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domingo, 4 de julio de 2010

Finales eran las de antes...

Para que los hermanos uruguayos se vayan entonando (como sea, les quedan dos partidos más)




Tengo la certeza de que por aquellos años, el fútbol era mucho más popular en Uruguay que en Argentina (quizás alguien más memorioso o documentado que yo me lo pueda confirmar o desmentir). Me  baso en el hecho de que en la época de oro del Zorzal criollo, entre los '20 y los '30, el box era más popular en estas costas, que el deporte del balón. Lo acreditan tangos y crónicas de la época. Sin ir más lejos, un joven de aquellos años, Julio Cortázar, era fan del pugilato y no se le conocen, hasta donde sé, preferencias futboleras. Sin ambargo, ha de haber sido un deporte en franca expansión, teniendo en cuenta la medalla de plata lograda en los juegos de Amsterdan, de 1928. Pero nada podía ser comparable en esta orilla del río a lo que pasaba en la otra, donde pisaba fuerte la verdadera potencia internacional del fútbol, Uruguay, quien definitivamente destronó al gran campeón histórico del fútbol olímpico desde antes de la Primera Guerra Mundial, la nación creadora de este deporte: Inglaterra, medalla de oro en Londres 1908  y Estocolmo 1912. Uruguay en el '28 alcanza en el medallero a los británicos consiguiendo su segunda medalla dorada, repitiendo el logro de Paris 1924.
Hay que imaginarse la sensación que causó en el viejo continente esa formación uruguaya, como para que la recientemente creada Federación Internacional del Fútbol Asociado planificara sin dudarlo su primer campeonato mundial en las lejanas tierras del bicampeón olímpico, más allá de las protestas de las delegaciones europeas a las que le significaba un parate de tres meses en sus campeonatos locales el interminable viaje hasta el otro lado del mundo, y para colmo durante el invierno austral. De hecho, en los mundiales siguientes se boicoteó la organización en Sudamerica, lo cual provocó la ausencia de Argentina y Uruguay en los campeonatos de Italia 1934 y Francia 1938.
A Argentina, sin embargo, en aquél primer mundial, le tocó un segundo puesto nada indigno, por lo que se vé, tanto en Amsterdam 1928, como en el mundial de Uruguay 1930, donde repitieron la final y los puestos. Nacía así una rivalidad en la que a los uruguayos les cabría, durante varios decenios, la primacía indiscutida, que hace que hasta el día de hoy, si se suman las particiapciones entre los primeros cuatro puestos, Uruguay esté históricamente arriba de Argentina, quien después de aquella final del '30 tendría que esperar cuarenta y ocho años más para volver a ser finalista y obtener su primer campeonato, en Argentina 1978.
Pero volviendo al '30... y pensar que Brasil todavía estaba en pañales. Aquella final rioplatense fue de lo más vibrante: un 4-2 en los noventa minutos da la pauta de lo que fue eso, en un fútbol que se caracterizaba por atacar con más hombres que con los que se defendía, pero en el que, de todos modos, se jugaba con una pelota más pesada, botines rústicos y campos de juego que a veces eran verdaderos pisaderos. Hace poco fantaseamos en casa con la posibilidad de hacer un experimento, y hacer jugar a los astros actuales un partido en esas condiciones. Nuestra conclusión fue que sería imposible porque se lesionarían todos, y hoy por hoy hay demasiado dinero en juego.

Para 1950, Europa lamía aún las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial, y la organización del primer mundial de la pos guerra se le encomendó a  Brasil, el único país sudamericano con presencia en todos los mundiales disputados hasta ese momento, pero con un historial más pobre que sus vecinos: ninguna medalla olímpica y un tercer puesto en Francia 1938. Brasil sueña, entonces, con su primer campeonato mundial: construye el estadio más grande del mundo hasta ese momento, el estadio Maracaná, y alista un equipo imbatible, que sin mayores dificultades llega a la final. Lo que ni se imaginaban, era que en frente tenían al decano del fútbol sudamericano, demostrando que veinte años no es nada, cuando el fútbol se lleva en las venas.




Si tenemos en cuenta que en las útimas finales tuvimos, por ejemplo,  en Estados Unidos 1994 un 0-0 entre Brasil e Italia, que se resolvió por penales a favor del primero, y el mismo tipo de resolución en Alemania 2006, a favor de Italia, y sumando que en este caso lo más destacado que quedó del partido fue el cabezazo de Zidane a Materassi: ¿alguien puede poner en duda que finales eran las de antes?


A veces, el fútbol es simplemente la más maravillosa forma de lo locura. Y si no, quedémonos con esta imagen para ejemplo.











FELICITACIONES POR VOLVER A LA HISTORIA GRANDE, URUGUAY ESTÁ ENTRE LOS CUATRO MEJORES DEL MUNDO.


