lunes, 15 de septiembre de 2008

Don José y la baraja.

[La talentosa poeta y narradora Claudia Isabel (http://laperladejanis.blogspot.com/, http://cuentoypunto.blogspot.com/ es la "culpable" de este post, ya que a partir de un texto que ella escribió ("Revolución de mayo. Mariano épico") dedicado a Mariano Moreno, me trajo al recuerdo este texto mío, escrito hace unos años atrás, en 2005]




La memoria es como una baraja de naipes, pienso mientras mezclo la baraja: los recuerdos son los naipes, nuestras manos son el impulso mismo de la evocación, que mezcla y confunde la baraja, para cortar y montar el mazo y sacar figuras, números, palos, que son recuerdos, números, fechas, nombres, rostros y eventos a veces olvidados. Cierto, quizás los recuerdos sean sólo una madeja de nombres propios, de fechas, de eventos que también son un nombre: Chacabuco, Maipú, Yapeyú... Es curioso, pienso “Yapeyú” y doy vuelta al instante un uno de espadas, cuando pienso en el lugar en que nací, hace setenta y dos años, pienso “Yapeyú”, y no lo puedo recordar, ni una imagen acude a mi memoria todavía muy temprana de menos de tres años de nacido, sólo se aparece en el presente esa marca de la espada asociada al nacer, esa que decidí abandonar pero que no me abandona, porque alguna vez dije “seamos libres, y lo demás no importa nada”, esa espada que nunca atacó a un hermano, pero igual algunos me acusaron de traidor, como si alguna vez yo hubiese apoyado a un hermano en contra de otro hermano, y aunque haya renunciado por esas cosas a la espada, la espada vuelve cuando pienso en mi nacimiento. Mi primer recuerdo se me aparece como envuelto en niebla, es una imagen del viaje a Buenos Aires, las interminables horas de carreta, la sensación de un cambio incomprensible, misterioso y definitivo.


Doy vuelta otras cartas, un cuatro de oros, siguen las semejanzas, cuatro años tenía en mis primeros recuerdos, en aquella gran aldea que tenía amplias calles de tierra, transitada por numerosas carretas, al menos para lo que yo había visto hasta entonces. Esa fue la época de oro de la primera niñez, la de los juegos con mi hermano Justo, los tranquilos años en la apacible Buenos Aires que varios años más tarde resistiría la invasión de los ingleses y que en algunos años más aún estallaría en revueltas contra el rey Don Fernando y hasta contra el mismísimo Napoleón. Mientras pienso esto último doy vuelta un naipe que representa la figura de un joven con un basto en la mano, la décima carta de su palo, y evoco al doctor Mariano Moreno, quien murió en alta mar asesinado antes de unírsenos en Londres; aparto esta carta del resto para que la memoria desordenada dé paso a la razón del solitario que ordena las cartas. Espera en aquel rincón, respetable figura, hasta que lleguen otras cartas a acompañarte en el recuerdo. Y allí viene entonces el once de espadas, el abrupto fin, el viaje a España. Atrás quedan las imágenes de la sala de aquella casa: Justo leyendo sus cuadernos escolares, Manuel y Juan Fermín luchando con sus lecciones de latín, María Elena bordando con mi madre, Gregoria, la silenciosa mujer que aletea el bastidor junto a su hija mientras contempla como distraída, como sin quererlo, a su esposo, a mi padre que como yo en este momento, estaba solitario, en la despoblada mesa nocturna, cerca del fuego, revolviendo la baraja y mezclando sus recuerdos, y casi todos, menos yo, sabían que esos recuerdos que mezclaba en el mazo de figuras eran los recuerdos de su tierra a la que esperaba que le dieran el permiso para volver. Durante todo este rato me he quedado mirando a este once de espadas que mis dedos deformados por los años sostienen, y mi vista maltrecha intenta enfocar con precisión, como si intentara reconocer su rostro, como intentando recordar el rostro de aquel compañero del Real Seminario, en Madrid, que me explicó el significado de la palabra “guacho”, diciendo que era una palabra americana que significaba no tener ni padre ni madre, que era más o menos lo mismo que no tener patria, como no la tenían los americanos que habían inventado esa palabra. Recuerdo ese primer insulto de escuela, así como no puedo recordar el rostro de quien lo dijo, era más grande que yo, no lo miré, apreté mis puños y le respondí que quizás fuera mejor no tener ni padre ni madre antes que haber nacido de una mala entraña. Nos separaron, nos reprendieron y el hecho no llegó a mayores, pero a partir de entonces comencé a sentirme diferente: de padres españoles, sin patria propia, americano por nacimiento, arrancado de una tierra que aún no era nada. Nacer en América era entonces tener a la ilusión por patria, algunos españoles nativos nos consideraban como provincianos y extranjeros a la vez, y en su desprecio no hacían más que alimentar nuestro orgullo de soñarnos independientes.

Pero mi padre lo entendió de otro modo, entendió que debía endurecerme, que debía seguir sus pasos, que debía aprender a amar a su patria. Honré a mi padre en vida, aunque seguramente defraudé sus expectativas luego de su muerte. Sólo sé que alguna vez me dijo que la milicia era servir a las propias convicciones y luchar con lealtad a los ideales propios, que deben ser los mismos que los de la patria, y a eso nunca falté. Tenía tan sólo once años cuando dejé la vida familiar y la escolar para ingresar en la milicia. Doy vuelta al once de espadas como si no quisiera recordar el rencor que sentí hacia mi padre al abandonarme allí, porque luego aquella vida me atrapó, porque allí fui imaginando un sueño desde poco después de llegar, me imaginaba luchando por ideales de libertad, igualdad y fraternidad, imaginaba batallas heroicas que algún día llegarían como desde adentro de mi sueño forjado a imagen y semejanza de los relatos encendidos que nos llegaban de los sucesos de París, aquella famosa Revolución Francesa que estaba llamada a ir desvirtuándose, pero que dejó una marca imborrable en la conciencia de los jóvenes de aquellos años. Quizás ese recuerdo me llevó a pensar en refugiarme en esta tierra adonde hoy transita el dolor de mis huesos, un dolor mucho más profundo del que comencé a sentir en aquellas tiendas de campaña, entre los estruendos de la artillería, al galope furioso de los caballos arremetiendo la carga por sobre los cuerpos sin vida de los compañeros caídos, al transcurrir de la batalla sin saber al cabo por qué se sobrevivió. Y junto con los primeros dolores del cuerpo, las primeras medallas, que se aparecen en la baraja de mis recuerdos dibujadas en al as de oros, la gloria del joven oficial don José de San Martín, hijo de don Juan de San Martín y de doña Gregoria Matorras, natural de Yapeyú, una ciudad marcada por un as de espadas que en estos momentos ha vuelto a mezclarse en el mazo, que fue militar español sin serlo, que ha sido héroe de batallas ajenas que alguna vez le parecieron huecas, que fue héroe de batallas propias cuya gloria luego le resultó hueca, vana y amarga, porque alguna vez aprendí que ninguna batalla se gana del todo. Fui el oficial que mi padre soñó, y ese fue el recuerdo que se llevó al morir en el ’96. Iba llegando el momento de buscar mi patria, iban a pasar muchos años, no iba a ser fácil imaginarla e inventarla. Si hasta a veces tengo la sensación de que todavía no la terminamos de inventar.

Se me aparece ahora el rey de copas, y ahora es Francia el enemigo, ahora se pelea por la libertad. El rey de copas es José Bonaparte, sin dudas, a quien llamábamos Pepe botellas por su afición al alcohol. Otra guerra ajena, pero ya se iba pareciendo a las soñadas. Bailén, 19 de julio de 1808, derrotamos a los franceses invasores, los españoles festejan la victoria española; los americanos festejamos la derrota francesa. Soñamos nuestra victoria. Ahora somos aliados de los ingleses, así es la guerra, el siete de oros llega con el recuerdo de Lord Macduff, aquel imborrable escocés que me habló por primera vez de las logias americanas. Con sus modos refinados y su acento salvaje hacía largos los tragos para ladrar en un castellano visceral: “que tus enemigos nunca sepan quiénes son tus verdaderos amigos, pero que estos últimos siempre sepan que tú eres su amigo, porque comparten enemigos”. Reía y seguía diciendo, como si fuera un juego, que nos entendía a los americanos mejor que nadie por el simple hecho de ser escocés: “el hijo de un pueblo sometido siempre quiere dar un buen puntapié a quien lo somete, al menos cuando este se dé vuelta”. Poco a poco me estaba convirtiendo en un traidor. Ahora sale el rey de espadas, mi rey que empezaba a ser mi enemigo. Aquí lo colocaremos, aquí, junto al diez de bastos, junto al doctor Mariano Moreno: estalló la revuelta del 25 de mayo de 1810, la voz corre por los cuarteles: “se nos sublevan las antiguas colonias, es en nuestro apoyo; no, claro que no es así, se dice que hay sediciosos que sueñan con sublevar a las colonias contra el rey, no faltará el tiempo en el que haya que aplastar a esos salvajes americanos, dicho esto con todo respeto por los que nos han demostrado fidelidad en estos años.”


