sábado, 4 de abril de 2009
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miércoles, 18 de febrero de 2009
Amigos para siempre
Para Carlos Balsa Koch, mi amigo "el pingüino", para siempre.
Querido amigo, hoy me enteré de que a partir de ahora estarás en todas partes: en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y para siempre en la memoria, lo que ocurre es que me niego a vivir de recuerdos, aunque de aquí en más sea la única manera de hacerte presente. Querido “amigo para siempre”, nunca olvidé aquél juramento de aquella noche de juerga y juventud, donde el "para siempre" sonaba a eternidad, donde los finales parecían tan lejanos e imposibles como un continente perdido. Es cierto que en los últimos tiempos no estuve a tu lado, como también lo es que eso me produce un dolor sin remedio, que nunca te pude (ni podré) confesar, por miedo a que reprocharas mi abandono y yo no supiera qué decirte. Simplemente esa es mi repugnante forma de cobardía. Amigo para siempre, el "para siempre" fue demasiado para nuestro tiempo tan fugaz, y yo, que fui mayor que vos, siempre fui más tonto, y pensé que siempre había una página escrita detrás de la otra, y veo ahora que el libro quedó en blanco. Aquél príncipe dinamarqués se iría diciendo que lo demás es silencio, pero este silencio me aturde de absurdo, y saco cuentas de tus años, y son años que ya viví, y que vos no, y me culpo por quedarme, porque ese para siempre fue tan corto, amigo del alma, que no me dio tiempo de abrazarte, de dejarte una palabra, de escucharte y enredarme otra vez entre tus sueños, para poder encontrarte ahora en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y en cada risa y en tu voz que no se me borra y me sigue habitando. Ahora me queda el recuerdo vivo que pretende burlar a la ausencia, me queda la conciencia de la finitud y de la inmediatez, que me cortan como un cuchillo desafilado y penetrante, ahora me queda este silencio infame de vidrios rotos, y estas palabras que nunca habrás llegado a leer, aunque quizás ahora veas mi corazón desde todas partes, o al menos eso es lo me queda inventarme como absurdo consuelo poético. Ahora me queda tu interminable ausencia, y renuevo entonces aquel viejo juramento que hicimos de a dos, pero hacerlo solo no tiene sentido, y la ausencia se agranda, y el silencio sangra, y estas lágrimas no alcanzan, y te extraño, y las palabras resuenan como un tambor hueco, que hace ruido pero no habla, y te busco en el aire y en todas partes y sólo la tristeza me responde. Nada más que una simple frase se cae del juramento antiguo: desde ahora y desde entonces y hasta que dure mi siempre, te prometo la memoria tenaz que ahoga al olvido y vence a la muerte y a las páginas en blanco, “compañero del alma, tan temprano”.
Pilar, XVIII-II-MMIX, 16 hs.
viernes, 2 de enero de 2009
Colonia del Sacramento

Fui exiliado de año nuevo,



martes, 30 de diciembre de 2008
El año nuevo no deseado.

Siempre pensé y dije que como ser humano, sentía vergüenza y horror por el holocausto judío, por que seres de mi mismo género humano le hayan hecho eso a otros seres humanos. Siempre pensé y dije que el racismo es una de las formas más aberrantes del salvajismo y el atraso humanos. Siempre pensé y dije que los animales son incapaces de hacerle eso a otros animales. Quizás, estas afirmaciones sólo sean formas del lugar común, pero el horror no puede ser un lugar común, debe espantarnos vivamente, movilizarnos y comprometernos, aunque sea en pequeños actos que sumen, a la larga, o que levanten un clamor que algún día erradique para siempre el flagelo de la guerra de la faz de la tierra, o que, al menos, la guerra deje de ser un gran negocio que arroja grandes dividendos. Tal vez, esto último también sea un lugar común, pero hay ocasiones en las que los lugares comunes no dejan de ser grandes verdades.
