viernes, 13 de noviembre de 2009
Acuarela
domingo, 8 de noviembre de 2009
Poemita zonzo a la anónima alegría de vivir
uno más del pasamanos,
Sufrimos por los que sufren,
Nuestros sueños son tan breves,
domingo, 1 de noviembre de 2009
Inercia inerte
domingo, 11 de octubre de 2009
Lucy, en el barrio...
martes, 6 de octubre de 2009
Para no morir
Mi razón no pide piedad
martes, 29 de septiembre de 2009
Reflejos
Pablo Picasso, Las meninas (1957) Museo Picasso de Barcelona
Salvador Dalí, Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis espejos verdaderos (1973) Teatro-museo Dalí de Figueres
Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. traducción de Elsa Cecilia Frost. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968.
Las meninas (museo virtual) 3 D http://http://www.youtube.com/watch?v=_B91T6bomh4
miércoles, 23 de septiembre de 2009
La voz humana
viernes, 18 de septiembre de 2009
Nacer o no haber nacido
miércoles, 26 de agosto de 2009
Grito pelado
martes, 4 de agosto de 2009
Emilio Lunadei
lunes, 13 de abril de 2009
La familia Lunadei: Roma-Buenos Aires, ida.
Fuera de toda esta mezcla de pintoresquismo y tragedia que tuvo la historia de Ada y mi padre, hay que agregar la militancia política de mi abuelo Emilio en el Partido Comunista Italiano en tiempos de Mussolini. Algo de toda esta historia, está contado en un post anterior de este blog titulado Gianni, publicado hace casi un año atrás. Resumo detalles contados allí en extenso. Desconozco cómo se conocieron Emilio y Ada, sólo sé que para cuando papá nació, el 2 de mayo de 1938 (aunque él siempre insistió en que había sido el 1°, día Internacional del Trabajo, para bromear y decir que el mundo entero se paralizaba en su homenaje), Roma estaba paralizada por la visita oficial de Hitler a Roma. Mi abuela tuvo un parto muy difícil en el que perdió litros de sangre y fue atendida por una guardia médica de emergencia. Ese día es evocado en la película Una giornata particolare de Ettore Scola. Revisando, años más tarde, periódicos de la época que mi hermano Valeriano heredó de papá, encontré cierta imprecisión, ya que, según parece, el abrazo entre Hitler y Mussolini que paralizó por decreto a la ciudad, ocurrió dos días después, con lo cual supongo que mi abuela fue internada un día con guardia de emergencia, el día del trabajador, y que permaneció internada varios días, debatiéndose entre la vida y la muerte, nuevamente atendida por otra guardia, la de aquél día particular. En ese detalle, el del hospital sin personal y el parto difícil, coincidían tanto mi abuela como papá. El resultado de este parto fue la pérdida de la matriz, lo que hizo que mi padre fuera hijo único y que siempre dijera que después de él habían roto el molde, y que había nacido triunfalmente con la matriz de su madre en la mano como el trofeo de lo irrepetible. Por aquellos tiempos, Emilio estaba clandestino e Italia combatía como aliada de Alemania. Desde ya, mi abuelo era oficialmente un desertor, y las patrullas fascistas venían a apresarlo. La mayoría de las veces Ada ignoraba el paradero de Emilio (quien entre otras actividades se trepaba a los postes de teléfono para cortar comunicaciones), pero en una ocasión aparecieron cuando él estaba allí. Improvisaron una salida: mi abuela dejó pasar a los agentes y revisar la casa, mientras mi abuelo se colocó en la cornisa del edificio, en el primer piso hacia la calle. Cuando los agentes revisaron el cuarto detrás de cuya ventana pendía mi abuelo, Ada se colocó sobre los vidrios, tapando a Emilio en el exterior. Afortunadamente parece que los agentes del gobierno no apostaron a nadie abajo, y que ningún transeúnte delató a mi abuelo, ya que vivían en el centro de Roma, cerca de la estación Termini, en la Vía Principe Amedeo. Es probable que los mismos vecinos hayan protegido a mi abuelo quien me consta que era muy querido y respetado por su coraje y sus convicciones. Sé que otra vez un portero colaboracionista (aunque amigo de mi abuelo) detuvo invocando influencias a una patrulla que quiso subir a investigar de dónde habían caído unos clavos miguelito (los que caen siempre con una punta hacia arriba) que papá había arrojado por