domingo 8 de noviembre de 2009

Poemita zonzo a la anónima alegría de vivir




A Marisa Peña, con cariño y admiración.

 Somos gente del montón,
uno más del pasamanos,
con rostros descascarados,
que nunca máscaras son;
uno más de tantos ceros,
de la fila, de la lista,
auténticos desgarrados,
callados, pensantes, quedos,
metidos dentro de un sueño
silencioso e invisible;
ciegos, mudos, luminosos,
cuya chispa no traspasa
agujeros imposibles.


Somos nada entre la nada,
somos todo en nuestro mundo,
nos reímos de la muerte
y por dentro la lloramos,
abrazamos la belleza,
que nos da vuelta la cara.


Vamos oliendo, vamos mirando,
vamos gozando, vamos vibrando,
vamos ajenos, casi alienados,
vamos insulsos, vamos callados.


Fuimos los más raros de la clase,
somos los más nadies de la calle.


Y nos quejamos, somos amargos
y contagiamos nuestra amargura,
aunque una sola cosa es segura:
lo disfrutamos, nos divertimos,
y nos inquieta buscar la forma,
de gozar más de esta vida corta.

Sufrimos por los que sufren,
gozamos pequeñas glorias,
soñamos un mundo bueno,
para propios, para ajenos,
peleamos en mil batallas,
ardimos en mil hogueras,
y aunque vivimos cansados,
siempre estamos renaciendo.

Nuestros sueños son tan breves,
gigantesca es nuestra hazaña,
sabor del pequeño logro,
manjar de las emociones,
bebemos de las pasiones ,
sufrimos las decepciones;
relinchamos como potros
cuando sufre algún hermano,
y allí vamos, relucientes,
a sacarles sus gusanos.


Somos nadie, aunque sabemos
que en la nada siempre hay mucho,
nos gusta encontrar tesoros
ocultos en basurales,
nos sentamos en umbrales
a gozar de lo que pasa,
y a viajar por todo el mundo
en la puerta de tu casa.


Somos gente del montón,
uno más del pasamanos,
que vivimos con la euforia
de abrazarnos entre hermanos.


A.L., X-XI-IX


Este poema es un "estreno en simultáneo" con La Cofradía para una propuesta de este querido blog abierto y colectivo. Lo reproduzco también en este espacio para asegurarme de que lo lea Marisa Peña, querida y admirada cófrade, y para compartirlo con los amigos en común aquí y allá. Espero hacerte llegar, querida Marisa, un poco de primavera rioplatense a tu otoño madrileño, que aunque sea melancólico, sabes vestir de belleza con tus palabras.








domingo 1 de noviembre de 2009

Inercia inerte



¿Será posible salirse de la atrofia
del vacío de los años huecos,
de tantos días de ilusiones secas,
de tantos siglos de venas y serpientes
que devoran y anudan la garganta?


Con las manos enredadas,
y la boca cicatriz
de un viento de horrores
mudos e invisibles
¿Será posible enderezarse
y caminar entre las llamas,
con el grito apagado,
las ganas devastadas,
los sueños traicionados,
los abrazos a la nada,
pegadas las ausencias,
atorados los silencios?


Con la frente marchita,
con la frente espantada.


Porque la poesía es a veces un dardo certero que se clava en el alma, porque a veces es desagarro y otras vuelo, quiero dedicar este poema a Claudia Isabel, que tanto sabe de estas cosas, y tan bien las pone en palabras.


Ilustración: aaaahh 2, de J.Jesús Fernández

domingo 11 de octubre de 2009

Lucy, en el barrio...

Este post va dedicado a Alicia M, por que siempre le gustaron mis historias, las reales e inventadas, por ser incondicional, por alimentar mi imaginación desde el día en que nací, por ser la persona más buena que conozco, por haberme enseñado a ser bueno, por concinar como nadie en este mundo, y por ser mi madre, con todo lo que eso significa para cualquier ser humano sensible.







La Lucy era la hembra más deseada del barrio cuando acariciaba la vereda flameando su cintura, y los volados de su falda saludaban a las baldosas. La Juanita la miraba por los entresijos, a escondidas, porque desde sus catorce septiembres a punto de estallar en brotes, quería ser como ella. La imitaba en el peinado frente al espejo del baño, se acomodaba la vincha con cuidado, estirando hacia atrás su cabellera platinada imaginaria y coronando su sien derecha con una rosa artificial al estilo del capullito de rosa fresca a medio abrir que usaba la Lucy.

Todas las mañanas, mientras los ojos de la Juanita se hacen líneas tras la persiana de su cuarto, Baldi, su padre, toma mate en la cocina y también la ve pasar a la Lucy, y como quien observa el estado del tiempo, le roba los ojos celestiales al vuelo, fija la mirada en el fresco capullo a medio abrir e imagina obscenidades, siente su aliento tibio en el cuello, su piel tersa vibrando como el parche de un bombo, y lo despierta del ensueño prohibido el grito de Martha, clamando por el trapo de piso abandonado bajo la pileta donde duermen marchitos los platos sucios de anoche.

La Lucy pasa abstraída, se acomoda un mechón bajo la vincha, mientras su cuerpo baila, ajeno, la danza del instinto. Ella sueña que esa noche pasará a buscar a su enamorado, el joven estudiante, y lo sorprenderá arrastrándolo a una noche de intimidad en el departamento de la amiga que esa noche se va, pero no sabe que esa misma mañana el joven estudiante se despidió de su padre, el viudo, confirmándole que iría a cenar a casa. Por eso, el viudo se tomó su día jubilado para preparar la cena como un auténtico evento. El viudo sabe que su hijo está pronto a volar, y ya que el tiempo no se rebobina y se vuelve a pasar como una vieja cinta de video, disfruta de cada una de sus conversaciones nocturnas con el joven estudiante. No hablan de nada especial, el joven estudia arquitectura, la carrera que el viudo nunca terminó, el padre pregunta qué aprendió el hijo ese día, el joven le explica apasionado, y luego cambiarán opiniones sobre arte, historia, política, y terminarán recordando alguna anécdota en blanco y negro, reirán, harán sobremesa y se irán a dormir saboreando una escena que un día inexorable bajará de cartel definitivamente. Y entonces repiten siempre ese ritual que cada vez se vuelve único.

Baldi se levanta de su silla sacudido por el grito de Martha, su mano pesada fija el mate sobre la mesa y arranca al trapo de piso de su letargo, mientras la Juanita se escabulle al cuarto de sus padres, para tomar un vestido de Martha y contemplarse imitando a la Lucy frente al espejo en la puerta abierta del ropero de su madre. Piensa que Federico, el chico de tres bancos adelante del suyo, ni miraría a la insulsa esa de la Mariana si ella, la Juanita, fuera como la Lucy. Y entonces su padre pasa ahorcando al trapo de piso, y la ve de reojo a la Juanita, da dos pasos y retrocede como quien vio algo desacomodado, y la sorprende a su niña transfigurada en la Lucy, y empalidece y lo atraganta la angustia muda y helada de una visión infernal. Se diría que quiere hacer la cruz con los dedos, su mirada desorbitada clavada en la vincha y el capullo pecaminosos, pero se rearma y pregunta con firmeza: “¿Qué hacés?”, a lo que la niña responde, lógicamente, un "nada" que la entrega ante la vergonzante evidencia. “Dejá de desordenarle el ropero a tu madre y andá a preparar tus cosas”, ordena lacónico, y archiva como puede la visión espantosa de su hija metiéndose en la piel de la Lucy, y esconde sus pensamientos sucios como quien oculta una evidencia criminal.
Y el día transcurre.

Esa noche, la Lucy pasará sorpresivamente por la facultad a buscar al joven estudiante, a este se le iluminará el rostro al verla tan hermosa y feliz de encontrarlo, pero a la media cuadra de caminar juntos, la noche se les vendrá encima cuando él le diga que no podrán pasar la noche juntos porque tiene que ir a cenar con su padre, y ella le dirá que el departamento de la amiga está libre sólo esa noche, y él se estremecerá de deseo, pero no podrá romper el ritual ni el corazón de su padre el viudo, que no le diría nada, pero contemplaría desolado el plato frío de su hijo, y se iría a dormir seco, vestido de otoño triste. Y entonces la Lucy se despedirá enojada, y se irá a dormir sola, y hasta regará la almohada de su amiga con alguna lágrima desolada. Pero antes, pasará otra vez como un ángel inesperado por la ventana de la Juanita, de Baldi, de Martha, y los tres desviarán la mirada del televisor cuando ella arroje el capullo abierto de rosa sobre la vereda; y mientras Baldi y Juanita vuelvan a mirar al plato como en un pacto de silencio, Martha seguirá con la mirada la danza nocturna de la Lucy, y dirá con rictus resentido “pobre el hijo del viudo López, esta nenita anda provocando a medio barrio, y seguro que se revuelca con el primero que se le cruza: mirá a qué horas anda yendo y viniendo, vestida siempre como una atorranta”. Baldi y la Juanita no contestarán, y se sincronizarán para volver a atraer a Martha hacia las tentadoras costas de la estupidez televisiva. Y seguirán comiendo las costillitas de cerdo, que las manos fuertes y nudosas aunque delicadas del carnicero, habían limpiado, como siempre, de todo resto de grasa con habilidad y dedicación especialmente para Martha, mientras los ojos la mordían con la mirada. A Martha le gusta ese coqueteo porque le asegura la mejor carne para el Baldi, pero no puede evitar la asociación entre carne y carne, la torpe metáfora del pecado. “¿Y si lo hiciera?” Pero sabe que nunca lo hará, porque el barrio se daría una panzada con su caída. Al terminar la cena, la Juanita pedirá solícita ir a sacar la basura, y recogerá de la vereda el maltrecho capullo que arrojó la Lucy.


Y al llegar a casa, el joven estudiante abrazará a su padre como si hiciera mucho tiempo que no lo viese, elogiará las brochettes que pacientemente el viudo preparó en la parrilla del patio, hablarán de cómo las hacía la difunta madre, y el viudo le contará a su hijo que encontró la vieja receta que la mujer guardaba. Y se pondrá un poco triste, balbuceará intentando cambiar de tema sin querer hacerlo, y los dos hombres se sentirán solos y desamparados, hasta que el más joven encuentre en el fútbol la gambeta justa para eludir a los fantasmas, y en la malasangre del comentario deportivo, renacerán en carcajadas, y habrán rescatado la escena otra función más.


Y esa noche, todos ellos se irán a dormir pensando en lo más deseado, en lo cercano pero inalcanzable, en esas cosas que nunca podrán tener.









martes 6 de octubre de 2009

Para no morir




Hoy no quiero que mi voz interrumpa a la suya. Hoy no quiero hablar de mí, o de nosotros, o de todo lo que significó Mercedes Sosa para nuestra generación, para nuestro país, para nuestra historia, para nuestra cultura, para nuestro continente. Hoy sólo quiero callar y escucharla, por siempre, y dejar que las canciones a las que le dio alma hablen por mí.



Zamba para no morir


Romperá la tarde mi voz
hasta el eco de ayer
voy quedándome sólo al final
muerto de sed, harto de andar
pero sigo creciendo en el sol, vivo


era el tiempo la flor
la madera frutal
luego el hacha se puso a golpear
verse caer, sólo rodar
pero el árbol reverdecerá, nuevo


Al quemarse en el cielo la luz del día, me voy
con el cuerpo asombrado me iré
ronco al gritar que volveré
repartido en el aire al gritar, siempre


Mi razón no pide piedad
se dispone a partir
no me gusta las muerte ritual
sólo dormir, verme borrar
una historia me recordará, vivo


veo el campo, el fruto, la miel
y estas ganas de amar
no me puede el olvido vencer
hoy como ayer, siempre llegar
en el hijo se puede volver, nuevo


Letra: Hamlet Lima Quintana
Música: Ambros- Rosales



En http://www.mercedessosa.com.ar/marcosmaster.htm, la página oficial de la Negra, pueden leerse mensajes llegados desde todas partes del mundo, que testimonian de manera elocuente y conmovedora el legado que dejó esta artista querida, inmortal e irrepetible, que supo ser la voz de un continente.






martes 29 de septiembre de 2009

Reflejos

Este post está dedicado a Bel M, entre tantas cosas, por que tiene su inconfundible estilo. Y de paso, le da la bienvenida a Santi, por los plagios, las sincronías y el video de Las meninas que nos hipnotizó a los dos en estos últimos días.
Diego Velázquez, Las meninas (1656) Museo del Prado
Una primera ojeada al cuadro nos ha hecho saber de qué está hecho este espectáculo a la vista. Son los soberanos. Se les adivina ya en la mirada respetuosa de la asistencia, en el asombro de la niña y los enanos. Se les reconoce, en el extremo del cuadro, en las dos pequeñas siluetas que el espejo refleja. En medio de todos estos rostros atentos, de todos estos cuerpos engalanados, son la más pálida, la más irreal, la más comprometida de todas las imágenes: un movimiento, un poco de luz bastaría para hacerlos desvanecerse. De todos estos personajes representados, son también los más descuidados, porque nadie presta atención a ese reflejo que se desliza detrás de todo el mundo y se introduce silenciosamente por un espacio insospechado; en la medida en que son visibles, son la forma más frágil y más alejada de toda realidad. A la inversa, en la medida en que, residiendo fuera del cuadro, están retirados en una invisibilidad esencial, ordenan en torno suyo toda la representación; es a ellos a quienes se da la cara, es hacia ellos hacia donde se vuelve, es a sus ojos a los que se presenta la princesa con su traje de fiesta; de la tela vuelta a la infanta y de ésta al enano que juega en la extrema derecha, se traza una curva (o, mejor dicho, se abre la rama inferior de la X) para ordenar a su vista toda la disposición del cuadro y hacer aparecer así el verdadero centro de la composición, al que están sometidos en última instancia la mirada de la niña y la imagen del espejo.
Pablo Picasso, Las meninas (1957) Museo Picasso de Barcelona
Este centro es, en la anécdota, simbólicamente soberano ya que está ocupado por el rey Felipe IV y su esposa. Pero, sobre todo, lo es por la triple función que ocupa en relación con el cuadro. En él vienen a superponerse con toda exactitud la mirada del modelo en el momento en que se la pinta, la del espectador que contempla la escena y la del pintor en el momento en que compone su cuadro (no el representado, sino el que está delante de nosotros y del cual hablamos). Estas tres funciones "de vista" se confunden en un punto exterior al cuadro: es decir, ideal en relación con lo representado, pero perfectamente real ya que a partir de él se hace posible la representación. En esta realidad misma, no puede ser en modo alguno invisible. Y, sin embargo, esta realidad es proyectada al interior del cuadro —proyectada y difractada en tres figuras que corresponden a las tres funciones de este punto ideal y real. Son: a la izquierda, el pintor con su paleta en la mano (autorretrato del autor del cuadro); a la derecha el visitante, con un pie en el escalón, dispuesto a entrar en la habitación; toma al revés toda la escena, pero ve de frente a la pareja real, que es el espectáculo mismo; por fin, en el centro, el reflejo del rey y de la reina, engalanados, inmóviles, en la actitud de modelos pacientes. [...]

Salvador Dalí, Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas eternizada por seis córneas virtuales provisionalmente reflejadas en seis espejos verdaderos (1973) Teatro-museo Dalí de Figueres

Quizá haya, en este cuadro de Velázquez, una representación de la representación clásica y la definición del espacio que ella abre. En efecto, intenta representar todos sus elementos, con sus imágenes, las miradas a las que se ofrece, los rostros que hace visibles, los gestos que la hacen nacer. Pero allí, en esta dispersión que aquélla recoge y despliega en conjunto, se señala imperiosamente, por doquier, un vacío esencial: la desaparición necesaria de lo que la fundamenta —de aquel a quien se asemeja y de aquel a cuyos ojos no es sino semejanza. Este sujeto mismo —que es el mismo— ha sido suprimido. Y libre al fin de esta relación que la encadenaba, la representación puede darse como pura representación.

Michel Foucault, Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas. traducción de Elsa Cecilia Frost. Buenos Aires, Siglo XXI, 1968.

video

Las meninas (museo virtual) 3 D http://http://www.youtube.com/watch?v=_B91T6bomh4

miércoles 23 de septiembre de 2009

La voz humana

Para continuar festejando los dos años de Goliardos en la ruta, en la medida de lo posible e inspiración mediante, me propongo obsequiar con entradas dedicadas a lectores que han alentado especialmente a este blog. Ésta primera entrada es para Carmen-Medialuna, simplemente porque merece cualquier gesto afectuoso por ser siempre maravillosa, pero además, porque este texto me evocó sus bellísimos relatos breves, a los que ella define muy bien como prosa poética.

Había caminado tantas cuadras porque estacionó más lejos como para postergar el momento, saborearlo un poco más y no precipitarse en la decisión final. No podía dejar de pensar en todos los inconvenientes que le había generado esa decisión, y que no dejaban de parecerle sobredimensionados, ya que él estaba absolutamente seguro de lo que estaba haciendo, del paso que estaba por dar, y del rumbo que tomaría su vida desde ese momento. Hacía por lo menos dos semanas que ni se tocaba con su esposa, ella se limitaba a darse vuelta cada noche para llorar en silencio, herida en el alma como un gorrión alcanzado por la piedra infantil de una honda mortífera. Ya ni se hablaba del tema, el silencio del resentimiento inundaba los almuerzos y las cenas. 30 años de matrimonio parecían irse cuesta abajo por un capricho, pero él estaba seguro de hacer lo indicado. Ahora, con los hijos casados, ahora que podían disfrutar de la vida a los 50, él se desviaba por su propio camino, aparentemente ciego de los proyectos en común con ella. “Habíamos decidido ahorrar para cambiar el auto”, había reclamado hasta el hartazgo ella, “no, nos fuimos de vacaciones los dos últimos veranos, y ahora vos venís a gastarte los ahorros en algo que es para vos solo y que es claramente una pasión pasajera”. Incluso ella le recordó que se había privado de aquel hermoso vestido de seda que se había querido comprar para el casamiento de la sobrina, y que ni se quejó de privarse del único gusto que se daba durante el año. Él apenas la calmó diciéndole que los próximos ahorros se los gastara en lo que ella quisiera sólo para ella, que nada más era cuestión de conformarse con lo que tenían por un tiempo extra, pero mientras tanto él necesitaba hacer eso porque estaba seguro de que le iba a cambiar la vida para bien, aunque desde ya significara un gran gasto y ninguna ganancia, más que la espiritual. Y entonces ella cerró la cuestión en que el problema no era el gasto, sino que se obstinara en un capricho egoísta que la ignoraba a ella por completo. “Me importa no importarte”, había sentenciado como decapitándolo.
Y entonces llegó a la puerta del lugar y entró.
Miró, probó, eligió uno usado en buen estado como para él, lo pagó, se lo llevó. Llegó a su casa lo sacó, lo tomó en sus brazos como bailando en el aire, se sentó ágilmente en una silla como aterrizando, separó sus piernas, lo acarició suavemente con el arco, y escuchó triunfal y extasiado el sonido de la voz humana. Lo abrazó, lo apretó contra su pecho y respiró profundo, y no fue una pasión pasajera, le dedicó cada uno de sus minutos libres, al precio de ya no dormir con su mujer, quien después de todo terminó aceptando que el cello se había convertido en su terapia, y que era mucho más sano que cualquier otro vicio.
Es cierto que nunca llegó a tocar de un modo aceptable, sino más bien todo lo contrario, pero él se conformaba con acompañar piezas que le gustaba escuchar y que trataba de aprender y ejecutar sobre la grabación, tratando de seguir la partitura seriamente, lo que en general empeoraba la cuestión. Tomó clases, y fue un estudiante dedicado (aún lo es), y aunque nunca será concertista, sus vecinos deberían saber comprender y tener algo más de sensibilidad antes que juntar firmas para denunciarlo. Quizás harían mejor gastando sus ahorros en comprarse violas y violines para tratar de hacerle el necesario contrapunto todos los días, de ocho a diez y media de la noche, a la hora del noticiero y del show de los imbéciles, una y otra vez la misma pieza, hasta que suene como nos guste.
Ilustración: Los músicos, de Raúl Soldi

