viernes, 18 de junio de 2010

Mi nombre es nadie.




Alberto Lidoro Pérez se llamaba. Lo de Ulises fue una premonición quizás cruel de Luis María Raffetti, profesor de Matemáticas del Comercial n°8, en 1er año. La clase estaba en silencio, siguiendo la explicación. Lidoro (así le llamábamos todos) estaba claramente distraído, haciendo dibujos que no eran apuntes. Raffetti iba por la explicación del cuarto paso de una operación de suma algebraica, Lidoro dibujaba de memoria el escudo del Club Atlético Nueva Chicago en su carpeta, pero no le salía. De pronto la cavernosa voz de Raffetti se vio superada por el tremendo sonido de una sirena que provenía de la calle, quizás de los bomberos. Lidoro se sobresaltó tanto, que sin querer tachó el escudo de Nueva Chicago, pegó un salto que corrió el pupitre haciendo crujir las patas de hierro contra el piso de madera del salón, y quedó mirando aterrado al profesor, quien percibió todo el movimiento de inmediato. Dueño de la situación, tras un fugaz silencio expectante, Raffetti sentenció:


- Pérez, parece que usted es como Ulises, el de La Odisea: lo atrae el canto de las sirenas.


Y cómo todos conocíamos el episodio homérico (menos Lidoro, por supuesto), estallamos en risas, sorprendidos de la ocurrencia literaria de un profesor del área de exactas, quien, dicho sea de paso, se ganó el respeto entre el alumnado por su nutrida cultura general.

La cuestión fue entonces que le tuvimos que explicar a Lidoro en el recreo de qué se trataba la cosa, y a él le encantó adoptar el nuevo nombre. También le contamos lo de cómo Ulises deformó su nombre ante el cíclope. "Nadie, mi nombre es nadie", repetía el nuevo Ulises entre nuestras risas que lo incentivaban. A partir de allí, todo el mundo, en los casi cinco años de secundaria que quedaban, llamó Ulises a Lidoro, y él fue armando al personaje. Vago como pocos, pasó por la escuela estudiando casi nada y sin molestar a nadie. En los últimos años, es cierto, cuando volvimos a tener a Raffetti, éste reconoció que el nuevo Ulises tenía cierta aplicación en las matemáticas, se interesaba por la estadística, y había adquirido habilidades para el cálculo mental. Parece que la voz cundió entre otros profesores, quienes al menos cambiaron el concepto, y consideraron a Ulises como un alumno limitado, aunque esforzado. La piedad pedagógica no tiene a veces límites, y Ulises se recibió de Perito Mercantil un par de años más tarde que todos nosotros, pero se recibió.

Ah, sí, sí, lo de por qué fue premonitorio lo de Raffetti, claro. A Ulises lo atrapó el canto de las sirenas, de las sirenas de la policía. Se esmeró en dibujar hasta probar suerte como falsificador. Esa vez estuvo cerca de caer. Después dicen que se abocó a la estadística, parece que para aplicarla en estafas. Le fue bastante bien con una falsa agencia de cambio, según cuentan. Y esa vez no se salvó. Estuvo un par de años, salió y volvió a las andadas, siempre atraído por el canto de las sirenas, aunque parece que escapando de ellas con suerte dispar, como el de La Odisea..

No creo que alguna vez haya tomado muy en serio lo que le quiso decir Raffetti, ni que Raffetti, si vive, recuerde lo que alguna vez le quiso decir a él, pero como sea, la profecía se cumplió: a fin de cuentas, los oráculos antiguos eran misteriosos y siempre se concretaban de los modos más insólitos.


Ilustración: Rodrigo Acuña

sábado, 12 de junio de 2010

El miedo




Estaba en el supermercado. Los hombres a veces somos parcos en el supermercado. Una señora revisaba por todos lados un sachet de leche. Me miró aleccionadora y cómplice. Evité la mirada amablemente y seguí de largo, no necesitaba leche. La reencontré en la carnicería, la señora ya me incluía en su círculo de familiaridad, al menos en ese escenario. Mientras observaba del mismo modo inquisidor una bandeja plastificada con chuletas de cerdo, me comentó:




- Cada vez ponen menos clara la fecha de vencimiento. Hoy en día no se sabe, nada es seguro…

- Claro. -le respondí, por no decir “¡Seguro!”.

- Hay que vivir con miedo – pontificó-, hoy no se sabe qué cosa es qué. No se sabe si sale a la calle y si la violan o la matan a una. No se sabe si las mujeres son hombres disfrazados de mujer, todo está degenerado. Imagínese tener un hijo así…

- Claro, claro…

- ¿Sabe por qué? Es la droga, la droga la venden por todos lados, es un negocio y nadie hace nada para pararlo…

- (Mirada de “reflexión” o intriga: “¿hasta donde querrá llegar?”, pienso.)

- Todo está al revés, tanta corrupción, tanta locura. Hay andar siempre con cuidado, mirando a los costados todo el tiempo, cuidándose de lo que uno cuenta, ocultando lo que uno tiene, reforzando las cerraduras, poniendo alarmas, para que los ladrones, los asesinos y los degenerados anden sueltos, viviendo a costa de nosotros, que estamos indefensos. Tendrían que poner la pena de muerte para los asesinos y los traficantes que están en las esquinas, castrar a los violadores y cortarles las manos a los ladrones. Pero mientras no sea así, hay que vivir con miedo.

- Es cierto, es cierto-le respondo incómodo-. A mí me daría mucho miedo ser como usted.



Aferré mi carrito, caminé dos metros, y me di cuenta de lo que le había dicho. Enfilé para la caja. Había hecho la mitad de las compras, pero la cola de la caja rápida era corta. Pagué y me fui.

Sigo haciendo las compras en el mismo supermercado, pero no volví a ir nunca más a la misma hora. Tengo miedo de cruzarme con esa señora otra vez.


Fotografía: Ignacio Lunadei

sábado, 5 de junio de 2010

Fónica afónica (canción sombría)



Sombras sombrías
que siembran de días
nublados las vías
clavadas sin vida,
debidas de sombra;

luces sin nombre
que ya no se nombran
que ya no se borran
que ya no iluminan,
y nombran las sombras;

luces que solo
proyectan las sombras
por calles de adioses
que pueblan de voces
silencios que asombran.

Nada sobra, todo abunda,
todo luce, todo inunda;
todo falta, tierra inmunda,
hambre y fuego, frío juego.

Sobre el yermo, sobre el manto
del cemento, del asfalto,
yace el hombre ya sin nombre.
Su alma fue desparramada
en las calles que te nombran,
en la apolillada alfombra,
en las vías que se tuercen,
en las noches que florecen,
en los sueños que estremecen,
entre aplausos y palmadas,
su alma fue despedazada.

Sombras sombreras,
sombras postreras,
sombras que asombran.

domingo, 30 de mayo de 2010

Refrito II

Este cuento es un plagio cruzado a El Sur, de Jorge Luis Borges y Lejana de Julio Cortázar. Fue escrito gracias al impulso y la generosidad de Santiago Bosco, quien ideó La Cofradía, un blog para realizar plagios, eso que gente más amiga de los eufemismos llama en la actualidad "homenaje". Aprovecho la ocasión para saludar al Santi, para mi gusto, uno de los bloggers más creativos, talentosos, entrañables e inspiradores que conocí en estos años de vida de Goliardos. Podría decirse entonces, que este refrito es un verdadero homenaje a un gran tipo con todas las letras.





