sábado, 30 de agosto de 2008

Inscripción para la tumba de un guerrero





De entre todos los héroes,
sólo los verdaderos,
aman sentir el suave y verde césped,
mullido y familiar,
bajo la áspera suela de sus botas ajadas.

Es cierto que también disfrutan
de romper quijadas con sus nudillos,
de asolar aldeas, hierro en mano,
bañados en sangre y polvo,
entre manadas de corderos,
y de niños, y de mujeres aterradas;
o buscan la muerte
entre quebradas que emboscan,
o en desiertos planos y calientes
como la frente de un gigante enfermo
(si hasta algunos mueren de pestes lejanas,
maldiciendo los traidores estertores
que los arrebatan de la gloria).

Y claro que también aman
las orgías tempestuosas de abundancia
que sólo pueden conocer
los victoriosos:
palpitar oliendo a euforia viril,
a sudor de mujeres encendidas,
que a su vez aman
encenderse sobre el cuero
de himnos y fanfarrias palpitantes.
Los emociona, tanto como a otros el amor,
gritar hasta hacer temblar el cuerpo entero,
gritar hasta expulsar toda la voz del garguero,
hasta sentir un alud desbarrancándose en el pecho,
y calmar al Febo interno
con torrentes de alcoholes destilados,
fermentados, pestilentes;
da lo mismo,
que a la lava no la calma
el rocío mañanero.

Y aman que les duelan sus heridas,
y sus huesos y sus batallas viejas,
cuando sus cicatrices laten están vivos,
y cada nuevo surco que se abre en su piel,
es como un río de miel que brotara bajo el cielo.

Aman el polvo y el humo del combate,
el ruido de los cráneos rotos
y el olor de la sangre
que los ceba como a tiburones
desconocidos y remotos.
Aman la urgencia y el pavor de lo incierto,
aunque creen como pocos
que hay gloria eterna después de la vida,
y la ansían y la esquivan,
y respiran con calma
cuando la Parca les sigue de largo.


(Y no lloran, aunque a veces resbalan
lágrimas por sus ásperos carrillos,
al despedir a un compañero,
porque llorar es para ellos
sólo otra forma de respirar.)


Los héroes verdaderos
llevan epopeyas en los dientes,
y el sabor de la bilis
en sus lenguas,
pero sólo aquellos

le vibran a lo tenue
desde adentro, como a nada

– ni al mármol de los templos sagrados,
ni al ruido del acero,
ni a los cascos galopando,
ni a los vicios del saqueo–;
sólo los que son héroes enteros,
se postran
como cachorros somnolientos,
ante el suspiro intenso
de los pétalos sudados

de la madreselva,
ante el canto débil
del arroyo mortecino,
ante el vapor cálido
del aire de primavera
en su aldea,
sobre su lecho de paja insana,
bajo su manto de vellón de lana,
entre la piel de la mujer amada,
entre el viento que llega
aventado
por los abanicos de las alas
de esas aves distantes,
que comerán carroña
luego de la próxima batalla.
Sólo los héroes verdaderos
tienen de tacto en la punta de los dedos,
el cosquilleo de la pluma,
el susurro del aliento
de la boca de la amada,
en cuyo pecho que es almohada
se acallan todas las trombas,
y toda la furia del enemigo,
y todo el coraje de los violentos.
Sólo los héroes verdaderos
parten siempre a la pelea
soñando con volver,
como el viento arremolinado,
siempre al mismo lugar,
quizás aquél que fue el único
que tras tantas batallas
pudieron en verdad conquistar.



A.L.

Pilar, 30/08/08, 17.30 hs

martes, 19 de agosto de 2008

No sé por qué ...


[Continuando con este ciclo relacionado con viajes, aquí va un borrador de una historia dispuesta a continuar, en cuanto se pueda. Me anda rondando desde hace un par de años]

...o más bien porque lo sé exactamente, cada vez que me voy de vacaciones me acuerdo de mi papá, lo cual asegura que lo recuerde al menos una vez al año; y entonces, prodigio de la memoria selectiva y fragmentaria, me vuelven las imágenes más bellas del tiempo que pasamos juntos, lo extraño y me pregunto por dónde andará, me imagino por dónde andará, y vuelvo a recordarlo de viaje, al volante, o abriendo la ventanilla de un tren para respirar el paisaje, o bajándose ansioso, arrastrándome de la mano, en una terminal de ómnibus para ir al baño, o esperando el equipaje en la cinta de un aeropuerto con su plano de la ciudad entre los dedos. Mi papá viajó de todas las formas posibles, de todos los modos posibles y medios disponibles, aunque soliera decir que le faltó el camión de hacienda con animales. Papá es viajar, es el acto mismo de viajar, su padre lo había subido por primera vez solo a un tren a los siete años para que aprendiera a viajar y manejarse por sus propios medios; mi abuelo decía siempre que a él lo habían mandado desde Italia solo, en una barco, a los doce años, a ver entonces si papá no podía viajar hasta Adrogué a visitar a sus abuelos. Papá le cobró a los catorce años la enseñanza, colándose con un amigo en un tren de carga en donde los encontraron casi un día después en Santa Fé de la Vera Cruz. Lo de Vera Cruz fue lo que siempre había intrigado a papá desde años antes. No pudo ver mucho de la ciudad, ya que allí, luego de darles un buen susto, los mandaron de vuelta para Buenos Aires. Pero verdaderamente a papá no lo asustaron mucho que digamos, porque a los quince ya se las arreglaba para viajar de alguna forma económica, mintiendo vacaciones con amigos mayores con quienes viajaban hasta un punto para después hacer dedo hasta lo más lejos posible. Una vez nos contó, manejando en una ruta, claro, que a los dieciséis pasó por Mar del Plata especialmente para comprar unas cuantas postales para enviarle cada dos días a su pobre madre, a quien la había tranquilizado diciéndole que iba a un encuentro de jóvenes cristianos, que realizaban tareas de recreación espiritual y de caridad (la anécdota incluía a un tercero que enviaba las postales previamente escritas con sello postal marplatense). Pero a Mar del Plata la devoraba en tres días a lo sumo, y luego le quedaba la costa hasta Bahía Blanca, punto recomendable para volverse con ganas de haber seguido un poco más allá, porque siempre tiene que quedar algo por conocer, sólo para querer volver en otro momento. Y papá siempre volvía, y aún ahora sé que si hay lugares a los que no pudo volver, él está convencido de que va a hacerlo en algún momento.
Ahora me toca a mí continuar el rito, pero no sé por qué, no me siento a la altura de las circunstancias. Es el kilómetro cero, me acompaña mi mujer, me acompañan mis hijos, me siento papá, pero no soy él, y eso debe ser lo que me incomoda. Soy yo, soy Julio, soy sedentario, adoro la ciudad, vivo en un departamento que es lo suficientemente cómodo para mí y la familia. Tengo un buen trabajo y un auto nuevo al que uso precisamente para ir trabajar. Y me fastidia manejar en el tránsito de la ciudad. Me gustaba más cuando iba en subte, el subte sí que es cómodo. Y rápido ¿Qué carajo estoy haciendo manejando este auto hasta Puerto Madryn si la ruta siempre me aburrió? ¿Por qué mi hermana tenía que venir a mudarse justamente a Madryn? Y para colmo tenía que seguirla mi vieja. Y ahora amos a recibir el año nuevo del 2000 allá, y esto me costó semanas de discusión con Coty, que ahora se patea la cara, todavía de la bronca, porque los padres querían alquilar una quinta, y qué tiene de especial, me preguntó yo festejar el 2000. Pero es mi familia, y tengo cuestiones pendientes. Y los pibes, en el asiento de atrás están insoportables, ya están inquietos. Tengo que calmarme, es apenas el kilómetro 0. Tengo que ser papá, manejando mientras contaba historias de otros viajes para que la ruta no se hiciera larga. Y lo conseguía, las historias de viaje de papá eran fabulosas, porque viajar había ido cambiando con el tiempo, y por supuesto que papá tenía una historia para cada época, para cada modalidad de viaje, para cada modelo y estado de auto. Pero a mí manejar no me gusta, y me quedan como veinte horas por delante. Conducir es para mí un acto casi reflejo, pero en el que hay que mantenerse demasiado alerta, que de alguna manera me pone tenso, sobre todo por atender a lo que hacen los otros, y no me puedo relajar. Sí lo hacía, en cambio, cuando no conducía yo, sino papá, entonces miraba el paisaje. Ahora no lo puedo disfrutar, y tampoco puedo entender cómo puede haber gente que describa paisajes que apreció mientras conducía ¿Por qué no fuimos en micro, entonces? Era más caro, definitivamente, cuatro pasajes ida y vuelta. Pero sé que no es esa la razón, aunque no se lo diga a Coty por no dar el brazo a torcer, pero si no llevaba el auto, seguro que íbamos a ser rehenes de mi cuñado, que iba a insistir en llevarnos a donde él quisiera. “El auto nos da libertad”, le dije a Coty como si me muriera por manejar en vacaciones, como si yo fuera mi viejo, “nos quedamos unos días y hacemos la nuestra”, y agregué lo del costo. Es lo único que le pude arrancar, y quizás aceptó porque, desde ya, se lo tuve que plantear como un verdadero fastidio, aunque después de todo, hace cuatro años que no paso una fiesta con mi vieja y con mi hermana, y después de todo, todas esas fiestas las pasé con los padres de Coty, por no adelantar las vacaciones y agarrar el auto e irme a pasar las fiestas lo más lejos posible, como hacía papá. Y vuelvo a pensar en él, será porque me gustaría saber dónde va a pasar mi viejo el año 2000, será porque lo extraño o lo quiero. Puede ser, pero no tiene remedio, está loco o no sé, pero no le importamos, y por eso mi vieja se merece que una vez en la vida pueda pasar el año nuevo del 2000 con sus dos hijos, como ella quería. Se lo dije a Coty, y ella terminó aceptando, pero me va a costar una cara de culo de mil quinientos kilómetros de largo. Y los pibes están insoportables. Coty los reta, no sé qué prefiero. Me callo y manejo. El camino es simple, el auto está en condiciones, me concentro, el viaje es demasiado largo y apenas empieza, estamos llegando a la General Paz. Después buscaremos el empalme con la Ricchieri, después, iremos para Ezeiza a empalmar con la ruta 3, después, 1300 kilómetros derecho hasta Madryn. Ezeiza…¿Porqué no fuimos en avión? Cierto, es más caro, y salen de Aeroparque. No sé por qué pienso las cosas que pienso. No sé por qué sigo pensando en papá.

domingo, 20 de julio de 2008

Limita (II)




(Viene de la Primera Parte: La lección)


Segunda Parte: El mejor amigo



Los tres chicos se van, pero Limita se va a encontrar de vuelta , unos días después, con los pibes más grandes, quienes le van a recordar lo que él dijo unos días atrás.