viernes 18 de septiembre de 2009

Nacer o no haber nacido

Un día cualquiera de hace ya demasiados años, a la última hora de una jornada cualquiera de trabajo, rutinaria, aburrida y estresante como tantas otras jornadas de trabajo de oficina, una compañera se me acercó a despedirse hasta el día siguiente, como todos los días. Pero esa vez no me dijo lo de todos los días, sino otra cosa que ahora intentaré reconstruir. Dijo: "Yo tengo por costumbre elegir una película para cada persona...", y demás está decir que me intrigó para dónde iría el discurso. Continuó: "Suelen ser películas que a mí me gustan, y que las asocio con esa persona por algo en particular". Me siguió intrigando, sin saber si hablaba en serio o saldría con alguna broma. Javiera, la compañera en cuestión, no era muy demostrativa, y por el contrario, a veces podía ser muy ácida atacando con la más mortífera de las armas: una inteligencia filosa como el borde de una hoja de papel. El gusto cinematográfico (y artístico en general) de Javiera siempre fue particular y exquisito, desde el viejo cine de historias bien contadas, hasta el cine independiente de pequeñas historias y poco diálogo. Por alguna razón, si bien yo respetaba mucho su criterio, nuestro gusto siempre se desencontraba, fundamentalmente cuando yo, torpemente, intentaba iniciar un diálogo sobre alguna película que a mí me había parecido grandiosa: Javiera la había visto y le había parecido un bazofia. Y para colmo esgrimía argumentos sólidos que me replegaban en un modesto y simple, "bueno, pero a mí me encantó igual". Por consiguiente que me planteara una cuestión alrededor de alguna película, casi podría decirse que me ponía en guardia como pretendido cinéfilo que soy. "Por supuesto que tengo una película para vos, y la dan esta noche por televisión, tenés que mirarla."
Caramba, ¿qué película me habría elegido?¿Cómo me vería mi ácida compañera? Ensayé alguna tonta humorada y pregunté si era la historia de un pobre hombre esclavizado en una oficina, sin horario de salida. "Se llama Qué bello es vivir", prosiguió, " no te olvides de verla, esta noche a las..." Y me dejó clavada la intriga, hasta el momento indicado, sin entender qué estaba haciendo yo a esa hora frente al televisor, buscándome en una película que alguien había decidido que tenía que ver con mi persona.
La película está acá abajo, por eso voy a ahorrarme contarla. Simplemente diré que quien no la haya visto, tendrá que hacerlo (no vean lo de abajo, ¡es el final!), porque es mi película, porque Javiera tenía razón. Es decir, no sé si seré tan bueno como su protagonista (francamente no lo creo), pero sí me pasaba y me pasa lo mismo que a él: quizás muchas veces no me doy cuenta de que en realidad todos influimos en la vida de otras personas, y hasta incluso lo hacemos para bien, pero somos incapaces de verlo, y en lo que a mí respecta, muchas veces se me ocurre pensar que el mundo no sería distinto, no sería peor de lo que es, si yo no hubiera nacido. Y sencillamente, a veces es maravilloso sentir que no es así. Esa noche lloré, como vuelvo a llorar cada vez que veo esta secuencia, porque Javiera se ganó mi corazón desde aquel día, y aunque andamos bastante desencontrados por la languidez del tiempo que nos lleva y nos trae, yo sé que a veces pasa por acá aunque no deja huella, y sueño con que esta vez lo haga, para que sepa, por si no se lo dije nunca antes, que "elegirme" esta película fue el regalo más bello que me hicieron, más allá de la hermosa película en sí, por el hecho de sentir que otra persona pudiera identificarla conmigo.
Hoy quiero regalarles esta película a todos ustedes, los lectores habituales y amigos a la distancia, los amigos de toda la vida, los alumnos y ex alumnos, los familiares, los hermanos, los goliardos que imaginé así, en plural, cuando comenzó este experimento sin rumbo, porque nuestra ruta es la de los descubrimientos. Hoy Goliardos en la ruta cumple dos años, porque un 18 de septiembre de 2007 salí a caminar por un sendero incierto y vacío, y ustedes lo habitaron y le dieron sentido a ese plural del nombre. Y hoy me hace feliz que estén los que están, compartiendo con generosidad y calidez cada uno de los torpes bosquejos que intenta esta mano vacilante.
Hoy me toca a mí hacerles este regalo, porque así como aquella vez Javiera me hizo sentir George Bailey, todos ustedes durante estos dos años han dado vida a esta casa con su magia milagrosa, esa que muestra esta escena inolvidable.
¡Qué bello es haber nacido!
Brindo junto a ustedes, entonces, mientras suena una campana y un ángel se ganó sus alas.

miércoles 26 de agosto de 2009

Grito pelado

No es ningún secreto para mí, que tengo un odio visceral contra el paso del tiempo. Es cierto que depende de uno hacer de esa cuestión algo productivo, pero mientras a veces a nuestro tiempo lo invertimos en sobrevivir a duras penas (léase trabajar como un esclavo) y en disfrutar el tiempo restante todo lo que se pueda, el tiempo sigue pasando para el resto del universo, y mata gente, y escupe guerras lejanas y angustias cercanas, y a la larga se nos hace inevitable ir sintiendo este transcurrir como pura pérdida. En relación con esta visión negativa, una de las facetas fútiles de este devenir temporal es su manifestación física, los signos corporales del paso del tiempo. Concretamente, me estoy refiriendo a la gráfica escena de mirarnos en el espejo y encontrarnos con los signos del paso de los años en nuestro rostro. En este caso, mi relación con el tema es más contradictoria, o más bien variable de acuerdo a cada signo en particular. Me explico: algunos signos no me preocupan en lo más mínimo o muy poco, como ciertas arrugas faciales; hasta podría establecer una “tabla de cotizaciones”. Por ejemplo, las arrugas de la frente cotizan tan poco en mi preocupación o rechazo, que hasta diría que pueden llegar a ser motivo de orgullo al ser signo de otra cosa, algo que se podría expresar en la desmañada frase “frente arrugada, frente pensada”. Algo similar me ocurre con las célebres “patas de gallo”, signo inequívoco de la risa. Un caso muy diferente, en cambio, es el de la detestable papada, especialmente cuando ésta no es producto del sobrepeso, y más bien es un desplazamiento cutáneo que comienza a desprenderse de la mandíbula. En otras palabras un asco que no parece asociarse con nada bueno o digno de orgullo. Retornando al terreno de lo inocuo, mi relación es excelente con las canas, aunque no hay apuro por que se hagan dueñas de todo el terreno craneal. Las canas de las sienes, también conocidas como “las nieves del tiempo”, me resultan interesantes, además de leperianas, y me levo bien con las de la barba en el mentón, que me empeño en no rasurar, y hasta a veces dejar crecer bastante. Es claro que confieren una cierta dignidad de héroe o de poeta. Pero en el otro extremo, la calvicie es sin dudas algo insoportable e inaceptable, casi diría que oprobioso. De nada sirve haberse preparado toda la vida mirando a los calvos de la familia, uno siempre termina teniendo la esperanza de zafar, y se cuida, cambia el shampoo cada tanto, se hace masajes, busca cepillos especiales, recurre a medicamentos y hasta es capaz de ¡hacer dietas! Pero la calvicie resulta ser el más despiadado e implacable signo del tiempo. Y lo peor en mi caso, no es la calvicie que nace en la frente, ya que tampoco me molestan las famosas “entradas”, lo mío siempre vino por la coronilla, ya que padezco de la no menos célebre “calva de monje o de novicio”. Esta ruin forma de la calvicie es artera, ya que al mirarnos en el espejo por las mañanas, nos vemos la frente coronada de un flequillo al que a veces hasta nos cuesta acomodar. Si bien es cierto que en ocasiones se siente más intensamente el frío en aquellas alturas, al pasarnos la mano sobre la cabeza, sentimos la presencia de una pelusa que nos hace creer que es pelo que cubre el cuero cabelludo (no advertimos, sin embargo, que también tocamos piel). Entonces, el peor enemigo es la siniestra combinación de espejos enfrentados, que nos permite vernos reflejados desde atrás. Esta escena es mucho más pavorosa si le sumamos un reflector desde el techo que ilumine justo la indigna aureola de piel desnuda. Varias veces, en ascensores casi vacíos, estuve tentado de gritar de horror ante mi horrible visión de mí mismo: es espantoso, de pronto, darse cuenta que uno no se reconoce a uno mismo, en esa miserable desnudez. La fotografía suele actuar también como aliada de esta ignominia, aunque también hay que decir que los buenos amigos nos retratan preferentemente de frente, con la cabeza algo echada hacia atrás, mentón en alto, con aire de emperador. Y también es cierto que otra gente, quizás por simple impericia, captura nuestra imagen con la cabeza gacha, y nos clava un puñal, en este caso, en la calva. Hace algunos días, una alumna (que es muy buena chica y sé que lo hizo con la intención de llevarse un recuerdo de su último año en la escuela) me tomó una fotografía por sorpresa en el aula, justo cuando estaba por sentarme, con la cabeza baja, apuntando mi majestuosa boina de piel hacia la diminuta pero feroz lente de la cámara digital. El colmo del mal gusto se completó con la publicación en Facebook de esa foto, entre otras imágenes de un simple día de clases, de profesores y compañeros. Desde entonces, creo que no volví a pasar por allí. En cuanto a los demás signos corporales, digamos, del cuello en menos, el crecimiento de las mamas o mastitis me da un poco de risa a mí, que siempre fui delgado, pero me confiere un plus de la caja torácica que siempre eché de menos en mis años mozos de alfeñique. En cuanto a la barriga, es una compañera de mil batallas y banquetes, aunque es bastante modesta, y aún me dicen que soy flaco, excepto mi hijo, que es escuálido y cree acicatearme acusándome de obeso (es claro que el pobre atraviesa la plenitud de sus años mozos de alfeñique que heredó de mí). Lo demás, es silencio. Las manos, en cambio, se llevan todo mi aprecio por su lozanía de hombre que lava los platos muy pero muy de vez en cuando, y que no las usa como herramientas de trabajo más que en este momento, o al corregir. Mis jóvenes aunque adultas manos aún lucen las uñas desparejas carcomidas por la ansiedad, pero así eran desde mi infancia. Y son lo que más miro de mí mismo durante el día. Será por eso que a veces me creo niño, mirando mis adultas manos. Será por eso que, cada tanto, especialmente cuando estoy cansado, me tiro a dormir una siesta, mientras dejo que mis brazos, guiados por mis manos, se vayan a pasear un rato, y entonces abren la puerta, salen a la calle, y se trepan un buen rato al árbol seco que tengo en mi vereda. No hay problema, cuando se aburren vuelven, se prenden a mi cuerpo, me despiertan, me llevan hasta el teclado, y se ponen a escribir tonterías como esta.

martes 4 de agosto de 2009

Emilio Lunadei

Fue el hombre más bueno y silencioso que recuerda mi infancia. Albañil frentista de oficio, nació en 1905 o 1906, y militó en el Partido Comunista Italiano en tiempos de Mussolini. Lo poco que sé sobre él me fue contado a retazos por mi abuela, mi padre y mi madre. Sé que quedó huérfano a los 6 años de edad, y que desde entonces tuvo que trabajar para sobrevivir. Fue partisano durante la Segunda Guerra Mundial, y realizó actividades clandestinas por esos años. Ni siquiera sé la fecha exacta de su llegada a este país, sólo sé que nunca habló bien esta lengua y que aún resuena su acento romano en mi memoria. Me gustaba hablar con él, tanto, que no me daba cuenta de que no hablaba mi mismo idioma; lo descifraba y lo escuchaba como se escucha a un héroe, aunque él mismo nunca se haya propuesto serlo, porque yo sé que el recuerdo le dolía, porque no sabía lo que era la vanidad que desconocen los grandes corazones. No había podido estudiar, apenas sabía leer y escribir, pero para mí, su palabra era experiencia de vida y sufrimiento, era para mí un pedazo de la historia que se escribe anónimamente y en silencio. Quizás por todo eso él no quería hablar de la guerra. Una sola vez, ante mi insistencia, me contó una historia de aquél tiempo: Por aquellos años, mi abuelo y mi abuela fueron a cenar a la casa de unos amigos que tenían dos hijos varones, de la edad de mi papá. En el camino se detuvieron a comprar algún regalo para los niños, y les llevaron uno autito de juguete a cada uno, unas pequeñas réplicas metálicas de los yeep de esa época. El regalo fue recibido con emoción por los niños, quienes se entretuvieron jugando con mi padre y los autitos durante toda la noche, en una cena tranquila, amena e inolvidable que prometió repetirse pronto. Dos días después ese barrio fue bombardeado. Desolados, mis abuelos fueron a la casa de sus amigos, y solo encontraron un montón de escombros. Caminaron sobre las ruinas, sabiendo que debajo de ellas estaban los restos de la familia. Y reluciendo sobre el monumento macabro, brillando intactos al sol, encontraron los dos autitos, como si alguien los hubiera colocado prolijamente allí, para que griten su silencioso horror. Nunca más le insistí a mi abuelo para que me contara alguna historia de la guerra. Su vida en Argentina no fue mucho mejor, y estuvo lejos la promesa de prosperidad que había traído a mi abuela, y que lo terminó arrastrando a él y a su hijo a un exilio absurdo. Poco antes de que yo naciera su suerte pareció cambiar cuando dos compatriotas le ofrecieron asociarse a ellos para montar un corralón de materiales para la construcción. Emilio era por naturaleza confiado, y no prestaba atención a los papeles que le hacían firmar. Finalmente, un día uno de sus socios se fugó, con la esposa del tercero y el dinero mal habido obtenido con la firma de mi abuelo. El nonno Emilio, para mí el nonno, a secas, no dejó nunca de trabajar, colgado de los andamios, como frentista, hasta que un día, cuando yo era recién nacido, cayó de un andamio y se quebró un tobillo, y desde entonces no pudo volver a trabajar de albañil. Para mí él no tenía familia, de hecho, el único contacto que tuve con familiares italianos vino por parte de mi abuela, cuya prima, la maravillosa tía Adamante, ayudó dando trabajo y techo a mis abuelos durante años. Los mejores momentos de mi infancia, mi paraíso perdido, los pasé en la casa de mis abuelos, primero en Lanús, luego en Burzaco, en una provincia de Buenos Aires donde los hombres mayores tomaban aire fresco sentados con sus sillas en las veredas, y los chicos jugaban a la pelota en la calle, y gritaban “auto” para correrse y dejar pasar al vehículo inoportuno que interrumpía el partido. En el jardín del fondo de la casa de Burzaco fui emperador romano, inspirado por las historias imperiles que siempre evocaba la nonna, y aún recuerdo mis ansiados despertares de fin de semana, escuchando al nonno cantar, desde su cuarto de trabajo, los tangos interpretados por Julio Sosa en radio Colonia, República Oriental del Uruguay. Se levantaba a las cuatro de la mañana, se hacía una bruscheta (tostada) que untaba con unas gotas de aceite, un poco de ajo y una sardina o anchoa, si la había, y la acompañaba con un tazón de café negro. Escuchaba la radio todo el día, y estaba al tanto de todo lo que sucedía en política y fútbol. No sé de qué equipo era simpatizante en Roma, pero en Argentina era fanático de Boca. Trabajaba desde el amanecer hasta la caída del sol frente a una máquina montada en la casa, en la hilaba bobinas de cobre para los secadores de pelo modelo cofia que fabrica Héctor Ubertini, el esposo de tía Adamante. Su tango predilecto era Cambalache, al que bramaba en un porteño –romanesco único en su estilo. Aún lo escucho cantarlo en mi recuerdo, y vuelvo a ser feliz, porque su canto me anunciaba que estaba en mi reino imaginario, mientras la nonna batía con mano enérgica dos yemas de huevo y azúcar (hasta conformar una pasta espesa y casi blanca), mi desayuno especial: lo que ella denominaba cócoro, y que años después supe que era el sambayón, aunque claro está, sin agregar whisky. En el año 1975 mi padre ganó el premio Moliere que entregaba la embajada de Francia en Argentina, con el auspicio de Air France, por su labor como Pantaleón en Arlecchino servidor de dos patrones de Carlo Goldoni. El premio incluía un pasaje abierto a París, y a papá se le presentó la oportunidad de volver a Roma. Por esos años supe que había familiares en Italia, llegué a ver una foto de ellos, pero nunca me quedó clara la filiación. También supe que ellos estaban ayudando a tramitar la jubilación del nonno, una pensión extraordinaria que terminó recibiendo años después, como héroe de guerra. Pero papá finalmente no viajó nunca a París ni a Roma. En cuanto a mí, crecí y me alejé de Burzaco, y cada tanto regresaba en las fugaces visitas que papá hacía a la casa de sus padres. Muy atrás habían quedado los tangos de Julio Sosa, la casa del jardín, y los paseos a comprar el pan de la mano del nonno, y mi adolescencia rebelde me apartó también de papá, y del vínculo con la casa de los abuelos. Más tarde me casé y me fui a vivir a la Provincia, aunque a demasiados kilómetros de Burzaco. Cuando nació su primer bisnieto, mi hijo Lautaro, fuimos a visitarlo. Mi abuela había muerto hacía algunos años, y él alquilaba una casita mínima, delante de la casa de la propietaria, en el mismo terreno. Llegamos y no lo encontramos. Preguntamos a la mujer por él y nos dijo que a la tarde se iba caminando a pasear hasta la estación de tren. La mujer aprovechó su ausencia para comentarnos que estaba preocupada, porque si bien el nonno se veía saludable, por momentos no se daba cuenta de su edad avanzada y corría riesgos: últimamente se le había dado por pintar la casa, y consiguió una escalera para pintar el techo. La mujer temía que cayera desde la altura, aún desconociendo su accidente del andamio, años antes. “A ver si lo convence Usted, que es el nieto, porque a mí no me hace caso”, dijo la mujer transfiriéndome de inmediato su lógica preocupación. Cuando lo vimos le comenté la cuestión, se río y me dijo que no le hiciera caso a la mujer, era muy miedosa por naturaleza, él tenía cuidado y pintar lo entretenía. Le pregunté qué más hacía, cómo pasaba su tiempo, y me dijo que todas las tardes se iba a tomar unos tragos al bar de la estación “con los muchachos”. Se lo veía entero, pero sabíamos que a pesar de su contextura robusta y monumental, a lo que se agregaba su sobrepeso, arrastraba desde hacía años problemas bronquiales derivados de un último episodio triste de sus tantas desgracias. En los años en los que estaba tramitando su tan esperada jubilación, cuando mi abuela aún vivía, tuvo que ir al Departamento Central de Policía a renovar su cédula de identidad. Al iniciar el trámite, hicieron la investigación de rutina de antecedentes policiales, y surgió que había una causa abierta por la estafa del ex socio, muchos años atrás. Si bien mi abuelo era un damnificado más, todavía seguía figurando su firma en los cheques y documentos que ahora eran parte de la causa. Si bien se comprobó la absoluta inocencia de mi abuelo, que claramente había sido estafado, dicha comprobación le significó quedar detenido durante casi dos meses, en una oficina del Departamento Central de Policía. Nadie tuvo en cuenta su edad, y tuvo que dormir durante todo ese tiempo en el frío suelo de la oficina, usando un par de mantas como colchón. Cuando recuperó la libertad su salud ya estaba seriamente deteriorada, y si bien vivió varios años más, su enfermedad respiratoria se hizo crónica, aunque él la minimizara. Un día de invierno de 1990, durante el Campeonato Mundial de Fútbol de Italia, que tanto me evocaba al nonno, aquella mujer miedosa, la propietaria que tanto lo cuidaba a escondidas, llamó preocupada a mi papá para decirle que hacía unos días que Emilio no se levantaba de la cama. Papá fue a verlo, y lo encontró mal, se estaba dejando morir. Lo llevó sin pensarlo a vivir a su casa, le dio la atención que él no quería, estaba casi ciego por las cataratas que le habían provocado años de exposición al hilo de cobre de las bobinas (recuerdo que sus ojos llegaron a tener el color del cobre). Papá, de alguna manera, empezó a descubrir en su debilidad final, a aquel hombre sencillo, rústico y noble al que él había llegado a despreciar por rudimentario. En parte no le había perdonado nunca el abandono en la cubierta de aquel barco que lo trajo a la Argentina. Pero quizás llegó a comprender lo duro que había sido todo para su padre, a quien la vida no le había dado nunca la posibilidad de elegir su suerte. Llegué a verlo un día en la casa de papá. Le hablé un rato, pero parecía estar en otra parte, y ya no demostraba interés por nada. Me dijo que quería dormir un rato, y lo despedía con un abrazo y un beso inmensos, sintiéndome el niño que caminaba de su mano, pero él ya parecía no estar. Algunos días después desmejoró y papá lo internó en una clínica. Allí mostró signos de recuperación, y papá lo acompañó una tarde entera con él. Volvieron a comunicarse como lo habían hecho siempre, en romano, aquél dialecto que papá reservaba al diálogo con sus padres, que poco se parecía al italiano preciosista que papá hablaba muy bien, y que había perfeccionado tenazmente en su exilio. Aquella tarde, sé que papá recuperó su dialecto, sus pocos recuerdos felices de infancia, los viejos chistes y juegos de palabras que Emilio conocía muy bien, y que sus descendientes argentinos no comprendíamos, y papá sí. Volvieron las viejas anécdotas pintorescas que la guerra había aplastado, y de pronto el hijo se sintió por primera vez en su vida, cerca de ese padre al cual nunca había comprendido del todo. Volvió a su casa tranquilo por verlo recuperado y con total lucidez. Esa misma noche, un 24 de julio de 1990, Emilio murió mientras dormía. Recibí la noticia al llegar al trabajo, corrí hacia la clínica y llegué a ver como cargaban su cuerpo sin vida en la ambulancia. Del otro lado de la camilla estaba papá con mi hermano Valeriano, por entonces adolescente. Al verme, papá me estrechó en un abrazo, y se quebró en un llanto desgarrado, como nunca lo había sentido en mi vida. Guardé mis lágrimas para mostrarme fuerte ante papá, para contenerlo y consolarlo. Guardé mis lágrimas, estas mismas que hoy se vuelven palabras, y quieren volverse memoria...

lunes 13 de abril de 2009

La familia Lunadei: Roma-Buenos Aires, ida.