La Santa Paz

El hombre que llegó a Buenos Aires en circunstancias algo misteriosas en 1942 se llamaba Angelos Malakis y había sido pastor de cabras en su isla natal, en Grecia, hasta que un confuso episodio de sangre lo trajo al otro hemisferio; en 2009 uno de sus nietos, Gregorio Malakis trabajaba como vendedor en una agencia de viajes que tenía su local sobre la avenida Córdoba y se sentía profundamente argentino. Siempre le habían dicho que las razones que empujaron al exilio a su abuelo paterno habían sido políticas. Por lo que sabía, su abuelo era partisano, alguien lo quiso entregar pero él lo supo y anticipó su escape ya planificado, aunque primero enfrentó al traidor para que no vendiera a más compañeros. El relato en este punto era confuso, se hablaba de un tumulto, una navaja, una herida mortal, la huída. Su abuelo materno, en cambio, había sido un modesto poeta de barrio, de aliento melancólico y cadencias lánguidas, que alguna vez había desfilado por las ahora amarillentas páginas de la Revista Sur, que su nieto conservaba como a un viejo talismán. En la discordia de sus linajes, Gregorio había optado alguna vez por seguir los pasos del antepasado poeta, aunque se obstinara en soñar siempre con buscar las raíces de su heroico pasado griego. Sus bosquejos abandonados en la juventud, estaban plagados de héroes homéricos y sombras mitológicas. Sus afanes, durante años, apuntaron a la búsqueda de un albur sistemático que lo llevara al reencuentro de sus raíces helénicas, que lo remontaban a la lejana tierra de Santorini. No se cansaba de aclarar que aunque el nombre sonara itálico, se trataba de una milenaria isla de las Cícladas, surcada por leyendas minoicas, cuna de una antigua civilización extinguida por la erupción de un volcán. Desde sus brumosos años de infancia había rastreado a esa isla con forma de media luna en los mapas, y había atesorado las imágenes de su acantilado multicolor cortado al medio miles de años atrás por la furia del dios Hefesto. El nombre es la resultante de un híbrido greco-latino: el latino Santa unido a Irene, es decir, Paz en griego. Ese nombre ahora resonaba en sus sueños, al mismo tiempo que le evocaba recuerdos que no le eran propios. Él sabía que en lo alto de Thira, allá en Santorini, había un lugar que no había visto ni en s menoria, ni en fotografías ni en imágenes de ningún tipo, pero sin conocerlo, lo recordaba. Y si bien Gregorio no conocía la lengua griega, sabía que el cartel de la puerta de esa cantina decía “NTALIANA”, que se leía y pronunciaba Daliana, y que ese nombre significaba algo para él. En esa cantina del sueño había un hombre que bajaba la vista, un hombre que entraba y todos callaban y los ojos negros de una mujer. Ese falso recuerdo lo mordía, como si fuera una visión de su sangre, y quería llegar hasta allí, porque sabía que encontraría la clave de una historia que debía escribir. Por todo eso, desde hacía algún tiempo, a partir de los descuentos y ventajas económicas que le brindaba su trabajo, estudiaba cuidadosamente la posibilidad de viajar a buscar sus raíces, su historia, sus visiones. Y cuando finalmente parecía haber dado con la oportunidad justa, aconteció un hecho que pareció obligarlo a postergar su viaje, quizás definitivamente.



Aunque Gregorio sostuviera que los dioses siempre estaban de su lado, el destino, a quien ellos estaban sujetos, le dio una puñalada trapera. Al atardecer del mismodía en el que Gregorio recibió los pasajes y las reservas para su viaje a Grecia, mientras regresaba a su casa de Quilmes en su automóvil, otro vehículo lo cruzó en la autopista Buenos Aires - La Plata, perdiendo Gregorio el control de su vehículo para salirse del camino e impactar contra el guarda rail y traspasarlo, luego de un doble vuelco. Más allá de la gravedad del accidente, los dioses parecieron interceder ante el destino, y tras horas de bomberos, sierras y ambulancias, Gregorio fue rescatado con vida de entre los hierros retorcidos, con los pasajes y reservas intactos en su bolsillo. Todo lo que supo acerca de su indeseada procesión al hospital, y sobre sus primeros días de internación, le fue referido por los suyos, que se deshicieron en largas horas de vigilia, cadenas de rezos, y angustias que se explican en conversaciones breves entrecortadas por pausas para suspirar y buscar explicaciones que no se encuentran, o en cuidadosos mensajes de texto que a veces se acercan, por su gravedad, a lo monosilábico. Al cuarto día Malakis volvió de su viaje por ríos oscuros, y recuperó la conciencia cegado por los tubos fluorescentes de la habitación del hospital. El infierno recién empezaba, y los días restantes para el viaje, si bien eran aún lejanos, amenazaban ser devorados por el tiempo que demandaría la recuperación.



Durante las semanas siguientes, Gregorio vislumbró la frustración de su cautiverio hospitalario entre pesadillas de moribundo, al tiempo que escuchaba el inútil consuelo de familiares y amigos que le insistían con que no debía preocuparse por el viaje, que lo importante era que había salvado su vida de milagro. Cuando los médicos le hablaron de la operación en la cabeza para alivianar el hematoma del cráneo, Gregorio finalmente se olvidó del viaje, se entregó a los exámenes médicos previos a la operación, y simplemente se detuvo a pensar en el riesgo de emprender un último viaje, el que no conduce a ninguna parte más. Y Santorini quedó atrás, y quizás por eso los dioses decidieron premiarlo. Luego de días de fuego en el cuerpo y volcanes en la cabeza, de incisiones y de calmantes químicos que lo hicieron odiar su cuerpo débil de carne golpeada en cada rincón de su frágil geografía, de huesos de madera astillada, Gregorio se dispuso con sus últimas fuerzas a la operación, y entró al quirófano confiado, convencido de estar llevando a cabo el duelo heroico que le habían referido tantas veces, de su abuelo griego. Sintió el insulto, el desafío, la muerte traidora que quería entregar su vida miserablemente, y estaba dispuesto a darle batalla con gallardía. Y tal como lo soñó al transponer la puerta de la fría sala azulejada, tras una larga pelea, Gregorio Malakis saldría con vida, para reponerse, acompañado por los olímpicos favores de la ciencia médica, justo a tiempo como para emprender el vuelo a Santorini casi sin huellas de su nefasto accidente.



La excitación del viaje le impidió tomar conciencia de los momentos previos, y cuando se quiso acordar, casi sin saber cómo, se encontraba embarcando su vuelo en Ezeiza, despidiéndose confusa y apresuradamente de aquellos familiares y amigos que antes habían hecho una vigilia mucho más ingrata y angustiante que esta. Mientras esperaba en soledad que se asiente la borra del café a la turca que había pedido como último lujo exótico en una de las cafeterías del aeropuerto, de golpe se sintió transportado al escritorio de la agencia de viajes, que le había autorizado la licencia como parte del acuerdo con la aseguradora: hasta había tenido la suerte de que su accidente fuera considerado como laboral, por encontrarse volviendo a su domicilio. Se vio en la bruma de la rutina pasada, palpitando ese momento, y ahora estaba allí, volviendo de la muerte. Una plácida sensación de orgullo inflamó su pecho ansioso. Y al cabo de unos momentos, abordó el avión que lo llevaría a Atenas. Recuperó la calma en su butaca confortable, adonde despertó cuando una azafata, a la que en el primer momento de extravío confundió con una enfermera del hospital, le ofrecía una copa de champagne, gentileza de la línea aérea. Fue extraño el tener que rechazar la invitación, pero aún le pareció tener en la boca el sabor del uzo que había tomado en sueños en Daliana, en las alturas de Thira. El vuelo no fue tranquilo, aunque el avión parecía algo más viejo de lo que se suponía. Un comisario de a bordo de rasgos criollos le dijo que esos aviones ya estaban para el desguace, pero que ante la reducción de presupuesto, primero por la crisis de las compañías aéreas después del 11 de septiembre de 2001 y más tarde por la crisis internacional, todavía seguían volando y convenía mantenerlos antes que renovar la flota. El viaje transcurrió sin sobresaltos, y hasta incluso el día era tan límpido, que Gregorio llegó a divisar, feliz, la forma de medialuna de Santorini sobre el azul mapa aéreo del mar Egeo. Al llegar a Atenas un viejo ómnibus de los años ’40 lo llevó hasta El Pireo, adonde un catamarán de gran porte, que más parecía un acorazado reciclado de la Segunda Guerra Mundial, lo llevaría a Santorini. Grecia parecía detenida en el tiempo, como si hubiera estado esperándolo desde la partida de su abuelo.



