezar, porque sobrevive a los siglos, mientras nosotros somos pasto para las fieras del olvido.
Varios años después, a los 16, Lautaro sintió la necesidad de leer por su cuenta La Ilíada para ver si le seguía gustando, y claro que le gustó más, le encontró detalles que mi resumen había pasado por alto, investigó y comprendió varias cosas adicionales. Cuando se estrenó la película Troya salió indignado del cine, bramando por todo lo que la adaptación hollywoodense había dejado en el camino (claro que a mí me pasó lo mismo). Actualmente, a sus actuales 21, la edición de Verón que ilustra la primera entrega de esta serie, está en su mesa de luz, y va por su segunda lectura: ahora me corrige detalles a mí que tienden a escaparse de mi memoria.
Y entonces, hoy te puedo decir, hijo mío, que no llores por Héctor, porque ahora podés entender que nunca murió: Aquiles (quién también es eterno porque nunca existió) le dio la inmortalidad para que yo pudiera contártelo, porque los griegos descubrieron muy temprano que la literatura es más grande que la vida. Será por eso que en este momento el mismo libro que ilustra este texto está en tus manos, para que vuelvas a leerlo una y otra vez, para que seas un eslabón más en la cadena de narradores que transmitieron la epopeya troyana, para que sus hechos queden resonando eternamente en la memoria de los hombres. Al menos, hasta que los caprichosos dioses dispongan lo contrario.












"...y así fueron los funerales de Héctor, domador de caballos."


FIN



sábado, 29 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Tercera Parte)


Retrato de familia


El momento de La Ilíada en el que quisiera detenerme particularmente es el Canto VI. Para empezar, es llamativo que este canto esté dividido en dos momentos, que presentan situaciones interpersonales llamativas para una narración épica.

En la primera parte del Canto, aqueos y troyanos combaten denodadamente. En el fervor del combate se encuentran Diomedes, héroe aqueo, y Glauco, caudillo aliado de los troyanos. No se conocen, y de manera arrogante se desafían mutuamente a decir quiénes son, partiendo desde sus antepasados ilustres. Al contarse su historia familiar, resulta que sus abuelos habían sido amigos, y por tal razón, juramentan no atacarse, renuevan la amistad, e intercambian regalos, estableciendo un pacto de no agresión individual.

Pero es a la segunda parte a la que quería llegar: en el fragor del combate, Héctor decide regresar a Troya para hacerle ofrendas a los dioses, pidiendo la victoria en el combate. En el camino comprueba la ausencia de su hermano Paris, el gran responsable de esa guerra, y al llegar al palacio lo busca con cierta indignación, y al encontrarlo en los aposentos de Helena, le reprocha que esté tan cómodo, rodeado de mujeres, en vez de estar peleando junto con sus compañeros. Acto seguido, pregunta por su esposa, Andrómaca, y tiene un diálogo con ella. Andrómaca le ruega a su esposo, con desesperación, que haga lo mismo que Paris, que no se arriesgue, que se quede en el palacio. Siendo el hombre más valioso de su patria, ¿qué necesidad tiene de exponerse tanto? Andrómaca le teme especialmente a Aquiles, quien en otras guerras fue el asesino de su padre y de sus hermanos. Adrómaca le pide a Héctor que no la haga viuda, porque entonces perdería todo lo que tiene, ya que Héctor es su esposo, su padre, su hermano. Héctor, con palabras dulces, le responde a Andrómaca que si él no pelea, la ciudad no tiene futuro, él debe estar allí, porque debe defender ese mundo amenazado por la voracidad aquea, él pelea para que su pequeño hijo tenga una ciudad en la que crecer y no sea esclavo de sus enemigos despiadados (sabemos que Héctor no se equivocaba, el niño morirá cruelmente asesinado por los aqueos, para evitar futuras venganzas). En ese momento, las criadas traen al niño. Héctor tiene un aspecto atroz, está tal cual llegó de la batalla: transpirado, con la tierra del combate íntegramente pegada al cuerpo, salpicado de sangre, oliendo a muerte, con el casco que le cubre la nariz y dibuja una expresión torva en sus ojos, con las negras crines de caballo coronando el casco sobre su cabeza de guerrero feroz. Al encontrarse con esta estampa aterradora, el niño llora. Héctor reacciona con ternura, se quita el casco con cuidado, se desarma, se limpia un poco la cara, se acerca al niño y le habla con dulzura, lo consuela, lo toma en brazos, le dice cuánto lo ama, que siempre recuerde que daría la vida por él. Y el niño se calma. Luego de esto, Héctor, arrastrando a su hermano Paris, vuelve al combate.Varios cantos más tarde, Héctor morirá cruelmente, a manos de Aquiles, ante la vista de sus padres ancianos, Príamo y Hécuba, ante la vista de la desesperada Andrómaca que verá cómo se cumplen sus temores más crueles.

Lo que me impresionó vivamente, es la inserción de ese cuadro familiar, que muestra el otro lado de la guerra, el más humano, el que no tiene época, pero que contrasta de manera tan significativa con la mezquindad de los aqueos y la caprichosa arbitrariedad de los dioses. Héctor es el verdadero héroe, sin dudas, y por eso, en este mundo, sólo le queda morir y ser horriblemente humillado, a un punto tal que el mismísimo Zeus tomará cartas en el asunto, obligando a Aquiles a que devuelva a la familia el cadáver del héroe que retenía para mancillar. La Ilíada cierra con los grandiosos funerales de Héctor, sabiendo que la suerte de Troya ya está echada: el héroe que luchaba por convicción fue muerto miserablemente, arrastrado y humillado. No habrá paraíso que lo cobije y lo reciba con honores. Más adelante, en La Odisea, el alma de Aquiles nos confirmará que ni siquiera los héroes gozan de privilegios (más allá de tener reservado un lugar especial), ya que son sólo sombras condenadas a añorar eternamente el mundo de los vivos. No hay, entonces ni el más mínimo asomo de esperanza o redención: la muerte de Héctor implicará una tregua, pero sus funerales preanuncian los de la propia ciudad por la que el héroe luchó inutilmente.