la ventana mientras jugaba. Ambos hechos fueron de los pocos que contó el propio Emilio, y me fueron luego confirmados por papá y Ada. Emilio no hablaba habitualmente de sus actividades durante la guerra, sí en cambio lo hacía obsesivamente Ada. Ella fue la que me contó de los kilómetros que debía recorrer para conseguir alimentos, de cómo pasaban aviones en vuelo rasante que disparaban contra lo que se movía, de cómo al escucharlos mi abuela se protegía como podía tirándose bajo algún automóvil estacionado o metiéndose en un umbral. De esta última forma es como decía haberse salvado de las represalias que tomaban los nazis en Roma, cuando los partisanos mataban a algún soldado alemán, fusilando a los diez primeros romanos que pasaran por la calle. Ella fue quien me contó que recordaba a papá quizás a los tres o cuatro años, parado en su cama, muerto de terror, gritando Gli aeri ! (¡Los aviones!), bajo el estruendo de las sirenas antiaéreas y el rugir de los motores que se aproximaban. Por papá sé que en esos tiempos difíciles Ada y Bruna recibían hombres en casa, regenteadas por Adelle, quizás para conseguir la ración de huevo crudo con la que alimentaban por entonces a papá. Lo cierto es que toda esta situación no le pudo ser disimulada a Emilio cuando pudo volver, tras la caída y ejecución de Mussolini, y el matrimonio fue de mal en peor. Tengo huecos en la historia, pero tal parece que la actividad, al menos de Bruna, continuó (y se incrementó) con la llegada de los aliados norteamericanos. Papá recordaba que su casa fue usada como prostíbulo contando que una vez lo habían retado por jugar con unas "bolsitas" que estaban sobre la mesa de luz del dormitorio de su madre. Algunos años más tarde se dio cuenta de que eran que eran preservativos usados (nuevamente reproduzco su relato en sus propios términos). Las crisis durante la posguerra entre Emilio y Ada eran frecuentes, y una vez se reconciliaron y Emilio invitó a su esposa e hijo a festejar yendo a comer una pizza. No tardaron en llegar los reproches cruzados, hasta que Ada se levantó de la mesa intempestivamente y corrió hacia la calle, seguida por Emilio y papá, quienes vieron impávidos cómo se arrojaba al paso de un auto que le frenó a centímetros de la cabeza. Por aquellos años de la posguerra Bruna se casó con un próspero y acaudalado comerciante de origen judío que decidió venir a invertir e instalarse en la próspera Argentina de los años de Juan Domingo Perón. Bruna, parece que sin consultarlo mucho, tentó a Ada y a su madre Adelle, a que la siguieran. El matrimonio estaba casi destruido, y Ada quiso alejarse de Emilio llevándose a Gianni. Pero el hombre hizo uso de su patria potestad y se lo negó. Y entonces Ada se marchó de todos modos. Luego sigue un nuevo blanco en la historia, pero por lo visto deben haber tenido una reconciliación a la distancia, y Emilio decidió embarcarse con Gianneto, de 12 años, rumbo a Argentina. Desconozco aún las razones por las cuales finalmente Emilio no pudo viajar, pero parece haber surgido una complicación de último momento que lo retuvo en Italia. Decidió mentirle a papá y decirle que viajaban juntos. Lo llevó hasta el puerto de Nápoles, y lo acompañó hasta el barco. Y subió con él, lo presentó con un oficial, y cuando dieron el aviso de que las visitas debían abandonar la cubierta, este oficial tomó a papá del brazo mientras Emilio corría desgarrado y bajaba de ese barco, que unos instantes después partió, mientras Emilio agitaba su pañuelo llorando, pidiéndole perdón a papá por haberlo abandonado en aquél barco, prometiéndole que él se les iba a reunir en poco tiempo. Pero papá, en realidad, nunca lo perdonó. El oficial se encargó, según parece, de un modo muy particular de papá: y en el primer puerto lo llevó a un prostíbulo. Una vez a bordo, los muchachos mayores le robaban la comida y lo amenazaban. Ese viaje de entre 20 o 30 días fue un infierno para él. Aunque al llegar al puerto de Buenos Aires lo estaban esperando su madre, su tía y su abuela felices, papá no olvidaría ese calvario por el resto de su vida, y a ese viaje, más que a la guerra misma, le echó la culpa de su depresión muchos años más tarde. Quizás