En 1952, la familia Barenboim se trasladó a Israel. Dos años más tarde, sus padres le enviaron a Salzburgo para que tomara clases de dirección con Igor Markevitch. El debut de Barenboim al piano se produjo en el Mozarteum de Salzburgo, Austria[] en 1952, en París ese mismo año, en Londres en 1956 y en Nueva York en 1957 bajo la batuta de Leopold Stokowski. En los años siguientes se sucedieron regularmente los conciertos por Europa, Estados Unidos, Sudamérica y el Lejano Oriente. Su primera grabación data de 1954.
Barenboim es el director musical de la Orquesta Sinfónica de Chicago, cargo al que accedió en 1991 en sustitución de Sir Georg Solti.
En 1999, junto con el escritor estadounidense de origen palestino Edward Said, al que le unió una gran amistad, fundó la Orquesta del Diván Este-Oeste, una iniciativa para reunir cada verano un grupo de jóvenes músicos talentosos tanto de origen israelí como de origen árabe. Por ello, recibieron ambos el Premio Príncipe de Asturias en 2002. En 2004 le fue concedido el Premio de la Fundación Wolf de las Artes de Jerusalén.
El 12 de enero de 2008, después de un concierto en Ramala, Barenboim aceptó también la ciudadanía palestina honoraria. Siendo el primer ciudadano del mundo con ciudadanía israelí y palestina, Barenboim dijo que la aceptó con la esperanza de que sirva como señal de paz entre ambos pueblos.
I hope that my new status will be an example of Israeli-Palestinian co-existence. I believe that the destinies of the Israeli people and the Palestinian people are inextricably linked.
Daniel Barenboim
Anhelo que mi nueva condición sea un ejemplo de coexistencia palestino-israelí. Creo que los destinos de los pueblos israelí y palestino están inexorablemente unidos.
Daniel Barenboim
miércoles, 24 de diciembre de 2008
Papá Noel en estado de coma.
Foto tomada con disparador automático durante la navidad de 1994, en en la habitación del Hotel Colón, en Arica, Chile.A veces en las fiestas de fin de año desplegamos toda nuestra capacidad para hacer de la ocasión un momento digno de larga recordación. En mi familia hemos trabajado a veces arduamente en tratar de hacerlas inolvidables y para lograr ese cometido, nos hemos esforzado en darle a cada ocasión un ingrediente que las convirtiera en únicas e irrepetibles, y el modo más simple de hacerlo fue, muchas veces, cambiar el escenario cuando fuera posible. En tal sentido, la navidad más original de todas es la que pasamos en Arica, Chile, en el año 1994. Aquella vez habíamos ido a pasar nuestras vacaciones a Santiago, adonde vivían mi suegro, Alberto y su esposa Nélida, que para nosotros son, además de familiares, compañeros y amigos de muchos festejos, cenas y salidas memorables. Si bien el motivo del viaje era la visita, en vacaciones somos muy inquietos, y si tenemos la posibilidad de conocer lugares desconocidos, es difícil que nos quedemos varios días en un solo sitio. Por lo tanto nos programamos unos días para viajar desde Santiago hasta el extremo Norte de Chile, y desde allí, buscar la manera de llegar hasta Machu Pichu, partiendo antes de navidad, pero con la promesa de estar de vuelta sí o sí el 31 de diciembre en Santiago para pasar el año nuevo. Arica se prestaba, pues como una base ideal de operaciones para este loco viaje relámpago, ya que presentaba las comodidades como para recalar en navidad, desde un par de días antes, y hacer unos días de playa antes de seguir hacia Perú y emprender la vuelta. El viaje lo fuimos armando en el camino, como se verá, y terminamos volando desde Tacna a Cuzco ida y vuelta, y desde Arica a Santiago el 30, con pasaje comprado antes de la partida, para tranquilidad de Alerto y Nélida que temían que no pudiéramos tanto en tan pocos días, sin auto y con una hija de cinco años y otro de siete, sin automóvil. Nuestro espíritu aventurero nunca dudó de poder lograrlo, y así fue: el 31 de diciembre estuvimos de regreso, pero eso merece una historia aparte. El tema, en principio, fue la navidad en Arica, y el contraste con la navidad siguiente, que dejó a Papá Noel en estado de coma.