A medida que el barco surcaba las aguas del vinoso ponto homérico rumbo a la isla anhelada, Gregorio, en la cubierta del viejo barco, dejaba ir a sus ojos absortos tras la huella de espuma, recordando las andanzas de Ulises por aquellos mares soñados, pero una amarga sensación de despedida lo arrebató de su mundo; de pronto tuvo la certeza de que nunca podría regresar a la poesía que alguna vez había cultivado para narrar todas esas experiencias, aunque más tarde se consoló pensando que en ocasiones el hombre no puede experimentar la poesía, sólo puede escribirla cuando los recuerdos se asientan como la borra del café a la turca. Y entonces pensó en que su historia, de alguna manera cerraría el círculo de la historia de su abuelo ¿Existiría aquella cantina de la que nunca le habían hablado, pero que él había visto en sueños? ¿Sería en Daliana donde su abuelo mató a aquél hombre? La historia le había sido narrada tantas veces, sin embargo, siempre algún detalle aparecía oscurecido. Gregorio estaba seguro de que el destino era simétrico, y él debía regresar para restaurar el equilibrio perdido con el precipitado destierro de su abuelo Angelos. Pensaba todo eso contemplando a la mitológica noche reflejada en la oscuridad cerrada del Egeo, en una calma pesada, expectante, anestesiada.



Lo había llevado al Pireo un viejo ómnibus, ahora era una vieja camioneta la que lo transportaba desde el puerto a las alturas de Thira. Descendió frente a un pequeño hotel detenido en el tiempo, tomó una habitación, dejó su equipaje, volvió a salir. Lo sorprendió el hecho de que todos los rostros que encontraba por el camino le resultaran familiares, y lo saludaran como a alguien conocido. Recordó la hospitalidad de los griegos de la que siempre se hablaba en su casa, y respondió complacido a cada uno de los gestos. Era increíble, pero todo se parecía a sus sueños, a sus falsos recuerdos, y sin dificultad, sus pasos lo llevaron hasta “NTALIANA”, donde reconoció el cartel, no sin cierto asombro. Al entrar, fue hacia el mostrador, balbuceó la palabra uzo, y el cantinero le respondió en un castellano atravesado en todas sus aristas por el griego. Luego de beber dos o tres vasos, Gregorio tuvo la sensación nítida de estar hablando en griego con el hombre, aunque algo extraño sucedía: entendía las palabras, pero no podía comprender exactamente por qué ese hombre decía lo que le decía. Gregorio escuchaba que le advertía que no tendría que haber vuelto, que él querría ayudarlo, pero que Kostas había jurado que volvería por él, y hasta incluso, Gregorio tuvo la clara sensación de que el hombre lo llamaba Señor Malakis. Y entonces lo vio entrar a Kostas, y pudo reconocerlo. La cantina enmudeció en un silencio blanco de nieve. El cantinero, además de callar, bajó la vista y se apartó de él como de un fantasma. Kostas se dirigió hacia Malakis con un odio reposado, medido y decidido. Gregorio avanzó, y una mano desconocida le puso una navaja abierta en la palma de su mano, que él tomó sin mirar quién se la alcanzaba. Entonces su mirada se apartó del odio de Kostas, porque encontró los ojos de Daliana, y vio la traición clavada en sus retinas (ella no lo ayudaría a huir), y mientras sentía la herida del puñal de Kostas en su vientre, sintió que su cabeza se astillaba en mil pedazos, mientras miraba los ojos de Daliana, que parecían pedir perdón desde otro mundo. Y en ese momento él, Angelos Malakis, comprendió que ya no habría Argentina para él, ni habría hijos ni nietos que contaran la historia, que quizás fuera Kostas quien huiría, y que no habría nadie que soñara un lugar que llevaba el nombre de la traidora, esa que ahora lo miraba con sus ojos negros profundos, como pidiendo disculpas por haberle tendido una trampa al tiempo, mientras Angelos soñaba en su último instante con aquella santa paz, que ya nunca encontraría.

domingo, 16 de mayo de 2010

Refrito I

Mientras continuamos nuestro impasse anunciado, a la espera del regreso de las musas, el ánimo y las ideas claras, seguimos meditando refritando textos no tan conocidos o poco comentados en su momento. En este caso le toca a este breve cuento publicado originalmente en mi otro blog, el "informal", Goliardos in taberna. Espero que lo disfruten.






Cosa de locos

Todos los días la mano torpe agitaba los vidrios de las ventanas, bien temprano, con las primeras luces plenas de la mañana, "¡despiértese, señora, que el día la está esperando!". Algunas mujeres alteradas, asustadas en la soledad de sus casas tras la partida de sus esposos rumbo al trabajo, espantaban a Chichilo con palabras duras o con baldazos de agua que lo bañaban. Pero Chichilo no cejaba, era el loco del pueblo y hacía bien su trabajo. También había otras mujeres buenas que lo querían a Chichilo, y lo esperaban con comida, le conversaban, mandaban saludos por su intermedio a sus comadres, le acomodaban la ropa que llevaba o le regalaban otra nueva, que para ellas era vieja. Sólo la señora de Renzi le dejaba la puerta del patio de atrás abierta a Chichilo.


El pueblo entero se sorprendió cuando el nuevo intendente se congració con las señoras de la Sociedad de la Caridad, y mandó a encerrar a Chichilo en el hospicio. "No le hacía daño a nadie..." decían los hombres; las mujeres se dividían: unas comentaban, y las otras también, pero éstas últimas con malicia. Los hombres no sabían, todas las mujeres del pueblo tampoco, pero ellas tenían la certeza que los hombres desconocían. Y el intendente tenía la tendencia de ser accesible a los pedidos de las mujeres respetables, y se sabía que un decreto firmado por el intendente no tenía vuelta atrás.

El pueblo entero se volvió a sorprender cuando la señora de Renzi , a pesar de lo irreversible de la situación, organizó la marcha al hospicio, pidiendo la "libertad" de Chichilo.

Chichilo era el loco del pueblo, aunque era apuesto a su manera. Era rubio como un niño, tenía ojos de espuma de mar y cielo, era alto y robusto, aunque torpe e infantil.

La esposa del director del hospicio tampoco sabía nada, pero lo sospechaba con seguridad, y se lo deslizó al marido. "La señora de Renzi es una descarada", pensó el director del hospicio. "Su esposo no puede no saber nada, no voy a ser yo quien se lo diga", pensó, "y la mujer lo está avergonzando". Pero el marido de la señora de Renzi en verdad no sabía nada, porque vivía muy ocupado.

Cuando la señora de Renzi, acompañada por sus fieles amigas y aliadas defensoras de Chichilo, lo encaró al director, el hombre les dijo que ese era el mejor lugar para el muchacho, que en ninguna otra parte lo iban a atender mejor, que estaba en manos de quienes sabían, que en la calle no resistiría su salud, que podría ser peligroso para él y para la comunidad mantenerlo en ese estado, etc., etc. El director miraba a la señora de Renzi sabiendo que ninguna de esas intencionadas razones podría ser desmentida sin una confesión pública de la señora ¿Qué diría? ¿Que con ella, revolcándose en la inmundicia, estaba mejor que con nadie? ¿Que ella misma se encargaba del aseo y la higiene del muchacho, antes y después del acto infame?

Lo cierto es que la marcha fue un fracaso. Se puede entrar y salir de una cárcel, con la ayuda de un tecnicismo, pero no se sale de un manicomio así como así, y menos con la firma del intendente de por medio. Chichilo estaba más preso que los presos, y por las mañanas lloraba aullando, recordando a la señora de Renzi. Y ella también lloró al principio, recordando las manos fuertes de Chichilo, que se aferraban a su carne como un alpinista a la roca, recordando sus besos de tormenta ronca, su sed de niño torpe y hambriento. Ella sabía bien que no era lujuria, era ardiente ternura.

Su marido seguía sin sospechar que las maliciosas señoras lo habían forzado a gestar una venganza infalible y sin retorno, y cuando a la larga todos los hombres del pueblo lo supieron, elevaron al intendente de Renzi a la categoría de gran héroe reivindicador del género vituperado, consideraron la internación de Chichilo como un castigo humillante y ejemplar para la mujer.

Pero la gloria le duró poco al intendente marido engañado: el día en que firmó el nombramiento de su esposa como jefa de enfermeras del hospicio, el intendente se enteró poco después de los motivos que habían llevado a la adúltera a hacerle ese pedido: un vecino finalmente se atrevió a plantearle el tema, pero ya era demasiado tarde. Estalló el escándalo, cuando el nombramiento era firme y no había vuelta atrás, lo había firmado el propio intendente traicionado. El matrimonio se derrumbó, al igual que la carrera política del doctor de Renzi.

