domingo, 9 de mayo de 2010

Tratando de renacer




Prefacio actualizado

Estos antiaforismos fueron escritos hace más de un año y medio atrás, por lo cual se puede decir que son "inéditos". Creo que lo que me llevó a mantenerlos en estado de borrador, sin publicar, fue su espíriu cínico y sarcástico a la vez, con un ambiguo sabor a desencanto. No es este, necesariamente, el estado de ánimo que me domina en este momento, aunque lo cierto es que los últimos meses fueron particularmente difíciles en lo personal, y esto no dejó de hacerse visible en las últimas entradas. Son diversas las razones anímicas, afectivas, estéticas e intelectuales que me llevan a un replanteo acerca de los objetivos, el destino y la identidad de este espacio. La conclusión es que a veces es necesario alejarse para ver mejor las cosas y quizás encontrarles un sentido más claro. Mientras tanto, doy vida a este impasse rescatando algunos inéditos y republicando algunos viejos textos casi olvidados de éste y otros espacios. En todo caso, lo que intento en un momento de replanteos generales, es retomar un contacto involuntariamente abandonado, preparando el terreno para lo nuevo, para un renacer del espíritu y la creatividad, al que quizás la palabra de los amigos ayude a encontrar el camino.
Un abrazo para todos los que en estos meses esperaron que los Goliardos retomaran su accidentada ruta. Hasta entonces, esperando que disfruten de esta pausa reflexiva.





Antiaforismos


Insulta gratuitamente en lo más profundo, donde más duele. No pidas perdón. Las palabras pasarán, pero no la herida. Y entonces te quedarás sólo.


Te miro y no me encuentro en tu mirada. Te escucho y no te creo nada, pero me gusta tu manera de engañar. El desafío es mentirte mejor.


Si veo sufrir a otros, me siento más afortunado. El sufrimiento ajeno es buen consuelo para mis miserias.


Es muy bueno generar una guerra, en especial si los que la pelean por uno, son otros.


Todo para mí, algo de eso para algunos, según mi conveniencia. Doy poco, y pido mucho más de lo que dí en compensación.


No es que disfrutemos de hacer daño a otros, son sólo daños colaterales del éxito propio que ni siquiera empañan nuestro bienestar.


En el país de los ciegos, hay que cegar al tuerto.


Quien siembra tormentas, vende paraguas, pilotos y botas para lluvia.


La traición es el verdadero motor de la historia; Judas fue el mejor agente de prensa de Jesús.


Lo realmente importante no es cultivar la inteligencia, sino que los demás lo crean. Este mundo respeta a los buenos falsificadores.