No es difícil imaginarse las condiciones precarias de la navidad en esas condiciones: como turistas de paso e improvisados, nuestro alojamiento fue en un hotel, el Colón (si mal no recuerdo), frente a la catedral construida por la compañía Eiffel, a comienzos del siglo XX. Buena ubicación para pasar unos días tranquilos en esa hermosa ciudad, pero complicado para pasar el momento clave de la navidad con niños: la anhelada hora de los regalos. Una solución sencilla era comprar regalos y dejarlos en la habitación escondidos para la vuelta, el problema es que no conseguimos lugares donde ir a cenar esa noche, al menos a la altura de nuestro presupuesto. Nos sedujo, entonces, la idea de pasarlo en la habitación, improvisando una cena que no se privó finalmente de nada. El problema que puso a prueba nuestra imaginación fue cómo hacer para que aparezcan los regalos a la medianoche, y más aún, cómo hacer las compras de los mismos delante de los chicos sin que estos se dieran cuenta. Lógicamente salíamos a todos lados con ellos, no teníamos quien se quede al su cuidado, lo único que nos quedaba era que uno de los padres los distrajera con una “vueltita” a la manzana mientras el otro compraba y ocultaba en un bolso de mano el regalo sin envolver. Lo hicimos en el centro de Arica, pero un problema adicional se presentó: circulan por las calles “Viejitos Pascueros”, es decir, la versión chilena de Papá Noel, y Lautaro tenía la mala costumbre de ser un niño brillante y demasiado curioso, y comenzaba con las preguntas difíciles, “¿Por qué hay más de uno?”, “¿Por qué habla en “chileno”? ”, “¿Por qué hay tanta gente comprando en las jugueterías?” . Definitivamente, si queráimos mantener la fantasía infantil, debíamos alejar a los chicos de las jugueterías del centro, teníamos que simular un paseo en el que no se dieran cuenta que estábamos comprando juguetes a escondidas. La gente del hotel nos pasó el dato: había una feria que se hacía en un parque, con puestos callejeros de lo más variado y juegos para los niños. Llevamos disimuladamente una mochila vacía, y mientras los chicos pasaban por los puestos y pedían que les compremos, nosotros nos lamentábamos de no poder porque era muy caro, Lilian seguía de largo y yo cargaba el regalo comprado a espaldas de ellos en la mochila misteriosa. Así lo hicimos, y escondimos, la noche del 23, los regalos en la habitación del hotel. Al día siguiente, para envolverlos, Lilian simuló una severa descompostura que la encerró en el baño durante una hora, mientras yo trataba de obligar a los ansiosos niños a dormir una siesta imposible. El operativo de la medianoche era simple: salir a las calles a ver cómo se festejaba la navidad en Arica, y a la vuelta, unos diez minutos después, al volver a la habitación, los regalos aparecerían allí, como por arte de magia. Todo salió a la perfección, a pesar de la insistencia escéptica del peligroso Lautaro que insitía con quedarse en la habitación a ver como el Viejito Pascuero Papá Noel dejaba los regalos. Le preocupaba especialmente el hecho de que no teníamos arbolito, y quizás seguía de largo. Lo convencimos a duras penas argumentando simplemente que Papá Noel no se equivocaba nunca y no olvidaba regalos por el camino, nunca había fallado y aquella no sería la excepción, por lo tanto, no tenía sentido perderse la posibilidad de ver cómo se festejaba en otra parte tan lejana de nuestra casa. Aceptó a regañadientes, bajamos, y Lilian se escabulló, sacó los regalos del escondite, los desparramó, y mordió un papá Noel de chocolate para dejar huella de la gula del obeso repartidor de regalos. La emoción de los regalos, y la evidencia del crimen dejada por ese sujeto conocido, portador de tanto alias, lo conformó de momento, y quedó demostrado que Papá Noel también llegaba para niños argentinos de vacaciones en Chile, y el tema quedó archivado hasta el año siguiente.