Hoy Chichilo ya no golpea las ventanas, sino los barrotes de su cama, cada vez que la jefa de enfermeras lo viene a buscar para darle su baño reglamentario, mal que le pese al señor director, pero nada puede modificar el protocolo de enfermeras: "inciso 4: el rol de tareas de aseo e higiene de los internos estará a cargo de la jefa de enfermeras". La ex señora de Renzi fue elegida al poco tiempo de su nombramiento, delegada sindical con inmunidad gremial. Todavía le queda un año, pero el director la tolera porque Chichilo ya no aulla y entonces no altera a los otros internos. Después de todo ya no hay presiones: ya nadie comenta el tema, la relación insana se queda dentro de las paredes del hospicio, y el intendente de Renzi renunció hace un año, y se fue del pueblo. Y nadie asea a Chichilo si no es la jefa de enfermeras en privado. Después de todo, lo dicho: qué mejor lugar que un manicomio para bendecir una verdadera pasión de locos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tratando de renacer




Prefacio actualizado

Estos antiaforismos fueron escritos hace más de un año y medio atrás, por lo cual se puede decir que son "inéditos". Creo que lo que me llevó a mantenerlos en estado de borrador, sin publicar, fue su espíriu cínico y sarcástico a la vez, con un ambiguo sabor a desencanto. No es este, necesariamente, el estado de ánimo que me domina en este momento, aunque lo cierto es que los últimos meses fueron particularmente difíciles en lo personal, y esto no dejó de hacerse visible en las últimas entradas. Son diversas las razones anímicas, afectivas, estéticas e intelectuales que me llevan a un replanteo acerca de los objetivos, el destino y la identidad de este espacio. La conclusión es que a veces es necesario alejarse para ver mejor las cosas y quizás encontrarles un sentido más claro. Mientras tanto, doy vida a este impasse rescatando algunos inéditos y republicando algunos viejos textos casi olvidados de éste y otros espacios. En todo caso, lo que intento en un momento de replanteos generales, es retomar un contacto involuntariamente abandonado, preparando el terreno para lo nuevo, para un renacer del espíritu y la creatividad, al que quizás la palabra de los amigos ayude a encontrar el camino.
Un abrazo para todos los que en estos meses esperaron que los Goliardos retomaran su accidentada ruta. Hasta entonces, esperando que disfruten de esta pausa reflexiva.





Antiaforismos


Insulta gratuitamente en lo más profundo, donde más duele. No pidas perdón. Las palabras pasarán, pero no la herida. Y entonces te quedarás sólo.


Te miro y no me encuentro en tu mirada. Te escucho y no te creo nada, pero me gusta tu manera de engañar. El desafío es mentirte mejor.


Si veo sufrir a otros, me siento más afortunado. El sufrimiento ajeno es buen consuelo para mis miserias.


Es muy bueno generar una guerra, en especial si los que la pelean por uno, son otros.


Todo para mí, algo de eso para algunos, según mi conveniencia. Doy poco, y pido mucho más de lo que dí en compensación.


No es que disfrutemos de hacer daño a otros, son sólo daños colaterales del éxito propio que ni siquiera empañan nuestro bienestar.


En el país de los ciegos, hay que cegar al tuerto.


Quien siembra tormentas, vende paraguas, pilotos y botas para lluvia.


La traición es el verdadero motor de la historia; Judas fue el mejor agente de prensa de Jesús.


Lo realmente importante no es cultivar la inteligencia, sino que los demás lo crean. Este mundo respeta a los buenos falsificadores.