– ¿Te animarías a hacerlo ahora? Hay un gato al que lo queremos matar. Te conseguimos un caño limado y lo hacés. No te hagás drama, si no zafás sos menor, sabés que si caés, no tenés que decir nada.
– La tengo clara , pero no pensaría caer… si lo haría…
– Claro que sí, pero primero hay que ver si te animás o sos muy nene todavía.
– Decime por cuánta moneda y te digo.

Los grandes se rieron.

– Mucha, nene. Si matás a ese gato hay mucha, pero mucha pasta en juego. Mientras tanto, andá a comprarte un helado mientras vas pensando.

Y el interlocutor le estiró la mano y le dio un billete con un prócer que Limita había visto sólo en fotos, o en televisión o en volantes publicitarios.
– No les digas nada a los putos de tus amigos, decí que lo robaste.

Y Limita corrió y obedeció, y pensó, y se tomó tiempo para pensarlo hasta que le duró el dinero que cuidadosamente ocultó a su madre. Y a los dos días, decidió que aceptaba. Tenía un nudo en el estómago, pero lo supo transformar en emoción. Esperaba que le dijeran que era ahí mismo, cruzando esa calle, pero era más complicado. Tenía que ensayar, se tenía que endurecer. Primero lo mandaron a “arrebatar” a un jubilado a la salida de un banco, para entrenarle la obediencia y el arrojo. Corrió como veinte cuadras perdido por el centro, pero aguantó y pasó la prueba. Después le hicieron hacer algo peor. Estaba relacionado con su futura víctima y era atroz, pero por tal condición, era la prueba definitiva de su capacidad. Tenía que meterse en el patio de la casa de su futura víctima y matarle al perro.

– ¿Lo enveneno?
– No, eso es muy suavecito. Le tenés que cortar la garganta sin que el puto ese te oiga.

A Limita se le estremeció su pequeño corazón de piedra, pero supo aguantar. No obstante, Cóndor, el pibe más grande que le hablaba, lo apuró.

– ¿Qué, te cagás por tener que matar a un perro de mierda? Ni siquiera es un perro peligroso, está viejo y medio ciego. Queremos que el tipo se ponga nervioso para que se salga del hoyo y se nos venga al humo. Ahí intervenís vos. Pero primero tenés que hacer lo del perro. Después de eso, vas a trabajar para nosotros cuando quieras.

Lo del perro era la verdadera prueba final, y lo otro era recibirse. Y aunque fue simple porque como le habían dicho, era un perro viejo y casi ciego, y aunque logró entretenerlo con un cebo porque el instinto siempre es más fuerte, y aunque no hizo ruido porque no le costó pasarle el lazo y ajustárselo al hocico, y aferrar al animal para perpretar el crimen, cometió el error de mirar los ojos del perro mientras le clavaba la daga en la garganta. Y fue como clavársela él mismo y casi se delata porque lloró, sollozó en silencio como un chico, y se acordó de que lo era. Y sintió rabia por serlo, y entonces retorció la daga con furia, como si la culpa de su infancia fuera del animal, hasta que éste no se movió más. Y lo miró muerto, y el llanto brotó imposible de contener, y saltó la pared cuando una luz se encendió dentro de la casa, y el dolor dejó paso al terror, y corrió enloquecido por calles silenciosas sollozando agitado, mientras los ladridos y aullidos de otros perros parecían reprocharle el imperdonable asesinato que acababa de cometer.
Pero esa experiencia espantosa le había significado superar la última prueba, y ahora ya estaba preparado para la definitiva, sabía que lo haría porque no podría ser más horrendo que aquello, y lo iba a hacer con un caño limado, se lo iban a dar, y hasta le iban a dar un celular para decirle cuándo interceptarlo. Iba a ser en una plaza, a la tardecita, cuando las calles se empiezan a despoblar. Iban a ser dos tiros directos al estómago a quemarropa, desde bien cerca. Ahí, esperar que cayera, y el tercer tiro apuntárselo a la cara para darle en la cabeza y desfigurarlo. “Hacelo con odio, como con el perro”, le dijo el Condor, y el cargó su odio contra su víctima como si por su culpa hubiera tenido que matar al pobre perro viejo, cuando en realidad sabía que estaba matando a alguien que tan malo no debería ser porque se preocupaba por un pobre perro viejo. Pero después pensó que un perro viejo era para un puto fracasado y perdedor, y volvió el odio, ese odio que, no sabía por qué, le subía tan fácil por la sangre. Y finalmente lo hizo, mató al desconocido. Mató a su primer hombre a los once años, con un arma con las estrías y la aguja del percutor limadas, un arma preparada que nunca apareció.
Walter se acordó muchas veces de aquella tarde, porque Limita pasó a ser no sólo el nombre, sino también el recuerdo de aquella hazaña impune y el inicio de una leyenda en la villa, que duró varios años, que se cargó de miedo y de más muertes, hasta la muerte propia, a la avanzada edad de veinticuatro años. El diario, que leyó Walter en su celda hablaba de un enfrentamiento armado con la policía y contaba muy mal, en unas líneas inexactas la historia del apodo, decían que le llamaban así por su adicción al paco, que lo ponía violento, “limado”, según confiaban los testigos, quienes no olvidaban contar que su primer asesinato lo había cometido a los once años . Walter sabía que eso fue después, al final, si no, “nunca lo habrían agarrado”. Walter sabía también que en lo del paco, al Cholito le había ido peor que a Limita, y por eso se murió antes, de “zarpado”. Y si bien él ya no estaba cerca porque había caído igual que su hermano el Turco años antes, también sabía que, aunque Limita solía decir que no tenía corazón porque una vez había matado a un perro viejo y ciego, había que conocerlo para saber que no se perdonaba ni el crimen del pobre animal, ni la muerte sin gloria del Cholito, simplemente porque ellos habían sabido en su momento que Limita había llorado la vez del perro, como lloraron ellos cuando se los contó, y nunca más volvieron a hablar del tema. Y Walter también lloró al leer la noticia, porque muchas veces pensó que Limita sí que la había hecho bien, porque Limita nunca había caído, él mataba sin odio, él tenía huevos y se hacía valer, él se cargó a unos cuantos y se hizo respetar, y hasta tuvo banda propia, hizo cosas grandes y llego a tener protección. Pero un día lo batieron, algún hijo de puta como el primero al que él había matado. Y entonces, el círculo se cerró para siempre para Limita Vergara, mientras Walter abollaba la página del diario, llorando otra vez al pensar que él podía contestarle varios años después lo que no se atrevió a decirle aquella tarde en la que él contó que su hermano el Turco había caído preso por homicidio: quizás sólo la cárcel te permita llegar a viejo. Pero quién carajo quiere llegar a viejo. Walter Molina lo prefería. Limita Vergara seguro que no.

Limita (I)


Primera parte: La lección.

Un grupo de chicos de unos once años discute acaloradamente una tarde de verano polvorienta aunque pesada, en un barrio marginal del conurbano bonaerense, según la topografía periodística, en una villa, según la popular. Entre ellos está Limita, que todavía no se llama así, se llama Jorge, como el padre ausente; Jorgito, para la madre y los compañeros. El apellido no es Lima, es Vergara, y no tiene linaje más allá del padre alcohólico y violento y la madre golpeada. Jorge se la pasa en las callecitas de la villa, es bravo. En una época iba al colegio, pero otros trabajitos lo distraen cada vez más, y para colmo la madre, que trabaja todo el día, ya no lo puede controlar y sabe que si denuncia las “travesuras” del hijo, termina interviniendo una asistente social, y ya se sabe todo lo que pasa después, los trámites, el juez de menores, los Institutos donde los violan… La madre aguanta, los hermanos mayores no fueron mejores, ya se las arreglan por ahí, es preferible no saber. La madre hace rato que no puede más, y el futuro Limita, Jorgito, en el fondo piensa en ella, mientras es, de momento, un chico apenas travieso, en comparación con lo que será.
Y en aquella ocasión, los chicos de once años discutían una cuestión escalofriante: cuál era la mejor manera de matar a alguien. Lo de “mejor” implicaba un concepto complejo, ya que incluía una forma rápida, efectiva, económica, eficiente, capaz de, ante todo, no ser rastreada. El debate había comenzado instigado por la desgracia que acababa de ocurrirle a Walter, uno de los amigos de Jorge: su hermano el Turco había caído preso, y ahora intervenían fiscales y jueces, era serio, había matado a alguien en un robo. La reacción de Jorge fue violenta para los otros, como casi siempre. Le dijo a Walter que eso le pasaba por gil, por andar robando con cualquier fierro, poniéndose nerviosos y después dejándose agarrar. “y encima, mas vale que ahora no vaya a cantar…” dejaba flotando en el aire como si la culpa fuera de quien se dejaba agarrar, y no de quien había matado. Walter asomaba un enojo, pero no mucho porque le tenía miedo a Jorgito (quien odiaba que le dijeran así, salvo su madre), y exigía una explicación; sabía que a Jorge no le molestaba aleccionar con autoridad. Y entonces, Jorge dijo, en resumidas palabras, más o menos, que para empezar, el negocio de robar era una verdadera mierda peligrosa que no dejaba ningún beneficio para quien corría con el riesgo, es decir, el pibe chorro. “Ni siquiera los caños son de ellos”, sentenció con autoridad definitiva.
Los otros dos –además de Walter acompaña al disertante el Cholito, un morochito rapado “a la cero” llamado así por su parecido con el jugador de fútbol Simeone– escuchan atentos lo que viene. La moral de Jorge les resulta apasionante, porque sin saberlo Jorge ni ellos, sus ideas son las de un auténtico Maquivelo en su manera de razonar el delito, entendiéndolo como una ocupación más, una opción profesional para un pobre que no tiene muchas otras opciones de supervivencia. Entonces agrega:

– Si vas a matar, lo tenés que hacer bien, lo tenés que pensar, no te tienen que agarrar porque no zafás. Si matás, que sea por mucha plata, o por mucho más que eso: por poder. Tenés que ser un grosso si matás, si no, no hagás giladas.
– Y tenés que tener huevos también – agrega el Cholito.
– Más que eso, tenés que ser frío, no tenés que tener sentimiento para matar, tiene que ser un trabajo y listo –señala el especialista.
– A mí, si le tengo bronca no me importaría matar a un chabón –dice Walter–, o si estaría caliente o nervioso, pero si no me hizo nada, capaz que me da lástima.
– Entonces no salgas de caño, boludo – sentencia otra vez categórico el futuro Limita.
Limita sostiene que matar es el mejor negocio de la amplia plaza que ofrece la delincuencia. Es cuestión de ver quién se cotiza, es un trabajo caro, porque no es para cualquiera. Walter y el Cholito no se atreven a cuestionar la validez de los dichos de Jorge, es cierto que en su casa hay televisión y le gustan las películas de tiros y robos, pero en el barrio se aprende más, cuando se sabe escuchar.

– Si vas a matar que sea para alguien. En eso siempre te van a respetar. Si sabés matar, nadie te va joder. Yo lo haría por que sé como hay que hacerlo.

Y la afirmación corta el aire de ansiedad. Limita devuelve la demanda de sus amigos en una pregunta pedagógica: ¿Cómo matarían ustedes? Los chicos se devanan, hablan de métodos inverosímiles, sangrientos, ingenuos, exagerados, imposibles, hablan de botellas rotas, de armas caseras como astillas de madera, de ácidos que hacen desaparecer; el maestro los va conduciendo por el sendero del saber cuestionando cada una de las respuestas y planteos. Cuando la cuestión se agota en lo irrealizable, el maestro anuncia la respuesta:

– Es bien fácil: un caño limado, un buen caño limado.

Cuando los otros no entienden, Limita da una rústica cátedra de partes de un arma. Habla de la “aguja del percutor”, habla de “estrías”, dibuja en la tierra polvorienta con una ramita seca. Los otros dos lo escuchan azorados. De pronto aparecen otros más grandes, los quieren correr del lugar. Se produce un diálogo sobrador con los jóvenes mayores que los niños. Limita se defiende diciendo que está hablando de matar porque él es capaz de hacerlo, que si le dan un fierro limado lo hace. Los más grandes lo descalifican, y él argumenta con su lógica Maquiavélica. Los más grandes lo terminan felicitando, y le hacen más preguntas, saben que el pendejito es bravo. Y entonces le ponen el sobrenombre, y el chico empieza a ser pibe, tiene nombre propio. Los otros pibes más grandes le enseñan a él y sólo a él, de qué manera darles la mano, cómo saludarlos a cada uno de ellos como hacen “los del palo”. Y Limita toca el cielo con las manos, ya es grande, ya es grosso, y sus amigos unos giles, pero que lo admiran y lo veneran, y él les tiene que enseñar. Y la clase no podía terminar mejor.


(CONTINUARÁ)

viernes, 27 de junio de 2008

La puñalada



Ausencia, soledad, lo perdido,
un látigo castiga mi conciencia.

Nostalgia corrosiva
y tenaz
muerde mi espalda.

No tengo apuro,
pero las horas son
quienes corren,

cuando el tiempo se cierra
sobre sí mismo
como un abismo
en un bollo de papel,
o como una mano
al volverse puño.

sábado, 7 de junio de 2008

Que estás en la tierra


[Por aquél hermoso 8 de junio de 1990, de hace 18 años, hoy que la minoría de edad queda atrás, bienvenida mujer, que para mí siempre serás "esta nena" ...]



Hubo una vez en la que el tiempo
tejió una risa en nuestras vidas.
Digo que hubo porque fue antes,
aunque también sea una risa
que perdura,
y que nos despierta,
y que nos arrulla cada día.

Hubo una noche
en la que todo empezó,
y una suave bailarina
desde el vientre materno
decidió asomarse a nuestra historia.
Dormías en tu tibio y líquido universo,
y de pronto despertaste repentina y tormentosa,
como desde entonces siempre.
Todo estaba en calma al salir del consultorio,
más tarde los dolores, las corridas,
la aventura de nacer.
Y te vi llegar primero,
y guardé tus primeras imágenes
en la memoria y en la foto,
y como pasa en estos casos,
dejé de ser un poco yo
para ser nosotros
otro poco.

Bendigo aquella noche cada día
en tus inmensos ojos luminosos,
en las dispares armonías de tu voz
y de tu risa que corona gloriosamente las mañanas.
Bendigo tu vuelo libre
y cada uno de tus sueños
y todas tus alegrías,
y todos tus pensamientos,
así como maldigo
cada uno de tus sufrimientos.
Hija mía que estás en la tierra,
hoy glorifico tu nombre,
y los días de infancia que me diste,
y todo lo que me enseñaste:
aquella ternura de niña,
tu presente firmeza quinceañera.

Hija mía que estás en MI cielo,
hoy te digo que los padres siempre atrasan
y que sepas disculpar si al mirarte
veo a un duende de pómulos redondos,
de melena dorada,
y de ojos grandes como la felicidad:
así es,
los padres siempre atrasamos la mirada,
atrasamos el recuerdo,
vamos y venimos por el tiempo,
de una infancia a la otra,
y entonces voy y vengo,
de tus sueños a los míos,
del recuerdo al futuro,
y desde siempre al primero de los días,
a ese en que una risa
empezó a tejerse en nuestras vidas,
y se quedó para siempre,
y nos llenó de flores, de duendes,
de soles y de espejos,
y nos hizo mejores
y más puros y más buenos.

Hija nuestra que estás en la tierra,
tu memoria es nuestra vida eterna,
tu emoción es nuestro espejo,
tu existencia, nuestro camino de regreso.
Hija nuestra que hoy sos nuestra tierra,
gracias por los días,
por los colores nuevos que trajiste a nuestras vidas,
por la inocencia que recuperamos,
por todas las ilusiones
que nacieron y crecieron junto a vos,
por los recuerdos que compartimos,
por las nostalgias que vendrán,
y gracias también por querernos
más allá de lo que no hayamos podido darte.
Gracias por ser libre y por ser nuestra,
por ser dulce, por ser bella, por ser buena.
Y sobre todo gracias por descubrirnos
que a veces llorar juntos
puede ser algo hermoso.

Pilar , 1/10/05
FELIZ CUMPLEAÑOS

martes, 3 de junio de 2008

+++ Acerca de las condolencias +++

¿Qué hacer cuando lo único en verdad irremediable ya está consumado?

Hay quienes tienen el estómago suficientemente duro como para ser público fácil de velatorio. Hay quienes viven el espectáculo funerario como una obligación, la de consolar al deudo. Debo admitir que aunque corra el riesgo de hacerme fama de blando, no es mi fuerte el formar parte de ese público y rehuyo cobardemente el compromiso. Obviamente, me deprimen los velatorios por razones obvias, y su efecto me dura demasiado tiempo.

Es cierto, a veces podemos ser el bastón sobre el que otro se apoye en el trance más indeseable. Y allí estaremos escudando nuestra flaqueza en mostrarnos enteros para apuntalar a quien haga falta. Pero ¿qué decir?, si no hay palabra que pueda ante tanto silencio y ausencia. Vale el gesto, la presencia, la mano en el hombro, el favor que pueda presentarse si uno puede estar más despierto ante la pesadilla.

Pero la pompa funeraria puede ser para algunos ocasión de desplegar otro lenguaje: el del dolor de compromiso. La vida establece relaciones entre las personas, la muerte a veces las reconfirma, o replantea las relaciones con los vivos. Algunos sienten la necesidad de hacer visible y estentórea la condolencia: de eso viven las casas de arreglos florales, los fundidores de bronce, las agencias de avisos fúnebres.

Prefiero la sobriedad del gesto, el silencio acompañado de una mirada que cae al piso. Ni siquiera me es cómodo decir "lo lamento", ya que nunca será tan sincero como si lo dijera quien conocía al fallecido, y si fuera sincero, para qué decirlo. De todos modos, casi siempre es lamentable la muerte, dejando el casi para muy contadas ocasiones, en las que la muerte ajena sea un alivio para muchos otros: quiero decir que no lloraría la muerte Hitler. Pero, en fin, creo que nada hay que decir ante la muerte, que no sea palabrerío vano. La objetividad indica que hay que acompañar en silencio y atentamente a quien resulte más afectado, sin sobreactuaciones ni grandilocuencias que significarían un falta de respeto a la solemnidad y el vacío de esa despedida absoluta.

En síntesis, creo que cada uno tiene derecho a acompañar la muerte ajena con respeto por el deudo, pero sin compromisos ni actuaciones. No hace falta aclarar la seriedad de la cuestión, porque no es difícil ser considerado con quien pasó hoy por ese trance que un día nos tocará a nosotros. La consideración nace de nuestra propia conciencia de finitud, y eso es sagrado.

Y a propósito de eso... en cuanto a mí... Ya saben, aquél lejano día recuérdenme, no gasten en coronas, ni en avisos, ni en placas. Dilapiden en una buena fiesta, a la que lamentablemente, y por reales razones de fuerza mayor, no podré concurrir, pero ante el pequeño inconveniente, disfrunten por mí, como si la hubiera organizado yo mismo. Beban, coman manjares (no es bueno beber con el estómago vacío), bailen y ríanse de mis historias más graciosas. No me extañen, cuando no esté, los que me sobrevivan (porque espero que los haya) serán mi memoria, y forzosamente, estaré donde estén ellos. Gocen de la vida, disfruten de las almas y los cuerpos, y atrapen a la fugaz felicidad mientras dure. Y entonces, simplemente llénenme una copa vacía, y enciendan alguna llama por mí, que en una de esas...