domingo, 14 de marzo de 2010

Resulta que ahora

Desahogo del silencio





Sé que después de haber estado ausente tanto tiempo, esta entrada va a ser extensa y  caótica, pero se comprenderán las circunstancias, tanto del silencio como de este triste regreso. Desde el viernes 12 de marzo por la tarde, mi mamá, Alicia, mi viejita del alma, es parte del aire, del cielo, de los colores más bellos, de los sentimientos más nobles y profundos, de mis sueños, de mis recuerdos y es por siempre la dueña absoluta de mi corazón. Es cierto que la tristeza se apoderó de mi alma, aunque intente honrarla con la alegría que ella misma me pidió, pero no puede faltar este homenaje a una persona tan única entre las únicas, que nos terminó dando un verdadero ejemplo de cómo se debe vivir este regalo que es la vida. Hoy estoy seguro de que si el mundo estuviese lleno de Alicias, viviríamos en un verdadero paraíso terrenal. Entonces, me queda el orgullo de ser su hijo, de haberla tenido todo este tiempo, enseñándome a vivir hasta el final, y ahora guiando mis pasos desde el recuerdo y el milagro que ella misma fue.
Podría contar muchas cosas sobre ella, y es seguro que lo haré en todos los días que me resten por vivir, pero me basta con reseñar la historia de su blog, que tenía el nombre de esta entrada.
Hace cuatro años, en febrero de 2006, una noticia espantosa nos sacudió a todos los que la rodeábamos: luego de amanecer con dolores insoportables (si ella se quejaba era porque dolía de verdad) la internaron de urgencia y le detectaron un tumor entre los dos ovarios, decripto por los mismos médicos como "del tamaño de un pomelo". A los pocos días, confirmaron una metástasis en el hígado. Lo más paradójico y siniestro de la cuestión es que dos meses atrás se había hecho todo tipo de análisis preventivos, a instansias de mi hermana Maysa, y había hecho una gran celebración, fiel a su estilo siempre festivo, porque los resultados habían sido óptimos. Mientras quienes la rodeábamos caíamos en la consternación, ella no perdió tiempo en desesperarse, ni se dejó ganar por la autocompasión ni la resignación. De inmediato entendió que debía enfrentar una durísima batalla por su vida, sabiendo que las posibilidades de ganarla eran pocas, y que además la esperaba un sufrimiento que suele transformar en un infierno la vida de cualquiera. Sin exagerar ni un punto, puedo afirmar que su buen humor no cambió, jamás la vimos deprimida o desanimada, jamás se enojó con la vida ni se quejó de esa burla del destino, y se juramentó ante nosotros, sus seres queridos, que iba a pelear hasta el final, que estaba dispuesta a robarle a la muerte cada día de vida. "Es cierto que siempre a la larga o a la corta gana ella, pero si me piensa llevar a mí, va a salir todo rasguñada, no voy a ser un hueso fácil de roer, no me voy a entregar así como así", nos repitió una y otra vez por esos días, riendo  con su optimismo a toda prueba. Y el escenario no podía ser peor: estaba internada en un hospital público, en un oscuro pabellón junto con otras cuarenta enfermas. Lejos de deprimirse, se encargaba de cuidar a las demás enfermas, quienes en vez de lamar a las enfermeras la llamaban a ella pidiendo ayuda. El horario de visitas era de dos horas al día, por la tarde, y para mí, que vivo y trabajo a más de cincuenta kilómetros del lugar, se hacía imposible ir a visitarla. Para colmo, no disponía de un vehiculo en condiciones para desplazarme. Entonces ella me prestó su auto, para que yo pudiera a la salida del trabajo ir cada día a verla, fuera del horario de visitas. Combinábamos por celular, y ella salía del pabellón y bajaba hasta la confitería del hospital para encontrarnos cada noche. Lejos de haber sido encuentros tristes con aire de final anticipado, los dos poníamos toda nuestra energía (yo simplemente trataba de ser fiel a lo que su espíritu me proponía) en reírnos y recordar cosas agradables, proyectando lo que haríamos una vez que saliera de aquél infierno. Fue allí que empezó a nacer, de alguna manera lo que terminaría siendo el blog. Yo aún no había abierto este espacio, pero le insistía en buscar la manera de conseguir una computadora para comunicarnos entre nosotros y explorar las posibilidades que brinda este mundo virtual. Ella dudaba porque jamás se había acercado a estas innovaciones tecnológicas y temía sentirse inepta. Yo le insistía que con su inquietud, su curiosidad y su inagotable creatividad e inteligencia, iba a poder dominar al engendro en unos pocos días.
Luego de un interminable mes de estudios, de marchas y contramarchas, y de una horrible angustia apenas disimulada por esos encuentros en donde lográbamos detener el tiempo y las circunstancias el pedacito de cielo que habíamos construído, la operaron, le extirparon el tumor y los ovarios, y le trataron con rayos la metástasis en el hígado. Tras varios días más de recuperación, festejamos el alta y su regreso a casa, y puso toda su energía, su alegría y ganas de vivir en afrontar el difícil tratamiento que le quedaba por delante. Mientras tanto, en los meses sucesivos, la idea de "informatizarla" fue cobrando forma. Yo no tenía crédito ni reservas como para comprarle una máquina de contado. Ella tampoco podía afrontar ese gasto, pero en ese momento decidió que encarar proyectos a futuro la mantenía distraída y le daba fuerzas, por consiguiente buscar la manera de tener su PC fue una de las formas de sobrellevar la adversidad. Averiguó todas las formas y planes a los que podíamos acceder y dio con un plan para jubilados que le permitía acceder a la máquina. Yo le ofrecí pagar la cuota, y así, a sus 67 años, la computación entró en su vida. Primero me llamaba para preguntarme cómo hacer cada cosa. Después llegó Internet, y se transformó en una alumna excelente que cada día superaba al maestro. Me pasaba nuevos links y direcciones que descubría, se comunicaba con mi tío Roberto, su hermano del alma, que vive en el mar, lejos de casa. Fue él quien nos instigó a los dos a abrir un blog,  y así, luego de algún tiempo, naciéron  ...Que no sea demasiado tarde..., Goliardos en la ruta y Resulta que ahora. En este último, mamá, que nunca había escrito más que eventualmente, empezó a volcar en pequeñas historias toda su sabiduría y su calidez simple y sencilla, su agradecimiento y su amor por la vida, su cristalina alegría de vivir cada día como un regalo. El blog pasó a ser la entrada a un nuevo mundo en el que conoció nuevos amigos que pronto se enamoraron de este ángel, que a nosotros se nos reveló como una hermosa narradora. Y mientras yo iba dando mis primeros pasos, ella se transformó en mi lectora más entusiasta, y sus comentarios eran un regalo de amor y admiración inagotables como su inmenso corazón. Su fortaleza y su pasión nos hicieron a todos olvidar por momentos de su enfermedad. Ella nunca se sintió una enferma doliente, sólo se consideraba alguien que tenía una enfermedad como tantas otras personas, pero que además tenía otras cosas de las que ocuparse y motivos para aceptar las cosas como eran, y no tenía más remedio que afrontar lo que fuera para luchar por sobrevivir. Jamás decayó su ánimo, jamás pensó en entregarse, decía que ella ya había vivido su vida, pero que debía luchar para que no sufriéramos quienes la queríamos. Nunca escuché de sus labios una queja. Basta con visitar su blog o leer los comentarios que dejaba en los demás para corroborar lo que cuento sobre ella. Cuando iba al consultorio del oncólogo que la atendía, se encontraba con personas más jóvenes hundidas en la tristeza y en la desesperación que esta maldita enfermedad genera, lógicamente, en quienes la sufren. Ella les decía una y otra vez que no podían entregarse, que tenían que luchar y proponerse vencerla o luchar por ganarle todo el tiempo que pudieran, porque si el ánimo decaía, la enfermedad se fortalecía y avanzaba más rápido, y entonces no sólo los derrotaría, sino que además habrían perdido el tiempo en sufrir y entristecerse en vano, además de mortificar a sus seres queridos.