por ese viaje nunca más volvió a salir de la Argentina (salvo una o dos veces para cruzar a Montevideo, Uruguay), y no quiso volver nunca más a Roma, ni siquiera cuando en el año 1975 ganó el premio Moliere que entregaba la Embajada de Francia en la Argentina, con el auspicio de Air France. A pesar de que el premio incluía un pasaje por avión a París, y a pesar de que se había conectado con unos primos que seguían viviendo en Roma para viajar de París a Roma vía tren, nunca realizó ese viaje. Durante años sostuvo que no podía dejar su trabajo de actor, que lo obligaba a aprovechar una continuidad que podía terminarse y dejarlo desocupado. El argumento era débil, ya que se trataría de un impasse programado de un par de semanas. Años después me confesó, cuando yo viajé a conocer Roma, que él no podía regresar, porque la ciudad no había cambiado nada, y más que un viaje a través del océano, para él sería un viaje a través del tiempo, a la época más infeliz de su vida. "Yo sé que podría materialmente volver, simplemente no quiero volver, no puedo volver, no lo resistiría emocionalmente". Y no volvió nunca más desde aquél día en el puerto de Nápoles, como tampoco volvieron nunca mis abuelos, aunque en el caso de Ada, especialmente, murió añorando y soñando volver a ver a su amada Roma. Siempre repitió que todos los caminos conducían a Roma, pero ese refrán, quizás por diferentes motivos, no se hizo realidad nunca para ninguno de ellos.
sábado, 4 de abril de 2009
Volver....
miércoles, 18 de febrero de 2009
Amigos para siempre
Para Carlos Balsa Koch, mi amigo "el pingüino", para siempre.
Querido amigo, hoy me enteré de que a partir de ahora estarás en todas partes: en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y para siempre en la memoria, lo que ocurre es que me niego a vivir de recuerdos, aunque de aquí en más sea la única manera de hacerte presente. Querido “amigo para siempre”, nunca olvidé aquél juramento de aquella noche de juerga y juventud, donde el "para siempre" sonaba a eternidad, donde los finales parecían tan lejanos e imposibles como un continente perdido. Es cierto que en los últimos tiempos no estuve a tu lado, como también lo es que eso me produce un dolor sin remedio, que nunca te pude (ni podré) confesar, por miedo a que reprocharas mi abandono y yo no supiera qué decirte. Simplemente esa es mi repugnante forma de cobardía. Amigo para siempre, el "para siempre" fue demasiado para nuestro tiempo tan fugaz, y yo, que fui mayor que vos, siempre fui más tonto, y pensé que siempre había una página escrita detrás de la otra, y veo ahora que el libro quedó en blanco. Aquél príncipe dinamarqués se iría diciendo que lo demás es silencio, pero este silencio me aturde de absurdo, y saco cuentas de tus años, y son años que ya viví, y que vos no, y me culpo por quedarme, porque ese para siempre fue tan corto, amigo del alma, que no me dio tiempo de abrazarte, de dejarte una palabra, de escucharte y enredarme otra vez entre tus sueños, para poder encontrarte ahora en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y en cada risa y en tu voz que no se me borra y me sigue habitando. Ahora me queda el recuerdo vivo que pretende burlar a la ausencia, me queda la conciencia de la finitud y de la inmediatez, que me cortan como un cuchillo desafilado y penetrante, ahora me queda este silencio infame de vidrios rotos, y estas palabras que nunca habrás llegado a leer, aunque quizás ahora veas mi corazón desde todas partes, o al menos eso es lo me queda inventarme como absurdo consuelo poético. Ahora me queda tu interminable ausencia, y renuevo entonces aquel viejo juramento que hicimos de a dos, pero hacerlo solo no tiene sentido, y la ausencia se agranda, y el silencio sangra, y estas lágrimas no alcanzan, y te extraño, y las palabras resuenan como un tambor hueco, que hace ruido pero no habla, y te busco en el aire y en todas partes y sólo la tristeza me responde. Nada más que una simple frase se cae del juramento antiguo: desde ahora y desde entonces y hasta que dure mi siempre, te prometo la memoria tenaz que ahoga al olvido y vence a la muerte y a las páginas en blanco, “compañero del alma, tan temprano”.