domingo, 14 de marzo de 2010

Resulta que ahora

Desahogo del silencio





Sé que después de haber estado ausente tanto tiempo, esta entrada va a ser extensa y  caótica, pero se comprenderán las circunstancias, tanto del silencio como de este triste regreso. Desde el viernes 12 de marzo por la tarde, mi mamá, Alicia, mi viejita del alma, es parte del aire, del cielo, de los colores más bellos, de los sentimientos más nobles y profundos, de mis sueños, de mis recuerdos y es por siempre la dueña absoluta de mi corazón. Es cierto que la tristeza se apoderó de mi alma, aunque intente honrarla con la alegría que ella misma me pidió, pero no puede faltar este homenaje a una persona tan única entre las únicas, que nos terminó dando un verdadero ejemplo de cómo se debe vivir este regalo que es la vida. Hoy estoy seguro de que si el mundo estuviese lleno de Alicias, viviríamos en un verdadero paraíso terrenal. Entonces, me queda el orgullo de ser su hijo, de haberla tenido todo este tiempo, enseñándome a vivir hasta el final, y ahora guiando mis pasos desde el recuerdo y el milagro que ella misma fue.
Podría contar muchas cosas sobre ella, y es seguro que lo haré en todos los días que me resten por vivir, pero me basta con reseñar la historia de su blog, que tenía el nombre de esta entrada.
Hace cuatro años, en febrero de 2006, una noticia espantosa nos sacudió a todos los que la rodeábamos: luego de amanecer con dolores insoportables (si ella se quejaba era porque dolía de verdad) la internaron de urgencia y le detectaron un tumor entre los dos ovarios, decripto por los mismos médicos como "del tamaño de un pomelo". A los pocos días, confirmaron una metástasis en el hígado. Lo más paradójico y siniestro de la cuestión es que dos meses atrás se había hecho todo tipo de análisis preventivos, a instansias de mi hermana Maysa, y había hecho una gran celebración, fiel a su estilo siempre festivo, porque los resultados habían sido óptimos. Mientras quienes la rodeábamos caíamos en la consternación, ella no perdió tiempo en desesperarse, ni se dejó ganar por la autocompasión ni la resignación. De inmediato entendió que debía enfrentar una durísima batalla por su vida, sabiendo que las posibilidades de ganarla eran pocas, y que además la esperaba un sufrimiento que suele transformar en un infierno la vida de cualquiera. Sin exagerar ni un punto, puedo afirmar que su buen humor no cambió, jamás la vimos deprimida o desanimada, jamás se enojó con la vida ni se quejó de esa burla del destino, y se juramentó ante nosotros, sus seres queridos, que iba a pelear hasta el final, que estaba dispuesta a robarle a la muerte cada día de vida. "Es cierto que siempre a la larga o a la corta gana ella, pero si me piensa llevar a mí, va a salir todo rasguñada, no voy a ser un hueso fácil de roer, no me voy a entregar así como así", nos repitió una y otra vez por esos días, riendo  con su optimismo a toda prueba. Y el escenario no podía ser peor: estaba internada en un hospital público, en un oscuro pabellón junto con otras cuarenta enfermas. Lejos de deprimirse, se encargaba de cuidar a las demás enfermas, quienes en vez de lamar a las enfermeras la llamaban a ella pidiendo ayuda. El horario de visitas era de dos horas al día, por la tarde, y para mí, que vivo y trabajo a más de cincuenta kilómetros del lugar, se hacía imposible ir a visitarla. Para colmo, no disponía de un vehiculo en condiciones para desplazarme. Entonces ella me prestó su auto, para que yo pudiera a la salida del trabajo ir cada día a verla, fuera del horario de visitas. Combinábamos por celular, y ella salía del pabellón y bajaba hasta la confitería del hospital para encontrarnos cada noche. Lejos de haber sido encuentros tristes con aire de final anticipado, los dos poníamos toda nuestra energía (yo simplemente trataba de ser fiel a lo que su espíritu me proponía) en reírnos y recordar cosas agradables, proyectando lo que haríamos una vez que saliera de aquél infierno. Fue allí que empezó a nacer, de alguna manera lo que terminaría siendo el blog. Yo aún no había abierto este espacio, pero le insistía en buscar la manera de conseguir una computadora para comunicarnos entre nosotros y explorar las posibilidades que brinda este mundo virtual. Ella dudaba porque jamás se había acercado a estas innovaciones tecnológicas y temía sentirse inepta. Yo le insistía que con su inquietud, su curiosidad y su inagotable creatividad e inteligencia, iba a poder dominar al engendro en unos pocos días.
Luego de un interminable mes de estudios, de marchas y contramarchas, y de una horrible angustia apenas disimulada por esos encuentros en donde lográbamos detener el tiempo y las circunstancias el pedacito de cielo que habíamos construído, la operaron, le extirparon el tumor y los ovarios, y le trataron con rayos la metástasis en el hígado. Tras varios días más de recuperación, festejamos el alta y su regreso a casa, y puso toda su energía, su alegría y ganas de vivir en afrontar el difícil tratamiento que le quedaba por delante. Mientras tanto, en los meses sucesivos, la idea de "informatizarla" fue cobrando forma. Yo no tenía crédito ni reservas como para comprarle una máquina de contado. Ella tampoco podía afrontar ese gasto, pero en ese momento decidió que encarar proyectos a futuro la mantenía distraída y le daba fuerzas, por consiguiente buscar la manera de tener su PC fue una de las formas de sobrellevar la adversidad. Averiguó todas las formas y planes a los que podíamos acceder y dio con un plan para jubilados que le permitía acceder a la máquina. Yo le ofrecí pagar la cuota, y así, a sus 67 años, la computación entró en su vida. Primero me llamaba para preguntarme cómo hacer cada cosa. Después llegó Internet, y se transformó en una alumna excelente que cada día superaba al maestro. Me pasaba nuevos links y direcciones que descubría, se comunicaba con mi tío Roberto, su hermano del alma, que vive en el mar, lejos de casa. Fue él quien nos instigó a los dos a abrir un blog,  y así, luego de algún tiempo, naciéron  ...Que no sea demasiado tarde..., Goliardos en la ruta y Resulta que ahora. En este último, mamá, que nunca había escrito más que eventualmente, empezó a volcar en pequeñas historias toda su sabiduría y su calidez simple y sencilla, su agradecimiento y su amor por la vida, su cristalina alegría de vivir cada día como un regalo. El blog pasó a ser la entrada a un nuevo mundo en el que conoció nuevos amigos que pronto se enamoraron de este ángel, que a nosotros se nos reveló como una hermosa narradora. Y mientras yo iba dando mis primeros pasos, ella se transformó en mi lectora más entusiasta, y sus comentarios eran un regalo de amor y admiración inagotables como su inmenso corazón. Su fortaleza y su pasión nos hicieron a todos olvidar por momentos de su enfermedad. Ella nunca se sintió una enferma doliente, sólo se consideraba alguien que tenía una enfermedad como tantas otras personas, pero que además tenía otras cosas de las que ocuparse y motivos para aceptar las cosas como eran, y no tenía más remedio que afrontar lo que fuera para luchar por sobrevivir. Jamás decayó su ánimo, jamás pensó en entregarse, decía que ella ya había vivido su vida, pero que debía luchar para que no sufriéramos quienes la queríamos. Nunca escuché de sus labios una queja. Basta con visitar su blog o leer los comentarios que dejaba en los demás para corroborar lo que cuento sobre ella. Cuando iba al consultorio del oncólogo que la atendía, se encontraba con personas más jóvenes hundidas en la tristeza y en la desesperación que esta maldita enfermedad genera, lógicamente, en quienes la sufren. Ella les decía una y otra vez que no podían entregarse, que tenían que luchar y proponerse vencerla o luchar por ganarle todo el tiempo que pudieran, porque si el ánimo decaía, la enfermedad se fortalecía y avanzaba más rápido, y entonces no sólo los derrotaría, sino que además habrían perdido el tiempo en sufrir y entristecerse en vano, además de mortificar a sus seres queridos.
A pesar de lo cruento que fue su tratamiento (en cuatro años afrontó 36  sesiones de quimioterapia), su ánimo inquebrantable la hizo disfrutar de la vida cada día más, como ella se había propuesto. Quizás suene raro decir que, si bien siempre tuvimos una excelente relación de mutuo amor y admiración, la enfermedad nos acercó cada vez más, y desde entonces celebramos a cada rato, día a día, el hecho de tenernos. Eso mismo es lo que ahora agiganta su ausencia.
A mediados de enero de este año, la llamé para darle una nueva alegría: a Lilian, mi esposa (siempre quiso a cada una de las personas a las que yo quiero, y a Lilian la consideraba una hija más), quien se había operado unos días atrás de un tumor, le habían dado el alta oncológica, esa que siempre soñamos para ella. Se alegró profundamente, respiró tranquila y dijo que confiaba en que todo no podía sernos tan adverso. Y después me confirmó su triste novedad: los médicos le habían suspendido el tratamiento porque ya tenía completamente tomado el hígado. Ni siquiera en esta instancia decayó su ánimo, aceptó que si ese tenía que ser el final, era lo que le tocaba, aunque sin cerrarle jamás la puerta al milagro. Cuando su esposo dijo, vencido por la pena, que finalmente su sacrificio había sido en vano, ella le dijo que no era así en absoluto, que ella se sentía plenamente feliz de haberle robado a la muerte cuatro hermosos años de vida.
A partir de entonces, mientras pudo desplazarse, aprovechamos los días de vacaciones de verano para programarnos paseos. Una hermosa tarde de sol la llevamos al Delta del río Paraná, al Tigre, y conseguimos una lancha que nos llevó a navegar por las islas. Ella estaba feliz, radiante, sacó fotos, tomó videos, y a pesar de que tenía dificultades para comer, ese día se alimentó con normalidad durante el paseo, y entonces nos ilusionamos con poderle mejorar cada día, distrayéndola, su calidad de vida. A esa altura su hígado estaba obstruído, sus ojos y su piel estaban amarillentos, estaba intoxicada de bilis, pero su ánimo y amor por la vida estaban tan intactos, que ni aún así podíamos verla como a una enferma, y más allá de los pronósticos sombríos, nos empujaba también a nosotros a disfrutar de cada segundo que la vida nos regalaba. Ese paseo la hizo tan feliz que me confesó que en los días sucesivos lo recordaba y volvía a experimentar esa misma felicidad. Unos díias después fuimos a visitar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), y cuando salíamos, una tormenta furiosa se desató sobre Buenos Aires. Ella recordó que su esposo, Lucas, estaba por salir de su trabajo en el Hotel Sheraton, adonde tocaba el piano todas las tardes. Las calles se estaban inundando y le iba a ser difícil conseguir un taxi, así que pasamos a buscarlo. Una vez allí, las mozas del lobby, que como todo el mundo la adoraban, nos invitaron con un té, mientras Lucas amenizaba la velada ejecutando para nosotros nuestras canciones favoritas. Allí empezamos a proyectar, una vez que Lilian se repusiera de su operación, un viaje al mar para estar unos días con tío Roberto. Pero los días siguientes fueron de mucho calor, Lilian tuvo que ir al hospital todos los días a hacerse controles, y mamá empezó a sufrir de una urticaria generalizada producida por la intoxicación biliar. A comienzos de febrero su médico le dijo que se internara de urgencia para realizarse una operación que permitiría drenar todo lo que su organismo no podía eliminar. Allí comenzó un calvario de burocracia hospitalaria, hasta que finalmente la operaron el lunes 8 de marzo pasado. Durante esos largos e interminables días, otra vez se dedicó a cuidar a sus compañeras de habitación y  a recibir el afecto de amigos y familiares mientras yo le llevaba libros para que se entretuviera, que ella devoraba uno tras otro, como lectora apasionada que era. Seguí bromeando, riendo, disfrutando de lo que podía, como fuera, sólo angustiándose por malgastar sus últimos días en un hospital. Cuando la ví ese lunes por la noche, luego de la operación, su estado era de extrema debilidad. Aún así conversamos y no perdía su buen  humor. La mantenían a una dieta hospitalaria miserable y espantosa que le quitaría el apetito a cualquiera, entonces le comprábamos a hurtadillas la comida que a ella le daba la gana comer, aunque su apetito era casi nulo. Pasé todo el día martes junto a ella, y me retiré por la noche. Seguía soñando con recuperarse para viajar a la costa a ver a tío Roberto, le dije que esperaríamos el tiempo que fuera necesario para que se recupere y que como fuera, íriamos. La despedí con un beso inmenso sin saber que sería la última vez que la vería con vida. Al día siguiente hablamos por teléfono, seguía débil, pero estaba resuelta a irse del hospital, y más allá de lo que dijeran los médicos, y de que nosotros tratamos de convencerla por todos los medios, exigió que la llevaran a su casa. Respetamos su voluntad, sumidos en el miedo de que algo pasara. Ella nos tranquilizó diciéndonos que en casa se recuperaría más rápido. El jueves le dieron el alta, y esa noche hablamos. Estaba animada, tratando de comer. Quedamos en que la visitaría el sábado para dejarla descansar durante el viernes. Pero por desgracia, esa misma noche se descompensó, su estado empeoró rápidamente y mi hermana me llamó desesperada a las tres de la tarde. Salí lo más rápido que pude, con la angustia clavada en el corazón. Por el camino, Lilian llamó para ver cómo estaba, y mi hermana nos comunicó su triste partida. Me aferré al volante en plena autopista y seguí manejando luchando contra el llanto, el desgarro no me permitía detenerme y llegué como pude hasta su casa, adonde ella descansaba serenamente en su lecho, junto a su mundo, como ella lo había deseado. La contemplé destrozado, rodeado del llanto desconsolado de mi hermana, de su esposo Lucas, de Lilian y mi hija Maggie,  de mis sobrinas, sus nietas, de vecinos y amigos que llegaban a despedirse, y me consoló en medio de este desgarro que me invade insidioso, el pensar que pudimos cumplirle su último y obstinado deseo de morir donde ella quiso, rodeada del amor que supo ganarse en su maravillosa y mágica vida ejemplar.
Desde entonces, las horas que siguieron y seguirán a esta triste pesadilla son de inmenso silencio y soledad, de una ausencia infinita, y de un dolor que parece invadirme desde los huesos hasta el fondo del alma, y que me inunda en un llanto que no puedo contener, aunque haga lo posible por cumplir con su voluntad de recordarla con la alegría que ella nos pidió y que tanto se merece, como nadie que yo conozca en este mundo.
Me quedan muchas cosas, por sobre todas, el orgullo incomparable de haber tenido como madre a la persona más buena, valiente, comprometida, solidaria, idealista, soñadora, alegre y ejemplar que conocí y conoceré en toda mi. Y me queda este vacío imposible de llenar, este dolor que me ahoga, y el deber por sobre todo de honrarla cada día a la altura de esta vida que me dio, a la altura de esa vida que ella tan sabiamente vivió y nos enseñó a vivir a todos los que tuvimos la inmensa suerte de ser parte de su mágica existencia.