Continuará...

jueves, 27 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Segunda Parte)





Los buenos y los malos



A partir de todo lo expresado anteriormente (V. Primera Parte), la primera observación que se me ocurre hacer como lector de La Ilíada tiene que ver con que los comportamientos moralmente dudosos nos dificultan la identificación con los personajes: no hay "buenos", no hay moral, los supuestos héroes disputan escandalosamente por el botín, no los mueve ningún valor particular, ninguna convicción, sólo los motiva la ambición material y la vanidad propia. Y los dioses no castigan esa miseria, sino que la multiplican en su propio comportamiento ¿Podían los griegos, tan racionales ellos, creer en dioses tan disparatados? Personalmente no lo creo, sino que parece ser que era una manera metafórica de representar lo azaroso de la suerte de los pobres mortales ¿Qué valores morales trasunta entonces la obra? Particularmente creo que ninguno de los que esperaríamos, y esto pone al desnudo que en nuestra época (quizás desde el siglo XVIII o XIX más precisamente), se le pida a la literatura que deje en claro un mensaje, un valor moral. En el caso de esta literatura tan remota, creo que lo que vale es mostrar las cosas como son, caóticas, caprichosas, arbitrarias, trágicas. Una visión realista y cruda, por un lado, disparatada y escandalosamente fantasiosa, por otro. Pero diríamos que en esa fantasía radica lo más crudo, ya que el disparatado comportamiento caprichoso de los dioses, coloca al hombre en el rol de juguete del destino, que aunque haga las cosas bien, necesitará de la suerte para sobrevivir. Una verdadera visión cruel y amoral de la realidad, como a veces la percibimos en los diarios. Si esto lo consideramos así, La Ilíada es más realista que el realismo, porque sabe captar lo azaroso y terrible del mundo real: al prescindir de la justicia poética, de la moraleja, la obra parece refregarnos en la cara que no nos ilusionemos, que en la vida real no hay ni justicia poética ni moraleja. Y ésta no es la visión que tienen los grandes trágicos griegos del siglo V a.C., quienes intentan conciliar el destino caprichoso con el error humano: el destino trágico se conoce de antemano, pero el hombre cometerá un error propio que lo llevará a merecer, de alguna manera, ese destino trágico. En la Ilíada el personaje puede tener un compartamiento ejemplar, a tal punto que el propio Zeus sienta cariño y admiración por él, pero esto no lo liberará de su trágico final inmerecido. Tal es el caso del troyano Héctor, quien a mi modo de entender, es el verdadero héroe de la historia. Esto también constituiría un hecho curioso, ya que se supone que representa al bando enemigo, al menos teniendo en cuenta que ningún erudito postuló la teoría de que Homero fuera troyano (según me informa el insigne helenista Abbas Cucaniensis, recién en este 2008 un erudito alemán postuló algo cercano y despertó una polémica apasionada). También podemos tener en cuenta que el relato está básicamente focalizado en el punto de vista aqueo (griego), por consiguiente, Héctor, en términos de nuestra visión del siglo XX-XXI, es el malo de la película. Pero la lectura parece mostrarnos lo contrario, o al menos, este personaje plantea una contradicción que termina haciendo aparecer como malos a los buenos, ya que es el único que demuestra pelear por un ideal humano elevado y comprensible: salvar a su familia y a su pueblo del desastre. ¿Era, entonces, el mundo homérico el reino del revés? Quién sabe, sí, quién sabe, no, la discusión queda abierta. O simplemente, quizás sea nuestro mundo moderno el que está al revés, después de todo, ¿alguien puede asegurar que los buenos de nuestra película no son más malos que todos los malos anteriores juntos? ¿Y no dicen luchar por la justicia y la libertad?
En conclusión, los buenos-malos del mundo homérico, al parecer, eran más sinceros que los actuales.






Continuará...

lunes, 24 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Primera Parte)

[Comentario literario en cuatro partes]


Génesis de una lectura personal

Confieso, no sin cierta vergüenza, que recién leí La Ilíada a los 28 años. Fue durante unas vacaciones de invierno en Santiago de Chile. La leí con ansiedad y placer, después de comprar una edición usada, la de Verón editor, en un librería del hermoso barrio de Bella Vista.
Si bien antes había leído otras obras importantes, recién entonces pude comprender la contundencia del remanido rótulo de "grandes obras de la literatura universal". Y La Ilíada no sólo es una de las obras más antiguas que integra este grupo selecto (sabemos que en la Antigua Grecia, en el siglo de Pericles, La Ilíada ya era un clásico leído en las escuelas), sino que demuestra en cada página por qué es universal y de alguna manera eterna. No intento, desde ya, hacer un estudio en profundidad de la obra, materia para eruditos que escapa a mis posibilidades, ni tampoco dar una clase escolar, sino que sólo pretendo, de alguna manera, recuperar algunos sentimientos personales de lector común y corriente que son producidos por la obra. Y a la vez, también, terminaré exponiendo una experiencia de lectura personal.

Podemos comenzar, entonces, por señalar que en esa primera lectura fascinada de la obra, a lo largo de ese viaje por Chile, fue naciendo un viaje a Grecia, motivado por la obra de Homero y por la lectura de Los mitos griegos, de Robert Graves, una obra inolvidable, que dicen que formaba parte de las favoritas de Borges, y que es en parte, una buena forma de conocer el contexto monumental de la obra homérica, ese capítulo de la interminable trama mítica conocido como "El ciclo troyano", del cual La Ilíada es sólo un episodio. En esa primera experiencia me atraparon varias cosas, que trataré de ordenar. En primer lugar, llama la atención la peculiar concepción religiosa de los griegos, que no ven en sus dioses un ejemplo de virtudes, sino, por el contrario, un conjunto de vicios, caprichos y arbitrariedades. Los dioses son parte fundamental de la historia, la producen, juegan con los mortales como jugaría un niño hoy con un videojuego. No obran de acuerdo a altos principios, sino movidos por las más mezquinas pasiones personales. Desde el comienzo, observamos asombrados como Hera y Atenea desean la destrucción despiadada de Troya por despecho del concurso de belleza que Paris, el príncipe troyano, les hizo perder, para favorecer a Afrodita, quien lo había sobornado con el amor de la esposa de Menelao, la hermosa Helena, la más bella de todas (recientemente propuse en clase a Scarlett Johansonn para una versión actual, aunque después de haber visto en cine la lamentable Troya, mejor que no la hagan). Ese no es el tema central de la obra, ya que la historia transcurre en el noveno año de la guerra, pero la cuestión de los dioses está barajada de antemano. Cuando empieza la obra el dios Apolo castiga a los aqueos (griegos) porque el cabrón de Agamenón, comandante en jefe de la fuerza aquea y cuñado de la veleta Helena, ha ofendido y humillado a uno de los sacerdotes del dios, negándose a devolverle a su hija secuestrada y diciéndole que se haría vieja en su palacio, como una sirvienta y ramera ocasional. El sacerdote pide justicia, y el dios concede con gusto, su ego ha sido herido por un mortal soberbio, y esa actitud sólo le está reservada a los dioses. De aquí en más, se desatará una verdadera batalla de egos: los de los héroes y los de los dioses. Lo significativo es que ninguno quedará bien parado y todos desnudarán sus miserias. Apolo se vengará sembrando muerte en el campamento aqueo, Aquiles se atreverá a interpelar a Agamenón en asamblea pública, diciéndole que devuleva a la joven, y Agamenón responderá despojando a Aquiles de una esclava suya que había sido parte de su botín. No hay sentimientos, hay posesiones, hay egolatría y divismo, hay miseria moral. La respuesta de Aquiles se da a la altura de las circunstancias: se retira de la batalla pidiéndole a su madre-diosa que le ruegue al mismísimo Zeus que desfavorezca a sus amigos aqueos. Sin ir más lejos, hoy en día una hinchada de fútbol actual crucificaría a un ídolo por mucho menos. Pero en aquellos tiempos arcaicos, las batallas no se dirimían corriendo y pateando un esférico balón. Los dioses jugaban de otros modos más complicados. Y la pelota eran los mortales.