domingo, 14 de marzo de 2010

Resulta que ahora

Desahogo del silencio





Sé que después de haber estado ausente tanto tiempo, esta entrada va a ser extensa y  caótica, pero se comprenderán las circunstancias, tanto del silencio como de este triste regreso. Desde el viernes 12 de marzo por la tarde, mi mamá, Alicia, mi viejita del alma, es parte del aire, del cielo, de los colores más bellos, de los sentimientos más nobles y profundos, de mis sueños, de mis recuerdos y es por siempre la dueña absoluta de mi corazón. Es cierto que la tristeza se apoderó de mi alma, aunque intente honrarla con la alegría que ella misma me pidió, pero no puede faltar este homenaje a una persona tan única entre las únicas, que nos terminó dando un verdadero ejemplo de cómo se debe vivir este regalo que es la vida. Hoy estoy seguro de que si el mundo estuviese lleno de Alicias, viviríamos en un verdadero paraíso terrenal. Entonces, me queda el orgullo de ser su hijo, de haberla tenido todo este tiempo, enseñándome a vivir hasta el final, y ahora guiando mis pasos desde el recuerdo y el milagro que ella misma fue.
Podría contar muchas cosas sobre ella, y es seguro que lo haré en todos los días que me resten por vivir, pero me basta con reseñar la historia de su blog, que tenía el nombre de esta entrada.
Hace cuatro años, en febrero de 2006, una noticia espantosa nos sacudió a todos los que la rodeábamos: luego de amanecer con dolores insoportables (si ella se quejaba era porque dolía de verdad) la internaron de urgencia y le detectaron un tumor entre los dos ovarios, decripto por los mismos médicos como "del tamaño de un pomelo". A los pocos días, confirmaron una metástasis en el hígado. Lo más paradójico y siniestro de la cuestión es que dos meses atrás se había hecho todo tipo de análisis preventivos, a instansias de mi hermana Maysa, y había hecho una gran celebración, fiel a su estilo siempre festivo, porque los resultados habían sido óptimos. Mientras quienes la rodeábamos caíamos en la consternación, ella no perdió tiempo en desesperarse, ni se dejó ganar por la autocompasión ni la resignación. De inmediato entendió que debía enfrentar una durísima batalla por su vida, sabiendo que las posibilidades de ganarla eran pocas, y que además la esperaba un sufrimiento que suele transformar en un infierno la vida de cualquiera. Sin exagerar ni un punto, puedo afirmar que su buen humor no cambió, jamás la vimos deprimida o desanimada, jamás se enojó con la vida ni se quejó de esa burla del destino, y se juramentó ante nosotros, sus seres queridos, que iba a pelear hasta el final, que estaba dispuesta a robarle a la muerte cada día de vida. "Es cierto que siempre a la larga o a la corta gana ella, pero si me piensa llevar a mí, va a salir todo rasguñada, no voy a ser un hueso fácil de roer, no me voy a entregar así como así", nos repitió una y otra vez por esos días, riendo  con su optimismo a toda prueba. Y el escenario no podía ser peor: estaba internada en un hospital público, en un oscuro pabellón junto con otras cuarenta enfermas. Lejos de deprimirse, se encargaba de cuidar a las demás enfermas, quienes en vez de lamar a las enfermeras la llamaban a ella pidiendo ayuda. El horario de visitas era de dos horas al día, por la tarde, y para mí, que vivo y trabajo a más de cincuenta kilómetros del lugar, se hacía imposible ir a visitarla. Para colmo, no disponía de un vehiculo en condiciones para desplazarme. Entonces ella me prestó su auto, para que yo pudiera a la salida del trabajo ir cada día a verla, fuera del horario de visitas. Combinábamos por celular, y ella salía del pabellón y bajaba hasta la confitería del hospital para encontrarnos cada noche. Lejos de haber sido encuentros tristes con aire de final anticipado, los dos poníamos toda nuestra energía (yo simplemente trataba de ser fiel a lo que su espíritu me proponía) en reírnos y recordar cosas agradables, proyectando lo que haríamos una vez que saliera de aquél infierno. Fue allí que empezó a nacer, de alguna manera lo que terminaría siendo el blog. Yo aún no había abierto este espacio, pero le insistía en buscar la manera de conseguir una computadora para comunicarnos entre nosotros y explorar las posibilidades que brinda este mundo virtual. Ella dudaba porque jamás se había acercado a estas innovaciones tecnológicas y temía sentirse inepta. Yo le insistía que con su inquietud, su curiosidad y su inagotable creatividad e inteligencia, iba a poder dominar al engendro en unos pocos días.
Luego de un interminable mes de estudios, de marchas y contramarchas, y de una horrible angustia apenas disimulada por esos encuentros en donde lográbamos detener el tiempo y las circunstancias el pedacito de cielo que habíamos construído, la operaron, le extirparon el tumor y los ovarios, y le trataron con rayos la metástasis en el hígado. Tras varios días más de recuperación, festejamos el alta y su regreso a casa, y puso toda su energía, su alegría y ganas de vivir en afrontar el difícil tratamiento que le quedaba por delante. Mientras tanto, en los meses sucesivos, la idea de "informatizarla" fue cobrando forma. Yo no tenía crédito ni reservas como para comprarle una máquina de contado. Ella tampoco podía afrontar ese gasto, pero en ese momento decidió que encarar proyectos a futuro la mantenía distraída y le daba fuerzas, por consiguiente buscar la manera de tener su PC fue una de las formas de sobrellevar la adversidad. Averiguó todas las formas y planes a los que podíamos acceder y dio con un plan para jubilados que le permitía acceder a la máquina. Yo le ofrecí pagar la cuota, y así, a sus 67 años, la computación entró en su vida. Primero me llamaba para preguntarme cómo hacer cada cosa. Después llegó Internet, y se transformó en una alumna excelente que cada día superaba al maestro. Me pasaba nuevos links y direcciones que descubría, se comunicaba con mi tío Roberto, su hermano del alma, que vive en el mar, lejos de casa. Fue él quien nos instigó a los dos a abrir un blog,  y así, luego de algún tiempo, naciéron  ...Que no sea demasiado tarde..., Goliardos en la ruta y Resulta que ahora. En este último, mamá, que nunca había escrito más que eventualmente, empezó a volcar en pequeñas historias toda su sabiduría y su calidez simple y sencilla, su agradecimiento y su amor por la vida, su cristalina alegría de vivir cada día como un regalo. El blog pasó a ser la entrada a un nuevo mundo en el que conoció nuevos amigos que pronto se enamoraron de este ángel, que a nosotros se nos reveló como una hermosa narradora. Y mientras yo iba dando mis primeros pasos, ella se transformó en mi lectora más entusiasta, y sus comentarios eran un regalo de amor y admiración inagotables como su inmenso corazón. Su fortaleza y su pasión nos hicieron a todos olvidar por momentos de su enfermedad. Ella nunca se sintió una enferma doliente, sólo se consideraba alguien que tenía una enfermedad como tantas otras personas, pero que además tenía otras cosas de las que ocuparse y motivos para aceptar las cosas como eran, y no tenía más remedio que afrontar lo que fuera para luchar por sobrevivir. Jamás decayó su ánimo, jamás pensó en entregarse, decía que ella ya había vivido su vida, pero que debía luchar para que no sufriéramos quienes la queríamos. Nunca escuché de sus labios una queja. Basta con visitar su blog o leer los comentarios que dejaba en los demás para corroborar lo que cuento sobre ella. Cuando iba al consultorio del oncólogo que la atendía, se encontraba con personas más jóvenes hundidas en la tristeza y en la desesperación que esta maldita enfermedad genera, lógicamente, en quienes la sufren. Ella les decía una y otra vez que no podían entregarse, que tenían que luchar y proponerse vencerla o luchar por ganarle todo el tiempo que pudieran, porque si el ánimo decaía, la enfermedad se fortalecía y avanzaba más rápido, y entonces no sólo los derrotaría, sino que además habrían perdido el tiempo en sufrir y entristecerse en vano, además de mortificar a sus seres queridos.
A pesar de lo cruento que fue su tratamiento (en cuatro años afrontó 36  sesiones de quimioterapia), su ánimo inquebrantable la hizo disfrutar de la vida cada día más, como ella se había propuesto. Quizás suene raro decir que, si bien siempre tuvimos una excelente relación de mutuo amor y admiración, la enfermedad nos acercó cada vez más, y desde entonces celebramos a cada rato, día a día, el hecho de tenernos. Eso mismo es lo que ahora agiganta su ausencia.
A mediados de enero de este año, la llamé para darle una nueva alegría: a Lilian, mi esposa (siempre quiso a cada una de las personas a las que yo quiero, y a Lilian la consideraba una hija más), quien se había operado unos días atrás de un tumor, le habían dado el alta oncológica, esa que siempre soñamos para ella. Se alegró profundamente, respiró tranquila y dijo que confiaba en que todo no podía sernos tan adverso. Y después me confirmó su triste novedad: los médicos le habían suspendido el tratamiento porque ya tenía completamente tomado el hígado. Ni siquiera en esta instancia decayó su ánimo, aceptó que si ese tenía que ser el final, era lo que le tocaba, aunque sin cerrarle jamás la puerta al milagro. Cuando su esposo dijo, vencido por la pena, que finalmente su sacrificio había sido en vano, ella le dijo que no era así en absoluto, que ella se sentía plenamente feliz de haberle robado a la muerte cuatro hermosos años de vida.
A partir de entonces, mientras pudo desplazarse, aprovechamos los días de vacaciones de verano para programarnos paseos. Una hermosa tarde de sol la llevamos al Delta del río Paraná, al Tigre, y conseguimos una lancha que nos llevó a navegar por las islas. Ella estaba feliz, radiante, sacó fotos, tomó videos, y a pesar de que tenía dificultades para comer, ese día se alimentó con normalidad durante el paseo, y entonces nos ilusionamos con poderle mejorar cada día, distrayéndola, su calidad de vida. A esa altura su hígado estaba obstruído, sus ojos y su piel estaban amarillentos, estaba intoxicada de bilis, pero su ánimo y amor por la vida estaban tan intactos, que ni aún así podíamos verla como a una enferma, y más allá de los pronósticos sombríos, nos empujaba también a nosotros a disfrutar de cada segundo que la vida nos regalaba. Ese paseo la hizo tan feliz que me confesó que en los días sucesivos lo recordaba y volvía a experimentar esa misma felicidad. Unos díias después fuimos a visitar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), y cuando salíamos, una tormenta furiosa se desató sobre Buenos Aires. Ella recordó que su esposo, Lucas, estaba por salir de su trabajo en el Hotel Sheraton, adonde tocaba el piano todas las tardes. Las calles se estaban inundando y le iba a ser difícil conseguir un taxi, así que pasamos a buscarlo. Una vez allí, las mozas del lobby, que como todo el mundo la adoraban, nos invitaron con un té, mientras Lucas amenizaba la velada ejecutando para nosotros nuestras canciones favoritas. Allí empezamos a proyectar, una vez que Lilian se repusiera de su operación, un viaje al mar para estar unos días con tío Roberto. Pero los días siguientes fueron de mucho calor, Lilian tuvo que ir al hospital todos los días a hacerse controles, y mamá empezó a sufrir de una urticaria generalizada producida por la intoxicación biliar. A comienzos de febrero su médico le dijo que se internara de urgencia para realizarse una operación que permitiría drenar todo lo que su organismo no podía eliminar. Allí comenzó un calvario de burocracia hospitalaria, hasta que finalmente la operaron el lunes 8 de marzo pasado. Durante esos largos e interminables días, otra vez se dedicó a cuidar a sus compañeras de habitación y  a recibir el afecto de amigos y familiares mientras yo le llevaba libros para que se entretuviera, que ella devoraba uno tras otro, como lectora apasionada que era. Seguí bromeando, riendo, disfrutando de lo que podía, como fuera, sólo angustiándose por malgastar sus últimos días en un hospital. Cuando la ví ese lunes por la noche, luego de la operación, su estado era de extrema debilidad. Aún así conversamos y no perdía su buen  humor. La mantenían a una dieta hospitalaria miserable y espantosa que le quitaría el apetito a cualquiera, entonces le comprábamos a hurtadillas la comida que a ella le daba la gana comer, aunque su apetito era casi nulo. Pasé todo el día martes junto a ella, y me retiré por la noche. Seguía soñando con recuperarse para viajar a la costa a ver a tío Roberto, le dije que esperaríamos el tiempo que fuera necesario para que se recupere y que como fuera, íriamos. La despedí con un beso inmenso sin saber que sería la última vez que la vería con vida. Al día siguiente hablamos por teléfono, seguía débil, pero estaba resuelta a irse del hospital, y más allá de lo que dijeran los médicos, y de que nosotros tratamos de convencerla por todos los medios, exigió que la llevaran a su casa. Respetamos su voluntad, sumidos en el miedo de que algo pasara. Ella nos tranquilizó diciéndonos que en casa se recuperaría más rápido. El jueves le dieron el alta, y esa noche hablamos. Estaba animada, tratando de comer. Quedamos en que la visitaría el sábado para dejarla descansar durante el viernes. Pero por desgracia, esa misma noche se descompensó, su estado empeoró rápidamente y mi hermana me llamó desesperada a las tres de la tarde. Salí lo más rápido que pude, con la angustia clavada en el corazón. Por el camino, Lilian llamó para ver cómo estaba, y mi hermana nos comunicó su triste partida. Me aferré al volante en plena autopista y seguí manejando luchando contra el llanto, el desgarro no me permitía detenerme y llegué como pude hasta su casa, adonde ella descansaba serenamente en su lecho, junto a su mundo, como ella lo había deseado. La contemplé destrozado, rodeado del llanto desconsolado de mi hermana, de su esposo Lucas, de Lilian y mi hija Maggie,  de mis sobrinas, sus nietas, de vecinos y amigos que llegaban a despedirse, y me consoló en medio de este desgarro que me invade insidioso, el pensar que pudimos cumplirle su último y obstinado deseo de morir donde ella quiso, rodeada del amor que supo ganarse en su maravillosa y mágica vida ejemplar.
Desde entonces, las horas que siguieron y seguirán a esta triste pesadilla son de inmenso silencio y soledad, de una ausencia infinita, y de un dolor que parece invadirme desde los huesos hasta el fondo del alma, y que me inunda en un llanto que no puedo contener, aunque haga lo posible por cumplir con su voluntad de recordarla con la alegría que ella nos pidió y que tanto se merece, como nadie que yo conozca en este mundo.
Me quedan muchas cosas, por sobre todas, el orgullo incomparable de haber tenido como madre a la persona más buena, valiente, comprometida, solidaria, idealista, soñadora, alegre y ejemplar que conocí y conoceré en toda mi. Y me queda este vacío imposible de llenar, este dolor que me ahoga, y el deber por sobre todo de honrarla cada día a la altura de esta vida que me dio, a la altura de esa vida que ella tan sabiamente vivió y nos enseñó a vivir a todos los que tuvimos la inmensa suerte de ser parte de su mágica existencia.

