domingo, 11 de octubre de 2009

Lucy, en el barrio...

Este post va dedicado a Alicia M, por que siempre le gustaron mis historias, las reales e inventadas, por ser incondicional, por alimentar mi imaginación desde el día en que nací, por ser la persona más buena que conozco, por haberme enseñado a ser bueno, por concinar como nadie en este mundo, y por ser mi madre, con todo lo que eso significa para cualquier ser humano sensible.







La Lucy era la hembra más deseada del barrio cuando acariciaba la vereda flameando su cintura, y los volados de su falda saludaban a las baldosas. La Juanita la miraba por los entresijos, a escondidas, porque desde sus catorce septiembres a punto de estallar en brotes, quería ser como ella. La imitaba en el peinado frente al espejo del baño, se acomodaba la vincha con cuidado, estirando hacia atrás su cabellera platinada imaginaria y coronando su sien derecha con una rosa artificial al estilo del capullito de rosa fresca a medio abrir que usaba la Lucy.

Todas las mañanas, mientras los ojos de la Juanita se hacen líneas tras la persiana de su cuarto, Baldi, su padre, toma mate en la cocina y también la ve pasar a la Lucy, y como quien observa el estado del tiempo, le roba los ojos celestiales al vuelo, fija la mirada en el fresco capullo a medio abrir e imagina obscenidades, siente su aliento tibio en el cuello, su piel tersa vibrando como el parche de un bombo, y lo despierta del ensueño prohibido el grito de Martha, clamando por el trapo de piso abandonado bajo la pileta donde duermen marchitos los platos sucios de anoche.

La Lucy pasa abstraída, se acomoda un mechón bajo la vincha, mientras su cuerpo baila, ajeno, la danza del instinto. Ella sueña que esa noche pasará a buscar a su enamorado, el joven estudiante, y lo sorprenderá arrastrándolo a una noche de intimidad en el departamento de la amiga que esa noche se va, pero no sabe que esa misma mañana el joven estudiante se despidió de su padre, el viudo, confirmándole que iría a cenar a casa. Por eso, el viudo se tomó su día jubilado para preparar la cena como un auténtico evento. El viudo sabe que su hijo está pronto a volar, y ya que el tiempo no se rebobina y se vuelve a pasar como una vieja cinta de video, disfruta de cada una de sus conversaciones nocturnas con el joven estudiante. No hablan de nada especial, el joven estudia arquitectura, la carrera que el viudo nunca terminó, el padre pregunta qué aprendió el hijo ese día, el joven le explica apasionado, y luego cambiarán opiniones sobre arte, historia, política, y terminarán recordando alguna anécdota en blanco y negro, reirán, harán sobremesa y se irán a dormir saboreando una escena que un día inexorable bajará de cartel definitivamente. Y entonces repiten siempre ese ritual que cada vez se vuelve único.

Baldi se levanta de su silla sacudido por el grito de Martha, su mano pesada fija el mate sobre la mesa y arranca al trapo de piso de su letargo, mientras la Juanita se escabulle al cuarto de sus padres, para tomar un vestido de Martha y contemplarse imitando a la Lucy frente al espejo en la puerta abierta del ropero de su madre. Piensa que Federico, el chico de tres bancos adelante del suyo, ni miraría a la insulsa esa de la Mariana si ella, la Juanita, fuera como la Lucy. Y entonces su padre pasa ahorcando al trapo de piso, y la ve de reojo a la Juanita, da dos pasos y retrocede como quien vio algo desacomodado, y la sorprende a su niña transfigurada en la Lucy, y empalidece y lo atraganta la angustia muda y helada de una visión infernal. Se diría que quiere hacer la cruz con los dedos, su mirada desorbitada clavada en la vincha y el capullo pecaminosos, pero se rearma y pregunta con firmeza: “¿Qué hacés?”, a lo que la niña responde, lógicamente, un "nada" que la entrega ante la vergonzante evidencia. “Dejá de desordenarle el ropero a tu madre y andá a preparar tus cosas”, ordena lacónico, y archiva como puede la visión espantosa de su hija metiéndose en la piel de la Lucy, y esconde sus pensamientos sucios como quien oculta una evidencia criminal.
Y el día transcurre.

Esa noche, la Lucy pasará sorpresivamente por la facultad a buscar al joven estudiante, a este se le iluminará el rostro al verla tan hermosa y feliz de encontrarlo, pero a la media cuadra de caminar juntos, la noche se les vendrá encima cuando él le diga que no podrán pasar la noche juntos porque tiene que ir a cenar con su padre, y ella le dirá que el departamento de la amiga está libre sólo esa noche, y él se estremecerá de deseo, pero no podrá romper el ritual ni el corazón de su padre el viudo, que no le diría nada, pero contemplaría desolado el plato frío de su hijo, y se iría a dormir seco, vestido de otoño triste. Y entonces la Lucy se despedirá enojada, y se irá a dormir sola, y hasta regará la almohada de su amiga con alguna lágrima desolada. Pero antes, pasará otra vez como un ángel inesperado por la ventana de la Juanita, de Baldi, de Martha, y los tres desviarán la mirada del televisor cuando ella arroje el capullo abierto de rosa sobre la vereda; y mientras Baldi y Juanita vuelvan a mirar al plato como en un pacto de silencio, Martha seguirá con la mirada la danza nocturna de la Lucy, y dirá con rictus resentido “pobre el hijo del viudo López, esta nenita anda provocando a medio barrio, y seguro que se revuelca con el primero que se le cruza: mirá a qué horas anda yendo y viniendo, vestida siempre como una atorranta”. Baldi y la Juanita no contestarán, y se sincronizarán para volver a atraer a Martha hacia las tentadoras costas de la estupidez televisiva. Y seguirán comiendo las costillitas de cerdo, que las manos fuertes y nudosas aunque delicadas del carnicero, habían limpiado, como siempre, de todo resto de grasa con habilidad y dedicación especialmente para Martha, mientras los ojos la mordían con la mirada. A Martha le gusta ese coqueteo porque le asegura la mejor carne para el Baldi, pero no puede evitar la asociación entre carne y carne, la torpe metáfora del pecado. “¿Y si lo hiciera?” Pero sabe que nunca lo hará, porque el barrio se daría una panzada con su caída. Al terminar la cena, la Juanita pedirá solícita ir a sacar la basura, y recogerá de la vereda el maltrecho capullo que arrojó la Lucy.


Y al llegar a casa, el joven estudiante abrazará a su padre como si hiciera mucho tiempo que no lo viese, elogiará las brochettes que pacientemente el viudo preparó en la parrilla del patio, hablarán de cómo las hacía la difunta madre, y el viudo le contará a su hijo que encontró la vieja receta que la mujer guardaba. Y se pondrá un poco triste, balbuceará intentando cambiar de tema sin querer hacerlo, y los dos hombres se sentirán solos y desamparados, hasta que el más joven encuentre en el fútbol la gambeta justa para eludir a los fantasmas, y en la malasangre del comentario deportivo, renacerán en carcajadas, y habrán rescatado la escena otra función más.


Y esa noche, todos ellos se irán a dormir pensando en lo más deseado, en lo cercano pero inalcanzable, en esas cosas que nunca podrán tener.









martes, 6 de octubre de 2009

Para no morir




Hoy no quiero que mi voz interrumpa a la suya. Hoy no quiero hablar de mí, o de nosotros, o de todo lo que significó Mercedes Sosa para nuestra generación, para nuestro país, para nuestra historia, para nuestra cultura, para nuestro continente. Hoy sólo quiero callar y escucharla, por siempre, y dejar que las canciones a las que le dio alma hablen por mí.



Zamba para no morir


Romperá la tarde mi voz
hasta el eco de ayer
voy quedándome sólo al final
muerto de sed, harto de andar
pero sigo creciendo en el sol, vivo


era el tiempo la flor
la madera frutal
luego el hacha se puso a golpear
verse caer, sólo rodar
pero el árbol reverdecerá, nuevo


Al quemarse en el cielo la luz del día, me voy
con el cuerpo asombrado me iré
ronco al gritar que volveré
repartido en el aire al gritar, siempre


Mi razón no pide piedad
se dispone a partir
no me gusta las muerte ritual
sólo dormir, verme borrar
una historia me recordará, vivo


veo el campo, el fruto, la miel
y estas ganas de amar
no me puede el olvido vencer
hoy como ayer, siempre llegar
en el hijo se puede volver, nuevo


Letra: Hamlet Lima Quintana
Música: Ambros- Rosales



En http://www.mercedessosa.com.ar/marcosmaster.htm, la página oficial de la Negra, pueden leerse mensajes llegados desde todas partes del mundo, que testimonian de manera elocuente y conmovedora el legado que dejó esta artista querida, inmortal e irrepetible, que supo ser la voz de un continente.






martes, 29 de septiembre de 2009

Reflejos

Este post está dedicado a Bel M, entre tantas cosas, por que tiene su inconfundible estilo. Y de paso, le da la bienvenida a Santi, por los plagios, las sincronías y el video de Las meninas que nos hipnotizó a los dos en estos últimos días.
Diego Velázquez, Las meninas (1656) Museo del Prado
Una primera ojeada al cuadro nos ha hecho saber de qué está hecho este espectáculo a la vista. Son los soberanos. Se les adivina ya en la mirada respetuosa de la asistencia, en el asombro de la niña y los enanos. Se les reconoce, en el extremo del cuadro, en las dos pequeñas siluetas que el espejo refleja. En medio de todos estos rostros atentos, de todos estos cuerpos engalanados, son la más pálida, la más irreal, la más comprometida de todas las imágenes: un movimiento, un poco de luz bastaría para hacerlos desvanecerse. De todos estos personajes representados, son también los más descuidados, porque nadie presta atención a ese reflejo que se desliza detrás de todo el mundo y se introduce silenciosamente por un espacio insospechado; en la medida en que son visibles, son la forma más frágil y más alejada de toda realidad. A la inversa, en la medida en que, residiendo fuera del cuadro, están retirados en una invisibilidad esencial, ordenan en torno suyo toda la representación; es a ellos a quienes se da la cara, es hacia ellos hacia donde se vuelve, es a sus ojos a los que se presenta la princesa con su traje de fiesta; de la tela vuelta a la infanta y de ésta al enano que juega en la extrema derecha, se traza una curva (o, mejor dicho, se abre la rama inferior de la X) para ordenar a su vista toda la disposición del cuadro y hacer aparecer así el verdadero centro de la composición, al que están sometidos en última instancia la mirada de la niña y la imagen del espejo.
Pablo Picasso, Las meninas (1957) Museo Picasso de Barcelona
Este centro es, en la anécdota, simbólicamente soberano ya que está ocupado por el rey Felipe IV y su esposa. Pero, sobre todo, lo es por la triple función que ocupa en relación con el cuadro. En él vienen a superponerse con toda exactitud la mirada del modelo en el momento en que se la pinta, la del espectador que contempla la escena y la del pintor en el momento en que compone su cuadro (no el representado, sino el que está delante de nosotros y del cual hablamos). Estas tres funciones "de vista" se confunden en un punto exterior al cuadro: es decir, ideal en relación con lo representado, pero perfectamente real ya que a partir de él se hace posible la representación. En esta realidad misma, no puede ser en modo alguno invisible. Y, sin embargo, esta realidad es proyectada al interior del cuadro —proyectada y difractada en tres figuras que corresponden a las tres funciones de este punto ideal y real. Son: a la izquierda, el pintor con su paleta en la mano (autorretrato del autor del cuadro); a la derecha el visitante, con un pie en el escalón, dispuesto a entrar en la habitación; toma al revés toda la escena, pero ve de frente a la pareja real, que es el espectáculo mismo; por fin, en el centro, el reflejo del rey y de la reina, engalanados, inmóviles, en la actitud de modelos pacientes. [...]