Continuará...
[Comentario literario en cuatro partes]
Génesis de una lectura personal
Confieso, no sin cierta vergüenza, que recién leí La Ilíada a los 28 años. Fue durante unas vacaciones de invierno en Santiago de Chile. La leí con ansiedad y placer, después de comprar una edición usada, la de Verón editor, en un librería del hermoso barrio de Bella Vista.
Si bien antes había leído otras obras importantes, recién entonces pude comprender la contundencia del remanido rótulo de "grandes obras de la literatura universal". Y La Ilíada no sólo es una de las obras más antiguas que integra este grupo selecto (sabemos que en la Antigua Grecia, en el siglo de Pericles, La Ilíada ya era un clásico leído en las escuelas), sino que demuestra en cada página por qué es universal y de alguna manera eterna. No intento, desde ya, hacer un estudio en profundidad de la obra, materia para eruditos que escapa a mis posibilidades, ni tampoco dar una clase escolar, sino que sólo pretendo, de alguna manera, recuperar algunos sentimientos personales de lector común y corriente que son producidos por la obra. Y a la vez, también, terminaré exponiendo una experiencia de lectura personal.
Podemos comenzar, entonces, por señalar que en esa primera lectura fascinada de la obra, a lo largo de ese viaje por Chile, fue naciendo un viaje a Grecia, motivado por la obra de Homero y por la lectura de Los mitos griegos, de Robert Graves, una obra inolvidable, que dicen que formaba parte de las favoritas de Borges, y que es en parte, una buena forma de conocer el contexto monumental de la obra homérica, ese capítulo de la interminable trama mítica conocido como "El ciclo troyano", del cual La Ilíada es sólo un episodio. En esa primera experiencia me atraparon varias cosas, que trataré de ordenar. En primer lugar, llama la atención la peculiar concepción religiosa de los griegos, que no ven en sus dioses un ejemplo de virtudes, sino, por el contrario, un conjunto de vicios, caprichos y arbitrariedades. Los dioses son parte fundamental de la historia, la producen, juegan con los mortales como jugaría un niño hoy con un videojuego. No obran de acuerdo a altos principios, sino movidos por las más mezquinas pasiones personales. Desde el comienzo, observamos asombrados como Hera y Atenea desean la destrucción despiadada de Troya por despecho del concurso de belleza que Paris, el príncipe troyano, les hizo perder, para favorecer a Afrodita, quien lo había sobornado con el amor de la esposa de Menelao, la hermosa Helena, la más bella de todas (recientemente propuse en clase a Scarlett Johansonn para una versión actual, aunque después de haber visto en cine la lamentable Troya, mejor que no la hagan). Ese no es el tema central de la obra, ya que la historia transcurre en el noveno año de la guerra, pero la cuestión de los dioses está barajada de antemano. Cuando empieza la obra el dios Apolo castiga a los aqueos (griegos) porque el cabrón de Agamenón, comandante en jefe de la fuerza aquea y cuñado de la veleta Helena, ha ofendido y humillado a uno de los sacerdotes del dios, negándose a devolverle a su hija secuestrada y diciéndole que se haría vieja en su palacio, como una sirvienta y ramera ocasional. El sacerdote pide justicia, y el dios concede con gusto, su ego ha sido herido por un mortal soberbio, y esa actitud sólo le está reservada a los dioses. De aquí en más, se desatará una verdadera batalla de egos: los de los héroes y los de los dioses. Lo significativo es que ninguno quedará bien parado y todos desnudarán sus miserias. Apolo se vengará sembrando muerte en el campamento aqueo, Aquiles se atreverá a interpelar a Agamenón en asamblea pública, diciéndole que devuleva a la joven, y Agamenón responderá despojando a Aquiles de una esclava suya que había sido parte de su botín. No hay sentimientos, hay posesiones, hay egolatría y divismo, hay miseria moral. La respuesta de Aquiles se da a la altura de las circunstancias: se retira de la batalla pidiéndole a su madre-diosa que le ruegue al mismísimo Zeus que desfavorezca a sus amigos aqueos. Sin ir más lejos, hoy en día una hinchada de fútbol actual crucificaría a un ídolo por mucho menos. Pero en aquellos tiempos arcaicos, las batallas no se dirimían corriendo y pateando un esférico balón. Los dioses jugaban de otros modos más complicados. Y la pelota eran los mortales.
Continuará...

jueves, 11 de septiembre de 2008

Palabras recortadas y dispersas alrededor de Macedonio, para un día del maestro.