A pesar de lo cruento que fue su tratamiento (en cuatro años afrontó 36  sesiones de quimioterapia), su ánimo inquebrantable la hizo disfrutar de la vida cada día más, como ella se había propuesto. Quizás suene raro decir que, si bien siempre tuvimos una excelente relación de mutuo amor y admiración, la enfermedad nos acercó cada vez más, y desde entonces celebramos a cada rato, día a día, el hecho de tenernos. Eso mismo es lo que ahora agiganta su ausencia.
A mediados de enero de este año, la llamé para darle una nueva alegría: a Lilian, mi esposa (siempre quiso a cada una de las personas a las que yo quiero, y a Lilian la consideraba una hija más), quien se había operado unos días atrás de un tumor, le habían dado el alta oncológica, esa que siempre soñamos para ella. Se alegró profundamente, respiró tranquila y dijo que confiaba en que todo no podía sernos tan adverso. Y después me confirmó su triste novedad: los médicos le habían suspendido el tratamiento porque ya tenía completamente tomado el hígado. Ni siquiera en esta instancia decayó su ánimo, aceptó que si ese tenía que ser el final, era lo que le tocaba, aunque sin cerrarle jamás la puerta al milagro. Cuando su esposo dijo, vencido por la pena, que finalmente su sacrificio había sido en vano, ella le dijo que no era así en absoluto, que ella se sentía plenamente feliz de haberle robado a la muerte cuatro hermosos años de vida.
A partir de entonces, mientras pudo desplazarse, aprovechamos los días de vacaciones de verano para programarnos paseos. Una hermosa tarde de sol la llevamos al Delta del río Paraná, al Tigre, y conseguimos una lancha que nos llevó a navegar por las islas. Ella estaba feliz, radiante, sacó fotos, tomó videos, y a pesar de que tenía dificultades para comer, ese día se alimentó con normalidad durante el paseo, y entonces nos ilusionamos con poderle mejorar cada día, distrayéndola, su calidad de vida. A esa altura su hígado estaba obstruído, sus ojos y su piel estaban amarillentos, estaba intoxicada de bilis, pero su ánimo y amor por la vida estaban tan intactos, que ni aún así podíamos verla como a una enferma, y más allá de los pronósticos sombríos, nos empujaba también a nosotros a disfrutar de cada segundo que la vida nos regalaba. Ese paseo la hizo tan feliz que me confesó que en los días sucesivos lo recordaba y volvía a experimentar esa misma felicidad. Unos díias después fuimos a visitar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), y cuando salíamos, una tormenta furiosa se desató sobre Buenos Aires. Ella recordó que su esposo, Lucas, estaba por salir de su trabajo en el Hotel Sheraton, adonde tocaba el piano todas las tardes. Las calles se estaban inundando y le iba a ser difícil conseguir un taxi, así que pasamos a buscarlo. Una vez allí, las mozas del lobby, que como todo el mundo la adoraban, nos invitaron con un té, mientras Lucas amenizaba la velada ejecutando para nosotros nuestras canciones favoritas. Allí empezamos a proyectar, una vez que Lilian se repusiera de su operación, un viaje al mar para estar unos días con tío Roberto. Pero los días siguientes fueron de mucho calor, Lilian tuvo que ir al hospital todos los días a hacerse controles, y mamá empezó a sufrir de una urticaria generalizada producida por la intoxicación biliar. A comienzos de febrero su médico le dijo que se internara de urgencia para realizarse una operación que permitiría drenar todo lo que su organismo no podía eliminar. Allí comenzó un calvario de burocracia hospitalaria, hasta que finalmente la operaron el lunes 8 de marzo pasado. Durante esos largos e interminables días, otra vez se dedicó a cuidar a sus compañeras de habitación y  a recibir el afecto de amigos y familiares mientras yo le llevaba libros para que se entretuviera, que ella devoraba uno tras otro, como lectora apasionada que era. Seguí bromeando, riendo, disfrutando de lo que podía, como fuera, sólo angustiándose por malgastar sus últimos días en un hospital. Cuando la ví ese lunes por la noche, luego de la operación, su estado era de extrema debilidad. Aún así conversamos y no perdía su buen  humor. La mantenían a una dieta hospitalaria miserable y espantosa que le quitaría el apetito a cualquiera, entonces le comprábamos a hurtadillas la comida que a ella le daba la gana comer, aunque su apetito era casi nulo. Pasé todo el día martes junto a ella, y me retiré por la noche. Seguía soñando con recuperarse para viajar a la costa a ver a tío Roberto, le dije que esperaríamos el tiempo que fuera necesario para que se recupere y que como fuera, íriamos. La despedí con un beso inmenso sin saber que sería la última vez que la vería con vida. Al día siguiente hablamos por teléfono, seguía débil, pero estaba resuelta a irse del hospital, y más allá de lo que dijeran los médicos, y de que nosotros tratamos de convencerla por todos los medios, exigió que la llevaran a su casa. Respetamos su voluntad, sumidos en el miedo de que algo pasara. Ella nos tranquilizó diciéndonos que en casa se recuperaría más rápido. El jueves le dieron el alta, y esa noche hablamos. Estaba animada, tratando de comer. Quedamos en que la visitaría el sábado para dejarla descansar durante el viernes. Pero por desgracia, esa misma noche se descompensó, su estado empeoró rápidamente y mi hermana me llamó desesperada a las tres de la tarde. Salí lo más rápido que pude, con la angustia clavada en el corazón. Por el camino, Lilian llamó para ver cómo estaba, y mi hermana nos comunicó su triste partida. Me aferré al volante en plena autopista y seguí manejando luchando contra el llanto, el desgarro no me permitía detenerme y llegué como pude hasta su casa, adonde ella descansaba serenamente en su lecho, junto a su mundo, como ella lo había deseado. La contemplé destrozado, rodeado del llanto desconsolado de mi hermana, de su esposo Lucas, de Lilian y mi hija Maggie,  de mis sobrinas, sus nietas, de vecinos y amigos que llegaban a despedirse, y me consoló en medio de este desgarro que me invade insidioso, el pensar que pudimos cumplirle su último y obstinado deseo de morir donde ella quiso, rodeada del amor que supo ganarse en su maravillosa y mágica vida ejemplar.
Desde entonces, las horas que siguieron y seguirán a esta triste pesadilla son de inmenso silencio y soledad, de una ausencia infinita, y de un dolor que parece invadirme desde los huesos hasta el fondo del alma, y que me inunda en un llanto que no puedo contener, aunque haga lo posible por cumplir con su voluntad de recordarla con la alegría que ella nos pidió y que tanto se merece, como nadie que yo conozca en este mundo.
Me quedan muchas cosas, por sobre todas, el orgullo incomparable de haber tenido como madre a la persona más buena, valiente, comprometida, solidaria, idealista, soñadora, alegre y ejemplar que conocí y conoceré en toda mi. Y me queda este vacío imposible de llenar, este dolor que me ahoga, y el deber por sobre todo de honrarla cada día a la altura de esta vida que me dio, a la altura de esa vida que ella tan sabiamente vivió y nos enseñó a vivir a todos los que tuvimos la inmensa suerte de ser parte de su mágica existencia.