Salvador Dalí, Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis espejos verdaderos (1973) Teatro-museo Dalí de Figueres

Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta —de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo —que es el mismo— ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación.

Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. traducción de Elsa Cecilia Frost. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968.

Las meninas (museo virtual) 3 D http://http://www.youtube.com/watch?v=_B91T6bomh4

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La voz humana

Para continuar festejando los dos años de Goliardos en la ruta, en la medida de lo posible e inspiración mediante, me propongo obsequiar con entradas dedicadas a lectores que han alentado especialmente a este blog. Ésta primera entrada es para Carmen-Medialuna, simplemente porque merece cualquier gesto afectuoso por ser siempre maravillosa, pero además, porque este texto me evocó sus bellísimos relatos breves, a los que ella define muy bien como prosa poética.

Había caminado tantas cuadras porque estacionó más lejos como para postergar el momento, saborearlo un poco más y no precipitarse en la decisión final. No podía dejar de pensar en todos los inconvenientes que le había generado esa decisión, y que no dejaban de parecerle sobredimensionados, ya que él estaba absolutamente seguro de lo que estaba haciendo, del paso que estaba por dar, y del rumbo que tomaría su vida desde ese momento. Hacía por lo menos dos semanas que ni se tocaba con su esposa, ella se limitaba a darse vuelta cada noche para llorar en silencio, herida en el alma como un gorrión alcanzado por la piedra infantil de una honda mortífera. Ya ni se hablaba del tema, el silencio del resentimiento inundaba los almuerzos y las cenas. 30 años de matrimonio parecían irse cuesta abajo por un capricho, pero él estaba seguro de hacer lo indicado. Ahora, con los hijos casados, ahora que podían disfrutar de la vida a los 50, él se desviaba por su propio camino, aparentemente ciego de los proyectos en común con ella. “Habíamos decidido ahorrar para cambiar el auto”, había reclamado hasta el hartazgo ella, “no, nos fuimos de vacaciones los dos últimos veranos, y ahora vos venís a gastarte los ahorros en algo que es para vos solo y que es claramente una pasión pasajera”. Incluso ella le recordó que se había privado de aquel hermoso vestido de seda que se había querido comprar para el casamiento de la sobrina, y que ni se quejó de privarse del único gusto que se daba durante el año. Él apenas la calmó diciéndole que los próximos ahorros se los gastara en lo que ella quisiera sólo para ella, que nada más era cuestión de conformarse con lo que tenían por un tiempo extra, pero mientras tanto él necesitaba hacer eso porque estaba seguro de que le iba a cambiar la vida para bien, aunque desde ya significara un gran gasto y ninguna ganancia, más que la espiritual. Y entonces ella cerró la cuestión en que el problema no era el gasto, sino que se obstinara en un capricho egoísta que la ignoraba a ella por completo. “Me importa no importarte”, había sentenciado como decapitándolo.
Y entonces llegó a la puerta del lugar y entró.
Miró, probó, eligió uno usado en buen estado como para él, lo pagó, se lo llevó. Llegó a su casa lo sacó, lo tomó en sus brazos como bailando en el aire, se sentó ágilmente en una silla como aterrizando, separó sus piernas, lo acarició suavemente con el arco, y escuchó triunfal y extasiado el sonido de la voz humana. Lo abrazó, lo apretó contra su pecho y respiró profundo, y no fue una pasión pasajera, le dedicó cada uno de sus minutos libres, al precio de ya no dormir con su mujer, quien después de todo terminó aceptando que el cello se había convertido en su terapia, y que era mucho más sano que cualquier otro vicio.
Es cierto que nunca llegó a tocar de un modo aceptable, sino más bien todo lo contrario, pero él se conformaba con acompañar piezas que le gustaba escuchar y que trataba de aprender y ejecutar sobre la grabación, tratando de seguir la partitura seriamente, lo que en general empeoraba la cuestión. Tomó clases, y fue un estudiante dedicado (aún lo es), y aunque nunca será concertista, sus vecinos deberían saber comprender y tener algo más de sensibilidad antes que juntar firmas para denunciarlo. Quizás harían mejor gastando sus ahorros en comprarse violas y violines para tratar de hacerle el necesario contrapunto todos los días, de ocho a diez y media de la noche, a la hora del noticiero y del show de los imbéciles, una y otra vez la misma pieza, hasta que suene como nos guste.
Ilustración: Los músicos, de Raúl Soldi

viernes, 18 de septiembre de 2009

Nacer o no haber nacido

Un día cualquiera de hace ya demasiados años, a la última hora de una jornada cualquiera de trabajo, rutinaria, aburrida y estresante como tantas otras jornadas de trabajo de oficina, una compañera se me acercó a despedirse hasta el día siguiente, como todos los días. Pero esa vez no me dijo lo de todos los días, sino otra cosa que ahora intentaré reconstruir. Dijo: "Yo tengo por costumbre elegir una película para cada persona...", y demás está decir que me intrigó para dónde iría el discurso. Continuó: "Suelen ser películas que a mí me gustan, y que las asocio con esa persona por algo en particular". Me siguió intrigando, sin saber si hablaba en serio o saldría con alguna broma. Javiera, la compañera en cuestión, no era muy demostrativa, y por el contrario, a veces podía ser muy ácida atacando con la más mortífera de las armas: una inteligencia filosa como el borde de una hoja de papel. El gusto cinematográfico (y artístico en general) de Javiera siempre fue particular y exquisito, desde el viejo cine de historias bien contadas, hasta el cine independiente de pequeñas historias y poco diálogo. Por alguna razón, si bien yo respetaba mucho su criterio, nuestro gusto siempre se desencontraba, fundamentalmente cuando yo, torpemente, intentaba iniciar un diálogo sobre alguna película que a mí me había parecido grandiosa: Javiera la había visto y le había parecido un bazofia. Y para colmo esgrimía argumentos sólidos que me replegaban en un modesto y simple, "bueno, pero a mí me encantó igual". Por consiguiente que me planteara una cuestión alrededor de alguna película, casi podría decirse que me ponía en guardia como pretendido cinéfilo que soy. "Por supuesto que tengo una película para vos, y la dan esta noche por televisión, tenés que mirarla."
Caramba, ¿qué película me habría elegido?¿Cómo me vería mi ácida compañera? Ensayé alguna tonta humorada y pregunté si era la historia de un pobre hombre esclavizado en una oficina, sin horario de salida. "Se llama Qué bello es vivir", prosiguió, " no te olvides de verla, esta noche a las..." Y me dejó clavada la intriga, hasta el momento indicado, sin entender qué estaba haciendo yo a esa hora frente al televisor, buscándome en una película que alguien había decidido que tenía que ver con mi persona.
La película está acá abajo, por eso voy a ahorrarme contarla. Simplemente diré que quien no la haya visto, tendrá que hacerlo (no vean lo de abajo, ¡es el final!), porque es mi película, porque Javiera tenía razón. Es decir, no sé si seré tan bueno como su protagonista (francamente no lo creo), pero sí me pasaba y me pasa lo mismo que a él: quizás muchas veces no me doy cuenta de que en realidad todos influimos en la vida de otras personas, y hasta incluso lo hacemos para bien, pero somos incapaces de verlo, y en lo que a mí respecta, muchas veces se me ocurre pensar que el mundo no sería distinto, no sería peor de lo que es, si yo no hubiera nacido. Y sencillamente, a veces es maravilloso sentir que no es así. Esa noche lloré, como vuelvo a llorar cada vez que veo esta secuencia, porque Javiera se ganó mi corazón desde aquel día, y aunque andamos bastante desencontrados por la languidez del tiempo que nos lleva y nos trae, yo sé que a veces pasa por acá aunque no deja huella, y sueño con que esta vez lo haga, para que sepa, por si no se lo dije nunca antes, que "elegirme" esta película fue el regalo más bello que me hicieron, más allá de la hermosa película en sí, por el hecho de sentir que otra persona pudiera identificarla conmigo.
Hoy quiero regalarles esta película a todos ustedes, los lectores habituales y amigos a la distancia, los amigos de toda la vida, los alumnos y ex alumnos, los familiares, los hermanos, los goliardos que imaginé así, en plural, cuando comenzó este experimento sin rumbo, porque nuestra ruta es la de los descubrimientos. Hoy Goliardos en la ruta cumple dos años, porque un 18 de septiembre de 2007 salí a caminar por un sendero incierto y vacío, y ustedes lo habitaron y le dieron sentido a ese plural del nombre. Y hoy me hace feliz que estén los que están, compartiendo con generosidad y calidez cada uno de los torpes bosquejos que intenta esta mano vacilante.
Hoy me toca a mí hacerles este regalo, porque así como aquella vez Javiera me hizo sentir George Bailey, todos ustedes durante estos dos años han dado vida a esta casa con su magia milagrosa, esa que muestra esta escena inolvidable.
¡Qué bello es haber nacido!
Brindo junto a ustedes, entonces, mientras suena una campana y un ángel se ganó sus alas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Grito pelado