[A manera de proemio, consideraciones sobre el día del maestro en Argentina]



En nuestra Argentina, se suele conmemorar la muerte, y a manera de irónico homenaje, hoy es el Día del Maestro por ser el día de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. Me es difícil derramar palabras elogiosas para un personaje que más allá de su ímpetu, de sus convicciones y su obra educativa, alguna vez le escribió a Mitre que no ahorrara sangre de gaucho en la batalla, por ser "un excelente abono para la tierra". Los años, el Billiken, y las maestras reproductoras del sistema, han convertido la estampa de este anciano (que alguna vez fue joven) gruñón, fumador compulsivo, mal hablado y mujeriego, en el cliché del "padre del aula". Figura polémica, "hombre moderno" de su época, fanático hasta la ingenuidad del "progreso europeo", incondicional devoto de un positivismo devaluado en racismo imperante en la época, enemigo acérrimo de todo lo que representara la cultura americana (¿los separatistas-elitistas-racistas bolivianos habrán leído el Facundo?), Sarmiento es una figura ineludible de nuestra historia, que si bien no merece ser borrada de los manuales -el olvido y la desmemoria son la mejor estrategia de la repetición-, sí merece, al menos, ser revisada críticamente, antes de seguir alimentando al cliché.
Como docente que soy, creo que tenemos derecho a reconocernos este día, más allá de las causas que lo hayan instituído, y a falta de otra fecha, tomemos a ésta, aunque sea por tradición. Lo que sí podemos reservarnos, es la elección de otros modelos de maestros que seguir, después de todo, son los discípulos los que suelen escoger. Y entonces, elijo a Macedonio como contrafigura Sarmientina, por ser un hombre nacido en el siglo XIX, pero de decisiva influencia en el XX y lo que va del XXI, que sigue transitando el camino de las vanguardias estéticas, esas a las que Macedonio, sin haber abrazado nunca oficialmente, tanto contribuyó a alimentar en nuestro ámbito. Macedonio fue maestro (además de amigo propio, heredado del padre), de Jorge Luis Borges, y su influencia pasa por Cortázar y sigue andando nuestros días. He aquí, entonces este sencillísimo homenaje.



[Primero, la voz del maestro:]




HAY UN MORIR

No me lleves a sombras de la muerte
A donde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.


[Luego, la voz del discípulo:]



PALABRAS DE BORGES ANTE LA TUMBA DE MACEDONIO FERNÁNDEZ

Intimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación, ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.

[Y otra vez, el maestro]

AMOR SE FUE

Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera.



CREÍA YO

No a todo alcanza Amor, pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

[Y por último, el irreverente aunque modesto homenaje personal, a manera de antigua glosa]


Olvido en ojos mirantes
Por y para Macedonio, claro.

Sobre la piel del olvido
transita
una gota de silencio
que se vuelve abismo.

Mirada de párpados cerrados,
ojos que duermen de día
y hacen noche la vigilia.


A.L., 11/09/08




domingo, 23 de septiembre de 2007

"As de espadas" de Juan Filloy (fragmento)



En la mesa de truco se tocan los cuatro puntos cardinales del país. Confluyen a su borde cuadrado, aproximando la amistad de los argentinos que hallan en su trayecto. En pocas partes como en esa mesa chispea su gracejo y su sorna.
Sin amistad no hay juego. No se sientan para entretenerse personas con rabia, dolor o angustia. Sería un torneo de fastidios y asperezas. Cuando se está abrumado o convulso, el espíritu carece de disposición para matizar los caprichos del azar.
El truco es un breve certamen de envites y arrogancias, de desafíos y defensas, verificado entre pullas y mentiras, entre dudas y carcajadas. El naipe constituye el breviario que orienta esa misa profana. Disfrazado de rey o de sota, el demonio –un demonio jodón y sagaz- conduce el juego.


Esa vez se armaron muchas partidas. Era una fecha prócer: el 9 de julio de 1916. El cielo estaba embanderado de patria. Y en el fervor de la conmemoración flameaban, en el pecho o en la cabeza de todos los reunidos, los colores brillantes de la alegría y el alcohol.
Fue a la vera del lecho pedregoso del Río Seco, en el negocio de ramos generales de Amalio Dapertutti. En esos tiempos, cada pequeña población lo stenía, complementados con la estafeta, venta de fiambres y despacho de bebidas. Los caminos de entonces, de tierra, cavados por huellas hondas y magines –polvorosos hasta la sofocación los días de viento, convertidos en sucesión de charcos y pantanos, las semanas de temporal– aislaban a la gente. Imposible y difícil el acceso a los centros importantes, chatas fletadoras, sulkys, carros, breques, jardineras y tílburis se acomodaban en la rada de su patio pelado sin un árbol.
Esos negocios, abastecían y acopiaban, amén de hacer algunas operaciones bancarias y de evacuar consultas de sanidad rural. El de Dapertutti, por descontado. Todo el gringaje de las colonias adyacentes iba “donde Amalio” para proveerse y pasar el rato. ¿Qué decir del paisanaje nativo, siempre dispuesto a gambetear trabajos y obligaciones al lado del vino y las sardinas, de la cerveza y la mondiola, del vermut y las aceitunas?

[…]

Julio suele ser el mes más frío del año. No obstante, ese día patrio, el sol resolvió adherirse a la conmemoración secular ofreciendo, dorada, su calidez blanda de edredón. Permitió de tal modo que los actos al aire libre tuvieran con su auspicio perfecto desarrollo. Mas, al atardecer, su bondad cesó de cuajo. Repetidas ráfagas del sur empezaron a incomodar a la concurrencia.
Llegaron en ese momento al despacho de bebidas, cuyo mostrador de zinc ostentaba los implementos habituales. Era una habitación de piso ajedrezado, en baldosas negras y amarillas, la cual servía a la vez como antesala al amplio galpón del depósito, habilitado, y ya entrando gente, para los números y el baile nocturnos.
El ambiente tibio y bullanguero agradó a los cuatro. Lámparas de carburo y kerosene mezclaban sus tufos al humo del tabaco y a los olores alcohólicos. Cierta prosa los apuró a ocupar una de las pocas mesas libres. Ya habría cinco armadas en partidas de escoba y truco.
– ¿Qué se sirven, señores? – se acercó a preguntar el hijo mayor de Dapertutti que hacía de mozo.
– Son convidados míos – adelantó Pablo Cremer–. Creo que no hay desidencia: vermut para cuatro. Usted Cuquejo ¿cómo lo quiere? Diga. A mí me gusta con aperital Delor.
– Fernet para mí –interrumpió Primo Ochoa.
– Hecha la consulta, volvió el mozo al rato trayendo el pedido. Estaba distribuyendo vasos, aceitunas y sifones, cuando irrumpió la voz mesurada de Braulio Ipuche. Más que una iniciativa propia, fue un contagio instantáneo. La barahúnda que hacían los jugadores, sus chistes y carcajadas, espolearon su deseo y lo dijo:
– Antes de servirnos ¿qué les parece si jugamos los vermut al truco?
– Yo he invitado… –aventuró displicentemente Pablo Cremer, adhiriéndose in mente a la idea.
Nadie se opuso, en verdad. El virus estaba en el aire. Una especie de cosquilla erizaba el ánimo de cada cual. La expectativa fue intensa.
– No tiremos los reyes. Así como estamos –sugirió el capataz.
Y así quedaron: Pablo Cremer bis a bis y compañero de Cuquejo. Braulio compañero de Primo Ochoa.
El mozo trajo al fin una mesita suplementaria. Puso en ella botellas y sifones. Luego vino con el mazo y un platito de porotos blancos.
El demonio vichaba desde arriba. Alguien escuchó una voz extraña en el recinto:
– En el truco, de lo que veas, cree sólo la mitad. De lo que oigas, no creas nada…