Mamita del alma, no hace falta que te lo diga porque te lo dije siempre, pero hoy más que nunca quiero que lo sepas donde sea que estés: te adoro con toda mi alma y simplemente quiero que me perdones por esta tristeza persistente que hoy me ahoga y que vos nunca quisite dejarme. Muchas veces te dije que me enseñaste a ser bueno, y vos me decías que no, que yo había nacido así. Soy terco como vos, y sigo insitiendo en lo mismo, porque siempre supe que si no te hubiera tenido por madre, no podría ni por asomo ser nada de lo bueno que puedo llegar a ser hoy. Ahora sé que con tu infinita dulzura me vas a ayudar a encontrar la luz, como siempre lo hiciste, en medio de esta oscuridad. Te estoy viendo en estos rayos de sol que desde ayer se filtran entre las nubes negras que tratan de cubrir el cielo. Te estoy sintiendo en la frecura que desde ayer se obstina poco a poco en apoderarse de este verano inclemente. Te estoy sintiendo adueñarte por siempre de mi alma, y hoy sé que muy pronto te voy a llevar al mar como tanto lo habíamos soñado. Gracias por darme todo, ahora me queda el resto de la vida para devolvértelo. Te amo, como sólo un hijo agradecido puede amar. Por siempre:


                                                                          Alejandro



Invito a todos quienes quieran hacerlo y no lo hayan hecho antes, a que recorran el blog que mamá nos dejó. Es una bella manera de conocerla para quienes no tuvieron esa inmensa suerte.






miércoles, 6 de enero de 2010

Hoy




Siempre odie las listas de las compras, y usé las agendas para escribir poemas, borronear ideas o hacer garabatos: no se olvida lo que realmente se desea.


Me gusta dejarme llevar por el hoy, ir del libro a la imagen, de la caricia al manjar, del trago a la contemplación, de la pasión al sueño.

Me gusta encontrar los tesoros sin buscarlos y no comprendo los mapas hasta que me pierdo tantas veces que aprendo el camino y encuentro la salida, así el plano canta armoniosamente el lugar al que dibuja.

Me gusta que el viento me lleve, sin domesticarlo con timones pretensiosos.

Ayer pensé en ayer, y hoy en hoy, que es toda la vida. Hoy sé que hoy somos,  y la ilusión de mañana me empuja a seguir construyendo ayeres.

Hoy es el plácido recuerdo de todos los ayeres más felices y los sueños de los mañanas más deseados.

Hoy es la suma de todos esos ayeres y de todos esos mañanas; hoy es la vida que se evoca, que se ansía, que se palpa.

Hoy te abrazo, hoy te sueño.

Hoy te festejo y te conmemoro.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Goliardos en el mar





Los años nuevos son para mí el festejo más esperado y planificado del resto del año. La cercanía que esta fecha tiene en nuestro hemisferio con las vacaciones de verano nos permite desde hace años pasarlo en lugares diferentes, cercanos o distantes de acuerdo a las posibilidades del momento. De este modo hemos pasado años nuevos particulares y cargados de anécdotas que suelo relatar bastante seguido y que algún día escribiré: en Jerusalén donde nadie lo festeja, en Colonia del Sacramento mirando los resplandores de los fuegos artificiales de la costa del conglomerado urbano de Buenos Aires, en Santiago de Chile, volviendo de recorrer Machu Pichu y del Norte Chile, en Bariloche, comiendo curanto a orillas del lago Nahuel Huapi, o en Pilar a orillas de otro lago junto al que vivimos algunos años; siempre con nuestros hijos, siempre con amigos. Y aunque en los últimos dos años el tratamiento médico persistente, intenso y tenaz que debe seguir mi madre nos hizo pasarlo en Buenos Aires junto a ella, este año, por primera vez en nuestras vidas, lo pasaremos en pareja, solos, sin nuestros hijos, frente al mar.
Es larga la serie de hechos que nos trajeron hasta aquí, desde aquél día en que dejé ese cartelito de "enseguida vuelvo" en este blog. Al estrés habitual de fin de año se le sumaron inconvenientes varios, aunque sin dudas el principal, que se desenvolvió de manera rápida, fue el relacionado con la salud de mi esposa Lilian, a quien le detectaron una lesión superficial operable, que luego de extraerla y analizarla resultó ser un tumor maligno con varias señales de haber sido sacado a tiempo, pero que obliga a una nueva operación que tras sucesivas postergaciones se realizará (eso esperamos) el 5 de enero. Se trataría de una cirugía exploratoria, que confiamos (el plural incluye a los médicos) que confirme la desaparición del mal. En lo que al año nuevo respecta, para cuando en noviembre se planteó este panorama, Lautaro ya tenía armado viajar el 27 de diciembre a la provincia de Salta, a unos mil setecientos kilómetros al Norte de casa. Alentamos decididamente ese viaje porque confirma la herencia cultural de sus padres: esta noche festejará en compañía de su novia Naty y de dos queridísimas amigas suyas, ex compañeras de colegio y por consiguiente ex alumnas mías a quienes recuerdo con especial cariño. Acabo de hablar por teléfono con él y me reconforta saber que hoy prepararán para la cena mi especialidad, cuya receta transmití el año nuevo pasado a Naty: pollo a la cerveza, cocinado al wok chino. Luego pasearán por las calles de Salta, la linda, y mañana a las 7 de la mañana, partirán rumbo a Jujuy.
El año nuevo de nuestra hija Maggie será en casa de amigas, y luego, a las nueve de la mañana del 1° de enero, embarcará a Punta del Este, en Uruguay, junto con su amiga Camila, a encontrarse con Ailén, quien completa un trío inseparable desde los tres años de edad, cuando se conocieron en la escuela. Como se ve, la menor también sigue la tradición de festejar de manera errante y entre amigos, como buena goliarda que es. Hoy, 31 de diciembre, triangulamos comunicaciones entre Salta, Pilar y la costa atlántica bonaerense, adonde nos refugiamos a descansar en una soledad absolutamente buscada, durante unos pocos días que nos quedan, entre los vendavales de diciembre y la esperanza de enero. Nuestro plan es cenar en un restaurante céntrico, hasta antes de la medianoche, luego caminaremos hasta la playa, adonde brindaremos junto al mar. Ahora estoy en la habitación del hotel, con vista a la playa, en un rato partiremos a merendar en un bar con Wi Fi donde postearé este texto, para después ir a caminar otro poco sobre la arena húmeda del atardecer, y luego nos prepararemos para la cena, y el brindis de a dos que renueva la fe en un futuro en común que comenzó también junto al mar, en otro enero de 27 años atrás, cuando nos conocimos.
Es para nosotros un año nuevo fiel a nuestro estilo aventurero y andariego, por lo tanto es un fin de año feliz, más allá de todos los problemas, tanto detallados como no, del último mes y medio, y más allá de las sombras que puedan amenazar, a las que tenemos decidido enfrentar fabricando buenos momentos, alegrías, esperanzas y sueños, siempre con la copa en alto, que sólo desciende en picada para buscar nuestro beso anhelado.
Espero que el 2010 sea un año compartido con todos los que han pasado y suelen pasar por este espacio, adonde cada visita es, créanme, un sobresalto de alegría, porque siempre es bueno en los comienzos de año, renovar el compromiso con todas aquellas cosas que nos hacen felices, y que por lo tanto, se nos hacen indispensables. Espero que este 2010 sea para todos, un año de recompensas para todos aquellos que aman vivir la vida intensamente, como lo hacen todos aquellos que visitan este humilde rincón cargado de historias y sentimientos.


¡FELIZ 2010 PARA TODOS, PARA SEGUIR BRINDANDO POR ESTE PERPETUO REENCUENTRO, POR NUESTROS SUEÑOS, NUESTROS IDEALES, NUESTRAS ESPERANZAS, Y POR SEGUIR RENOVANDO A CADA INSTANTE NUESTRO COMPROMISO CON AQUELLAS COSAS, IDEAS, MEMORIAS, SENTIMIENTOS Y AFECTOS QUE LE DAN SENTIDO A NUESTRA EXISTENCIA!

lunes, 30 de noviembre de 2009

Alegría prestada




ROMPO EL VOTO DE SILENCIO PARA UNIRME, AUNQUE SEA POR UN RATO, A ESTE FESTEJO IMPARABLE.
ES QUE EL RÍO TRAE OLAS DE ALEGRIA, ES QUE HOY EL VIEJO RÍO QUE NOS UNE, HUELE A ESPERANZA NUEVA.
ES QUE A FALTA DE ALEGRÍAS PROPIAS, QUÉ BELLAS SON LAS ALEGRÍAS DE LOS HERMANOS, Y QUÉ FALTA QUE NOS HACEN.
UN ABRAZO EMOCIONADO DE ESTE GOLIARDO AGOTADO, A QUIEN EL FESTEJO VECINO LE DEVUELVE LA SONRISA OLVIDADA. ¡SALUD!
Y A SEGUIR TRABAJANDO...

lunes, 16 de noviembre de 2009

Voto de silencio





Carlos Gardel diría "no me lloren, crezcan", aunque confieso que dudo de la autoría, a falta de mayores datos. Lo cierto es que en este caso hago mías las palabras del Zorzal Criollo, aunque sea sólo para decir que no voy a dar tiempo ni a llorar ni a crecer, ya que volveré en un par de semanas, aunque no me voy a ninguna parte: simplemente me "encierro" a corregir. Sé que el mundo será el mismo sin mí, y la vida universal continuará, pero nunca falta quien se preocupa por las ausencias.
Pero si alguno pensaba que se iba a librar fácilmente de mí, pues no, pasaré, pasaré por vuestros blogs para despejar por un rato mi mente y ver en qué andan, leeré comentarios furtivamente, entre examen y examen, entre monografía y monografía, pero lo haré en silencio, los saludaré desde la ventana, ya que si me quedo, ustedes saben que no soy breve, me ofrecen un vaso de agua o unos mates, y no me voy más. Y para colmo, hablo hasta por los codos, para qué negarlo. Pero es claro que uno también necesita el refresco de la palabra ajena, por eso, pasearé en silencio por vuestra ventana. Sólo véanme pasar, si lo desean, como a un fantasma de la siesta, que una tarde cualquiera vuelve a despertar.
Y en cuanto a esta entrada, está condenada a la extinción, ya que es un mero cartelito. Quienes quieran dejar comentario, péguense una vuelta por acá abajo, en "Acuarela" o donde quieran. Créanme que serán bienvenidos, respetando este voto de silencio. Serán un auténtico recreo, o caso contrario, sabré entender que quieran descansar, por qué no, de mí.


