domingo, 7 de diciembre de 2008

El amigo de Chicho y los retazos de la historia.






Dedicatoria





Este post tiene musas que lo inspiran: Bel (http://amapolasenoctubre.blogspot.com/ ) por movilizarme con sus delicados, sensibles y maravillosos post, entre otras cosas, a rescatar recuerdos polvorientos, y a Marisa (http://sonetosdelamoroscuro.blogspot.com/ ) por todas sus palabras, pero especialmente por lo que nos regaló en http://www.enredandopalabras.es/swf/Dibujando_la_memoria.htm .






Queridas amigas, la memoria no muere, deja hijos detrás de los tiempos y los océanos. La memoria teje historias, para volverse propia aunque haya nacido ajena. La memoria no muere, sólo duerme la siesta, y de pronto se despierta en otro lado...









El amigo de Chicho



Por desgracia, algunos detalles de la historia se me escapan, no sé exactamente la fecha, pero papá la contaba una y otra vez con su insuperable gracia histriónica. La historia incluía el acento y el timbre de voz del personaje, elementos irrecuperables en la escritura, pero quizás nuestra memoria nos permita imaginar a papá (V. http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/05/gianni-ii-la-ventana-mgica.html y http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/04/gianni.html ) y al personaje imitado, porque, afortunadamente, ambos fueron reales y recordables. La cuestión es que una noche cualquiera, probablemente, de los años '60, papá terminaba una función de teatro de viernes, en el Teatro Municipal General San Martín. Uno de sus compañeros era Chicho Ibáñez Serrador, y como papá solía ser uno de los primeros en abandonar el camarín y esa noche había partida nocturna de pocker en lo de Chicho, el anfitrión pidió a papá que se dirigiera al hall central del teatro para ver si se encontraba con un amigo suyo que estaría allí esperándolo. Resulta que el hombre era algo despitado, y Chicho temía que se desencontraran. Se lo describió ligeramente: un hombre de baja estatura, de melena ondeada, maduro, con una voz algo chillona, era español. Papá salió a cumplir con el recado, y no tardó en encontrar al particular personaje. Creyó identificarlo y le preguntó:


-¿Usted tiene que encontrarse con el Sr. Ibáñez Serrador?
-Sï -contestó el personaje de baja estatura, voz chillona y melena ondeada- ¿Cómo lo sabe Usted?- agregó con clarísimo acento hispánico.
-Porque lo han descripto muy bien. Narciso llega enseguida. Yo le haré compañía mientras tanto, ya que vamos todos juntos.
-Bien-dijo el hombrecillo, y permanecieron un rato hablando trivialidades.


Papá lo observaba intrigado, con su mirada burlona y caricaturesca de actor. Lo estudió: un verdadero personaje para imitar, sus gestos enégicos, su voz, su forma de mover las manos, su mirada despistada ¿De dónde habría sacado Chicho a este personaje? ¿Participaría en la partida? Parecía un pichón para pelar, o probablemente fuera un halcón, disfrazado de paloma. Pero en verdad, parecía estar todo el tiempo medio perdido, desorientado. Definitivamente, no parecía un jugador de pocker. Torpeza la de papá, no se presentó, hasta que vino Chicho, al poco rato, y lo hizo:


-Veo que Gianni, ya te localizó. Mi compañero es Gianni Lunadei; Gianni, te presento a mi gran amigo Rafael Alberti que hoy nos va a honrar con su presencia.


Papá, que no era lento para responder, se sintió muy estúpido, midiendo burlonamente a uno de sus poetas españoles más venerados. Renegaba del cholulismo al que nunca soportó, pero se sintió un simple fanático, por un momento, y no supo qué decir. Respondió simplemente, con asombro de niño:


-¿El poeta?
-Claro, hombre, el poeta -lo despertó Chicho-.

Papá se derrumbó, desde ser el agudo y sarcástico dueño de la situación al conmovido artista transido por la admiración:

-Se equivocó la paloma-dijo papá haciendo alarde de poca originalidad-. Esta vez la paloma equivocada fui yo, ¡Maestro! - Dijo sencillamente, mientras le tomaba la mano y se inclinaba ante él, bajo la mirada algo sorprendida de Alberti.
-¿Es que Usted conoce lo que yo escribo? -Contestó el despistado.

Alberti pasó la noche en la partida, pero no jugó, ni siquiera sabía hacerlo. Papá se ofreció gustoso a tratar de explicarle, pero parece que el poeta no entendía mucho, y sobre todo, que no era muy bueno en no demostrar sus emociones con el juego que tenía. Pero sí en cambio sirvió muy buenos tragos, preparó algunos bocados, y habló hasta el amanecer de poetas, de la vida, de su vida, de España. Obviamente, no sé cuál fue el resultado de la partida, y si ésta fue muy larga, lo cierto es que fue, sin lugar a dudas, la partida de pocker más largamente recordada por papá.




Los retazos de la historia








Hace algunos años, a fines de 1996, me encontraba cursando un seminario de la cátedra de Literatura Española Medieval de la Universidad de Buenos Aires, a cargo del querido profesor Leonardo Funes. Fue una época un tanto contradictoria de mi vida: me había quedado sin trabajo en un muy mal momento, y aprovechando un seguro de desempleo y una indemnización en cuotas, había tomado la quijotesca decisión de dedicarme de lleno a estudiar, y ver si la posibilidad de adelantar el cursado de materias me podía abrir alguna perspectiva laboral. Fue algo así como un año sabático, pero laboral, digamos, una especie de beca auto-financiada por mi propia y preocupante situación. Quizás porque me gusta ir a contramano de la adversidad, a pesar de tener una familia a cargo, decidí no desesperar y apostar a lo incierto: el conocimiento como forma de vida. La cosa anduvo durante medio año, luego comencé a hacer trabajos dentro de la facultad para el centro de estudiantes otro medio año (pasaba por escrito las clases que grababa), combinando con mi seguro de desempleo. Pero el año se acababa, también las clases y con ellas las "desgrabaciones" y el seguro de desempleo. Mal momento para buscar trabajo en un país con crisis de empleo. El problema era, sobre todo, enero, ya que seguramente en febrero tendría algún alumno particular. Y la soga salvadora llegó a comienzos de diciembre, de la mano del entonces profesor (hoy Doctor) Funes, quien me hizo el ofrecimiento. La cátedra entera estaba integrada por investigadores del Seminario de Edición y Crítica Textual (Secrit), un reducto de insignes hispanistas enclavado en este lejano Cono Sur. El director era el Doctor Germán Orduna, quien finalmente había obtenido fondos desde España para hacer un trabajo largamente esperado: fichar los libros de la biblioteca del Secrit ¿Por qué la Embajada de España había intervenido en la cuestión? En principio, porque el Secrit funcionaba en una pequeña dependencia lateral del Palacio Pizzurno (sede del Ministerio de Educación), en donde también funcionaba la Biblioteca de Estudios Históricos Claudio Sánchez Albornoz, a cargo del Secrit. Esta biblioteca había sido la bilioteca personal de don Claudio, uno de los más importantes historiadores españoles del siglo XX, autor, entre otras importantes obras, de Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la Historia del reino de Asturias. Existía un temor muy bien fundado de que se disgregara la biblioteca personal de esta figura fundamental de la España del siglo XX: diputado por Ávila entre 1931 y 1936, Ministro de Estado en 1933, Vicepresidente de las Cortes en 1936, Consejero de Instrucción Pública entre 1931 y 1933, y Embajador de España en Lisboa; desde 1959 hasta 1971 fue presidente del Gobierno de la República Española desde el exilio en Argentina.


La biblioteca de don Claudio estaba, en la práctica, fusionada con la del Secrit, aunque los libros estaban diferenciados en su ubicación. Esto no le hubiera molestado, seguramente, a don Claudio, ya que sus libros convivían con exquisitos ejemplares de literatura medieval española, y estaban (están) en las mejores manos posibles. El riesgo era no tener un registro, con el peligro que ello podía significar para poder llevar un control. Por lo tanto, el trabajo que me ofrecían era el de fichador de todos los libros de la biblioteca, entre ellos los de don Claudio. Se me pagaba por ficha, por lo cual la labor era una especie de tortura: daba lo mismo si tardaba seis meses o dos días, pero el hecho de ser varios, y la necesidad de hacer rendidor el trabajo, invitaba a la rapidez, lo cual impedía siquiera hojear los libros. Afortunadamente mis compañeros de trabajo fueron formidables, como a todos nos pasaba lo mismo, no tardamos en llegar a un acuerdo socialista: ninguno superaría un número determinado de fichas diarias, así el trabajo duraba más tiempo, y podíamos hacerlo tranquilos, hojeando con placer cada libro que pasaba por nuestras manos.








Trabajábamos en el silencio de las mañanas de enero, refrigerados por un plácido aire acondicionado, en un ámbito oscuro y silencioso, nido de verdaderas ratas de biblioteca. El técnico de la biblioteca, Juan Héctor Fuentes (compañero de facultad) ambientaba el clima de trabajo con música medieval que nos transportaba, hasta que decidíamos cambiar de clima y el Rock profanaba el ambiente, o quizás algún Mahler, o Beethoven, o Murga Uruguaya, o porque no, un tango. De pronto alguno llamaba a otro, fascinado por un hallazgo:

-¡Vení, mirá este libro!