Mamita del alma, no hace falta que te lo diga porque te lo dije siempre, pero hoy más que nunca quiero que lo sepas donde sea que estés: te adoro con toda mi alma y simplemente quiero que me perdones por esta tristeza persistente que hoy me ahoga y que vos nunca quisite dejarme. Muchas veces te dije que me enseñaste a ser bueno, y vos me decías que no, que yo había nacido así. Soy terco como vos, y sigo insitiendo en lo mismo, porque siempre supe que si no te hubiera tenido por madre, no podría ni por asomo ser nada de lo bueno que puedo llegar a ser hoy. Ahora sé que con tu infinita dulzura me vas a ayudar a encontrar la luz, como siempre lo hiciste, en medio de esta oscuridad. Te estoy viendo en estos rayos de sol que desde ayer se filtran entre las nubes negras que tratan de cubrir el cielo. Te estoy sintiendo en la frecura que desde ayer se obstina poco a poco en apoderarse de este verano inclemente. Te estoy sintiendo adueñarte por siempre de mi alma, y hoy sé que muy pronto te voy a llevar al mar como tanto lo habíamos soñado. Gracias por darme todo, ahora me queda el resto de la vida para devolvértelo. Te amo, como sólo un hijo agradecido puede amar. Por siempre:


                                                                          Alejandro



Invito a todos quienes quieran hacerlo y no lo hayan hecho antes, a que recorran el blog que mamá nos dejó. Es una bella manera de conocerla para quienes no tuvieron esa inmensa suerte.






miércoles, 6 de enero de 2010

Hoy




Siempre odie las listas de las compras, y usé las agendas para escribir poemas, borronear ideas o hacer garabatos: no se olvida lo que realmente se desea.


Me gusta dejarme llevar por el hoy, ir del libro a la imagen, de la caricia al manjar, del trago a la contemplación, de la pasión al sueño.

Me gusta encontrar los tesoros sin buscarlos y no comprendo los mapas hasta que me pierdo tantas veces que aprendo el camino y encuentro la salida, así el plano canta armoniosamente el lugar al que dibuja.

Me gusta que el viento me lleve, sin domesticarlo con timones pretensiosos.

Ayer pensé en ayer, y hoy en hoy, que es toda la vida. Hoy sé que hoy somos,  y la ilusión de mañana me empuja a seguir construyendo ayeres.

Hoy es el plácido recuerdo de todos los ayeres más felices y los sueños de los mañanas más deseados.

Hoy es la suma de todos esos ayeres y de todos esos mañanas; hoy es la vida que se evoca, que se ansía, que se palpa.

Hoy te abrazo, hoy te sueño.

Hoy te festejo y te conmemoro.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Goliardos en el mar





Los años nuevos son para mí el festejo más esperado y planificado del resto del año. La cercanía que esta fecha tiene en nuestro hemisferio con las vacaciones de verano nos permite desde hace años pasarlo en lugares diferentes, cercanos o distantes de acuerdo a las posibilidades del momento. De este modo hemos pasado años nuevos particulares y cargados de anécdotas que suelo relatar bastante seguido y que algún día escribiré: en Jerusalén donde nadie lo festeja, en Colonia del Sacramento mirando los resplandores de los fuegos artificiales de la costa del conglomerado urbano de Buenos Aires, en Santiago de Chile, volviendo de recorrer Machu Pichu y del Norte Chile, en Bariloche, comiendo curanto a orillas del lago Nahuel Huapi, o en Pilar a orillas de otro lago junto al que vivimos algunos años; siempre con nuestros hijos, siempre con amigos. Y aunque en los últimos dos años el tratamiento médico persistente, intenso y tenaz que debe seguir mi madre nos hizo pasarlo en Buenos Aires junto a ella, este año, por primera vez en nuestras vidas, lo pasaremos en pareja, solos, sin nuestros hijos, frente al mar.
Es larga la serie de hechos que nos trajeron hasta aquí, desde aquél día en que dejé ese cartelito de "enseguida vuelvo" en este blog. Al estrés habitual de fin de año se le sumaron inconvenientes varios, aunque sin dudas el principal, que se desenvolvió de manera rápida, fue el relacionado con la salud de mi esposa Lilian, a quien le detectaron una lesión superficial operable, que luego de extraerla y analizarla resultó ser un tumor maligno con varias señales de haber sido sacado a tiempo, pero que obliga a una nueva operación que tras sucesivas postergaciones se realizará (eso esperamos) el 5 de enero. Se trataría de una cirugía exploratoria, que confiamos (el plural incluye a los médicos) que confirme la desaparición del mal. En lo que al año nuevo respecta, para cuando en noviembre se planteó este panorama, Lautaro ya tenía armado viajar el 27 de diciembre a la provincia de Salta, a unos mil setecientos kilómetros al Norte de casa. Alentamos decididamente ese viaje porque confirma la herencia cultural de sus padres: esta noche festejará en compañía de su novia Naty y de dos queridísimas amigas suyas, ex compañeras de colegio y por consiguiente ex alumnas mías a quienes recuerdo con especial cariño. Acabo de hablar por teléfono con él y me reconforta saber que hoy prepararán para la cena mi especialidad, cuya receta transmití el año nuevo pasado a Naty: pollo a la cerveza, cocinado al wok chino. Luego pasearán por las calles de Salta, la linda, y mañana a las 7 de la mañana, partirán rumbo a Jujuy.
El año nuevo de nuestra hija Maggie será en casa de amigas, y luego, a las nueve de la mañana del 1° de enero, embarcará a Punta del Este, en Uruguay, junto con su amiga Camila, a encontrarse con Ailén, quien completa un trío inseparable desde los tres años de edad, cuando se conocieron en la escuela. Como se ve, la menor también sigue la tradición de festejar de manera errante y entre amigos, como buena goliarda que es. Hoy, 31 de diciembre, triangulamos comunicaciones entre Salta, Pilar y la costa atlántica bonaerense, adonde nos refugiamos a descansar en una soledad absolutamente buscada, durante unos pocos días que nos quedan, entre los vendavales de diciembre y la esperanza de enero. Nuestro plan es cenar en un restaurante céntrico, hasta antes de la medianoche, luego caminaremos hasta la playa, adonde brindaremos junto al mar. Ahora estoy en la habitación del hotel, con vista a la playa, en un rato partiremos a merendar en un bar con Wi Fi donde postearé este texto, para después ir a caminar otro poco sobre la arena húmeda del atardecer, y luego nos prepararemos para la cena, y el brindis de a dos que renueva la fe en un futuro en común que comenzó también junto al mar, en otro enero de 27 años atrás, cuando nos conocimos.
Es para nosotros un año nuevo fiel a nuestro estilo aventurero y andariego, por lo tanto es un fin de año feliz, más allá de todos los problemas, tanto detallados como no, del último mes y medio, y más allá de las sombras que puedan amenazar, a las que tenemos decidido enfrentar fabricando buenos momentos, alegrías, esperanzas y sueños, siempre con la copa en alto, que sólo desciende en picada para buscar nuestro beso anhelado.
Espero que el 2010 sea un año compartido con todos los que han pasado y suelen pasar por este espacio, adonde cada visita es, créanme, un sobresalto de alegría, porque siempre es bueno en los comienzos de año, renovar el compromiso con todas aquellas cosas que nos hacen felices, y que por lo tanto, se nos hacen indispensables. Espero que este 2010 sea para todos, un año de recompensas para todos aquellos que aman vivir la vida intensamente, como lo hacen todos aquellos que visitan este humilde rincón cargado de historias y sentimientos.