Para la navidad del ’95, Lautaro ya era un joven intelectual de 8 años, y la historia de Papá Noel empezaba a hacer agua. Esta vez, pasamos la navidad en casa, y el niño racional y científico que estábamos criando necesitaba de la prueba empírica. El mismo 24 por la mañana me había dicho que pensaba que Papá Noel era un invento, no era posile desde ningún punto de vista lógico que una sola persona desplegara semejante capacidad logística en una sola noche. “¿Y si no existe, quién es entonces Papá Noel?”, lo desafié. “Ustedes”, me contestó sin inmutarse. No me dí por vencido, el esfuerzo del año anterior no podía haber sido tan en vano. Y desafié su lógica, diciéndole que el año anterior había estado con nosotros todo el tiempo “¿Cómo hicimos para comprar los regalos, entonces? “ Claro que confiaba en la efectividad de nuestro engaño, y así era, porque lo hice dudar y no supo que responderme, no se había dado cuenta de nuestras sencillas maniobras. De todos modos, la sospecha perduraba y me planteó seriamente que no quería que lo llevemos a ningún lado a la medianoche, ya que quería quedarse aguardar a Papá Noel en el momento de dejar los regalos en el arbolito. Esta vez no había interés turístico qua alegar, así que ensayé una respuesta casi desesperada, y le dije que a mí también me intrigaba la misteriosa cuestión del hombre del Polo Norte, desde mi infancia venían apareciendo regalos al pie del árbol y nunca había visto al célebre obeso de las risotadas. “Tenemos que acorralarlo y distraerlo por un rato para hacerle algunas preguntas que sacien nuestra curiosidad”. E inventé un operativo en el que nos íbamos a repartir desde diferentes posiciones, comunicándonos mediante el teléfono inalámbrico las novedades. “Estoy seguro que si viene en su famoso trineo volador, el gordo tiene que llegar por la terraza: ahí vas a estar vos con Maggie; mamá va a apostarse en la puerta de calle, y yo me voy a quedar vigilando las ventanas y los balcones. Contábamos con la colaboración de Marta, amiga de la familia que ese año lo pasaba con nosotros, y acompañaría a los chicos hasta la terraza, además de terminar de convencerlos de que esa sería la posición privilegiada para la caza del gordo.
En realidad el operativo le puso un paréntesis de juego a una sospecha que ya no se podía seguir frenando, creo que esta especie de búsqueda del tesoro fue lo que lo llevó a Lautaro a olvidar por un momento el desenmascaramiento de la farsa. De todos modos, tratamos de entusiasmar lo más posible al inquieto infante con la cacería navideña para alejar toda posibilidad de preguntas embarazosas. Y llegó el momento nuevamente, pero esta vez, algo definitivamente imprevisto ocurrió.
Llegaron las 12 de la noche, brindamos, y Marta tomó rápidamente a los chicos de la mano y los llevó a la terraza con un teléfono inalámbrico. Lilian vigilaba mientras yo acomodaba los regalos y ella hablaba con los chicos, por el intercomunicador. Hasta nos llamábamos por nombres en clave ridículos, diciendo “atención tortuga verde, aquí ciervo plateado informando novedades, cambio.” Lautaro llamaba a cada rato para decir que no veía nada, que ya había que bajar, y a mí no me daban las manos para acomodar regalos, entonces le dí la señal a Lilian, me alejé del arbolito y me fui al balcón de atrás, gritando de pronto “¡Lo ví, lo vï!” Lautaro ya estaba entrando, y siguió de largo los regalos, yendo en mi búsqueda desesperada. “¿Dónde está, dónde?”, me preguntó a los gritos. “Se fue por allá”, le dije, “es muy rápido”, y le señalé el balcón de adelante. Lautaro se fue para allá corriendo agitadísimo de emoción, y de pronto empezó a gritar “¡Ahí está, lo veo, es Papá Noel!” Y comenzó a gritar desaforados saludos en todas las lenguas que conocía, mezclando frases en inglés y castellano, con restos de portugués e italiano. Lo llamaba “Santa”, Viejito Pascuero, Papá Noel, le gritaba que lo quería y que gracias por todo. Creimos que había enloquecido por la sugestión, que estaba delirando, pero no, era cierto, en el balcón de la casa de enfrente había un perfecto Papá Noel saludando al ferviente y agradecido admirador. Lautaro le tiraba besos, Maggie reía como loca mientras lo saludaba como a un viejo conocido, hasta que Papá Noel entró a la casa de los vecinos con su bolsa de ragalos, y al rato salió por la puerta principal de la casa de enfrente, con un plato lleno de pedazos de turrón y pan dulce, y los repartió entre los vecinos que estaban en la vereda, ante las lágrimas emocionadas de Lautaro (Maggie se lo seguía tomando como lo más natural del mundo). Unos minutos después, cuando bajamos a la vereda, nuestra vecina de enfrente cruzó, y avergonzada nos pidió disculpas por habernos arruinado la navidad. No entendimos lo que nos decía hasta que aclaró: el perfecto Papá Noel que vimos era ella, que se había disfrazado para unos sobrinos más chicos que los nuestros que pasaban la navidad en su casa. Cuando se disponía a entrar por sorpresa, la interrumpieron los gritos de Lautaro, y como lo consideraba un pequeño genio, creyó que su disfraz no era bueno, y por lo tanto, la había reconocido y había descubierto la no existencia del famoso gordo repartidor de juguetes. Le explicamos que en realidad había ocurrido lo contrario, que el disfraz era tan bueno que ni siquiera nosotros la habíamos reconocido, y que nos había dado la imposible prueba empírica que el rigor científico demandaba para sostener la creencia del pequeño niño genio.