Y todos detenían su trabajo para contemplar el tesoro. Por las tardes llegaba el Doctor Orduna, el director, y el trabajo se volvía más ordenado y silencioso. De todos modos, interrumpíamos igualmente la tarea para hacer consultas con el Doctor sobre cómo clasificar a algún libro. Fueron casi dos meses, aunque parezca mentira, inolvidables, que aún evoco con gran añoranza en la memoria. Lo cierto es que una tarde en que estaba presente el Doctor Orduna, abrí un libro y se deslizaron unas pequeñas hojas de papel de entre dos páginas del volumen. Las leí: eran notas de puño y letra de don Claudio, intercaladas entre las páginas, haciendo referencia a ellas, eran sus comentarios sobre los libros, sobre las fuentes, que iba estudiando para sus obras. En ellas puede ir ratreándose, quizás, la génesis de la obra del gran historiador, escrita en el exilio. Eran notas escritas para él mismo, en las que, de puño y letra discutía, observaba, recordaba, apuntaba. El libro estaba lleno, y el conjunto de esas pequeñas hojas constituye una obra manuscrita inédita aún hoy. El hallazgo me llenó de emoción, por una vez sentí algo que en estas tierras jóvenes es bastante improbable: la posibilidad de encontrar, accidentalmente aunque sea, una reliquia filológica. Entonces corrí a consultar al filólogo cercano, el propio Doctor Orduna, quien al ver lo que yo le mostraba reforzó mi emoción: al frío filólogo formado en el rigor alemán se le llenaron los ojos de lágrimas, se exaltó y observó maravillado el hallazgo, leyando con atención las notas que todavía dialogaban con los libros leídos.


-¿Qué hacemos, Doctor?
-Sepárelas y tome nota, hay que archivarlas aparte para preservarlas. Es una verdadera pena sacarlas del lugar donde esperaron tantos años una lectura, pero le voy a pedir, si no es molestia, que apunte entre qué paginas se encontraban las notas. Será un trabajo para completar en el futuro.
Desde ya, no fue molestia, y rescatamos un verdadero archivo aún inédito de las notas de puño y letra de don Claudio. Hoy el Doctor Orduna, a quien también mi memoria homenajea, ya no está, pero sé que esas notas gozan de buena salud, bien guardadas en alguna caja de archivo, clasificadas por aquél filologo incomparable, de los que ya no hay por estas tierras. Esa notas persisten obstinadamente como retazos de la memoria en el Secrit que el mismo Orduna había fundado, con sede en la Biblioteca de aquél otro hombre, a quien todavía lo sobrevive su memoria, anotada en unas pequeñas hojitas ahora amarillentas, esperando a nuevos investigadores para que den a la luz esa obra inédita de uno de sus más grandes historiadores, don Claudio Sánchez Albornoz, quien siguió trabajando para la memoria de su patria durante tantos años difíciles, tan lejos de ella, en esta patria donde formó discípulos que hoy también continúan la labor del maestro.

Porque si bien es cierto que siempre hay quienes trabajan para el olvido, la memoria siempre persiste, aunque sea en retazos deshilachados, sólo hay que tener la decisión de reconstruirla. Y hay muchos duendes por allí que trabajan para ello. Para esos duendes como Marisa o como Bel, el mayor de mis reconocimientos. La memoria persiste dispersa, hasta que a veces el azar, otras veces la voluntad o la necesidad, hacen que el destino junte las piezas que tenía que juntar para armar ese rompecabezas al que llamamos verdad.



martes, 2 de diciembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Última Parte)


Réquiem para Héctor Priámida: Lautaro descubre la literatura.



Cierro este extenso comentario de La Ilíada con una breve anécdota personal:
Cuando mi hijo Lautaro tenía unos cinco años, como cualquier niño de su edad, se negaba a irse a dormir temprano, estirando el tiempo hasta mi tardía llegada a casa. Se me pedían retos, pero claro que no podía, y entonces optaba por la negociación. Un día se me ocurrió decirle que si se iba a dormir le contaría un cuento, y pensando que se iba a marear con el relato, y se dormiría enseguida recordando aunque sea el título para el futuro, le dije que le contaría La Ilíada. No sólo no se aburrió, sino que estuvo a punto de hacerme pasar esa noche en vela, pidiendo más detalles. Lo convencí de que seguiría leyéndole (resumiendo) del libro, noche a noche, y así lo hice hasta completar los veinticuatro cantos que componen el poema, página por página, durante más de dos meses, cada noche. A partir de allí, no podía haber de mi parte nada que demorase mi llegada a casa, porque el relato lo atrapó tanto, que Lautaro no se dormía hasta que yo no llegara y le siguiera contando esa especie de resumen folletinesco. A lo largo de aquellas mágicas veladas al pie de la cama infantil, Lautaro fue tomando partido por los aqueos, vio en Aquiles a un superhéroe más imponente que los de la televisión, conoció a los otros héroes uno por uno, combatió junto a ellos, y forjó un odio puntual hacia Héctor, el enemigo mayor. Y también, a lo largo del relato, se fue haciendo preocupante para mí llegar al momento de la muerte de Héctor, que me resulta particularmente tremendo. Pero como no quería deformar a lo Disney la historia, decidí no ahorrar detalles, llegado el momento. Mientras tanto, lo preparé a Lautaro, y le fui preguntando si él quería que a Héctor lo mataran. Como todo el mundo sabe, los niños son sumamente crueles, y Lautaro no era la excepción, su deseo de "ver" correr la sangre de Héctor rozaba lo inhumano.
Cuando el momento llegó, pensé que la sangrienta muerte del héroe regocijaría al niño, y entonces le conté todo: le conté del temor de Héctor, tan humano, de enfrentar a su terrible enemigo Aquiles. Le conté las dudas de Héctor, que en su miedo humano no quería mostrarse huyendo delante de los suyos. Le conté de los ruegos desesperados de sus padres y esposa, suplicando desde las torres de la fortaleza que ingresara a la ciudad y se protegiera, que no esperara en las puertas la llegada de Aquiles a enfrentarlo. Y le conté cómo Héctor huyó ante la cercanía de Aquiles, hasta dar tres vueltas completas alrededor de la ciudad. Y entonces le expliqué que el destino de Héctor era morir, que Zeus lo comprobó desde el cielo, y que quiso impedirlo. Y le conté cómo la cruel Atenea no lo dejó, y entonces Zeus tuvo que ceder, y la diosa bajó del cielo, y engañó a Héctor tomando la forma de su hermano Deífobo, y Héctor confió en que entre ambos podrían enfrentar a Aquiles, y se detuvo, y comprendió el engaño divino, y finalmente enfrentó a la muerte con dignidad, dispuesto a pelear. Y le conté que Aquiles clavó su lanza en la garganta de Héctor con pasmosa facilidad, jurándole que humillaría su cadáver ante la vista espantada de los suyos. Y aunque Héctor antes de morir le haya vaticinado al propio Aquiles su próxima muerte a manos de su hermano Paris, Aquiles, enceguecido de odio, apuró el final del héroe, perforó los tendones del cadáver, los transpasó con una correa, ató el cuerpo a su carro, y lo arrastró ante la vista horrorizada de sus seres queridos, tantas vueltas alrededor de la ciudad, como había dado Héctor en su única y última huida. Todo eso se lo conté a mi hijo, con esa promesa autoimpuesta de serle fiel al texto homérico.
Pero la reacción de Lautaro no fue la esperada: al cabo del relato se produjo un profundo silencio, y le pregunté si estaba contento con la muerte de Héctor. La respuesta fue el estallido de un llanto angustiante y desconsolado que quebró el silencio con un dolor incontenible, que lo llevó a preguntar por el hijo, la esposa, la familia. No sabíamos qué decirle (por suerte la madre estaba conmigo), ya que Lautaro había visto lo mismo que yo, el problema es que no lo podíamos consolar, y tuvimos que repetirle hasta el hartazgo que todo era mentira, que sólo era literatura.
Pero claro que el chico había entendido perfectamente lo que tenía que entender: la literatura es más verdadera que nuestra propia existencia, para empezar, porque sobrevive a los siglos, mientras nosotros somos pasto para las fieras del olvido.
Varios años después, a los 16, Lautaro sintió la necesidad de leer por su cuenta La Ilíada para ver si le seguía gustando, y claro que le gustó más, le encontró detalles que mi resumen había pasado por alto, investigó y comprendió varias cosas adicionales. Cuando se estrenó la película Troya salió indignado del cine, bramando por todo lo que la adaptación hollywoodense había dejado en el camino (claro que a mí me pasó lo mismo). Actualmente, a sus actuales 21, la edición de Verón que ilustra la primera entrega de esta serie, está en su mesa de luz, y va por su segunda lectura: ahora me corrige detalles a mí que tienden a escaparse de mi memoria.
Y entonces, hoy te puedo decir, hijo mío, que no llores por Héctor, porque ahora podés entender que nunca murió: Aquiles (quién también es eterno porque nunca existió) le dio la inmortalidad para que yo pudiera contártelo, porque los griegos descubrieron muy temprano que la literatura es más grande que la vida. Será por eso que en este momento el mismo libro que ilustra este texto está en tus manos, para que vuelvas a leerlo una y otra vez, para que seas un eslabón más en la cadena de narradores que transmitieron la epopeya troyana, para que sus hechos queden resonando eternamente en la memoria de los hombres. Al menos, hasta que los caprichosos dioses dispongan lo contrario.