En una de esas vuelvo a tirarle de los tobillos en medio de la noche al desgraciado que haya dado condolencias de compromiso por mí.

Lo lamento mucho.

sábado, 31 de mayo de 2008

El tiempo de Dios










El Ingeniero Aldo Moustache, oriundo de San Justo, Provincia de Buenos Aires, fue una injusta víctima de la ciencia, y a la vez, de la incomprensión humana hija de una paradoja del tiempo al que él mismo le dedicó su vida. Moustache fue un obsesivo por ese tema, desde su más tierna infancia planteaba a sus mayores sencillas preguntas sin solución, tales como cuándo comenzó el tiempo, y cuándo va a terminar. Algún tío, ex seminarista, le recomendó la lectura de las Confesiones de San Agustín, hablando del tiempo de los hombres y el de Dios. Las especulaciones del filósofo africano fueron un latigazo en su joven conciencia nacida tan sólo una década humana atrás. La idea de que el tiempo divino no podía ser tan limitado como para dividirse en pasado, presente y futuro, y que por lo tanto Dios vivía todos los tiempos en uno, sin la sucesividad del tiempo humano, lo deslumbró y cambió el rumbo de su existencia hacia una fantasía que habría de transformarse forjada por el estudio y la investigación en una teoría científica. Curiosamente, el muchacho se formó en un férreo ateísmo que se fortaleció elevando a la ciencia al rango de fe religiosa.
El joven Moustache fue un alumno universitario precoz y brillante: terminó la escuela secundaria tres años antes de lo normal, e ingresó en la carrera de Física de la Universidad Nacional de La Plata a la edad de 15 años. Completó sus estudios graduándose con honores tan sólo cuatro años más tarde. Investigador de post-grado a los 19 años, Moustache continúo el cursus honoris previsible y se recibió de Doctor en Física a los 22 años. Al mismo tiempo había cursado en paralelo estudios de Filosofía e Ingeniería. Curiosamente, éste último título, de los muchos que ostentara desde los 25 años en adelante, fue el que perduró hasta en su temprana lápida, aunque haya muerto a unos aparentes 84 años, más allá de las fechas oficiales de nacimiento y defunción: 1925-1965.
Para 1950, Moustache regresa de los Estados Unidos convertido en un respetable Ingeniero Físico. Cuenta con un subsidio del Massachusetts Institute of Technology para montar un laboratorio en San Justo, evidentemente una excentricidad que se le permite al, por otra parte, discreto, brillante y promisorio científico argentino. A partir de allí los pormenores de la investigación de Moustache y su relación con el MIT se hacen difusos, sólo es posible saber que el tema siempre es el mismo: las fisuras temporales o la búsqueda de las variables espacio-tiempo que harían posible unir pasado, presente y futuro. Sólo una cosa pudo saberse del proyecto: que ostentaba entre los entendidos el místico nombre de "El tiempo de Dios", nombre que suma una nueva paradoja si se tiene en cuenta que fue un ateo convencido como Moustache quien le dio vida.
El proyecto parece que naufragó oficialmente por falta de avances que fueran más allá de la especulación teórica, y dicen las malas lenguas que los americanos acusaron a Moustache de haber malgastado el dinero del subsidio en una absurda investigación en el lugar más inapropiado para un trabajo de tales características. El olvido, el oprobio y la mala fama se encargaron del resto. La carrera oficial de Moustache finalizó hacia 1960, cuando la intelligenzia científica local (la internacional ya lo había hecho) le terminó de retirar el saludo. Recluido en su San Justo natal, Moustache consiguió apoyos financieros misteriosos, algunos dicen que eran restos de lo que birlara a los americanos, otros plantean financiamiento soviético a través de la incipiente Cuba castrista, y hasta hay quienes plantean una cuidadosa combinación de ambas. Pero la mayor parte de los que estaban al tanto de la cuestión lo tomaron simplemente por un payaso o un loco, y ni siquiera creyeron que alguna vez El tiempo de Dios haya continuado, a pesar de la existencia de testigos que aún hoy señalen lo contrario.
El Doctor Mariano Caravetta fue colaborador de Moustache entre 1961 y 1965, año del fallecimiento del Ingeniero por causas naturales, aunque muy poco claras. Caravetta aseguraba que en los fondos de la casa de San Justo se construyó un misterioso “gabinete galvanizado” al que denominaban "La ermita", en consonancia con el irónico nombre místico del proyecto. Lamentablemente el propio Caravetta falleció hace algunos años internado en una institución neuropsiquiátrica, lo cual no impide que su hijo Augusto siga sosteniendo hasta hoy en día tanto la historia de EL tiempo de Dios como la cordura de su padre. El hecho en sí es que Caravetta aseguraba que Moustache había logrado viajar por el tiempo, encerrándose en la ermita antes mencionada. El problema, según Caravetti, era que Moustache no había podido hallar todas las variables necesarias para dominar e ingresar al tiempo de Dios, es decir a esa conjunción de coordenadas físicas que hacen posible vivir todos los momentos en uno. Para empezar, Moustache había conseguido solamente viajar "en línea recta", es decir, a través de su propia existencia, de tal modo que se había encontrado siempre con él mismo, primero en el pasado reciente, luego en una época más lejana. Pero siempre viajaba a momentos de su propia vida en los que él estaba presente. No obstante, no pudo establecer ningún contacto, estaba en el lugar como un fantasma. Dos datos más agregan asombro a la historia: el tiempo para el Ingeniero transcurría a mayor velocidad, y él presenciaba todo no sólo más rápido, sino al revés, como una película en reversa. Moustache vio su vida de adelante para atrás, sin poder revertir el proceso, estaba obsesionado con "encontrar la curva en la que el tiempo se replegara sobre sí mismo", y entonces pasado, presente y futuro se volverían uno sólo, en un solo momento que sería la eternidad, El tiempo de Dios.
Por desgracia, y siempre según Caravetta, Moustache se negaba a admitir una evidencia demasiado visible para sus colaboradores: cada vez que salía del gabinete, su apariencia física había envejecido algunos años, si bien nunca se sometió a sesiones de más de dos horas. El resto de sus colaboradores no corrobora la versión de Caravetta, y adscriben a la versión oficial que sostiene que Moustache se sometió a una descarga de rayos desconocidos que le provocaron un envejecimiento celular anticipado, y por consiguiente, la muerte a los 40 años con la apariencia de un hombre de 84, según lo que el propio Moustache terminó por calcular. Esta especie de contraindicación aparente del viajar por el tiempo es, siempre según Caravetta, lo que terminó por impedirle al Ingeniero de San Justo resolver el pliegue que según él lo fusionaría con todos sus otros yo en un solo instante del que él podría regresar al tiempo humano contando con cualquier edad, pero siempre vivo, ya que el rango temporal en el que se estaría moviendo, en principio, excluiría al futuro, o sea, a los años posteriores a 1965, y la sesión de dos horas no era suficiente para abarcar a un pasado anterior a su nacimiento, lo que lo llevaría a no existir.

 
El impresionante testimonio de Caravetta queda por desgracia empañado por otros datos que se agregan a la antes mencionada insanía psíquica: él mismo admite no haber visto nunca nada de lo que ocurría dentro del gabinete (estaba sellado herméticamente durante las sesiones), por un lado, mientras por otra parte se transformó en el propio destructor de la única evidencia, cumpliendo con una última voluntad del envejecido prematuramente y moribundo Moustache: la destrucción absoluta de la ermita y todas las notas y documentos que dejaran testimonio del tiempo de Dios. Aparentemente en sus últimos días, Moustache se volvió escéptico y amargado, no quiso que sus hallazgos fueran finalmente robados por aquellos que lo habían sepultado en la vergüenza y lo habían borrado de la memoria científica y humana. De nada valió la súplica del fiel Caravetta: Moustache que era ateo hasta la médula, y más aún en sus últimos días, le hizo jurar al devoto y muy cristiano colaborador que cumpliría con su resentido deseo. Y así fue hecho.
Su hijo Augusto cuenta que su padre no estaba loco porque un demente jamás podría haber muerto diciendo una cosa tan coherente. En su aparente delirio final, Caravetta miró al vacío diciendo: “Ahora comprenderá Usted, señor Ingeniero, por qué no pudo en este lado del tiempo alcanzar el pliegue del tiempo de Dios. Si hubiera comprendido lo que San Agustín escribió, hubiera entendido no sólo que los mortales no pueden alcanzarlo, sencillamente porque el pliegue es la muerte. Pero, en fin, deberemos continuar esta discusión en otra parte”. Y entonces, él también se entregó a la eternidad. Augusto Caravetta, quien de niño conoció muy bien al Ingeniero Aldo Moustache, sostiene que este era tan científicamente obstinado que si las últimas palabras de su padre se cumplieran, seguramente el ateo científico no daría el brazo a torcer, convencido de que ningún imperfecto dios humano forjado por la deficiente aunque brillante especulación también humana iba a venir a opacarle la gloria de su inmenso descubrimiento científico.
Desafortunadamente, quiso el azar, el destino o quizás el mismo Dios, que creer o no en esta historia termine siendo sólo una cuestión de fe.

lunes, 12 de mayo de 2008

Gianni II: La ventana mágica.

Gianni y tía Bruna en la playa (¿Anzio quizás?) alrededor de 1946


De los mismos años, una historia más risueña y con final feliz, aunque la tragedia representada aparezca como verdadero telón de fondo.

La tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela la Nonna, la misma tía que pronosticó el día que yo nací que sería presidente de la Argentina, repartiendo cintas celestes y blancas a quien se le cruzara (tía que no llegué a conocerte más que en eufóricos relatos de tu alegría desbordante: ¿qué destino cruel esperabas para este humilde servidor?), la querida y desconocida por mí tía Bruna, la "loca linda" de la familia, llevó a mi papá-niño a la ópera a ver Tosca, y ya nada volvería a ser igual para él, el espectáculo se le metió en el alma para siempre.