Y uno que va conspirando en silencio, poco a poco; “sediciosos”, murmuran en los cuarteles. Me comunico con Macduff, si no quiero levantar la espada contra mis hermanos debería ser desertor, pienso en pedir la baja y partir rumbo a América, claro que prefiero combatir a mi monarca, de quien, si se me permite, ahora pondré su naipe de rey de espadas cabeza abajo, porque afortunadamente los reyes de espada tienen pies y cabeza, no así los números, que siempre se ven derechos. No sé qué juego es este, sólo son recuerdos mezclados. El diez de espadas es Monteagudo, se queda aquí, junto a Moreno que en realidad ya descansa en el fondo del mar, daremos vuelta su carta con respeto, Monteagudo irá contra los enemigos de la Logia Lautaro que hemos fundado. Este otro doce no es un rey, es una fecha, el año 1812, y su oro no es riqueza, otra vez es el recuerdo, es el regreso a Buenos Aires, luego de 28 años, vuelvo a la aldea de mis primeros años, convulsionada por la libertad, que da sus primeros pasos sin saber hacia dónde sigue el paso posterior, yo el Teniente Coronel San Martín, nacido en estas tierras, quien combatió contra los mismísimos ejércitos de Napoleón, quien pidió su retiro por razones de salud y de carácter familiar, para volver a combatir a su patria que todavía no existe, quien pasó a Londres para tomar contacto con los conspiradores de las logias masónicas americanas, quien forma parte de una hermandad comprometida con la independencia del continente, vengo humildemente a servir al ejemplar gobierno instalado desde entonces en estas tierras, pidiendo tengan a bien respetarme el grado obtenido hasta el momento en el antiguo y abandonado ejército español, al cual lejos de querer regresar me comprometo a combatir como enemigo decidido por entender que su dominación de nuestra América ha llenado de vergüenza y oprobio a nuestros hermanos indios, a quienes hoy debemos sumar a la lucha emancipadora, y a todos los criollos bien nacidos sometidos al vil yugo europeo. Y los tres hombres, Paso, Chiclana y Sarratea, estuvieron de acuerdo, pero de pronto desde la puerta entreabierta intervino ese sujeto que sería mi enemigo por siempre y desde entonces, el ministro Bernardino Rivadavia resopló su insolencia y su soberbia que siempre me olió a traición: “es indudable que lo suyo son las armas, Coronel, no la retórica, no las proclamas, no la política. Su carrera militar es impresionante, ¿podremos confiar en su obediencia y fidelidad?”. Ese infeliz me insultaba dos veces: una al reírse de lo expresaban mis convicciones, que él nunca tuvo; la segunda al dudar de mi fidelidad, quizás porque sólo miraba en él mismo. Fue Paso quien se apuró a contestar que no cabían dudas de eso. No recuerdo una mano más fría que la de Rivadavia cuando por única vez la estreché francamente, cuando nos presentaron. Unos meses más tarde yo encabezaría a las tropas que marcharon sublevadas a la Plaza de la Victoria para deponerlo por el fraude contra Monteagudo. La única proclama política que escribí en mi vida, se la dediqué a Rivadavia, ya que no le gustaban mis discursos: le decía que habíamos actuado para proteger la voluntad del pueblo, y para que se supiese que no siempre están las tropas para sostener a los gobiernos y autorizar las tiranías. Rivadavia no me lo perdonó nunca, así como yo no le perdono todo el daño que le hizo a nuestra lucha hasta el día de hoy, y aún después de muerto, con el respeto debido a la muerte, no se le puede perdonar que no haya querido que sus restos descansen jamás en Buenos Aires.

Y pensando en Rivadavia doy vuelta una gran copa, un as de copas, no es una copa de brindar, es una copa envenenada, que hace que pasen de largo todas las hazañas, todas las luchas gloriosas, caen, una tras otra las cartas que son nombres, San Lorenzo, el admirable Manuel Belgrano, el Ejército del Norte, Cuyo, Mendoza, Los Andes, la libertad en Chile, el encuentro con O`Higgins en Santiago, la entrada triunfal en Lima, y el dos de copas que me recuerda el encuentro con Bolivar, mi silenciosa retirada para cederle el mando al gran general americano, cuando me daba cuenta de que cada vez la política me asfixiaba más, me hacía ver la realidad como a través de un cristal que se resquebrajaba a pedazos: América se iba dividiendo en fragmentos cada vez más numerosos de naciones destinadas a las guerras internas, destinadas al dominio de otras naciones más poderosas. Y entonces volví a sentirme como al principio, sin patria, sin nación con la que identificarme; ni español por convicción, ni de la Provincias Unidas, porque no había provincias, al menos que estuvieran unidas, ni de Buenos Aires, ni de las demás naciones, simplemente americano por elección, pero ¿qué era ser americano? Todavía hoy me lo pregunto, por entonces parecía que ser americano fuera luchar contra el hermano, fuera indio, fuera gaucho, fuera criollo, fuera del interior, fuera blanco, fuera porteño, fuera celeste, fuera rojo, fuera bueno, fuera malo, fuera hermano, sólo es sangre, y la lucha por la libertad se fue transformando en lucha por imponer proyectos propios, sin ideales, modelos de nación pensados desde afuera y para afuera, desaparecida España, ahora se disputaban nuestros despojos las demás potencias europeas.


Yo, José de San Martín preferí condenarme al peor de los castigos, por el más digno de los delitos: haberme negado a intervenir en las guerras internas, en las guerras entre hermanos, fui desobediente cuando el gobierno me ordenó abandonar la Campaña de los Andes para reprimir el alzamiento de los federales de Santa Fé, así también como antes había desobedecido la orden de apresar a Manuel Belgrano, el hombre más íntegro de esta Revolución, cuando lo sucedí al mando del Ejército del Norte. Ese episodio me terminó de convencer de que intentábamos romper las sólidas cadenas que nos habían sometido durante años para reemplazarlas por otras más nuevas, dejábamos de ser esclavos de los españoles para ser sólo piezas en las nuevas luchas entre los poderes locales que se encargarían de someter a un pueblo acostumbrado al sometimiento. Los nuevos señores no pensaban hasta dónde llegaba el significado de la palabra libertad, que proclamaban, los verdaderos idealistas, de los que hablábamos en Londres con devoción, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Bernardo de Monteagudo, quien fue mi secretario hasta pasar a cumplir idéntica función junto a Bolivar, los hombres más inteligentes, honestos y destacados de la gloriosa Revolución de Mayo que había cambiado el rumbo de mi vida, ya habían muerto, y ninguno de ellos de una forma digna: Moreno como ya lo evoqué, Belgrano en el olvido vergonzoso de la miseria, Castelli, su primo, el gran orador de la revolución, el que levantó en armas contra el poder español a los campesinos hambrientos del Norte, murió acusado de traición, privado del habla por un cáncer de lengua que ni siquiera le dejó responder a las infamias que de él se dijeron. Mi querido amigo Monteagudo, finalmente, murió asesinado en Perú, en un oscuro episodio que nunca se terminó de aclarar. Yo simplemente estaba convencido de que mi misión era acabar con el nido del poder realista en Sudamérica: había que liberar Chile y luego pasar al corazón mismo de la dominación, el Perú. Una vez cumplido esto, quise regresar a Buenos Aires para encontrarme con mi amada y recordada esposa Remedios, que estaba gravemente enferma, pero los unitarios, con Martín Rodríguez y Rivadavia a la cabeza, habían vuelto al poder, y temían que entrara con mi ejército a encabezar una revolución, y no me autorizaron. Desobedecí nuevamente y volví sólo, sin ejército, sin planes, y de allí en más, con el interminable dolor de haber llegado demasiado tarde para despedir a la gran mujer que supo acompañar mis años de lucha. Ahora todos desconfiaban de mí, no podía permanecer en Buenos Aires sin despertar recelos y sin que se me presionara para que de alguna manera tomara partido por uno u otro bando. Decidí entonces emprender el camino más doloroso, el renunciar a la patria que yo había contribuido a forjar para marchar al exilio, y hoy bebo cada día de esta copa envenenada que se lleva mis días. Es cierto que intenté regresar cuando supe que mi camarada Dorrego estaba en el poder, pero al desembarcar en el puerto de Montevideo me enteré de su fusilamiento por parte de Lavalle, esperé allí la evolución de los acontecimientos, pero al cabo de tres meses me convencí de que en ese país joven de nombre plateado ya no había lugar para mí, José de San Martín, quien conoció la gloria y el dolor, quien nació sin patria y fue condenado por su pares a morir sin patria.

Monto el mazo y aparto estas cartas, es agosto en Boulogne sur Mer, y aunque la brisa tibia del verano se obstine en franquear las ventanas, mis huesos sienten el frío del invierno de Buenos Aires, mi corazón que se cansa de latir sueña con dormir su sueño eterno en esa aldea que elegí como patria, mientras mis manos recuerdan la humedad de la tierra revuelta al sembrar la quinta de la chacra mendocina. Y recuerdo Los Andes y las nieves eternas, y pienso en la eternidad y en mi próxima muerte, cuando todo se aleje, cuando todo se calle, cuando sólo quede el recuerdo ajeno. Y entonces, sólo espero que mis sueños formen parte de la conciencia de cada uno de los que hoy se llaman argentinos, y que esta triste voz que hoy se apaga dentro mío resuene como un eco en el corazón de mis compatriotas. Y entonces, guardo estas cartas, y digo hasta siempre.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Palabras recortadas y dispersas alrededor de Macedonio, para un día del maestro.



[A manera de proemio, consideraciones sobre el día del maestro en Argentina]



En nuestra Argentina, se suele conmemorar la muerte, y a manera de irónico homenaje, hoy es el Día del Maestro por ser el día de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. Me es difícil derramar palabras elogiosas para un personaje que más allá de su ímpetu, de sus convicciones y su obra educativa, alguna vez le escribió a Mitre que no ahorrara sangre de gaucho en la batalla, por ser "un excelente abono para la tierra". Los años, el Billiken, y las maestras reproductoras del sistema, han convertido la estampa de este anciano (que alguna vez fue joven) gruñón, fumador compulsivo, mal hablado y mujeriego, en el cliché del "padre del aula". Figura polémica, "hombre moderno" de su época, fanático hasta la ingenuidad del "progreso europeo", incondicional devoto de un positivismo devaluado en racismo imperante en la época, enemigo acérrimo de todo lo que representara la cultura americana (¿los separatistas-elitistas-racistas bolivianos habrán leído el Facundo?), Sarmiento es una figura ineludible de nuestra historia, que si bien no merece ser borrada de los manuales -el olvido y la desmemoria son la mejor estrategia de la repetición-, sí merece, al menos, ser revisada críticamente, antes de seguir alimentando al cliché.
Como docente que soy, creo que tenemos derecho a reconocernos este día, más allá de las causas que lo hayan instituído, y a falta de otra fecha, tomemos a ésta, aunque sea por tradición. Lo que sí podemos reservarnos, es la elección de otros modelos de maestros que seguir, después de todo, son los discípulos los que suelen escoger. Y entonces, elijo a Macedonio como contrafigura Sarmientina, por ser un hombre nacido en el siglo XIX, pero de decisiva influencia en el XX y lo que va del XXI, que sigue transitando el camino de las vanguardias estéticas, esas a las que Macedonio, sin haber abrazado nunca oficialmente, tanto contribuyó a alimentar en nuestro ámbito. Macedonio fue maestro (además de amigo propio, heredado del padre), de Jorge Luis Borges, y su influencia pasa por Cortázar y sigue andando nuestros días. He aquí, entonces este sencillísimo homenaje.