No es ningún secreto para mí, que tengo un odio visceral contra el paso del tiempo. Es cierto que depende de uno hacer de esa cuestión algo productivo, pero mientras a veces a nuestro tiempo lo invertimos en sobrevivir a duras penas (léase trabajar como un esclavo) y en disfrutar el tiempo restante todo lo que se pueda, el tiempo sigue pasando para el resto del universo, y mata gente, y escupe guerras lejanas y angustias cercanas, y a la larga se nos hace inevitable ir sintiendo este transcurrir como pura pérdida. En relación con esta visión negativa, una de las facetas fútiles de este devenir temporal es su manifestación física, los signos corporales del paso del tiempo. Concretamente, me estoy refiriendo a la gráfica escena de mirarnos en el espejo y encontrarnos con los signos del paso de los años en nuestro rostro. En este caso, mi relación con el tema es más contradictoria, o más bien variable de acuerdo a cada signo en particular. Me explico: algunos signos no me preocupan en lo más mínimo o muy poco, como ciertas arrugas faciales; hasta podría establecer una “tabla de cotizaciones”. Por ejemplo, las arrugas de la frente cotizan tan poco en mi preocupación o rechazo, que hasta diría que pueden llegar a ser motivo de orgullo al ser signo de otra cosa, algo que se podría expresar en la desmañada frase “frente arrugada, frente pensada”. Algo similar me ocurre con las célebres “patas de gallo”, signo inequívoco de la risa. Un caso muy diferente, en cambio, es el de la detestable papada, especialmente cuando ésta no es producto del sobrepeso, y más bien es un desplazamiento cutáneo que comienza a desprenderse de la mandíbula. En otras palabras un asco que no parece asociarse con nada bueno o digno de orgullo. Retornando al terreno de lo inocuo, mi relación es excelente con las canas, aunque no hay apuro por que se hagan dueñas de todo el terreno craneal. Las canas de las sienes, también conocidas como “las nieves del tiempo”, me resultan interesantes, además de leperianas, y me levo bien con las de la barba en el mentón, que me empeño en no rasurar, y hasta a veces dejar crecer bastante. Es claro que confieren una cierta dignidad de héroe o de poeta. Pero en el otro extremo, la calvicie es sin dudas algo insoportable e inaceptable, casi diría que oprobioso. De nada sirve haberse preparado toda la vida mirando a los calvos de la familia, uno siempre termina teniendo la esperanza de zafar, y se cuida, cambia el shampoo cada tanto, se hace masajes, busca cepillos especiales, recurre a medicamentos y hasta es capaz de ¡hacer dietas! Pero la calvicie resulta ser el más despiadado e implacable signo del tiempo. Y lo peor en mi caso, no es la calvicie que nace en la frente, ya que tampoco me molestan las famosas “entradas”, lo mío siempre vino por la coronilla, ya que padezco de la no menos célebre “calva de monje o de novicio”. Esta ruin forma de la calvicie es artera, ya que al mirarnos en el espejo por las mañanas, nos vemos la frente coronada de un flequillo al que a veces hasta nos cuesta acomodar. Si bien es cierto que en ocasiones se siente más intensamente el frío en aquellas alturas, al pasarnos la mano sobre la cabeza, sentimos la presencia de una pelusa que nos hace creer que es pelo que cubre el cuero cabelludo (no advertimos, sin embargo, que también tocamos piel). Entonces, el peor enemigo es la siniestra combinación de espejos enfrentados, que nos permite vernos reflejados desde atrás. Esta escena es mucho más pavorosa si le sumamos un reflector desde el techo que ilumine justo la indigna aureola de piel desnuda. Varias veces, en ascensores casi vacíos, estuve tentado de gritar de horror ante mi horrible visión de mí mismo: es espantoso, de pronto, darse cuenta que uno no se reconoce a uno mismo, en esa miserable desnudez. La fotografía suele actuar también como aliada de esta ignominia, aunque también hay que decir que los buenos amigos nos retratan preferentemente de frente, con la cabeza algo echada hacia atrás, mentón en alto, con aire de emperador. Y también es cierto que otra gente, quizás por simple impericia, captura nuestra imagen con la cabeza gacha, y nos clava un puñal, en este caso, en la calva. Hace algunos días, una alumna (que es muy buena chica y sé que lo hizo con la intención de llevarse un recuerdo de su último año en la escuela) me tomó una fotografía por sorpresa en el aula, justo cuando estaba por sentarme, con la cabeza baja, apuntando mi majestuosa boina de piel hacia la diminuta pero feroz lente de la cámara digital. El colmo del mal gusto se completó con la publicación en Facebook de esa foto, entre otras imágenes de un simple día de clases, de profesores y compañeros. Desde entonces, creo que no volví a pasar por allí. En cuanto a los demás signos corporales, digamos, del cuello en menos, el crecimiento de las mamas o mastitis me da un poco de risa a mí, que siempre fui delgado, pero me confiere un plus de la caja torácica que siempre eché de menos en mis años mozos de alfeñique. En cuanto a la barriga, es una compañera de mil batallas y banquetes, aunque es bastante modesta, y aún me dicen que soy flaco, excepto mi hijo, que es escuálido y cree acicatearme acusándome de obeso (es claro que el pobre atraviesa la plenitud de sus años mozos de alfeñique que heredó de mí). Lo demás, es silencio. Las manos, en cambio, se llevan todo mi aprecio por su lozanía de hombre que lava los platos muy pero muy de vez en cuando, y que no las usa como herramientas de trabajo más que en este momento, o al corregir. Mis jóvenes aunque adultas manos aún lucen las uñas desparejas carcomidas por la ansiedad, pero así eran desde mi infancia. Y son lo que más miro de mí mismo durante el día. Será por eso que a veces me creo niño, mirando mis adultas manos. Será por eso que, cada tanto, especialmente cuando estoy cansado, me tiro a dormir una siesta, mientras dejo que mis brazos, guiados por mis manos, se vayan a pasear un rato, y entonces abren la puerta, salen a la calle, y se trepan un buen rato al árbol seco que tengo en mi vereda. No hay problema, cuando se aburren vuelven, se prenden a mi cuerpo, me despiertan, me llevan hasta el teclado, y se ponen a escribir tonterías como esta.