Un gran abrazo para todos de este fantasma siestero, de este Goliardo en clausura momentánea.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Acuarela



Llueve sobre la ciudad. Empapado en Agüero y Corrientes, Federico se levanta las solapas del saco inútilmente, y contempla corrientes de agua en los cordones, y las botellas de plástico bailando atascadas en las bocas de tormenta, bajo el aguacero. “Esquina de la ironía”, piensa Federico sabiendo que Carla no vendrá, nunca más vendrá, y entonces le mandó para él ese mensaje de diluvio, más elocuente que cualquier frase dicha o escrita. Es inútil llorar bajo la lluvia.


Diluvia en Buenos Aires. Diego, su sobrino, corre, doce cuadras más abajo, hacia el bajo. Corre por Corrientes, y el agua furiosa lo corre a él ¿Cómo le explica a su mamá que la lluvia lo sorprendió a la salida de los videojuegos, si se supone que estaba en lo de Claudio, haciendo la tarea? Es inútil mentir cuando estamos mojados.


En Thames y Gorriti cae un árbol que esperó cuarenta años para morir sobre la acera, abrazado a un auto, que esperó catorce años para salir aplastado en la tapa de los diarios. Y Miguel, tan insensible, pensando que el seguro no lo cubre, maldiciendo a la tormenta bajo la tormenta, con la desolada llave del auto siniestrado en la mano y la gente que pasa corriendo a su lado. Es inútil correr bajo el agua.


La lluvia golpea la ventana de Laura, cinco pisos más arriba, mientras abre el sobre que confirma su embarazo. Será mío, se repite, sólo mío, mientras ignora que un árbol agoniza en la calzada. No piensa decirle a Hernán, el que se fue hace días, cuando el sol de fuego pedía lluvias que le lavaran la cara, y ella se quedó abrazada a su espanto. Es inútil huir de las tormentas.


Llueve sobre la ciudad. En aquel bar, a pocas cuadras, escenario de antiguos y recientes encuentros clandestinos, Carla y Hernán festejan, refugiados, la gloria de no esconderse nunca más. No es inútil refugiarse en la borrasca, se dicen con la mirada, ignorando que celebran el comienzo de ese amor tan mal nacido.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Poemita zonzo a la anónima alegría de vivir




A Marisa Peña, con cariño y admiración.

 Somos gente del montón,
uno más del pasamanos,
con rostros descascarados,
que nunca máscaras son;
uno más de tantos ceros,
de la fila, de la lista,
auténticos desgarrados,
callados, pensantes, quedos,
metidos dentro de un sueño
silencioso e invisible;
ciegos, mudos, luminosos,
cuya chispa no traspasa
agujeros imposibles.


Somos nada entre la nada,
somos todo en nuestro mundo,
nos reímos de la muerte
y por dentro la lloramos,
abrazamos la belleza,
que nos da vuelta la cara.


Vamos oliendo, vamos mirando,
vamos gozando, vamos vibrando,
vamos ajenos, casi alienados,
vamos insulsos, vamos callados.


Fuimos los más raros de la clase,
somos los más nadies de la calle.


Y nos quejamos, somos amargos
y contagiamos nuestra amargura,
aunque una sola cosa es segura:
lo disfrutamos, nos divertimos,
y nos inquieta buscar la forma,
de gozar más de esta vida corta.

Sufrimos por los que sufren,
gozamos pequeñas glorias,
soñamos un mundo bueno,
para propios, para ajenos,
peleamos en mil batallas,
ardimos en mil hogueras,
y aunque vivimos cansados,
siempre estamos renaciendo.

Nuestros sueños son tan breves,
gigantesca es nuestra hazaña,
sabor del pequeño logro,
manjar de las emociones,
bebemos de las pasiones ,
sufrimos las decepciones;
relinchamos como potros
cuando sufre algún hermano,
y allí vamos, relucientes,
a sacarles sus gusanos.


Somos nadie, aunque sabemos
que en la nada siempre hay mucho,
nos gusta encontrar tesoros
ocultos en basurales,
nos sentamos en umbrales
a gozar de lo que pasa,
y a viajar por todo el mundo
en la puerta de tu casa.


Somos gente del montón,
uno más del pasamanos,
que vivimos con la euforia
de abrazarnos entre hermanos.


A.L., X-XI-IX


Este poema es un "estreno en simultáneo" con La Cofradía para una propuesta de este querido blog abierto y colectivo. Lo reproduzco también en este espacio para asegurarme de que lo lea Marisa Peña, querida y admirada cófrade, y para compartirlo con los amigos en común aquí y allá. Espero hacerte llegar, querida Marisa, un poco de primavera rioplatense a tu otoño madrileño, que aunque sea melancólico, sabes vestir de belleza con tus palabras.








domingo, 1 de noviembre de 2009

Inercia inerte



¿Será posible salirse de la atrofia
del vacío de los años huecos,
de tantos días de ilusiones secas,
de tantos siglos de venas y serpientes
que devoran y anudan la garganta?


Con las manos enredadas,
y la boca cicatriz
de un viento de horrores
mudos e invisibles
¿Será posible enderezarse
y caminar entre las llamas,
con el grito apagado,
las ganas devastadas,
los sueños traicionados,
los abrazos a la nada,
pegadas las ausencias,
atorados los silencios?


Con la frente marchita,
con la frente espantada.


Porque la poesía es a veces un dardo certero que se clava en el alma, porque a veces es desagarro y otras vuelo, quiero dedicar este poema a Claudia Isabel, que tanto sabe de estas cosas, y tan bien las pone en palabras.


Ilustración: aaaahh 2, de J.Jesús Fernández

domingo, 11 de octubre de 2009

Lucy, en el barrio...

Este post va dedicado a Alicia M, por que siempre le gustaron mis historias, las reales e inventadas, por ser incondicional, por alimentar mi imaginación desde el día en que nací, por ser la persona más buena que conozco, por haberme enseñado a ser bueno, por concinar como nadie en este mundo, y por ser mi madre, con todo lo que eso significa para cualquier ser humano sensible.







La Lucy era la hembra más deseada del barrio cuando acariciaba la vereda flameando su cintura, y los volados de su falda saludaban a las baldosas. La Juanita la miraba por los entresijos, a escondidas, porque desde sus catorce septiembres a punto de estallar en brotes, quería ser como ella. La imitaba en el peinado frente al espejo del baño, se acomodaba la vincha con cuidado, estirando hacia atrás su cabellera platinada imaginaria y coronando su sien derecha con una rosa artificial al estilo del capullito de rosa fresca a medio abrir que usaba la Lucy.

Todas las mañanas, mientras los ojos de la Juanita se hacen líneas tras la persiana de su cuarto, Baldi, su padre, toma mate en la cocina y también la ve pasar a la Lucy, y como quien observa el estado del tiempo, le roba los ojos celestiales al vuelo, fija la mirada en el fresco capullo a medio abrir e imagina obscenidades, siente su aliento tibio en el cuello, su piel tersa vibrando como el parche de un bombo, y lo despierta del ensueño prohibido el grito de Martha, clamando por el trapo de piso abandonado bajo la pileta donde duermen marchitos los platos sucios de anoche.

La Lucy pasa abstraída, se acomoda un mechón bajo la vincha, mientras su cuerpo baila, ajeno, la danza del instinto. Ella sueña que esa noche pasará a buscar a su enamorado, el joven estudiante, y lo sorprenderá arrastrándolo a una noche de intimidad en el departamento de la amiga que esa noche se va, pero no sabe que esa misma mañana el joven estudiante se despidió de su padre, el viudo, confirmándole que iría a cenar a casa. Por eso, el viudo se tomó su día jubilado para preparar la cena como un auténtico evento. El viudo sabe que su hijo está pronto a volar, y ya que el tiempo no se rebobina y se vuelve a pasar como una vieja cinta de video, disfruta de cada una de sus conversaciones nocturnas con el joven estudiante. No hablan de nada especial, el joven estudia arquitectura, la carrera que el viudo nunca terminó, el padre pregunta qué aprendió el hijo ese día, el joven le explica apasionado, y luego cambiarán opiniones sobre arte, historia, política, y terminarán recordando alguna anécdota en blanco y negro, reirán, harán sobremesa y se irán a dormir saboreando una escena que un día inexorable bajará de cartel definitivamente. Y entonces repiten siempre ese ritual que cada vez se vuelve único.