[Primero, la voz del maestro:]




HAY UN MORIR

No me lleves a sombras de la muerte
A donde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.

Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.


[Luego, la voz del discípulo:]



PALABRAS DE BORGES ANTE LA TUMBA DE MACEDONIO FERNÁNDEZ

Intimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación, ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.

[Y otra vez, el maestro]

AMOR SE FUE

Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera.



CREÍA YO

No a todo alcanza Amor, pues que no puede
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.

[Y por último, el irreverente aunque modesto homenaje personal, a manera de antigua glosa]


Olvido en ojos mirantes
Por y para Macedonio, claro.

Sobre la piel del olvido
transita
una gota de silencio
que se vuelve abismo.

Mirada de párpados cerrados,
ojos que duermen de día
y hacen noche la vigilia.


A.L., 11/09/08




lunes, 8 de septiembre de 2008

Inventario anti-tao



La huella que deja tu bota en la lluvia,
tu boca diciendo “ahora”.
Pensar el invierno, cuando es verano,
soñar la primavera
una mañana húmeda de otoño.
El viento despeinando la melena suave
de una enamorada.
Los ojos de una gaviota,
ser otro de vez en cuando.
Escapar por calles sinuosas
a plena luz del día,
injusto ladrón inocente
de nada.
Decir gracias,
la risa hasta las lágrimas,
el vértigo de la alegría.
Tener veinte años,
y no saber cómo gastarlos.
El calor de tu mano en la oscuridad,
tu mirada al despertar.
Ver un diamante en el cielo
y detenerse.
Las manos de una abuela
amasando pan,
las mejillas encendidas
de un niño asombrado.



Y también tu huella
aplastando a ese insecto,
tu huella huyendo en la lluvia.
(te veo irte sin verte).
Tu mano helada y distante,
despertarse ciego,
y los niños muertos.
Detestar al invierno en el invierno
y al verano en primavera,
y al otoño que no llega.
La enamorada con su melena sucia,
la gaviota ciega,
tener que ser el mismo,
tener que seguir actuando,
y de vez en cuando me atrapan.
El grito desgarrador,
decir muerte, y que se haga.
El vértigo de la tragedia,
ver el tesoro y despreciarlo.
Tener noventa años
y más de cien rencores.
Y las manos de un chico
que estrangulan a otro chico.
Y tu boca gritando “nunca”,
y el mundo sigue vomitando.





A.L. Pilar, 08/09/08 21.50 hs.



sábado, 30 de agosto de 2008

Inscripción para la tumba de un guerrero





De entre todos los héroes,
sólo los verdaderos,
aman sentir el suave y verde césped,
mullido y familiar,
bajo la áspera suela de sus botas ajadas.

Es cierto que también disfrutan
de romper quijadas con sus nudillos,
de asolar aldeas, hierro en mano,
bañados en sangre y polvo,
entre manadas de corderos,
y de niños, y de mujeres aterradas;
o buscan la muerte
entre quebradas que emboscan,
o en desiertos planos y calientes
como la frente de un gigante enfermo
(si hasta algunos mueren de pestes lejanas,
maldiciendo los traidores estertores
que los arrebatan de la gloria).

Y claro que también aman
las orgías tempestuosas de abundancia
que sólo pueden conocer
los victoriosos:
palpitar oliendo a euforia viril,
a sudor de mujeres encendidas,
que a su vez aman
encenderse sobre el cuero
de himnos y fanfarrias palpitantes.
Los emociona, tanto como a otros el amor,
gritar hasta hacer temblar el cuerpo entero,
gritar hasta expulsar toda la voz del garguero,
hasta sentir un alud desbarrancándose en el pecho,
y calmar al Febo interno
con torrentes de alcoholes destilados,
fermentados, pestilentes;
da lo mismo,
que a la lava no la calma
el rocío mañanero.

Y aman que les duelan sus heridas,
y sus huesos y sus batallas viejas,
cuando sus cicatrices laten están vivos,
y cada nuevo surco que se abre en su piel,
es como un río de miel que brotara bajo el cielo.

Aman el polvo y el humo del combate,
el ruido de los cráneos rotos
y el olor de la sangre
que los ceba como a tiburones
desconocidos y remotos.
Aman la urgencia y el pavor de lo incierto,
aunque creen como pocos
que hay gloria eterna después de la vida,
y la ansían y la esquivan,
y respiran con calma
cuando la Parca les sigue de largo.


(Y no lloran, aunque a veces resbalan
lágrimas por sus ásperos carrillos,
al despedir a un compañero,
porque llorar es para ellos
sólo otra forma de respirar.)


Los héroes verdaderos
llevan epopeyas en los dientes,
y el sabor de la bilis
en sus lenguas,
pero sólo aquellos

le vibran a lo tenue
desde adentro, como a nada

– ni al mármol de los templos sagrados,
ni al ruido del acero,
ni a los cascos galopando,
ni a los vicios del saqueo–;
sólo los que son héroes enteros,
se postran
como cachorros somnolientos,
ante el suspiro intenso
de los pétalos sudados

de la madreselva,
ante el canto débil
del arroyo mortecino,
ante el vapor cálido
del aire de primavera
en su aldea,
sobre su lecho de paja insana,
bajo su manto de vellón de lana,
entre la piel de la mujer amada,
entre el viento que llega
aventado
por los abanicos de las alas
de esas aves distantes,
que comerán carroña
luego de la próxima batalla.
Sólo los héroes verdaderos
tienen de tacto en la punta de los dedos,
el cosquilleo de la pluma,
el susurro del aliento
de la boca de la amada,
en cuyo pecho que es almohada
se acallan todas las trombas,
y toda la furia del enemigo,
y todo el coraje de los violentos.
Sólo los héroes verdaderos
parten siempre a la pelea
soñando con volver,
como el viento arremolinado,
siempre al mismo lugar,
quizás aquél que fue el único
que tras tantas batallas
pudieron en verdad conquistar.



A.L.

Pilar, 30/08/08, 17.30 hs

martes, 19 de agosto de 2008

No sé por qué ...


[Continuando con este ciclo relacionado con viajes, aquí va un borrador de una historia dispuesta a continuar, en cuanto se pueda. Me anda rondando desde hace un par de años]