martes, 4 de agosto de 2009

Emilio Lunadei

Fue el hombre más bueno y silencioso que recuerda mi infancia. Albañil frentista de oficio, nació en 1905 o 1906, y militó en el Partido Comunista Italiano en tiempos de Mussolini. Lo poco que sé sobre él me fue contado a retazos por mi abuela, mi padre y mi madre. Sé que quedó huérfano a los 6 años de edad, y que desde entonces tuvo que trabajar para sobrevivir. Fue partisano durante la Segunda Guerra Mundial, y realizó actividades clandestinas por esos años. Ni siquiera sé la fecha exacta de su llegada a este país, sólo sé que nunca habló bien esta lengua y que aún resuena su acento romano en mi memoria. Me gustaba hablar con él, tanto, que no me daba cuenta de que no hablaba mi mismo idioma; lo descifraba y lo escuchaba como se escucha a un héroe, aunque él mismo nunca se haya propuesto serlo, porque yo sé que el recuerdo le dolía, porque no sabía lo que era la vanidad que desconocen los grandes corazones. No había podido estudiar, apenas sabía leer y escribir, pero para mí, su palabra era experiencia de vida y sufrimiento, era para mí un pedazo de la historia que se escribe anónimamente y en silencio. Quizás por todo eso él no quería hablar de la guerra. Una sola vez, ante mi insistencia, me contó una historia de aquél tiempo: Por aquellos años, mi abuelo y mi abuela fueron a cenar a la casa de unos amigos que tenían dos hijos varones, de la edad de mi papá. En el camino se detuvieron a comprar algún regalo para los niños, y les llevaron uno autito de juguete a cada uno, unas pequeñas réplicas metálicas de los yeep de esa época. El regalo fue recibido con emoción por los niños, quienes se entretuvieron jugando con mi padre y los autitos durante toda la noche, en una cena tranquila, amena e inolvidable que prometió repetirse pronto. Dos días después ese barrio fue bombardeado. Desolados, mis abuelos fueron a la casa de sus amigos, y solo encontraron un montón de escombros. Caminaron sobre las ruinas, sabiendo que debajo de ellas estaban los restos de la familia. Y reluciendo sobre el monumento macabro, brillando intactos al sol, encontraron los dos autitos, como si alguien los hubiera colocado prolijamente allí, para que griten su silencioso horror. Nunca más le insistí a mi abuelo para que me contara alguna historia de la guerra. Su vida en Argentina no fue mucho mejor, y estuvo lejos la promesa de prosperidad que había traído a mi abuela, y que lo terminó arrastrando a él y a su hijo a un exilio absurdo. Poco antes de que yo naciera su suerte pareció cambiar cuando dos compatriotas le ofrecieron asociarse a ellos para montar un corralón de materiales para la construcción. Emilio era por naturaleza confiado, y no prestaba atención a los papeles que le hacían firmar. Finalmente, un día uno de sus socios se fugó, con la esposa del tercero y el dinero mal habido obtenido con la firma de mi abuelo. El nonno Emilio, para mí el nonno, a secas, no dejó nunca de trabajar, colgado de los andamios, como frentista, hasta que un día, cuando yo era recién nacido, cayó de un andamio y se quebró un tobillo, y desde entonces no pudo volver a trabajar de albañil. Para mí él no tenía familia, de hecho, el único contacto que tuve con familiares italianos vino por parte de mi abuela, cuya prima, la maravillosa tía Adamante, ayudó dando trabajo y techo a mis abuelos durante años. Los mejores momentos de mi infancia, mi paraíso perdido, los pasé en la casa de mis abuelos, primero en Lanús, luego en Burzaco, en una provincia de Buenos Aires donde los hombres mayores tomaban aire fresco sentados con sus sillas en las veredas, y los chicos jugaban a la pelota en la calle, y gritaban “auto” para correrse y dejar pasar al vehículo inoportuno que interrumpía el partido. En el jardín del fondo de la casa de Burzaco fui emperador romano, inspirado por las historias imperiles que siempre evocaba la nonna, y aún recuerdo mis ansiados despertares de fin de semana, escuchando al nonno cantar, desde su cuarto de trabajo, los tangos interpretados por Julio Sosa en radio Colonia, República Oriental del Uruguay. Se levantaba a las cuatro de la mañana, se hacía una bruscheta (tostada) que untaba con unas gotas de aceite, un poco de ajo y una sardina o anchoa, si la había, y la acompañaba con un tazón de café negro. Escuchaba la radio todo el día, y estaba al tanto de todo lo que sucedía en política y fútbol. No sé de qué equipo era simpatizante en Roma, pero en Argentina era fanático de Boca. Trabajaba desde el amanecer hasta la caída del sol frente a una máquina montada en la casa, en la hilaba bobinas de cobre para los secadores de pelo modelo cofia que fabrica Héctor Ubertini, el esposo de tía Adamante. Su tango predilecto era Cambalache, al que bramaba en un porteño –romanesco único en su estilo. Aún lo escucho cantarlo en mi recuerdo, y vuelvo a ser feliz, porque su canto me anunciaba que estaba en mi reino imaginario, mientras la nonna batía con mano enérgica dos yemas de huevo y azúcar (hasta conformar una pasta espesa y casi blanca), mi desayuno especial: lo que ella denominaba cócoro, y que años después supe que era el sambayón, aunque claro está, sin agregar whisky. En el año 1975 mi padre ganó el premio Moliere que entregaba la embajada de Francia en Argentina, con el auspicio de Air France, por su labor como Pantaleón en Arlecchino servidor de dos patrones de Carlo Goldoni. El premio incluía un pasaje abierto a París, y a papá se le presentó la oportunidad de volver a Roma. Por esos años supe que había familiares en Italia, llegué a ver una foto de ellos, pero nunca me quedó clara la filiación. También supe que ellos estaban ayudando a tramitar la jubilación del nonno, una pensión extraordinaria que terminó recibiendo años después, como héroe de guerra. Pero papá finalmente no viajó nunca a París ni a Roma. En cuanto a mí, crecí y me alejé de Burzaco, y cada tanto regresaba en las fugaces visitas que papá hacía a la casa de sus padres. Muy atrás habían quedado los tangos de Julio Sosa, la casa del jardín, y los paseos a comprar el pan de la mano del nonno, y mi adolescencia rebelde me apartó también de papá, y del vínculo con la casa de los abuelos. Más tarde me casé y me fui a vivir a la Provincia, aunque a demasiados kilómetros de Burzaco. Cuando nació su primer bisnieto, mi hijo Lautaro, fuimos a visitarlo. Mi abuela había muerto hacía algunos años, y él alquilaba una casita mínima, delante de la casa de la propietaria, en el mismo terreno. Llegamos y no lo encontramos. Preguntamos a la mujer por él y nos dijo que a la tarde se iba caminando a pasear hasta la estación de tren. La mujer aprovechó su ausencia para comentarnos que estaba preocupada, porque si bien el nonno se veía saludable, por momentos no se daba cuenta de su edad avanzada y corría riesgos: últimamente se le había dado por pintar la casa, y consiguió una escalera para pintar el techo. La mujer temía que cayera desde la altura, aún desconociendo su accidente del andamio, años antes. “A ver si lo convence Usted, que es el nieto, porque a mí no me hace caso”, dijo la mujer transfiriéndome de inmediato su lógica preocupación. Cuando lo vimos le comenté la cuestión, se río y me dijo que no le hiciera caso a la mujer, era muy miedosa por naturaleza, él tenía cuidado y pintar lo entretenía. Le pregunté qué más hacía, cómo pasaba su tiempo, y me dijo que todas las tardes se iba a tomar unos tragos al bar de la estación “con los muchachos”. Se lo veía entero, pero sabíamos que a pesar de su contextura robusta y monumental, a lo que se agregaba su sobrepeso, arrastraba desde hacía años problemas bronquiales derivados de un último episodio triste de sus tantas desgracias. En los años en los que estaba tramitando su tan esperada jubilación, cuando mi abuela aún vivía, tuvo que ir al Departamento Central de Policía a renovar su cédula de identidad. Al iniciar el trámite, hicieron la investigación de rutina de antecedentes policiales, y surgió que había una causa abierta por la estafa del ex socio, muchos años atrás. Si bien mi abuelo era un damnificado más, todavía seguía figurando su firma en los cheques y documentos que ahora eran parte de la causa. Si bien se comprobó la absoluta inocencia de mi abuelo, que claramente había sido estafado, dicha comprobación le significó quedar detenido durante casi dos meses, en una oficina del Departamento Central de Policía. Nadie tuvo en cuenta su edad, y tuvo que dormir durante todo ese tiempo en el frío suelo de la oficina, usando un par de mantas como colchón. Cuando recuperó la libertad su salud ya estaba seriamente deteriorada, y si bien vivió varios años más, su enfermedad respiratoria se hizo crónica, aunque él la minimizara. Un día de invierno de 1990, durante el Campeonato Mundial de Fútbol de Italia, que tanto me evocaba al nonno, aquella mujer miedosa, la propietaria que tanto lo cuidaba a escondidas, llamó preocupada a mi papá para decirle que hacía unos días que Emilio no se levantaba de la cama. Papá fue a verlo, y lo encontró mal, se estaba dejando morir. Lo llevó sin pensarlo a vivir a su casa, le dio la atención que él no quería, estaba casi ciego por las cataratas que le habían provocado años de exposición al hilo de cobre de las bobinas (recuerdo que sus ojos llegaron a tener el color del cobre). Papá, de alguna manera, empezó a descubrir en su debilidad final, a aquel hombre sencillo, rústico y noble al que él había llegado a despreciar por rudimentario. En parte no le había perdonado nunca el abandono en la cubierta de aquel barco que lo trajo a la Argentina. Pero quizás llegó a comprender lo duro que había sido todo para su padre, a quien la vida no le había dado nunca la posibilidad de elegir su suerte. Llegué a verlo un día en la casa de papá. Le hablé un rato, pero parecía estar en otra parte, y ya no demostraba interés por nada. Me dijo que quería dormir un rato, y lo despedía con un abrazo y un beso inmensos, sintiéndome el niño que caminaba de su mano, pero él ya parecía no estar. Algunos días después desmejoró y papá lo internó en una clínica. Allí mostró signos de recuperación, y papá lo acompañó una tarde entera con él. Volvieron a comunicarse como lo habían hecho siempre, en romano, aquél dialecto que papá reservaba al diálogo con sus padres, que poco se parecía al italiano preciosista que papá hablaba muy bien, y que había perfeccionado tenazmente en su exilio. Aquella tarde, sé que papá recuperó su dialecto, sus pocos recuerdos felices de infancia, los viejos chistes y juegos de palabras que Emilio conocía muy bien, y que sus descendientes argentinos no comprendíamos, y papá sí. Volvieron las viejas anécdotas pintorescas que la guerra había aplastado, y de pronto el hijo se sintió por primera vez en su vida, cerca de ese padre al cual nunca había comprendido del todo. Volvió a su casa tranquilo por verlo recuperado y con total lucidez. Esa misma noche, un 24 de julio de 1990, Emilio murió mientras dormía. Recibí la noticia al llegar al trabajo, corrí hacia la clínica y llegué a ver como cargaban su cuerpo sin vida en la ambulancia. Del otro lado de la camilla estaba papá con mi hermano Valeriano, por entonces adolescente. Al verme, papá me estrechó en un abrazo, y se quebró en un llanto desgarrado, como nunca lo había sentido en mi vida. Guardé mis lágrimas para mostrarme fuerte ante papá, para contenerlo y consolarlo. Guardé mis lágrimas, estas mismas que hoy se vuelven palabras, y quieren volverse memoria...

lunes, 13 de abril de 2009

La familia Lunadei: Roma-Buenos Aires, ida.