Han pasado cuatro o cinco manos de fintas.
Ya se conocen las mañas. Por favor, véanlos a Cuquejo y pablo Cremer haciéndose señas. Aquél tiene un tic en el ojo derecho y nunca se sabe si lo acompaña o no el as de bastos…
Observen ahora a sus contrincantes: Primo y Braulio. Escrutan astutos los rostros adversarios; mientras, sutiles, se delatan entre sí las cartas propias. Primo, desde la patada de un potrillo, tiene la boca torcida y casi estereotipada la seña del siete de oro…
– “Jugalo: ya te lo ha visto” – le dice Cuquejo aludiendo a su apodo, que es precisamente ése.
– Esta vez no es la mueca. Ya vas a ver.
Cuando alumbra los rostros normales la picardía de la simulación, nadie sabe si “la falta” es un alarde o un “33 de mano”. Cuando la verdad se esconde en falacias impasibles, nadie sabe tampoco si se retruca al siete de espadas con un cuatro o con un “macho”. El truco es un sistema perfecto en el cual lo verosímil y la mendacidad conviven campantemente.
No comparemos lo incomparable. Cada quien a lo suyo. El truco es la aritmética retozona del argentino. El mus, el cálculo barullero del vasco. El póker, el álgebra superior de los tahúres. El bridge, la matemática universal del silencio. Cada quien a lo suyo. A sus agachadas, desplantes, bluffs y compromisos. Y en un nivel más alto, cada quien a las herencias temperamentales, a las secretas fiebres de la ganancia, a los estilos educados de la emulación…


Por favor, sigan viendo a esosuatro tauras enredados en sus madejas. Hilan medulosamente su mentira de acuerdo al reparto que les hizo la suerte. ¡La suerte! A veces quiere mimos, y hay que sobarle el lomo a las cartas. A veces, hay que “orejearla” sin ofenderle sus perfiles. A veces es un chorro incontenible:
– ¡La gran puta, qué leche tenés!
En ninguna parte, en ningún negocio o trabajo, se concentra el criollo tan profundamente. –¡Ah, si emplearan esa perspicacia en otras cosas! Vuelan las intenciones en miradas relámpagos. Se entrecruzan las señas levísimos movimientos faciales. Ya está un cinco en la mesa:
– Voy.
–Bueno, venga a sufrir.
La partida se desarrolla en ese despacho de bebidas barullento. Sin embargo, el ruido los aísla. Tanta es su concentración al orejear las cartas que parecen investigadores. El ruido los aísla y los ampara.
Por eso, les molesta el silencio de los curiosos. Son aves de mal agüero. Anda por ahí, “pateando” las mesas, el “Negro Mallet”, un cuarentón de la Martinico, que encaneció de repente en la erupción del Mont Pelée. Semeja un negativo fotográfico y por eso le apodan así.
– Che, Negativo ¿hasta cuándo vas a lechucear? Movete de una vez.

Ya han jugado dos “chicos” y están jugando “el bueno, a 24 tantos”.
Como las aceitunas se hicieron humo enseguida, Marín Cuquejo, fiel a su hábito arraigado entre el paisanaje, recurre a los porotos blancos y redondos que él mismo usa para tantear. No los come. Los parte con los dientes, y, al separarse en dos mitades, mastica lentamente la cutícula que se desprende de ellos.
Es una vieja costumbre criolla. En las pulperías de antaño y en los boliches de la campaña, se tantea con maíz. Quienes la practicaron y practican, gustan extraer con los dientes la punta del grano en que se encuentra el germen. Por cierto, nadie se alimenta; mas, en la medulación pareciera ayudar a compaginarlo mejor.
Mientras se jugaba la primera docena, Primo Ochoa se llenó de júbilo. ¡Una flor! Y la contó radiante:
­­­– Vino la Infanta Isabel
Para el otro Centenario;
Trajo una flor de clavel
Para el culo de un otario.
Ninguno, por Dios lo pido,
Se me dé por aludido…
– Bueno, no hay flor sin truco –replicó el capataz.
– Tranquilo. No se quiere.
Cuquejo repartió los puntos.
– Che, a nosotros, nada de mitades baboseadas. Danos porotos como la gente.
– Mirá que sos jodido, Primo. Te quejás por macanas.