"...y así fueron los funerales de Héctor, domador de caballos."


FIN



sábado, 29 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Tercera Parte)


Retrato de familia


El momento de La Ilíada en el que quisiera detenerme particularmente es el Canto VI. Para empezar, es llamativo que este canto esté dividido en dos momentos, que presentan situaciones interpersonales llamativas para una narración épica.

En la primera parte del Canto, aqueos y troyanos combaten denodadamente. En el fervor del combate se encuentran Diomedes, héroe aqueo, y Glauco, caudillo aliado de los troyanos. No se conocen, y de manera arrogante se desafían mutuamente a decir quiénes son, partiendo desde sus antepasados ilustres. Al contarse su historia familiar, resulta que sus abuelos habían sido amigos, y por tal razón, juramentan no atacarse, renuevan la amistad, e intercambian regalos, estableciendo un pacto de no agresión individual.

Pero es a la segunda parte a la que quería llegar: en el fragor del combate, Héctor decide regresar a Troya para hacerle ofrendas a los dioses, pidiendo la victoria en el combate. En el camino comprueba la ausencia de su hermano Paris, el gran responsable de esa guerra, y al llegar al palacio lo busca con cierta indignación, y al encontrarlo en los aposentos de Helena, le reprocha que esté tan cómodo, rodeado de mujeres, en vez de estar peleando junto con sus compañeros. Acto seguido, pregunta por su esposa, Andrómaca, y tiene un diálogo con ella. Andrómaca le ruega a su esposo, con desesperación, que haga lo mismo que Paris, que no se arriesgue, que se quede en el palacio. Siendo el hombre más valioso de su patria, ¿qué necesidad tiene de exponerse tanto? Andrómaca le teme especialmente a Aquiles, quien en otras guerras fue el asesino de su padre y de sus hermanos. Adrómaca le pide a Héctor que no la haga viuda, porque entonces perdería todo lo que tiene, ya que Héctor es su esposo, su padre, su hermano. Héctor, con palabras dulces, le responde a Andrómaca que si él no pelea, la ciudad no tiene futuro, él debe estar allí, porque debe defender ese mundo amenazado por la voracidad aquea, él pelea para que su pequeño hijo tenga una ciudad en la que crecer y no sea esclavo de sus enemigos despiadados (sabemos que Héctor no se equivocaba, el niño morirá cruelmente asesinado por los aqueos, para evitar futuras venganzas). En ese momento, las criadas traen al niño. Héctor tiene un aspecto atroz, está tal cual llegó de la batalla: transpirado, con la tierra del combate íntegramente pegada al cuerpo, salpicado de sangre, oliendo a muerte, con el casco que le cubre la nariz y dibuja una expresión torva en sus ojos, con las negras crines de caballo coronando el casco sobre su cabeza de guerrero feroz. Al encontrarse con esta estampa aterradora, el niño llora. Héctor reacciona con ternura, se quita el casco con cuidado, se desarma, se limpia un poco la cara, se acerca al niño y le habla con dulzura, lo consuela, lo toma en brazos, le dice cuánto lo ama, que siempre recuerde que daría la vida por él. Y el niño se calma. Luego de esto, Héctor, arrastrando a su hermano Paris, vuelve al combate.Varios cantos más tarde, Héctor morirá cruelmente, a manos de Aquiles, ante la vista de sus padres ancianos, Príamo y Hécuba, ante la vista de la desesperada Andrómaca que verá cómo se cumplen sus temores más crueles.

Lo que me impresionó vivamente, es la inserción de ese cuadro familiar, que muestra el otro lado de la guerra, el más humano, el que no tiene época, pero que contrasta de manera tan significativa con la mezquindad de los aqueos y la caprichosa arbitrariedad de los dioses. Héctor es el verdadero héroe, sin dudas, y por eso, en este mundo, sólo le queda morir y ser horriblemente humillado, a un punto tal que el mismísimo Zeus tomará cartas en el asunto, obligando a Aquiles a que devuelva a la familia el cadáver del héroe que retenía para mancillar. La Ilíada cierra con los grandiosos funerales de Héctor, sabiendo que la suerte de Troya ya está echada: el héroe que luchaba por convicción fue muerto miserablemente, arrastrado y humillado. No habrá paraíso que lo cobije y lo reciba con honores. Más adelante, en La Odisea, el alma de Aquiles nos confirmará que ni siquiera los héroes gozan de privilegios (más allá de tener reservado un lugar especial), ya que son sólo sombras condenadas a añorar eternamente el mundo de los vivos. No hay, entonces ni el más mínimo asomo de esperanza o redención: la muerte de Héctor implicará una tregua, pero sus funerales preanuncian los de la propia ciudad por la que el héroe luchó inutilmente.




Continuará...

jueves, 27 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Segunda Parte)





Los buenos y los malos



A partir de todo lo expresado anteriormente (V. Primera Parte), la primera observación que se me ocurre hacer como lector de La Ilíada tiene que ver con que los comportamientos moralmente dudosos nos dificultan la identificación con los personajes: no hay "buenos", no hay moral, los supuestos héroes disputan escandalosamente por el botín, no los mueve ningún valor particular, ninguna convicción, sólo los motiva la ambición material y la vanidad propia. Y los dioses no castigan esa miseria, sino que la multiplican en su propio comportamiento ¿Podían los griegos, tan racionales ellos, creer en dioses tan disparatados? Personalmente no lo creo, sino que parece ser que era una manera metafórica de representar lo azaroso de la suerte de los pobres mortales ¿Qué valores morales trasunta entonces la obra? Particularmente creo que ninguno de los que esperaríamos, y esto pone al desnudo que en nuestra época (quizás desde el siglo XVIII o XIX más precisamente), se le pida a la literatura que deje en claro un mensaje, un valor moral. En el caso de esta literatura tan remota, creo que lo que vale es mostrar las cosas como son, caóticas, caprichosas, arbitrarias, trágicas. Una visión realista y cruda, por un lado, disparatada y escandalosamente fantasiosa, por otro. Pero diríamos que en esa fantasía radica lo más crudo, ya que el disparatado comportamiento caprichoso de los dioses, coloca al hombre en el rol de juguete del destino, que aunque haga las cosas bien, necesitará de la suerte para sobrevivir. Una verdadera visión cruel y amoral de la realidad, como a veces la percibimos en los diarios. Si esto lo consideramos así, La Ilíada es más realista que el realismo, porque sabe captar lo azaroso y terrible del mundo real: al prescindir de la justicia poética, de la moraleja, la obra parece refregarnos en la cara que no nos ilusionemos, que en la vida real no hay ni justicia poética ni moraleja. Y ésta no es la visión que tienen los grandes trágicos griegos del siglo V a.C., quienes intentan conciliar el destino caprichoso con el error humano: el destino trágico se conoce de antemano, pero el hombre cometerá un error propio que lo llevará a merecer, de alguna manera, ese destino trágico. En la Ilíada el personaje puede tener un compartamiento ejemplar, a tal punto que el propio Zeus sienta cariño y admiración por él, pero esto no lo liberará de su trágico final inmerecido. Tal es el caso del troyano Héctor, quien a mi modo de entender, es el verdadero héroe de la historia. Esto también constituiría un hecho curioso, ya que se supone que representa al bando enemigo, al menos teniendo en cuenta que ningún erudito postuló la teoría de que Homero fuera troyano (según me informa el insigne helenista Abbas Cucaniensis, recién en este 2008 un erudito alemán postuló algo cercano y despertó una polémica apasionada). También podemos tener en cuenta que el relato está básicamente focalizado en el punto de vista aqueo (griego), por consiguiente, Héctor, en términos de nuestra visión del siglo XX-XXI, es el malo de la película. Pero la lectura parece mostrarnos lo contrario, o al menos, este personaje plantea una contradicción que termina haciendo aparecer como malos a los buenos, ya que es el único que demuestra pelear por un ideal humano elevado y comprensible: salvar a su familia y a su pueblo del desastre. ¿Era, entonces, el mundo homérico el reino del revés? Quién sabe, sí, quién sabe, no, la discusión queda abierta. O simplemente, quizás sea nuestro mundo moderno el que está al revés, después de todo, ¿alguien puede asegurar que los buenos de nuestra película no son más malos que todos los malos anteriores juntos? ¿Y no dicen luchar por la justicia y la libertad?
En conclusión, los buenos-malos del mundo homérico, al parecer, eran más sinceros que los actuales.






Continuará...

lunes, 24 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Primera Parte)

[Comentario literario en cuatro partes]


Génesis de una lectura personal

Confieso, no sin cierta vergüenza, que recién leí La Ilíada a los 28 años. Fue durante unas vacaciones de invierno en Santiago de Chile. La leí con ansiedad y placer, después de comprar una edición usada, la de Verón editor, en un librería del hermoso barrio de Bella Vista.
Si bien antes había leído otras obras importantes, recién entonces pude comprender la contundencia del remanido rótulo de "grandes obras de la literatura universal". Y La Ilíada no sólo es una de las obras más antiguas que integra este grupo selecto (sabemos que en la Antigua Grecia, en el siglo de Pericles, La Ilíada ya era un clásico leído en las escuelas), sino que demuestra en cada página por qué es universal y de alguna manera eterna. No intento, desde ya, hacer un estudio en profundidad de la obra, materia para eruditos que escapa a mis posibilidades, ni tampoco dar una clase escolar, sino que sólo pretendo, de alguna manera, recuperar algunos sentimientos personales de lector común y corriente que son producidos por la obra. Y a la vez, también, terminaré exponiendo una experiencia de lectura personal.