Como ya he dicho, la historia real que me dispongo a contar, no tiene aún escrito el final de su primera parte, la resolución de su primera trama. Por consiguiente, no quiero adelantarme por algún tiempo a lo que pudiera ocurrir. Pero por otro lado esta historia tiene una prehistoria, un largo capítulo 0 que se remonta a los orígenes de mi escasa familia paterna, un núcleo familiar de inmigrantes italianos que como algunos otros llegó a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial, en 1950. El núcleo familiar que emigró desde Roma a Buenos Aires era básico: mi padre, Giovanni Marcello, según rezaba su partida de nacimiento, quien para su familia, incluidos sus hijos, siempre fue Gianni; mi abuelo, Emilio Lunadei, el ser más honesto, luchador y bondadoso que he conocido en toda mi vida, y Ada Cerroni, una hermosa y seductora mujer de alta y robusta figura, de carácter fuerte y conflictivo, aunque solapado. La familia de Emilio, los Lunadei, era de origen humilde. Él nunca me contó nada sobre su familia, sólo sé que había trabajado con tesón desde su infancia, porque a muy corta edad había perdido a su padre y a su madre. Nació en 1906, por lo tanto, tenía 8 años cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Aún hoy no tengo idea si la muerte de sus padres tuvo algo que ver con la guerra, pero según mis cálculos, si mi abuelo trabajó desde niño, debe haberse quedado huérfano por aquellos años. La familia de Ada, mi nonna, tenía un origen aparentemente aristocrático, aunque por lo que deducimos, venido a menos, y hasta incluso, por lo que parece, de una rama bastarda. Mi abuela solía hacer alusión a esto con orgullo, pero ocultando o borroneando los detalles que la alejaban de títulos de nobleza que quizás su familia había ostentado, y quizás perdido. Creo que el padre de Ada era el hijo bastardo de un noble que "indemnizó" a la mujer (aparentemente mucama) a la que embarazó, otorgándole una pensión de por vida y todo lo que el hijo necesitara, exceptuando claramente cualquier aspiración a herencia de títulos nobiliarios (si esta no era la historia del padre de Ada, lo era de su abuelo). Los cambios políticos echaron por tierra esos títulos, pero claro que no ese espíritu aristocrático que siempre pervivió en Ada. Por lo pronto, a papá lo llamaba "il principeto", no metafóricamente, sino aduciendo su supuesta sangre azul, y haciéndoselo saber. El padre de Ada (hoy mi memoria pierde por completo su nombre), mi bisabuelo, se casó con una mujer llamada Adelle, mi bisabuela, a quien sí conocí de niño, siendo ya muy anciana y enferma de arterioesclerosis. No es un personaje al que recuerde con cariño. Tampoco lo hacía papá. La cuestión es que el padre de Ada fue combatiente italiano en la Primera Guerra Mundial, y según creo tuvo tres o cuatro hijos: un varón que murió de pequeño, quizás durante la guerra, una hermana mayor, fallecida joven, Ada y Bruna. Según creo recordar, mi abuela contaba que la hermana mayor se encargaba de llevar todos los días a ella, a Bruna y quizás al más pequeño, a la escuela todos los días; los vestía, les daba de desayunar, y al menor, en el apuro, le ponía a veces los zapatos al revés, y entonces él se quejaba de que le dolían los pies, caminaba lento y lo reprendían porque llegaban tarde a la escuela. Uno de los recuerdos más felices de la infancia de mi abuela es que en ese camino ella se demoraba un poco a zigzaguear en la columnata de Bernini, en la Plaza San Pedro, que quedaba de pasada en el largo camino a la escuela. Vi fotos que me mostró mi abuela, de las que ahora desconozco su destino, en las que se veía a mi apuesto bisabuelo en una carpa de campaña en algún lugar del frente de batalla. La ausencia de mi bisabuela en el cuidado de sus hijos, parece haberse debido a sus no convencionales ocupaciones para sobrevivir: según contaba papá, Adelle era casamentera en pueblos del interior, contactaba a mujeres adineradas pero no muy agraciadas y las conectaba con apuestos hombres humildes de Roma. Según papá, también tenía buenas aptitudes para regentear prostitutas, le gustaba el dinero, era codiciosa, un poco bruja, y también jugadora empedernida. En síntesis, la Celestina del gran Fernando de Rojas era una verdadera prefiguración que le encajaba como un traje a medida. Sumémosle a esto sus modos poco elegantes y desagradables que definitivamente aterrorizaban a papá de niño: él contaba que cuando paseaba tomado con ella por las calles céntricas de Roma, ella lo tomaba muy fuertemente con su mano fuerte y huesuda como una garra (que yo mismo años después experimenté), y de pronto lo apartaba un tanto, abría las piernas, y orinaba muy tranquilamente parada en la calle. Papá agregaba al relato su vergüenza y lógico asco, ya que en el frío invierno romano, no podía terminar de cubrirse de las salpicaduras del tibio orín de su abuela (no hago más que reproducir la anécdota casi en los propios términos en los que la contaba papá). MI bisabuelo, el esposo de Adelle, volvió de la guerra y llegó a viejo. Mi papá siempre insistió en que sus dos abuelos maternos vivían en su casa, cuando él era niño, y que un día el abuelo se encerró en el baño y se disparó un tiro en la boca. Él dijo haber escuchado la detonación y haber visto la reacción familiar, aunque no a su abuelo muerto, y a pesar de que le dijeron que había muerto de un ataque cardíaco, él recordaba perfectamente aquel sonido fatal. Muchos años después, mi propio padre eligió esa misma manera de quitarse la vida.

Fuera de toda esta mezcla de pintoresquismo y tragedia que tuvo la historia de Ada y mi padre, hay que agregar la militancia política de mi abuelo Emilio en el Partido Comunista Italiano en tiempos de Mussolini. Algo de toda esta historia, está contado en un post anterior de este blog titulado Gianni, publicado hace casi un año atrás. Resumo detalles contados allí en extenso. Desconozco cómo se conocieron Emilio y Ada, sólo sé que para cuando papá nació, el 2 de mayo de 1938 (aunque él siempre insistió en que había sido el 1°, día Internacional del Trabajo, para bromear y decir que el mundo entero se paralizaba en su homenaje), Roma estaba paralizada por la visita oficial de Hitler a Roma. Mi abuela tuvo un parto muy difícil en el que perdió litros de sangre y fue atendida por una guardia médica de emergencia. Ese día es evocado en la película Una giornata particolare de Ettore Scola. Revisando, años más tarde, periódicos de la época que mi hermano Valeriano heredó de papá, encontré cierta imprecisión, ya que, según parece, el abrazo entre Hitler y Mussolini que paralizó por decreto a la ciudad, ocurrió dos días después, con lo cual supongo que mi abuela fue internada un día con guardia de emergencia, el día del trabajador, y que permaneció internada varios días, debatiéndose entre la vida y la muerte, nuevamente atendida por otra guardia, la de aquél día particular. En ese detalle, el del hospital sin personal y el parto difícil, coincidían tanto mi abuela como papá. El resultado de este parto fue la pérdida de la matriz, lo que hizo que mi padre fuera hijo único y que siempre dijera que después de él habían roto el molde, y que había nacido triunfalmente con la matriz de su madre en la mano como el trofeo de lo irrepetible. Por aquellos tiempos, Emilio estaba clandestino e Italia combatía como aliada de Alemania. Desde ya, mi abuelo era oficialmente un desertor, y las patrullas fascistas venían a apresarlo. La mayoría de las veces Ada ignoraba el paradero de Emilio (quien entre otras actividades se trepaba a los postes de teléfono para cortar comunicaciones), pero en una ocasión aparecieron cuando él estaba allí. Improvisaron una salida: mi abuela dejó pasar a los agentes y revisar la casa, mientras mi abuelo se colocó en la cornisa del edificio, en el primer piso hacia la calle. Cuando los agentes revisaron el cuarto detrás de cuya ventana pendía mi abuelo, Ada se colocó sobre los vidrios, tapando a Emilio en el exterior. Afortunadamente parece que los agentes del gobierno no apostaron a nadie abajo, y que ningún transeúnte delató a mi abuelo, ya que vivían en el centro de Roma, cerca de la estación Termini, en la Vía Principe Amedeo. Es probable que los mismos vecinos hayan protegido a mi abuelo quien me consta que era muy querido y respetado por su coraje y sus convicciones. Sé que otra vez un portero colaboracionista (aunque amigo de mi abuelo) detuvo invocando influencias a una patrulla que quiso subir a investigar de dónde habían caído unos clavos miguelito (los que caen siempre con una punta hacia arriba) que papá había arrojado por la ventana mientras jugaba. Ambos hechos fueron de los pocos que contó el propio Emilio, y me fueron luego confirmados por papá y Ada. Emilio no hablaba habitualmente de sus actividades durante la guerra, sí en cambio lo hacía obsesivamente Ada. Ella fue la que me contó de los kilómetros que debía recorrer para conseguir alimentos, de cómo pasaban aviones en vuelo rasante que disparaban contra lo que se movía, de cómo al escucharlos mi abuela se protegía como podía tirándose bajo algún automóvil estacionado o metiéndose en un umbral. De esta última forma es como decía haberse salvado de las represalias que tomaban los nazis en Roma, cuando los partisanos mataban a algún soldado alemán, fusilando a los diez primeros romanos que pasaran por la calle. Ella fue quien me contó que recordaba a papá quizás a los tres o cuatro años, parado en su cama, muerto de terror, gritando Gli aeri ! (¡Los aviones!), bajo el estruendo de las sirenas antiaéreas y el rugir de los motores que se aproximaban. Por papá sé que en esos tiempos difíciles Ada y Bruna recibían hombres en casa, regenteadas por Adelle, quizás para conseguir la ración de huevo crudo con la que alimentaban por entonces a papá. Lo cierto es que toda esta situación no le pudo ser disimulada a Emilio cuando pudo volver, tras la caída y ejecución de Mussolini, y el matrimonio fue de mal en peor. Tengo huecos en la historia, pero tal parece que la actividad, al menos de Bruna, continuó (y se incrementó) con la llegada de los aliados norteamericanos. Papá recordaba que su casa fue usada como prostíbulo contando que una vez lo habían retado por jugar con unas "bolsitas" que estaban sobre la mesa de luz del dormitorio de su madre. Algunos años más tarde se dio cuenta de que eran que eran preservativos usados (nuevamente reproduzco su relato en sus propios términos). Las crisis durante la posguerra entre Emilio y Ada eran frecuentes, y una vez se reconciliaron y Emilio invitó a su esposa e hijo a festejar yendo a comer una pizza. No tardaron en llegar los reproches cruzados, hasta que Ada se levantó de la mesa intempestivamente y corrió hacia la calle, seguida por Emilio y papá, quienes vieron impávidos cómo se arrojaba al paso de un auto que le frenó a centímetros de la cabeza. Por aquellos años de la posguerra Bruna se casó con un próspero y acaudalado comerciante de origen judío que decidió venir a invertir e instalarse en la próspera Argentina de los años de Juan Domingo Perón. Bruna, parece que sin consultarlo mucho, tentó a Ada y a su madre Adelle, a que la siguieran. El matrimonio estaba casi destruido, y Ada quiso alejarse de Emilio llevándose a Gianni. Pero el hombre hizo uso de su patria potestad y se lo negó. Y entonces Ada se marchó de todos modos. Luego sigue un nuevo blanco en la historia, pero por lo visto deben haber tenido una reconciliación a la distancia, y Emilio decidió embarcarse con Gianneto, de 12 años, rumbo a Argentina. Desconozco aún las razones por las cuales finalmente Emilio no pudo viajar, pero parece haber surgido una complicación de último momento que lo retuvo en Italia. Decidió mentirle a papá y decirle que viajaban juntos. Lo llevó hasta el puerto de Nápoles, y lo acompañó hasta el barco. Y subió con él, lo presentó con un oficial, y cuando dieron el aviso de que las visitas debían abandonar la cubierta, este oficial tomó a papá del brazo mientras Emilio corría desgarrado y bajaba de ese barco, que unos instantes después partió, mientras Emilio agitaba su pañuelo llorando, pidiéndole perdón a papá por haberlo abandonado en aquél barco, prometiéndole que él se les iba a reunir en poco tiempo. Pero papá, en realidad, nunca lo perdonó. El oficial se encargó, según parece, de un modo muy particular de papá: y en el primer puerto lo llevó a un prostíbulo. Una vez a bordo, los muchachos mayores le robaban la comida y lo amenazaban. Ese viaje de entre 20 o 30 días fue un infierno para él. Aunque al llegar al puerto de Buenos Aires lo estaban esperando su madre, su tía y su abuela felices, papá no olvidaría ese calvario por el resto de su vida, y a ese viaje, más que a la guerra misma, le echó la culpa de su depresión muchos años más tarde. Quizás por ese viaje nunca más volvió a salir de la Argentina (salvo una o dos veces para cruzar a Montevideo, Uruguay), y no quiso volver nunca más a Roma, ni siquiera cuando en el año 1975 ganó el premio Moliere que entregaba la Embajada de Francia en la Argentina, con el auspicio de Air France. A pesar de que el premio incluía un pasaje por avión a París, y a pesar de que se había conectado con unos primos que seguían viviendo en Roma para viajar de París a Roma vía tren, nunca realizó ese viaje. Durante años sostuvo que no podía dejar su trabajo de actor, que lo obligaba a aprovechar una continuidad que podía terminarse y dejarlo desocupado. El argumento era débil, ya que se trataría de un impasse programado de un par de semanas. Años después me confesó, cuando yo viajé a conocer Roma, que él no podía regresar, porque la ciudad no había cambiado nada, y más que un viaje a través del océano, para él sería un viaje a través del tiempo, a la época más infeliz de su vida. "Yo sé que podría materialmente volver, simplemente no quiero volver, no puedo volver, no lo resistiría emocionalmente". Y no volvió nunca más desde aquél día en el puerto de Nápoles, como tampoco volvieron nunca mis abuelos, aunque en el caso de Ada, especialmente, murió añorando y soñando volver a ver a su amada Roma. Siempre repitió que todos los caminos conducían a Roma, pero ese refrán, quizás por diferentes motivos, no se hizo realidad nunca para ninguno de ellos.