¡FELIZ 2010 PARA TODOS, PARA SEGUIR BRINDANDO POR ESTE PERPETUO REENCUENTRO, POR NUESTROS SUEÑOS, NUESTROS IDEALES, NUESTRAS ESPERANZAS, Y POR SEGUIR RENOVANDO A CADA INSTANTE NUESTRO COMPROMISO CON AQUELLAS COSAS, IDEAS, MEMORIAS, SENTIMIENTOS Y AFECTOS QUE LE DAN SENTIDO A NUESTRA EXISTENCIA!

lunes, 30 de noviembre de 2009

Alegría prestada




ROMPO EL VOTO DE SILENCIO PARA UNIRME, AUNQUE SEA POR UN RATO, A ESTE FESTEJO IMPARABLE.
ES QUE EL RÍO TRAE OLAS DE ALEGRIA, ES QUE HOY EL VIEJO RÍO QUE NOS UNE, HUELE A ESPERANZA NUEVA.
ES QUE A FALTA DE ALEGRÍAS PROPIAS, QUÉ BELLAS SON LAS ALEGRÍAS DE LOS HERMANOS, Y QUÉ FALTA QUE NOS HACEN.
UN ABRAZO EMOCIONADO DE ESTE GOLIARDO AGOTADO, A QUIEN EL FESTEJO VECINO LE DEVUELVE LA SONRISA OLVIDADA. ¡SALUD!
Y A SEGUIR TRABAJANDO...

lunes, 16 de noviembre de 2009

Voto de silencio





Carlos Gardel diría "no me lloren, crezcan", aunque confieso que dudo de la autoría, a falta de mayores datos. Lo cierto es que en este caso hago mías las palabras del Zorzal Criollo, aunque sea sólo para decir que no voy a dar tiempo ni a llorar ni a crecer, ya que volveré en un par de semanas, aunque no me voy a ninguna parte: simplemente me "encierro" a corregir. Sé que el mundo será el mismo sin mí, y la vida universal continuará, pero nunca falta quien se preocupa por las ausencias.
Pero si alguno pensaba que se iba a librar fácilmente de mí, pues no, pasaré, pasaré por vuestros blogs para despejar por un rato mi mente y ver en qué andan, leeré comentarios furtivamente, entre examen y examen, entre monografía y monografía, pero lo haré en silencio, los saludaré desde la ventana, ya que si me quedo, ustedes saben que no soy breve, me ofrecen un vaso de agua o unos mates, y no me voy más. Y para colmo, hablo hasta por los codos, para qué negarlo. Pero es claro que uno también necesita el refresco de la palabra ajena, por eso, pasearé en silencio por vuestra ventana. Sólo véanme pasar, si lo desean, como a un fantasma de la siesta, que una tarde cualquiera vuelve a despertar.
Y en cuanto a esta entrada, está condenada a la extinción, ya que es un mero cartelito. Quienes quieran dejar comentario, péguense una vuelta por acá abajo, en "Acuarela" o donde quieran. Créanme que serán bienvenidos, respetando este voto de silencio. Serán un auténtico recreo, o caso contrario, sabré entender que quieran descansar, por qué no, de mí.


Un gran abrazo para todos de este fantasma siestero, de este Goliardo en clausura momentánea.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Acuarela



Llueve sobre la ciudad. Empapado en Agüero y Corrientes, Federico se levanta las solapas del saco inútilmente, y contempla corrientes de agua en los cordones, y las botellas de plástico bailando atascadas en las bocas de tormenta, bajo el aguacero. “Esquina de la ironía”, piensa Federico sabiendo que Carla no vendrá, nunca más vendrá, y entonces le mandó para él ese mensaje de diluvio, más elocuente que cualquier frase dicha o escrita. Es inútil llorar bajo la lluvia.


Diluvia en Buenos Aires. Diego, su sobrino, corre, doce cuadras más abajo, hacia el bajo. Corre por Corrientes, y el agua furiosa lo corre a él ¿Cómo le explica a su mamá que la lluvia lo sorprendió a la salida de los videojuegos, si se supone que estaba en lo de Claudio, haciendo la tarea? Es inútil mentir cuando estamos mojados.


En Thames y Gorriti cae un árbol que esperó cuarenta años para morir sobre la acera, abrazado a un auto, que esperó catorce años para salir aplastado en la tapa de los diarios. Y Miguel, tan insensible, pensando que el seguro no lo cubre, maldiciendo a la tormenta bajo la tormenta, con la desolada llave del auto siniestrado en la mano y la gente que pasa corriendo a su lado. Es inútil correr bajo el agua.


La lluvia golpea la ventana de Laura, cinco pisos más arriba, mientras abre el sobre que confirma su embarazo. Será mío, se repite, sólo mío, mientras ignora que un árbol agoniza en la calzada. No piensa decirle a Hernán, el que se fue hace días, cuando el sol de fuego pedía lluvias que le lavaran la cara, y ella se quedó abrazada a su espanto. Es inútil huir de las tormentas.


Llueve sobre la ciudad. En aquel bar, a pocas cuadras, escenario de antiguos y recientes encuentros clandestinos, Carla y Hernán festejan, refugiados, la gloria de no esconderse nunca más. No es inútil refugiarse en la borrasca, se dicen con la mirada, ignorando que celebran el comienzo de ese amor tan mal nacido.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Poemita zonzo a la anónima alegría de vivir




A Marisa Peña, con cariño y admiración.

 Somos gente del montón,
uno más del pasamanos,
con rostros descascarados,
que nunca máscaras son;
uno más de tantos ceros,
de la fila, de la lista,
auténticos desgarrados,
callados, pensantes, quedos,
metidos dentro de un sueño
silencioso e invisible;
ciegos, mudos, luminosos,
cuya chispa no traspasa
agujeros imposibles.


Somos nada entre la nada,
somos todo en nuestro mundo,
nos reímos de la muerte
y por dentro la lloramos,
abrazamos la belleza,
que nos da vuelta la cara.


Vamos oliendo, vamos mirando,
vamos gozando, vamos vibrando,
vamos ajenos, casi alienados,
vamos insulsos, vamos callados.


Fuimos los más raros de la clase,
somos los más nadies de la calle.


Y nos quejamos, somos amargos
y contagiamos nuestra amargura,
aunque una sola cosa es segura:
lo disfrutamos, nos divertimos,
y nos inquieta buscar la forma,
de gozar más de esta vida corta.

Sufrimos por los que sufren,
gozamos pequeñas glorias,
soñamos un mundo bueno,
para propios, para ajenos,
peleamos en mil batallas,
ardimos en mil hogueras,
y aunque vivimos cansados,
siempre estamos renaciendo.

Nuestros sueños son tan breves,
gigantesca es nuestra hazaña,
sabor del pequeño logro,
manjar de las emociones,
bebemos de las pasiones ,
sufrimos las decepciones;
relinchamos como potros
cuando sufre algún hermano,
y allí vamos, relucientes,
a sacarles sus gusanos.


Somos nadie, aunque sabemos
que en la nada siempre hay mucho,
nos gusta encontrar tesoros
ocultos en basurales,
nos sentamos en umbrales
a gozar de lo que pasa,
y a viajar por todo el mundo
en la puerta de tu casa.


Somos gente del montón,
uno más del pasamanos,
que vivimos con la euforia
de abrazarnos entre hermanos.