Como ya he dicho, la historia real que me dispongo a contar, no tiene aún escrito el final de su primera parte, la resolución de su primera trama. Por consiguiente, no quiero adelantarme por algún tiempo a lo que pudiera ocurrir. Pero por otro lado esta historia tiene una prehistoria, un largo capítulo 0 que se remonta a los orígenes de mi escasa familia paterna, un núcleo familiar de inmigrantes italianos que como algunos otros llegó a la Argentina después de la Segunda Guerra Mundial, en 1950. El núcleo familiar que emigró desde Roma a Buenos Aires era básico: mi padre, Giovanni Marcello, según rezaba su partida de nacimiento, quien para su familia, incluidos sus hijos, siempre fue Gianni; mi abuelo, Emilio Lunadei, el ser más honesto, luchador y bondadoso que he conocido en toda mi vida, y Ada Cerroni, una hermosa y seductora mujer de alta y robusta figura, de carácter fuerte y conflictivo, aunque solapado. La familia de Emilio, los Lunadei, era de origen humilde. Él nunca me contó nada sobre su familia, sólo sé que había trabajado con tesón desde su infancia, porque a muy corta edad había perdido a su padre y a su madre. Nació en 1906, por lo tanto, tenía 8 años cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Aún hoy no tengo idea si la muerte de sus padres tuvo algo que ver con la guerra, pero según mis cálculos, si mi abuelo trabajó desde niño, debe haberse quedado huérfano por aquellos años. La familia de Ada, mi nonna, tenía un origen aparentemente aristocrático, aunque por lo que deducimos, venido a menos, y hasta incluso, por lo que parece, de una rama bastarda. Mi abuela solía hacer alusión a esto con orgullo, pero ocultando o borroneando los detalles que la alejaban de títulos de nobleza que quizás su familia había ostentado, y quizás perdido. Creo que el padre de Ada era el hijo bastardo de un noble que "indemnizó" a la mujer (aparentemente mucama) a la que embarazó, otorgándole una pensión de por vida y todo lo que el hijo necesitara, exceptuando claramente cualquier aspiración a herencia de títulos nobiliarios (si esta no era la historia del padre de Ada, lo era de su abuelo). Los cambios políticos echaron por tierra esos títulos, pero claro que no ese espíritu aristocrático que siempre pervivió en Ada. Por lo pronto, a papá lo llamaba "il principeto", no metafóricamente, sino aduciendo su supuesta sangre azul, y haciéndoselo saber. El padre de Ada (hoy mi memoria pierde por completo su nombre), mi bisabuelo, se casó con una mujer llamada Adelle, mi bisabuela, a quien sí conocí de niño, siendo ya muy anciana y enferma de arterioesclerosis. No es un personaje al que recuerde con cariño. Tampoco lo hacía papá. La cuestión es que el padre de Ada fue combatiente italiano en la Primera Guerra Mundial, y según creo tuvo tres o cuatro hijos: un varón que murió de pequeño, quizás durante la guerra, una hermana mayor, fallecida joven, Ada y Bruna. Según creo recordar, mi abuela contaba que la hermana mayor se encargaba de llevar todos los días a ella, a Bruna y quizás al más pequeño, a la escuela todos los días; los vestía, les daba de desayunar, y al menor, en el apuro, le ponía a veces los zapatos al revés, y entonces él se quejaba de que le dolían los pies, caminaba lento y lo reprendían porque llegaban tarde a la escuela. Uno de los recuerdos más felices de la infancia de mi abuela es que en ese camino ella se demoraba un poco a zigzaguear en la columnata de Bernini, en la Plaza San Pedro, que quedaba de pasada en el largo camino a la escuela. Vi fotos que me mostró mi abuela, de las que ahora desconozco su destino, en las que se veía a mi apuesto bisabuelo en una carpa de campaña en algún lugar del frente de batalla. La ausencia de mi bisabuela en el cuidado de sus hijos, parece haberse debido a sus no convencionales ocupaciones para sobrevivir: según contaba papá, Adelle era casamentera en pueblos del interior, contactaba a mujeres adineradas pero no muy agraciadas y las conectaba con apuestos hombres humildes de Roma. Según papá, también tenía buenas aptitudes para regentear prostitutas, le gustaba el dinero, era codiciosa, un poco bruja, y también jugadora empedernida. En síntesis, la Celestina del gran Fernando de Rojas era una verdadera prefiguración que le encajaba como un traje a medida. Sumémosle a esto sus modos poco elegantes y desagradables que definitivamente aterrorizaban a papá de niño: él contaba que cuando paseaba tomado con ella por las calles céntricas de Roma, ella lo tomaba muy fuertemente con su mano fuerte y huesuda como una garra (que yo mismo años después experimenté), y de pronto lo apartaba un tanto, abría las piernas, y orinaba muy tranquilamente parada en la calle. Papá agregaba al relato su vergüenza y lógico asco, ya que en el frío invierno romano, no podía terminar de cubrirse de las salpicaduras del tibio orín de su abuela (no hago más que reproducir la anécdota casi en los propios términos en los que la contaba papá). MI bisabuelo, el esposo de Adelle, volvió de la guerra y llegó a viejo. Mi papá siempre insistió en que sus dos abuelos maternos vivían en su casa, cuando él era niño, y que un día el abuelo se encerró en el baño y se disparó un tiro en la boca. Él dijo haber escuchado la detonación y haber visto la reacción familiar, aunque no a su abuelo muerto, y a pesar de que le dijeron que había muerto de un ataque cardíaco, él recordaba perfectamente aquel sonido fatal. Muchos años después, mi propio padre eligió esa misma manera de quitarse la vida.

Fuera de toda esta mezcla de pintoresquismo y tragedia que tuvo la historia de Ada y mi padre, hay que agregar la militancia política de mi abuelo Emilio en el Partido Comunista Italiano en tiempos de Mussolini. Algo de toda esta historia, está contado en un post anterior de este blog titulado Gianni, publicado hace casi un año atrás. Resumo detalles contados allí en extenso. Desconozco cómo se conocieron Emilio y Ada, sólo sé que para cuando papá nació, el 2 de mayo de 1938 (aunque él siempre insistió en que había sido el 1°, día Internacional del Trabajo, para bromear y decir que el mundo entero se paralizaba en su homenaje), Roma estaba paralizada por la visita oficial de Hitler a Roma. Mi abuela tuvo un parto muy difícil en el que perdió litros de sangre y fue atendida por una guardia médica de emergencia. Ese día es evocado en la película Una giornata particolare de Ettore Scola. Revisando, años más tarde, periódicos de la época que mi hermano Valeriano heredó de papá, encontré cierta imprecisión, ya que, según parece, el abrazo entre Hitler y Mussolini que paralizó por decreto a la ciudad, ocurrió dos días después, con lo cual supongo que mi abuela fue internada un día con guardia de emergencia, el día del trabajador, y que permaneció internada varios días, debatiéndose entre la vida y la muerte, nuevamente atendida por otra guardia, la de aquél día particular. En ese detalle, el del hospital sin personal y el parto difícil, coincidían tanto mi abuela como papá. El resultado de este parto fue la pérdida de la matriz, lo que hizo que mi padre fuera hijo único y que siempre dijera que después de él habían roto el molde, y que había nacido triunfalmente con la matriz de su madre en la mano como el trofeo de lo irrepetible. Por aquellos tiempos, Emilio estaba clandestino e Italia combatía como aliada de Alemania. Desde ya, mi abuelo era oficialmente un desertor, y las patrullas fascistas venían a apresarlo. La mayoría de las veces Ada ignoraba el paradero de Emilio (quien entre otras actividades se trepaba a los postes de teléfono para cortar comunicaciones), pero en una ocasión aparecieron cuando él estaba allí. Improvisaron una salida: mi abuela dejó pasar a los agentes y revisar la casa, mientras mi abuelo se colocó en la cornisa del edificio, en el primer piso hacia la calle. Cuando los agentes revisaron el cuarto detrás de cuya ventana pendía mi abuelo, Ada se colocó sobre los vidrios, tapando a Emilio en el exterior. Afortunadamente parece que los agentes del gobierno no apostaron a nadie abajo, y que ningún transeúnte delató a mi abuelo, ya que vivían en el centro de Roma, cerca de la estación Termini, en la Vía Principe Amedeo. Es probable que los mismos vecinos hayan protegido a mi abuelo quien me consta que era muy querido y respetado por su coraje y sus convicciones. Sé que otra vez un portero colaboracionista (aunque amigo de mi abuelo) detuvo invocando influencias a una patrulla que quiso subir a investigar de dónde habían caído unos clavos miguelito (los que caen siempre con una punta hacia arriba) que papá había arrojado por la ventana mientras jugaba. Ambos hechos fueron de los pocos que contó el propio Emilio, y me fueron luego confirmados por papá y Ada. Emilio no hablaba habitualmente de sus actividades durante la guerra, sí en cambio lo hacía obsesivamente Ada. Ella fue la que me contó de los kilómetros que debía recorrer para conseguir alimentos, de cómo pasaban aviones en vuelo rasante que disparaban contra lo que se movía, de cómo al escucharlos mi abuela se protegía como podía tirándose bajo algún automóvil estacionado o metiéndose en un umbral. De esta última forma es como decía haberse salvado de las represalias que tomaban los nazis en Roma, cuando los partisanos mataban a algún soldado alemán, fusilando a los diez primeros romanos que pasaran por la calle. Ella fue quien me contó que recordaba a papá quizás a los tres o cuatro años, parado en su cama, muerto de terror, gritando Gli aeri ! (¡Los aviones!), bajo el estruendo de las sirenas antiaéreas y el rugir de los motores que se aproximaban. Por papá sé que en esos tiempos difíciles Ada y Bruna recibían hombres en casa, regenteadas por Adelle, quizás para conseguir la ración de huevo crudo con la que alimentaban por entonces a papá. Lo cierto es que toda esta situación no le pudo ser disimulada a Emilio cuando pudo volver, tras la caída y ejecución de Mussolini, y el matrimonio fue de mal en peor. Tengo huecos en la historia, pero tal parece que la actividad, al menos de Bruna, continuó (y se incrementó) con la llegada de los aliados norteamericanos. Papá recordaba que su casa fue usada como prostíbulo contando que una vez lo habían retado por jugar con unas "bolsitas" que estaban sobre la mesa de luz del dormitorio de su madre. Algunos años más tarde se dio cuenta de que eran que eran preservativos usados (nuevamente reproduzco su relato en sus propios términos). Las crisis durante la posguerra entre Emilio y Ada eran frecuentes, y una vez se reconciliaron y Emilio invitó a su esposa e hijo a festejar yendo a comer una pizza. No tardaron en llegar los reproches cruzados, hasta que Ada se levantó de la mesa intempestivamente y corrió hacia la calle, seguida por Emilio y papá, quienes vieron impávidos cómo se arrojaba al paso de un auto que le frenó a centímetros de la cabeza. Por aquellos años de la posguerra Bruna se casó con un próspero y acaudalado comerciante de origen judío que decidió venir a invertir e instalarse en la próspera Argentina de los años de Juan Domingo Perón. Bruna, parece que sin consultarlo mucho, tentó a Ada y a su madre Adelle, a que la siguieran. El matrimonio estaba casi destruido, y Ada quiso alejarse de Emilio llevándose a Gianni. Pero el hombre hizo uso de su patria potestad y se lo negó. Y entonces Ada se marchó de todos modos. Luego sigue un nuevo blanco en la historia, pero por lo visto deben haber tenido una reconciliación a la distancia, y Emilio decidió embarcarse con Gianneto, de 12 años, rumbo a Argentina. Desconozco aún las razones por las cuales finalmente Emilio no pudo viajar, pero parece haber surgido una complicación de último momento que lo retuvo en Italia. Decidió mentirle a papá y decirle que viajaban juntos. Lo llevó hasta el puerto de Nápoles, y lo acompañó hasta el barco. Y subió con él, lo presentó con un oficial, y cuando dieron el aviso de que las visitas debían abandonar la cubierta, este oficial tomó a papá del brazo mientras Emilio corría desgarrado y bajaba de ese barco, que unos instantes después partió, mientras Emilio agitaba su pañuelo llorando, pidiéndole perdón a papá por haberlo abandonado en aquél barco, prometiéndole que él se les iba a reunir en poco tiempo. Pero papá, en realidad, nunca lo perdonó. El oficial se encargó, según parece, de un modo muy particular de papá: y en el primer puerto lo llevó a un prostíbulo. Una vez a bordo, los muchachos mayores le robaban la comida y lo amenazaban. Ese viaje de entre 20 o 30 días fue un infierno para él. Aunque al llegar al puerto de Buenos Aires lo estaban esperando su madre, su tía y su abuela felices, papá no olvidaría ese calvario por el resto de su vida, y a ese viaje, más que a la guerra misma, le echó la culpa de su depresión muchos años más tarde. Quizás por ese viaje nunca más volvió a salir de la Argentina (salvo una o dos veces para cruzar a Montevideo, Uruguay), y no quiso volver nunca más a Roma, ni siquiera cuando en el año 1975 ganó el premio Moliere que entregaba la Embajada de Francia en la Argentina, con el auspicio de Air France. A pesar de que el premio incluía un pasaje por avión a París, y a pesar de que se había conectado con unos primos que seguían viviendo en Roma para viajar de París a Roma vía tren, nunca realizó ese viaje. Durante años sostuvo que no podía dejar su trabajo de actor, que lo obligaba a aprovechar una continuidad que podía terminarse y dejarlo desocupado. El argumento era débil, ya que se trataría de un impasse programado de un par de semanas. Años después me confesó, cuando yo viajé a conocer Roma, que él no podía regresar, porque la ciudad no había cambiado nada, y más que un viaje a través del océano, para él sería un viaje a través del tiempo, a la época más infeliz de su vida. "Yo sé que podría materialmente volver, simplemente no quiero volver, no puedo volver, no lo resistiría emocionalmente". Y no volvió nunca más desde aquél día en el puerto de Nápoles, como tampoco volvieron nunca mis abuelos, aunque en el caso de Ada, especialmente, murió añorando y soñando volver a ver a su amada Roma. Siempre repitió que todos los caminos conducían a Roma, pero ese refrán, quizás por diferentes motivos, no se hizo realidad nunca para ninguno de ellos.

sábado 4 de abril de 2009

Volver....

... como se vuelve del sueño o al sueño, como se vuelve a la risa, a la palabra o al silencio. Volver retomando el camino conocido de memoria, con los ojos cerrados, repasando el recuerdo. Vuelvo siendo el mismo y siendo otro, vuelvo confundido de alegría y de magia, repasando con la mente las palabras que diré, imaginando las caras y las respuestas de los amigos, saboreando el asombro compartido. Vuelvo confundido aún, pero seguro de querer volver. Vuelvo feliz y ansioso, esperando el trago fresco antes de empezar a narrar el asombro ante la vida real, que se empecina en volverse ficción. Vuelvo desbordante de palabras contenidas, mientras sigo esperando en el camino que esta historia que tengo para contar termine de escribir su primer capítulo. Y vuelvo sintiéndome pluma y tintero, de una mano, de un destino, que se empecina en escribir la historia y hacerme su instrumento. Apuro el paso, aclaro mi garganta, aunque todavía mi boca, por simple precaución, retenga las historias por un tiempo más.
Es que todavía le falta a este comienzo, una página para empezar. Y mientras vuelvo, adivino el parpadeo...

miércoles 18 de febrero de 2009

Amigos para siempre

Para Carlos Balsa Koch, mi amigo "el pingüino", para siempre.

Querido amigo, hoy me enteré de que a partir de ahora estarás en todas partes: en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y para siempre en la memoria, lo que ocurre es que me niego a vivir de recuerdos, aunque de aquí en más sea la única manera de hacerte presente. Querido “amigo para siempre”, nunca olvidé aquél juramento de aquella noche de juerga y juventud, donde el "para siempre" sonaba a eternidad, donde los finales parecían tan lejanos e imposibles como un continente perdido. Es cierto que en los últimos tiempos no estuve a tu lado, como también lo es que eso me produce un dolor sin remedio, que nunca te pude (ni podré) confesar, por miedo a que reprocharas mi abandono y yo no supiera qué decirte. Simplemente esa es mi repugnante forma de cobardía. Amigo para siempre, el "para siempre" fue demasiado para nuestro tiempo tan fugaz, y yo, que fui mayor que vos, siempre fui más tonto, y pensé que siempre había una página escrita detrás de la otra, y veo ahora que el libro quedó en blanco. Aquél príncipe dinamarqués se iría diciendo que lo demás es silencio, pero este silencio me aturde de absurdo, y saco cuentas de tus años, y son años que ya viví, y que vos no, y me culpo por quedarme, porque ese para siempre fue tan corto, amigo del alma, que no me dio tiempo de abrazarte, de dejarte una palabra, de escucharte y enredarme otra vez entre tus sueños, para poder encontrarte ahora en el aire, en la lluvia, en el azul del día, en los colores de las flores, y en cada risa y en tu voz que no se me borra y me sigue habitando. Ahora me queda el recuerdo vivo que pretende burlar a la ausencia, me queda la conciencia de la finitud y de la inmediatez, que me cortan como un cuchillo desafilado y penetrante, ahora me queda este silencio infame de vidrios rotos, y estas palabras que nunca habrás llegado a leer, aunque quizás ahora veas mi corazón desde todas partes, o al menos eso es lo me queda inventarme como absurdo consuelo poético. Ahora me queda tu interminable ausencia, y renuevo entonces aquel viejo juramento que hicimos de a dos, pero hacerlo solo no tiene sentido, y la ausencia se agranda, y el silencio sangra, y estas lágrimas no alcanzan, y te extraño, y las palabras resuenan como un tambor hueco, que hace ruido pero no habla, y te busco en el aire y en todas partes y sólo la tristeza me responde. Nada más que una simple frase se cae del juramento antiguo: desde ahora y desde entonces y hasta que dure mi siempre, te prometo la memoria tenaz que ahoga al olvido y vence a la muerte y a las páginas en blanco, “compañero del alma, tan temprano”.

Pilar, XVIII-II-MMIX, 16 hs.

viernes 2 de enero de 2009

Colonia del Sacramento

Fui exiliado de año nuevo,
desde la otra orilla,
bajo el mismo cielo,
frente a los fuegos
distantes del festejo.
Refugiado por un rato en tus arenas
ví al sol durmiéndose en mi aldea,
ví a la noche nacer con aplausos de alegría,
ciudad que mira al río nunca llora las partidas.
Los siglos duermen la siesta
en tus enredaderas,
la luz se derrama en tus rejas;
la Plaza de toros desierta,
los muros, el faro y las puertas
custodian la ausencia
que dejan las huellas,
de esclavos, piratas y reinas,
y en tus calles de piedra,
los suspiros antiguos
esconden sus pellejos
a las nuevas miradas ajenas.
A.L. II-I-MMIX
Pilar, 13.20 hs
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martes 30 de diciembre de 2008

El año nuevo no deseado.