Baldi se levanta de su silla sacudido por el grito de Martha, su mano pesada fija el mate sobre la mesa y arranca al trapo de piso de su letargo, mientras la Juanita se escabulle al cuarto de sus padres, para tomar un vestido de Martha y contemplarse imitando a la Lucy frente al espejo en la puerta abierta del ropero de su madre. Piensa que Federico, el chico de tres bancos adelante del suyo, ni miraría a la insulsa esa de la Mariana si ella, la Juanita, fuera como la Lucy. Y entonces su padre pasa ahorcando al trapo de piso, y la ve de reojo a la Juanita, da dos pasos y retrocede como quien vio algo desacomodado, y la sorprende a su niña transfigurada en la Lucy, y empalidece y lo atraganta la angustia muda y helada de una visión infernal. Se diría que quiere hacer la cruz con los dedos, su mirada desorbitada clavada en la vincha y el capullo pecaminosos, pero se rearma y pregunta con firmeza: “¿Qué hacés?”, a lo que la niña responde, lógicamente, un "nada" que la entrega ante la vergonzante evidencia. “Dejá de desordenarle el ropero a tu madre y andá a preparar tus cosas”, ordena lacónico, y archiva como puede la visión espantosa de su hija metiéndose en la piel de la Lucy, y esconde sus pensamientos sucios como quien oculta una evidencia criminal.
Y el día transcurre.

Esa noche, la Lucy pasará sorpresivamente por la facultad a buscar al joven estudiante, a este se le iluminará el rostro al verla tan hermosa y feliz de encontrarlo, pero a la media cuadra de caminar juntos, la noche se les vendrá encima cuando él le diga que no podrán pasar la noche juntos porque tiene que ir a cenar con su padre, y ella le dirá que el departamento de la amiga está libre sólo esa noche, y él se estremecerá de deseo, pero no podrá romper el ritual ni el corazón de su padre el viudo, que no le diría nada, pero contemplaría desolado el plato frío de su hijo, y se iría a dormir seco, vestido de otoño triste. Y entonces la Lucy se despedirá enojada, y se irá a dormir sola, y hasta regará la almohada de su amiga con alguna lágrima desolada. Pero antes, pasará otra vez como un ángel inesperado por la ventana de la Juanita, de Baldi, de Martha, y los tres desviarán la mirada del televisor cuando ella arroje el capullo abierto de rosa sobre la vereda; y mientras Baldi y Juanita vuelvan a mirar al plato como en un pacto de silencio, Martha seguirá con la mirada la danza nocturna de la Lucy, y dirá con rictus resentido “pobre el hijo del viudo López, esta nenita anda provocando a medio barrio, y seguro que se revuelca con el primero que se le cruza: mirá a qué horas anda yendo y viniendo, vestida siempre como una atorranta”. Baldi y la Juanita no contestarán, y se sincronizarán para volver a atraer a Martha hacia las tentadoras costas de la estupidez televisiva. Y seguirán comiendo las costillitas de cerdo, que las manos fuertes y nudosas aunque delicadas del carnicero, habían limpiado, como siempre, de todo resto de grasa con habilidad y dedicación especialmente para Martha, mientras los ojos la mordían con la mirada. A Martha le gusta ese coqueteo porque le asegura la mejor carne para el Baldi, pero no puede evitar la asociación entre carne y carne, la torpe metáfora del pecado. “¿Y si lo hiciera?” Pero sabe que nunca lo hará, porque el barrio se daría una panzada con su caída. Al terminar la cena, la Juanita pedirá solícita ir a sacar la basura, y recogerá de la vereda el maltrecho capullo que arrojó la Lucy.


Y al llegar a casa, el joven estudiante abrazará a su padre como si hiciera mucho tiempo que no lo viese, elogiará las brochettes que pacientemente el viudo preparó en la parrilla del patio, hablarán de cómo las hacía la difunta madre, y el viudo le contará a su hijo que encontró la vieja receta que la mujer guardaba. Y se pondrá un poco triste, balbuceará intentando cambiar de tema sin querer hacerlo, y los dos hombres se sentirán solos y desamparados, hasta que el más joven encuentre en el fútbol la gambeta justa para eludir a los fantasmas, y en la malasangre del comentario deportivo, renacerán en carcajadas, y habrán rescatado la escena otra función más.


Y esa noche, todos ellos se irán a dormir pensando en lo más deseado, en lo cercano pero inalcanzable, en esas cosas que nunca podrán tener.









martes, 6 de octubre de 2009

Para no morir




Hoy no quiero que mi voz interrumpa a la suya. Hoy no quiero hablar de mí, o de nosotros, o de todo lo que significó Mercedes Sosa para nuestra generación, para nuestro país, para nuestra historia, para nuestra cultura, para nuestro continente. Hoy sólo quiero callar y escucharla, por siempre, y dejar que las canciones a las que le dio alma hablen por mí.



Zamba para no morir


Romperá la tarde mi voz
hasta el eco de ayer
voy quedándome sólo al final
muerto de sed, harto de andar
pero sigo creciendo en el sol, vivo


era el tiempo la flor
la madera frutal
luego el hacha se puso a golpear
verse caer, sólo rodar
pero el árbol reverdecerá, nuevo


Al quemarse en el cielo la luz del día, me voy
con el cuerpo asombrado me iré
ronco al gritar que volveré
repartido en el aire al gritar, siempre


Mi razón no pide piedad
se dispone a partir
no me gusta las muerte ritual
sólo dormir, verme borrar
una historia me recordará, vivo


veo el campo, el fruto, la miel
y estas ganas de amar
no me puede el olvido vencer
hoy como ayer, siempre llegar
en el hijo se puede volver, nuevo


Letra: Hamlet Lima Quintana
Música: Ambros- Rosales



En http://www.mercedessosa.com.ar/marcosmaster.htm, la página oficial de la Negra, pueden leerse mensajes llegados desde todas partes del mundo, que testimonian de manera elocuente y conmovedora el legado que dejó esta artista querida, inmortal e irrepetible, que supo ser la voz de un continente.






martes, 29 de septiembre de 2009

Reflejos

Este post está dedicado a Bel M, entre tantas cosas, por que tiene su inconfundible estilo. Y de paso, le da la bienvenida a Santi, por los plagios, las sincronías y el video de Las meninas que nos hipnotizó a los dos en estos últimos días.
Diego Velázquez, Las meninas (1656) Museo del Prado
Una primera ojeada al cuadro nos ha hecho saber de qué está hecho este espectáculo a la vista. Son los soberanos. Se les adivina ya en la mirada respetuosa de la asistencia, en el asombro de la niña y los enanos. Se les reconoce, en el extremo del cuadro, en las dos pequeñas siluetas que el espejo refleja. En medio de todos estos rostros atentos, de todos estos cuerpos engalanados, son la más pálida, la más irreal, la más comprometida de todas las imágenes: un movimiento, un poco de luz bastaría para hacerlos desvanecerse. De todos estos personajes representados, son también los más descuidados, porque nadie presta atención a ese reflejo que se desliza detrás de todo el mundo y se introduce silenciosamente por un espacio insospechado; en la medida en que son visibles, son la forma más frágil y más alejada de toda realidad. A la inversa, en la medida en que, residiendo fuera del cuadro, están retirados en una invisibilidad esencial, ordenan en torno suyo toda la representación; es a ellos a quienes se da la cara, es hacia ellos hacia donde se vuelve, es a sus ojos a los que se presenta la princesa con su traje de fiesta; de la tela vuelta a la infanta y de ésta al enano que juega en la extrema derecha, se traza una curva (o, mejor dicho, se abre la rama inferior de la X) para ordenar a su vista toda la disposición del cuadro y hacer aparecer así el verdadero centro de la composición, al que están sometidos en última instancia la mirada de la niña y la imagen del espejo.
Pablo Picasso, Las meninas (1957) Museo Picasso de Barcelona
Este centro es, en la anécdota, simbólicamente soberano ya que está ocupado por el rey Felipe IV y su esposa. Pero, sobre todo, lo es por la triple función que ocupa en relación con el cuadro. En él vienen a superponerse con toda exactitud la mirada del modelo en el momento en que se la pinta, la del espectador que contempla la escena y la del pintor en el momento en que compone su cuadro (no el representado, sino el que está delante de nosotros y del cual hablamos). Estas tres funciones "de vista" se confunden en un punto exterior al cuadro: es decir, ideal en relación con lo representado, pero perfectamente real ya que a partir de él se hace posible la representación. En esta realidad misma, no puede ser en modo alguno invisible. Y, sin embargo, esta realidad es proyectada al interior del cuadro —proyectada y difractada en tres figuras que corresponden a las tres funciones de este punto ideal y real. Son: a la izquierda, el pintor con su paleta en la mano (autorretrato del autor del cuadro); a la derecha el visitante, con un pie en el escalón, dispuesto a entrar en la habitación; toma al revés toda la escena, pero ve de frente a la pareja real, que es el espectáculo mismo; por fin, en el centro, el reflejo del rey y de la reina, engalanados, inmóviles, en la actitud de modelos pacientes. [...]