Una racha muy favorable se obstinó en soplar por el lado de Pablo Cremer. Ligaba una barbaridad, vuelta a vuelta para el “primero” y para el “segundo”.
– ¡Cómo ligan esos benditos!¡Hasta flor, teniendo nosotros treinta y tres de mano!
Estaban 19 a 5.
Las dos parejas, asistidas por pasiones distintas, exhibían ya las máscaras típicas de esas circunstancias. Había en Pablo y Cuquejo una alegría contenida, presta a estallar en jolgorio. En Primo y Braulio, la lobreguez que anuncia la derrota.
En esa coyuntura un perro flaco y sucio que merodeaba en el local, se acercó a la mesa como curioseando la partida. La inspiración instantánea que asaltó a Primo Ochoa fue espantosamente canallesca. Pero la llevó a cabo. En un descuido, en tanto se repartían las cartas, le arrancó una garrapata de la oreja. Y, en otro descuido, la deslizó al plato de porotos.
Hubo todavía una jarana final. Braulio agarró un truco con un caballo…y ganó. Ganó, además, tres reales envidos. Eso dio calce al recurso de siempre: el recurso de todos los truquistas al borde de la ruina:
–A ley de juego, todo está dicho. Falta envido y truco. Si hay flor, contra flor al resto.
Llegaban así al instante álgido, entre expectante y dramático, en el cual culmina la tensión del juego.
Mientras se barajaba y se cortaba el naipe, Cuquejo tomó un poroto y lo mordió. Fue un grito espeluznante. Una sangre negra y viscosa llenó su boca de asco. De pie, escupió repugnancias e insultos entremezclados. Distinguió, por entre la ofuscación de su náusea, que Primo Ochoa estaba pálido, sin el azoro de los demás. Y borracho de odio, escupiendo todavía, peló la daga y arremetió.
La furia con que lo hizo fue su perdición. Enredó el impulso homicida entre patas de sillas y mesas; y la puñalada dirigida al corazón sólo hirió el hombro izquierdo de Primo.
Súbita, imposible de detener, como un rayo trágico, la reacción de Primo se efectuó agarrando un sifón y asestando un terrible golpe en el parietal de Cuquejo.
La violencia del impacto lo dejó seco. Lo alzaron. Tiritaba su cuerpo en conmoción. Lo colocaron sobre una silla de latón y hierro, la cabeza rota y sangrante echada para atrás. Las pupilas, fijas en el borde superior de sus ojos en blanco, hacían la seña del as de espadas.



Transcripto de: Filloy, Juan, Los Ochoa. Saga nativa. Córdoba, Op Oloop Ediciones, 1998.

Olvidados o ignorados: Juan Filloy y el Combate de Carmen de Patagones






Juan Filloy Murió en el año 2000, a la edad de 105 años. Vivió su breve vida integramente en su provincia de Córdoba. Fue contemporáneo de Borges, de Cortázar (quien lo meciona en Rayuela), de Mallea, de Saer, de Marechal, de Sábato, de Arlt ... Simplemente, de TODOS los grandes escritores argentinos del Siglo XX (y de los no tan grandes también). Tal parece que todos esos grandes escritores sabían de la existencia de este rara avis cordobés, que se empeñaba en publicar en sus pagos lo que por diversión escribía. Puede ser esa la razón de su falta de popularidad, o quizás lo poco prolífico de su obra: más de cincuenta novelas, todas con títulos de siete letras, y que están encabezados, al menos por alguna de las letras del abecedario (por cierto, como Cortázar, era adepto a los anagramas y las frases palíndromas, tenía una colección de miles de su propia cosecha). Puede parecer una falsa biografía borgeana, pero basta leer a Filloy para que Borges parezca un personaje inventado por él. Apropósito: no es fácil leer a don Juan, sólo tengo noticias de dos reediciones de sus novelas hechas por Losada en la última década: ¡Estafen! y la legendaria Op Oloop. Una editorial cordobesa, que lleva el nombre de esta última novela, y a la que no he podido ubicar ni por el mail ni por el teléfono que figuran en el libro , publicó Los Ochoa (la "ch" debe contarse como una letra, el título sigue teniendo 7), y pude milagrosamente, conseguirlo en Pilar. Prometo subir algo transcripto por mis propias manos en breve (no es pirateo, es desesperación por dar a conocer una obra magistral). De momento, acerco algo que se puede conseguir por Internet: un fragmento de Aquende, que para mí tiene especial significación, ya que pretendo escribir algún día una novela sobre el Combate de Carmen de Patagones, y según he podido observar tras una modesta investigación, Filloy fue el único que escribió sobre este episodio casi olvidado, que algún día resumiré, pero que puede reconstruirse a grandes rasgos en este fragmento del escritor cordobés. Hasta el día de la fecha no he podido conseguir, ni siquiera en bibliotecas, dar con un ejemplar de Aquende. Que yo sepa, la única manera de consultarlo es accediendo a la edición original de la novela, de 1938, para lo cual hace falta acreditarse como investigador avalado por alguna institución, para tener acceso a la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional Argentina. No pierdo las esperanzas de fraguar esa acreditación (no soy falsificador, pero conozco serios investigadores que quizás se apiaden de este humilde lector curioso y ayuden en mi causa). Mientras tanto, vaya esta muestra de humor, maestría literaria y erudición, ya que los datos y el episodio central que se cuenta, la historia del anillo, están registrados en las crónicas históricas. Se menciona también a Pincheira, quien fue un oficial español que se hizo desertor en la Revolución de Mayo, pasó a ser reconocido como cacique entre los indios, y luego terminó regenteando una banda de renegados indios y cristianos que asoló desde la Provincia de Buenos Aires, hasta San Luis y Santiago de Chile, donde finalmente fueron sometidos y ejecutados unos treinta años después de comenzar sus aventuras. En el relato también se habla de Corsarios y de gauchos renegados. Cada uno de estos personajes merece una historia aparte, como por ejemplo el Gaucho Molina (que ya es personaje de una novela y de una historieta), pero para eso esperen mi novela. Aunque el relato que les dejo, de tan magistral, desalienta todo intento de sorprender narrando una buena historia. Lo de Filloy es demasiado, así que lo comparto. Disfruten entonces de la pluma de este goliardo sin tacha.