Siempre pensé y dije que como ser humano, sentía vergüenza y horror por el holocausto judío, por que seres de mi mismo género humano le hayan hecho eso a otros seres humanos. Siempre pensé y dije que el racismo es una de las formas más aberrantes del salvajismo y el atraso humanos. Siempre pensé y dije que los animales son incapaces de hacerle eso a otros animales. Quizás, estas afirmaciones sólo sean formas del lugar común, pero el horror no puede ser un lugar común, debe espantarnos vivamente, movilizarnos y comprometernos, aunque sea en pequeños actos que sumen, a la larga, o que levanten un clamor que algún día erradique para siempre el flagelo de la guerra de la faz de la tierra, o que, al menos, la guerra deje de ser un gran negocio que arroja grandes dividendos. Tal vez, esto último también sea un lugar común, pero hay ocasiones en las que los lugares comunes no dejan de ser grandes verdades.
Veo en los noticieros que en Gaza hay bloggers, como nosotros, que están escribiendo textos y editando imágenes "en directo", del infierno que están viviendo, literalmente bajo el bombardeo. Ante esta noticia, todo lo que uno pueda publicar desde otra parte del mundo, parece una banalidad.
Por causa de nuestra falta de lucidez, a veces disfrazada con los ropajes de la ideología, o de la objetividad o de la intelectualidad, al enfocar este problema de política internacional, podemos aventurar un juicio que justifica a alguno de estos dos bandos en pugna, y entonces, le damos la razón a uno o a otro, en absurdas "discusiones de café", distantes a miles de kilómetros que son abismos culturales e históricos mucho más inmensos aún. Si se justifica al estado de Israel, de inmediato seremos caracaterizados, seguramente, como reaccionarios pro imperialistas (o pro sionistas, inclusive). Si por el contrario, hacemos lo propio con los palestinos, otros nos tildarán de pro terroristas. Particularmente, veo las cosas de un modo completamente distinto.
Hace varios años conocí Israel, y guardo una serie de impresiones muy disímiles, que hicieron cambiar mis preconceptos anteriores. Yo pensaba que Israel, básicamente, era un país, un estado religiosa y culturalmente judío. Sin embargo, me encontré con que en todo ese pequeño país, palestinos y judíos viven apenas separados por calles angostas, cuando no, directamente mezclados. Es, por lo tanto, muy difícil trazar una frontera que separe a un lado y a otro a palestinos de judíos. De hecho, si uno camina por la maravillosa Ciudad Vieja de Jerusalén, encontrará a comerciantes de ambos grupos, y hasta de diversos orígenes, vociferando y regateando sus mercaderías, en una mezcla de lenguas que nos transportan a la Babel bíblica. Pero a pesar de esto, la tensión es permanente, y son siempre los palestinos los que se llevan la peor parte. Por desgracia, los ciudadanos israelíes de origen palestino (que muchas veces no tienen la ciudadadanía del país en el que nacieron), son tratados como sospechosos permanentes, y sufren, en su vida cotidiana, atropellos de todo tipo. Tuve la experiencia personal de viajar a la ciudad de Belén, distante a muy pocos kilómetros de Jerusalén, con mi familia, en un taxi compartido (una vieja limusine Mercedez Benz transformada en transporte colectivo), en el que viajaban otras cuatro personas más, además del conductor, todos de origen palestino, entre ellos, un sacerdote cristiano. Al salir de Jerusalén, y antes de entrar en Belén, nos detuvimos en un puesto militar con barreras, donde hicieron bajar, a punta de fusil, vociferando en hebreo (que desconocemos, ya que en Israel, la totalidad de la población judía habla ingés) a todos los pasajeros, menos a nosotros, que mostramos por la ventanilla nuestros pasaportes argentinos. Me sorprendió especialmente cómo el sacerdote era tratado, incluso, con mayor agresividad que el resto. Al llegar a Belén nos encontramos con una ciudad "tomada" por los cascos azules de la ONU, que son odiados irremediablemente por los lugareños, que sufren diariamente de los maltratos y abusos de estas tropas internacionales de ocupación. En la municipalidad de Belén, flameaba la bandera palestina, aunque ese territorio, no queda comprendido dentro de Gaza ni Cisjordania, sino que pertenece íntegramente al estado de Israel, pero el municipio tiene una abrumadora mayoría palestina.
Los límites de esa geografía humana, son imprecisos, e irremediblemente están ligados. En aquel viaje en taxi, comprendí que quienes vivían en Belén, se movilizaban a diario a trabajar a Jerusalén todos los días, y todos los días pasaban por lo mismo que a nosotros nos resultó una situación tensa. Israel es un territorio militarizado a un punto tal, que uno se acostumbra a la presencia permanente de soldados armados con fusil y con uniforme de fagina verde, en todos los sitios por donde uno vaya: por las calles, en los cafés (sentados y conversando en la mesa contigua), en los transportes públicos, en los locales comerciales. Otras veces, uno los ve apostados apuntando hacia las personas: esa es una señal indudable de que uno ha cruzado la vereda y ha ingresado en territorio palestino (dentro de la misma Jerusalén). El dato que no se puede dejar de lado, es que los ciudadanos judíosgozan de un alto nivel de vida, mientras que las condiciones socioeconómicas de los palestinos son paupérrimas.
No es mi intención proponer un debate sobre política internacional que excedería ampliamente mis posibilidades, sólo pretendo hacer un par de reflexiones, que, como afirmaba más arriba, implican correr el eje del enfoque a no tomar partido por ninguno de los dos grupos, sino a ver el problema como un eterno conflicto entre los intereses del poder político y económico contra la población, contra los civiles, contra la gente común y corriente. Es justo que se sepa, que la mayoría de la población israelí, los ciudadanos comunes, quieren la paz y la integración con los palestinos, y es justo que se sepa también, que otro tanto ocurre del lado palestino ¿Por qué entonces la paz y la integración parecen una utopía inalcanzable? Parecería que tanto al poder de un lado, como al del otro, no les conviene la paz, y entonces siembran y fomentan un odio, que a la larga lleva a una guerra donde el objetivo parece ser que un grupo elimine completamente a cada ser humano del otro grupo. Y creo que más allá de los nacionalismo, eso es lo que tenemos que ver en cualquier conflicto armado, una lucha de intereses entre dos estados (o en este caso, entre dos organizaciones terroristas) donde las verdaderas víctimas son las personas comunes. Por consiguiente, ante esta cuestión, no puedo ponerme a favor de Hamas o del Estado de Israel, ya que a ambos les interesa mantener el conflicto y sembrar más odio y terror para favorecer sus intereses. Desde ya, siempre resulta peor el terrorismo ejercido por el estado, y habrá argumentos históricos que justifiquen el surgimiento de grupos como Hamas, pero creo que se trata de una discusión bizantina, que nos llevaría a un debate del tipo "¿el huevo o la gallina?". y en última instancia, son cuestiones políticas que nunca reparan en las víctimas que siembran, a las que incluso denominan, cínicamente como "daños colaterales".
Ante todo este horror que puede sumirnos en la impotencia que lleva a la indiferencia, hoy quiero homenajear a la otra cara de la moneda, que creo que nos muestra un camino posible a seguir ante esta circunstancia. El homenajeinevitable es para un compatriota, que en mi opinión es el argentino más digno de orgullo, porque a la vez es un verdadero "ciudadano del mundo". Se trata de Daniel Barenboim.
Nació en Buenos Aires el 15 de noviembre de 1942, es un músico argentino de familia judía de origen ruso, nacionalizado israelí y español. Logró la fama como pianista, aunque con posterioridad ha obtenido gran reconocimiento como director de orquesta, faceta por la que es más conocido. En 1952, la familia Barenboim se trasladó a Israel. Dos años más tarde, sus padres le enviaron a Salzburgo para que tomara clases de dirección con Igor Markevitch. El debut de Barenboim al piano se produjo en el Mozarteum de Salzburgo, Austria[] en 1952, en París ese mismo año, en Londres en 1956 y en Nueva York en 1957 bajo la batuta de Leopold Stokowski. En los años siguientes se sucedieron regularmente los conciertos por Europa, Estados Unidos, Sudamérica y el Lejano Oriente. Su primera grabación data de 1954. Barenboim es el director musical de la Orquesta Sinfónica de Chicago, cargo al que accedió en 1991 en sustitución de Sir Georg Solti. En 1999, junto con el escritor estadounidense de origen palestino Edward Said, al que le unió una gran amistad, fundó la Orquesta del Diván Este-Oeste, una iniciativa para reunir cada verano un grupo de jóvenes músicos talentosos tanto de origen israelí como de origen árabe. Por ello, recibieron ambos el Premio Príncipe de Asturias en 2002. En 2004 le fue concedido el Premio de la Fundación Wolf de las Artes de Jerusalén. El 12 de enero de 2008, después de un concierto en Ramala, Barenboim aceptó también la ciudadanía palestina honoraria. Siendo el primer ciudadano del mundo con ciudadanía israelí y palestina, Barenboim dijo que la aceptó con la esperanza de que sirva como señal de paz entre ambos pueblos.
I hope that my new status will be an example of Israeli-Palestinian co-existence. I believe that the destinies of the Israeli people and the Palestinian people are inextricably linked. Daniel Barenboim Anhelo que mi nueva condición sea un ejemplo de coexistencia palestino-israelí. Creo que los destinos de los pueblos israelí y palestino están inexorablemente unidos. Daniel Barenboim
[Fuente: Wikipedia]
Sería bueno reflexionar acerca de esta acción concreta, acerca de nuestras posibilidades de comprometernos concretamente con causas lejanas y cercanas por las que podemos aunque sea despertar conciencias desde nuestros lugares, hasta fomentar el desarrollo de una verdadera conciencia universal por la paz y por la verdadera defensa de los derechos de los pueblos frente a los abusos y atropellos del poder, sin fronteras. Hagámoslo nosotros, aunque sea desde nuestros lugares, ya que no nos están estallando bombas sobre nuestras cabezas, ni tenemos que escribir desde los escombros.
En este contexto, quizás sería muy frívolo desearles un feliz año nuevo. En su lugar, opongamos la fuerza de nuestros corazones a aquello que no deseamos para este año que comienza. Que así sea.
[Fotografía tomada de http://www.clarin.com/diario/2008/12/30/elmundo/i-01830737.htm, origen: AFP. Los cuerpos de cinco niñas de entre 4 y 17 años, pertenecientes a una misma familia, fueron sacados de entre los escombros, luego de un bombardeo en Gaza]
Daniel Barenboim: Sonata "Claro de Luna" de Ludwig van Beethoven. Tercer movimiento, presto agitato

miércoles 24 de diciembre de 2008

Papá Noel en estado de coma.

Foto tomada con disparador automático durante la navidad de 1994, en en la habitación del Hotel Colón, en Arica, Chile.
A veces en las fiestas de fin de año desplegamos toda nuestra capacidad para hacer de la ocasión un momento digno de larga recordación. En mi familia hemos trabajado a veces arduamente en tratar de hacerlas inolvidables y para lograr ese cometido, nos hemos esforzado en darle a cada ocasión un ingrediente que las convirtiera en únicas e irrepetibles, y el modo más simple de hacerlo fue, muchas veces, cambiar el escenario cuando fuera posible. En tal sentido, la navidad más original de todas es la que pasamos en Arica, Chile, en el año 1994. Aquella vez habíamos ido a pasar nuestras vacaciones a Santiago, adonde vivían mi suegro, Alberto y su esposa Nélida, que para nosotros son, además de familiares, compañeros y amigos de muchos festejos, cenas y salidas memorables. Si bien el motivo del viaje era la visita, en vacaciones somos muy inquietos, y si tenemos la posibilidad de conocer lugares desconocidos, es difícil que nos quedemos varios días en un solo sitio. Por lo tanto nos programamos unos días para viajar desde Santiago hasta el extremo Norte de Chile, y desde allí, buscar la manera de llegar hasta Machu Pichu, partiendo antes de navidad, pero con la promesa de estar de vuelta sí o sí el 31 de diciembre en Santiago para pasar el año nuevo. Arica se prestaba, pues como una base ideal de operaciones para este loco viaje relámpago, ya que presentaba las comodidades como para recalar en navidad, desde un par de días antes, y hacer unos días de playa antes de seguir hacia Perú y emprender la vuelta. El viaje lo fuimos armando en el camino, como se verá, y terminamos volando desde Tacna a Cuzco ida y vuelta, y desde Arica a Santiago el 30, con pasaje comprado antes de la partida, para tranquilidad de Alerto y Nélida que temían que no pudiéramos tanto en tan pocos días, sin auto y con una hija de cinco años y otro de siete, sin automóvil. Nuestro espíritu aventurero nunca dudó de poder lograrlo, y así fue: el 31 de diciembre estuvimos de regreso, pero eso merece una historia aparte. El tema, en principio, fue la navidad en Arica, y el contraste con la navidad siguiente, que dejó a Papá Noel en estado de coma.

Lautaro y Maggie abren regalos y los exhiben con orgullo, en la habitación del Hotel Colón, Arica, Chile, navidad de 1994

No es difícil imaginarse las condiciones precarias de la navidad en esas condiciones: como turistas de paso e improvisados, nuestro alojamiento fue en un hotel, el Colón (si mal no recuerdo), frente a la catedral construida por la compañía Eiffel, a comienzos del siglo XX. Buena ubicación para pasar unos días tranquilos en esa hermosa ciudad, pero complicado para pasar el momento clave de la navidad con niños: la anhelada hora de los regalos. Una solución sencilla era comprar regalos y dejarlos en la habitación escondidos para la vuelta, el problema es que no conseguimos lugares donde ir a cenar esa noche, al menos a la altura de nuestro presupuesto. Nos sedujo, entonces, la idea de pasarlo en la habitación, improvisando una cena que no se privó finalmente de nada. El problema que puso a prueba nuestra imaginación fue cómo hacer para que aparezcan los regalos a la medianoche, y más aún, cómo hacer las compras de los mismos delante de los chicos sin que estos se dieran cuenta. Lógicamente salíamos a todos lados con ellos, no teníamos quien se quede al su cuidado, lo único que nos quedaba era que uno de los padres los distrajera con una “vueltita” a la manzana mientras el otro compraba y ocultaba en un bolso de mano el regalo sin envolver. Lo hicimos en el centro de Arica, pero un problema adicional se presentó: circulan por las calles “Viejitos Pascueros”, es decir, la versión chilena de Papá Noel, y Lautaro tenía la mala costumbre de ser un niño brillante y demasiado curioso, y comenzaba con las preguntas difíciles, “¿Por qué hay más de uno?”, “¿Por qué habla en “chileno”? ”, “¿Por qué hay tanta gente comprando en las jugueterías?” . Definitivamente, si queráimos mantener la fantasía infantil, debíamos alejar a los chicos de las jugueterías del centro, teníamos que simular un paseo en el que no se dieran cuenta que estábamos comprando juguetes a escondidas. La gente del hotel nos pasó el dato: había una feria que se hacía en un parque, con puestos callejeros de lo más variado y juegos para los niños. Llevamos disimuladamente una mochila vacía, y mientras los chicos pasaban por los puestos y pedían que les compremos, nosotros nos lamentábamos de no poder porque era muy caro, Lilian seguía de largo y yo cargaba el regalo comprado a espaldas de ellos en la mochila misteriosa. Así lo hicimos, y escondimos, la noche del 23, los regalos en la habitación del hotel. Al día siguiente, para envolverlos, Lilian simuló una severa descompostura que la encerró en el baño durante una hora, mientras yo trataba de obligar a los ansiosos niños a dormir una siesta imposible. El operativo de la medianoche era simple: salir a las calles a ver cómo se festejaba la navidad en Arica, y a la vuelta, unos diez minutos después, al volver a la habitación, los regalos aparecerían allí, como por arte de magia. Todo salió a la perfección, a pesar de la insistencia escéptica del peligroso Lautaro que insitía con quedarse en la habitación a ver como el Viejito Pascuero Papá Noel dejaba los regalos. Le preocupaba especialmente el hecho de que no teníamos arbolito, y quizás seguía de largo. Lo convencimos a duras penas argumentando simplemente que Papá Noel no se equivocaba nunca y no olvidaba regalos por el camino, nunca había fallado y aquella no sería la excepción, por lo tanto, no tenía sentido perderse la posibilidad de ver cómo se festejaba en otra parte tan lejana de nuestra casa. Aceptó a regañadientes, bajamos, y Lilian se escabulló, sacó los regalos del escondite, los desparramó, y mordió un papá Noel de chocolate para dejar huella de la gula del obeso repartidor de regalos. La emoción de los regalos, y la evidencia del crimen dejada por ese sujeto conocido, portador de tanto alias, lo conformó de momento, y quedó demostrado que Papá Noel también llegaba para niños argentinos de vacaciones en Chile, y el tema quedó archivado hasta el año siguiente.
Sin comentarios, Hotel Colón, Arica, Chile, Navidad de 1994.
Para la navidad del ’95, Lautaro ya era un joven intelectual de 8 años, y la historia de Papá Noel empezaba a hacer agua. Esta vez, pasamos la navidad en casa, y el niño racional y científico que estábamos criando necesitaba de la prueba empírica. El mismo 24 por la mañana me había dicho que pensaba que Papá Noel era un invento, no era posile desde ningún punto de vista lógico que una sola persona desplegara semejante capacidad logística en una sola noche. “¿Y si no existe, quién es entonces Papá Noel?”, lo desafié. “Ustedes”, me contestó sin inmutarse. No me dí por vencido, el esfuerzo del año anterior no podía haber sido tan en vano. Y desafié su lógica, diciéndole que el año anterior había estado con nosotros todo el tiempo “¿Cómo hicimos para comprar los regalos, entonces? “ Claro que confiaba en la efectividad de nuestro engaño, y así era, porque lo hice dudar y no supo que responderme, no se había dado cuenta de nuestras sencillas maniobras. De todos modos, la sospecha perduraba y me planteó seriamente que no quería que lo llevemos a ningún lado a la medianoche, ya que quería quedarse aguardar a Papá Noel en el momento de dejar los regalos en el arbolito. Esta vez no había interés turístico qua alegar, así que ensayé una respuesta casi desesperada, y le dije que a mí también me intrigaba la misteriosa cuestión del hombre del Polo Norte, desde mi infancia venían apareciendo regalos al pie del árbol y nunca había visto al célebre obeso de las risotadas. “Tenemos que acorralarlo y distraerlo por un rato para hacerle algunas preguntas que sacien nuestra curiosidad”. E inventé un operativo en el que nos íbamos a repartir desde diferentes posiciones, comunicándonos mediante el teléfono inalámbrico las novedades. “Estoy seguro que si viene en su famoso trineo volador, el gordo tiene que llegar por la terraza: ahí vas a estar vos con Maggie; mamá va a apostarse en la puerta de calle, y yo me voy a quedar vigilando las ventanas y los balcones. Contábamos con la colaboración de Marta, amiga de la familia que ese año lo pasaba con nosotros, y acompañaría a los chicos hasta la terraza, además de terminar de convencerlos de que esa sería la posición privilegiada para la caza del gordo. En realidad el operativo le puso un paréntesis de juego a una sospecha que ya no se podía seguir frenando, creo que esta especie de búsqueda del tesoro fue lo que lo llevó a Lautaro a olvidar por un momento el desenmascaramiento de la farsa. De todos modos, tratamos de entusiasmar lo más posible al inquieto infante con la cacería navideña para alejar toda posibilidad de preguntas embarazosas. Y llegó el momento nuevamente, pero esta vez, algo definitivamente imprevisto ocurrió. Llegaron las 12 de la noche, brindamos, y Marta tomó rápidamente a los chicos de la mano y los llevó a la terraza con un teléfono inalámbrico. Lilian vigilaba mientras yo acomodaba los regalos y ella hablaba con los chicos, por el intercomunicador. Hasta nos llamábamos por nombres en clave ridículos, diciendo “atención tortuga verde, aquí ciervo plateado informando novedades, cambio.” Lautaro llamaba a cada rato para decir que no veía nada, que ya había que bajar, y a mí no me daban las manos para acomodar regalos, entonces le dí la señal a Lilian, me alejé del arbolito y me fui al balcón de atrás, gritando de pronto “¡Lo ví, lo vï!” Lautaro ya estaba entrando, y siguió de largo los regalos, yendo en mi búsqueda desesperada. “¿Dónde está, dónde?”, me preguntó a los gritos. “Se fue por allá”, le dije, “es muy rápido”, y le señalé el balcón de adelante. Lautaro se fue para allá corriendo agitadísimo de emoción, y de pronto empezó a gritar “¡Ahí está, lo veo, es Papá Noel!” Y comenzó a gritar desaforados saludos en todas las lenguas que conocía, mezclando frases en inglés y castellano, con restos de portugués e italiano. Lo llamaba “Santa”, Viejito Pascuero, Papá Noel, le gritaba que lo quería y que gracias por todo. Creimos que había enloquecido por la sugestión, que estaba delirando, pero no, era cierto, en el balcón de la casa de enfrente había un perfecto Papá Noel saludando al ferviente y agradecido admirador. Lautaro le tiraba besos, Maggie reía como loca mientras lo saludaba como a un viejo conocido, hasta que Papá Noel entró a la casa de los vecinos con su bolsa de ragalos, y al rato salió por la puerta principal de la casa de enfrente, con un plato lleno de pedazos de turrón y pan dulce, y los repartió entre los vecinos que estaban en la vereda, ante las lágrimas emocionadas de Lautaro (Maggie se lo seguía tomando como lo más natural del mundo). Unos minutos después, cuando bajamos a la vereda, nuestra vecina de enfrente cruzó, y avergonzada nos pidió disculpas por habernos arruinado la navidad. No entendimos lo que nos decía hasta que aclaró: el perfecto Papá Noel que vimos era ella, que se había disfrazado para unos sobrinos más chicos que los nuestros que pasaban la navidad en su casa. Cuando se disponía a entrar por sorpresa, la interrumpieron los gritos de Lautaro, y como lo consideraba un pequeño genio, creyó que su disfraz no era bueno, y por lo tanto, la había reconocido y había descubierto la no existencia del famoso gordo repartidor de juguetes. Le explicamos que en realidad había ocurrido lo contrario, que el disfraz era tan bueno que ni siquiera nosotros la habíamos reconocido, y que nos había dado la imposible prueba empírica que el rigor científico demandaba para sostener la creencia del pequeño niño genio. Así fue como aquella vez salvamos a Papá Noel de su coma, aunque claro que no por mucho tiempo, ya que un par de navidades después los dos me confesaron que no creían y que era más que evidente la verdad, pero que estaba bueno seguir jugando a Papá Noel, y ahora mismo, mientras termino de escribir esta historia que les quería regalar, jugamos a las escondidas unos de otros, armando paquetes, ocultando regalos y haciendo emotivas etiquetas que cargan en sí las pequeñas emociones de tantas navidades donde hemos hecho tantos esfuerzos por mantener vivo a Papá Noel, que esperemos que siga gozando de buena salud, a pesar de su gula y el estrés navideño, por muchísimos e incontables años más. ¿A que no saben quién se reivindica hoy por hoy como el miembro más navideño de la familia? Claro que no podía ser otro que aquél que sorprendió a su máximo símbolo con las manos en la masa..
Abriendo regalos en casa, Navidad de 1995. Atrás de todo está Lautaro exhibiendo su regalo, más adelante Marta con Maggie, En primer plano, Lilian. Instantes antes, Lautaro vio a Papa Noel entrando a la casa de los vecinos de enfrente. Y a propósito de todo esto, ahora los tengo que dejar, todavía me faltan regalos por comprar y los negocios van a cerrar. Pero antes, quise regalarles esta historia vívida y real, para rescatar algo de esa magia que tiene especial significado en estas fechas, donde todos ponemos un granito de arena para mantener viva la ilusión infantil, que nos vuelve otra vez puros a nosotros mismos. ¡FELIZ NAVIDAD! ¡SI LOGRAN ATRAPAR A PAPÁ NOEL, DENLE UN ABRAZO ENORME DE MI PARTE, POR TANTAS ALEGRÍAS QUE NOS DIO Y NOS SEGUIRÁ DANDO , A LO LARGO DE NUESTRAS VIDAS! ¡FELICIDADES!