Salvador Dalí, Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis espejos verdaderos (1973) Teatro-museo Dalí de Figueres

Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta —de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo —que es el mismo— ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación.

Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. traducción de Elsa Cecilia Frost. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968.

Las meninas (museo virtual) 3 D http://http://www.youtube.com/watch?v=_B91T6bomh4

miércoles, 23 de septiembre de 2009

La voz humana

Para continuar festejando los dos años de Goliardos en la ruta, en la medida de lo posible e inspiración mediante, me propongo obsequiar con entradas dedicadas a lectores que han alentado especialmente a este blog. Ésta primera entrada es para Carmen-Medialuna, simplemente porque merece cualquier gesto afectuoso por ser siempre maravillosa, pero además, porque este texto me evocó sus bellísimos relatos breves, a los que ella define muy bien como prosa poética.

Había caminado tantas cuadras porque estacionó más lejos como para postergar el momento, saborearlo un poco más y no precipitarse en la decisión final. No podía dejar de pensar en todos los inconvenientes que le había generado esa decisión, y que no dejaban de parecerle sobredimensionados, ya que él estaba absolutamente seguro de lo que estaba haciendo, del paso que estaba por dar, y del rumbo que tomaría su vida desde ese momento. Hacía por lo menos dos semanas que ni se tocaba con su esposa, ella se limitaba a darse vuelta cada noche para llorar en silencio, herida en el alma como un gorrión alcanzado por la piedra infantil de una honda mortífera. Ya ni se hablaba del tema, el silencio del resentimiento inundaba los almuerzos y las cenas. 30 años de matrimonio parecían irse cuesta abajo por un capricho, pero él estaba seguro de hacer lo indicado. Ahora, con los hijos casados, ahora que podían disfrutar de la vida a los 50, él se desviaba por su propio camino, aparentemente ciego de los proyectos en común con ella. “Habíamos decidido ahorrar para cambiar el auto”, había reclamado hasta el hartazgo ella, “no, nos fuimos de vacaciones los dos últimos veranos, y ahora vos venís a gastarte los ahorros en algo que es para vos solo y que es claramente una pasión pasajera”. Incluso ella le recordó que se había privado de aquel hermoso vestido de seda que se había querido comprar para el casamiento de la sobrina, y que ni se quejó de privarse del único gusto que se daba durante el año. Él apenas la calmó diciéndole que los próximos ahorros se los gastara en lo que ella quisiera sólo para ella, que nada más era cuestión de conformarse con lo que tenían por un tiempo extra, pero mientras tanto él necesitaba hacer eso porque estaba seguro de que le iba a cambiar la vida para bien, aunque desde ya significara un gran gasto y ninguna ganancia, más que la espiritual. Y entonces ella cerró la cuestión en que el problema no era el gasto, sino que se obstinara en un capricho egoísta que la ignoraba a ella por completo. “Me importa no importarte”, había sentenciado como decapitándolo.
Y entonces llegó a la puerta del lugar y entró.
Miró, probó, eligió uno usado en buen estado como para él, lo pagó, se lo llevó. Llegó a su casa lo sacó, lo tomó en sus brazos como bailando en el aire, se sentó ágilmente en una silla como aterrizando, separó sus piernas, lo acarició suavemente con el arco, y escuchó triunfal y extasiado el sonido de la voz humana. Lo abrazó, lo apretó contra su pecho y respiró profundo, y no fue una pasión pasajera, le dedicó cada uno de sus minutos libres, al precio de ya no dormir con su mujer, quien después de todo terminó aceptando que el cello se había convertido en su terapia, y que era mucho más sano que cualquier otro vicio.
Es cierto que nunca llegó a tocar de un modo aceptable, sino más bien todo lo contrario, pero él se conformaba con acompañar piezas que le gustaba escuchar y que trataba de aprender y ejecutar sobre la grabación, tratando de seguir la partitura seriamente, lo que en general empeoraba la cuestión. Tomó clases, y fue un estudiante dedicado (aún lo es), y aunque nunca será concertista, sus vecinos deberían saber comprender y tener algo más de sensibilidad antes que juntar firmas para denunciarlo. Quizás harían mejor gastando sus ahorros en comprarse violas y violines para tratar de hacerle el necesario contrapunto todos los días, de ocho a diez y media de la noche, a la hora del noticiero y del show de los imbéciles, una y otra vez la misma pieza, hasta que suene como nos guste.
Ilustración: Los músicos, de Raúl Soldi

viernes, 18 de septiembre de 2009

Nacer o no haber nacido

Un día cualquiera de hace ya demasiados años, a la última hora de una jornada cualquiera de trabajo, rutinaria, aburrida y estresante como tantas otras jornadas de trabajo de oficina, una compañera se me acercó a despedirse hasta el día siguiente, como todos los días. Pero esa vez no me dijo lo de todos los días, sino otra cosa que ahora intentaré reconstruir. Dijo: "Yo tengo por costumbre elegir una película para cada persona...", y demás está decir que me intrigó para dónde iría el discurso. Continuó: "Suelen ser películas que a mí me gustan, y que las asocio con esa persona por algo en particular". Me siguió intrigando, sin saber si hablaba en serio o saldría con alguna broma. Javiera, la compañera en cuestión, no era muy demostrativa, y por el contrario, a veces podía ser muy ácida atacando con la más mortífera de las armas: una inteligencia filosa como el borde de una hoja de papel. El gusto cinematográfico (y artístico en general) de Javiera siempre fue particular y exquisito, desde el viejo cine de historias bien contadas, hasta el cine independiente de pequeñas historias y poco diálogo. Por alguna razón, si bien yo respetaba mucho su criterio, nuestro gusto siempre se desencontraba, fundamentalmente cuando yo, torpemente, intentaba iniciar un diálogo sobre alguna película que a mí me había parecido grandiosa: Javiera la había visto y le había parecido un bazofia. Y para colmo esgrimía argumentos sólidos que me replegaban en un modesto y simple, "bueno, pero a mí me encantó igual". Por consiguiente que me planteara una cuestión alrededor de alguna película, casi podría decirse que me ponía en guardia como pretendido cinéfilo que soy. "Por supuesto que tengo una película para vos, y la dan esta noche por televisión, tenés que mirarla."
Caramba, ¿qué película me habría elegido?¿Cómo me vería mi ácida compañera? Ensayé alguna tonta humorada y pregunté si era la historia de un pobre hombre esclavizado en una oficina, sin horario de salida. "Se llama Qué bello es vivir", prosiguió, " no te olvides de verla, esta noche a las..." Y me dejó clavada la intriga, hasta el momento indicado, sin entender qué estaba haciendo yo a esa hora frente al televisor, buscándome en una película que alguien había decidido que tenía que ver con mi persona.
La película está acá abajo, por eso voy a ahorrarme contarla. Simplemente diré que quien no la haya visto, tendrá que hacerlo (no vean lo de abajo, ¡es el final!), porque es mi película, porque Javiera tenía razón. Es decir, no sé si seré tan bueno como su protagonista (francamente no lo creo), pero sí me pasaba y me pasa lo mismo que a él: quizás muchas veces no me doy cuenta de que en realidad todos influimos en la vida de otras personas, y hasta incluso lo hacemos para bien, pero somos incapaces de verlo, y en lo que a mí respecta, muchas veces se me ocurre pensar que el mundo no sería distinto, no sería peor de lo que es, si yo no hubiera nacido. Y sencillamente, a veces es maravilloso sentir que no es así. Esa noche lloré, como vuelvo a llorar cada vez que veo esta secuencia, porque Javiera se ganó mi corazón desde aquel día, y aunque andamos bastante desencontrados por la languidez del tiempo que nos lleva y nos trae, yo sé que a veces pasa por acá aunque no deja huella, y sueño con que esta vez lo haga, para que sepa, por si no se lo dije nunca antes, que "elegirme" esta película fue el regalo más bello que me hicieron, más allá de la hermosa película en sí, por el hecho de sentir que otra persona pudiera identificarla conmigo.
Hoy quiero regalarles esta película a todos ustedes, los lectores habituales y amigos a la distancia, los amigos de toda la vida, los alumnos y ex alumnos, los familiares, los hermanos, los goliardos que imaginé así, en plural, cuando comenzó este experimento sin rumbo, porque nuestra ruta es la de los descubrimientos. Hoy Goliardos en la ruta cumple dos años, porque un 18 de septiembre de 2007 salí a caminar por un sendero incierto y vacío, y ustedes lo habitaron y le dieron sentido a ese plural del nombre. Y hoy me hace feliz que estén los que están, compartiendo con generosidad y calidez cada uno de los torpes bosquejos que intenta esta mano vacilante.
Hoy me toca a mí hacerles este regalo, porque así como aquella vez Javiera me hizo sentir George Bailey, todos ustedes durante estos dos años han dado vida a esta casa con su magia milagrosa, esa que muestra esta escena inolvidable.
¡Qué bello es haber nacido!
Brindo junto a ustedes, entonces, mientras suena una campana y un ángel se ganó sus alas.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Grito pelado