...o más bien porque lo sé exactamente, cada vez que me voy de vacaciones me acuerdo de mi papá, lo cual asegura que lo recuerde al menos una vez al año; y entonces, prodigio de la memoria selectiva y fragmentaria, me vuelven las imágenes más bellas del tiempo que pasamos juntos, lo extraño y me pregunto por dónde andará, me imagino por dónde andará, y vuelvo a recordarlo de viaje, al volante, o abriendo la ventanilla de un tren para respirar el paisaje, o bajándose ansioso, arrastrándome de la mano, en una terminal de ómnibus para ir al baño, o esperando el equipaje en la cinta de un aeropuerto con su plano de la ciudad entre los dedos. Mi papá viajó de todas las formas posibles, de todos los modos posibles y medios disponibles, aunque soliera decir que le faltó el camión de hacienda con animales. Papá es viajar, es el acto mismo de viajar, su padre lo había subido por primera vez solo a un tren a los siete años para que aprendiera a viajar y manejarse por sus propios medios; mi abuelo decía siempre que a él lo habían mandado desde Italia solo, en una barco, a los doce años, a ver entonces si papá no podía viajar hasta Adrogué a visitar a sus abuelos. Papá le cobró a los catorce años la enseñanza, colándose con un amigo en un tren de carga en donde los encontraron casi un día después en Santa Fé de la Vera Cruz. Lo de Vera Cruz fue lo que siempre había intrigado a papá desde años antes. No pudo ver mucho de la ciudad, ya que allí, luego de darles un buen susto, los mandaron de vuelta para Buenos Aires. Pero verdaderamente a papá no lo asustaron mucho que digamos, porque a los quince ya se las arreglaba para viajar de alguna forma económica, mintiendo vacaciones con amigos mayores con quienes viajaban hasta un punto para después hacer dedo hasta lo más lejos posible. Una vez nos contó, manejando en una ruta, claro, que a los dieciséis pasó por Mar del Plata especialmente para comprar unas cuantas postales para enviarle cada dos días a su pobre madre, a quien la había tranquilizado diciéndole que iba a un encuentro de jóvenes cristianos, que realizaban tareas de recreación espiritual y de caridad (la anécdota incluía a un tercero que enviaba las postales previamente escritas con sello postal marplatense). Pero a Mar del Plata la devoraba en tres días a lo sumo, y luego le quedaba la costa hasta Bahía Blanca, punto recomendable para volverse con ganas de haber seguido un poco más allá, porque siempre tiene que quedar algo por conocer, sólo para querer volver en otro momento. Y papá siempre volvía, y aún ahora sé que si hay lugares a los que no pudo volver, él está convencido de que va a hacerlo en algún momento.
Ahora me toca a mí continuar el rito, pero no sé por qué, no me siento a la altura de las circunstancias. Es el kilómetro cero, me acompaña mi mujer, me acompañan mis hijos, me siento papá, pero no soy él, y eso debe ser lo que me incomoda. Soy yo, soy Julio, soy sedentario, adoro la ciudad, vivo en un departamento que es lo suficientemente cómodo para mí y la familia. Tengo un buen trabajo y un auto nuevo al que uso precisamente para ir trabajar. Y me fastidia manejar en el tránsito de la ciudad. Me gustaba más cuando iba en subte, el subte sí que es cómodo. Y rápido ¿Qué carajo estoy haciendo manejando este auto hasta Puerto Madryn si la ruta siempre me aburrió? ¿Por qué mi hermana tenía que venir a mudarse justamente a Madryn? Y para colmo tenía que seguirla mi vieja. Y ahora amos a recibir el año nuevo del 2000 allá, y esto me costó semanas de discusión con Coty, que ahora se patea la cara, todavía de la bronca, porque los padres querían alquilar una quinta, y qué tiene de especial, me preguntó yo festejar el 2000. Pero es mi familia, y tengo cuestiones pendientes. Y los pibes, en el asiento de atrás están insoportables, ya están inquietos. Tengo que calmarme, es apenas el kilómetro 0. Tengo que ser papá, manejando mientras contaba historias de otros viajes para que la ruta no se hiciera larga. Y lo conseguía, las historias de viaje de papá eran fabulosas, porque viajar había ido cambiando con el tiempo, y por supuesto que papá tenía una historia para cada época, para cada modalidad de viaje, para cada modelo y estado de auto. Pero a mí manejar no me gusta, y me quedan como veinte horas por delante. Conducir es para mí un acto casi reflejo, pero en el que hay que mantenerse demasiado alerta, que de alguna manera me pone tenso, sobre todo por atender a lo que hacen los otros, y no me puedo relajar. Sí lo hacía, en cambio, cuando no conducía yo, sino papá, entonces miraba el paisaje. Ahora no lo puedo disfrutar, y tampoco puedo entender cómo puede haber gente que describa paisajes que apreció mientras conducía ¿Por qué no fuimos en micro, entonces? Era más caro, definitivamente, cuatro pasajes ida y vuelta. Pero sé que no es esa la razón, aunque no se lo diga a Coty por no dar el brazo a torcer, pero si no llevaba el auto, seguro que íbamos a ser rehenes de mi cuñado, que iba a insistir en llevarnos a donde él quisiera. “El auto nos da libertad”, le dije a Coty como si me muriera por manejar en vacaciones, como si yo fuera mi viejo, “nos quedamos unos días y hacemos la nuestra”, y agregué lo del costo. Es lo único que le pude arrancar, y quizás aceptó porque, desde ya, se lo tuve que plantear como un verdadero fastidio, aunque después de todo, hace cuatro años que no paso una fiesta con mi vieja y con mi hermana, y después de todo, todas esas fiestas las pasé con los padres de Coty, por no adelantar las vacaciones y agarrar el auto e irme a pasar las fiestas lo más lejos posible, como hacía papá. Y vuelvo a pensar en él, será porque me gustaría saber dónde va a pasar mi viejo el año 2000, será porque lo extraño o lo quiero. Puede ser, pero no tiene remedio, está loco o no sé, pero no le importamos, y por eso mi vieja se merece que una vez en la vida pueda pasar el año nuevo del 2000 con sus dos hijos, como ella quería. Se lo dije a Coty, y ella terminó aceptando, pero me va a costar una cara de culo de mil quinientos kilómetros de largo. Y los pibes están insoportables. Coty los reta, no sé qué prefiero. Me callo y manejo. El camino es simple, el auto está en condiciones, me concentro, el viaje es demasiado largo y apenas empieza, estamos llegando a la General Paz. Después buscaremos el empalme con la Ricchieri, después, iremos para Ezeiza a empalmar con la ruta 3, después, 1300 kilómetros derecho hasta Madryn. Ezeiza…¿Porqué no fuimos en avión? Cierto, es más caro, y salen de Aeroparque. No sé por qué pienso las cosas que pienso. No sé por qué sigo pensando en papá.

domingo, 20 de julio de 2008

Limita (II)




(Viene de la Primera Parte: La lección)


Segunda Parte: El mejor amigo



Los tres chicos se van, pero Limita se va a encontrar de vuelta , unos días después, con los pibes más grandes, quienes le van a recordar lo que él dijo unos días atrás.

– ¿Te animarías a hacerlo ahora? Hay un gato al que lo queremos matar. Te conseguimos un caño limado y lo hacés. No te hagás drama, si no zafás sos menor, sabés que si caés, no tenés que decir nada.
– La tengo clara , pero no pensaría caer… si lo haría…
– Claro que sí, pero primero hay que ver si te animás o sos muy nene todavía.
– Decime por cuánta moneda y te digo.

Los grandes se rieron.

– Mucha, nene. Si matás a ese gato hay mucha, pero mucha pasta en juego. Mientras tanto, andá a comprarte un helado mientras vas pensando.

Y el interlocutor le estiró la mano y le dio un billete con un prócer que Limita había visto sólo en fotos, o en televisión o en volantes publicitarios.
– No les digas nada a los putos de tus amigos, decí que lo robaste.

Y Limita corrió y obedeció, y pensó, y se tomó tiempo para pensarlo hasta que le duró el dinero que cuidadosamente ocultó a su madre. Y a los dos días, decidió que aceptaba. Tenía un nudo en el estómago, pero lo supo transformar en emoción. Esperaba que le dijeran que era ahí mismo, cruzando esa calle, pero era más complicado. Tenía que ensayar, se tenía que endurecer. Primero lo mandaron a “arrebatar” a un jubilado a la salida de un banco, para entrenarle la obediencia y el arrojo. Corrió como veinte cuadras perdido por el centro, pero aguantó y pasó la prueba. Después le hicieron hacer algo peor. Estaba relacionado con su futura víctima y era atroz, pero por tal condición, era la prueba definitiva de su capacidad. Tenía que meterse en el patio de la casa de su futura víctima y matarle al perro.

– ¿Lo enveneno?
– No, eso es muy suavecito. Le tenés que cortar la garganta sin que el puto ese te oiga.

A Limita se le estremeció su pequeño corazón de piedra, pero supo aguantar. No obstante, Cóndor, el pibe más grande que le hablaba, lo apuró.

– ¿Qué, te cagás por tener que matar a un perro de mierda? Ni siquiera es un perro peligroso, está viejo y medio ciego. Queremos que el tipo se ponga nervioso para que se salga del hoyo y se nos venga al humo. Ahí intervenís vos. Pero primero tenés que hacer lo del perro. Después de eso, vas a trabajar para nosotros cuando quieras.

Lo del perro era la verdadera prueba final, y lo otro era recibirse. Y aunque fue simple porque como le habían dicho, era un perro viejo y casi ciego, y aunque logró entretenerlo con un cebo porque el instinto siempre es más fuerte, y aunque no hizo ruido porque no le costó pasarle el lazo y ajustárselo al hocico, y aferrar al animal para perpretar el crimen, cometió el error de mirar los ojos del perro mientras le clavaba la daga en la garganta. Y fue como clavársela él mismo y casi se delata porque lloró, sollozó en silencio como un chico, y se acordó de que lo era. Y sintió rabia por serlo, y entonces retorció la daga con furia, como si la culpa de su infancia fuera del animal, hasta que éste no se movió más. Y lo miró muerto, y el llanto brotó imposible de contener, y saltó la pared cuando una luz se encendió dentro de la casa, y el dolor dejó paso al terror, y corrió enloquecido por calles silenciosas sollozando agitado, mientras los ladridos y aullidos de otros perros parecían reprocharle el imperdonable asesinato que acababa de cometer.
Pero esa experiencia espantosa le había significado superar la última prueba, y ahora ya estaba preparado para la definitiva, sabía que lo haría porque no podría ser más horrendo que aquello, y lo iba a hacer con un caño limado, se lo iban a dar, y hasta le iban a dar un celular para decirle cuándo interceptarlo. Iba a ser en una plaza, a la tardecita, cuando las calles se empiezan a despoblar. Iban a ser dos tiros directos al estómago a quemarropa, desde bien cerca. Ahí, esperar que cayera, y el tercer tiro apuntárselo a la cara para darle en la cabeza y desfigurarlo. “Hacelo con odio, como con el perro”, le dijo el Condor, y el cargó su odio contra su víctima como si por su culpa hubiera tenido que matar al pobre perro viejo, cuando en realidad sabía que estaba matando a alguien que tan malo no debería ser porque se preocupaba por un pobre perro viejo. Pero después pensó que un perro viejo era para un puto fracasado y perdedor, y volvió el odio, ese odio que, no sabía por qué, le subía tan fácil por la sangre. Y finalmente lo hizo, mató al desconocido. Mató a su primer hombre a los once años, con un arma con las estrías y la aguja del percutor limadas, un arma preparada que nunca apareció.
Walter se acordó muchas veces de aquella tarde, porque Limita pasó a ser no sólo el nombre, sino también el recuerdo de aquella hazaña impune y el inicio de una leyenda en la villa, que duró varios años, que se cargó de miedo y de más muertes, hasta la muerte propia, a la avanzada edad de veinticuatro años. El diario, que leyó Walter en su celda hablaba de un enfrentamiento armado con la policía y contaba muy mal, en unas líneas inexactas la historia del apodo, decían que le llamaban así por su adicción al paco, que lo ponía violento, “limado”, según confiaban los testigos, quienes no olvidaban contar que su primer asesinato lo había cometido a los once años . Walter sabía que eso fue después, al final, si no, “nunca lo habrían agarrado”. Walter sabía también que en lo del paco, al Cholito le había ido peor que a Limita, y por eso se murió antes, de “zarpado”. Y si bien él ya no estaba cerca porque había caído igual que su hermano el Turco años antes, también sabía que, aunque Limita solía decir que no tenía corazón porque una vez había matado a un perro viejo y ciego, había que conocerlo para saber que no se perdonaba ni el crimen del pobre animal, ni la muerte sin gloria del Cholito, simplemente porque ellos habían sabido en su momento que Limita había llorado la vez del perro, como lloraron ellos cuando se los contó, y nunca más volvieron a hablar del tema. Y Walter también lloró al leer la noticia, porque muchas veces pensó que Limita sí que la había hecho bien, porque Limita nunca había caído, él mataba sin odio, él tenía huevos y se hacía valer, él se cargó a unos cuantos y se hizo respetar, y hasta tuvo banda propia, hizo cosas grandes y llego a tener protección. Pero un día lo batieron, algún hijo de puta como el primero al que él había matado. Y entonces, el círculo se cerró para siempre para Limita Vergara, mientras Walter abollaba la página del diario, llorando otra vez al pensar que él podía contestarle varios años después lo que no se atrevió a decirle aquella tarde en la que él contó que su hermano el Turco había caído preso por homicidio: quizás sólo la cárcel te permita llegar a viejo. Pero quién carajo quiere llegar a viejo. Walter Molina lo prefería. Limita Vergara seguro que no.