Mamita del alma, no hace falta que te lo diga porque te lo dije siempre, pero hoy más que nunca quiero que lo sepas donde sea que estés: te adoro con toda mi alma y simplemente quiero que me perdones por esta tristeza persistente que hoy me ahoga y que vos nunca quisite dejarme. Muchas veces te dije que me enseñaste a ser bueno, y vos me decías que no, que yo había nacido así. Soy terco como vos, y sigo insitiendo en lo mismo, porque siempre supe que si no te hubiera tenido por madre, no podría ni por asomo ser nada de lo bueno que puedo llegar a ser hoy. Ahora sé que con tu infinita dulzura me vas a ayudar a encontrar la luz, como siempre lo hiciste, en medio de esta oscuridad. Te estoy viendo en estos rayos de sol que desde ayer se filtran entre las nubes negras que tratan de cubrir el cielo. Te estoy sintiendo en la frecura que desde ayer se obstina poco a poco en apoderarse de este verano inclemente. Te estoy sintiendo adueñarte por siempre de mi alma, y hoy sé que muy pronto te voy a llevar al mar como tanto lo habíamos soñado. Gracias por darme todo, ahora me queda el resto de la vida para devolvértelo. Te amo, como sólo un hijo agradecido puede amar. Por siempre:


                                                                          Alejandro



Invito a todos quienes quieran hacerlo y no lo hayan hecho antes, a que recorran el blog que mamá nos dejó. Es una bella manera de conocerla para quienes no tuvieron esa inmensa suerte.






martes, 6 de octubre de 2009

Para no morir




Hoy no quiero que mi voz interrumpa a la suya. Hoy no quiero hablar de mí, o de nosotros, o de todo lo que significó Mercedes Sosa para nuestra generación, para nuestro país, para nuestra historia, para nuestra cultura, para nuestro continente. Hoy sólo quiero callar y escucharla, por siempre, y dejar que las canciones a las que le dio alma hablen por mí.



Zamba para no morir


Romperá la tarde mi voz
hasta el eco de ayer
voy quedándome sólo al final
muerto de sed, harto de andar
pero sigo creciendo en el sol, vivo


era el tiempo la flor
la madera frutal
luego el hacha se puso a golpear
verse caer, sólo rodar
pero el árbol reverdecerá, nuevo


Al quemarse en el cielo la luz del día, me voy
con el cuerpo asombrado me iré
ronco al gritar que volveré
repartido en el aire al gritar, siempre


Mi razón no pide piedad
se dispone a partir
no me gusta las muerte ritual
sólo dormir, verme borrar
una historia me recordará, vivo


veo el campo, el fruto, la miel
y estas ganas de amar
no me puede el olvido vencer
hoy como ayer, siempre llegar
en el hijo se puede volver, nuevo


Letra: Hamlet Lima Quintana
Música: Ambros- Rosales



En http://www.mercedessosa.com.ar/marcosmaster.htm, la página oficial de la Negra, pueden leerse mensajes llegados desde todas partes del mundo, que testimonian de manera elocuente y conmovedora el legado que dejó esta artista querida, inmortal e irrepetible, que supo ser la voz de un continente.






miércoles, 18 de febrero de 2009

Amigos para siempre

Para Carlos Balsa Koch, mi amigo "el pingüino", para siempre.