Podemos comenzar, entonces, por señalar que en esa primera lectura fascinada de la obra, a lo largo de ese viaje por Chile, fue naciendo un viaje a Grecia, motivado por la obra de Homero y por la lectura de Los mitos griegos, de Robert Graves, una obra inolvidable, que dicen que formaba parte de las favoritas de Borges, y que es en parte, una buena forma de conocer el contexto monumental de la obra homérica, ese capítulo de la interminable trama mítica conocido como "El ciclo troyano", del cual La Ilíada es sólo un episodio. En esa primera experiencia me atraparon varias cosas, que trataré de ordenar. En primer lugar, llama la atención la peculiar concepción religiosa de los griegos, que no ven en sus dioses un ejemplo de virtudes, sino, por el contrario, un conjunto de vicios, caprichos y arbitrariedades. Los dioses son parte fundamental de la historia, la producen, juegan con los mortales como jugaría un niño hoy con un videojuego. No obran de acuerdo a altos principios, sino movidos por las más mezquinas pasiones personales. Desde el comienzo, observamos asombrados como Hera y Atenea desean la destrucción despiadada de Troya por despecho del concurso de belleza que Paris, el príncipe troyano, les hizo perder, para favorecer a Afrodita, quien lo había sobornado con el amor de la esposa de Menelao, la hermosa Helena, la más bella de todas (recientemente propuse en clase a Scarlett Johansonn para una versión actual, aunque después de haber visto en cine la lamentable Troya, mejor que no la hagan). Ese no es el tema central de la obra, ya que la historia transcurre en el noveno año de la guerra, pero la cuestión de los dioses está barajada de antemano. Cuando empieza la obra el dios Apolo castiga a los aqueos (griegos) porque el cabrón de Agamenón, comandante en jefe de la fuerza aquea y cuñado de la veleta Helena, ha ofendido y humillado a uno de los sacerdotes del dios, negándose a devolverle a su hija secuestrada y diciéndole que se haría vieja en su palacio, como una sirvienta y ramera ocasional. El sacerdote pide justicia, y el dios concede con gusto, su ego ha sido herido por un mortal soberbio, y esa actitud sólo le está reservada a los dioses. De aquí en más, se desatará una verdadera batalla de egos: los de los héroes y los de los dioses. Lo significativo es que ninguno quedará bien parado y todos desnudarán sus miserias. Apolo se vengará sembrando muerte en el campamento aqueo, Aquiles se atreverá a interpelar a Agamenón en asamblea pública, diciéndole que devuleva a la joven, y Agamenón responderá despojando a Aquiles de una esclava suya que había sido parte de su botín. No hay sentimientos, hay posesiones, hay egolatría y divismo, hay miseria moral. La respuesta de Aquiles se da a la altura de las circunstancias: se retira de la batalla pidiéndole a su madre-diosa que le ruegue al mismísimo Zeus que desfavorezca a sus amigos aqueos. Sin ir más lejos, hoy en día una hinchada de fútbol actual crucificaría a un ídolo por mucho menos. Pero en aquellos tiempos arcaicos, las batallas no se dirimían corriendo y pateando un esférico balón. Los dioses jugaban de otros modos más complicados. Y la pelota eran los mortales.

Continuará...
[Comentario literario en cuatro partes]
Génesis de una lectura personal
Confieso, no sin cierta vergüenza, que recién leí La Ilíada a los 28 años. Fue durante unas vacaciones de invierno en Santiago de Chile. La leí con ansiedad y placer, después de comprar una edición usada, la de Verón editor, en un librería del hermoso barrio de Bella Vista.
Si bien antes había leído otras obras importantes, recién entonces pude comprender la contundencia del remanido rótulo de "grandes obras de la literatura universal". Y La Ilíada no sólo es una de las obras más antiguas que integra este grupo selecto (sabemos que en la Antigua Grecia, en el siglo de Pericles, La Ilíada ya era un clásico leído en las escuelas), sino que demuestra en cada página por qué es universal y de alguna manera eterna. No intento, desde ya, hacer un estudio en profundidad de la obra, materia para eruditos que escapa a mis posibilidades, ni tampoco dar una clase escolar, sino que sólo pretendo, de alguna manera, recuperar algunos sentimientos personales de lector común y corriente que son producidos por la obra. Y a la vez, también, terminaré exponiendo una experiencia de lectura personal.
Podemos comenzar, entonces, por señalar que en esa primera lectura fascinada de la obra, a lo largo de ese viaje por Chile, fue naciendo un viaje a Grecia, motivado por la obra de Homero y por la lectura de Los mitos griegos, de Robert Graves, una obra inolvidable, que dicen que formaba parte de las favoritas de Borges, y que es en parte, una buena forma de conocer el contexto monumental de la obra homérica, ese capítulo de la interminable trama mítica conocido como "El ciclo troyano", del cual La Ilíada es sólo un episodio. En esa primera experiencia me atraparon varias cosas, que trataré de ordenar. En primer lugar, llama la atención la peculiar concepción religiosa de los griegos, que no ven en sus dioses un ejemplo de virtudes, sino, por el contrario, un conjunto de vicios, caprichos y arbitrariedades. Los dioses son parte fundamental de la historia, la producen, juegan con los mortales como jugaría un niño hoy con un videojuego. No obran de acuerdo a altos principios, sino movidos por las más mezquinas pasiones personales. Desde el comienzo, observamos asombrados como Hera y Atenea desean la destrucción despiadada de Troya por despecho del concurso de belleza que Paris, el príncipe troyano, les hizo perder, para favorecer a Afrodita, quien lo había sobornado con el amor de la esposa de Menelao, la hermosa Helena, la más bella de todas (recientemente propuse en clase a Scarlett Johansonn para una versión actual, aunque después de haber visto en cine la lamentable Troya, mejor que no la hagan). Ese no es el tema central de la obra, ya que la historia transcurre en el noveno año de la guerra, pero la cuestión de los dioses está barajada de antemano. Cuando empieza la obra el dios Apolo castiga a los aqueos (griegos) porque el cabrón de Agamenón, comandante en jefe de la fuerza aquea y cuñado de la veleta Helena, ha ofendido y humillado a uno de los sacerdotes del dios, negándose a devolverle a su hija secuestrada y diciéndole que se haría vieja en su palacio, como una sirvienta y ramera ocasional. El sacerdote pide justicia, y el dios concede con gusto, su ego ha sido herido por un mortal soberbio, y esa actitud sólo le está reservada a los dioses. De aquí en más, se desatará una verdadera batalla de egos: los de los héroes y los de los dioses. Lo significativo es que ninguno quedará bien parado y todos desnudarán sus miserias. Apolo se vengará sembrando muerte en el campamento aqueo, Aquiles se atreverá a interpelar a Agamenón en asamblea pública, diciéndole que devuleva a la joven, y Agamenón responderá despojando a Aquiles de una esclava suya que había sido parte de su botín. No hay sentimientos, hay posesiones, hay egolatría y divismo, hay miseria moral. La respuesta de Aquiles se da a la altura de las circunstancias: se retira de la batalla pidiéndole a su madre-diosa que le ruegue al mismísimo Zeus que desfavorezca a sus amigos aqueos. Sin ir más lejos, hoy en día una hinchada de fútbol actual crucificaría a un ídolo por mucho menos. Pero en aquellos tiempos arcaicos, las batallas no se dirimían corriendo y pateando un esférico balón. Los dioses jugaban de otros modos más complicados. Y la pelota eran los mortales.
Continuará...

martes, 18 de noviembre de 2008

Llanto, silencio y amargura.


Llanto


Es sólo la tristeza que transpira.



Silencio


La madrugada envuelve de luna los aullidos del día. Nos miramos en penumbras. Las palabras duermen.




Amargura


Lilian toma el té sin azucar, para sentir su verdadero sabor ¿Será la alegría el azucar de la vida?






















jueves, 13 de noviembre de 2008

Palabras simples, de amor y mar.









Toda tu sed y tempestad,
tu historia toda,
y tus sueños más antiguos,
y tu frescura que me enciende;

y la esperanza resignada,
y tu pasado y tu mañana,
la triste canción olvidada,
y tu alegría que me entiende.

Licor que me embriaga,
es toda tu calma de mar plana
que acaricia mi orilla
y se duerme
entre el cielo de mis manos
y la playa
de este pecho enamorado.




A.L.




IX-XI-VIII/XVII.XX

domingo, 9 de noviembre de 2008

Afecto, distracción y olvido.



Afecto

Tu sonrisa es el titiritero que mueve los hilos

de la marioneta de la risa mía.




Distracción

Y se quedó mirando a la nada, con ojos de "enseguida vuelvo".