Limita (I)


Primera parte: La lección.

Un grupo de chicos de unos once años discute acaloradamente una tarde de verano polvorienta aunque pesada, en un barrio marginal del conurbano bonaerense, según la topografía periodística, en una villa, según la popular. Entre ellos está Limita, que todavía no se llama así, se llama Jorge, como el padre ausente; Jorgito, para la madre y los compañeros. El apellido no es Lima, es Vergara, y no tiene linaje más allá del padre alcohólico y violento y la madre golpeada. Jorge se la pasa en las callecitas de la villa, es bravo. En una época iba al colegio, pero otros trabajitos lo distraen cada vez más, y para colmo la madre, que trabaja todo el día, ya no lo puede controlar y sabe que si denuncia las “travesuras” del hijo, termina interviniendo una asistente social, y ya se sabe todo lo que pasa después, los trámites, el juez de menores, los Institutos donde los violan… La madre aguanta, los hermanos mayores no fueron mejores, ya se las arreglan por ahí, es preferible no saber. La madre hace rato que no puede más, y el futuro Limita, Jorgito, en el fondo piensa en ella, mientras es, de momento, un chico apenas travieso, en comparación con lo que será.
Y en aquella ocasión, los chicos de once años discutían una cuestión escalofriante: cuál era la mejor manera de matar a alguien. Lo de “mejor” implicaba un concepto complejo, ya que incluía una forma rápida, efectiva, económica, eficiente, capaz de, ante todo, no ser rastreada. El debate había comenzado instigado por la desgracia que acababa de ocurrirle a Walter, uno de los amigos de Jorge: su hermano el Turco había caído preso, y ahora intervenían fiscales y jueces, era serio, había matado a alguien en un robo. La reacción de Jorge fue violenta para los otros, como casi siempre. Le dijo a Walter que eso le pasaba por gil, por andar robando con cualquier fierro, poniéndose nerviosos y después dejándose agarrar. “y encima, mas vale que ahora no vaya a cantar…” dejaba flotando en el aire como si la culpa fuera de quien se dejaba agarrar, y no de quien había matado. Walter asomaba un enojo, pero no mucho porque le tenía miedo a Jorgito (quien odiaba que le dijeran así, salvo su madre), y exigía una explicación; sabía que a Jorge no le molestaba aleccionar con autoridad. Y entonces, Jorge dijo, en resumidas palabras, más o menos, que para empezar, el negocio de robar era una verdadera mierda peligrosa que no dejaba ningún beneficio para quien corría con el riesgo, es decir, el pibe chorro. “Ni siquiera los caños son de ellos”, sentenció con autoridad definitiva.
Los otros dos –además de Walter acompaña al disertante el Cholito, un morochito rapado “a la cero” llamado así por su parecido con el jugador de fútbol Simeone– escuchan atentos lo que viene. La moral de Jorge les resulta apasionante, porque sin saberlo Jorge ni ellos, sus ideas son las de un auténtico Maquivelo en su manera de razonar el delito, entendiéndolo como una ocupación más, una opción profesional para un pobre que no tiene muchas otras opciones de supervivencia. Entonces agrega:

– Si vas a matar, lo tenés que hacer bien, lo tenés que pensar, no te tienen que agarrar porque no zafás. Si matás, que sea por mucha plata, o por mucho más que eso: por poder. Tenés que ser un grosso si matás, si no, no hagás giladas.
– Y tenés que tener huevos también – agrega el Cholito.
– Más que eso, tenés que ser frío, no tenés que tener sentimiento para matar, tiene que ser un trabajo y listo –señala el especialista.
– A mí, si le tengo bronca no me importaría matar a un chabón –dice Walter–, o si estaría caliente o nervioso, pero si no me hizo nada, capaz que me da lástima.
– Entonces no salgas de caño, boludo – sentencia otra vez categórico el futuro Limita.
Limita sostiene que matar es el mejor negocio de la amplia plaza que ofrece la delincuencia. Es cuestión de ver quién se cotiza, es un trabajo caro, porque no es para cualquiera. Walter y el Cholito no se atreven a cuestionar la validez de los dichos de Jorge, es cierto que en su casa hay televisión y le gustan las películas de tiros y robos, pero en el barrio se aprende más, cuando se sabe escuchar.

– Si vas a matar que sea para alguien. En eso siempre te van a respetar. Si sabés matar, nadie te va joder. Yo lo haría por que sé como hay que hacerlo.

Y la afirmación corta el aire de ansiedad. Limita devuelve la demanda de sus amigos en una pregunta pedagógica: ¿Cómo matarían ustedes? Los chicos se devanan, hablan de métodos inverosímiles, sangrientos, ingenuos, exagerados, imposibles, hablan de botellas rotas, de armas caseras como astillas de madera, de ácidos que hacen desaparecer; el maestro los va conduciendo por el sendero del saber cuestionando cada una de las respuestas y planteos. Cuando la cuestión se agota en lo irrealizable, el maestro anuncia la respuesta:

– Es bien fácil: un caño limado, un buen caño limado.

Cuando los otros no entienden, Limita da una rústica cátedra de partes de un arma. Habla de la “aguja del percutor”, habla de “estrías”, dibuja en la tierra polvorienta con una ramita seca. Los otros dos lo escuchan azorados. De pronto aparecen otros más grandes, los quieren correr del lugar. Se produce un diálogo sobrador con los jóvenes mayores que los niños. Limita se defiende diciendo que está hablando de matar porque él es capaz de hacerlo, que si le dan un fierro limado lo hace. Los más grandes lo descalifican, y él argumenta con su lógica Maquiavélica. Los más grandes lo terminan felicitando, y le hacen más preguntas, saben que el pendejito es bravo. Y entonces le ponen el sobrenombre, y el chico empieza a ser pibe, tiene nombre propio. Los otros pibes más grandes le enseñan a él y sólo a él, de qué manera darles la mano, cómo saludarlos a cada uno de ellos como hacen “los del palo”. Y Limita toca el cielo con las manos, ya es grande, ya es grosso, y sus amigos unos giles, pero que lo admiran y lo veneran, y él les tiene que enseñar. Y la clase no podía terminar mejor.


(CONTINUARÁ)

viernes, 27 de junio de 2008

La puñalada



Ausencia, soledad, lo perdido,
un látigo castiga mi conciencia.

Nostalgia corrosiva
y tenaz
muerde mi espalda.

No tengo apuro,
pero las horas son
quienes corren,

cuando el tiempo se cierra
sobre sí mismo
como un abismo
en un bollo de papel,
o como una mano
al volverse puño.

sábado, 7 de junio de 2008

Que estás en la tierra


[Por aquél hermoso 8 de junio de 1990, de hace 18 años, hoy que la minoría de edad queda atrás, bienvenida mujer, que para mí siempre serás "esta nena" ...]



Hubo una vez en la que el tiempo
tejió una risa en nuestras vidas.
Digo que hubo porque fue antes,
aunque también sea una risa
que perdura,
y que nos despierta,
y que nos arrulla cada día.

Hubo una noche
en la que todo empezó,
y una suave bailarina
desde el vientre materno
decidió asomarse a nuestra historia.
Dormías en tu tibio y líquido universo,
y de pronto despertaste repentina y tormentosa,
como desde entonces siempre.
Todo estaba en calma al salir del consultorio,
más tarde los dolores, las corridas,
la aventura de nacer.
Y te vi llegar primero,
y guardé tus primeras imágenes
en la memoria y en la foto,
y como pasa en estos casos,
dejé de ser un poco yo
para ser nosotros
otro poco.

Bendigo aquella noche cada día
en tus inmensos ojos luminosos,
en las dispares armonías de tu voz
y de tu risa que corona gloriosamente las mañanas.
Bendigo tu vuelo libre
y cada uno de tus sueños
y todas tus alegrías,
y todos tus pensamientos,
así como maldigo
cada uno de tus sufrimientos.
Hija mía que estás en la tierra,
hoy glorifico tu nombre,
y los días de infancia que me diste,
y todo lo que me enseñaste:
aquella ternura de niña,
tu presente firmeza quinceañera.

Hija mía que estás en MI cielo,
hoy te digo que los padres siempre atrasan
y que sepas disculpar si al mirarte
veo a un duende de pómulos redondos,
de melena dorada,
y de ojos grandes como la felicidad:
así es,
los padres siempre atrasamos la mirada,
atrasamos el recuerdo,
vamos y venimos por el tiempo,
de una infancia a la otra,
y entonces voy y vengo,
de tus sueños a los míos,
del recuerdo al futuro,
y desde siempre al primero de los días,
a ese en que una risa
empezó a tejerse en nuestras vidas,
y se quedó para siempre,
y nos llenó de flores, de duendes,
de soles y de espejos,
y nos hizo mejores
y más puros y más buenos.