Así fue como aquella vez salvamos a Papá Noel de su coma, aunque claro que no por mucho tiempo, ya que un par de navidades después los dos me confesaron que no creían y que era más que evidente la verdad, pero que estaba bueno seguir jugando a Papá Noel, y ahora mismo, mientras termino de escribir esta historia que les quería regalar, jugamos a las escondidas unos de otros, armando paquetes, ocultando regalos y haciendo emotivas etiquetas que cargan en sí las pequeñas emociones de tantas navidades donde hemos hecho tantos esfuerzos por mantener vivo a Papá Noel, que esperemos que siga gozando de buena salud, a pesar de su gula y el estrés navideño, por muchísimos e incontables años más.
¿A que no saben quién se reivindica hoy por hoy como el miembro más navideño de la familia? Claro que no podía ser otro que aquél que sorprendió a su máximo símbolo con las manos en la masa..

Abriendo regalos en casa, Navidad de 1995. Atrás de todo está Lautaro exhibiendo su regalo, más adelante Marta con Maggie, En primer plano, Lilian. Instantes antes, Lautaro vio a Papa Noel entrando a la casa de los vecinos de enfrente.
Y a propósito de todo esto, ahora los tengo que dejar, todavía me faltan regalos por comprar y los negocios van a cerrar. Pero antes, quise regalarles esta historia vívida y real, para rescatar algo de esa magia que tiene especial significado en estas fechas, donde todos ponemos un granito de arena para mantener viva la ilusión infantil, que nos vuelve otra vez puros a nosotros mismos.
¡FELIZ NAVIDAD! ¡SI LOGRAN ATRAPAR A PAPÁ NOEL, DENLE UN ABRAZO ENORME DE MI PARTE, POR TANTAS ALEGRÍAS QUE NOS DIO Y NOS SEGUIRÁ DANDO , A LO LARGO DE NUESTRAS VIDAS! ¡FELICIDADES!