Querido amigo, hoy me enteré de que a partir de ahora estarás en todas partes: en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y para siempre en la memoria, lo que ocurre es que me niego a vivir de recuerdos, aunque de aquí en más sea la única manera de hacerte presente. Querido “amigo para siempre”, nunca olvidé aquél juramento de aquella noche de juerga y juventud, donde el "para siempre" sonaba a eternidad, donde los finales parecían tan lejanos e imposibles como un continente perdido. Es cierto que en los últimos tiempos no estuve a tu lado, como también lo es que eso me produce un dolor sin remedio, que nunca te pude (ni podré) confesar, por miedo a que reprocharas mi abandono y yo no supiera qué decirte. Simplemente esa es mi repugnante forma de cobardía. Amigo para siempre, el "para siempre" fue demasiado para nuestro tiempo tan fugaz, y yo, que fui mayor que vos, siempre fui más tonto, y pensé que siempre había una página escrita detrás de la otra, y veo ahora que el libro quedó en blanco. Aquél príncipe dinamarqués se iría diciendo que lo demás es silencio, pero este silencio me aturde de absurdo, y saco cuentas de tus años, y son años que ya viví, y que vos no, y me culpo por quedarme, porque ese para siempre fue tan corto, amigo del alma, que no me dio tiempo de abrazarte, de dejarte una palabra, de escucharte y enredarme otra vez entre tus sueños, para poder encontrarte ahora en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y en cada risa y en tu voz que no se me borra y me sigue habitando. Ahora me queda el recuerdo vivo que pretende burlar a la ausencia, me queda la conciencia de la finitud y de la inmediatez, que me cortan como un cuchillo desafilado y penetrante, ahora me queda este silencio infame de vidrios rotos, y estas palabras que nunca habrás llegado a leer, aunque quizás ahora veas mi corazón desde todas partes, o al menos eso es lo me queda inventarme como absurdo consuelo poético. Ahora me queda tu interminable ausencia, y renuevo entonces aquel viejo juramento que hicimos de a dos, pero hacerlo solo no tiene sentido, y la ausencia se agranda, y el silencio sangra, y estas lágrimas no alcanzan, y te extraño, y las palabras resuenan como un tambor hueco, que hace ruido pero no habla, y te busco en el aire y en todas partes y sólo la tristeza me responde. Nada más que una simple frase se cae del juramento antiguo: desde ahora y desde entonces y hasta que dure mi siempre, te prometo la memoria tenaz que ahoga al olvido y vence a la muerte y a las páginas en blanco, “compañero del alma, tan temprano”.

Pilar, XVIII-II-MMIX, 16 hs.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Don José y la baraja.

[La talentosa poeta y narradora Claudia Isabel (http://laperladejanis.blogspot.com/, http://cuentoypunto.blogspot.com/ es la "culpable" de este post, ya que a partir de un texto que ella escribió ("Revolución de mayo. Mariano épico") dedicado a Mariano Moreno, me trajo al recuerdo este texto mío, escrito hace unos años atrás, en 2005]




La memoria es como una baraja de naipes, pienso mientras mezclo la baraja: los recuerdos son los naipes, nuestras manos son el impulso mismo de la evocación, que mezcla y confunde la baraja, para cortar y montar el mazo y sacar figuras, números, palos, que son recuerdos, números, fechas, nombres, rostros y eventos a veces olvidados. Cierto, quizás los recuerdos sean sólo una madeja de nombres propios, de fechas, de eventos que también son un nombre: Chacabuco, Maipú, Yapeyú... Es curioso, pienso “Yapeyú” y doy vuelta al instante un uno de espadas, cuando pienso en el lugar en que nací, hace setenta y dos años, pienso “Yapeyú”, y no lo puedo recordar, ni una imagen acude a mi memoria todavía muy temprana de menos de tres años de nacido, sólo se aparece en el presente esa marca de la espada asociada al nacer, esa que decidí abandonar pero que no me abandona, porque alguna vez dije “seamos libres, y lo demás no importa nada”, esa espada que nunca atacó a un hermano, pero igual algunos me acusaron de traidor, como si alguna vez yo hubiese apoyado a un hermano en contra de otro hermano, y aunque haya renunciado por esas cosas a la espada, la espada vuelve cuando pienso en mi nacimiento. Mi primer recuerdo se me aparece como envuelto en niebla, es una imagen del viaje a Buenos Aires, las interminables horas de carreta, la sensación de un cambio incomprensible, misterioso y definitivo.


Doy vuelta otras cartas, un cuatro de oros, siguen las semejanzas, cuatro años tenía en mis primeros recuerdos, en aquella gran aldea que tenía amplias calles de tierra, transitada por numerosas carretas, al menos para lo que yo había visto hasta entonces. Esa fue la época de oro de la primera niñez, la de los juegos con mi hermano Justo, los tranquilos años en la apacible Buenos Aires que varios años más tarde resistiría la invasión de los ingleses y que en algunos años más aún estallaría en revueltas contra el rey Don Fernando y hasta contra el mismísimo Napoleón. Mientras pienso esto último doy vuelta un naipe que representa la figura de un joven con un basto en la mano, la décima carta de su palo, y evoco al doctor Mariano Moreno, quien murió en alta mar asesinado antes de unírsenos en Londres; aparto esta carta del resto para que la memoria desordenada dé paso a la razón del solitario que ordena las cartas. Espera en aquel rincón, respetable figura, hasta que lleguen otras cartas a acompañarte en el recuerdo. Y allí viene entonces el once de espadas, el abrupto fin, el viaje a España. Atrás quedan las imágenes de la sala de aquella casa: Justo leyendo sus cuadernos escolares, Manuel y Juan Fermín luchando con sus lecciones de latín, María Elena bordando con mi madre, Gregoria, la silenciosa mujer que aletea el bastidor junto a su hija mientras contempla como distraída, como sin quererlo, a su esposo, a mi padre que como yo en este momento, estaba solitario, en la despoblada mesa nocturna, cerca del fuego, revolviendo la baraja y mezclando sus recuerdos, y casi todos, menos yo, sabían que esos recuerdos que mezclaba en el mazo de figuras eran los recuerdos de su tierra a la que esperaba que le dieran el permiso para volver. Durante todo este rato me he quedado mirando a este once de espadas que mis dedos deformados por los años sostienen, y mi vista maltrecha intenta enfocar con precisión, como si intentara reconocer su rostro, como intentando recordar el rostro de aquel compañero del Real Seminario, en Madrid, que me explicó el significado de la palabra “guacho”, diciendo que era una palabra americana que significaba no tener ni padre ni madre, que era más o menos lo mismo que no tener patria, como no la tenían los americanos que habían inventado esa palabra. Recuerdo ese primer insulto de escuela, así como no puedo recordar el rostro de quien lo dijo, era más grande que yo, no lo miré, apreté mis puños y le respondí que quizás fuera mejor no tener ni padre ni madre antes que haber nacido de una mala entraña. Nos separaron, nos reprendieron y el hecho no llegó a mayores, pero a partir de entonces comencé a sentirme diferente: de padres españoles, sin patria propia, americano por nacimiento, arrancado de una tierra que aún no era nada. Nacer en América era entonces tener a la ilusión por patria, algunos españoles nativos nos consideraban como provincianos y extranjeros a la vez, y en su desprecio no hacían más que alimentar nuestro orgullo de soñarnos independientes.