Charanga:GESTA
FUE un trago largo, como un lazo. Pialó el acuerdo.
Y dijo:
–Mi padre llegó a Carmen de Patagones durante la administración del Comandante Oyuela.
El pillaje de los indios devastaba las colonias y las estancias de la frontera.
A base de robos y de comerciantes sin escrúpulos florecía la exportación de cueros y tasajo.
Mi padre era gaucho. Llevaba cinco “muertes” encima. Y entró a punto en el juego.
Porque entre reducidores, aventureros, corsarios y esclavos, el crimen es una ficha.
Los soldados que mandó la Primera Junta a sofocar la revuelta del año 12 se rebelaron el 19. ¡Todavía se oían los ayes del Gobernador y se veían las cabezas de los oficiales enterrados vivos!
Mi padre, corrido por la justicia, se encontró, a sí mismo, en la promiscuidad de los Aucas. Pues el gaucho que se asquea de la ley de los hombres regresa al instinto de la indiada.
Con ellos robó y mató a gusto, hasta que vino el gallego Pincheira. ¡Ordene, Oficial Pincheira! Y entró a su banda militarizada de forajidos: indios, gauchos y soldados desertores.
Mi padre dilapidó su parte de cuarenta mil vacunos "reducidos" a patacones en el Carmen. Hasta que los colonos cansados de pillajes se hicieron a su vez cuatreros y bandidos...
La emoción de bandidaje es una emoción bárbara, pero subyugante de la especie.
Arrasar, quemar; violar, matar; son cosas primarias que cobijan todas las almas.
Mi padre decía: quien degüella, desuella y... resuella. Y no tuvo asco: bestias, indios o cristianos.
Pero todo cansa. Y con una cautiva que rescató en Chile, merodeó por las orillas de Río Negro. Fuera del apero, su daga, sus piojos y su quillango, no tenia más que cicatrices.
Juntó cueros de zorros y plumas de ñandú. Pero la honradez lo acobardaba...
Se metió con los noruegos de una factoría de aceite. Y tuvo vergüenza del trabajo...
¡A él, que amaba los entreveros, le dolía matar focas a garrotazos en bahías desoladas!
Mi padre, el 26, entró a bordo de un corsario cuando estalló la guerra con Brasil.
Se curtió con sudestadas. Y se templó de nuevo en las matanzas de los abordajes.
Carmen de Patagones vivía el esplendor que da la plata del vicio y la rapiña.
Se hizo puerto libre y zona neutra. Se llenó de truhanes, putas y piratas: de vértigo y orgía. Los brasileros, hartos de ignominias y saqueos de corsarios, resolvieron hacer un escarmiento. Cinco navíos de guerra, del bloqueo a Buenos Aires, fondearon en las bocas del Río Negro.
Y setecientos hombres, bajo el mando de un general inglés, enfilaron hacia Carmen de Patagones.
La noticia apenó a todos. Entraban en la patria como el hacha en el árbol que se quiere.
Mi padre se enroló en la defensa. Defensa improvisada, de milicos, gauchos y tahúres.
Tenían de arma un espíritu de llama y de escudo solamente la tela de la faja y de la vincha. Cien jinetes en conjunto. Coordinaron el ataque con la astucia del indio y la rabia del desierto. Seis leguas separaban al invasor, de Patagones. Seis leguas de sed en un páramo de fuego.
Los infantes brasileños lo ignoraban. Conducidos sin cautela, se filtraron de cansancio en el camino.
Mi padre, entonces, abrió lucha de emboscada. Los sedientos bebieron sangre en sus heridas. Los demás, la lengua seca, se desbandaron como loros ante el huracán de los centauros.
En medio de una escaramuza, el brillante uniforme del general atraía la mirada.
Mi padre lo volteó de un balazo mientras sus huestes sucumbían por las cargas y la sed.
Y deseando con locura su uniforme, se precipitó sobre el general, a despojárselo.
Su cuerpo inmóvil cedía dócilmente. Ya casi desnudo, mi padre quedó bizco de repente.
¡Un anillo magnifico destellaba en su mano! En el apuro de tenerlo, le cortó el dedo de un hachazo.
Fue un ¡ay! horrible. El general, nada más que herido, simulaba la muerte por salvarse...
¡Pero la muerte vino sin piedad! Y mientras milicos y gauchos arreaban prisioneros, Mi padre le hundió la daga en el corazón; la revolvió como una bombilla en el mate.
Y ufano del anillo y la chaqueta, galopó sobre cadáveres a dirigir la columna derrotada.



Fuente: www.literatura.org/Filloy/jfTexto1.html
Sigan el vínculo, que hay otros buenos textos.

sábado, 22 de septiembre de 2007

"El jardín de las delicias"

Perséfone era una de las tantas hijas de Zeus, y para colmo, una de las tantas ilegítimas. En una familia de pervertidos divinos (después de todo eran divinidades), la prosapia de Perséfone no era nada del otro mundo (¿de éste?): su madre era Démeter, la hermana mayor de su padre, la que a su vez no era la favorita siquiera, ya que papá-tío Zeus estaba casado con su otra hermana, la celocísima Hera. Por todo esto, queda claro que la joven y hermosa diosa no gozaba de una posición estable en el Olimpo, a diferencia de los hijos legítimos, fruto del incesto real. Solía vivir muy lejos de los demás dioses, siendo una diosa de la naturaleza, anterior a esos inventos modernos de plantar semillas y cultivar plantas. En la tradición olímpica fue cortejada por sus hermanastros, los dioses Hermes, Ares, Apolo y Hefesto, pero su madre rechazó todos sus regalos y alejó a la hija de la compañía de los dioses. Así, llevaba una vida pacífica hasta que, como era de esperarse en semejante familia, no tardó en aparecer el tío degenerado, venido del propio infierno. El mito resume el hecho violento a lo que podría ser hoy el guión de una película XXX: Perséfone estaba recogiendo flores inocentemente con algunas ninfas (las siempre vírgenes Atenea y Artemisa, según el himno homérico, o Leucipe, o algunas Oceánides, según otros) en un campo en Enna cuando Hades apareció, emergiendo de una grieta del suelo. Las ninfas fueron transformadas en las Sirenas por no haber intervenido, Artemisa y Atenea en nada, porque sí eran favoritas de papá Zeus, aunque fueran también ilegítimas.
Pero si bien esto era cosa de todos los días en la familia olímpica, en el mundo de acá abajo la vida quedó paralizada mientras la desolada madre Deméter (diosa de la Tierra) buscaba por todas partes a su hija perdida. Ya se sabía, tanto entonces como ahora no es recomendable hacer calentar a la tierra. Helios, el sol, que todo lo veía, que era bastante buchón, y sí que sabía hacer calentar a la Tierra, terminó por contarle lo que había pasado. Ese sería el primer antecedente del calentamiento global. Finalmente, Zeus no pudo aguantar más la agonía de la tierra y obligó a Hades a devolver a Perséfone, enviando a Hermes para rescatarla. La única condición que se puso para liberar a Perséfone fue que no probase bocado en todo el trayecto(¿primer antecedente de anorexia en jóvenes modelos?), pero Hades la engañó para que comiese seis (o cuatro, según las fuentes) semillas de granada, que la obligaban a volver al infierno cada año un mes por cada semilla. En algunas versiones, Ascálafo contaba a los demás dioses que Perséfone se había comido voluntariamente las semillas de granada, después de todo, parece que el tío Hades tenía lo suyo, era puro fuego. Como sea, cuando Deméter y su hija estaban juntas, la tierra florecía de vegetación. Pero durante seis meses al año, cuando Perséfone volvía a los infiernos, la tierra se convertía de nuevo en un erial estéril. Fue durante su viaje para rescatar a Perséfone del inframundo cuando Deméter reveló los misterios eleusinos. En una versión alternativa, Hécate rescató a Perséfone. En la versión más antigua la temible diosa Perséfone era la propia Reina del Inframundo (Burkert, Kerenyi). En algunas versiones Deméter prohíbe a la tierra dar frutos, en otras está tan ocupada buscando a Perséfone que no se ocupa de ella, y en algunas la profundidad de su desesperación hace que nada crezca. Este mito puede ser interpretado también como una alegoría de los rituales matrimoniales de los antiguos griegos, que sentían que el matrimonio era una especie de rapto de la novia de su familia por parte del novio, y puede haber explicado los orígenes del ritual del matrimonio. La más popular interpretación etiológica de las estaciones puede haber sido una visión posterior.
Moraleja: si fuerzas a una mujer a que sea tu esposa, debes estar dispuesto a dormir con la reina de los infiernos.
Mientras tanto, a trabajar Goliardos, hay una primavera que hacer florecer. Hagamos propicio el encuentro de la reina infernal con su madre. Mantengámoslas distraídas, después de todo son diosas, sólo basta con piropearlas hábilmente.
PD: Un saludo para Laucha, que cerró el equinoccio en una radio de Pilar, entrevistado y tocando un acústico en vivo, junto a sus compañeros de Jheronimus Bosch. Valga la referencia, entonces a El jardín de las delicias. Y ojalá que eso sea nuestra primavera goliardesca.