La obra transcurre enteramente en el Castell Sant'Angelo, distante a unas treinta cuadras de la casa de los Lunadei, en el centro de Roma, a orillas del río Tiber. El último acto transcurre en la terraza del castillo, Cavaradossi, el amado de Tosca, está preso allí; el malvado Scarpa lo encerró sabiendo de sus actividades revolucionarias y lo condenó a muerte. Scarpa desea perversamente a Tosca. En el acto anterior la muchacha va al despacho de Scarpa a rogar por la vida de su amor. El villano despreciable le pide a la joven la entrega de su cuerpo a cambio de simular la ejecución de Cavaradossi, programada para un rato más tarde, con balas de salva. Tosca accede, asegurándose de que Scarpa firme un papel en el que se supone que dará la orden, sin saber que el malvado miente. Cuando él, en un repugnante abrazo se dispone a poseer el cuerpo deseado con lascivia, Tosca recibe el abrazo apuñalando heroicamente al perverso, quien muere en sus brazos. Ella huye a avisar a su amado de la supuesta simulación que éste debe hacer, sin que nadie advierta aún el asesinato. Tosca le da las intrucciones a Cavaradossi, quien una escena antes canta una de las áreas más hermosas de la obra "E lucevan le stelle", donde evoca a la amada a quien no verá nunca más. La escenografía espectacular de la ópera reproduce al detalle el castillo, y papá pensó que el teatro era una ventana mágica que mostraba lo que realmente estaba pasando en ese lugar por el que él pasaba siempre. Desde ya, la historia era fuerte para un pequeño espíritu sensible como el suyo. Pero los espíritus sensibles se alimentan de las tragedias, y papá estaba fascinado.

La historia continúa, como buena ópera, con el final trágico imaginado: no hay balas de salva, Cavaradossi es fusilado de verdad, mientras Tosca piensa que se trata de una simulación, y observa despreocupada la escena. los soldados se retiran, Tosca espera. Luego de un rato, se le acerca a Cavaradossi, le habla dulcemente, pero él no responde, no se mueve, no respira. Tosca enloquece al comprobar la traición final de Scarpa. Mientras tanto, se descubre el asesinato cometido por la desesperada mujer, un grito lo advierte. Los soldados ascienden a la terraza y reaparecen en escena. Tosca se despide de Cavaradossi muerto, le dice que pronto se reencontrarán, y ante la vista atónita de sus perseguidores se arroja al vacío. La orquesta bate a fondo todos sus instrumentos, y en unos resonantes e inolvidables acordes finaliza la ópera. Telón final. Papá, shoqueado, se quedó mudo, y la tía Bruna pensó que quizás la obra hubiera aburrido al chico.

A la mañana siguiente, al despertar, no pudieron encontrar a papá por ningún lado, ni siquiera en el vecindario. Nunca supe cómo dieron con él, pero lo cierto fue que ya se imaginarán adónde estaba: se había escabullido bien temprano, no había podido dormir, había caminado las treinta cuadras que conocía bien para ver si estaba el cuerpo de Tosca en la vereda, y ni siquiera vio rastros de sangre, ni baldosas rotas por el impacto de la caída. No pudo dejarle una ofrenda, aunque sí le quedó la duda de cómo funcionaba aquella ventana mágica.

Y averiguar eso le llevó el resto de su vida.

lunes, 21 de abril de 2008

Gianni


Me permito el pecado de la autorreferencialidad, pero le debo la evocación y la memoria a papá. Nació en Roma con el nombre de Giovanni Marcello un 2 de mayo de 1938. Aquel día la ciudad estuvo paralizada por el encuentro entre Hitler y Mussolini. Mi abuela tuvo un parto muy complicado que le hizo perder la matriz, quedando imposibilitada para tener más hijos. Fue atendida por una guardia mínima que había en el hospital, y estuvo cerca de perder la vida: contaba que perdió litros de sangre, lo recordaba cuando veía las botellas de vidrio de un litro, “botellas como ésta me sacaban, llenas de sangre”, decía. De allí en más, ese nacimiento pareció marcar trágicamente el resto de la infancia de papá: mi abuelo estaría desaparecido durante meses, con intermitencias; Italia se embarcaría en la Segunda Guerra Mundial de la mano del bando más cruel y asesino que recuerde la humanidad; vivirían bombardeos, muerte y hambre. Por mi abuela sé que en los últimos tiempos de Mussolini, Roma fue una ciudad virtualmente tomada por los nazis. Si la Resistencia a la cual mi abuelo pertenecía, los partisanos, asesinaba a algún oficial nazi, los alemanes fusilaban a diez italianos al azahar que pasaban por la calle. Una vez mi abuela lo advirtió y se escondió en el umbral de un edificio. Esperó aterrorizada. Esperó que pasaran otros. Pensó en su hijo único en la vida, en su esposo que nunca se sabía si volvía. Pensó que no sabía por qué la gente quiere seguir viviendo aunque sea en ese horror, volvió a pensar en su hijo sólo y abandonado en el infierno, cuando escuchó la descarga fatal que terminó con los que morían en su lugar. Para mí fue la Nonna, se llamaba Ada, y no le fue feliz sobrevivir a aquello y otros horrores más.
La historia sigue con desgarros: caminar kilómetros para conseguir comida, ocultar a mi abuelo cuando estaba en casa y lo venía a buscar la policía o el ejército: técnicamente era desertor, clandestinamente era partisano. Se tenía que ir para no poner en peligro a la familia. Alguna vez un portero de su edificio que era colaboracionista le salvó el pellejo: mi papá estaba jugando en la casa con cosas que encontraba por ahí. Abrió un cajón y encontró que estaba lleno de clavos “miguelito” que mi abuelo, el Nonno, guardaba para sabotear vehículos fascistas. Obviamente su sola tenencia implicaba estar mezclado en actividades terroristas, y significaban la pena de muerte. Papá quedó fascinado con esos clavos con forma de medio signo de infinito, que siempre caen parados, con sus amenazantes puntas para arriba. E hizo el experimento de arrojar algunos por la ventana. Pasó una patrulla que vio caer los clavos, aunque aparentemente no advirtió de dónde caían. La patrulla buscó la puerta del edificio de inmediato, pero el paso les fue cortado por el portero. Los soldados querían subir, en el edificio había cuatro departamentos repartidos en dos pisos, el portero no los dejó, alegó que en su edificio vivía gente respetable. Invocó nombres, amistades, influencias y “credenciales” que hacían de él un buen fascista. Milagrosamente, los soldados se acobardaron y se fueron para no volver. Pero mi padre-niño no se salvó de una gran paliza provocada por la crisis de nervios de mi abuelo que cientos de veces había insistido a mi díscolo padre que no tocara aquellos cajones. Grave error tentar a ese geniecillo curioso que más tarde habría de saciar infinitas curiosidades. En cuanto a mi abuelo, el portero le salvó la vida porque a pesar de saber o sospechar lo que hacía, simplemente lo quería, el nonno era demasiado bueno para entregarlo. No sería extraño que el portero hiciera lo que hacía por miedo. No sería raro que admirara el coraje de aquél albañil simple y con convicciones.
Otra vez mi papá estaba jugando en la vereda de su casa, y una formación de soldados y Jeeps alemanes pasó por la calle. Papá suponía que por ser rubio le habrá hecho recordar al oficial a cargo a su hijo. Lo cierto es que mandó a detener la formación e hizo subir a mi papá al Jeep. Los vecinos que vieron la escena vieron un secuestro, una reprimenda cruel o un chantaje hacia mi abuelo. Mi papá lo vivió de manera diferente: el oficial alemán lo llevó de paseo por Roma, le puso su gorra impecable, lo hizo vivir la fantasía de ser un pequeño rey por un rato. Y para colmo remató la aventura convidándole ¡un enorme helado! Papá jamás había probado uno, el alimento alcanzaba para darle de comer un huevo crudo por comida, ya que la albúmina contenía las proteínas necesarias para la subsistencia. Aún en sus últimos años, conservó la costumbre de almorzar huevos apenas pasados por agua y de “merendar” después de su siesta ritual, un huevo crudo, absorbido directamente de un pequeño agujero que le practicaba a la cáscara. El paseo de papá termino con saludos cordiales en alemán, cuando el oficial lo dejó nuevamente en la puerta de su casa. Mis abuelos estaban desesperados, convencidos de que vivirían la tragedia más espantosa de sus vidas. Mi papá nunca pudo olvidar la emoción única y feliz que le produjo aquel paseo.
Y después llegaron los americanos, tras la caída de Mussolini, y mi abuelo otra vez lejos, y mi abuela abandonada, prostituyéndose por hambre. Papá empezó a entender lo que pasaba, tuvo que crecer de golpe, aunque se refugiaba en su fantasía, representaba obritas improvisadas de teatro en una ventana, para sus vecinos. Mi tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela, lo llevaba a la ópera, que quedaba a unas pocas cuadras de su casa. Y entonces Papá encontró su refugio más seguro: el arte. Después terminó la guerra, se quedó el hambre. Mi abuelo supo lo de mi abuela, le costó entender. A veces rompía en ira ante papá, se distanciaban, se buscaban nuevamente y volvían a empezar.
Un día mi abuelo cobró un sueldo, e invitó a papá y a la Nonna a vivir un lujo inolvidable: ir a comer una pizza. Todo era exquisito y feliz, hasta que surgieron los viejos rencores de la pareja. Comenzó la discusión y se cruzaron los reproches. De pronto Ada se quebró, y arrebatada por la deseperación salió corriendo a la calle amenazando con matarse. El Nonno y papá salieron corriendo detrás. Al llegar a la vereda, Ada se arrojó al paso de un auto. El vehículo llegó a frenar a centímetros de su cabeza, ante la vista azorada de su esposo y su hijo.
Todo parece indicar que tras aquello mi abuela abandonó a mi abuelo para probar suerte en Argentina junto a su hermana Bruna. La distancia operó la reconciliación y la añoranza. Mi abuela, que era modista de alta costura, estaba trabajando bien en el otro lado del mundo, y empezó a ahorrar para enviar los dos pasajes que hacían falta para reunir a la familia. Pero no alcanzó, sólo llegó a poder comprar uno. Lógicamente, mi abuelo iba a enviar a papá, de 12 años, solo. Incapaz de decirle la verdad, le hizo creer que irían juntos, le habló de aquél lejano y maravilloso país, del reencuentro con la madre, del futuro en común. Papá soñó con aquél día, y cuando al fin llegó, se encaminó al puerto de la mano del nonno Emilio, quien subió al barco junto a él, lo entregó a un oficial que debía hacerse cargo de cuidarlo pero que desapareció ni bien el barco zarpó, y salió repentinamente corriendo cuando se avisó que descendieran los visitantes. Papá vio su pañuelo blanco agitarse desde el muelle llorando y pidiendo perdón. De todo lo horrible que vivió en su vida, papá recordaría especialmente ese viaje como su peor pesadilla, como el punto más bajo del abandono y de la debilidad humana: los chicos mayores que él lo golpeaban y le robaban la comida, debió arreglarse como pudo, engañado y abandonado viajando hacia un país que ni siquiera sabía dónde quedaba ni cómo sería. Poco tiempo después, Emilio se sumó a la familia, pero la relación con papá nunca iba a ser buena. En cambio para mi abuela, papá siempre fue su tesoro y orgullo más preciados. Pero papá sentía vergüenza de ella, y la traducía en frases humorísticas tremendas y punzantes que mi abuela no terminaba de entender porque papá las solía decir en castellano. O quizás, Ada no quería entender, o si lo hacía, nada iba a cambiar su amor incondicional: papá siempre fue su vida, ya que a la suya parecía haber renunciado cuando vio cómo se llevaban botellas de vidrio de un litro con su sangre, de allí en más, salvar su vida había sido salvar la vida de papá ¿Quién iba a negarle, tantos años después, que todo ese sacrificio providencial había sido por su misión divina de ver triunfar a su hijo? Y no sólo pudo verlo, sino que además eso le dio sentido a la otra mitad de su vida, plagada de privaciones, de tristeza y desengaños, con la constante evocación de aquellos años infelices de los que siempre hablaba, mientras Emilio se obstinaba en callar.
En cuanto a papá, la familia se instaló en Ramos Mejía, adonde se hizo amigo de un chico del barrio un singular muchacho brillante, activo, intelectual y divertido que se llamaba Roberto. Gianni era irresistible con las mujeres, su simpatía y dotes de seducción las hacían sucumbir de una forma admirable. Roberto apreciaba este don, aunque no tanto cuando se trató de cruzarlo eventualmente con su propia hermana, Alicia. De nada valieron las advertencias del hermano menor a la hermana mayor, el tanito de la barra flechó el corazón indefenso de la hermosa muchacha, esa joya escondida por Roberto, que sabía bien de quiénes la preservaba. Y claro, esa joya es mi mamá, pero que yo llegue a contar esta historia fue complicado, y en todo caso, será otro capítulo.
Mientras tanto, vuelvo a su recuerdo, una y otra vez, lo veo siempre contando esto mismo, como si hubiésemos ido a cenar anoche. Y en un rincón del alma, pienso que es así. Aún comparto con él las cosas más bellas de mi vida, la pasión por el arte, el gusto por los buenos vinos y los manjares, la alegría de vivir intensamente. Releo los libros que heredé de él, mis ojos recorren las mismas páginas que a él le dieran tanto placer. Recuerdo sus emociones profundas, su voz grave y modulada al contar esta historia, sus manos dando vueltas como golondrinas al hablar, igual a como lo hacen las mías. Para mí, papá sigue siendo aquél héroe de la infancia, el que me montaba en sus hombros y me hablaba de la vida, el teatro, la literatura. Ese a quien yo escuchaba como se escucha a un sabio, a un héroe, una leyenda. Para mí, papá sigue siendo un triunfador eterno, un gigante que se sobrepuso a la tragedia de su infancia. Nuestro Occidente suele reescribir las historias de adelante para atrás, y a veces las personas parecen reducir su vida a su forma de morir. Desde ya, esto constituye una muestra de nuestro mal gusto, y se manifiesta especialmente en el caso de los suicidas. Papá lo fue, desde ya, pero la gente suele ser todo lo que hizo además de morirse. Y papá fue muchas cosas maravillosas e increíbles, además de ser un suicida. Su muerte sólo fue el revés artero de la historia trágica que él había superado sin saberlo, casi como si esa bala se hubiera disparado 60 años antes para estallar inesperadamente aquel nefasto día negro de 1998. En cuanto a mí, rescato la historia para entender y hacer entender el absurdo de toda muerte, para después recurrir a la negación y al recuerdo que todo lo arregla y embellece. Así es que papá entra en mis sueños y me cuenta chistes obscenos, me comenta al oído sobre mujeres bellas que veo por la calle, me recita poemas y me explica óperas mientras leo o escucho, y ahora entra por esa puerta, se sienta a mi lado, se emociona a su manera, relee, y me critica, corrigiendo algunos párrafos.