Goliardos en la Boca

Este año, la navidad cambia de color, al menos por un rato
Boca campeón
(River último)

lunes 15 de diciembre de 2008

Balada de fin de año del pobre hombre

[Rap para ser acompañado con bandoneón remixado]
… no, no, no, no, no; no es que esté estresado, si yo me tomo las cosas con calma. Ya sé que esto pasa todos los años, que llegan las fiestas, que empiezan los tironeos familiares, que si la pasamos acá o allá, y yo que quiero pensar en las vacaciones, pero el balance de fin de año no cierra y… vamos a tener que quedarnos a hacer horas extras, y hay que salir a comprar los regalos, y cómo le digo a Irene que no quiero pasar la navidad otra vez con su mamá, que los chicos ya no esperan a Papá Noel junto al arbolito de la abuela, que quieren salir después de la 12 y nada más. Pero además, como nos vamos a tener que quedar a hacer horas extras, no sé si voy a poder llegar a los negocios a comprarle el videojuego ese a Mateito que ya va siendo hora de que lo llames Mateo, y… no, si no es estrés, es este yugo que llaman laburo lo que me ata del cuello, y se me complica el fin de año que de por sí es complicado como para que se les ocurra hacer balance justo a fin de año. Sí, ya sé que hay que hacerlo porque justo es fin de año, pero es fin de año para todo, para uno también, ¿o no? Y sí, después vienen las vacaciones, pero primero hay que armarlas en medio del balance, aunque me jodieron esta vuelta con la segunda de febrero, sí, la segunda de febrero, con veinte años de antigüedad, pero mejor, me da más aire para planificar y hacer números, porque Irene quiere ir a Brasil, que este año está barato por lo de la crisis, ¿viste? Sí, ya sé, todo lo que quieras, que voy a cobrar horas extras y que el aguinaldo… pero Irene se pone más cargosa con los regalos y con Brasil que está barato, y no se da cuenta que está barato para todo el mundo entonces, y que lo que menos vamos a encontrar es tranquilidad ¡Me voy a encontrar con toda la oficina en Brasil! ¡Ya no se consigue nada para la segunda de febrero! Y para colmo lo de la inseguridad, que si te ven argentino te roban y te dejan desnudo en mitad de la playa a plena luz del día, y nadie se da cuenta porque en Brasil andan todos medio desnudos. No, en serio, si ahora mi suegra le dijo eso a Irene, y quiere ir a un lugar seguro, como si la esquina de casa no fuera igual de insegura, pero bueno, andá a hacérselo entender a Irene. Y la nena, en medio de todo eso la nena, que se quiere ir sola de vacaciones con el novio, imaginate, la que me faltaba. Si, ya sé que casi tiene dieciocho, pero ¿viste?, casi, y mi prima ya es abuela y la nena sale por ahí todos los fines de semana y ella es la que le tiene que cuidar a la criatura, yo no estoy para eso, a mis hijos ya los crié, y los veranos son para hacer nuevos abuelos, de eso no te quepan dudas, ¿y yo la voy a dejar a la nena irse con el novio de vacaciones? Pero Irene dice que si no la dejamos, se va igual o en una de esas se escapa porque los pibes están rebeldes hoy en día, y yo le digo que son así porque los padres no les ponen límites, y me dice que no entiendo nada (SUSPIRO LARGO, ENTRECORTADO POR UNA ANGUSTIA APENAS CONTROLADA) No, si no es el estrés, es el fin de año nada más, y después empieza otro, y las vacaciones, y el regreso, y todo un año esperando fin de año. Decime una cosa, ¿cómo voy a estar estresado si estuve todo el año esperando este momento? Lástima que este momento tenga que caer justo a fin de año, junto con el balance, los regalos, las fiestas, la nena y su novio, Brasil y las vacaciones. Lo importante es tener proyectos ¿o no?

domingo 7 de diciembre de 2008

El amigo de Chicho y los retazos de la historia.

Dedicatoria
Este post tiene musas que lo inspiran: Bel (http://amapolasenoctubre.blogspot.com/ ) por movilizarme con sus delicados, sensibles y maravillosos post, entre otras cosas, a rescatar recuerdos polvorientos, y a Marisa (http://sonetosdelamoroscuro.blogspot.com/ ) por todas sus palabras, pero especialmente por lo que nos regaló en http://www.enredandopalabras.es/swf/Dibujando_la_memoria.htm .
Queridas amigas, la memoria no muere, deja hijos detrás de los tiempos y los océanos. La memoria teje historias, para volverse propia aunque haya nacido ajena. La memoria no muere, sólo duerme la siesta, y de pronto se despierta en otro lado...
El amigo de Chicho
Por desgracia, algunos detalles de la historia se me escapan, no sé exactamente la fecha, pero papá la contaba una y otra vez con su insuperable gracia histriónica. La historia incluía el acento y el timbre de voz del personaje, elementos irrecuperables en la escritura, pero quizás nuestra memoria nos permita imaginar a papá (V. http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/05/gianni-ii-la-ventana-mgica.html y http://goliardicayapolinea.blogspot.com/2008/04/gianni.html ) y al personaje imitado, porque, afortunadamente, ambos fueron reales y recordables. La cuestión es que una noche cualquiera, probablemente, de los años '60, papá terminaba una función de teatro de viernes, en el Teatro Municipal General San Martín. Uno de sus compañeros era Chicho Ibáñez Serrador, y como papá solía ser uno de los primeros en abandonar el camarín y esa noche había partida nocturna de pocker en lo de Chicho, el anfitrión pidió a papá que se dirigiera al hall central del teatro para ver si se encontraba con un amigo suyo que estaría allí esperándolo. Resulta que el hombre era algo despitado, y Chicho temía que se desencontraran. Se lo describió ligeramente: un hombre de baja estatura, de melena ondeada, maduro, con una voz algo chillona, era español. Papá salió a cumplir con el recado, y no tardó en encontrar al particular personaje. Creyó identificarlo y le preguntó:
-¿Usted tiene que encontrarse con el Sr. Ibáñez Serrador?
-Sï -contestó el personaje de baja estatura, voz chillona y melena ondeada- ¿Cómo lo sabe Usted?- agregó con clarísimo acento hispánico.
-Porque lo han descripto muy bien. Narciso llega enseguida. Yo le haré compañía mientras tanto, ya que vamos todos juntos.
-Bien-dijo el hombrecillo, y permanecieron un rato hablando trivialidades.
Papá lo observaba intrigado, con su mirada burlona y caricaturesca de actor. Lo estudió: un verdadero personaje para imitar, sus gestos enégicos, su voz, su forma de mover las manos, su mirada despistada ¿De dónde habría sacado Chicho a este personaje? ¿Participaría en la partida? Parecía un pichón para pelar, o probablemente fuera un halcón, disfrazado de paloma. Pero en verdad, parecía estar todo el tiempo medio perdido, desorientado. Definitivamente, no parecía un jugador de pocker. Torpeza la de papá, no se presentó, hasta que vino Chicho, al poco rato, y lo hizo:
-Veo que Gianni, ya te localizó. Mi compañero es Gianni Lunadei; Gianni, te presento a mi gran amigo Rafael Alberti que hoy nos va a honrar con su presencia.
Papá, que no era lento para responder, se sintió muy estúpido, midiendo burlonamente a uno de sus poetas españoles más venerados. Renegaba del cholulismo al que nunca soportó, pero se sintió un simple fanático, por un momento, y no supo qué decir. Respondió simplemente, con asombro de niño:
-¿El poeta?
-Claro, hombre, el poeta -lo despertó Chicho-.
Papá se derrumbó, desde ser el agudo y sarcástico dueño de la situación al conmovido artista transido por la admiración:
-Se equivocó la paloma-dijo papá haciendo alarde de poca originalidad-. Esta vez la paloma equivocada fui yo, ¡Maestro! - Dijo sencillamente, mientras le tomaba la mano y se inclinaba ante él, bajo la mirada algo sorprendida de Alberti.
-¿Es que Usted conoce lo que yo escribo? -Contestó el despistado.
Alberti pasó la noche en la partida, pero no jugó, ni siquiera sabía hacerlo. Papá se ofreció gustoso a tratar de explicarle, pero parece que el poeta no entendía mucho, y sobre todo, que no era muy bueno en no demostrar sus emociones con el juego que tenía. Pero sí en cambio sirvió muy buenos tragos, preparó algunos bocados, y habló hasta el amanecer de poetas, de la vida, de su vida, de España. Obviamente, no sé cuál fue el resultado de la partida, y si ésta fue muy larga, lo cierto es que fue, sin lugar a dudas, la partida de pocker más largamente recordada por papá.
Los retazos de la historia

Hace algunos años, a fines de 1996, me encontraba cursando un seminario de la cátedra de Literatura Española Medieval de la Universidad de Buenos Aires, a cargo del querido profesor Leonardo Funes. Fue una época un tanto contradictoria de mi vida: me había quedado sin trabajo en un muy mal momento, y aprovechando un seguro de desempleo y una indemnización en cuotas, había tomado la quijotesca decisión de dedicarme de lleno a estudiar, y ver si la posibilidad de adelantar el cursado de materias me podía abrir alguna perspectiva laboral. Fue algo así como un año sabático, pero laboral, digamos, una especie de beca auto-financiada por mi propia y preocupante situación. Quizás porque me gusta ir a contramano de la adversidad, a pesar de tener una familia a cargo, decidí no desesperar y apostar a lo incierto: el conocimiento como forma de vida. La cosa anduvo durante medio año, luego comencé a hacer trabajos dentro de la facultad para el centro de estudiantes otro medio año (pasaba por escrito las clases que grababa), combinando con mi seguro de desempleo. Pero el año se acababa, también las clases y con ellas las "desgrabaciones" y el seguro de desempleo. Mal momento para buscar trabajo en un país con crisis de empleo. El problema era, sobre todo, enero, ya que seguramente en febrero tendría algún alumno particular. Y la soga salvadora llegó a comienzos de diciembre, de la mano del entonces profesor (hoy Doctor) Funes, quien me hizo el ofrecimiento. La cátedra entera estaba integrada por investigadores del Seminario de Edición y Crítica Textual (Secrit), un reducto de insignes hispanistas enclavado en este lejano Cono Sur. El director era el Doctor Germán Orduna, quien finalmente había obtenido fondos desde España para hacer un trabajo largamente esperado: fichar los libros de la biblioteca del Secrit ¿Por qué la Embajada de España había intervenido en la cuestión? En principio, porque el Secrit funcionaba en una pequeña dependencia lateral del Palacio Pizzurno (sede del Ministerio de Educación), en donde también funcionaba la Biblioteca de Estudios Históricos Claudio Sánchez Albornoz, a cargo del Secrit. Esta biblioteca había sido la bilioteca personal de don Claudio, uno de los más importantes historiadores españoles del siglo XX, autor, entre otras importantes obras, de Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la Historia del reino de Asturias. Existía un temor muy bien fundado de que se disgregara la biblioteca personal de esta figura fundamental de la España del siglo XX: diputado por Ávila entre 1931 y 1936, Ministro de Estado en 1933, Vicepresidente de las Cortes en 1936, Consejero de Instrucción Pública entre 1931 y 1933, y Embajador de España en Lisboa; desde 1959 hasta 1971 fue presidente del Gobierno de la República Española desde el exilio en Argentina.
La biblioteca de don Claudio estaba, en la práctica, fusionada con la del Secrit, aunque los libros estaban diferenciados en su ubicación. Esto no le hubiera molestado, seguramente, a don Claudio, ya que sus libros convivían con exquisitos ejemplares de literatura medieval española, y estaban (están) en las mejores manos posibles. El riesgo era no tener un registro, con el peligro que ello podía significar para poder llevar un control. Por lo tanto, el trabajo que me ofrecían era el de fichador de todos los libros de la biblioteca, entre ellos los de don Claudio. Se me pagaba por ficha, por lo cual la labor era una especie de tortura: daba lo mismo si tardaba seis meses o dos días, pero el hecho de ser varios, y la necesidad de hacer rendidor el trabajo, invitaba a la rapidez, lo cual impedía siquiera hojear los libros. Afortunadamente mis compañeros de trabajo fueron formidables, como a todos nos pasaba lo mismo, no tardamos en llegar a un acuerdo socialista: ninguno superaría un número determinado de fichas diarias, así el trabajo duraba más tiempo, y podíamos hacerlo tranquilos, hojeando con placer cada libro que pasaba por nuestras manos.
Trabajábamos en el silencio de las mañanas de enero, refrigerados por un plácido aire acondicionado, en un ámbito oscuro y silencioso, nido de verdaderas ratas de biblioteca. El técnico de la biblioteca, Juan Héctor Fuentes (compañero de facultad) ambientaba el clima de trabajo con música medieval que nos transportaba, hasta que decidíamos cambiar de clima y el Rock profanaba el ambiente, o quizás algún Mahler, o Beethoven, o Murga Uruguaya, o porque no, un tango. De pronto alguno llamaba a otro, fascinado por un hallazgo:
-¡Vení, mirá este libro!
Y todos detenían su trabajo para contemplar el tesoro. Por las tardes llegaba el Doctor Orduna, el director, y el trabajo se volvía más ordenado y silencioso. De todos modos, interrumpíamos igualmente la tarea para hacer consultas con el Doctor sobre cómo clasificar a algún libro. Fueron casi dos meses, aunque parezca mentira, inolvidables, que aún evoco con gran añoranza en la memoria. Lo cierto es que una tarde en que estaba presente el Doctor Orduna, abrí un libro y se deslizaron unas pequeñas hojas de papel de entre dos páginas del volumen. Las leí: eran notas de puño y letra de don Claudio, intercaladas entre las páginas, haciendo referencia a ellas, eran sus comentarios sobre los libros, sobre las fuentes, que iba estudiando para sus obras. En ellas puede ir ratreándose, quizás, la génesis de la obra del gran historiador, escrita en el exilio. Eran notas escritas para él mismo, en las que, de puño y letra discutía, observaba, recordaba, apuntaba. El libro estaba lleno, y el conjunto de esas pequeñas hojas constituye una obra manuscrita inédita aún hoy. El hallazgo me llenó de emoción, por una vez sentí algo que en estas tierras jóvenes es bastante improbable: la posibilidad de encontrar, accidentalmente aunque sea, una reliquia filológica. Entonces corrí a consultar al filólogo cercano, el propio Doctor Orduna, quien al ver lo que yo le mostraba reforzó mi emoción: al frío filólogo formado en el rigor alemán se le llenaron los ojos de lágrimas, se exaltó y observó maravillado el hallazgo, leyando con atención las notas que todavía dialogaban con los libros leídos.
-¿Qué hacemos, Doctor?
-Sepárelas y tome nota, hay que archivarlas aparte para preservarlas. Es una verdadera pena sacarlas del lugar donde esperaron tantos años una lectura, pero le voy a pedir, si no es molestia, que apunte entre qué paginas se encontraban las notas. Será un trabajo para completar en el futuro.
Desde ya, no fue molestia, y rescatamos un verdadero archivo aún inédito de las notas de puño y letra de don Claudio. Hoy el Doctor Orduna, a quien también mi memoria homenajea, ya no está, pero sé que esas notas gozan de buena salud, bien guardadas en alguna caja de archivo, clasificadas por aquél filologo incomparable, de los que ya no hay por estas tierras. Esa notas persisten obstinadamente como retazos de la memoria en el Secrit que el mismo Orduna había fundado, con sede en la Biblioteca de aquél otro hombre, a quien todavía lo sobrevive su memoria, anotada en unas pequeñas hojitas ahora amarillentas, esperando a nuevos investigadores para que den a la luz esa obra inédita de uno de sus más grandes historiadores, don Claudio Sánchez Albornoz, quien siguió trabajando para la memoria de su patria durante tantos años difíciles, tan lejos de ella, en esta patria donde formó discípulos que hoy también continúan la labor del maestro.
Porque si bien es cierto que siempre hay quienes trabajan para el olvido, la memoria siempre persiste, aunque sea en retazos deshilachados, sólo hay que tener la decisión de reconstruirla. Y hay muchos duendes por allí que trabajan para ello. Para esos duendes como Marisa o como Bel, el mayor de mis reconocimientos. La memoria persiste dispersa, hasta que a veces el azar, otras veces la voluntad o la necesidad, hacen que el destino junte las piezas que tenía que juntar para armar ese rompecabezas al que llamamos verdad.

martes 2 de diciembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Última Parte)

Réquiem para Héctor Priámida: Lautaro descubre la literatura.

Cierro este extenso comentario de La Ilíada con una breve anécdota personal:

Cuando mi hijo Lautaro tenía unos cinco años, como cualquier niño de su edad, se negaba a irse a dormir temprano, estirando el tiempo hasta mi tardía llegada a casa. Se me pedían retos, pero claro que no podía, y entonces optaba por la negociación. Un día se me ocurrió decirle que si se iba a dormir le contaría un cuento, y pensando que se iba a marear con el relato, y se dormiría enseguida recordando aunque sea el título para el futuro, le dije que le contaría La Ilíada. No sólo no se aburrió, sino que estuvo a punto de hacerme pasar esa noche en vela, pidiendo más detalles. Lo convencí de que seguiría leyéndole (resumiendo) del libro, noche a noche, y así lo hice hasta completar los veinticuatro cantos que componen el poema, página por página, durante más de dos meses, cada noche. A partir de allí, no podía haber de mi parte nada que demorase mi llegada a casa, porque el relato lo atrapó tanto, que Lautaro no se dormía hasta que yo no llegara y le siguiera contando esa especie de resumen folletinesco. A lo largo de aquellas mágicas veladas al pie de la cama infantil, Lautaro fue tomando partido por los aqueos, vio en Aquiles a un superhéroe más imponente que los de la televisión, conoció a los otros héroes uno por uno, combatió junto a ellos, y forjó un odio puntual hacia Héctor, el enemigo mayor. Y también, a lo largo del relato, se fue haciendo preocupante para mí llegar al momento de la muerte de Héctor, que me resulta particularmente tremendo. Pero como no quería deformar a lo Disney la historia, decidí no ahorrar detalles, llegado el momento. Mientras tanto, lo preparé a Lautaro, y le fui preguntando si él quería que a Héctor lo mataran. Como todo el mundo sabe, los niños son sumamente crueles, y Lautaro no era la excepción, su deseo de "ver" correr la sangre de Héctor rozaba lo inhumano. Cuando el momento llegó, pensé que la sangrienta muerte del héroe regocijaría al niño, y entonces le conté todo: le conté del temor de Héctor, tan humano, de enfrentar a su terrible enemigo Aquiles. Le conté las dudas de Héctor, que en su miedo humano no quería mostrarse huyendo delante de los suyos. Le conté de los ruegos desesperados de sus padres y esposa, suplicando desde las torres de la fortaleza que ingresara a la ciudad y se protegiera, que no esperara en las puertas la llegada de Aquiles a enfrentarlo. Y le conté cómo Héctor huyó ante la cercanía de Aquiles, hasta dar tres vueltas completas alrededor de la ciudad. Y entonces le expliqué que el destino de Héctor era morir, que Zeus lo comprobó desde el cielo, y que quiso impedirlo. Y le conté cómo la cruel Atenea no lo dejó, y entonces Zeus tuvo que ceder, y la diosa bajó del cielo, y engañó a Héctor tomando la forma de su hermano Deífobo, y Héctor confió en que entre ambos podrían enfrentar a Aquiles, y se detuvo, y comprendió el engaño divino, y finalmente enfrentó a la muerte con dignidad, dispuesto a pelear. Y le conté que Aquiles clavó su lanza en la garganta de Héctor con pasmosa facilidad, jurándole que humillaría su cadáver ante la vista espantada de los suyos. Y aunque Héctor antes de morir le haya vaticinado al propio Aquiles su próxima muerte a manos de su hermano Paris, Aquiles, enceguecido de odio, apuró el final del héroe, perforó los tendones del cadáver, los transpasó con una correa, ató el cuerpo a su carro, y lo arrastró ante la vista horrorizada de sus seres queridos, tantas vueltas alrededor de la ciudad, como había dado Héctor en su única y última huida. Todo eso se lo conté a mi hijo, con esa promesa autoimpuesta de serle fiel al texto homérico. Pero la reacción de Lautaro no fue la esperada: al cabo del relato se produjo un profundo silencio, y le pregunté si estaba contento con la muerte de Héctor. La respuesta fue el estallido de un llanto angustiante y desconsolado que quebró el silencio con un dolor incontenible, que lo llevó a preguntar por el hijo, la esposa, la familia. No sabíamos qué decirle (por suerte la madre estaba conmigo), ya que Lautaro había visto lo mismo que yo, el problema es que no lo podíamos consolar, y tuvimos que repetirle hasta el hartazgo que todo era mentira, que sólo era literatura. Pero claro que el chico había entendido perfectamente lo que tenía que entender: la literatura es más verdadera que nuestra propia existencia, para empezar, porque sobrevive a los siglos, mientras nosotros somos pasto para las fieras del olvido.