sábado, 4 de abril de 2009

Volver....

... como se vuelve del sueño o al sueño, como se vuelve a la risa, a la palabra o al silencio. Volver retomando el camino conocido de memoria, con los ojos cerrados, repasando el recuerdo. Vuelvo siendo el mismo y siendo otro, vuelvo confundido de alegría y de magia, repasando con la mente las palabras que diré, imaginando las caras y las respuestas de los amigos, saboreando el asombro compartido. Vuelvo confundido aún, pero seguro de querer volver. Vuelvo feliz y ansioso, esperando el trago fresco antes de empezar a narrar el asombro ante la vida real, que se empecina en volverse ficción. Vuelvo desbordante de palabras contenidas, mientras sigo esperando en el camino que esta historia que tengo para contar termine de escribir su primer capítulo. Y vuelvo sintiéndome pluma y tintero, de una mano, de un destino, que se empecina en escribir la historia y hacerme su instrumento. Apuro el paso, aclaro mi garganta, aunque todavía mi boca, por simple precaución, retenga las historias por un tiempo más.
Es que todavía le falta a este comienzo, una página para empezar. Y mientras vuelvo, adivino el parpadeo...

miércoles, 18 de febrero de 2009

Amigos para siempre

Para Carlos Balsa Koch, mi amigo "el pingüino", para siempre.

Querido amigo, hoy me enteré de que a partir de ahora estarás en todas partes: en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y para siempre en la memoria, lo que ocurre es que me niego a vivir de recuerdos, aunque de aquí en más sea la única manera de hacerte presente. Querido “amigo para siempre”, nunca olvidé aquél juramento de aquella noche de juerga y juventud, donde el "para siempre" sonaba a eternidad, donde los finales parecían tan lejanos e imposibles como un continente perdido. Es cierto que en los últimos tiempos no estuve a tu lado, como también lo es que eso me produce un dolor sin remedio, que nunca te pude (ni podré) confesar, por miedo a que reprocharas mi abandono y yo no supiera qué decirte. Simplemente esa es mi repugnante forma de cobardía. Amigo para siempre, el "para siempre" fue demasiado para nuestro tiempo tan fugaz, y yo, que fui mayor que vos, siempre fui más tonto, y pensé que siempre había una página escrita detrás de la otra, y veo ahora que el libro quedó en blanco. Aquél príncipe dinamarqués se iría diciendo que lo demás es silencio, pero este silencio me aturde de absurdo, y saco cuentas de tus años, y son años que ya viví, y que vos no, y me culpo por quedarme, porque ese para siempre fue tan corto, amigo del alma, que no me dio tiempo de abrazarte, de dejarte una palabra, de escucharte y enredarme otra vez entre tus sueños, para poder encontrarte ahora en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y en cada risa y en tu voz que no se me borra y me sigue habitando. Ahora me queda el recuerdo vivo que pretende burlar a la ausencia, me queda la conciencia de la finitud y de la inmediatez, que me cortan como un cuchillo desafilado y penetrante, ahora me queda este silencio infame de vidrios rotos, y estas palabras que nunca habrás llegado a leer, aunque quizás ahora veas mi corazón desde todas partes, o al menos eso es lo me queda inventarme como absurdo consuelo poético. Ahora me queda tu interminable ausencia, y renuevo entonces aquel viejo juramento que hicimos de a dos, pero hacerlo solo no tiene sentido, y la ausencia se agranda, y el silencio sangra, y estas lágrimas no alcanzan, y te extraño, y las palabras resuenan como un tambor hueco, que hace ruido pero no habla, y te busco en el aire y en todas partes y sólo la tristeza me responde. Nada más que una simple frase se cae del juramento antiguo: desde ahora y desde entonces y hasta que dure mi siempre, te prometo la memoria tenaz que ahoga al olvido y vence a la muerte y a las páginas en blanco, “compañero del alma, tan temprano”.

Pilar, XVIII-II-MMIX, 16 hs.

viernes, 2 de enero de 2009

Colonia del Sacramento



Fui exiliado de año nuevo,
desde la otra orilla,
bajo el mismo cielo,
frente a los fuegos
distantes del festejo.


Refugiado por un rato en tus arenas
ví al sol durmiéndose en mi aldea,
ví a la noche nacer con aplausos de alegría,
ciudad que mira al río nunca llora las partidas.



Los siglos duermen la siesta
en tus enredaderas,
la luz se derrama en tus rejas;
la Plaza de toros desierta,
los muros, el faro y las puertas
custodian la ausencia
que dejan las huellas,
de esclavos, piratas y reinas,
y en tus calles de piedra,
los suspiros antiguos
esconden sus pellejos
a las nuevas miradas ajenas.
A.L. II-I-MMIX
Pilar, 13.20 hs
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martes, 30 de diciembre de 2008

El año nuevo no deseado.