Gracias papá, gracias maestro. Gracias Goliardo mayor.



ALEJANDRO


PD: No seas tan duro en tus críticas, lo mío es puro cariño.

domingo, 20 de abril de 2008

Interrupciones



La primera escena comenzaría con un plano desde una cámara al ras del piso. Un living-comedor de piso de madera, que parece amplio por la desproporción del ángulo del cuadro. Sentado sobre el parquet un niño jugando con muñecos y un camión, muy enfrascado en una historia que va entretejiendo a cada instante en su imaginación. La sed de vivenciar lo inesperado, de ir escribiendo a cada rato lo que ocurre en su ensoñación, se traduce con sonidos estruendosos que dispara su boca, chasquidos de lengua y dientes, explosiones de moflete. Entran al fondo del cuadro las piernas de su madre, y se entreabre la puerta de atrás, que es la principal de la casa o departamento. Los sonidos del niño continúan, pero de fondo se escucha un diálogo de saludos cordiales. La voz lejana de la madre corta la animada fantasía infantil.

– ¡Chachi, vení a saludar a la tía Maruja!
El niño, apenas disimulando el fastidio, se aleja de la cámara corriendo hacia la puerta del fondo del cuadro, mientras la madre agrega:
– Después levantás todos los juguetes y terminás la tarea ¿Preparaste lo de la escuela para mañana...?

Corte a: un bosque, de día un lejano cantar de aves exóticas, sobre un murmullo de aguas cercanas. El sol se filtra en hilos dorados entre el follaje espeso. La cámara sigue a un joven, parecido al niño anterior, como si hubiera crecido. Viene con un largavistas, distraído, observando a las aves. Vemos a una serie de aves en subjetiva, hasta que algo llama su atención atrás, en la laguna sobre la que cae la cascada. Trata de enfocar y ve un cuerpo humano luchando contra el agua, ve a alguien ahogándose. Sin pensarlo corre, corre y en un instante infinito y confuso, llega hasta la orilla del lago. Ve a una joven hermosa, bañando completamente desnuda, quien no parece alterarse por su abrupta llegada. El se sonroja y asoma una disculpa tímida. “perdón, dice, me asusté, pensé que estabas en problemas”. Ella sonríe con infinita bondad y le dice “disculpame si te asusté, es que el agua está tan fresca…”, y se sumerge mostrando sus plantas de sirena, para emerger al rato asomando su cuerpo hasta la cintura, plateando con el reflejo del agua sus pechos de fruta madura, pegando a su frente y su espalda sus cabellos mojado como dulces serpientes dormidas. El deja los largavistas a un costado, se sienta para sacarse los borceguíes, y en unos pocos manotazos se desnuda casi por completo. Ella lo espera, es se mete y nada, el agua está apenas un poco más fresca que la temperatura de su cuerpo, y tiene la densidad de las sábanas recién lavadas y perfumadas. Se desliza hasta alcanzarla, la siente tibia y suave en el abrazo. La boca de ella respira junto a la suya, y el sonido turbio del despertador lo sacude. Se despierta para ir al colegio mordiendo y golpeando la almohada por un sueño que muy pronto olvidará.

Corte a: plano aéreo de un estadio de fútbol repleto. Al acercarse a la tribuna, la cámara encuentra al joven, quien ahora aparenta unos treinta años, es decir, no está surcado por arrugas más que en la frente, que ha crecido un tanto a causa del implacable avance de la alopecia. El hombre grita entusiasta, se lo ve inspirado, disfrutando del espectáculo. De pronto algo parece llamar la atención a sus espaldas. La cámara muestra disturbio en la parte más alta del estadio. Se ve al árbitro señalar la suspensión. Luego de un instante vemos al hombre regresando por una calle, tirando en un tacho de basura la corneta que había llevado a la cancha.
Mientras el hombre se aleja caminando por calles desiertas, una leyenda sobreimprime la imagen:

“¿Te parece una historia demasiado simple? Con esta misma idea Orson Wells hizo la mejor película de todos los tiempos.”

Y en letras más grandes, la leyenda final:

“Las interrupciones frustran historias, pero generan otras. Tu vida es lo que pasa en el medio.”