Olvido

Hojas arrancadas del almanaque antes de tiempo ¡Salud, donde quiera que se encuentren, días y personas amputadas del recuerdo!

martes, 28 de octubre de 2008

Desilusión y autodecepción.
















Desilusión

Tus dientes se secaron con el otoño

y ya no muerden como antes.

Ahora muerden frágil.


Autodecepción

"Si mi vida hubiese sido otra...", pensaba mientras caminaba. "Nunca debí haber desaprovechado la oportunidad de vivir en aquella cloaca", pensaba la cucaracha antes de ser aplastada por esa suela distraida.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Ellas mismas

Ellas aman más en la mirada que en la carnalidad.
Pueden desgarrarse ardiendo en el roce interior de su fuego,
pueden jadear sedientas en el abrazo húmedo de la pasión,
pero en la mirada distraída que se encuentra como el aire
con el rostro amado,
ellas se escapan, cuelgan campanas en todas las ramas,
esparcen flores blancas de cerezo en los caminos,
tiñen de carmín los pétalos empalidecidos por la madrugada,
soplan celeste al cielo,
barren la vereda, la lustran y cantan mientras bordan sueños,
se elevan, cascabelean los dedos como gotitas de rocío,
y encienden violines en el horizonte del mañana.


Ellas lloran siempre, lloran de alegría, de distancia, de ansiedad,
lloran de risa y de ebriedad, de música y de bronca,
lloran de estrellas y de pájaros violentos, de úteros y ovarios,
de impotencia y de furia, lloran de amor y de ternura,
lloran de vibrar, de lágrima y por dentro, y hasta lloran sin llorar.

Y a nosotros nos fastidia, nos baja la guardia, nos hace huir,
nos enoja, y nos fascina consolarlas,
acudimos al abrazo como el cielo limpio a su jornada.





Ellas nos sueñan, se entregan y festejan nuestras nimiedades,
nos endiosan, nos esperan, nos atienden, nos exhalan,
pero también, si las desencantamos, si las lastimamos,
se van dando portazos que gritan eternidad.
Ellas bajan la cabeza y dicen basta, se callan y hacen
estallar al silencio más blanco y atroz del nunca,
porque jamás olvidan nada, cada detalle les pertenece,
no hay cosa que habite el mundo que sea ajena a su mirada,
cuando les sangra el alma, despliegan alas de girones,
barren pétalos, rompen ramas, queman lilas y azucenas,
ponen nubes en el techo, pintan noche en las paredes,
aúllan ciegas como lobas perdidas que sangran de muerte,
y se hunden en la tiniebla del olvido,
en picada,
como aves torvas y sin patas, condenadas a volar.


A.L. Pilar, 26/09/08, 13.20 hs.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Palabra Mujer


Mujer, estás en la palabra
y en la lengua.
Te digo
y mi boca se vuelve beso
en la primera sílaba;
te sigo pronunciando
y la jota acaricia el paladar.
Mueres en la ola final
al romper el látigo
contra los dientes,
en la culminación verbal
–de segunda conjugación–
que vuelve al sustantivo
oscuro y misterioso
como un adjetivo.

Mujer, te pronuncio
y estallan diferentes sensaciones,
y todas las palabras juntas
se amontonan suavemente,
en ese soplido magnífico
que nunca apaga la llama
y que siempre aviva el fuego.

Te suspiro,
imagen, referente, totalidad,
palabra nacida
para ser dicha al oído.



A.L. 24/09/08

lunes, 15 de septiembre de 2008

Don José y la baraja.

[La talentosa poeta y narradora Claudia Isabel (http://laperladejanis.blogspot.com/, http://cuentoypunto.blogspot.com/ es la "culpable" de este post, ya que a partir de un texto que ella escribió ("Revolución de mayo. Mariano épico") dedicado a Mariano Moreno, me trajo al recuerdo este texto mío, escrito hace unos años atrás, en 2005]




La memoria es como una baraja de naipes, pienso mientras mezclo la baraja: los recuerdos son los naipes, nuestras manos son el impulso mismo de la evocación, que mezcla y confunde la baraja, para cortar y montar el mazo y sacar figuras, números, palos, que son recuerdos, números, fechas, nombres, rostros y eventos a veces olvidados. Cierto, quizás los recuerdos sean sólo una madeja de nombres propios, de fechas, de eventos que también son un nombre: Chacabuco, Maipú, Yapeyú... Es curioso, pienso “Yapeyú” y doy vuelta al instante un uno de espadas, cuando pienso en el lugar en que nací, hace setenta y dos años, pienso “Yapeyú”, y no lo puedo recordar, ni una imagen acude a mi memoria todavía muy temprana de menos de tres años de nacido, sólo se aparece en el presente esa marca de la espada asociada al nacer, esa que decidí abandonar pero que no me abandona, porque alguna vez dije “seamos libres, y lo demás no importa nada”, esa espada que nunca atacó a un hermano, pero igual algunos me acusaron de traidor, como si alguna vez yo hubiese apoyado a un hermano en contra de otro hermano, y aunque haya renunciado por esas cosas a la espada, la espada vuelve cuando pienso en mi nacimiento. Mi primer recuerdo se me aparece como envuelto en niebla, es una imagen del viaje a Buenos Aires, las interminables horas de carreta, la sensación de un cambio incomprensible, misterioso y definitivo.


Doy vuelta otras cartas, un cuatro de oros, siguen las semejanzas, cuatro años tenía en mis primeros recuerdos, en aquella gran aldea que tenía amplias calles de tierra, transitada por numerosas carretas, al menos para lo que yo había visto hasta entonces. Esa fue la época de oro de la primera niñez, la de los juegos con mi hermano Justo, los tranquilos años en la apacible Buenos Aires que varios años más tarde resistiría la invasión de los ingleses y que en algunos años más aún estallaría en revueltas contra el rey Don Fernando y hasta contra el mismísimo Napoleón. Mientras pienso esto último doy vuelta un naipe que representa la figura de un joven con un basto en la mano, la décima carta de su palo, y evoco al doctor Mariano Moreno, quien murió en alta mar asesinado antes de unírsenos en Londres; aparto esta carta del resto para que la memoria desordenada dé paso a la razón del solitario que ordena las cartas. Espera en aquel rincón, respetable figura, hasta que lleguen otras cartas a acompañarte en el recuerdo. Y allí viene entonces el once de espadas, el abrupto fin, el viaje a España. Atrás quedan las imágenes de la sala de aquella casa: Justo leyendo sus cuadernos escolares, Manuel y Juan Fermín luchando con sus lecciones de latín, María Elena bordando con mi madre, Gregoria, la silenciosa mujer que aletea el bastidor junto a su hija mientras contempla como distraída, como sin quererlo, a su esposo, a mi padre que como yo en este momento, estaba solitario, en la despoblada mesa nocturna, cerca del fuego, revolviendo la baraja y mezclando sus recuerdos, y casi todos, menos yo, sabían que esos recuerdos que mezclaba en el mazo de figuras eran los recuerdos de su tierra a la que esperaba que le dieran el permiso para volver. Durante todo este rato me he quedado mirando a este once de espadas que mis dedos deformados por los años sostienen, y mi vista maltrecha intenta enfocar con precisión, como si intentara reconocer su rostro, como intentando recordar el rostro de aquel compañero del Real Seminario, en Madrid, que me explicó el significado de la palabra “guacho”, diciendo que era una palabra americana que significaba no tener ni padre ni madre, que era más o menos lo mismo que no tener patria, como no la tenían los americanos que habían inventado esa palabra. Recuerdo ese primer insulto de escuela, así como no puedo recordar el rostro de quien lo dijo, era más grande que yo, no lo miré, apreté mis puños y le respondí que quizás fuera mejor no tener ni padre ni madre antes que haber nacido de una mala entraña. Nos separaron, nos reprendieron y el hecho no llegó a mayores, pero a partir de entonces comencé a sentirme diferente: de padres españoles, sin patria propia, americano por nacimiento, arrancado de una tierra que aún no era nada. Nacer en América era entonces tener a la ilusión por patria, algunos españoles nativos nos consideraban como provincianos y extranjeros a la vez, y en su desprecio no hacían más que alimentar nuestro orgullo de soñarnos independientes.