Siempre pensé y dije que como ser humano, sentía vergüenza y horror por el holocausto judío, por que seres de mi mismo género humano le hayan hecho eso a otros seres humanos. Siempre pensé y dije que el racismo es una de las formas más aberrantes del salvajismo y el atraso humanos. Siempre pensé y dije que los animales son incapaces de hacerle eso a otros animales. Quizás, estas afirmaciones sólo sean formas del lugar común, pero el horror no puede ser un lugar común, debe espantarnos vivamente, movilizarnos y comprometernos, aunque sea en pequeños actos que sumen, a la larga, o que levanten un clamor que algún día erradique para siempre el flagelo de la guerra de la faz de la tierra, o que, al menos, la guerra deje de ser un gran negocio que arroja grandes dividendos. Tal vez, esto último también sea un lugar común, pero hay ocasiones en las que los lugares comunes no dejan de ser grandes verdades.
Veo en los noticieros que en Gaza hay bloggers, como nosotros, que están escribiendo textos y editando imágenes "en directo", del infierno que están viviendo, literalmente bajo el bombardeo. Ante esta noticia, todo lo que uno pueda publicar desde otra parte del mundo, parece una banalidad.
Por causa de nuestra falta de lucidez, a veces disfrazada con los ropajes de la ideología, o de la objetividad o de la intelectualidad, al enfocar este problema de política internacional, podemos aventurar un juicio que justifica a alguno de estos dos bandos en pugna, y entonces, le damos la razón a uno o a otro, en absurdas "discusiones de café", distantes a miles de kilómetros que son abismos culturales e históricos mucho más inmensos aún. Si se justifica al estado de Israel, de inmediato seremos caracaterizados, seguramente, como reaccionarios pro imperialistas (o pro sionistas, inclusive). Si por el contrario, hacemos lo propio con los palestinos, otros nos tildarán de pro terroristas. Particularmente, veo las cosas de un modo completamente distinto.
Hace varios años conocí Israel, y guardo una serie de impresiones muy disímiles, que hicieron cambiar mis preconceptos anteriores. Yo pensaba que Israel, básicamente, era un país, un estado religiosa y culturalmente judío. Sin embargo, me encontré con que en todo ese pequeño país, palestinos y judíos viven apenas separados por calles angostas, cuando no, directamente mezclados. Es, por lo tanto, muy difícil trazar una frontera que separe a un lado y a otro a palestinos de judíos. De hecho, si uno camina por la maravillosa Ciudad Vieja de Jerusalén, encontrará a comerciantes de ambos grupos, y hasta de diversos orígenes, vociferando y regateando sus mercaderías, en una mezcla de lenguas que nos transportan a la Babel bíblica. Pero a pesar de esto, la tensión es permanente, y son siempre los palestinos los que se llevan la peor parte. Por desgracia, los ciudadanos israelíes de origen palestino (que muchas veces no tienen la ciudadadanía del país en el que nacieron), son tratados como sospechosos permanentes, y sufren, en su vida cotidiana, atropellos de todo tipo. Tuve la experiencia personal de viajar a la ciudad de Belén, distante a muy pocos kilómetros de Jerusalén, con mi familia, en un taxi compartido (una vieja limusine Mercedez Benz transformada en transporte colectivo), en el que viajaban otras cuatro personas más, además del conductor, todos de origen palestino, entre ellos, un sacerdote cristiano. Al salir de Jerusalén, y antes de entrar en Belén, nos detuvimos en un puesto militar con barreras, donde hicieron bajar, a punta de fusil, vociferando en hebreo (que desconocemos, ya que en Israel, la totalidad de la población judía habla ingés) a todos los pasajeros, menos a nosotros, que mostramos por la ventanilla nuestros pasaportes argentinos. Me sorprendió especialmente cómo el sacerdote era tratado, incluso, con mayor agresividad que el resto. Al llegar a Belén nos encontramos con una ciudad "tomada" por los cascos azules de la ONU, que son odiados irremediablemente por los lugareños, que sufren diariamente de los maltratos y abusos de estas tropas internacionales de ocupación. En la municipalidad de Belén, flameaba la bandera palestina, aunque ese territorio, no queda comprendido dentro de Gaza ni Cisjordania, sino que pertenece íntegramente al estado de Israel, pero el municipio tiene una abrumadora mayoría palestina.
Los límites de esa geografía humana, son imprecisos, e irremediblemente están ligados. En aquel viaje en taxi, comprendí que quienes vivían en Belén, se movilizaban a diario a trabajar a Jerusalén todos los días, y todos los días pasaban por lo mismo que a nosotros nos resultó una situación tensa. Israel es un territorio militarizado a un punto tal, que uno se acostumbra a la presencia permanente de soldados armados con fusil y con uniforme de fagina verde, en todos los sitios por donde uno vaya: por las calles, en los cafés (sentados y conversando en la mesa contigua), en los transportes públicos, en los locales comerciales. Otras veces, uno los ve apostados apuntando hacia las personas: esa es una señal indudable de que uno ha cruzado la vereda y ha ingresado en territorio palestino (dentro de la misma Jerusalén). El dato que no se puede dejar de lado, es que los ciudadanos judíosgozan de un alto nivel de vida, mientras que las condiciones socioeconómicas de los palestinos son paupérrimas.
No es mi intención proponer un debate sobre política internacional que excedería ampliamente mis posibilidades, sólo pretendo hacer un par de reflexiones, que, como afirmaba más arriba, implican correr el eje del enfoque a no tomar partido por ninguno de los dos grupos, sino a ver el problema como un eterno conflicto entre los intereses del poder político y económico contra la población, contra los civiles, contra la gente común y corriente. Es justo que se sepa, que la mayoría de la población israelí, los ciudadanos comunes, quieren la paz y la integración con los palestinos, y es justo que se sepa también, que otro tanto ocurre del lado palestino ¿Por qué entonces la paz y la integración parecen una utopía inalcanzable? Parecería que tanto al poder de un lado, como al del otro, no les conviene la paz, y entonces siembran y fomentan un odio, que a la larga lleva a una guerra donde el objetivo parece ser que un grupo elimine completamente a cada ser humano del otro grupo. Y creo que más allá de los nacionalismo, eso es lo que tenemos que ver en cualquier conflicto armado, una lucha de intereses entre dos estados (o en este caso, entre dos organizaciones terroristas) donde las verdaderas víctimas son las personas comunes. Por consiguiente, ante esta cuestión, no puedo ponerme a favor de Hamas o del Estado de Israel, ya que a ambos les interesa mantener el conflicto y sembrar más odio y terror para favorecer sus intereses. Desde ya, siempre resulta peor el terrorismo ejercido por el estado, y habrá argumentos históricos que justifiquen el surgimiento de grupos como Hamas, pero creo que se trata de una discusión bizantina, que nos llevaría a un debate del tipo "¿el huevo o la gallina?". y en última instancia, son cuestiones políticas que nunca reparan en las víctimas que siembran, a las que incluso denominan, cínicamente como "daños colaterales".
Ante todo este horror que puede sumirnos en la impotencia que lleva a la indiferencia, hoy quiero homenajear a la otra cara de la moneda, que creo que nos muestra un camino posible a seguir ante esta circunstancia. El homenajeinevitable es para un compatriota, que en mi opinión es el argentino más digno de orgullo, porque a la vez es un verdadero "ciudadano del mundo". Se trata de Daniel Barenboim.
Nació en Buenos Aires el 15 de noviembre de 1942, es un músico argentino de familia judía de origen ruso, nacionalizado israelí y español. Logró la fama como pianista, aunque con posterioridad ha obtenido gran reconocimiento como director de orquesta, faceta por la que es más conocido.
En 1952, la familia Barenboim se trasladó a Israel. Dos años más tarde, sus padres le enviaron a Salzburgo para que tomara clases de dirección con Igor Markevitch. El debut de Barenboim al piano se produjo en el Mozarteum de Salzburgo, Austria[] en 1952, en París ese mismo año, en Londres en 1956 y en Nueva York en 1957 bajo la batuta de Leopold Stokowski. En los años siguientes se sucedieron regularmente los conciertos por Europa, Estados Unidos, Sudamérica y el Lejano Oriente. Su primera grabación data de 1954.
Barenboim es el director musical de la Orquesta Sinfónica de Chicago, cargo al que accedió en 1991 en sustitución de Sir Georg Solti.
En 1999, junto con el escritor estadounidense de origen palestino Edward Said, al que le unió una gran amistad, fundó la Orquesta del Diván Este-Oeste, una iniciativa para reunir cada verano un grupo de jóvenes músicos talentosos tanto de origen israelí como de origen árabe. Por ello, recibieron ambos el Premio Príncipe de Asturias en 2002. En 2004 le fue concedido el Premio de la Fundación Wolf de las Artes de Jerusalén.
El 12 de enero de 2008, después de un concierto en Ramala, Barenboim aceptó también la ciudadanía palestina honoraria. Siendo el primer ciudadano del mundo con ciudadanía israelí y palestina, Barenboim dijo que la aceptó con la esperanza de que sirva como señal de paz entre ambos pueblos.

I hope that my new status will be an example of Israeli-Palestinian co-existence. I believe that the destinies of the Israeli people and the Palestinian people are inextricably linked.
Daniel Barenboim

Anhelo que mi nueva condición sea un ejemplo de coexistencia palestino-israelí. Creo que los destinos de los pueblos israelí y palestino están inexorablemente unidos.
Daniel Barenboim
[Fuente: Wikipedia]



Sería bueno reflexionar acerca de esta acción concreta, acerca de nuestras posibilidades de comprometernos concretamente con causas lejanas y cercanas por las que podemos aunque sea despertar conciencias desde nuestros lugares, hasta fomentar el desarrollo de una verdadera conciencia universal por la paz y por la verdadera defensa de los derechos de los pueblos frente a los abusos y atropellos del poder, sin fronteras. Hagámoslo nosotros, aunque sea desde nuestros lugares, ya que no nos están estallando bombas sobre nuestras cabezas, ni tenemos que escribir desde los escombros.
En este contexto, quizás sería muy frívolo desearles un feliz año nuevo. En su lugar, opongamos la fuerza de nuestros corazones a aquello que no deseamos para este año que comienza. Que así sea.

[Fotografía tomada de http://www.clarin.com/diario/2008/12/30/elmundo/i-01830737.htm, origen: AFP. Los cuerpos de cinco niñas de entre 4 y 17 años, pertenecientes a una misma familia, fueron sacados de entre los escombros, luego de un bombardeo en Gaza]
Daniel Barenboim: Sonata "Claro de Luna" de Ludwig van Beethoven. Tercer movimiento, presto agitato

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Papá Noel en estado de coma.

Foto tomada con disparador automático durante la navidad de 1994, en en la habitación del Hotel Colón, en Arica, Chile.


A veces en las fiestas de fin de año desplegamos toda nuestra capacidad para hacer de la ocasión un momento digno de larga recordación. En mi familia hemos trabajado a veces arduamente en tratar de hacerlas inolvidables y para lograr ese cometido, nos hemos esforzado en darle a cada ocasión un ingrediente que las convirtiera en únicas e irrepetibles, y el modo más simple de hacerlo fue, muchas veces, cambiar el escenario cuando fuera posible. En tal sentido, la navidad más original de todas es la que pasamos en Arica, Chile, en el año 1994. Aquella vez habíamos ido a pasar nuestras vacaciones a Santiago, adonde vivían mi suegro, Alberto y su esposa Nélida, que para nosotros son, además de familiares, compañeros y amigos de muchos festejos, cenas y salidas memorables. Si bien el motivo del viaje era la visita, en vacaciones somos muy inquietos, y si tenemos la posibilidad de conocer lugares desconocidos, es difícil que nos quedemos varios días en un solo sitio. Por lo tanto nos programamos unos días para viajar desde Santiago hasta el extremo Norte de Chile, y desde allí, buscar la manera de llegar hasta Machu Pichu, partiendo antes de navidad, pero con la promesa de estar de vuelta sí o sí el 31 de diciembre en Santiago para pasar el año nuevo. Arica se prestaba, pues como una base ideal de operaciones para este loco viaje relámpago, ya que presentaba las comodidades como para recalar en navidad, desde un par de días antes, y hacer unos días de playa antes de seguir hacia Perú y emprender la vuelta. El viaje lo fuimos armando en el camino, como se verá, y terminamos volando desde Tacna a Cuzco ida y vuelta, y desde Arica a Santiago el 30, con pasaje comprado antes de la partida, para tranquilidad de Alerto y Nélida que temían que no pudiéramos tanto en tan pocos días, sin auto y con una hija de cinco años y otro de siete, sin automóvil. Nuestro espíritu aventurero nunca dudó de poder lograrlo, y así fue: el 31 de diciembre estuvimos de regreso, pero eso merece una historia aparte. El tema, en principio, fue la navidad en Arica, y el contraste con la navidad siguiente, que dejó a Papá Noel en estado de coma.