Hija nuestra que estás en la tierra,
tu memoria es nuestra vida eterna,
tu emoción es nuestro espejo,
tu existencia, nuestro camino de regreso.
Hija nuestra que hoy sos nuestra tierra,
gracias por los días,
por los colores nuevos que trajiste a nuestras vidas,
por la inocencia que recuperamos,
por todas las ilusiones
que nacieron y crecieron junto a vos,
por los recuerdos que compartimos,
por las nostalgias que vendrán,
y gracias también por querernos
más allá de lo que no hayamos podido darte.
Gracias por ser libre y por ser nuestra,
por ser dulce, por ser bella, por ser buena.
Y sobre todo gracias por descubrirnos
que a veces llorar juntos
puede ser algo hermoso.

Pilar , 1/10/05
FELIZ CUMPLEAÑOS

martes, 3 de junio de 2008

+++ Acerca de las condolencias +++

¿Qué hacer cuando lo único en verdad irremediable ya está consumado?

Hay quienes tienen el estómago suficientemente duro como para ser público fácil de velatorio. Hay quienes viven el espectáculo funerario como una obligación, la de consolar al deudo. Debo admitir que aunque corra el riesgo de hacerme fama de blando, no es mi fuerte el formar parte de ese público y rehuyo cobardemente el compromiso. Obviamente, me deprimen los velatorios por razones obvias, y su efecto me dura demasiado tiempo.

Es cierto, a veces podemos ser el bastón sobre el que otro se apoye en el trance más indeseable. Y allí estaremos escudando nuestra flaqueza en mostrarnos enteros para apuntalar a quien haga falta. Pero ¿qué decir?, si no hay palabra que pueda ante tanto silencio y ausencia. Vale el gesto, la presencia, la mano en el hombro, el favor que pueda presentarse si uno puede estar más despierto ante la pesadilla.

Pero la pompa funeraria puede ser para algunos ocasión de desplegar otro lenguaje: el del dolor de compromiso. La vida establece relaciones entre las personas, la muerte a veces las reconfirma, o replantea las relaciones con los vivos. Algunos sienten la necesidad de hacer visible y estentórea la condolencia: de eso viven las casas de arreglos florales, los fundidores de bronce, las agencias de avisos fúnebres.

Prefiero la sobriedad del gesto, el silencio acompañado de una mirada que cae al piso. Ni siquiera me es cómodo decir "lo lamento", ya que nunca será tan sincero como si lo dijera quien conocía al fallecido, y si fuera sincero, para qué decirlo. De todos modos, casi siempre es lamentable la muerte, dejando el casi para muy contadas ocasiones, en las que la muerte ajena sea un alivio para muchos otros: quiero decir que no lloraría la muerte Hitler. Pero, en fin, creo que nada hay que decir ante la muerte, que no sea palabrerío vano. La objetividad indica que hay que acompañar en silencio y atentamente a quien resulte más afectado, sin sobreactuaciones ni grandilocuencias que significarían un falta de respeto a la solemnidad y el vacío de esa despedida absoluta.

En síntesis, creo que cada uno tiene derecho a acompañar la muerte ajena con respeto por el deudo, pero sin compromisos ni actuaciones. No hace falta aclarar la seriedad de la cuestión, porque no es difícil ser considerado con quien pasó hoy por ese trance que un día nos tocará a nosotros. La consideración nace de nuestra propia conciencia de finitud, y eso es sagrado.

Y a propósito de eso... en cuanto a mí... Ya saben, aquél lejano día recuérdenme, no gasten en coronas, ni en avisos, ni en placas. Dilapiden en una buena fiesta, a la que lamentablemente, y por reales razones de fuerza mayor, no podré concurrir, pero ante el pequeño inconveniente, disfrunten por mí, como si la hubiera organizado yo mismo. Beban, coman manjares (no es bueno beber con el estómago vacío), bailen y ríanse de mis historias más graciosas. No me extañen, cuando no esté, los que me sobrevivan (porque espero que los haya) serán mi memoria, y forzosamente, estaré donde estén ellos. Gocen de la vida, disfruten de las almas y los cuerpos, y atrapen a la fugaz felicidad mientras dure. Y entonces, simplemente llénenme una copa vacía, y enciendan alguna llama por mí, que en una de esas...

En una de esas vuelvo a tirarle de los tobillos en medio de la noche al desgraciado que haya dado condolencias de compromiso por mí.

Lo lamento mucho.

sábado, 31 de mayo de 2008

El tiempo de Dios










El Ingeniero Aldo Moustache, oriundo de San Justo, Provincia de Buenos Aires, fue una injusta víctima de la ciencia, y a la vez, de la incomprensión humana hija de una paradoja del tiempo al que él mismo le dedicó su vida. Moustache fue un obsesivo por ese tema, desde su más tierna infancia planteaba a sus mayores sencillas preguntas sin solución, tales como cuándo comenzó el tiempo, y cuándo va a terminar. Algún tío, ex seminarista, le recomendó la lectura de las Confesiones de San Agustín, hablando del tiempo de los hombres y el de Dios. Las especulaciones del filósofo africano fueron un latigazo en su joven conciencia nacida tan sólo una década humana atrás. La idea de que el tiempo divino no podía ser tan limitado como para dividirse en pasado, presente y futuro, y que por lo tanto Dios vivía todos los tiempos en uno, sin la sucesividad del tiempo humano, lo deslumbró y cambió el rumbo de su existencia hacia una fantasía que habría de transformarse forjada por el estudio y la investigación en una teoría científica. Curiosamente, el muchacho se formó en un férreo ateísmo que se fortaleció elevando a la ciencia al rango de fe religiosa.
El joven Moustache fue un alumno universitario precoz y brillante: terminó la escuela secundaria tres años antes de lo normal, e ingresó en la carrera de Física de la Universidad Nacional de La Plata a la edad de 15 años. Completó sus estudios graduándose con honores tan sólo cuatro años más tarde. Investigador de post-grado a los 19 años, Moustache continúo el cursus honoris previsible y se recibió de Doctor en Física a los 22 años. Al mismo tiempo había cursado en paralelo estudios de Filosofía e Ingeniería. Curiosamente, éste último título, de los muchos que ostentara desde los 25 años en adelante, fue el que perduró hasta en su temprana lápida, aunque haya muerto a unos aparentes 84 años, más allá de las fechas oficiales de nacimiento y defunción: 1925-1965.
Para 1950, Moustache regresa de los Estados Unidos convertido en un respetable Ingeniero Físico. Cuenta con un subsidio del Massachusetts Institute of Technology para montar un laboratorio en San Justo, evidentemente una excentricidad que se le permite al, por otra parte, discreto, brillante y promisorio científico argentino. A partir de allí los pormenores de la investigación de Moustache y su relación con el MIT se hacen difusos, sólo es posible saber que el tema siempre es el mismo: las fisuras temporales o la búsqueda de las variables espacio-tiempo que harían posible unir pasado, presente y futuro. Sólo una cosa pudo saberse del proyecto: que ostentaba entre los entendidos el místico nombre de "El tiempo de Dios", nombre que suma una nueva paradoja si se tiene en cuenta que fue un ateo convencido como Moustache quien le dio vida.
El proyecto parece que naufragó oficialmente por falta de avances que fueran más allá de la especulación teórica, y dicen las malas lenguas que los americanos acusaron a Moustache de haber malgastado el dinero del subsidio en una absurda investigación en el lugar más inapropiado para un trabajo de tales características. El olvido, el oprobio y la mala fama se encargaron del resto. La carrera oficial de Moustache finalizó hacia 1960, cuando la intelligenzia científica local (la internacional ya lo había hecho) le terminó de retirar el saludo. Recluido en su San Justo natal, Moustache consiguió apoyos financieros misteriosos, algunos dicen que eran restos de lo que birlara a los americanos, otros plantean financiamiento soviético a través de la incipiente Cuba castrista, y hasta hay quienes plantean una cuidadosa combinación de ambas. Pero la mayor parte de los que estaban al tanto de la cuestión lo tomaron simplemente por un payaso o un loco, y ni siquiera creyeron que alguna vez El tiempo de Dios haya continuado, a pesar de la existencia de testigos que aún hoy señalen lo contrario.
El Doctor Mariano Caravetta fue colaborador de Moustache entre 1961 y 1965, año del fallecimiento del Ingeniero por causas naturales, aunque muy poco claras. Caravetta aseguraba que en los fondos de la casa de San Justo se construyó un misterioso “gabinete galvanizado” al que denominaban "La ermita", en consonancia con el irónico nombre místico del proyecto. Lamentablemente el propio Caravetta falleció hace algunos años internado en una institución neuropsiquiátrica, lo cual no impide que su hijo Augusto siga sosteniendo hasta hoy en día tanto la historia de EL tiempo de Dios como la cordura de su padre. El hecho en sí es que Caravetta aseguraba que Moustache había logrado viajar por el tiempo, encerrándose en la ermita antes mencionada. El problema, según Caravetti, era que Moustache no había podido hallar todas las variables necesarias para dominar e ingresar al tiempo de Dios, es decir a esa conjunción de coordenadas físicas que hacen posible vivir todos los momentos en uno. Para empezar, Moustache había conseguido solamente viajar "en línea recta", es decir, a través de su propia existencia, de tal modo que se había encontrado siempre con él mismo, primero en el pasado reciente, luego en una época más lejana. Pero siempre viajaba a momentos de su propia vida en los que él estaba presente. No obstante, no pudo establecer ningún contacto, estaba en el lugar como un fantasma. Dos datos más agregan asombro a la historia: el tiempo para el Ingeniero transcurría a mayor velocidad, y él presenciaba todo no sólo más rápido, sino al revés, como una película en reversa. Moustache vio su vida de adelante para atrás, sin poder revertir el proceso, estaba obsesionado con "encontrar la curva en la que el tiempo se replegara sobre sí mismo", y entonces pasado, presente y futuro se volverían uno sólo, en un solo momento que sería la eternidad, El tiempo de Dios.
Por desgracia, y siempre según Caravetta, Moustache se negaba a admitir una evidencia demasiado visible para sus colaboradores: cada vez que salía del gabinete, su apariencia física había envejecido algunos años, si bien nunca se sometió a sesiones de más de dos horas. El resto de sus colaboradores no corrobora la versión de Caravetta, y adscriben a la versión oficial que sostiene que Moustache se sometió a una descarga de rayos desconocidos que le provocaron un envejecimiento celular anticipado, y por consiguiente, la muerte a los 40 años con la apariencia de un hombre de 84, según lo que el propio Moustache terminó por calcular. Esta especie de contraindicación aparente del viajar por el tiempo es, siempre según Caravetta, lo que terminó por impedirle al Ingeniero de San Justo resolver el pliegue que según él lo fusionaría con todos sus otros yo en un solo instante del que él podría regresar al tiempo humano contando con cualquier edad, pero siempre vivo, ya que el rango temporal en el que se estaría moviendo, en principio, excluiría al futuro, o sea, a los años posteriores a 1965, y la sesión de dos horas no era suficiente para abarcar a un pasado anterior a su nacimiento, lo que lo llevaría a no existir.