Pero mi padre lo entendió de otro modo, entendió que debía endurecerme, que debía seguir sus pasos, que debía aprender a amar a su patria. Honré a mi padre en vida, aunque seguramente defraudé sus expectativas luego de su muerte. Sólo sé que alguna vez me dijo que la milicia era servir a las propias convicciones y luchar con lealtad a los ideales propios, que deben ser los mismos que los de la patria, y a eso nunca falté. Tenía tan sólo once años cuando dejé la vida familiar y la escolar para ingresar en la milicia. Doy vuelta al once de espadas como si no quisiera recordar el rencor que sentí hacia mi padre al abandonarme allí, porque luego aquella vida me atrapó, porque allí fui imaginando un sueño desde poco después de llegar, me imaginaba luchando por ideales de libertad, igualdad y fraternidad, imaginaba batallas heroicas que algún día llegarían como desde adentro de mi sueño forjado a imagen y semejanza de los relatos encendidos que nos llegaban de los sucesos de París, aquella famosa Revolución Francesa que estaba llamada a ir desvirtuándose, pero que dejó una marca imborrable en la conciencia de los jóvenes de aquellos años. Quizás ese recuerdo me llevó a pensar en refugiarme en esta tierra adonde hoy transita el dolor de mis huesos, un dolor mucho más profundo del que comencé a sentir en aquellas tiendas de campaña, entre los estruendos de la artillería, al galope furioso de los caballos arremetiendo la carga por sobre los cuerpos sin vida de los compañeros caídos, al transcurrir de la batalla sin saber al cabo por qué se sobrevivió. Y junto con los primeros dolores del cuerpo, las primeras medallas, que se aparecen en la baraja de mis recuerdos dibujadas en al as de oros, la gloria del joven oficial don José de San Martín, hijo de don Juan de San Martín y de doña Gregoria Matorras, natural de Yapeyú, una ciudad marcada por un as de espadas que en estos momentos ha vuelto a mezclarse en el mazo, que fue militar español sin serlo, que ha sido héroe de batallas ajenas que alguna vez le parecieron huecas, que fue héroe de batallas propias cuya gloria luego le resultó hueca, vana y amarga, porque alguna vez aprendí que ninguna batalla se gana del todo. Fui el oficial que mi padre soñó, y ese fue el recuerdo que se llevó al morir en el ’96. Iba llegando el momento de buscar mi patria, iban a pasar muchos años, no iba a ser fácil imaginarla e inventarla. Si hasta a veces tengo la sensación de que todavía no la terminamos de inventar.

Se me aparece ahora el rey de copas, y ahora es Francia el enemigo, ahora se pelea por la libertad. El rey de copas es José Bonaparte, sin dudas, a quien llamábamos Pepe botellas por su afición al alcohol. Otra guerra ajena, pero ya se iba pareciendo a las soñadas. Bailén, 19 de julio de 1808, derrotamos a los franceses invasores, los españoles festejan la victoria española; los americanos festejamos la derrota francesa. Soñamos nuestra victoria. Ahora somos aliados de los ingleses, así es la guerra, el siete de oros llega con el recuerdo de Lord Macduff, aquel imborrable escocés que me habló por primera vez de las logias americanas. Con sus modos refinados y su acento salvaje hacía largos los tragos para ladrar en un castellano visceral: “que tus enemigos nunca sepan quiénes son tus verdaderos amigos, pero que estos últimos siempre sepan que tú eres su amigo, porque comparten enemigos”. Reía y seguía diciendo, como si fuera un juego, que nos entendía a los americanos mejor que nadie por el simple hecho de ser escocés: “el hijo de un pueblo sometido siempre quiere dar un buen puntapié a quien lo somete, al menos cuando este se dé vuelta”. Poco a poco me estaba convirtiendo en un traidor. Ahora sale el rey de espadas, mi rey que empezaba a ser mi enemigo. Aquí lo colocaremos, aquí, junto al diez de bastos, junto al doctor Mariano Moreno: estalló la revuelta del 25 de mayo de 1810, la voz corre por los cuarteles: “se nos sublevan las antiguas colonias, es en nuestro apoyo; no, claro que no es así, se dice que hay sediciosos que sueñan con sublevar a las colonias contra el rey, no faltará el tiempo en el que haya que aplastar a esos salvajes americanos, dicho esto con todo respeto por los que nos han demostrado fidelidad en estos años.”