Lautaro y Maggie abren regalos y los exhiben con orgullo, en la habitación del Hotel Colón, Arica, Chile, navidad de 1994

No es difícil imaginarse las condiciones precarias de la navidad en esas condiciones: como turistas de paso e improvisados, nuestro alojamiento fue en un hotel, el Colón (si mal no recuerdo), frente a la catedral construida por la compañía Eiffel, a comienzos del siglo XX. Buena ubicación para pasar unos días tranquilos en esa hermosa ciudad, pero complicado para pasar el momento clave de la navidad con niños: la anhelada hora de los regalos. Una solución sencilla era comprar regalos y dejarlos en la habitación escondidos para la vuelta, el problema es que no conseguimos lugares donde ir a cenar esa noche, al menos a la altura de nuestro presupuesto. Nos sedujo, entonces, la idea de pasarlo en la habitación, improvisando una cena que no se privó finalmente de nada. El problema que puso a prueba nuestra imaginación fue cómo hacer para que aparezcan los regalos a la medianoche, y más aún, cómo hacer las compras de los mismos delante de los chicos sin que estos se dieran cuenta. Lógicamente salíamos a todos lados con ellos, no teníamos quien se quede al su cuidado, lo único que nos quedaba era que uno de los padres los distrajera con una “vueltita” a la manzana mientras el otro compraba y ocultaba en un bolso de mano el regalo sin envolver. Lo hicimos en el centro de Arica, pero un problema adicional se presentó: circulan por las calles “Viejitos Pascueros”, es decir, la versión chilena de Papá Noel, y Lautaro tenía la mala costumbre de ser un niño brillante y demasiado curioso, y comenzaba con las preguntas difíciles, “¿Por qué hay más de uno?”, “¿Por qué habla en “chileno”? ”, “¿Por qué hay tanta gente comprando en las jugueterías?” . Definitivamente, si queráimos mantener la fantasía infantil, debíamos alejar a los chicos de las jugueterías del centro, teníamos que simular un paseo en el que no se dieran cuenta que estábamos comprando juguetes a escondidas. La gente del hotel nos pasó el dato: había una feria que se hacía en un parque, con puestos callejeros de lo más variado y juegos para los niños. Llevamos disimuladamente una mochila vacía, y mientras los chicos pasaban por los puestos y pedían que les compremos, nosotros nos lamentábamos de no poder porque era muy caro, Lilian seguía de largo y yo cargaba el regalo comprado a espaldas de ellos en la mochila misteriosa. Así lo hicimos, y escondimos, la noche del 23, los regalos en la habitación del hotel. Al día siguiente, para envolverlos, Lilian simuló una severa descompostura que la encerró en el baño durante una hora, mientras yo trataba de obligar a los ansiosos niños a dormir una siesta imposible. El operativo de la medianoche era simple: salir a las calles a ver cómo se festejaba la navidad en Arica, y a la vuelta, unos diez minutos después, al volver a la habitación, los regalos aparecerían allí, como por arte de magia. Todo salió a la perfección, a pesar de la insistencia escéptica del peligroso Lautaro que insitía con quedarse en la habitación a ver como el Viejito Pascuero Papá Noel dejaba los regalos. Le preocupaba especialmente el hecho de que no teníamos arbolito, y quizás seguía de largo. Lo convencimos a duras penas argumentando simplemente que Papá Noel no se equivocaba nunca y no olvidaba regalos por el camino, nunca había fallado y aquella no sería la excepción, por lo tanto, no tenía sentido perderse la posibilidad de ver cómo se festejaba en otra parte tan lejana de nuestra casa. Aceptó a regañadientes, bajamos, y Lilian se escabulló, sacó los regalos del escondite, los desparramó, y mordió un papá Noel de chocolate para dejar huella de la gula del obeso repartidor de regalos. La emoción de los regalos, y la evidencia del crimen dejada por ese sujeto conocido, portador de tanto alias, lo conformó de momento, y quedó demostrado que Papá Noel también llegaba para niños argentinos de vacaciones en Chile, y el tema quedó archivado hasta el año siguiente.
Sin comentarios, Hotel Colón, Arica, Chile, Navidad de 1994.

Para la navidad del ’95, Lautaro ya era un joven intelectual de 8 años, y la historia de Papá Noel empezaba a hacer agua. Esta vez, pasamos la navidad en casa, y el niño racional y científico que estábamos criando necesitaba de la prueba empírica. El mismo 24 por la mañana me había dicho que pensaba que Papá Noel era un invento, no era posile desde ningún punto de vista lógico que una sola persona desplegara semejante capacidad logística en una sola noche. “¿Y si no existe, quién es entonces Papá Noel?”, lo desafié. “Ustedes”, me contestó sin inmutarse. No me dí por vencido, el esfuerzo del año anterior no podía haber sido tan en vano. Y desafié su lógica, diciéndole que el año anterior había estado con nosotros todo el tiempo “¿Cómo hicimos para comprar los regalos, entonces? “ Claro que confiaba en la efectividad de nuestro engaño, y así era, porque lo hice dudar y no supo que responderme, no se había dado cuenta de nuestras sencillas maniobras. De todos modos, la sospecha perduraba y me planteó seriamente que no quería que lo llevemos a ningún lado a la medianoche, ya que quería quedarse aguardar a Papá Noel en el momento de dejar los regalos en el arbolito. Esta vez no había interés turístico qua alegar, así que ensayé una respuesta casi desesperada, y le dije que a mí también me intrigaba la misteriosa cuestión del hombre del Polo Norte, desde mi infancia venían apareciendo regalos al pie del árbol y nunca había visto al célebre obeso de las risotadas. “Tenemos que acorralarlo y distraerlo por un rato para hacerle algunas preguntas que sacien nuestra curiosidad”. E inventé un operativo en el que nos íbamos a repartir desde diferentes posiciones, comunicándonos mediante el teléfono inalámbrico las novedades. “Estoy seguro que si viene en su famoso trineo volador, el gordo tiene que llegar por la terraza: ahí vas a estar vos con Maggie; mamá va a apostarse en la puerta de calle, y yo me voy a quedar vigilando las ventanas y los balcones. Contábamos con la colaboración de Marta, amiga de la familia que ese año lo pasaba con nosotros, y acompañaría a los chicos hasta la terraza, además de terminar de convencerlos de que esa sería la posición privilegiada para la caza del gordo.
En realidad el operativo le puso un paréntesis de juego a una sospecha que ya no se podía seguir frenando, creo que esta especie de búsqueda del tesoro fue lo que lo llevó a Lautaro a olvidar por un momento el desenmascaramiento de la farsa. De todos modos, tratamos de entusiasmar lo más posible al inquieto infante con la cacería navideña para alejar toda posibilidad de preguntas embarazosas. Y llegó el momento nuevamente, pero esta vez, algo definitivamente imprevisto ocurrió.
Llegaron las 12 de la noche, brindamos, y Marta tomó rápidamente a los chicos de la mano y los llevó a la terraza con un teléfono inalámbrico. Lilian vigilaba mientras yo acomodaba los regalos y ella hablaba con los chicos, por el intercomunicador. Hasta nos llamábamos por nombres en clave ridículos, diciendo “atención tortuga verde, aquí ciervo plateado informando novedades, cambio.” Lautaro llamaba a cada rato para decir que no veía nada, que ya había que bajar, y a mí no me daban las manos para acomodar regalos, entonces le dí la señal a Lilian, me alejé del arbolito y me fui al balcón de atrás, gritando de pronto “¡Lo ví, lo vï!” Lautaro ya estaba entrando, y siguió de largo los regalos, yendo en mi búsqueda desesperada. “¿Dónde está, dónde?”, me preguntó a los gritos. “Se fue por allá”, le dije, “es muy rápido”, y le señalé el balcón de adelante. Lautaro se fue para allá corriendo agitadísimo de emoción, y de pronto empezó a gritar “¡Ahí está, lo veo, es Papá Noel!” Y comenzó a gritar desaforados saludos en todas las lenguas que conocía, mezclando frases en inglés y castellano, con restos de portugués e italiano. Lo llamaba “Santa”, Viejito Pascuero, Papá Noel, le gritaba que lo quería y que gracias por todo. Creimos que había enloquecido por la sugestión, que estaba delirando, pero no, era cierto, en el balcón de la casa de enfrente había un perfecto Papá Noel saludando al ferviente y agradecido admirador. Lautaro le tiraba besos, Maggie reía como loca mientras lo saludaba como a un viejo conocido, hasta que Papá Noel entró a la casa de los vecinos con su bolsa de ragalos, y al rato salió por la puerta principal de la casa de enfrente, con un plato lleno de pedazos de turrón y pan dulce, y los repartió entre los vecinos que estaban en la vereda, ante las lágrimas emocionadas de Lautaro (Maggie se lo seguía tomando como lo más natural del mundo). Unos minutos después, cuando bajamos a la vereda, nuestra vecina de enfrente cruzó, y avergonzada nos pidió disculpas por habernos arruinado la navidad. No entendimos lo que nos decía hasta que aclaró: el perfecto Papá Noel que vimos era ella, que se había disfrazado para unos sobrinos más chicos que los nuestros que pasaban la navidad en su casa. Cuando se disponía a entrar por sorpresa, la interrumpieron los gritos de Lautaro, y como lo consideraba un pequeño genio, creyó que su disfraz no era bueno, y por lo tanto, la había reconocido y había descubierto la no existencia del famoso gordo repartidor de juguetes. Le explicamos que en realidad había ocurrido lo contrario, que el disfraz era tan bueno que ni siquiera nosotros la habíamos reconocido, y que nos había dado la imposible prueba empírica que el rigor científico demandaba para sostener la creencia del pequeño niño genio.
Así fue como aquella vez salvamos a Papá Noel de su coma, aunque claro que no por mucho tiempo, ya que un par de navidades después los dos me confesaron que no creían y que era más que evidente la verdad, pero que estaba bueno seguir jugando a Papá Noel, y ahora mismo, mientras termino de escribir esta historia que les quería regalar, jugamos a las escondidas unos de otros, armando paquetes, ocultando regalos y haciendo emotivas etiquetas que cargan en sí las pequeñas emociones de tantas navidades donde hemos hecho tantos esfuerzos por mantener vivo a Papá Noel, que esperemos que siga gozando de buena salud, a pesar de su gula y el estrés navideño, por muchísimos e incontables años más.
¿A que no saben quién se reivindica hoy por hoy como el miembro más navideño de la familia? Claro que no podía ser otro que aquél que sorprendió a su máximo símbolo con las manos en la masa..

Abriendo regalos en casa, Navidad de 1995. Atrás de todo está Lautaro exhibiendo su regalo, más adelante Marta con Maggie, En primer plano, Lilian. Instantes antes, Lautaro vio a Papa Noel entrando a la casa de los vecinos de enfrente.


Y a propósito de todo esto, ahora los tengo que dejar, todavía me faltan regalos por comprar y los negocios van a cerrar. Pero antes, quise regalarles esta historia vívida y real, para rescatar algo de esa magia que tiene especial significado en estas fechas, donde todos ponemos un granito de arena para mantener viva la ilusión infantil, que nos vuelve otra vez puros a nosotros mismos.
¡FELIZ NAVIDAD! ¡SI LOGRAN ATRAPAR A PAPÁ NOEL, DENLE UN ABRAZO ENORME DE MI PARTE, POR TANTAS ALEGRÍAS QUE NOS DIO Y NOS SEGUIRÁ DANDO , A LO LARGO DE NUESTRAS VIDAS! ¡FELICIDADES!