Pero mi padre lo entendió de otro modo, entendió que debía endurecerme, que debía seguir sus pasos, que debía aprender a amar a su patria. Honré a mi padre en vida, aunque seguramente defraudé sus expectativas luego de su muerte. Sólo sé que alguna vez me dijo que la milicia era servir a las propias convicciones y luchar con lealtad a los ideales propios, que deben ser los mismos que los de la patria, y a eso nunca falté. Tenía tan sólo once años cuando dejé la vida familiar y la escolar para ingresar en la milicia. Doy vuelta al once de espadas como si no quisiera recordar el rencor que sentí hacia mi padre al abandonarme allí, porque luego aquella vida me atrapó, porque allí fui imaginando un sueño desde poco después de llegar, me imaginaba luchando por ideales de libertad, igualdad y fraternidad, imaginaba batallas heroicas que algún día llegarían como desde adentro de mi sueño forjado a imagen y semejanza de los relatos encendidos que nos llegaban de los sucesos de París, aquella famosa Revolución Francesa que estaba llamada a ir desvirtuándose, pero que dejó una marca imborrable en la conciencia de los jóvenes de aquellos años. Quizás ese recuerdo me llevó a pensar en refugiarme en esta tierra adonde hoy transita el dolor de mis huesos, un dolor mucho más profundo del que comencé a sentir en aquellas tiendas de campaña, entre los estruendos de la artillería, al galope furioso de los caballos arremetiendo la carga por sobre los cuerpos sin vida de los compañeros caídos, al transcurrir de la batalla sin saber al cabo por qué se sobrevivió. Y junto con los primeros dolores del cuerpo, las primeras medallas, que se aparecen en la baraja de mis recuerdos dibujadas en al as de oros, la gloria del joven oficial don José de San Martín, hijo de don Juan de San Martín y de doña Gregoria Matorras, natural de Yapeyú, una ciudad marcada por un as de espadas que en estos momentos ha vuelto a mezclarse en el mazo, que fue militar español sin serlo, que ha sido héroe de batallas ajenas que alguna vez le parecieron huecas, que fue héroe de batallas propias cuya gloria luego le resultó hueca, vana y amarga, porque alguna vez aprendí que ninguna batalla se gana del todo. Fui el oficial que mi padre soñó, y ese fue el recuerdo que se llevó al morir en el ’96. Iba llegando el momento de buscar mi patria, iban a pasar muchos años, no iba a ser fácil imaginarla e inventarla. Si hasta a veces tengo la sensación de que todavía no la terminamos de inventar.

Se me aparece ahora el rey de copas, y ahora es Francia el enemigo, ahora se pelea por la libertad. El rey de copas es José Bonaparte, sin dudas, a quien llamábamos Pepe botellas por su afición al alcohol. Otra guerra ajena, pero ya se iba pareciendo a las soñadas. Bailén, 19 de julio de 1808, derrotamos a los franceses invasores, los españoles festejan la victoria española; los americanos festejamos la derrota francesa. Soñamos nuestra victoria. Ahora somos aliados de los ingleses, así es la guerra, el siete de oros llega con el recuerdo de Lord Macduff, aquel imborrable escocés que me habló por primera vez de las logias americanas. Con sus modos refinados y su acento salvaje hacía largos los tragos para ladrar en un castellano visceral: “que tus enemigos nunca sepan quiénes son tus verdaderos amigos, pero que estos últimos siempre sepan que tú eres su amigo, porque comparten enemigos”. Reía y seguía diciendo, como si fuera un juego, que nos entendía a los americanos mejor que nadie por el simple hecho de ser escocés: “el hijo de un pueblo sometido siempre quiere dar un buen puntapié a quien lo somete, al menos cuando este se dé vuelta”. Poco a poco me estaba convirtiendo en un traidor. Ahora sale el rey de espadas, mi rey que empezaba a ser mi enemigo. Aquí lo colocaremos, aquí, junto al diez de bastos, junto al doctor Mariano Moreno: estalló la revuelta del 25 de mayo de 1810, la voz corre por los cuarteles: “se nos sublevan las antiguas colonias, es en nuestro apoyo; no, claro que no es así, se dice que hay sediciosos que sueñan con sublevar a las colonias contra el rey, no faltará el tiempo en el que haya que aplastar a esos salvajes americanos, dicho esto con todo respeto por los que nos han demostrado fidelidad en estos años.”


Y uno que va conspirando en silencio, poco a poco; “sediciosos”, murmuran en los cuarteles. Me comunico con Macduff, si no quiero levantar la espada contra mis hermanos debería ser desertor, pienso en pedir la baja y partir rumbo a América, claro que prefiero combatir a mi monarca, de quien, si se me permite, ahora pondré su naipe de rey de espadas cabeza abajo, porque afortunadamente los reyes de espada tienen pies y cabeza, no así los números, que siempre se ven derechos. No sé qué juego es este, sólo son recuerdos mezclados. El diez de espadas es Monteagudo, se queda aquí, junto a Moreno que en realidad ya descansa en el fondo del mar, daremos vuelta su carta con respeto, Monteagudo irá contra los enemigos de la Logia Lautaro que hemos fundado. Este otro doce no es un rey, es una fecha, el año 1812, y su oro no es riqueza, otra vez es el recuerdo, es el regreso a Buenos Aires, luego de 28 años, vuelvo a la aldea de mis primeros años, convulsionada por la libertad, que da sus primeros pasos sin saber hacia dónde sigue el paso posterior, yo el Teniente Coronel San Martín, nacido en estas tierras, quien combatió contra los mismísimos ejércitos de Napoleón, quien pidió su retiro por razones de salud y de carácter familiar, para volver a combatir a su patria que todavía no existe, quien pasó a Londres para tomar contacto con los conspiradores de las logias masónicas americanas, quien forma parte de una hermandad comprometida con la independencia del continente, vengo humildemente a servir al ejemplar gobierno instalado desde entonces en estas tierras, pidiendo tengan a bien respetarme el grado obtenido hasta el momento en el antiguo y abandonado ejército español, al cual lejos de querer regresar me comprometo a combatir como enemigo decidido por entender que su dominación de nuestra América ha llenado de vergüenza y oprobio a nuestros hermanos indios, a quienes hoy debemos sumar a la lucha emancipadora, y a todos los criollos bien nacidos sometidos al vil yugo europeo. Y los tres hombres, Paso, Chiclana y Sarratea, estuvieron de acuerdo, pero de pronto desde la puerta entreabierta intervino ese sujeto que sería mi enemigo por siempre y desde entonces, el ministro Bernardino Rivadavia resopló su insolencia y su soberbia que siempre me olió a traición: “es indudable que lo suyo son las armas, Coronel, no la retórica, no las proclamas, no la política. Su carrera militar es impresionante, ¿podremos confiar en su obediencia y fidelidad?”. Ese infeliz me insultaba dos veces: una al reírse de lo expresaban mis convicciones, que él nunca tuvo; la segunda al dudar de mi fidelidad, quizás porque sólo miraba en él mismo. Fue Paso quien se apuró a contestar que no cabían dudas de eso. No recuerdo una mano más fría que la de Rivadavia cuando por única vez la estreché francamente, cuando nos presentaron. Unos meses más tarde yo encabezaría a las tropas que marcharon sublevadas a la Plaza de la Victoria para deponerlo por el fraude contra Monteagudo. La única proclama política que escribí en mi vida, se la dediqué a Rivadavia, ya que no le gustaban mis discursos: le decía que habíamos actuado para proteger la voluntad del pueblo, y para que se supiese que no siempre están las tropas para sostener a los gobiernos y autorizar las tiranías. Rivadavia no me lo perdonó nunca, así como yo no le perdono todo el daño que le hizo a nuestra lucha hasta el día de hoy, y aún después de muerto, con el respeto debido a la muerte, no se le puede perdonar que no haya querido que sus restos descansen jamás en Buenos Aires.

Y pensando en Rivadavia doy vuelta una gran copa, un as de copas, no es una copa de brindar, es una copa envenenada, que hace que pasen de largo todas las hazañas, todas las luchas gloriosas, caen, una tras otra las cartas que son nombres, San Lorenzo, el admirable Manuel Belgrano, el Ejército del Norte, Cuyo, Mendoza, Los Andes, la libertad en Chile, el encuentro con O`Higgins en Santiago, la entrada triunfal en Lima, y el dos de copas que me recuerda el encuentro con Bolivar, mi silenciosa retirada para cederle el mando al gran general americano, cuando me daba cuenta de que cada vez la política me asfixiaba más, me hacía ver la realidad como a través de un cristal que se resquebrajaba a pedazos: América se iba dividiendo en fragmentos cada vez más numerosos de naciones destinadas a las guerras internas, destinadas al dominio de otras naciones más poderosas. Y entonces volví a sentirme como al principio, sin patria, sin nación con la que identificarme; ni español por convicción, ni de la Provincias Unidas, porque no había provincias, al menos que estuvieran unidas, ni de Buenos Aires, ni de las demás naciones, simplemente americano por elección, pero ¿qué era ser americano? Todavía hoy me lo pregunto, por entonces parecía que ser americano fuera luchar contra el hermano, fuera indio, fuera gaucho, fuera criollo, fuera del interior, fuera blanco, fuera porteño, fuera celeste, fuera rojo, fuera bueno, fuera malo, fuera hermano, sólo es sangre, y la lucha por la libertad se fue transformando en lucha por imponer proyectos propios, sin ideales, modelos de nación pensados desde afuera y para afuera, desaparecida España, ahora se disputaban nuestros despojos las demás potencias europeas.