Varios años después, a los 16, Lautaro sintió la necesidad de leer por su cuenta La Ilíada para ver si le seguía gustando, y claro que le gustó más, le encontró detalles que mi resumen había pasado por alto, investigó y comprendió varias cosas adicionales. Cuando se estrenó la película Troya salió indignado del cine, bramando por todo lo que la adaptación hollywoodense había dejado en el camino (claro que a mí me pasó lo mismo). Actualmente, a sus actuales 21, la edición de Verón que ilustra la primera entrega de esta serie, está en su mesa de luz, y va por su segunda lectura: ahora me corrige detalles a mí que tienden a escaparse de mi memoria. Y entonces, hoy te puedo decir, hijo mío, que no llores por Héctor, porque ahora podés entender que nunca murió: Aquiles (quién también es eterno porque nunca existió) le dio la inmortalidad para que yo pudiera contártelo, porque los griegos descubrieron muy temprano que la literatura es más grande que la vida. Será por eso que en este momento el mismo libro que ilustra este texto está en tus manos, para que vuelvas a leerlo una y otra vez, para que seas un eslabón más en la cadena de narradores que transmitieron la epopeya troyana, para que sus hechos queden resonando eternamente en la memoria de los hombres. Al menos, hasta que los caprichosos dioses dispongan lo contrario.

"...y así fueron los funerales de Héctor, domador de caballos."

FIN

sábado 29 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Tercera Parte)

Retrato de familia
El momento de La Ilíada en el que quisiera detenerme particularmente es el Canto VI. Para empezar, es llamativo que este canto esté dividido en dos momentos, que presentan situaciones interpersonales llamativas para una narración épica.
En la primera parte del Canto, aqueos y troyanos combaten denodadamente. En el fervor del combate se encuentran Diomedes, héroe aqueo, y Glauco, caudillo aliado de los troyanos. No se conocen, y de manera arrogante se desafían mutuamente a decir quiénes son, partiendo desde sus antepasados ilustres. Al contarse su historia familiar, resulta que sus abuelos habían sido amigos, y por tal razón, juramentan no atacarse, renuevan la amistad, e intercambian regalos, estableciendo un pacto de no agresión individual.
Pero es a la segunda parte a la que quería llegar: en el fragor del combate, Héctor decide regresar a Troya para hacerle ofrendas a los dioses, pidiendo la victoria en el combate. En el camino comprueba la ausencia de su hermano Paris, el gran responsable de esa guerra, y al llegar al palacio lo busca con cierta indignación, y al encontrarlo en los aposentos de Helena, le reprocha que esté tan cómodo, rodeado de mujeres, en vez de estar peleando junto con sus compañeros. Acto seguido, pregunta por su esposa, Andrómaca, y tiene un diálogo con ella. Andrómaca le ruega a su esposo, con desesperación, que haga lo mismo que Paris, que no se arriesgue, que se quede en el palacio. Siendo el hombre más valioso de su patria, ¿qué necesidad tiene de exponerse tanto? Andrómaca le teme especialmente a Aquiles, quien en otras guerras fue el asesino de su padre y de sus hermanos. Adrómaca le pide a Héctor que no la haga viuda, porque entonces perdería todo lo que tiene, ya que Héctor es su esposo, su padre, su hermano. Héctor, con palabras dulces, le responde a Andrómaca que si él no pelea, la ciudad no tiene futuro, él debe estar allí, porque debe defender ese mundo amenazado por la voracidad aquea, él pelea para que su pequeño hijo tenga una ciudad en la que crecer y no sea esclavo de sus enemigos despiadados (sabemos que Héctor no se equivocaba, el niño morirá cruelmente asesinado por los aqueos, para evitar futuras venganzas). En ese momento, las criadas traen al niño. Héctor tiene un aspecto atroz, está tal cual llegó de la batalla: transpirado, con la tierra del combate íntegramente pegada al cuerpo, salpicado de sangre, oliendo a muerte, con el casco que le cubre la nariz y dibuja una expresión torva en sus ojos, con las negras crines de caballo coronando el casco sobre su cabeza de guerrero feroz. Al encontrarse con esta estampa aterradora, el niño llora. Héctor reacciona con ternura, se quita el casco con cuidado, se desarma, se limpia un poco la cara, se acerca al niño y le habla con dulzura, lo consuela, lo toma en brazos, le dice cuánto lo ama, que siempre recuerde que daría la vida por él. Y el niño se calma. Luego de esto, Héctor, arrastrando a su hermano Paris, vuelve al combate.Varios cantos más tarde, Héctor morirá cruelmente, a manos de Aquiles, ante la vista de sus padres ancianos, Príamo y Hécuba, ante la vista de la desesperada Andrómaca que verá cómo se cumplen sus temores más crueles.
Lo que me impresionó vivamente, es la inserción de ese cuadro familiar, que muestra el otro lado de la guerra, el más humano, el que no tiene época, pero que contrasta de manera tan significativa con la mezquindad de los aqueos y la caprichosa arbitrariedad de los dioses. Héctor es el verdadero héroe, sin dudas, y por eso, en este mundo, sólo le queda morir y ser horriblemente humillado, a un punto tal que el mismísimo Zeus tomará cartas en el asunto, obligando a Aquiles a que devuelva a la familia el cadáver del héroe que retenía para mancillar. La Ilíada cierra con los grandiosos funerales de Héctor, sabiendo que la suerte de Troya ya está echada: el héroe que luchaba por convicción fue muerto miserablemente, arrastrado y humillado. No habrá paraíso que lo cobije y lo reciba con honores. Más adelante, en La Odisea, el alma de Aquiles nos confirmará que ni siquiera los héroes gozan de privilegios (más allá de tener reservado un lugar especial), ya que son sólo sombras condenadas a añorar eternamente el mundo de los vivos. No hay, entonces ni el más mínimo asomo de esperanza o redención: la muerte de Héctor implicará una tregua, pero sus funerales preanuncian los de la propia ciudad por la que el héroe luchó inutilmente.
Continuará...

jueves 27 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Segunda Parte)

Los buenos y los malos
A partir de todo lo expresado anteriormente (V. Primera Parte), la primera observación que se me ocurre hacer como lector de La Ilíada tiene que ver con que los comportamientos moralmente dudosos nos dificultan la identificación con los personajes: no hay "buenos", no hay moral, los supuestos héroes disputan escandalosamente por el botín, no los mueve ningún valor particular, ninguna convicción, sólo los motiva la ambición material y la vanidad propia. Y los dioses no castigan esa miseria, sino que la multiplican en su propio comportamiento ¿Podían los griegos, tan racionales ellos, creer en dioses tan disparatados? Personalmente no lo creo, sino que parece ser que era una manera metafórica de representar lo azaroso de la suerte de los pobres mortales ¿Qué valores morales trasunta entonces la obra? Particularmente creo que ninguno de los que esperaríamos, y esto pone al desnudo que en nuestra época (quizás desde el siglo XVIII o XIX más precisamente), se le pida a la literatura que deje en claro un mensaje, un valor moral. En el caso de esta literatura tan remota, creo que lo que vale es mostrar las cosas como son, caóticas, caprichosas, arbitrarias, trágicas. Una visión realista y cruda, por un lado, disparatada y escandalosamente fantasiosa, por otro. Pero diríamos que en esa fantasía radica lo más crudo, ya que el disparatado comportamiento caprichoso de los dioses, coloca al hombre en el rol de juguete del destino, que aunque haga las cosas bien, necesitará de la suerte para sobrevivir. Una verdadera visión cruel y amoral de la realidad, como a veces la percibimos en los diarios. Si esto lo consideramos así, La Ilíada es más realista que el realismo, porque sabe captar lo azaroso y terrible del mundo real: al prescindir de la justicia poética, de la moraleja, la obra parece refregarnos en la cara que no nos ilusionemos, que en la vida real no hay ni justicia poética ni moraleja. Y ésta no es la visión que tienen los grandes trágicos griegos del siglo V a.C., quienes intentan conciliar el destino caprichoso con el error humano: el destino trágico se conoce de antemano, pero el hombre cometerá un error propio que lo llevará a merecer, de alguna manera, ese destino trágico. En la Ilíada el personaje puede tener un compartamiento ejemplar, a tal punto que el propio Zeus sienta cariño y admiración por él, pero esto no lo liberará de su trágico final inmerecido. Tal es el caso del troyano Héctor, quien a mi modo de entender, es el verdadero héroe de la historia. Esto también constituiría un hecho curioso, ya que se supone que representa al bando enemigo, al menos teniendo en cuenta que ningún erudito postuló la teoría de que Homero fuera troyano (según me informa el insigne helenista Abbas Cucaniensis, recién en este 2008 un erudito alemán postuló algo cercano y despertó una polémica apasionada). También podemos tener en cuenta que el relato está básicamente focalizado en el punto de vista aqueo (griego), por consiguiente, Héctor, en términos de nuestra visión del siglo XX-XXI, es el malo de la película. Pero la lectura parece mostrarnos lo contrario, o al menos, este personaje plantea una contradicción que termina haciendo aparecer como malos a los buenos, ya que es el único que demuestra pelear por un ideal humano elevado y comprensible: salvar a su familia y a su pueblo del desastre. ¿Era, entonces, el mundo homérico el reino del revés? Quién sabe, sí, quién sabe, no, la discusión queda abierta. O simplemente, quizás sea nuestro mundo moderno el que está al revés, después de todo, ¿alguien puede asegurar que los buenos de nuestra película no son más malos que todos los malos anteriores juntos? ¿Y no dicen luchar por la justicia y la libertad?
En conclusión, los buenos-malos del mundo homérico, al parecer, eran más sinceros que los actuales.
Continuará...

lunes 24 de noviembre de 2008

La Ilíada: una experiencia de lectura (Primera Parte)

[Comentario literario en cuatro partes]
Génesis de una lectura personal
Confieso, no sin cierta vergüenza, que recién leí La Ilíada a los 28 años. Fue durante unas vacaciones de invierno en Santiago de Chile. La leí con ansiedad y placer, después de comprar una edición usada, la de Verón editor, en un librería del hermoso barrio de Bella Vista.
Si bien antes había leído otras obras importantes, recién entonces pude comprender la contundencia del remanido rótulo de "grandes obras de la literatura universal". Y La Ilíada no sólo es una de las obras más antiguas que integra este grupo selecto (sabemos que en la Antigua Grecia, en el siglo de Pericles, La Ilíada ya era un clásico leído en las escuelas), sino que demuestra en cada página por qué es universal y de alguna manera eterna. No intento, desde ya, hacer un estudio en profundidad de la obra, materia para eruditos que escapa a mis posibilidades, ni tampoco dar una clase escolar, sino que sólo pretendo, de alguna manera, recuperar algunos sentimientos personales de lector común y corriente que son producidos por la obra. Y a la vez, también, terminaré exponiendo una experiencia de lectura personal.
Podemos comenzar, entonces, por señalar que en esa primera lectura fascinada de la obra, a lo largo de ese viaje por Chile, fue naciendo un viaje a Grecia, motivado por la obra de Homero y por la lectura de Los mitos griegos, de Robert Graves, una obra inolvidable, que dicen que formaba parte de las favoritas de Borges, y que es en parte, una buena forma de conocer el contexto monumental de la obra homérica, ese capítulo de la interminable trama mítica conocido como "El ciclo troyano", del cual La Ilíada es sólo un episodio. En esa primera experiencia me atraparon varias cosas, que trataré de ordenar. En primer lugar, llama la atención la peculiar concepción religiosa de los griegos, que no ven en sus dioses un ejemplo de virtudes, sino, por el contrario, un conjunto de vicios, caprichos y arbitrariedades. Los dioses son parte fundamental de la historia, la producen, juegan con los mortales como jugaría un niño hoy con un videojuego. No obran de acuerdo a altos principios, sino movidos por las más mezquinas pasiones personales. Desde el comienzo, observamos asombrados como Hera y Atenea desean la destrucción despiadada de Troya por despecho del concurso de belleza que Paris, el príncipe troyano, les hizo perder, para favorecer a Afrodita, quien lo había sobornado con el amor de la esposa de Menelao, la hermosa Helena, la más bella de todas (recientemente propuse en clase a Scarlett Johansonn para una versión actual, aunque después de haber visto en cine la lamentable Troya, mejor que no la hagan). Ese no es el tema central de la obra, ya que la historia transcurre en el noveno año de la guerra, pero la cuestión de los dioses está barajada de antemano. Cuando empieza la obra el dios Apolo castiga a los aqueos (griegos) porque el cabrón de Agamenón, comandante en jefe de la fuerza aquea y cuñado de la veleta Helena, ha ofendido y humillado a uno de los sacerdotes del dios, negándose a devolverle a su hija secuestrada y diciéndole que se haría vieja en su palacio, como una sirvienta y ramera ocasional. El sacerdote pide justicia, y el dios concede con gusto, su ego ha sido herido por un mortal soberbio, y esa actitud sólo le está reservada a los dioses. De aquí en más, se desatará una verdadera batalla de egos: los de los héroes y los de los dioses. Lo significativo es que ninguno quedará bien parado y todos desnudarán sus miserias. Apolo se vengará sembrando muerte en el campamento aqueo, Aquiles se atreverá a interpelar a Agamenón en asamblea pública, diciéndole que devuleva a la joven, y Agamenón responderá despojando a Aquiles de una esclava suya que había sido parte de su botín. No hay sentimientos, hay posesiones, hay egolatría y divismo, hay miseria moral. La respuesta de Aquiles se da a la altura de las circunstancias: se retira de la batalla pidiéndole a su madre-diosa que le ruegue al mismísimo Zeus que desfavorezca a sus amigos aqueos. Sin ir más lejos, hoy en día una hinchada de fútbol actual crucificaría a un ídolo por mucho menos. Pero en aquellos tiempos arcaicos, las batallas no se dirimían corriendo y pateando un esférico balón. Los dioses jugaban de otros modos más complicados. Y la pelota eran los mortales.
Continuará...

martes 18 de noviembre de 2008

Llanto, silencio y amargura.

Llanto

Es sólo la tristeza que transpira.

Silencio

La madrugada envuelve de luna los aullidos del día. Nos miramos en penumbras. Las palabras duermen.

Amargura

Lilian toma el té sin azucar, para sentir su verdadero sabor ¿Será la alegría el azucar de la vida?

jueves 13 de noviembre de 2008

Palabras simples, de amor y mar.

Toda tu sed y tempestad, tu historia toda, y tus sueños más antiguos, y tu frescura que me enciende; y la esperanza resignada, y tu pasado y tu mañana, la triste canción olvidada, y tu alegría que me entiende. Licor que me embriaga, es toda tu calma de mar plana que acaricia mi orilla y se duerme entre el cielo de mis manos y la playa de este pecho enamorado.
A.L.
IX-XI-VIII/XVII.XX

domingo 9 de noviembre de 2008

Afecto, distracción y olvido.

Afecto
Tu sonrisa es el titiritero que mueve los hilos
de la marioneta de la risa mía.
Distracción
Y se quedó mirando a la nada, con ojos de "enseguida vuelvo".
Olvido
Hojas arrancadas del almanaque antes de tiempo ¡Salud, donde quiera que se encuentren, días y personas amputadas del recuerdo!

martes 28 de octubre de 2008

Desilusión y autodecepción.

Desilusión
Tus dientes se secaron con el otoño
y ya no muerden como antes.
Ahora muerden frágil.
Autodecepción "Si mi vida hubiese sido otra...", pensaba mientras caminaba. "Nunca debí haber desaprovechado la oportunidad de vivir en aquella cloaca", pensaba la cucaracha antes de ser aplastada por esa suela distraida.

viernes 26 de septiembre de 2008

Ellas mismas

Ellas aman más en la mirada que en la carnalidad. Pueden desgarrarse ardiendo en el roce interior de su fuego, pueden jadear sedientas en el abrazo húmedo de la pasión, pero en la mirada distraída que se encuentra como el aire con el rostro amado, ellas se escapan, cuelgan campanas en todas las ramas, esparcen flores blancas de cerezo en los caminos, tiñen de carmín los pétalos empalidecidos por la madrugada, soplan celeste al cielo, barren la vereda, la lustran y cantan mientras bordan sueños, se elevan, cascabelean los dedos como gotitas de rocío, y encienden violines en el horizonte del mañana.
Ellas lloran siempre, lloran de alegría, de distancia, de ansiedad, lloran de risa y de ebriedad, de música y de bronca, lloran de estrellas y de pájaros violentos, de úteros y ovarios, de impotencia y de furia, lloran de amor y de ternura, lloran de vibrar, de lágrima y por dentro, y hasta lloran sin llorar. Y a nosotros nos fastidia, nos baja la guardia, nos hace huir, nos enoja, y nos fascina consolarlas, acudimos al abrazo como el cielo limpio a su jornada.

Ellas nos sueñan, se entregan y festejan nuestras nimiedades, nos endiosan, nos esperan, nos atienden, nos exhalan, pero también, si las desencantamos, si las lastimamos, se van dando portazos que gritan eternidad. Ellas bajan la cabeza y dicen basta, se callan y hacen estallar al silencio más blanco y atroz del nunca, porque jamás olvidan nada, cada detalle les pertenece, no hay cosa que habite el mundo que sea ajena a su mirada, cuando les sangra el alma, despliegan alas de girones, barren pétalos, rompen ramas, queman lilas y azucenas, ponen nubes en el techo, pintan noche en las paredes, aúllan ciegas como lobas perdidas que sangran de muerte, y se hunden en la tiniebla del olvido, en picada, como aves torvas y sin patas, condenadas a volar. A.L. Pilar, 26/09/08, 13.20 hs.

jueves 25 de septiembre de 2008

Palabra Mujer

Mujer, estás en la palabra y en la lengua. Te digo y mi boca se vuelve beso en la primera sílaba; te sigo pronunciando y la jota acaricia el paladar. Mueres en la ola final al romper el látigo contra los dientes, en la culminación verbal –de segunda conjugación– que vuelve al sustantivo oscuro y misterioso como un adjetivo. Mujer, te pronuncio y estallan diferentes sensaciones, y todas las palabras juntas se amontonan suavemente, en ese soplido magnífico que nunca apaga la llama y que siempre aviva el fuego. Te suspiro, imagen, referente, totalidad, palabra nacida para ser dicha al oído. A.L. 24/09/08

lunes 15 de septiembre de 2008

Don José y la baraja.