viernes, 21 de septiembre de 2007

Goliardesca: Postales de un Boliche Top Medieval

El presente texto quizás sea, por excelencia, el máximo exponente de la anónima poesía goliardesca medieval. Todos sus elementos, la denunca de la corrupción, el ansia por el juego de azahar, la compulsión fervorosa por el vino, la alegría de vivir y la mirada ácida a la moral media, aparecen sin metáfora, sólo encubiertos por el débil velo de la ironía que en realidad las resalta, y con el adorno nada censurable de la hipérbole. Lo curioso es que esta pieza forme parte de los célebres Carmina Burana que musicalizados por Carl Orff fueron elegidos para la apertura de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1938, aquellos que tuvieron por finalidad demostrarle al mundo la superioridad de la raza aria... y que tan oportunamente dieron por resultado una arrasante actuación de los atletas negros. Léanse con atención sus versos, traducidos más abajo, y díganme si tenían algo que ver con el ideal nazi ¿Nadie se dio cuenta de la incoherencia o poco importaba lo que dijeran unos viejos poemas medievales en un latín que nadie entendería? Como sea, resulta saludable que la más aberrante idea que haya parido esta perversa humanidad, haya tenido que apelar a símbolos tan contrarios a su ideario a falta de algo mejor que resultara atrayente. A eso suele llamarsele mentira, por si cabe alguna duda.
Por nuestra parte, nuestro desagravio a los hermanos goliardos, quienes ni en su más febriles pesadillas habrían soñado semejantes horrores para otros seres humanos, horrores que la Iglesia les tenía reservados a ellos mismos, ¿cómo desearle ese infierno a otro?
Alcemos nuestra copa a la memoria eterna de estos anónimos héroes fundadores de nuestra fraternidad.
In taberna quando sumus,
non curamus quid sit humus,
sed ad luddum propreramus,
cui semper insudamos...
Quidam ludunt, quidam bibunt,
quidam indiscrete vivunt.
Sed in ludo qui morantur,
ex his quidam denudantur
quidam ibi vestiuntur,
quidam saccis induuntur.
Ibi nullus timet mortem
sed pro Baccho mittunt sortem.
Primo pro nummata vini,
ex hac bibunt libertini;
semel bibunt pro captivis,
post hec bibunt
ter pro vivis,
quater pro Christianis cunctis
quinquies pro fidelibus defunctis,
sexies pro sororibus vanis,
septies pro militibus silvanis.
Octies pro fratribus perversis,
nonies pro monachis dispersis,
decies pro navigantibus
undecies pro discordantibus,
duodecies pro penitentibus,
tredecies pro iter agentibus.
Tam pro papa quam pro rege
bibunt omnes sine lege.
Bibit hera, bibit herus,
bibit miles, bibit clerus,
bibit ille, bibit illa,
bibit servus cum ancilla,
bibit velox, bibit piger,
bibit albus, bibit niger,
bibit constants, bibit vagus,
bibit rudis, bibit magus,
bibit pauper et aegrotus,
bibit exul et ignotus,
bibit puer, bibit canus,
bibit preasul et decanus,
bibit soror, bibit frater,
bibit anus, bibit mater,
bibit ista, bibit ille,
bibunt centum, bibunt mille.

«Cuando estamos en la taberna /no nos preocupamos por la tumba,/ sino que nos precipitamos al juego, / en el que siempre transpiramos. /Unos juegan, otros beben,/ otros de forma indiscreta viven./ Pero de los que se dedican a jugar;/ unos allí pierden su ropa,/ otros consiguen vestirse,/ otros se visten con saco./ Nadie allí teme a la muerte/ y por Baco tientan la suerte./ Monedas para la primera copa de vino,/ de ella bebe el libertino,/ beben la segunda por los cautivos,/ despues de éstas la tercera por los vivos,/ la cuarta por todos los cristianos,/ la quinta por los fieles difuntos,/ la sexta por las monjas casquivanas,/ la septima por los soldados del bosque,/ la octava por los frailes perversos,/ la novena por los monjes dispersos,/ la décima por los navegantes,/ la undécima por los discordantes,/ La duodécima por los penitentes,/ la decimotercera por los los caminantes./ Tanto por el papa como por el rey,/ beben ya todos sin ley./ Bebe la señora, bebe el señor / bebe el caballero, bebe el clérigo, / bebe aquel, bebe aquella, / bebe el siervo con la criada, / bebe el animoso, bebe el perezoso, / bebe el blanco, bebe el negro, / bebe el constante, bebe el vago, / bebe el tosco, bebe el sabio, / bebe el pobre y bebe el enfermo, / bebe el desterrado y el desconocido, / bebe el niño, bebe el viejo, / bebe el obispo y el decano, / bebe la hermana, bebe el hermano, / bebe la abuela, bebe la madre, / bebe ésta, bebe aquél / beben ciento, beben mil.»

¡Salud y feliz primavera!