Yo, José de San Martín preferí condenarme al peor de los castigos, por el más digno de los delitos: haberme negado a intervenir en las guerras internas, en las guerras entre hermanos, fui desobediente cuando el gobierno me ordenó abandonar la Campaña de los Andes para reprimir el alzamiento de los federales de Santa Fé, así también como antes había desobedecido la orden de apresar a Manuel Belgrano, el hombre más íntegro de esta Revolución, cuando lo sucedí al mando del Ejército del Norte. Ese episodio me terminó de convencer de que intentábamos romper las sólidas cadenas que nos habían sometido durante años para reemplazarlas por otras más nuevas, dejábamos de ser esclavos de los españoles para ser sólo piezas en las nuevas luchas entre los poderes locales que se encargarían de someter a un pueblo acostumbrado al sometimiento. Los nuevos señores no pensaban hasta dónde llegaba el significado de la palabra libertad, que proclamaban, los verdaderos idealistas, de los que hablábamos en Londres con devoción, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Bernardo de Monteagudo, quien fue mi secretario hasta pasar a cumplir idéntica función junto a Bolivar, los hombres más inteligentes, honestos y destacados de la gloriosa Revolución de Mayo que había cambiado el rumbo de mi vida, ya habían muerto, y ninguno de ellos de una forma digna: Moreno como ya lo evoqué, Belgrano en el olvido vergonzoso de la miseria, Castelli, su primo, el gran orador de la revolución, el que levantó en armas contra el poder español a los campesinos hambrientos del Norte, murió acusado de traición, privado del habla por un cáncer de lengua que ni siquiera le dejó responder a las infamias que de él se dijeron. Mi querido amigo Monteagudo, finalmente, murió asesinado en Perú, en un oscuro episodio que nunca se terminó de aclarar. Yo simplemente estaba convencido de que mi misión era acabar con el nido del poder realista en Sudamérica: había que liberar Chile y luego pasar al corazón mismo de la dominación, el Perú. Una vez cumplido esto, quise regresar a Buenos Aires para encontrarme con mi amada y recordada esposa Remedios, que estaba gravemente enferma, pero los unitarios, con Martín Rodríguez y Rivadavia a la cabeza, habían vuelto al poder, y temían que entrara con mi ejército a encabezar una revolución, y no me autorizaron. Desobedecí nuevamente y volví sólo, sin ejército, sin planes, y de allí en más, con el interminable dolor de haber llegado demasiado tarde para despedir a la gran mujer que supo acompañar mis años de lucha. Ahora todos desconfiaban de mí, no podía permanecer en Buenos Aires sin despertar recelos y sin que se me presionara para que de alguna manera tomara partido por uno u otro bando. Decidí entonces emprender el camino más doloroso, el renunciar a la patria que yo había contribuido a forjar para marchar al exilio, y hoy bebo cada día de esta copa envenenada que se lleva mis días. Es cierto que intenté regresar cuando supe que mi camarada Dorrego estaba en el poder, pero al desembarcar en el puerto de Montevideo me enteré de su fusilamiento por parte de Lavalle, esperé allí la evolución de los acontecimientos, pero al cabo de tres meses me convencí de que en ese país joven de nombre plateado ya no había lugar para mí, José de San Martín, quien conoció la gloria y el dolor, quien nació sin patria y fue condenado por su pares a morir sin patria.

Monto el mazo y aparto estas cartas, es agosto en Boulogne sur Mer, y aunque la brisa tibia del verano se obstine en franquear las ventanas, mis huesos sienten el frío del invierno de Buenos Aires, mi corazón que se cansa de latir sueña con dormir su sueño eterno en esa aldea que elegí como patria, mientras mis manos recuerdan la humedad de la tierra revuelta al sembrar la quinta de la chacra mendocina. Y recuerdo Los Andes y las nieves eternas, y pienso en la eternidad y en mi próxima muerte, cuando todo se aleje, cuando todo se calle, cuando sólo quede el recuerdo ajeno. Y entonces, sólo espero que mis sueños formen parte de la conciencia de cada uno de los que hoy se llaman argentinos, y que esta triste voz que hoy se apaga dentro mío resuene como un eco en el corazón de mis compatriotas. Y entonces, guardo estas cartas, y digo hasta siempre.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Palabras recortadas y dispersas alrededor de Macedonio, para un día del maestro.



[A manera de proemio, consideraciones sobre el día del maestro en Argentina]



En nuestra Argentina, se suele conmemorar la muerte, y a manera de irónico homenaje, hoy es el Día del Maestro por ser el día de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. Me es difícil derramar palabras elogiosas para un personaje que más allá de su ímpetu, de sus convicciones y su obra educativa, alguna vez le escribió a Mitre que no ahorrara sangre de gaucho en la batalla, por ser "un excelente abono para la tierra". Los años, el Billiken, y las maestras reproductoras del sistema, han convertido la estampa de este anciano (que alguna vez fue joven) gruñón, fumador compulsivo, mal hablado y mujeriego, en el cliché del "padre del aula". Figura polémica, "hombre moderno" de su época, fanático hasta la ingenuidad del "progreso europeo", incondicional devoto de un positivismo devaluado en racismo imperante en la época, enemigo acérrimo de todo lo que representara la cultura americana (¿los separatistas-elitistas-racistas bolivianos habrán leído el Facundo?), Sarmiento es una figura ineludible de nuestra historia, que si bien no merece ser borrada de los manuales -el olvido y la desmemoria son la mejor estrategia de la repetición-, sí merece, al menos, ser revisada críticamente, antes de seguir alimentando al cliché.
Como docente que soy, creo que tenemos derecho a reconocernos este día, más allá de las causas que lo hayan instituído, y a falta de otra fecha, tomemos a ésta, aunque sea por tradición. Lo que sí podemos reservarnos, es la elección de otros modelos de maestros que seguir, después de todo, son los discípulos los que suelen escoger. Y entonces, elijo a Macedonio como contrafigura Sarmientina, por ser un hombre nacido en el siglo XIX, pero de decisiva influencia en el XX y lo que va del XXI, que sigue transitando el camino de las vanguardias estéticas, esas a las que Macedonio, sin haber abrazado nunca oficialmente, tanto contribuyó a alimentar en nuestro ámbito. Macedonio fue maestro (además de amigo propio, heredado del padre), de Jorge Luis Borges, y su influencia pasa por Cortázar y sigue andando nuestros días. He aquí, entonces este sencillísimo homenaje.



[Primero, la voz del maestro:]




HAY UN MORIR

No me lleves a sombras de la muerte
A donde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.


[Luego, la voz del discípulo:]



PALABRAS DE BORGES ANTE LA TUMBA DE MACEDONIO FERNÁNDEZ

Intimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación, ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.

[Y otra vez, el maestro]

AMOR SE FUE

Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera.



CREÍA YO

No a todo alcanza Amor, pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

[Y por último, el irreverente aunque modesto homenaje personal, a manera de antigua glosa]


Olvido en ojos mirantes
Por y para Macedonio, claro.

Sobre la piel del olvido
transita
una gota de silencio
que se vuelve abismo.

Mirada de párpados cerrados,
ojos que duermen de día
y hacen noche la vigilia.


A.L., 11/09/08




lunes, 8 de septiembre de 2008

Inventario anti-tao



La huella que deja tu bota en la lluvia,
tu boca diciendo “ahora”.
Pensar el invierno, cuando es verano,
soñar la primavera
una mañana húmeda de otoño.
El viento despeinando la melena suave
de una enamorada.
Los ojos de una gaviota,
ser otro de vez en cuando.
Escapar por calles sinuosas
a plena luz del día,
injusto ladrón inocente
de nada.
Decir gracias,
la risa hasta las lágrimas,
el vértigo de la alegría.
Tener veinte años,
y no saber cómo gastarlos.
El calor de tu mano en la oscuridad,
tu mirada al despertar.
Ver un diamante en el cielo
y detenerse.
Las manos de una abuela
amasando pan,
las mejillas encendidas
de un niño asombrado.



Y también tu huella
aplastando a ese insecto,
tu huella huyendo en la lluvia.
(te veo irte sin verte).
Tu mano helada y distante,
despertarse ciego,
y los niños muertos.
Detestar al invierno en el invierno
y al verano en primavera,
y al otoño que no llega.
La enamorada con su melena sucia,
la gaviota ciega,
tener que ser el mismo,
tener que seguir actuando,
y de vez en cuando me atrapan.
El grito desgarrador,
decir muerte, y que se haga.
El vértigo de la tragedia,
ver el tesoro y despreciarlo.
Tener noventa años
y más de cien rencores.
Y las manos de un chico
que estrangulan a otro chico.
Y tu boca gritando “nunca”,
y el mundo sigue vomitando.





A.L. Pilar, 08/09/08 21.50 hs.



sábado, 30 de agosto de 2008

Inscripción para la tumba de un guerrero





De entre todos los héroes,
sólo los verdaderos,
aman sentir el suave y verde césped,
mullido y familiar,
bajo la áspera suela de sus botas ajadas.

Es cierto que también disfrutan
de romper quijadas con sus nudillos,
de asolar aldeas, hierro en mano,
bañados en sangre y polvo,
entre manadas de corderos,
y de niños, y de mujeres aterradas;
o buscan la muerte
entre quebradas que emboscan,
o en desiertos planos y calientes
como la frente de un gigante enfermo
(si hasta algunos mueren de pestes lejanas,
maldiciendo los traidores estertores
que los arrebatan de la gloria).

Y claro que también aman
las orgías tempestuosas de abundancia
que sólo pueden conocer
los victoriosos:
palpitar oliendo a euforia viril,
a sudor de mujeres encendidas,
que a su vez aman
encenderse sobre el cuero
de himnos y fanfarrias palpitantes.
Los emociona, tanto como a otros el amor,
gritar hasta hacer temblar el cuerpo entero,
gritar hasta expulsar toda la voz del garguero,
hasta sentir un alud desbarrancándose en el pecho,
y calmar al Febo interno
con torrentes de alcoholes destilados,
fermentados, pestilentes;
da lo mismo,
que a la lava no la calma
el rocío mañanero.