Y agrego ¿A quién puedo venderle este guión?

jueves, 21 de febrero de 2008

Thálassa

Caminar por la orilla del mar es siempre un renacer.Tal vez porque las olas parecen cada vez las mismas pero nunca lo son; debería ser mónotono pero no es difícil mirar, escuchar, oler y entender por qué no lo es. El mar es sencillamente como la vida, siempre lo mismo pero nunca igual, moviéndose sin que nada visible lo impulse, imprevisible pero legible, calmo pero incesante, furioso antes y luego tranquilo, llevando por igual tormentas y cielos despejados, tragando y trayendo, subiendo y bajando irremediable, yendo y volviendo imperceptible. Pararse y mirarlo de frente, como quien está dispuesto a cruzar las grandes aguas. Recorrer sus orillas interminables, donde los hombres ponen nombres: Aguas Verdes, La Lucila, Costa Azul, San Bernardo, Mar de Ajó; Costa del Este, Mar del Tuyú, La Meca. Pasa el mar, pasa la gente, y las estaciones; vamos y venimos como olas; pasan los años y las invasiones, caballos, personas, perros, bicicletas, cuatriciclos alevosos, camionetas portentosas encajadas en la arena que despiertan nuestra risa: el mar siempre se venga de los soberbios, hay que respetarlo, aunque algunos crean que es una escenografía estival montada para ellos exclusivamente; él los escupe a su manera porque siempre reconoce a los violadores de santuarios que andan por el mundo sin saber que el mar no se muere en el invierno, respira hondo y junta fuerzas para soportar el duro verano. El Thálassa de Homero, eterno. Mar de sal, mar de arena, mar de viento, mar de agua blanda que pulveriza pacientemente la roca indestructible, ruta infalible a nuevos mundos y decubrimientos, porque al fin y al cabo descubrir es la mejor forma de descubrirse (será por eso que los cuerpos se descubren frente al mar, se desnudan, se revelan en la belleza de sus imperfecciones). Presencia incansable del silencio como un arrullo infinito, al mar se lo lleva siempre adentro. La encontré en el mar, la busqué, y ahora camina a mi lado después de dos vidas; los años pasaron y no, siempre estuvieron allí, como el mar mismo. Caminar por el mar es transitar por una metáfora grandiosa.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Primer día del séptimo día


En especial,
a los amigos que están lejos,
que supieron hacer de éstos
los días más felices.


Díganme que no es domingo,
que los pájaros no se arrojan en picada
de los árboles, para reventar
contra la tierra seca y resquebrajada;
que el recuerdo no huele a ausencias
y que mañana el show no sigue
como si nada.

Díganme que el humo llama,
huele a primicias y a manjares,
hay ruido de corchos liberados
en el aire,
hay ruido de risas
y de voces familiares,
no es recuerdo,
lo oigo, lo huelo, lo veo,
pero es otro domingo,
díganme que es hoy entonces.

Díganme que no es domingo,
es ningún día,
que no camino en un desierto,
ni miro pasar las horas
como si no fueran,
que no espero el mañana
con certeza de muerte,
no me agobia el día en su sopor,
no hay vacío,
ni angustia,
ni suicidas del calendario
prestos en las terrazas,
ni pérdidas ni azotes del tiempo
en la memoria congelada.

Simplemente
díganme que hoy no es domingo,
que es sólo hoy,
una anónima jornada
sin nombre,
el día que viene después de ayer.




A.L.
Pilar, domingo 18 de noviembre de 2007, 12.08 hs.
Poco antes de empezar a corregir.

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Postales de un profesor a fin de año

Instituto Modelo de Pilar, un verdadero "segundo hogar"




A mis queridos alumnos, más allá de los promedios.

A las cuatro de la mañana suena el embrujado radiodespertador, correctamente sintonizado en una interferencia demoníaca que fffggsrrrmmmzzzxxxxea a la que todavía no es mañana ¿Alguien podrá decirme por qué las estaciones de radio se corren de lugar? Dormito sin levantarme unos 30 minutos, repasando a medias las tareas pendientes: corregir, corregir y corregir. De pronto, despierto bajo la ducha tibia, comienzo a mostrar signos vitales poco a poco. Quizás a las 5.30 esté instalado trabajando en mi escritorio, un ojo puesto en el reloj, el otro en las pruebas. El silencio bohemio de la urbe dormida es la mejor música; es raro, pero hasta lo disfruto. Más tarde vendrán los mates.
A las siete de la mañana la casa es una especie de homiguero, la esposa va y viene, la hija todavía duerme por un rato, el hijo sale como un autómata a trabajar, muchas veces antes que yo. Bajo a la cocina, y nuestra compañera y amiga Marina está instalada ¡corrigiendo! No es una visión, viene a hacer tiempo a casa (para un docente "hacer tiempo" es sinónimo de corregir, sea a la hora que sea), porque nuestro común compañero y amigo Martin (sin acento en la i, para todo el mundo) la acerca desde Olivos, de camino al Instituto Modelo de Pilar, adonde él deja a su pequeña niña en el colegio y sigue de largo hacia el St John's, donde trabajamos los tres. Charlamos de pasada un rato con Marina, mientras el portafolios me tironea y me arrastra hacia la puerta para salir, justamente, hacia alguno de esos dos colegios. Más tarde veré tanto a Martin como a Marina en la sala de profesores del colegio de nombre inglés, y seguiremos la eterna charla inconclusa de la mañana, hasta que, como siempre, el timbre interrumpa. El triángulo colegial se completará tres tardes a la semana con el Santa María, adonde me encontraré en el aula, al menos por lo que queda de este año, a la hija que dormía, aunque esta vez despierta, o intentándolo. Pero hasta que eso ocurra, cientos de caras juveniles pasarán por mis ojos, pasaré por diversas emociones, seré lazarillo de poetas ciegos a los que guiaré ante los jóvenes dormidos, iré de Borges a Homero y de Homero a Homero Simpson, surgirán temas diversos, pondré unos y dieces por igual, como un monje dando bendiciones y penitencias o la eucaristía, o como un banquero prestando o negando dinero. Sermonearé, contaré anécdotas, me indignaré con los que no estudian, hablaremos del tiempo, de fútbol, de lo excelso y de la miseria humana, de la actualidad y de la Antigua Grecia, del Quijote y del Gran Hermano (¿Sancho?), de las pruebas que no terminé de corregir o de las uñas encarnadas y cómo curarlas. Trabajo de hablar, y claro que es lo que más me gusta, porque para que los temas salgan también hay que escuchar, porque comparto mi tiempo con gente joven que debería aburrirse con todo esto, pero hasta a veces parece que no la pasan mal y todo. Después de todo, yo también me divierto con ellos.
Pero estamos en noviembre, y si bien es primavera y el verano ya se acerca, la gente en las instituciones educativas se marchita a esta altura del año. Las salas de profesores rezuman cansancio por todos lados, se habla de exámenes, de mesas, de cierres de notas, de corregir, y casi como si estuviera prohibido, no se menciona la proximidad de las vacaciones: una densa cortina de obligaciones y stress no nos deja ver el sol que viene asomando. Y mientras tanto, reina el "no doy más" como idea fuerza.
El panorama en las aulas no es muy distinto: si el profesor encabeza un enunciado con la frase "les voy a encargar..." el aula resoplará como un neumático pinchado, aunque lo que siga sea "...que disfruten de la vida", nunca lo escucharán, las quejas lloverán como torrentes. La siguiente escena se repitió en la última semana en dos colegios distintos: tratando de encargarles un trabajo a los alumnos, una de ellas (en realidad, dos distintas) corre hacia el escritorio del profesor, agenda en mano, mostrando la falta de espacios en blanco hasta diciembre. Y, claro, el docente, comprensivo, pero fiel devoto de su religión, "el programa", trata de convencer a las ovejitas descarriadas de que tenemos que llegar al final: ¿cómo vamos a cerrar el año sin leer Cien años de soledad, o Hamlet, o la Odisea, o sin ver las Vanguardias Estéticas del siglo XX? Es posible que el mundo siga andando sin nada de eso, pero también es posible que estos alumnos nunca sepan de la existencia de estas cosas sin escuchar el silbido del látigo de fin de año en el aire. Para algunos, quizás, se pueda vivir sin tomar conocimiento de lo antedicho, pero para desgracia de los educandos, soy un fundamentalista convencido, y lo que les transmito es aquello sin lo cual no me imagino que la vida pueda ser plena y feliz. Claro que mi entusiasmo se choca contra la pared de su agotamiento, y la del mio propio, que a su vez, se ve reflejado en espejo en los rostros de mis colegas. El fin de año debería ser un aterrizaje placentero, un lento apagarse para depositarnos suavemente, entre algodones, en los níveos brazos de la diosa vacaciones, que nos atrae con su canto de sirena. Pero es un caos insalubre, que arrasa como un tsunami con nuestro buen humor, y hasta nos hace olvidar de cuánto disfrutamos de lo que hacemos, sobre todo cuando el calendario nos presiona.
Pero todo pasará, como una furiosa tormenta de verano. Quedarán bancos vacíos, que pronto serán ocupados por otros alumnos dormidos y desganados a los que habrá que tratar de seducir con la herramienta menos atractiva para estos hijos de la imagen y el ruido: la palabra oral y escrita, la palabra tersa y encantadora, la que tuerce caminos con la suavidad de la seda, la que emociona y despierta conciencias, la que deslumbra, la que transforma. Y entonces ellos dirán: ¡Qué aburrido! Y correrán presurosos a sus casas a refugiarse en sus video juegos o en la siempre receptiva TV, que nada piden a cambio. Y borrarán lo más pronto posible todas esas densas palabras que los arrastraron hacia aquella tediosa pesadilla de pensar por un rato en otras cosas más allá de la punta de sus zapatos. Volverán, como diría Hamlet al discurso del loco, lleno de sonido y de furia.
Hasta que, como siempre, el timbre (o el radiodespertador) interrumpa, y todo vuelva a empezar.
A.L.
Pilar, 14/11/07, 19.49 hs.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Olvidados e Ignorados III


(Apuntes para una novela que algún día será II)




“Perdurar, aunque sea en el recuerdo, aunque sea en la mentira, aunque sea en la leyenda.”