Y uno que va conspirando en silencio, poco a poco; “sediciosos”, murmuran en los cuarteles. Me comunico con Macduff, si no quiero levantar la espada contra mis hermanos debería ser desertor, pienso en pedir la baja y partir rumbo a América, claro que prefiero combatir a mi monarca, de quien, si se me permite, ahora pondré su naipe de rey de espadas cabeza abajo, porque afortunadamente los reyes de espada tienen pies y cabeza, no así los números, que siempre se ven derechos. No sé qué juego es este, sólo son recuerdos mezclados. El diez de espadas es Monteagudo, se queda aquí, junto a Moreno que en realidad ya descansa en el fondo del mar, daremos vuelta su carta con respeto, Monteagudo irá contra los enemigos de la Logia Lautaro que hemos fundado. Este otro doce no es un rey, es una fecha, el año 1812, y su oro no es riqueza, otra vez es el recuerdo, es el regreso a Buenos Aires, luego de 28 años, vuelvo a la aldea de mis primeros años, convulsionada por la libertad, que da sus primeros pasos sin saber hacia dónde sigue el paso posterior, yo el Teniente Coronel San Martín, nacido en estas tierras, quien combatió contra los mismísimos ejércitos de Napoleón, quien pidió su retiro por razones de salud y de carácter familiar, para volver a combatir a su patria que todavía no existe, quien pasó a Londres para tomar contacto con los conspiradores de las logias masónicas americanas, quien forma parte de una hermandad comprometida con la independencia del continente, vengo humildemente a servir al ejemplar gobierno instalado desde entonces en estas tierras, pidiendo tengan a bien respetarme el grado obtenido hasta el momento en el antiguo y abandonado ejército español, al cual lejos de querer regresar me comprometo a combatir como enemigo decidido por entender que su dominación de nuestra América ha llenado de vergüenza y oprobio a nuestros hermanos indios, a quienes hoy debemos sumar a la lucha emancipadora, y a todos los criollos bien nacidos sometidos al vil yugo europeo. Y los tres hombres, Paso, Chiclana y Sarratea, estuvieron de acuerdo, pero de pronto desde la puerta entreabierta intervino ese sujeto que sería mi enemigo por siempre y desde entonces, el ministro Bernardino Rivadavia resopló su insolencia y su soberbia que siempre me olió a traición: “es indudable que lo suyo son las armas, Coronel, no la retórica, no las proclamas, no la política. Su carrera militar es impresionante, ¿podremos confiar en su obediencia y fidelidad?”. Ese infeliz me insultaba dos veces: una al reírse de lo expresaban mis convicciones, que él nunca tuvo; la segunda al dudar de mi fidelidad, quizás porque sólo miraba en él mismo. Fue Paso quien se apuró a contestar que no cabían dudas de eso. No recuerdo una mano más fría que la de Rivadavia cuando por única vez la estreché francamente, cuando nos presentaron. Unos meses más tarde yo encabezaría a las tropas que marcharon sublevadas a la Plaza de la Victoria para deponerlo por el fraude contra Monteagudo. La única proclama política que escribí en mi vida, se la dediqué a Rivadavia, ya que no le gustaban mis discursos: le decía que habíamos actuado para proteger la voluntad del pueblo, y para que se supiese que no siempre están las tropas para sostener a los gobiernos y autorizar las tiranías. Rivadavia no me lo perdonó nunca, así como yo no le perdono todo el daño que le hizo a nuestra lucha hasta el día de hoy, y aún después de muerto, con el respeto debido a la muerte, no se le puede perdonar que no haya querido que sus restos descansen jamás en Buenos Aires.

Y pensando en Rivadavia doy vuelta una gran copa, un as de copas, no es una copa de brindar, es una copa envenenada, que hace que pasen de largo todas las hazañas, todas las luchas gloriosas, caen, una tras otra las cartas que son nombres, San Lorenzo, el admirable Manuel Belgrano, el Ejército del Norte, Cuyo, Mendoza, Los Andes, la libertad en Chile, el encuentro con O`Higgins en Santiago, la entrada triunfal en Lima, y el dos de copas que me recuerda el encuentro con Bolivar, mi silenciosa retirada para cederle el mando al gran general americano, cuando me daba cuenta de que cada vez la política me asfixiaba más, me hacía ver la realidad como a través de un cristal que se resquebrajaba a pedazos: América se iba dividiendo en fragmentos cada vez más numerosos de naciones destinadas a las guerras internas, destinadas al dominio de otras naciones más poderosas. Y entonces volví a sentirme como al principio, sin patria, sin nación con la que identificarme; ni español por convicción, ni de la Provincias Unidas, porque no había provincias, al menos que estuvieran unidas, ni de Buenos Aires, ni de las demás naciones, simplemente americano por elección, pero ¿qué era ser americano? Todavía hoy me lo pregunto, por entonces parecía que ser americano fuera luchar contra el hermano, fuera indio, fuera gaucho, fuera criollo, fuera del interior, fuera blanco, fuera porteño, fuera celeste, fuera rojo, fuera bueno, fuera malo, fuera hermano, sólo es sangre, y la lucha por la libertad se fue transformando en lucha por imponer proyectos propios, sin ideales, modelos de nación pensados desde afuera y para afuera, desaparecida España, ahora se disputaban nuestros despojos las demás potencias europeas.