Pilar, XVIII-II-MMIX, 16 hs.
viernes, 2 de enero de 2009
Colonia del Sacramento

Fui exiliado de año nuevo,



martes, 30 de diciembre de 2008
El año nuevo no deseado.

Siempre pensé y dije que como ser humano, sentía vergüenza y horror por el holocausto judío, por que seres de mi mismo género humano le hayan hecho eso a otros seres humanos. Siempre pensé y dije que el racismo es una de las formas más aberrantes del salvajismo y el atraso humanos. Siempre pensé y dije que los animales son incapaces de hacerle eso a otros animales. Quizás, estas afirmaciones sólo sean formas del lugar común, pero el horror no puede ser un lugar común, debe espantarnos vivamente, movilizarnos y comprometernos, aunque sea en pequeños actos que sumen, a la larga, o que levanten un clamor que algún día erradique para siempre el flagelo de la guerra de la faz de la tierra, o que, al menos, la guerra deje de ser un gran negocio que arroja grandes dividendos. Tal vez, esto último también sea un lugar común, pero hay ocasiones en las que los lugares comunes no dejan de ser grandes verdades.
En 1952, la familia Barenboim se trasladó a Israel. Dos años más tarde, sus padres le enviaron a Salzburgo para que tomara clases de dirección con Igor Markevitch. El debut de Barenboim al piano se produjo en el Mozarteum de Salzburgo, Austria[] en 1952, en París ese mismo año, en Londres en 1956 y en Nueva York en 1957 bajo la batuta de Leopold Stokowski. En los años siguientes se sucedieron regularmente los conciertos por Europa, Estados Unidos, Sudamérica y el Lejano Oriente. Su primera grabación data de 1954.
Barenboim es el director musical de la Orquesta Sinfónica de Chicago, cargo al que accedió en 1991 en sustitución de Sir Georg Solti.
En 1999, junto con el escritor estadounidense de origen palestino Edward Said, al que le unió una gran amistad, fundó la Orquesta del Diván Este-Oeste, una iniciativa para reunir cada verano un grupo de jóvenes músicos talentosos tanto de origen israelí como de origen árabe. Por ello, recibieron ambos el Premio Príncipe de Asturias en 2002. En 2004 le fue concedido el Premio de la Fundación Wolf de las Artes de Jerusalén.
El 12 de enero de 2008, después de un concierto en Ramala, Barenboim aceptó también la ciudadanía palestina honoraria. Siendo el primer ciudadano del mundo con ciudadanía israelí y palestina, Barenboim dijo que la aceptó con la esperanza de que sirva como señal de paz entre ambos pueblos.
I hope that my new status will be an example of Israeli-Palestinian co-existence. I believe that the destinies of the Israeli people and the Palestinian people are inextricably linked.
Daniel Barenboim
Anhelo que mi nueva condición sea un ejemplo de coexistencia palestino-israelí. Creo que los destinos de los pueblos israelí y palestino están inexorablemente unidos.
Daniel Barenboim