 
El impresionante testimonio de Caravetta queda por desgracia empañado por otros datos que se agregan a la antes mencionada insanía psíquica: él mismo admite no haber visto nunca nada de lo que ocurría dentro del gabinete (estaba sellado herméticamente durante las sesiones), por un lado, mientras por otra parte se transformó en el propio destructor de la única evidencia, cumpliendo con una última voluntad del envejecido prematuramente y moribundo Moustache: la destrucción absoluta de la ermita y todas las notas y documentos que dejaran testimonio del tiempo de Dios. Aparentemente en sus últimos días, Moustache se volvió escéptico y amargado, no quiso que sus hallazgos fueran finalmente robados por aquellos que lo habían sepultado en la vergüenza y lo habían borrado de la memoria científica y humana. De nada valió la súplica del fiel Caravetta: Moustache que era ateo hasta la médula, y más aún en sus últimos días, le hizo jurar al devoto y muy cristiano colaborador que cumpliría con su resentido deseo. Y así fue hecho.
Su hijo Augusto cuenta que su padre no estaba loco porque un demente jamás podría haber muerto diciendo una cosa tan coherente. En su aparente delirio final, Caravetta miró al vacío diciendo: “Ahora comprenderá Usted, señor Ingeniero, por qué no pudo en este lado del tiempo alcanzar el pliegue del tiempo de Dios. Si hubiera comprendido lo que San Agustín escribió, hubiera entendido no sólo que los mortales no pueden alcanzarlo, sencillamente porque el pliegue es la muerte. Pero, en fin, deberemos continuar esta discusión en otra parte”. Y entonces, él también se entregó a la eternidad. Augusto Caravetta, quien de niño conoció muy bien al Ingeniero Aldo Moustache, sostiene que este era tan científicamente obstinado que si las últimas palabras de su padre se cumplieran, seguramente el ateo científico no daría el brazo a torcer, convencido de que ningún imperfecto dios humano forjado por la deficiente aunque brillante especulación también humana iba a venir a opacarle la gloria de su inmenso descubrimiento científico.
Desafortunadamente, quiso el azar, el destino o quizás el mismo Dios, que creer o no en esta historia termine siendo sólo una cuestión de fe.

lunes, 12 de mayo de 2008

Gianni II: La ventana mágica.

Gianni y tía Bruna en la playa (¿Anzio quizás?) alrededor de 1946


De los mismos años, una historia más risueña y con final feliz, aunque la tragedia representada aparezca como verdadero telón de fondo.

La tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela la Nonna, la misma tía que pronosticó el día que yo nací que sería presidente de la Argentina, repartiendo cintas celestes y blancas a quien se le cruzara (tía que no llegué a conocerte más que en eufóricos relatos de tu alegría desbordante: ¿qué destino cruel esperabas para este humilde servidor?), la querida y desconocida por mí tía Bruna, la "loca linda" de la familia, llevó a mi papá-niño a la ópera a ver Tosca, y ya nada volvería a ser igual para él, el espectáculo se le metió en el alma para siempre.

La obra transcurre enteramente en el Castell Sant'Angelo, distante a unas treinta cuadras de la casa de los Lunadei, en el centro de Roma, a orillas del río Tiber. El último acto transcurre en la terraza del castillo, Cavaradossi, el amado de Tosca, está preso allí; el malvado Scarpa lo encerró sabiendo de sus actividades revolucionarias y lo condenó a muerte. Scarpa desea perversamente a Tosca. En el acto anterior la muchacha va al despacho de Scarpa a rogar por la vida de su amor. El villano despreciable le pide a la joven la entrega de su cuerpo a cambio de simular la ejecución de Cavaradossi, programada para un rato más tarde, con balas de salva. Tosca accede, asegurándose de que Scarpa firme un papel en el que se supone que dará la orden, sin saber que el malvado miente. Cuando él, en un repugnante abrazo se dispone a poseer el cuerpo deseado con lascivia, Tosca recibe el abrazo apuñalando heroicamente al perverso, quien muere en sus brazos. Ella huye a avisar a su amado de la supuesta simulación que éste debe hacer, sin que nadie advierta aún el asesinato. Tosca le da las intrucciones a Cavaradossi, quien una escena antes canta una de las áreas más hermosas de la obra "E lucevan le stelle", donde evoca a la amada a quien no verá nunca más. La escenografía espectacular de la ópera reproduce al detalle el castillo, y papá pensó que el teatro era una ventana mágica que mostraba lo que realmente estaba pasando en ese lugar por el que él pasaba siempre. Desde ya, la historia era fuerte para un pequeño espíritu sensible como el suyo. Pero los espíritus sensibles se alimentan de las tragedias, y papá estaba fascinado.

La historia continúa, como buena ópera, con el final trágico imaginado: no hay balas de salva, Cavaradossi es fusilado de verdad, mientras Tosca piensa que se trata de una simulación, y observa despreocupada la escena. los soldados se retiran, Tosca espera. Luego de un rato, se le acerca a Cavaradossi, le habla dulcemente, pero él no responde, no se mueve, no respira. Tosca enloquece al comprobar la traición final de Scarpa. Mientras tanto, se descubre el asesinato cometido por la desesperada mujer, un grito lo advierte. Los soldados ascienden a la terraza y reaparecen en escena. Tosca se despide de Cavaradossi muerto, le dice que pronto se reencontrarán, y ante la vista atónita de sus perseguidores se arroja al vacío. La orquesta bate a fondo todos sus instrumentos, y en unos resonantes e inolvidables acordes finaliza la ópera. Telón final. Papá, shoqueado, se quedó mudo, y la tía Bruna pensó que quizás la obra hubiera aburrido al chico.

A la mañana siguiente, al despertar, no pudieron encontrar a papá por ningún lado, ni siquiera en el vecindario. Nunca supe cómo dieron con él, pero lo cierto fue que ya se imaginarán adónde estaba: se había escabullido bien temprano, no había podido dormir, había caminado las treinta cuadras que conocía bien para ver si estaba el cuerpo de Tosca en la vereda, y ni siquiera vio rastros de sangre, ni baldosas rotas por el impacto de la caída. No pudo dejarle una ofrenda, aunque sí le quedó la duda de cómo funcionaba aquella ventana mágica.

Y averiguar eso le llevó el resto de su vida.