Yo, José de San Martín preferí condenarme al peor de los castigos, por el más digno de los delitos: haberme negado a intervenir en las guerras internas, en las guerras entre hermanos, fui desobediente cuando el gobierno me ordenó abandonar la Campaña de los Andes para reprimir el alzamiento de los federales de Santa Fé, así también como antes había desobedecido la orden de apresar a Manuel Belgrano, el hombre más íntegro de esta Revolución, cuando lo sucedí al mando del Ejército del Norte. Ese episodio me terminó de convencer de que intentábamos romper las sólidas cadenas que nos habían sometido durante años para reemplazarlas por otras más nuevas, dejábamos de ser esclavos de los españoles para ser sólo piezas en las nuevas luchas entre los poderes locales que se encargarían de someter a un pueblo acostumbrado al sometimiento. Los nuevos señores no pensaban hasta dónde llegaba el significado de la palabra libertad, que proclamaban, los verdaderos idealistas, de los que hablábamos en Londres con devoción, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Bernardo de Monteagudo, quien fue mi secretario hasta pasar a cumplir idéntica función junto a Bolivar, los hombres más inteligentes, honestos y destacados de la gloriosa Revolución de Mayo que había cambiado el rumbo de mi vida, ya habían muerto, y ninguno de ellos de una forma digna: Moreno como ya lo evoqué, Belgrano en el olvido vergonzoso de la miseria, Castelli, su primo, el gran orador de la revolución, el que levantó en armas contra el poder español a los campesinos hambrientos del Norte, murió acusado de traición, privado del habla por un cáncer de lengua que ni siquiera le dejó responder a las infamias que de él se dijeron. Mi querido amigo Monteagudo, finalmente, murió asesinado en Perú, en un oscuro episodio que nunca se terminó de aclarar. Yo simplemente estaba convencido de que mi misión era acabar con el nido del poder realista en Sudamérica: había que liberar Chile y luego pasar al corazón mismo de la dominación, el Perú. Una vez cumplido esto, quise regresar a Buenos Aires para encontrarme con mi amada y recordada esposa Remedios, que estaba gravemente enferma, pero los unitarios, con Martín Rodríguez y Rivadavia a la cabeza, habían vuelto al poder, y temían que entrara con mi ejército a encabezar una revolución, y no me autorizaron. Desobedecí nuevamente y volví sólo, sin ejército, sin planes, y de allí en más, con el interminable dolor de haber llegado demasiado tarde para despedir a la gran mujer que supo acompañar mis años de lucha. Ahora todos desconfiaban de mí, no podía permanecer en Buenos Aires sin despertar recelos y sin que se me presionara para que de alguna manera tomara partido por uno u otro bando. Decidí entonces emprender el camino más doloroso, el renunciar a la patria que yo había contribuido a forjar para marchar al exilio, y hoy bebo cada día de esta copa envenenada que se lleva mis días. Es cierto que intenté regresar cuando supe que mi camarada Dorrego estaba en el poder, pero al desembarcar en el puerto de Montevideo me enteré de su fusilamiento por parte de Lavalle, esperé allí la evolución de los acontecimientos, pero al cabo de tres meses me convencí de que en ese país joven de nombre plateado ya no había lugar para mí, José de San Martín, quien conoció la gloria y el dolor, quien nació sin patria y fue condenado por su pares a morir sin patria.

Monto el mazo y aparto estas cartas, es agosto en Boulogne sur Mer, y aunque la brisa tibia del verano se obstine en franquear las ventanas, mis huesos sienten el frío del invierno de Buenos Aires, mi corazón que se cansa de latir sueña con dormir su sueño eterno en esa aldea que elegí como patria, mientras mis manos recuerdan la humedad de la tierra revuelta al sembrar la quinta de la chacra mendocina. Y recuerdo Los Andes y las nieves eternas, y pienso en la eternidad y en mi próxima muerte, cuando todo se aleje, cuando todo se calle, cuando sólo quede el recuerdo ajeno. Y entonces, sólo espero que mis sueños formen parte de la conciencia de cada uno de los que hoy se llaman argentinos, y que esta triste voz que hoy se apaga dentro mío resuene como un eco en el corazón de mis compatriotas. Y entonces, guardo estas cartas, y digo hasta siempre.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Palabras recortadas y dispersas alrededor de Macedonio, para un día del maestro.



[A manera de proemio, consideraciones sobre el día del maestro en Argentina]



En nuestra Argentina, se suele conmemorar la muerte, y a manera de irónico homenaje, hoy es el Día del Maestro por ser el día de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. Me es difícil derramar palabras elogiosas para un personaje que más allá de su ímpetu, de sus convicciones y su obra educativa, alguna vez le escribió a Mitre que no ahorrara sangre de gaucho en la batalla, por ser "un excelente abono para la tierra". Los años, el Billiken, y las maestras reproductoras del sistema, han convertido la estampa de este anciano (que alguna vez fue joven) gruñón, fumador compulsivo, mal hablado y mujeriego, en el cliché del "padre del aula". Figura polémica, "hombre moderno" de su época, fanático hasta la ingenuidad del "progreso europeo", incondicional devoto de un positivismo devaluado en racismo imperante en la época, enemigo acérrimo de todo lo que representara la cultura americana (¿los separatistas-elitistas-racistas bolivianos habrán leído el Facundo?), Sarmiento es una figura ineludible de nuestra historia, que si bien no merece ser borrada de los manuales -el olvido y la desmemoria son la mejor estrategia de la repetición-, sí merece, al menos, ser revisada críticamente, antes de seguir alimentando al cliché.
Como docente que soy, creo que tenemos derecho a reconocernos este día, más allá de las causas que lo hayan instituído, y a falta de otra fecha, tomemos a ésta, aunque sea por tradición. Lo que sí podemos reservarnos, es la elección de otros modelos de maestros que seguir, después de todo, son los discípulos los que suelen escoger. Y entonces, elijo a Macedonio como contrafigura Sarmientina, por ser un hombre nacido en el siglo XIX, pero de decisiva influencia en el XX y lo que va del XXI, que sigue transitando el camino de las vanguardias estéticas, esas a las que Macedonio, sin haber abrazado nunca oficialmente, tanto contribuyó a alimentar en nuestro ámbito. Macedonio fue maestro (además de amigo propio, heredado del padre), de Jorge Luis Borges, y su influencia pasa por Cortázar y sigue andando nuestros días. He aquí, entonces este sencillísimo homenaje.



[Primero, la voz del maestro:]




HAY UN MORIR

No me lleves a sombras de la muerte
A donde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.


[Luego, la voz del discípulo:]



PALABRAS DE BORGES ANTE LA TUMBA DE MACEDONIO FERNÁNDEZ

Intimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación, ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.

[Y otra vez, el maestro]

AMOR SE FUE

Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera.



CREÍA YO

No a todo alcanza Amor, pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

[Y por último, el irreverente aunque modesto homenaje personal, a manera de antigua glosa]


Olvido en ojos mirantes
Por y para Macedonio, claro.

Sobre la piel del olvido
transita
una gota de silencio
que se vuelve abismo.

Mirada de párpados cerrados,
ojos que duermen de día
y hacen noche la vigilia.


A.L., 11/09/08