[La talentosa poeta y narradora Claudia Isabel (http://laperladejanis.blogspot.com/, http://cuentoypunto.blogspot.com es la "culpable" de este post, ya que a partir de un texto que ella escribió ("Revolución de mayo. Mariano épico") dedicado a Mariano Moreno, me trajo al recuerdo este texto mío, escrito hace unos años atrás, en 2005]
La memoria es como una baraja de naipes, pienso mientras mezclo la baraja: los recuerdos son los naipes, nuestras manos son el impulso mismo de la evocación, que mezcla y confunde la baraja, para cortar y montar el mazo y sacar figuras, números, palos, que son recuerdos, números, fechas, nombres, rostros y eventos a veces olvidados. Cierto, quizás los recuerdos sean sólo una madeja de nombres propios, de fechas, de eventos que también son un nombre: Chacabuco, Maipú, Yapeyú... Es curioso, pienso “Yapeyú” y doy vuelta al instante un uno de espadas, cuando pienso en el lugar en que nací, hace setenta y dos años, pienso “Yapeyú”, y no lo puedo recordar, ni una imagen acude a mi memoria todavía muy temprana de menos de tres años de nacido, sólo se aparece en el presente esa marca de la espada asociada al nacer, esa que decidí abandonar pero que no me abandona, porque alguna vez dije “seamos libres, y lo demás no importa nada”, esa espada que nunca atacó a un hermano, pero igual algunos me acusaron de traidor, como si alguna vez yo hubiese apoyado a un hermano en contra de otro hermano, y aunque haya renunciado por esas cosas a la espada, la espada vuelve cuando pienso en mi nacimiento. Mi primer recuerdo se me aparece como envuelto en niebla, es una imagen del viaje a Buenos Aires, las interminables horas de carreta, la sensación de un cambio incomprensible, misterioso y definitivo.
Doy vuelta otras cartas, un cuatro de oros, siguen las semejanzas, cuatro años tenía en mis primeros recuerdos, en aquella gran aldea que tenía amplias calles de tierra, transitada por numerosas carretas, al menos para lo que yo había visto hasta entonces. Esa fue la época de oro de la primera niñez, la de los juegos con mi hermano Justo, los tranquilos años en la apacible Buenos Aires que varios años más tarde resistiría la invasión de los ingleses y que en algunos años más aún estallaría en revueltas contra el rey Don Fernando y hasta contra el mismísimo Napoleón. Mientras pienso esto último doy vuelta un naipe que representa la figura de un joven con un basto en la mano, la décima carta de su palo, y evoco al doctor Mariano Moreno, quien murió en alta mar asesinado antes de unírsenos en Londres; aparto esta carta del resto para que la memoria desordenada dé paso a la razón del solitario que ordena las cartas. Espera en aquel rincón, respetable figura, hasta que lleguen otras cartas a acompañarte en el recuerdo. Y allí viene entonces el once de espadas, el abrupto fin, el viaje a España. Atrás quedan las imágenes de la sala de aquella casa: Justo leyendo sus cuadernos escolares, Manuel y Juan Fermín luchando con sus lecciones de latín, María Elena bordando con mi madre, Gregoria, la silenciosa mujer que aletea el bastidor junto a su hija mientras contempla como distraída, como sin quererlo, a su esposo, a mi padre que como yo en este momento, estaba solitario, en la despoblada mesa nocturna, cerca del fuego, revolviendo la baraja y mezclando sus recuerdos, y casi todos, menos yo, sabían que esos recuerdos que mezclaba en el mazo de figuras eran los recuerdos de su tierra a la que esperaba que le dieran el permiso para volver. Durante todo este rato me he quedado mirando a este once de espadas que mis dedos deformados por los años sostienen, y mi vista maltrecha intenta enfocar con precisión, como si intentara reconocer su rostro, como intentando recordar el rostro de aquel compañero del Real Seminario, en Madrid, que me explicó el significado de la palabra “guacho”, diciendo que era una palabra americana que significaba no tener ni padre ni madre, que era más o menos lo mismo que no tener patria, como no la tenían los americanos que habían inventado esa palabra. Recuerdo ese primer insulto de escuela, así como no puedo recordar el rostro de quien lo dijo, era más grande que yo, no lo miré, apreté mis puños y le respondí que quizás fuera mejor no tener ni padre ni madre antes que haber nacido de una mala entraña. Nos separaron, nos reprendieron y el hecho no llegó a mayores, pero a partir de entonces comencé a sentirme diferente: de padres españoles, sin patria propia, americano por nacimiento, arrancado de una tierra que aún no era nada. Nacer en América era entonces tener a la ilusión por patria, algunos españoles nativos nos consideraban como provincianos y extranjeros a la vez, y en su desprecio no hacían más que alimentar nuestro orgullo de soñarnos independientes. Pero mi padre lo entendió de otro modo, entendió que debía endurecerme, que debía seguir sus pasos, que debía aprender a amar a su patria. Honré a mi padre en vida, aunque seguramente defraudé sus expectativas luego de su muerte. Sólo sé que alguna vez me dijo que la milicia era servir a las propias convicciones y luchar con lealtad a los ideales propios, que deben ser los mismos que los de la patria, y a eso nunca falté. Tenía tan sólo once años cuando dejé la vida familiar y la escolar para ingresar en la milicia. Doy vuelta al once de espadas como si no quisiera recordar el rencor que sentí hacia mi padre al abandonarme allí, porque luego aquella vida me atrapó, porque allí fui imaginando un sueño desde poco después de llegar, me imaginaba luchando por ideales de libertad, igualdad y fraternidad, imaginaba batallas heroicas que algún día llegarían como desde adentro de mi sueño forjado a imagen y semejanza de los relatos encendidos que nos llegaban de los sucesos de París, aquella famosa Revolución Francesa que estaba llamada a ir desvirtuándose, pero que dejó una marca imborrable en la conciencia de los jóvenes de aquellos años. Quizás ese recuerdo me llevó a pensar en refugiarme en esta tierra adonde hoy transita el dolor de mis huesos, un dolor mucho más profundo del que comencé a sentir en aquellas tiendas de campaña, entre los estruendos de la artillería, al galope furioso de los caballos arremetiendo la carga por sobre los cuerpos sin vida de los compañeros caídos, al transcurrir de la batalla sin saber al cabo por qué se sobrevivió. Y junto con los primeros dolores del cuerpo, las primeras medallas, que se aparecen en la baraja de mis recuerdos dibujadas en al as de oros, la gloria del joven oficial don José de San Martín, hijo de don Juan de San Martín y de doña Gregoria Matorras, natural de Yapeyú, una ciudad marcada por un as de espadas que en estos momentos ha vuelto a mezclarse en el mazo, que fue militar español sin serlo, que ha sido héroe de batallas ajenas que alguna vez le parecieron huecas, que fue héroe de batallas propias cuya gloria luego le resultó hueca, vana y amarga, porque alguna vez aprendí que ninguna batalla se gana del todo. Fui el oficial que mi padre soñó, y ese fue el recuerdo que se llevó al morir en el ’96. Iba llegando el momento de buscar mi patria, iban a pasar muchos años, no iba a ser fácil imaginarla e inventarla. Si hasta a veces tengo la sensación de que todavía no la terminamos de inventar. Se me aparece ahora el rey de copas, y ahora es Francia el enemigo, ahora se pelea por la libertad. El rey de copas es José Bonaparte, sin dudas, a quien llamábamos Pepe botellas por su afición al alcohol. Otra guerra ajena, pero ya se iba pareciendo a las soñadas. Bailén, 19 de julio de 1808, derrotamos a los franceses invasores, los españoles festejan la victoria española; los americanos festejamos la derrota francesa. Soñamos nuestra victoria. Ahora somos aliados de los ingleses, así es la guerra, el siete de oros llega con el recuerdo de Lord Macduff, aquel imborrable escocés que me habló por primera vez de las logias americanas. Con sus modos refinados y su acento salvaje hacía largos los tragos para ladrar en un castellano visceral: “que tus enemigos nunca sepan quiénes son tus verdaderos amigos, pero que estos últimos siempre sepan que tú eres su amigo, porque comparten enemigos”. Reía y seguía diciendo, como si fuera un juego, que nos entendía a los americanos mejor que nadie por el simple hecho de ser escocés: “el hijo de un pueblo sometido siempre quiere dar un buen puntapié a quien lo somete, al menos cuando este se dé vuelta”. Poco a poco me estaba convirtiendo en un traidor. Ahora sale el rey de espadas, mi rey que empezaba a ser mi enemigo. Aquí lo colocaremos, aquí, junto al diez de bastos, junto al doctor Mariano Moreno: estalló la revuelta del 25 de mayo de 1810, la voz corre por los cuarteles: “se nos sublevan las antiguas colonias, es en nuestro apoyo; no, claro que no es así, se dice que hay sediciosos que sueñan con sublevar a las colonias contra el rey, no faltará el tiempo en el que haya que aplastar a esos salvajes americanos, dicho esto con todo respeto por los que nos han demostrado fidelidad en estos años.” Y uno que va conspirando en silencio, poco a poco; “sediciosos”, murmuran en los cuarteles. Me comunico con Macduff, si no quiero levantar la espada contra mis hermanos debería ser desertor, pienso en pedir la baja y partir rumbo a América, claro que prefiero combatir a mi monarca, de quien, si se me permite, ahora pondré su naipe de rey de espadas cabeza abajo, porque afortunadamente los reyes de espada tienen pies y cabeza, no así los números, que siempre se ven derechos. No sé qué juego es este, sólo son recuerdos mezclados. El diez de espadas es Monteagudo, se queda aquí, junto a Moreno que en realidad ya descansa en el fondo del mar, daremos vuelta su carta con respeto, Monteagudo irá contra los enemigos de la Logia Lautaro que hemos fundado. Este otro doce no es un rey, es una fecha, el año 1812, y su oro no es riqueza, otra vez es el recuerdo, es el regreso a Buenos Aires, luego de 28 años, vuelvo a la aldea de mis primeros años, convulsionada por la libertad, que da sus primeros pasos sin saber hacia dónde sigue el paso posterior, yo el Teniente Coronel San Martín, nacido en estas tierras, quien combatió contra los mismísimos ejércitos de Napoleón, quien pidió su retiro por razones de salud y de carácter familiar, para volver a combatir a su patria que todavía no existe, quien pasó a Londres para tomar contacto con los conspiradores de las logias masónicas americanas, quien forma parte de una hermandad comprometida con la independencia del continente, vengo humildemente a servir al ejemplar gobierno instalado desde entonces en estas tierras, pidiendo tengan a bien respetarme el grado obtenido hasta el momento en el antiguo y abandonado ejército español, al cual lejos de querer regresar me comprometo a combatir como enemigo decidido por entender que su dominación de nuestra América ha llenado de vergüenza y oprobio a nuestros hermanos indios, a quienes hoy debemos sumar a la lucha emancipadora, y a todos los criollos bien nacidos sometidos al vil yugo europeo. Y los tres hombres, Paso, Chiclana y Sarratea, estuvieron de acuerdo, pero de pronto desde la puerta entreabierta intervino ese sujeto que sería mi enemigo por siempre y desde entonces, el ministro Bernardino Rivadavia resopló su insolencia y su soberbia que siempre me olió a traición: “es indudable que lo suyo son las armas, Coronel, no la retórica, no las proclamas, no la política. Su carrera militar es impresionante, ¿podremos confiar en su obediencia y fidelidad?”. Ese infeliz me insultaba dos veces: una al reírse de lo expresaban mis convicciones, que él nunca tuvo; la segunda al dudar de mi fidelidad, quizás porque sólo miraba en él mismo. Fue Paso quien se apuró a contestar que no cabían dudas de eso. No recuerdo una mano más fría que la de Rivadavia cuando por única vez la estreché francamente, cuando nos presentaron. Unos meses más tarde yo encabezaría a las tropas que marcharon sublevadas a la Plaza de la Victoria para deponerlo por el fraude contra Monteagudo. La única proclama política que escribí en mi vida, se la dediqué a Rivadavia, ya que no le gustaban mis discursos: le decía que habíamos actuado para proteger la voluntad del pueblo, y para que se supiese que no siempre están las tropas para sostener a los gobiernos y autorizar las tiranías. Rivadavia no me lo perdonó nunca, así como yo no le perdono todo el daño que le hizo a nuestra lucha hasta el día de hoy, y aún después de muerto, con el respeto debido a la muerte, no se le puede perdonar que no haya querido que sus restos descansen jamás en Buenos Aires. Y pensando en Rivadavia doy vuelta una gran copa, un as de copas, no es una copa de brindar, es una copa envenenada, que hace que pasen de largo todas las hazañas, todas las luchas gloriosas, caen, una tras otra las cartas que son nombres, San Lorenzo, el admirable Manuel Belgrano, el Ejército del Norte, Cuyo, Mendoza, Los Andes, la libertad en Chile, el encuentro con O`Higgins en Santiago, la entrada triunfal en Lima, y el dos de copas que me recuerda el encuentro con Bolivar, mi silenciosa retirada para cederle el mando al gran general americano, cuando me daba cuenta de que cada vez la política me asfixiaba más, me hacía ver la realidad como a través de un cristal que se resquebrajaba a pedazos: América se iba dividiendo en fragmentos cada vez más numerosos de naciones destinadas a las guerras internas, destinadas al dominio de otras naciones más poderosas. Y entonces volví a sentirme como al principio, sin patria, sin nación con la que identificarme; ni español por convicción, ni de la Provincias Unidas, porque no había provincias, al menos que estuvieran unidas, ni de Buenos Aires, ni de las demás naciones, simplemente americano por elección, pero ¿qué era ser americano? Todavía hoy me lo pregunto, por entonces parecía que ser americano fuera luchar contra el hermano, fuera indio, fuera gaucho, fuera criollo, fuera del interior, fuera blanco, fuera porteño, fuera celeste, fuera rojo, fuera bueno, fuera malo, fuera hermano, sólo es sangre, y la lucha por la libertad se fue transformando en lucha por imponer proyectos propios, sin ideales, modelos de nación pensados desde afuera y para afuera, desaparecida España, ahora se disputaban nuestros despojos las demás potencias europeas. Yo, José de San Martín preferí condenarme al peor de los castigos, por el más digno de los delitos: haberme negado a intervenir en las guerras internas, en las guerras entre hermanos, fui desobediente cuando el gobierno me ordenó abandonar la Campaña de los Andes para reprimir el alzamiento de los federales de Santa Fé, así también como antes había desobedecido la orden de apresar a Manuel Belgrano, el hombre más íntegro de esta Revolución, cuando lo sucedí al mando del Ejército del Norte. Ese episodio me terminó de convencer de que intentábamos romper las sólidas cadenas que nos habían sometido durante años para reemplazarlas por otras más nuevas, dejábamos de ser esclavos de los españoles para ser sólo piezas en las nuevas luchas entre los poderes locales que se encargarían de someter a un pueblo acostumbrado al sometimiento. Los nuevos señores no pensaban hasta dónde llegaba el significado de la palabra libertad, que proclamaban, los verdaderos idealistas, de los que hablábamos en Londres con devoción, Mariano Moreno, Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Bernardo de Monteagudo, quien fue mi secretario hasta pasar a cumplir idéntica función junto a Bolivar, los hombres más inteligentes, honestos y destacados de la gloriosa Revolución de Mayo que había cambiado el rumbo de mi vida, ya habían muerto, y ninguno de ellos de una forma digna: Moreno como ya lo evoqué, Belgrano en el olvido vergonzoso de la miseria, Castelli, su primo, el gran orador de la revolución, el que levantó en armas contra el poder español a los campesinos hambrientos del Norte, murió acusado de traición, privado del habla por un cáncer de lengua que ni siquiera le dejó responder a las infamias que de él se dijeron. Mi querido amigo Monteagudo, finalmente, murió asesinado en Perú, en un oscuro episodio que nunca se terminó de aclarar. Yo simplemente estaba convencido de que mi misión era acabar con el nido del poder realista en Sudamérica: había que liberar Chile y luego pasar al corazón mismo de la dominación, el Perú. Una vez cumplido esto, quise regresar a Buenos Aires para encontrarme con mi amada y recordada esposa Remedios, que estaba gravemente enferma, pero los unitarios, con Martín Rodríguez y Rivadavia a la cabeza, habían vuelto al poder, y temían que entrara con mi ejército a encabezar una revolución, y no me autorizaron. Desobedecí nuevamente y volví sólo, sin ejército, sin planes, y de allí en más, con el interminable dolor de haber llegado demasiado tarde para despedir a la gran mujer que supo acompañar mis años de lucha. Ahora todos desconfiaban de mí, no podía permanecer en Buenos Aires sin despertar recelos y sin que se me presionara para que de alguna manera tomara partido por uno u otro bando. Decidí entonces emprender el camino más doloroso, el renunciar a la patria que yo había contribuido a forjar para marchar al exilio, y hoy bebo cada día de esta copa envenenada que se lleva mis días. Es cierto que intenté regresar cuando supe que mi camarada Dorrego estaba en el poder, pero al desembarcar en el puerto de Montevideo me enteré de su fusilamiento por parte de Lavalle, esperé allí la evolución de los acontecimientos, pero al cabo de tres meses me convencí de que en ese país joven de nombre plateado ya no había lugar para mí, José de San Martín, quien conoció la gloria y el dolor, quien nació sin patria y fue condenado por su pares a morir sin patria. Monto el mazo y aparto estas cartas, es agosto en Boulogne sur Mer, y aunque la brisa tibia del verano se obstine en franquear las ventanas, mis huesos sienten el frío del invierno de Buenos Aires, mi corazón que se cansa de latir sueña con dormir su sueño eterno en esa aldea que elegí como patria, mientras mis manos recuerdan la humedad de la tierra revuelta al sembrar la quinta de la chacra mendocina. Y recuerdo Los Andes y las nieves eternas, y pienso en la eternidad y en mi próxima muerte, cuando todo se aleje, cuando todo se calle, cuando sólo quede el recuerdo ajeno. Y entonces, sólo espero que mis sueños formen parte de la conciencia de cada uno de los que hoy se llaman argentinos, y que esta triste voz que hoy se apaga dentro mío resuene como un eco en el corazón de mis compatriotas. Y entonces, guardo estas cartas, y digo hasta siempre.

jueves 11 de septiembre de 2008

Palabras recortadas y dispersas alrededor de Macedonio, para un día del maestro.

[A manera de proemio, consideraciones sobre el día del maestro en Argentina]
En nuestra Argentina, se suele conmemorar la muerte, y a manera de irónico homenaje, hoy es el Día del Maestro por ser el día de la muerte de Domingo Faustino Sarmiento. Me es difícil derramar palabras elogiosas para un personaje que más allá de su ímpetu, de sus convicciones y su obra educativa, alguna vez le escribió a Mitre que no ahorrara sangre de gaucho en la batalla, por ser "un excelente abono para la tierra". Los años, el Billiken, y las maestras reproductoras del sistema, han convertido la estampa de este anciano (que alguna vez fue joven) gruñón, fumador compulsivo, mal hablado y mujeriego, en el cliché del "padre del aula". Figura polémica, "hombre moderno" de su época, fanático hasta la ingenuidad del "progreso europeo", incondicional devoto de un positivismo devaluado en racismo imperante en la época, enemigo acérrimo de todo lo que representara la cultura americana (¿los separatistas-elitistas-racistas bolivianos habrán leído el Facundo?), Sarmiento es una figura ineludible de nuestra historia, que si bien no merece ser borrada de los manuales -el olvido y la desmemoria son la mejor estrategia de la repetición-, sí merece, al menos, ser revisada críticamente, antes de seguir alimentando al cliché.
Como docente que soy, creo que tenemos derecho a reconocernos este día, más allá de las causas que lo hayan instituído, y a falta de otra fecha, tomemos a ésta, aunque sea por tradición. Lo que sí podemos reservarnos, es la elección de otros modelos de maestros que seguir, después de todo, son los discípulos los que suelen escoger. Y entonces, elijo a Macedonio como contrafigura Sarmientina, por ser un hombre nacido en el siglo XIX, pero de decisiva influencia en el XX y lo que va del XXI, que sigue transitando el camino de las vanguardias estéticas, esas a las que Macedonio, sin haber abrazado nunca oficialmente, tanto contribuyó a alimentar en nuestro ámbito. Macedonio fue maestro (además de amigo propio, heredado del padre), de Jorge Luis Borges, y su influencia pasa por Cortázar y sigue andando nuestros días. He aquí, entonces este sencillísimo homenaje.
[Primero, la voz del maestro:]
HAY UN MORIR
No me lleves a sombras de la muerte
A donde se hará sombra mi vida,
Donde sólo se vive el haber sido.
No quiero vivir del recuerdo.
Dame otros días como éstos de la vida.
Oh no tan pronto hagas
De mí un ausente
Y el ausente de mí.
¡Que no te lleves mi Hoy!
Quisiera estarme todavía en mí.
Hay un morir si de unos ojos
Se voltea la mirada de amor
Y queda sólo el mirar del vivir.
Es el mirar de sombras de la Muerte.
No es Muerte la libadora de mejillas,
Esto es Muerte. Olvido en ojos mirantes.
[Luego, la voz del discípulo:]
PALABRAS DE BORGES ANTE LA TUMBA DE MACEDONIO FERNÁNDEZ
Intimos amigos de Macedonio fueron José Ingenieros, Ignacio del Mazo, Carlos Mendiondo, Julio Molina Vedia, Arturo Múscari y mi padre; hacia 1921, de vuelta de Suiza y de España, heredé esa amistad. La República Argentina me pareció un territorio insípido, que no era, ya, la pintoresca barbarie y que aún no era la cultura, pero hablé un par de veces con Macedonio y comprendí que ese hombre gris que, en una mediocre pensión del barrio de los Tribunales, descubría los problemas eternos como si fuera Tales de Mileto o Parménides, podía reemplazar infinitamente los siglos y los reinos de Europa. Yo pasaba los días leyendo a Mauthner o elaborando áridos y avaros poemas de la secta, de la equivocación, ultraísta; la certidumbre de que el sábado, en una confitería del Once, oiríamos a Macedonio explicar qué ausencia o qué ilusión es el yo, bastaba, lo recuerdo muy bien, para justificar las semanas. En el decurso de una vida ya larga, no hubo conversación que me impresionara como la de Macedonio Fernández, y he conocido a Alberto Gerchunoff y a Rafael Cansinos Assens. Se habla de la irreverencia de Macedonio. Este pensaba que la plenitud del ser esta aquí, ahora, en cada individuo, venerar lo lejano le parecía desdeñar o ignorar la divinidad inmediata; de ese recelo procedieron sus burlas contra viejas cosas ilustres.
[Y otra vez, el maestro]
AMOR SE FUE
Amor se fue; mientras duró
de todo hizo placer.
Cuando se fue
nada dejó que no doliera.
CREÍA YO
No a todo alcanza Amor, pues que no puede romper el gajo con que Muerte toca. Mas poco Muerte puede si en corazón de Amor su miedo muere. Mas poco Muerte puede, pues no puede entrar su miedo en pecho donde Amor. Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
[Y por último, el irreverente aunque modesto homenaje personal, a manera de antigua glosa]
Olvido en ojos mirantes
Por y para Macedonio, claro.
Sobre la piel del olvido
transita
una gota de silencio
que se vuelve abismo.
Mirada de párpados cerrados,
ojos que duermen de día
y hacen noche la vigilia.
A.L., 11/09/08

lunes 8 de septiembre de 2008

Inventario anti-tao



La huella que deja tu bota en la lluvia,
tu boca diciendo “ahora”.
Pensar el invierno, cuando es verano,
soñar la primavera
una mañana húmeda de otoño.
El viento despeinando la melena suave
de una enamorada.
Los ojos de una gaviota,
ser otro de vez en cuando.
Escapar por calles sinuosas
a plena luz del día,
injusto ladrón inocente
de nada.
Decir gracias,
la risa hasta las lágrimas,
el vértigo de la alegría.
Tener veinte años,
y no saber cómo gastarlos.
El calor de tu mano en la oscuridad,
tu mirada al despertar.
Ver un diamante en el cielo
y detenerse.
Las manos de una abuela
amasando pan,
las mejillas encendidas
de un niño asombrado.