lunes, 21 de abril de 2008

Gianni


Me permito el pecado de la autorreferencialidad, pero le debo la evocación y la memoria a papá. Nació en Roma con el nombre de Giovanni Marcello un 2 de mayo de 1938. Aquel día la ciudad estuvo paralizada por el encuentro entre Hitler y Mussolini. Mi abuela tuvo un parto muy complicado que le hizo perder la matriz, quedando imposibilitada para tener más hijos. Fue atendida por una guardia mínima que había en el hospital, y estuvo cerca de perder la vida: contaba que perdió litros de sangre, lo recordaba cuando veía las botellas de vidrio de un litro, “botellas como ésta me sacaban, llenas de sangre”, decía. De allí en más, ese nacimiento pareció marcar trágicamente el resto de la infancia de papá: mi abuelo estaría desaparecido durante meses, con intermitencias; Italia se embarcaría en la Segunda Guerra Mundial de la mano del bando más cruel y asesino que recuerde la humanidad; vivirían bombardeos, muerte y hambre. Por mi abuela sé que en los últimos tiempos de Mussolini, Roma fue una ciudad virtualmente tomada por los nazis. Si la Resistencia a la cual mi abuelo pertenecía, los partisanos, asesinaba a algún oficial nazi, los alemanes fusilaban a diez italianos al azahar que pasaban por la calle. Una vez mi abuela lo advirtió y se escondió en el umbral de un edificio. Esperó aterrorizada. Esperó que pasaran otros. Pensó en su hijo único en la vida, en su esposo que nunca se sabía si volvía. Pensó que no sabía por qué la gente quiere seguir viviendo aunque sea en ese horror, volvió a pensar en su hijo sólo y abandonado en el infierno, cuando escuchó la descarga fatal que terminó con los que morían en su lugar. Para mí fue la Nonna, se llamaba Ada, y no le fue feliz sobrevivir a aquello y otros horrores más.
La historia sigue con desgarros: caminar kilómetros para conseguir comida, ocultar a mi abuelo cuando estaba en casa y lo venía a buscar la policía o el ejército: técnicamente era desertor, clandestinamente era partisano. Se tenía que ir para no poner en peligro a la familia. Alguna vez un portero de su edificio que era colaboracionista le salvó el pellejo: mi papá estaba jugando en la casa con cosas que encontraba por ahí. Abrió un cajón y encontró que estaba lleno de clavos “miguelito” que mi abuelo, el Nonno, guardaba para sabotear vehículos fascistas. Obviamente su sola tenencia implicaba estar mezclado en actividades terroristas, y significaban la pena de muerte. Papá quedó fascinado con esos clavos con forma de medio signo de infinito, que siempre caen parados, con sus amenazantes puntas para arriba. E hizo el experimento de arrojar algunos por la ventana. Pasó una patrulla que vio caer los clavos, aunque aparentemente no advirtió de dónde caían. La patrulla buscó la puerta del edificio de inmediato, pero el paso les fue cortado por el portero. Los soldados querían subir, en el edificio había cuatro departamentos repartidos en dos pisos, el portero no los dejó, alegó que en su edificio vivía gente respetable. Invocó nombres, amistades, influencias y “credenciales” que hacían de él un buen fascista. Milagrosamente, los soldados se acobardaron y se fueron para no volver. Pero mi padre-niño no se salvó de una gran paliza provocada por la crisis de nervios de mi abuelo que cientos de veces había insistido a mi díscolo padre que no tocara aquellos cajones. Grave error tentar a ese geniecillo curioso que más tarde habría de saciar infinitas curiosidades. En cuanto a mi abuelo, el portero le salvó la vida porque a pesar de saber o sospechar lo que hacía, simplemente lo quería, el nonno era demasiado bueno para entregarlo. No sería extraño que el portero hiciera lo que hacía por miedo. No sería raro que admirara el coraje de aquél albañil simple y con convicciones.
Otra vez mi papá estaba jugando en la vereda de su casa, y una formación de soldados y Jeeps alemanes pasó por la calle. Papá suponía que por ser rubio le habrá hecho recordar al oficial a cargo a su hijo. Lo cierto es que mandó a detener la formación e hizo subir a mi papá al Jeep. Los vecinos que vieron la escena vieron un secuestro, una reprimenda cruel o un chantaje hacia mi abuelo. Mi papá lo vivió de manera diferente: el oficial alemán lo llevó de paseo por Roma, le puso su gorra impecable, lo hizo vivir la fantasía de ser un pequeño rey por un rato. Y para colmo remató la aventura convidándole ¡un enorme helado! Papá jamás había probado uno, el alimento alcanzaba para darle de comer un huevo crudo por comida, ya que la albúmina contenía las proteínas necesarias para la subsistencia. Aún en sus últimos años, conservó la costumbre de almorzar huevos apenas pasados por agua y de “merendar” después de su siesta ritual, un huevo crudo, absorbido directamente de un pequeño agujero que le practicaba a la cáscara. El paseo de papá termino con saludos cordiales en alemán, cuando el oficial lo dejó nuevamente en la puerta de su casa. Mis abuelos estaban desesperados, convencidos de que vivirían la tragedia más espantosa de sus vidas. Mi papá nunca pudo olvidar la emoción única y feliz que le produjo aquel paseo.
Y después llegaron los americanos, tras la caída de Mussolini, y mi abuelo otra vez lejos, y mi abuela abandonada, prostituyéndose por hambre. Papá empezó a entender lo que pasaba, tuvo que crecer de golpe, aunque se refugiaba en su fantasía, representaba obritas improvisadas de teatro en una ventana, para sus vecinos. Mi tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela, lo llevaba a la ópera, que quedaba a unas pocas cuadras de su casa. Y entonces Papá encontró su refugio más seguro: el arte. Después terminó la guerra, se quedó el hambre. Mi abuelo supo lo de mi abuela, le costó entender. A veces rompía en ira ante papá, se distanciaban, se buscaban nuevamente y volvían a empezar.
Un día mi abuelo cobró un sueldo, e invitó a papá y a la Nonna a vivir un lujo inolvidable: ir a comer una pizza. Todo era exquisito y feliz, hasta que surgieron los viejos rencores de la pareja. Comenzó la discusión y se cruzaron los reproches. De pronto Ada se quebró, y arrebatada por la deseperación salió corriendo a la calle amenazando con matarse. El Nonno y papá salieron corriendo detrás. Al llegar a la vereda, Ada se arrojó al paso de un auto. El vehículo llegó a frenar a centímetros de su cabeza, ante la vista azorada de su esposo y su hijo.
Todo parece indicar que tras aquello mi abuela abandonó a mi abuelo para probar suerte en Argentina junto a su hermana Bruna. La distancia operó la reconciliación y la añoranza. Mi abuela, que era modista de alta costura, estaba trabajando bien en el otro lado del mundo, y empezó a ahorrar para enviar los dos pasajes que hacían falta para reunir a la familia. Pero no alcanzó, sólo llegó a poder comprar uno. Lógicamente, mi abuelo iba a enviar a papá, de 12 años, solo. Incapaz de decirle la verdad, le hizo creer que irían juntos, le habló de aquél lejano y maravilloso país, del reencuentro con la madre, del futuro en común. Papá soñó con aquél día, y cuando al fin llegó, se encaminó al puerto de la mano del nonno Emilio, quien subió al barco junto a él, lo entregó a un oficial que debía hacerse cargo de cuidarlo pero que desapareció ni bien el barco zarpó, y salió repentinamente corriendo cuando se avisó que descendieran los visitantes. Papá vio su pañuelo blanco agitarse desde el muelle llorando y pidiendo perdón. De todo lo horrible que vivió en su vida, papá recordaría especialmente ese viaje como su peor pesadilla, como el punto más bajo del abandono y de la debilidad humana: los chicos mayores que él lo golpeaban y le robaban la comida, debió arreglarse como pudo, engañado y abandonado viajando hacia un país que ni siquiera sabía dónde quedaba ni cómo sería. Poco tiempo después, Emilio se sumó a la familia, pero la relación con papá nunca iba a ser buena. En cambio para mi abuela, papá siempre fue su tesoro y orgullo más preciados. Pero papá sentía vergüenza de ella, y la traducía en frases humorísticas tremendas y punzantes que mi abuela no terminaba de entender porque papá las solía decir en castellano. O quizás, Ada no quería entender, o si lo hacía, nada iba a cambiar su amor incondicional: papá siempre fue su vida, ya que a la suya parecía haber renunciado cuando vio cómo se llevaban botellas de vidrio de un litro con su sangre, de allí en más, salvar su vida había sido salvar la vida de papá ¿Quién iba a negarle, tantos años después, que todo ese sacrificio providencial había sido por su misión divina de ver triunfar a su hijo? Y no sólo pudo verlo, sino que además eso le dio sentido a la otra mitad de su vida, plagada de privaciones, de tristeza y desengaños, con la constante evocación de aquellos años infelices de los que siempre hablaba, mientras Emilio se obstinaba en callar.
En cuanto a papá, la familia se instaló en Ramos Mejía, adonde se hizo amigo de un chico del barrio un singular muchacho brillante, activo, intelectual y divertido que se llamaba Roberto. Gianni era irresistible con las mujeres, su simpatía y dotes de seducción las hacían sucumbir de una forma admirable. Roberto apreciaba este don, aunque no tanto cuando se trató de cruzarlo eventualmente con su propia hermana, Alicia. De nada valieron las advertencias del hermano menor a la hermana mayor, el tanito de la barra flechó el corazón indefenso de la hermosa muchacha, esa joya escondida por Roberto, que sabía bien de quiénes la preservaba. Y claro, esa joya es mi mamá, pero que yo llegue a contar esta historia fue complicado, y en todo caso, será otro capítulo.
Mientras tanto, vuelvo a su recuerdo, una y otra vez, lo veo siempre contando esto mismo, como si hubiésemos ido a cenar anoche. Y en un rincón del alma, pienso que es así. Aún comparto con él las cosas más bellas de mi vida, la pasión por el arte, el gusto por los buenos vinos y los manjares, la alegría de vivir intensamente. Releo los libros que heredé de él, mis ojos recorren las mismas páginas que a él le dieran tanto placer. Recuerdo sus emociones profundas, su voz grave y modulada al contar esta historia, sus manos dando vueltas como golondrinas al hablar, igual a como lo hacen las mías. Para mí, papá sigue siendo aquél héroe de la infancia, el que me montaba en sus hombros y me hablaba de la vida, el teatro, la literatura. Ese a quien yo escuchaba como se escucha a un sabio, a un héroe, una leyenda. Para mí, papá sigue siendo un triunfador eterno, un gigante que se sobrepuso a la tragedia de su infancia. Nuestro Occidente suele reescribir las historias de adelante para atrás, y a veces las personas parecen reducir su vida a su forma de morir. Desde ya, esto constituye una muestra de nuestro mal gusto, y se manifiesta especialmente en el caso de los suicidas. Papá lo fue, desde ya, pero la gente suele ser todo lo que hizo además de morirse. Y papá fue muchas cosas maravillosas e increíbles, además de ser un suicida. Su muerte sólo fue el revés artero de la historia trágica que él había superado sin saberlo, casi como si esa bala se hubiera disparado 60 años antes para estallar inesperadamente aquel nefasto día negro de 1998. En cuanto a mí, rescato la historia para entender y hacer entender el absurdo de toda muerte, para después recurrir a la negación y al recuerdo que todo lo arregla y embellece. Así es que papá entra en mis sueños y me cuenta chistes obscenos, me comenta al oído sobre mujeres bellas que veo por la calle, me recita poemas y me explica óperas mientras leo o escucho, y ahora entra por esa puerta, se sienta a mi lado, se emociona a su manera, relee, y me critica, corrigiendo algunos párrafos.

Gracias papá, gracias maestro. Gracias Goliardo mayor.



ALEJANDRO


PD: No seas tan duro en tus críticas, lo mío es puro cariño.