Porque el tiempo todo lo barre, cuando ya casi nadie en Patagones recordara la victoria del 7 de marzo de 1827, Victorio del Carmen Reyes persistiría en su obstinado relato de esa historia a cualquier circunstante que cruzara su camino, y es que ese día él había sido concebido, y si no hubiese habido combate no habría habido ni Victorio ni victoria, ni historia ni Historia. Y si bien él no era un testigo sino una consecuencia, ya que la historia narrada una y otra vez era más bien del relato del encuentro carnal entre su padre y su madre, evento único en la vida de ambos, que ocurrió en aquél preciso día y nunca más, las circunstancias de aquél encuentro habían marcado la existencia de Victorio, su forma de ver el destino, de entender el devenir de los hechos, de vivir sintiéndose el depositario de una memoria que encierra un enigma sobre la propia identidad que nunca pudo contestar. De hecho, Victorio se pasó la vida prometiendo escribir su relato, pero nunca lo hizo, aunque lo contó a todos los que pudo, y al menos consiguió que la anécdota sobreviviera hasta la muerte del último que la escuchó. A decir verdad, para la mayoría de la gente se trataba de la historia del verdadero hijo de puta que estaba orgulloso de serlo, pero para Victorio eso era la esencia de lo que lo hacía único: lo que para otros era un insulto, para él era una condición que le recordaba el heroísmo imprevisto que llevó a su madre, Corona Reyes, la puta que elegía con quién serlo, y a su padre, quien nunca fue elegido por ella, a unirse para procrearlo a él como un designio de instancias superiores que lo condenaban a repetir su relato hasta el fin de sus días. “Soy hijo de puta, por parte de madre, y del 7 de marzo de 1827 por parte de padre, pero mi nombre dice quién soy en realidad, y muchas circunstancias se cruzaron, mucha sangre hubo de correr para que yo naciera.” Su piadosa sepultura sólo conservó lo de “hijo del 7 de marzo de 1827”, aunque lo demás gritara tácitamente, al menos hasta que la tumba y su lápida fueran removidas y olvidadas para siempre junto con lo que alguna vez significaron. Pero todo eso pasó mucho después y no viene al caso. El caso es lo olvidado, lo que nunca podrá volver a ser recordado.
Carmen de Patagones era en 1827 el último confín civilizado a medias en el mundo. En realidad no estaba tan mal para estar cercado por diversos pueblos aborígenes nómades por todos lados, que a veces no eran enemigos, y otras veces lo eran de modo suficiente, y de eso podía depender la vida. “Hay que saber leer al desierto”, decían por entonces los maragatos nativos de la aldea, quienes a su vez lo aprendieron de los fundadores españoles que habían cavado cuevas en las barrancas para sobrevivir: “las nubes de polvo lejanas son siempre un aviso de llegada de alguien, luego se ve si bueno o malo”, y se la pasaban mirando al horizonte. Y era cierto, a veces las nubes eran tribus no enemigas que avisaban de la instalación de sus toldos en alguna cercanía, y venían a pedir cabezas de ganado y quizás aguardiente a cambio de no enemistarse. Otras veces eran tribus enemigas de los no enemigos (amistad era una palabra imprudente), que pedían cabezas de ganado y toneles de aguardiente a cambio de no arrasar la aldea que rodeaba al fuerte. A fuerza de tanto dar, se aprende a negar y resistir, o a robar para recuperar, y en Patagones se practicaban ambas cosas todo el tiempo, sólo se alternaban según la conveniencia. Se miraba al horizonte y se escuchaba al viento: si tronaba el cañón de la torre del fuerte, entonces no se preguntaba, y era cuestión de aprestarse o correr a refugiarse. Pero en el ’26 la guerra con el Imperio vino a cambiar las cosas, ahora también había que mirar para el lado del mar, mientras duraba esa impensada prosperidad que provocó el bloqueo del puerto de Buenos Aires, que desvió los botines de guerra a este puerto ignoto. Pero allí no terminaban los cambios: a los indios, españoles y criollos que componían la fauna natural del Carmen, venían a sumarse los corsarios de diversas nacionalidades y los negros africanos que estos liberaban de los barcos que les capturaban a los brasileños en sus propias narices. No en vano el Imperio decidió borrar a Patagones del mapa. Y quizás lo hubieran conseguido, si no hubiese sido porque Victorio del Carmen Reyes fue concebido un 7 de marzo de 1827, aunque hoy nadie en el mundo pueda recordarlo.

domingo, 14 de octubre de 2007

Instrucciones para exploradores


Descubrir algo viejo y olvidado,
desclavarlo de los colmillos del olvido
y apretar un nuevo lazo
en la soga del recuerdo y la memoria;

Descubrir algo nuevo y escondido,
ir hacia adelante con los ojos cerrados
y chocarse con las cosas para encontrarlas.

Descubrir algo que falta
y que quizás pueda ser,
aprender a mirar los huecos
y llenarlos con fantasía clarividente.
Recordar aquello que deseamos
profundamente,
y a lo que renunciamos,
para frustrarnos o más bien
seguir deseando y buscando.
(A veces eso a lo que nos lleva el deseo
es mejor que lo deseado)

Recuperar cada una de las sensaciones
que nos provocaron felicidad.
Desmenuzar sus componentes
hasta aislar uno por uno.
Revivirlos cuando fuera necesario
reemplazando la sensación de pérdida
por la de posesión inalienable.

El pasado es el hilo
que enhebra las perlas.
El tiempo está lleno de collares falsos.




A.L.

Pilar, 14/10/07, 21.44'

domingo, 23 de septiembre de 2007

Olvidados e ignorados II: apuntes para una novela que algún día será.






Todo es olvido; la memoria se construye sólo a partir de los hilos sueltos que deja el olvido, y todo en este mundo es olvido. Porque la memoria se desgarra con el tiempo, y mientras siempre se está reconstruyendo, el olvido en cambio nunca detiene su paciente trama. Vivimos escapando, pero a todos nos alcanza, también a los grandes, también a los poderosos, los que perduran: porque el olvido todo lo puede, y siempre aplasta con su suela lenta, gradual e implacable a todo lo que se mueve y lo que vegeta. Y entonces, sólo quedan las historias, las falsas y las verdaderas, lo mismo dan, los héroes en su heroísmo, los villanos en su maldad absoluta, los santos en el cielo y Dios en todas partes; nuestra propia historia se confunde y se trama con mentiras, con inventos, con cuentos, con ilusiones, con sueños dormidos y despiertos, y nosotros mismos nos transformamos en historia primero, y en olvido al final. Lo sabemos: los que perduran no lo hacen por completo, y el resto no escapa al olvido de los que también serán olvidados.
Todo es olvido, hasta incluso la memoria, y la mentira trata de llenar los huecos de ese olvido. La verdad y la mentira se hermanan en la historia, entonces es absurdo preguntarle la verdad a la historia, porque la historia es la memoria tejida por débiles hilos de inexactitudes, imágenes confusas, falsedades y malas intenciones; las muchas formas de la mentira, a quien le pedimos que simplemente se parezca a la verdad, que en fin sólo es lo que nos parece ser verdad.
La historia que contaremos es mentira, porque en parte fue verdad. La historia que contaremos es un retazo del olvido, un hilo suelto anudado con fantasías. La historia que contaremos nunca ocurrió tal cual como aquí se cuenta, porque una cosa son los hechos y otra las historias. La historia que vamos a contar es Historia y es Mentira, porque sus personajes en parte no existieron, pero seguramente lo hicieron en algún tiempo y en algún lugar que no fueron estos, pero en este espacio y este lugar pueden haber vivido, y entonces empiezan a existir.
Mentira, olvido e historia, y un espacio para el recuerdo de lo que no fue y lo que pudo haber sido. Memoria, recuerdo y el tiempo, y dónde. Fragmentos de la memoria que se puede estar perdiendo. Hombres y mujeres en un país que no es país, un pueblo aislado del resto de ese país que aún no es país; un pueblo y un río cercano al mar, que crece y arrasa, que baja y que encalla; un río de canales invisibles que sólo navegan los expertos, un río que para pocos es camino. Un pueblo cercado por un río y por salvajes amistosos, aunque nunca se sabe, aunque parezca que se sabe. Un mar de mar, cercano aunque algo distante de un lado; un mar infinito de lanzas al otro lado; lanzas amigas a veces, enemigas de todas las demás lanzas las otras. Un pueblo de olvidados, que sólo puede sobrevivir con la mentira que se inventa cada día, sin pasado, sin salida, de futuro impensable, de presente. Y en el espacio del olvido, hombres altos como sus lanzas que fueron confundidos con gigantes por los antepasados de los que unos años atrás fundaron ese pueblo al que bautizaron con el nombre de una virgen y el de un mito. Un pueblo cruza de virgen y de mito al que llamaron Carmen por la una , de Patagones por lo otro; un nombre como todo nombre, hecho para el recuerdo, el hilo más fuerte que resiste al olvido. Porque lo nombres resisten, porque la frágil memoria humana no puede recordar algo que no tiene nombre, y sólo perduran los nombres, con un significado que arrastra al recuerdo de lo que no necesariamente sea verdad. Nombre de virgen como ese país que aún no tiene nombre, nombre de mito para construir un espacio de cazadores de aventuras, ese tipo de historia que más que ninguna otra, necesita de la mentira.
Porque esta historia es tan falsa, que por ello es más verdadera.
Y los hombres: los de cerca son del mundo más lejano que tanto esperó a que lo descubrieran, son los últimos hombres quizás, en poblar la tierra; y los otros hombres, los lejanos de allende el mar, los de más al Norte, que vinieron a dominar, los que hablan la lengua de los poetas, los que conocen ambos polos navegaron todos los mares, y los que nacieron en la jungla imposible y vinieron a descubrir América encadenados. Y las mujeres, duras como la tierra seca, blandas como la arcilla del Río Negro, gentiles como las tardes de primavera, imprevisibles como las crecientes, negras como la noche, hermosas como el pecado. Mujeres para cada hombre, para los del mar y los de la tierra, para los de las salinas cercanas, para los de recuerdos demasiado lejanos. Y también, hombres para los que no hay mujer alguna. Mujeres bien dadas al abrazo de todos los brazos, mujeres que calman la sed, y otras que la dan. Mujeres que dan hijos y otras que dan placer; hombres que hacen hijos sin placer. Y otros hombres y mujeres nacidos del amor sin placer y del placer sin amor. Así será el Carmen de Patagones de Río Negro en el que quizás nunca haya ocurrido esta historia que quizás en parte sí haya ocurrido, y quizás sea como las hilachas de aquellas banderas cortada en tiras, que dicen que unos héroes casi anónimos que quizás se parezcan a estos, supieron arrancarle al imperio invasor.
Y porque las fechas son el nombre que le ponemos al tiempo, diremos nada más: un 7 de marzo de 1827.