No es ningún secreto para mí, que tengo un odio visceral contra el paso del tiempo. Es cierto que depende de uno hacer de esa cuestión algo productivo, pero mientras a veces a nuestro tiempo lo invertimos en sobrevivir a duras penas (léase trabajar como un esclavo) y en disfrutar el tiempo restante todo lo que se pueda, el tiempo sigue pasando para el resto del universo, y mata gente, y escupe guerras lejanas y angustias cercanas, y a la larga se nos hace inevitable ir sintiendo este transcurrir como pura pérdida. En relación con esta visión negativa, una de las facetas fútiles de este devenir temporal es su manifestación física, los signos corporales del paso del tiempo. Concretamente, me estoy refiriendo a la gráfica escena de mirarnos en el espejo y encontrarnos con los signos del paso de los años en nuestro rostro. En este caso, mi relación con el tema es más contradictoria, o más bien variable de acuerdo a cada signo en particular. Me explico: algunos signos no me preocupan en lo más mínimo o muy poco, como ciertas arrugas faciales; hasta podría establecer una “tabla de cotizaciones”. Por ejemplo, las arrugas de la frente cotizan tan poco en mi preocupación o rechazo, que hasta diría que pueden llegar a ser motivo de orgullo al ser signo de otra cosa, algo que se podría expresar en la desmañada frase “frente arrugada, frente pensada”. Algo similar me ocurre con las célebres “patas de gallo”, signo inequívoco de la risa. Un caso muy diferente, en cambio, es el de la detestable papada, especialmente cuando ésta no es producto del sobrepeso, y más bien es un desplazamiento cutáneo que comienza a desprenderse de la mandíbula. En otras palabras un asco que no parece asociarse con nada bueno o digno de orgullo. Retornando al terreno de lo inocuo, mi relación es excelente con las canas, aunque no hay apuro por que se hagan dueñas de todo el terreno craneal. Las canas de las sienes, también conocidas como “las nieves del tiempo”, me resultan interesantes, además de leperianas, y me levo bien con las de la barba en el mentón, que me empeño en no rasurar, y hasta a veces dejar crecer bastante. Es claro que confieren una cierta dignidad de héroe o de poeta. Pero en el otro extremo, la calvicie es sin dudas algo insoportable e inaceptable, casi diría que oprobioso. De nada sirve haberse preparado toda la vida mirando a los calvos de la familia, uno siempre termina teniendo la esperanza de zafar, y se cuida, cambia el shampoo cada tanto, se hace masajes, busca cepillos especiales, recurre a medicamentos y hasta es capaz de ¡hacer dietas! Pero la calvicie resulta ser el más despiadado e implacable signo del tiempo. Y lo peor en mi caso, no es la calvicie que nace en la frente, ya que tampoco me molestan las famosas “entradas”, lo mío siempre vino por la coronilla, ya que padezco de la no menos célebre “calva de monje o de novicio”. Esta ruin forma de la calvicie es artera, ya que al mirarnos en el espejo por las mañanas, nos vemos la frente coronada de un flequillo al que a veces hasta nos cuesta acomodar. Si bien es cierto que en ocasiones se siente más intensamente el frío en aquellas alturas, al pasarnos la mano sobre la cabeza, sentimos la presencia de una pelusa que nos hace creer que es pelo que cubre el cuero cabelludo (no advertimos, sin embargo, que también tocamos piel). Entonces, el peor enemigo es la siniestra combinación de espejos enfrentados, que nos permite vernos reflejados desde atrás. Esta escena es mucho más pavorosa si le sumamos un reflector desde el techo que ilumine justo la indigna aureola de piel desnuda. Varias veces, en ascensores casi vacíos, estuve tentado de gritar de horror ante mi horrible visión de mí mismo: es espantoso, de pronto, darse cuenta que uno no se reconoce a uno mismo, en esa miserable desnudez. La fotografía suele actuar también como aliada de esta ignominia, aunque también hay que decir que los buenos amigos nos retratan preferentemente de frente, con la cabeza algo echada hacia atrás, mentón en alto, con aire de emperador. Y también es cierto que otra gente, quizás por simple impericia, captura nuestra imagen con la cabeza gacha, y nos clava un puñal, en este caso, en la calva. Hace algunos días, una alumna (que es muy buena chica y sé que lo hizo con la intención de llevarse un recuerdo de su último año en la escuela) me tomó una fotografía por sorpresa en el aula, justo cuando estaba por sentarme, con la cabeza baja, apuntando mi majestuosa boina de piel hacia la diminuta pero feroz lente de la cámara digital. El colmo del mal gusto se completó con la publicación en Facebook de esa foto, entre otras imágenes de un simple día de clases, de profesores y compañeros. Desde entonces, creo que no volví a pasar por allí. En cuanto a los demás signos corporales, digamos, del cuello en menos, el crecimiento de las mamas o mastitis me da un poco de risa a mí, que siempre fui delgado, pero me confiere un plus de la caja torácica que siempre eché de menos en mis años mozos de alfeñique. En cuanto a la barriga, es una compañera de mil batallas y banquetes, aunque es bastante modesta, y aún me dicen que soy flaco, excepto mi hijo, que es escuálido y cree acicatearme acusándome de obeso (es claro que el pobre atraviesa la plenitud de sus años mozos de alfeñique que heredó de mí). Lo demás, es silencio. Las manos, en cambio, se llevan todo mi aprecio por su lozanía de hombre que lava los platos muy pero muy de vez en cuando, y que no las usa como herramientas de trabajo más que en este momento, o al corregir. Mis jóvenes aunque adultas manos aún lucen las uñas desparejas carcomidas por la ansiedad, pero así eran desde mi infancia. Y son lo que más miro de mí mismo durante el día. Será por eso que a veces me creo niño, mirando mis adultas manos. Será por eso que, cada tanto, especialmente cuando estoy cansado, me tiro a dormir una siesta, mientras dejo que mis brazos, guiados por mis manos, se vayan a pasear un rato, y entonces abren la puerta, salen a la calle, y se trepan un buen rato al árbol seco que tengo en mi vereda. No hay problema, cuando se aburren vuelven, se prenden a mi cuerpo, me despiertan, me llevan hasta el teclado, y se ponen a escribir tonterías como esta.