A.L., X-XI-IX


Este poema es un "estreno en simultáneo" con La Cofradía para una propuesta de este querido blog abierto y colectivo. Lo reproduzco también en este espacio para asegurarme de que lo lea Marisa Peña, querida y admirada cófrade, y para compartirlo con los amigos en común aquí y allá. Espero hacerte llegar, querida Marisa, un poco de primavera rioplatense a tu otoño madrileño, que aunque sea melancólico, sabes vestir de belleza con tus palabras.








domingo, 1 de noviembre de 2009

Inercia inerte



¿Será posible salirse de la atrofia
del vacío de los años huecos,
de tantos días de ilusiones secas,
de tantos siglos de venas y serpientes
que devoran y anudan la garganta?


Con las manos enredadas,
y la boca cicatriz
de un viento de horrores
mudos e invisibles
¿Será posible enderezarse
y caminar entre las llamas,
con el grito apagado,
las ganas devastadas,
los sueños traicionados,
los abrazos a la nada,
pegadas las ausencias,
atorados los silencios?


Con la frente marchita,
con la frente espantada.


Porque la poesía es a veces un dardo certero que se clava en el alma, porque a veces es desagarro y otras vuelo, quiero dedicar este poema a Claudia Isabel, que tanto sabe de estas cosas, y tan bien las pone en palabras.


Ilustración: aaaahh 2, de J.Jesús Fernández

domingo, 11 de octubre de 2009

Lucy, en el barrio...

Este post va dedicado a Alicia M, por que siempre le gustaron mis historias, las reales e inventadas, por ser incondicional, por alimentar mi imaginación desde el día en que nací, por ser la persona más buena que conozco, por haberme enseñado a ser bueno, por concinar como nadie en este mundo, y por ser mi madre, con todo lo que eso significa para cualquier ser humano sensible.







La Lucy era la hembra más deseada del barrio cuando acariciaba la vereda flameando su cintura, y los volados de su falda saludaban a las baldosas. La Juanita la miraba por los entresijos, a escondidas, porque desde sus catorce septiembres a punto de estallar en brotes, quería ser como ella. La imitaba en el peinado frente al espejo del baño, se acomodaba la vincha con cuidado, estirando hacia atrás su cabellera platinada imaginaria y coronando su sien derecha con una rosa artificial al estilo del capullito de rosa fresca a medio abrir que usaba la Lucy.

Todas las mañanas, mientras los ojos de la Juanita se hacen líneas tras la persiana de su cuarto, Baldi, su padre, toma mate en la cocina y también la ve pasar a la Lucy, y como quien observa el estado del tiempo, le roba los ojos celestiales al vuelo, fija la mirada en el fresco capullo a medio abrir e imagina obscenidades, siente su aliento tibio en el cuello, su piel tersa vibrando como el parche de un bombo, y lo despierta del ensueño prohibido el grito de Martha, clamando por el trapo de piso abandonado bajo la pileta donde duermen marchitos los platos sucios de anoche.

La Lucy pasa abstraída, se acomoda un mechón bajo la vincha, mientras su cuerpo baila, ajeno, la danza del instinto. Ella sueña que esa noche pasará a buscar a su enamorado, el joven estudiante, y lo sorprenderá arrastrándolo a una noche de intimidad en el departamento de la amiga que esa noche se va, pero no sabe que esa misma mañana el joven estudiante se despidió de su padre, el viudo, confirmándole que iría a cenar a casa. Por eso, el viudo se tomó su día jubilado para preparar la cena como un auténtico evento. El viudo sabe que su hijo está pronto a volar, y ya que el tiempo no se rebobina y se vuelve a pasar como una vieja cinta de video, disfruta de cada una de sus conversaciones nocturnas con el joven estudiante. No hablan de nada especial, el joven estudia arquitectura, la carrera que el viudo nunca terminó, el padre pregunta qué aprendió el hijo ese día, el joven le explica apasionado, y luego cambiarán opiniones sobre arte, historia, política, y terminarán recordando alguna anécdota en blanco y negro, reirán, harán sobremesa y se irán a dormir saboreando una escena que un día inexorable bajará de cartel definitivamente. Y entonces repiten siempre ese ritual que cada vez se vuelve único.

Baldi se levanta de su silla sacudido por el grito de Martha, su mano pesada fija el mate sobre la mesa y arranca al trapo de piso de su letargo, mientras la Juanita se escabulle al cuarto de sus padres, para tomar un vestido de Martha y contemplarse imitando a la Lucy frente al espejo en la puerta abierta del ropero de su madre. Piensa que Federico, el chico de tres bancos adelante del suyo, ni miraría a la insulsa esa de la Mariana si ella, la Juanita, fuera como la Lucy. Y entonces su padre pasa ahorcando al trapo de piso, y la ve de reojo a la Juanita, da dos pasos y retrocede como quien vio algo desacomodado, y la sorprende a su niña transfigurada en la Lucy, y empalidece y lo atraganta la angustia muda y helada de una visión infernal. Se diría que quiere hacer la cruz con los dedos, su mirada desorbitada clavada en la vincha y el capullo pecaminosos, pero se rearma y pregunta con firmeza: “¿Qué hacés?”, a lo que la niña responde, lógicamente, un "nada" que la entrega ante la vergonzante evidencia. “Dejá de desordenarle el ropero a tu madre y andá a preparar tus cosas”, ordena lacónico, y archiva como puede la visión espantosa de su hija metiéndose en la piel de la Lucy, y esconde sus pensamientos sucios como quien oculta una evidencia criminal.
Y el día transcurre.

Esa noche, la Lucy pasará sorpresivamente por la facultad a buscar al joven estudiante, a este se le iluminará el rostro al verla tan hermosa y feliz de encontrarlo, pero a la media cuadra de caminar juntos, la noche se les vendrá encima cuando él le diga que no podrán pasar la noche juntos porque tiene que ir a cenar con su padre, y ella le dirá que el departamento de la amiga está libre sólo esa noche, y él se estremecerá de deseo, pero no podrá romper el ritual ni el corazón de su padre el viudo, que no le diría nada, pero contemplaría desolado el plato frío de su hijo, y se iría a dormir seco, vestido de otoño triste. Y entonces la Lucy se despedirá enojada, y se irá a dormir sola, y hasta regará la almohada de su amiga con alguna lágrima desolada. Pero antes, pasará otra vez como un ángel inesperado por la ventana de la Juanita, de Baldi, de Martha, y los tres desviarán la mirada del televisor cuando ella arroje el capullo abierto de rosa sobre la vereda; y mientras Baldi y Juanita vuelvan a mirar al plato como en un pacto de silencio, Martha seguirá con la mirada la danza nocturna de la Lucy, y dirá con rictus resentido “pobre el hijo del viudo López, esta nenita anda provocando a medio barrio, y seguro que se revuelca con el primero que se le cruza: mirá a qué horas anda yendo y viniendo, vestida siempre como una atorranta”. Baldi y la Juanita no contestarán, y se sincronizarán para volver a atraer a Martha hacia las tentadoras costas de la estupidez televisiva. Y seguirán comiendo las costillitas de cerdo, que las manos fuertes y nudosas aunque delicadas del carnicero, habían limpiado, como siempre, de todo resto de grasa con habilidad y dedicación especialmente para Martha, mientras los ojos la mordían con la mirada. A Martha le gusta ese coqueteo porque le asegura la mejor carne para el Baldi, pero no puede evitar la asociación entre carne y carne, la torpe metáfora del pecado. “¿Y si lo hiciera?” Pero sabe que nunca lo hará, porque el barrio se daría una panzada con su caída. Al terminar la cena, la Juanita pedirá solícita ir a sacar la basura, y recogerá de la vereda el maltrecho capullo que arrojó la Lucy.


Y al llegar a casa, el joven estudiante abrazará a su padre como si hiciera mucho tiempo que no lo viese, elogiará las brochettes que pacientemente el viudo preparó en la parrilla del patio, hablarán de cómo las hacía la difunta madre, y el viudo le contará a su hijo que encontró la vieja receta que la mujer guardaba. Y se pondrá un poco triste, balbuceará intentando cambiar de tema sin querer hacerlo, y los dos hombres se sentirán solos y desamparados, hasta que el más joven encuentre en el fútbol la gambeta justa para eludir a los fantasmas, y en la malasangre del comentario deportivo, renacerán en carcajadas, y habrán rescatado la escena otra función más.


Y esa noche, todos ellos se irán a dormir pensando en lo más deseado, en lo cercano pero inalcanzable, en esas cosas que nunca podrán tener.