Y aman que les duelan sus heridas,
y sus huesos y sus batallas viejas,
cuando sus cicatrices laten están vivos,
y cada nuevo surco que se abre en su piel,
es como un río de miel que brotara bajo el cielo.

Aman el polvo y el humo del combate,
el ruido de los cráneos rotos
y el olor de la sangre
que los ceba como a tiburones
desconocidos y remotos.
Aman la urgencia y el pavor de lo incierto,
aunque creen como pocos
que hay gloria eterna después de la vida,
y la ansían y la esquivan,
y respiran con calma
cuando la Parca les sigue de largo.


(Y no lloran, aunque a veces resbalan
lágrimas por sus ásperos carrillos,
al despedir a un compañero,
porque llorar es para ellos
sólo otra forma de respirar.)


Los héroes verdaderos
llevan epopeyas en los dientes,
y el sabor de la bilis
en sus lenguas,
pero sólo aquellos

le vibran a lo tenue
desde adentro, como a nada

– ni al mármol de los templos sagrados,
ni al ruido del acero,
ni a los cascos galopando,
ni a los vicios del saqueo–;
sólo los que son héroes enteros,
se postran
como cachorros somnolientos,
ante el suspiro intenso
de los pétalos sudados

de la madreselva,
ante el canto débil
del arroyo mortecino,
ante el vapor cálido
del aire de primavera
en su aldea,
sobre su lecho de paja insana,
bajo su manto de vellón de lana,
entre la piel de la mujer amada,
entre el viento que llega
aventado
por los abanicos de las alas
de esas aves distantes,
que comerán carroña
luego de la próxima batalla.
Sólo los héroes verdaderos
tienen de tacto en la punta de los dedos,
el cosquilleo de la pluma,
el susurro del aliento
de la boca de la amada,
en cuyo pecho que es almohada
se acallan todas las trombas,
y toda la furia del enemigo,
y todo el coraje de los violentos.
Sólo los héroes verdaderos
parten siempre a la pelea
soñando con volver,
como el viento arremolinado,
siempre al mismo lugar,
quizás aquél que fue el único
que tras tantas batallas
pudieron en verdad conquistar.



A.L.

Pilar, 30/08/08, 17.30 hs

martes, 19 de agosto de 2008

No sé por qué ...


[Continuando con este ciclo relacionado con viajes, aquí va un borrador de una historia dispuesta a continuar, en cuanto se pueda. Me anda rondando desde hace un par de años]

...o más bien porque lo sé exactamente, cada vez que me voy de vacaciones me acuerdo de mi papá, lo cual asegura que lo recuerde al menos una vez al año; y entonces, prodigio de la memoria selectiva y fragmentaria, me vuelven las imágenes más bellas del tiempo que pasamos juntos, lo extraño y me pregunto por dónde andará, me imagino por dónde andará, y vuelvo a recordarlo de viaje, al volante, o abriendo la ventanilla de un tren para respirar el paisaje, o bajándose ansioso, arrastrándome de la mano, en una terminal de ómnibus para ir al baño, o esperando el equipaje en la cinta de un aeropuerto con su plano de la ciudad entre los dedos. Mi papá viajó de todas las formas posibles, de todos los modos posibles y medios disponibles, aunque soliera decir que le faltó el camión de hacienda con animales. Papá es viajar, es el acto mismo de viajar, su padre lo había subido por primera vez solo a un tren a los siete años para que aprendiera a viajar y manejarse por sus propios medios; mi abuelo decía siempre que a él lo habían mandado desde Italia solo, en una barco, a los doce años, a ver entonces si papá no podía viajar hasta Adrogué a visitar a sus abuelos. Papá le cobró a los catorce años la enseñanza, colándose con un amigo en un tren de carga en donde los encontraron casi un día después en Santa Fé de la Vera Cruz. Lo de Vera Cruz fue lo que siempre había intrigado a papá desde años antes. No pudo ver mucho de la ciudad, ya que allí, luego de darles un buen susto, los mandaron de vuelta para Buenos Aires. Pero verdaderamente a papá no lo asustaron mucho que digamos, porque a los quince ya se las arreglaba para viajar de alguna forma económica, mintiendo vacaciones con amigos mayores con quienes viajaban hasta un punto para después hacer dedo hasta lo más lejos posible. Una vez nos contó, manejando en una ruta, claro, que a los dieciséis pasó por Mar del Plata especialmente para comprar unas cuantas postales para enviarle cada dos días a su pobre madre, a quien la había tranquilizado diciéndole que iba a un encuentro de jóvenes cristianos, que realizaban tareas de recreación espiritual y de caridad (la anécdota incluía a un tercero que enviaba las postales previamente escritas con sello postal marplatense). Pero a Mar del Plata la devoraba en tres días a lo sumo, y luego le quedaba la costa hasta Bahía Blanca, punto recomendable para volverse con ganas de haber seguido un poco más allá, porque siempre tiene que quedar algo por conocer, sólo para querer volver en otro momento. Y papá siempre volvía, y aún ahora sé que si hay lugares a los que no pudo volver, él está convencido de que va a hacerlo en algún momento.
Ahora me toca a mí continuar el rito, pero no sé por qué, no me siento a la altura de las circunstancias. Es el kilómetro cero, me acompaña mi mujer, me acompañan mis hijos, me siento papá, pero no soy él, y eso debe ser lo que me incomoda. Soy yo, soy Julio, soy sedentario, adoro la ciudad, vivo en un departamento que es lo suficientemente cómodo para mí y la familia. Tengo un buen trabajo y un auto nuevo al que uso precisamente para ir trabajar. Y me fastidia manejar en el tránsito de la ciudad. Me gustaba más cuando iba en subte, el subte sí que es cómodo. Y rápido ¿Qué carajo estoy haciendo manejando este auto hasta Puerto Madryn si la ruta siempre me aburrió? ¿Por qué mi hermana tenía que venir a mudarse justamente a Madryn? Y para colmo tenía que seguirla mi vieja. Y ahora amos a recibir el año nuevo del 2000 allá, y esto me costó semanas de discusión con Coty, que ahora se patea la cara, todavía de la bronca, porque los padres querían alquilar una quinta, y qué tiene de especial, me preguntó yo festejar el 2000. Pero es mi familia, y tengo cuestiones pendientes. Y los pibes, en el asiento de atrás están insoportables, ya están inquietos. Tengo que calmarme, es apenas el kilómetro 0. Tengo que ser papá, manejando mientras contaba historias de otros viajes para que la ruta no se hiciera larga. Y lo conseguía, las historias de viaje de papá eran fabulosas, porque viajar había ido cambiando con el tiempo, y por supuesto que papá tenía una historia para cada época, para cada modalidad de viaje, para cada modelo y estado de auto. Pero a mí manejar no me gusta, y me quedan como veinte horas por delante. Conducir es para mí un acto casi reflejo, pero en el que hay que mantenerse demasiado alerta, que de alguna manera me pone tenso, sobre todo por atender a lo que hacen los otros, y no me puedo relajar. Sí lo hacía, en cambio, cuando no conducía yo, sino papá, entonces miraba el paisaje. Ahora no lo puedo disfrutar, y tampoco puedo entender cómo puede haber gente que describa paisajes que apreció mientras conducía ¿Por qué no fuimos en micro, entonces? Era más caro, definitivamente, cuatro pasajes ida y vuelta. Pero sé que no es esa la razón, aunque no se lo diga a Coty por no dar el brazo a torcer, pero si no llevaba el auto, seguro que íbamos a ser rehenes de mi cuñado, que iba a insistir en llevarnos a donde él quisiera. “El auto nos da libertad”, le dije a Coty como si me muriera por manejar en vacaciones, como si yo fuera mi viejo, “nos quedamos unos días y hacemos la nuestra”, y agregué lo del costo. Es lo único que le pude arrancar, y quizás aceptó porque, desde ya, se lo tuve que plantear como un verdadero fastidio, aunque después de todo, hace cuatro años que no paso una fiesta con mi vieja y con mi hermana, y después de todo, todas esas fiestas las pasé con los padres de Coty, por no adelantar las vacaciones y agarrar el auto e irme a pasar las fiestas lo más lejos posible, como hacía papá. Y vuelvo a pensar en él, será porque me gustaría saber dónde va a pasar mi viejo el año 2000, será porque lo extraño o lo quiero. Puede ser, pero no tiene remedio, está loco o no sé, pero no le importamos, y por eso mi vieja se merece que una vez en la vida pueda pasar el año nuevo del 2000 con sus dos hijos, como ella quería. Se lo dije a Coty, y ella terminó aceptando, pero me va a costar una cara de culo de mil quinientos kilómetros de largo. Y los pibes están insoportables. Coty los reta, no sé qué prefiero. Me callo y manejo. El camino es simple, el auto está en condiciones, me concentro, el viaje es demasiado largo y apenas empieza, estamos llegando a la General Paz. Después buscaremos el empalme con la Ricchieri, después, iremos para Ezeiza a empalmar con la ruta 3, después, 1300 kilómetros derecho hasta Madryn. Ezeiza…¿Porqué no fuimos en avión? Cierto, es más caro, y salen de Aeroparque. No sé por qué pienso las cosas que pienso. No sé por qué sigo pensando en papá.