martes, 4 de agosto de 2009

Emilio Lunadei

Fue el hombre más bueno y silencioso que recuerda mi infancia. Albañil frentista de oficio, nació en 1905 o 1906, y militó en el Partido Comunista Italiano en tiempos de Mussolini. Lo poco que sé sobre él me fue contado a retazos por mi abuela, mi padre y mi madre. Sé que quedó huérfano a los 6 años de edad, y que desde entonces tuvo que trabajar para sobrevivir. Fue partisano durante la Segunda Guerra Mundial, y realizó actividades clandestinas por esos años. Ni siquiera sé la fecha exacta de su llegada a este país, sólo sé que nunca habló bien esta lengua y que aún resuena su acento romano en mi memoria. Me gustaba hablar con él, tanto, que no me daba cuenta de que no hablaba mi mismo idioma; lo descifraba y lo escuchaba como se escucha a un héroe, aunque él mismo nunca se haya propuesto serlo, porque yo sé que el recuerdo le dolía, porque no sabía lo que era la vanidad que desconocen los grandes corazones. No había podido estudiar, apenas sabía leer y escribir, pero para mí, su palabra era experiencia de vida y sufrimiento, era para mí un pedazo de la historia que se escribe anónimamente y en silencio. Quizás por todo eso él no quería hablar de la guerra. Una sola vez, ante mi insistencia, me contó una historia de aquél tiempo: Por aquellos años, mi abuelo y mi abuela fueron a cenar a la casa de unos amigos que tenían dos hijos varones, de la edad de mi papá. En el camino se detuvieron a comprar algún regalo para los niños, y les llevaron uno autito de juguete a cada uno, unas pequeñas réplicas metálicas de los yeep de esa época. El regalo fue recibido con emoción por los niños, quienes se entretuvieron jugando con mi padre y los autitos durante toda la noche, en una cena tranquila, amena e inolvidable que prometió repetirse pronto. Dos días después ese barrio fue bombardeado. Desolados, mis abuelos fueron a la casa de sus amigos, y solo encontraron un montón de escombros. Caminaron sobre las ruinas, sabiendo que debajo de ellas estaban los restos de la familia. Y reluciendo sobre el monumento macabro, brillando intactos al sol, encontraron los dos autitos, como si alguien los hubiera colocado prolijamente allí, para que griten su silencioso horror. Nunca más le insistí a mi abuelo para que me contara alguna historia de la guerra. Su vida en Argentina no fue mucho mejor, y estuvo lejos la promesa de prosperidad que había traído a mi abuela, y que lo terminó arrastrando a él y a su hijo a un exilio absurdo. Poco antes de que yo naciera su suerte pareció cambiar cuando dos compatriotas le ofrecieron asociarse a ellos para montar un corralón de materiales para la construcción. Emilio era por naturaleza confiado, y no prestaba atención a los papeles que le hacían firmar. Finalmente, un día uno de sus socios se fugó, con la esposa del tercero y el dinero mal habido obtenido con la firma de mi abuelo. El nonno Emilio, para mí el nonno, a secas, no dejó nunca de trabajar, colgado de los andamios, como frentista, hasta que un día, cuando yo era recién nacido, cayó de un andamio y se quebró un tobillo, y desde entonces no pudo volver a trabajar de albañil. Para mí él no tenía familia, de hecho, el único contacto que tuve con familiares italianos vino por parte de mi abuela, cuya prima, la maravillosa tía Adamante, ayudó dando trabajo y techo a mis abuelos durante años. Los mejores momentos de mi infancia, mi paraíso perdido, los pasé en la casa de mis abuelos, primero en Lanús, luego en Burzaco, en una provincia de Buenos Aires donde los hombres mayores tomaban aire fresco sentados con sus sillas en las veredas, y los chicos jugaban a la pelota en la calle, y gritaban “auto” para correrse y dejar pasar al vehículo inoportuno que interrumpía el partido. En el jardín del fondo de la casa de Burzaco fui emperador romano, inspirado por las historias imperiles que siempre evocaba la nonna, y aún recuerdo mis ansiados despertares de fin de semana, escuchando al nonno cantar, desde su cuarto de trabajo, los tangos interpretados por Julio Sosa en radio Colonia, República Oriental del Uruguay. Se levantaba a las cuatro de la mañana, se hacía una bruscheta (tostada) que untaba con unas gotas de aceite, un poco de ajo y una sardina o anchoa, si la había, y la acompañaba con un tazón de café negro. Escuchaba la radio todo el día, y estaba al tanto de todo lo que sucedía en política y fútbol. No sé de qué equipo era simpatizante en Roma, pero en Argentina era fanático de Boca. Trabajaba desde el amanecer hasta la caída del sol frente a una máquina montada en la casa, en la hilaba bobinas de cobre para los secadores de pelo modelo cofia que fabrica Héctor Ubertini, el esposo de tía Adamante. Su tango predilecto era Cambalache, al que bramaba en un porteño –romanesco único en su estilo. Aún lo escucho cantarlo en mi recuerdo, y vuelvo a ser feliz, porque su canto me anunciaba que estaba en mi reino imaginario, mientras la nonna batía con mano enérgica dos yemas de huevo y azúcar (hasta conformar una pasta espesa y casi blanca), mi desayuno especial: lo que ella denominaba cócoro, y que años después supe que era el sambayón, aunque claro está, sin agregar whisky. En el año 1975 mi padre ganó el premio Moliere que entregaba la embajada de Francia en Argentina, con el auspicio de Air France, por su labor como Pantaleón en Arlecchino servidor de dos patrones de Carlo Goldoni. El premio incluía un pasaje abierto a París, y a papá se le presentó la oportunidad de volver a Roma. Por esos años supe que había familiares en Italia, llegué a ver una foto de ellos, pero nunca me quedó clara la filiación. También supe que ellos estaban ayudando a tramitar la jubilación del nonno, una pensión extraordinaria que terminó recibiendo años después, como héroe de guerra. Pero papá finalmente no viajó nunca a París ni a Roma. En cuanto a mí, crecí y me alejé de Burzaco, y cada tanto regresaba en las fugaces visitas que papá hacía a la casa de sus padres. Muy atrás habían quedado los tangos de Julio Sosa, la casa del jardín, y los paseos a comprar el pan de la mano del nonno, y mi adolescencia rebelde me apartó también de papá, y del vínculo con la casa de los abuelos. Más tarde me casé y me fui a vivir a la Provincia, aunque a demasiados kilómetros de Burzaco. Cuando nació su primer bisnieto, mi hijo Lautaro, fuimos a visitarlo. Mi abuela había muerto hacía algunos años, y él alquilaba una casita mínima, delante de la casa de la propietaria, en el mismo terreno. Llegamos y no lo encontramos. Preguntamos a la mujer por él y nos dijo que a la tarde se iba caminando a pasear hasta la estación de tren. La mujer aprovechó su ausencia para comentarnos que estaba preocupada, porque si bien el nonno se veía saludable, por momentos no se daba cuenta de su edad avanzada y corría riesgos: últimamente se le había dado por pintar la casa, y consiguió una escalera para pintar el techo. La mujer temía que cayera desde la altura, aún desconociendo su accidente del andamio, años antes. “A ver si lo convence Usted, que es el nieto, porque a mí no me hace caso”, dijo la mujer transfiriéndome de inmediato su lógica preocupación. Cuando lo vimos le comenté la cuestión, se río y me dijo que no le hiciera caso a la mujer, era muy miedosa por naturaleza, él tenía cuidado y pintar lo entretenía. Le pregunté qué más hacía, cómo pasaba su tiempo, y me dijo que todas las tardes se iba a tomar unos tragos al bar de la estación “con los muchachos”. Se lo veía entero, pero sabíamos que a pesar de su contextura robusta y monumental, a lo que se agregaba su sobrepeso, arrastraba desde hacía años problemas bronquiales derivados de un último episodio triste de sus tantas desgracias. En los años en los que estaba tramitando su tan esperada jubilación, cuando mi abuela aún vivía, tuvo que ir al Departamento Central de Policía a renovar su cédula de identidad. Al iniciar el trámite, hicieron la investigación de rutina de antecedentes policiales, y surgió que había una causa abierta por la estafa del ex socio, muchos años atrás. Si bien mi abuelo era un damnificado más, todavía seguía figurando su firma en los cheques y documentos que ahora eran parte de la causa. Si bien se comprobó la absoluta inocencia de mi abuelo, que claramente había sido estafado, dicha comprobación le significó quedar detenido durante casi dos meses, en una oficina del Departamento Central de Policía. Nadie tuvo en cuenta su edad, y tuvo que dormir durante todo ese tiempo en el frío suelo de la oficina, usando un par de mantas como colchón. Cuando recuperó la libertad su salud ya estaba seriamente deteriorada, y si bien vivió varios años más, su enfermedad respiratoria se hizo crónica, aunque él la minimizara. Un día de invierno de 1990, durante el Campeonato Mundial de Fútbol de Italia, que tanto me evocaba al nonno, aquella mujer miedosa, la propietaria que tanto lo cuidaba a escondidas, llamó preocupada a mi papá para decirle que hacía unos días que Emilio no se levantaba de la cama. Papá fue a verlo, y lo encontró mal, se estaba dejando morir. Lo llevó sin pensarlo a vivir a su casa, le dio la atención que él no quería, estaba casi ciego por las cataratas que le habían provocado años de exposición al hilo de cobre de las bobinas (recuerdo que sus ojos llegaron a tener el color del cobre). Papá, de alguna manera, empezó a descubrir en su debilidad final, a aquel hombre sencillo, rústico y noble al que él había llegado a despreciar por rudimentario. En parte no le había perdonado nunca el abandono en la cubierta de aquel barco que lo trajo a la Argentina. Pero quizás llegó a comprender lo duro que había sido todo para su padre, a quien la vida no le había dado nunca la posibilidad de elegir su suerte. Llegué a verlo un día en la casa de papá. Le hablé un rato, pero parecía estar en otra parte, y ya no demostraba interés por nada. Me dijo que quería dormir un rato, y lo despedía con un abrazo y un beso inmensos, sintiéndome el niño que caminaba de su mano, pero él ya parecía no estar. Algunos días después desmejoró y papá lo internó en una clínica. Allí mostró signos de recuperación, y papá lo acompañó una tarde entera con él. Volvieron a comunicarse como lo habían hecho siempre, en romano, aquél dialecto que papá reservaba al diálogo con sus padres, que poco se parecía al italiano preciosista que papá hablaba muy bien, y que había perfeccionado tenazmente en su exilio. Aquella tarde, sé que papá recuperó su dialecto, sus pocos recuerdos felices de infancia, los viejos chistes y juegos de palabras que Emilio conocía muy bien, y que sus descendientes argentinos no comprendíamos, y papá sí. Volvieron las viejas anécdotas pintorescas que la guerra había aplastado, y de pronto el hijo se sintió por primera vez en su vida, cerca de ese padre al cual nunca había comprendido del todo. Volvió a su casa tranquilo por verlo recuperado y con total lucidez. Esa misma noche, un 24 de julio de 1990, Emilio murió mientras dormía. Recibí la noticia al llegar al trabajo, corrí hacia la clínica y llegué a ver como cargaban su cuerpo sin vida en la ambulancia. Del otro lado de la camilla estaba papá con mi hermano Valeriano, por entonces adolescente. Al verme, papá me estrechó en un abrazo, y se quebró en un llanto desgarrado, como nunca lo había sentido en mi vida. Guardé mis lágrimas para mostrarme fuerte ante papá, para contenerlo y consolarlo. Guardé mis lágrimas, estas mismas que hoy se vuelven palabras, y quieren volverse memoria...