lunes, 15 de diciembre de 2008
Balada de fin de año del pobre hombre

… no, no, no, no, no; no es que esté estresado, si yo me tomo las cosas con calma. Ya sé que esto pasa todos los años, que llegan las fiestas, que empiezan los tironeos familiares, que si la pasamos acá o allá, y yo que quiero pensar en las vacaciones, pero el balance de fin de año no cierra y… vamos a tener que quedarnos a hacer horas extras, y hay que salir a comprar los regalos, y cómo le digo a Irene que no quiero pasar la navidad otra vez con su mamá, que los chicos ya no esperan a Papá Noel junto al arbolito de la abuela, que quieren salir después de la 12 y nada más. Pero además, como nos vamos a tener que quedar a hacer horas extras, no sé si voy a poder llegar a los negocios a comprarle el videojuego ese a Mateito que ya va siendo hora de que lo llames Mateo, y… no, si no es estrés, es este yugo que llaman laburo lo que me ata del cuello, y se me complica el fin de año que de por sí es complicado como para que se les ocurra hacer balance justo a fin de año. Sí, ya sé que hay que hacerlo porque justo es fin de año, pero es fin de año para todo, para uno también, ¿o no? Y sí, después vienen las vacaciones, pero primero hay que armarlas en medio del balance, aunque me jodieron esta vuelta con la segunda de febrero, sí, la segunda de febrero, con veinte años de antigüedad, pero mejor, me da más aire para planificar y hacer números, porque Irene quiere ir a Brasil, que este año está barato por lo de la crisis, ¿viste? Sí, ya sé, todo lo que quieras, que voy a cobrar horas extras y que el aguinaldo… pero Irene se pone más cargosa con los regalos y con Brasil que está barato, y no se da cuenta que está barato para todo el mundo entonces, y que lo que menos vamos a encontrar es tranquilidad ¡Me voy a encontrar con toda la oficina en Brasil! ¡Ya no se consigue nada para la segunda de febrero! Y para colmo lo de la inseguridad, que si te ven argentino te roban y te dejan desnudo en mitad de la playa a plena luz del día, y nadie se da cuenta porque en Brasil andan todos medio desnudos. No, en serio, si ahora mi suegra le dijo eso a Irene, y quiere ir a un lugar seguro, como si la esquina de casa no fuera igual de insegura, pero bueno, andá a hacérselo entender a Irene. Y la nena, en medio de todo eso la nena, que se quiere ir sola de vacaciones con el novio, imaginate, la que me faltaba. Si, ya sé que casi tiene dieciocho, pero ¿viste?, casi, y mi prima ya es abuela y la nena sale por ahí todos los fines de semana y ella es la que le tiene que cuidar a la criatura, yo no estoy para eso, a mis hijos ya los crié, y los veranos son para hacer nuevos abuelos, de eso no te quepan dudas, ¿y yo la voy a dejar a la nena irse con el novio de vacaciones? Pero Irene dice que si no la dejamos, se va igual o en una de esas se escapa porque los pibes están rebeldes hoy en día, y yo le digo que son así porque los padres no les ponen límites, y me dice que no entiendo nada (SUSPIRO LARGO, ENTRECORTADO POR UNA ANGUSTIA APENAS CONTROLADA)
No, si no es el estrés, es el fin de año nada más, y después empieza otro, y las vacaciones, y el regreso, y todo un año esperando fin de año. Decime una cosa, ¿cómo voy a estar estresado si estuve todo el año esperando este momento? Lástima que este momento tenga que caer justo a fin de año, junto con el balance, los regalos, las fiestas, la nena y su novio, Brasil y las vacaciones. Lo importante es tener proyectos ¿o no?
domingo, 7 de diciembre de 2008
El amigo de Chicho y los retazos de la historia.

Por desgracia, algunos detalles de la historia se me escapan, no sé exactamente la fecha, pero papá la contaba una y otra vez con su insuperable gracia histriónica. La historia incluía el acento y el timbre de voz del personaje, elementos irrecuperables en la escritura, pero quizás nuestra memoria nos permita imaginar a papá (V. http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/05/gianni-ii-la-ventana-mgica.html y http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/04/gianni.html ) y al personaje imitado, porque, afortunadamente, ambos fueron reales y recordables. La cuestión es que una noche cualquiera, probablemente, de los años '60, papá terminaba una función de teatro de viernes, en el Teatro Municipal General San Martín. Uno de sus compañeros era Chicho Ibáñez Serrador, y como papá solía ser uno de los primeros en abandonar el camarín y esa noche había partida nocturna de pocker en lo de Chicho, el anfitrión pidió a papá que se dirigiera al hall central del teatro para ver si se encontraba con un amigo suyo que estaría allí esperándolo. Resulta que el hombre era algo despitado, y Chicho temía que se desencontraran. Se lo describió ligeramente: un hombre de baja estatura, de melena ondeada, maduro, con una voz algo chillona, era español. Papá salió a cumplir con el recado, y no tardó en encontrar al particular personaje. Creyó identificarlo y le preguntó:
martes, 2 de diciembre de 2008
La Ilíada: una experiencia de lectura (Última Parte)

Cuando el momento llegó, pensé que la sangrienta muerte del héroe regocijaría al niño, y entonces le conté todo: le conté del temor de Héctor, tan humano, de enfrentar a su terrible enemigo Aquiles. Le conté las dudas de Héctor, que en su miedo humano no quería mostrarse huyendo delante de los suyos. Le conté de los ruegos desesperados de sus padres y esposa, suplicando desde las torres de la fortaleza que ingresara a la ciudad y se protegiera, que no esperara en las puertas la llegada de Aquiles a enfrentarlo. Y le conté cómo Héctor huyó ante la cercanía de Aquiles, hasta dar tres vueltas completas alrededor de la ciudad. Y entonces le expliqué que el destino de Héctor era morir, que Zeus lo comprobó desde el cielo, y que quiso impedirlo. Y le conté cómo la cruel Atenea no lo dejó, y entonces Zeus tuvo que ceder, y la diosa bajó del cielo, y engañó a Héctor tomando la forma de su hermano Deífobo, y Héctor confió en que entre ambos podrían enfrentar a Aquiles, y se detuvo, y comprendió el engaño divino, y finalmente enfrentó a la muerte con dignidad, dispuesto a pelear. Y le conté que Aquiles clavó su lanza en la garganta de Héctor con pasmosa facilidad, jurándole que humillaría su cadáver ante la vista espantada de los suyos. Y aunque Héctor antes de morir le haya vaticinado al propio Aquiles su próxima muerte a manos de su hermano Paris, Aquiles, enceguecido de odio, apuró el final del héroe, perforó los tendones del cadáver, los transpasó con una correa, ató el cuerpo a su carro, y lo arrastró ante la vista horrorizada de sus seres queridos, tantas vueltas alrededor de la ciudad, como había dado Héctor en su única y última huida. Todo eso se lo conté a mi hijo, con esa promesa autoimpuesta de serle fiel al texto homérico.
Pero la reacción de Lautaro no fue la esperada: al cabo del relato se produjo un profundo silencio, y le pregunté si estaba contento con la muerte de Héctor. La respuesta fue el estallido de un llanto angustiante y desconsolado que quebró el silencio con un dolor incontenible, que lo llevó a preguntar por el hijo, la esposa, la familia. No sabíamos qué decirle (por suerte la madre estaba conmigo), ya que Lautaro había visto lo mismo que yo, el problema es que no lo podíamos consolar, y tuvimos que repetirle hasta el hartazgo que todo era mentira, que sólo era literatura.
Pero claro que el chico había entendido perfectamente lo que tenía que entender: la literatura es más verdadera que nuestra propia existencia, para empezar, porque sobrevive a los siglos, mientras nosotros somos pasto para las fieras del olvido.
Y entonces, hoy te puedo decir, hijo mío, que no llores por Héctor, porque ahora podés entender que nunca murió: Aquiles (quién también es eterno porque nunca existió) le dio la inmortalidad para que yo pudiera contártelo, porque los griegos descubrieron muy temprano que la literatura es más grande que la vida. Será por eso que en este momento el mismo libro que ilustra este texto está en tus manos, para que vuelvas a leerlo una y otra vez, para que seas un eslabón más en la cadena de narradores que transmitieron la epopeya troyana, para que sus hechos queden resonando eternamente en la memoria de los hombres. Al menos, hasta que los caprichosos dioses dispongan lo contrario.

FIN
sábado, 29 de noviembre de 2008
La Ilíada: una experiencia de lectura (Tercera Parte)

jueves, 27 de noviembre de 2008
La Ilíada: una experiencia de lectura (Segunda Parte)

lunes, 24 de noviembre de 2008
La Ilíada: una experiencia de lectura (Primera Parte)
Continuará...
martes, 18 de noviembre de 2008
jueves, 13 de noviembre de 2008
Palabras simples, de amor y mar.

Toda tu sed y tempestad,
tu historia toda,
y tus sueños más antiguos,
y tu frescura que me enciende;
y la esperanza resignada,
y tu pasado y tu mañana,
la triste canción olvidada,
y tu alegría que me entiende.
Licor que me embriaga,
es toda tu calma de mar plana
que acaricia mi orilla
y se duerme
entre el cielo de mis manos
y la playa
de este pecho enamorado.
A.L.