Y también tu huella
aplastando a ese insecto,
tu huella huyendo en la lluvia.
(te veo irte sin verte).
Tu mano helada y distante,
despertarse ciego,
y los niños muertos.
Detestar al invierno en el invierno
y al verano en primavera,
y al otoño que no llega.
La enamorada con su melena sucia,
la gaviota ciega,
tener que ser el mismo,
tener que seguir actuando,
y de vez en cuando me atrapan.
El grito desgarrador,
decir muerte, y que se haga.
El vértigo de la tragedia,
ver el tesoro y despreciarlo.
Tener noventa años
y más de cien rencores.
Y las manos de un chico
que estrangulan a otro chico.
Y tu boca gritando “nunca”,
y el mundo sigue vomitando.





A.L. Pilar, 08/09/08 21.50 hs.



sábado 30 de agosto de 2008

Inscripción para la tumba de un guerrero

De entre todos los héroes,

sólo los verdaderos,

aman sentir el suave y verde césped,

mullido y familiar,

bajo la áspera suela de sus botas ajadas.

Es cierto que también disfrutan

de romper quijadas con sus nudillos,

de asolar aldeas, hierro en mano,

bañados en sangre y polvo,

entre manadas de corderos,

y de niños, y de mujeres aterradas;

o buscan la muerte

entre quebradas que emboscan,

o en desiertos planos y calientes

como la frente de un gigante enfermo

(si hasta algunos mueren de pestes lejanas,

maldiciendo los traidores estertores

que los arrebatan de la gloria).

Y claro que también aman

las orgías tempestuosas de abundancia

que sólo pueden conocer

los victoriosos:

palpitar oliendo a euforia viril,

a sudor de mujeres encendidas,

que a su vez aman

encenderse sobre el cuero

de himnos y fanfarrias palpitantes.

os emociona, tanto como a otros el amor,

gritar hasta hacer temblar el cuerpo entero,

gritar hasta expulsar toda la voz del garguero,

hasta sentir un alud desbarrancándose en el pecho,

y calmar al Febo interno

con torrentes de alcoholes destilados,

fermentados, pestilentes;

da lo mismo,

que a la lava no la calma

el rocío mañanero.

Y aman que les duelan sus heridas,

y sus huesos y sus batallas viejas,

cuando sus cicatrices laten están vivos,

y cada nuevo surco que se abre en su piel,

es como un río de miel que brotara bajo el cielo.

Aman el polvo y el humo del combate,

el ruido de los cráneos rotos

y el olor de la sangre

que los ceba como a tiburones

desconocidos y remotos.

Aman la urgencia y el pavor de lo incierto,

aunque creen como pocos

que hay gloria eterna después de la vida,

y la ansían y la esquivan,

y respiran con calma

cuando la Parca les sigue de largo.

(Y no lloran, aunque a veces resbalan

lágrimas por sus ásperos carrillos,

al despedir a un compañero,

porque llorar es para ellos

sólo otra forma de respirar.)

Los héroes verdaderos

llevan epopeyas en los dientes,

y el sabor de la bilis

en sus lenguas,

pero sólo aquellos

le vibran a lo tenue

desde adentro, como a nada

– ni al mármol de los templos sagrados,

ni al ruido del acero,

ni a los cascos galopando,

ni a los vicios del saqueo–;

sólo los que son héroes enteros,

se postran

como cachorros somnolientos,

ante el suspiro intenso

de los pétalos sudados

de la madreselva,

ante el canto débil

del arroyo mortecino,

ante el vapor cálido

del aire de primavera

en su aldea,

sobre su lecho de paja insana,

bajo su manto de vellón de lana,

entre la piel de la mujer amada,

entre el viento que llega

aventado

por los abanicos de las alas

de esas aves distantes,

que comerán carroña

luego de la próxima batalla.

Sólo los héroes verdaderos

tienen de tacto en la punta de los dedos,

el cosquilleo de la pluma,

el susurro del aliento

de la boca de la amada,

en cuyo pecho que es almohada

se acallan todas las trombas,

y toda la furia del enemigo,

y todo el coraje de los violentos.

Sólo los héroes verdaderos

parten siempre a la pelea

soñando con volver,

como el viento arremolinado,

siempre al mismo lugar,

quizás aquél que fue el único

que tras tantas batallas

pudieron en verdad conquistar.

A.L. Pilar, 30/08/08, 17.30 hs

martes 19 de agosto de 2008

No sé por qué ...

[Continuando con este ciclo relacionado con viajes, aquí va un borrador de una historia dispuesta a continuar, en cuanto se pueda. Me anda rondando desde hace un par de años] ...o más bien porque lo sé exactamente, cada vez que me voy de vacaciones me acuerdo de mi papá, lo cual asegura que lo recuerde al menos una vez al año; y entonces, prodigio de la memoria selectiva y fragmentaria, me vuelven las imágenes más bellas del tiempo que pasamos juntos, lo extraño y me pregunto por dónde andará, me imagino por dónde andará, y vuelvo a recordarlo de viaje, al volante, o abriendo la ventanilla de un tren para respirar el paisaje, o bajándose ansioso, arrastrándome de la mano, en una terminal de ómnibus para ir al baño, o esperando el equipaje en la cinta de un aeropuerto con su plano de la ciudad entre los dedos. Mi papá viajó de todas las formas posibles, de todos los modos posibles y medios disponibles, aunque soliera decir que le faltó el camión de hacienda con animales. Papá es viajar, es el acto mismo de viajar, su padre lo había subido por primera vez solo a un tren a los siete años para que aprendiera a viajar y manejarse por sus propios medios; mi abuelo decía siempre que a él lo habían mandado desde Italia solo, en una barco, a los doce años, a ver entonces si papá no podía viajar hasta Adrogué a visitar a sus abuelos. Papá le cobró a los catorce años la enseñanza, colándose con un amigo en un tren de carga en donde los encontraron casi un día después en Santa Fé de la Vera Cruz. Lo de Vera Cruz fue lo que siempre había intrigado a papá desde años antes. No pudo ver mucho de la ciudad, ya que allí, luego de darles un buen susto, los mandaron de vuelta para Buenos Aires. Pero verdaderamente a papá no lo asustaron mucho que digamos, porque a los quince ya se las arreglaba para viajar de alguna forma económica, mintiendo vacaciones con amigos mayores con quienes viajaban hasta un punto para después hacer dedo hasta lo más lejos posible. Una vez nos contó, manejando en una ruta, claro, que a los dieciséis pasó por Mar del Plata especialmente para comprar unas cuantas postales para enviarle cada dos días a su pobre madre, a quien la había tranquilizado diciéndole que iba a un encuentro de jóvenes cristianos, que realizaban tareas de recreación espiritual y de caridad (la anécdota incluía a un tercero que enviaba las postales previamente escritas con sello postal marplatense). Pero a Mar del Plata la devoraba en tres días a lo sumo, y luego le quedaba la costa hasta Bahía Blanca, punto recomendable para volverse con ganas de haber seguido un poco más allá, porque siempre tiene que quedar algo por conocer, sólo para querer volver en otro momento. Y papá siempre volvía, y aún ahora sé que si hay lugares a los que no pudo volver, él está convencido de que va a hacerlo en algún momento. Ahora me toca a mí continuar el rito, pero no sé por qué, no me siento a la altura de las circunstancias. Es el kilómetro cero, me acompaña mi mujer, me acompañan mis hijos, me siento papá, pero no soy él, y eso debe ser lo que me incomoda. Soy yo, soy Julio, soy sedentario, adoro la ciudad, vivo en un departamento que es lo suficientemente cómodo para mí y la familia. Tengo un buen trabajo y un auto nuevo al que uso precisamente para ir trabajar. Y me fastidia manejar en el tránsito de la ciudad. Me gustaba más cuando iba en subte, el subte sí que es cómodo. Y rápido ¿Qué carajo estoy haciendo manejando este auto hasta Puerto Madryn si la ruta siempre me aburrió? ¿Por qué mi hermana tenía que venir a mudarse justamente a Madryn? Y para colmo tenía que seguirla mi vieja. Y ahora amos a recibir el año nuevo del 2000 allá, y esto me costó semanas de discusión con Coty, que ahora se patea la cara, todavía de la bronca, porque los padres querían alquilar una quinta, y qué tiene de especial, me preguntó yo festejar el 2000. Pero es mi familia, y tengo cuestiones pendientes. Y los pibes, en el asiento de atrás están insoportables, ya están inquietos. Tengo que calmarme, es apenas el kilómetro 0. Tengo que ser papá, manejando mientras contaba historias de otros viajes para que la ruta no se hiciera larga. Y lo conseguía, las historias de viaje de papá eran fabulosas, porque viajar había ido cambiando con el tiempo, y por supuesto que papá tenía una historia para cada época, para cada modalidad de viaje, para cada modelo y estado de auto. Pero a mí manejar no me gusta, y me quedan como veinte horas por delante. Conducir es para mí un acto casi reflejo, pero en el que hay que mantenerse demasiado alerta, que de alguna manera me pone tenso, sobre todo por atender a lo que hacen los otros, y no me puedo relajar. Sí lo hacía, en cambio, cuando no conducía yo, sino papá, entonces miraba el paisaje. Ahora no lo puedo disfrutar, y tampoco puedo entender cómo puede haber gente que describa paisajes que apreció mientras conducía ¿Por qué no fuimos en micro, entonces? Era más caro, definitivamente, cuatro pasajes ida y vuelta. Pero sé que no es esa la razón, aunque no se lo diga a Coty por no dar el brazo a torcer, pero si no llevaba el auto, seguro que íbamos a ser rehenes de mi cuñado, que iba a insistir en llevarnos a donde él quisiera. “El auto nos da libertad”, le dije a Coty como si me muriera por manejar en vacaciones, como si yo fuera mi viejo, “nos quedamos unos días y hacemos la nuestra”, y agregué lo del costo. Es lo único que le pude arrancar, y quizás aceptó porque, desde ya, se lo tuve que plantear como un verdadero fastidio, aunque después de todo, hace cuatro años que no paso una fiesta con mi vieja y con mi hermana, y después de todo, todas esas fiestas las pasé con los padres de Coty, por no adelantar las vacaciones y agarrar el auto e irme a pasar las fiestas lo más lejos posible, como hacía papá. Y vuelvo a pensar en él, será porque me gustaría saber dónde va a pasar mi viejo el año 2000, será porque lo extraño o lo quiero. Puede ser, pero no tiene remedio, está loco o no sé, pero no le importamos, y por eso mi vieja se merece que una vez en la vida pueda pasar el año nuevo del 2000 con sus dos hijos, como ella quería. Se lo dije a Coty, y ella terminó aceptando, pero me va a costar una cara de culo de mil quinientos kilómetros de largo. Y los pibes están insoportables. Coty los reta, no sé qué prefiero. Me callo y manejo. El camino es simple, el auto está en condiciones, me concentro, el viaje es demasiado largo y apenas empieza, estamos llegando a la General Paz. Después buscaremos el empalme con la Ricchieri, después, iremos para Ezeiza a empalmar con la ruta 3, después, 1300 kilómetros derecho hasta Madryn. Ezeiza…¿Porqué no fuimos en avión? Cierto, es más caro, y salen de Aeroparque. No sé por qué pienso las cosas que pienso. No sé por qué sigo pensando en papá.

domingo 20 de julio de 2008

Limita (II)

(Viene de la Primera Parte: La lección)
Segunda Parte: El mejor amigo Los tres chicos se van, pero Limita se va a encontrar de vuelta , unos días después, con los pibes más grandes, quienes le van a recordar lo que él dijo unos días atrás. – ¿Te animarías a hacerlo ahora? Hay un gato al que lo queremos matar. Te conseguimos un caño limado y lo hacés. No te hagás drama, si no zafás sos menor, sabés que si caés, no tenés que decir nada. – La tengo clara , pero no pensaría caer… si lo haría… – Claro que sí, pero primero hay que ver si te animás o sos muy nene todavía. – Decime por cuánta moneda y te digo. Los grandes se rieron. – Mucha, nene. Si matás a ese gato hay mucha, pero mucha pasta en juego. Mientras tanto, andá a comprarte un helado mientras vas pensando. Y el interlocutor le estiró la mano y le dio un billete con un prócer que Limita había visto sólo en fotos, o en televisión o en volantes publicitarios. – No les digas nada a los putos de tus amigos, decí que lo robaste. Y Limita corrió y obedeció, y pensó, y se tomó tiempo para pensarlo hasta que le duró el dinero que cuidadosamente ocultó a su madre. Y a los dos días, decidió que aceptaba. Tenía un nudo en el estómago, pero lo supo transformar en emoción. Esperaba que le dijeran que era ahí mismo, cruzando esa calle, pero era más complicado. Tenía que ensayar, se tenía que endurecer. Primero lo mandaron a “arrebatar” a un jubilado a la salida de un banco, para entrenarle la obediencia y el arrojo. Corrió como veinte cuadras perdido por el centro, pero aguantó y pasó la prueba. Después le hicieron hacer algo peor. Estaba relacionado con su futura víctima y era atroz, pero por tal condición, era la prueba definitiva de su capacidad. Tenía que meterse en el patio de la casa de su futura víctima y matarle al perro. – ¿Lo enveneno? – No, eso es muy suavecito. Le tenés que cortar la garganta sin que el puto ese te oiga. A Limita se le estremeció su pequeño corazón de piedra, pero supo aguantar. No obstante, Cóndor, el pibe más grande que le hablaba, lo apuró. – ¿Qué, te cagás por tener que matar a un perro de mierda? Ni siquiera es un perro peligroso, está viejo y medio ciego. Queremos que el tipo se ponga nervioso para que se salga del hoyo y se nos venga al humo. Ahí intervenís vos. Pero primero tenés que hacer lo del perro. Después de eso, vas a trabajar para nosotros cuando quieras. Lo del perro era la verdadera prueba final, y lo otro era recibirse. Y aunque fue simple porque como le habían dicho, era un perro viejo y casi ciego, y aunque logró entretenerlo con un cebo porque el instinto siempre es más fuerte, y aunque no hizo ruido porque no le costó pasarle el lazo y ajustárselo al hocico, y aferrar al animal para perpretar el crimen, cometió el error de mirar los ojos del perro mientras le clavaba la daga en la garganta. Y fue como clavársela él mismo y casi se delata porque lloró, sollozó en silencio como un chico, y se acordó de que lo era. Y sintió rabia por serlo, y entonces retorció la daga con furia, como si la culpa de su infancia fuera del animal, hasta que éste no se movió más. Y lo miró muerto, y el llanto brotó imposible de contener, y saltó la pared cuando una luz se encendió dentro de la casa, y el dolor dejó paso al terror, y corrió enloquecido por calles silenciosas sollozando agitado, mientras los ladridos y aullidos de otros perros parecían reprocharle el imperdonable asesinato que acababa de cometer. Pero esa experiencia espantosa le había significado superar la última prueba, y ahora ya estaba preparado para la definitiva, sabía que lo haría porque no podría ser más horrendo que aquello, y lo iba a hacer con un caño limado, se lo iban a dar, y hasta le iban a dar un celular para decirle cuándo interceptarlo. Iba a ser en una plaza, a la tardecita, cuando las calles se empiezan a despoblar. Iban a ser dos tiros directos al estómago a quemarropa, desde bien cerca. Ahí, esperar que cayera, y el tercer tiro apuntárselo a la cara para darle en la cabeza y desfigurarlo. “Hacelo con odio, como con el perro”, le dijo el Condor, y el cargó su odio contra su víctima como si por su culpa hubiera tenido que matar al pobre perro viejo, cuando en realidad sabía que estaba matando a alguien que tan malo no debería ser porque se preocupaba por un pobre perro viejo. Pero después pensó que un perro viejo era para un puto fracasado y perdedor, y volvió el odio, ese odio que, no sabía por qué, le subía tan fácil por la sangre. Y finalmente lo hizo, mató al desconocido. Mató a su primer hombre a los once años, con un arma con las estrías y la aguja del percutor limadas, un arma preparada que nunca apareció. Walter se acordó muchas veces de aquella tarde, porque Limita pasó a ser no sólo el nombre, sino también el recuerdo de aquella hazaña impune y el inicio de una leyenda en la villa, que duró varios años, que se cargó de miedo y de más muertes, hasta la muerte propia, a la avanzada edad de veinticuatro años. El diario, que leyó Walter en su celda hablaba de un enfrentamiento armado con la policía y contaba muy mal, en unas líneas inexactas la historia del apodo, decían que le llamaban así por su adicción al paco, que lo ponía violento, “limado”, según confiaban los testigos, quienes no olvidaban contar que su primer asesinato lo había cometido a los once años . Walter sabía que eso fue después, al final, si no, “nunca lo habrían agarrado”. Walter sabía también que en lo del paco, al Cholito le había ido peor que a Limita, y por eso se murió antes, de “zarpado”. Y si bien él ya no estaba cerca porque había caído igual que su hermano el Turco años antes, también sabía que, aunque Limita solía decir que no tenía corazón porque una vez había matado a un perro viejo y ciego, había que conocerlo para saber que no se perdonaba ni el crimen del pobre animal, ni la muerte sin gloria del Cholito, simplemente porque ellos habían sabido en su momento que Limita había llorado la vez del perro, como lloraron ellos cuando se los contó, y nunca más volvieron a hablar del tema. Y Walter también lloró al leer la noticia, porque muchas veces pensó que Limita sí que la había hecho bien, porque Limita nunca había caído, él mataba sin odio, él tenía huevos y se hacía valer, él se cargó a unos cuantos y se hizo respetar, y hasta tuvo banda propia, hizo cosas grandes y llego a tener protección. Pero un día lo batieron, algún hijo de puta como el primero al que él había matado. Y entonces, el círculo se cerró para siempre para Limita Vergara, mientras Walter abollaba la página del diario, llorando otra vez al pensar que él podía contestarle varios años después lo que no se atrevió a decirle aquella tarde en la que él contó que su hermano el Turco había caído preso por homicidio: quizás sólo la cárcel te permita llegar a viejo. Pero quién carajo quiere llegar a viejo. Walter Molina lo prefería. Limita Vergara seguro que no.

Limita (I)

Primera parte: La lección. Un grupo de chicos de unos once años discute acaloradamente una tarde de verano polvorienta aunque pesada, en un barrio marginal del conurbano bonaerense, según la topografía periodística, en una villa, según la popular. Entre ellos está Limita, que todavía no se llama así, se llama Jorge, como el padre ausente; Jorgito, para la madre y los compañeros. El apellido no es Lima, es Vergara, y no tiene linaje más allá del padre alcohólico y violento y la madre golpeada. Jorge se la pasa en las callecitas de la villa, es bravo. En una época iba al colegio, pero otros trabajitos lo distraen cada vez más, y para colmo la madre, que trabaja todo el día, ya no lo puede controlar y sabe que si denuncia las “travesuras” del hijo, termina interviniendo una asistente social, y ya se sabe todo lo que pasa después, los trámites, el juez de menores, los Institutos donde los violan… La madre aguanta, los hermanos mayores no fueron mejores, ya se las arreglan por ahí, es preferible no saber. La madre hace rato que no puede más, y el futuro Limita, Jorgito, en el fondo piensa en ella, mientras es, de momento, un chico apenas travieso, en comparación con lo que será. Y en aquella ocasión, los chicos de once años discutían una cuestión escalofriante: cuál era la mejor manera de matar a alguien. Lo de “mejor” implicaba un concepto complejo, ya que incluía una forma rápida, efectiva, económica, eficiente, capaz de, ante todo, no ser rastreada. El debate había comenzado instigado por la desgracia que acababa de ocurrirle a Walter, uno de los amigos de Jorge: su hermano el Turco había caído preso, y ahora intervenían fiscales y jueces, era serio, había matado a alguien en un robo. La reacción de Jorge fue violenta para los otros, como casi siempre. Le dijo a Walter que eso le pasaba por gil, por andar robando con cualquier fierro, poniéndose nerviosos y después dejándose agarrar. “y encima, mas vale que ahora no vaya a cantar…” dejaba flotando en el aire como si la culpa fuera de quien se dejaba agarrar, y no de quien había matado. Walter asomaba un enojo, pero no mucho porque le tenía miedo a Jorgito (quien odiaba que le dijeran así, salvo su madre), y exigía una explicación; sabía que a Jorge no le molestaba aleccionar con autoridad. Y entonces, Jorge dijo, en resumidas palabras, más o menos, que para empezar, el negocio de robar era una verdadera mierda peligrosa que no dejaba ningún beneficio para quien corría con el riesgo, es decir, el pibe chorro. “Ni siquiera los caños son de ellos”, sentenció con autoridad definitiva. Los otros dos –además de Walter acompaña al disertante el Cholito, un morochito rapado “a la cero” llamado así por su parecido con el jugador de fútbol Simeone– escuchan atentos lo que viene. La moral de Jorge les resulta apasionante, porque sin saberlo Jorge ni ellos, sus ideas son las de un auténtico Maquivelo en su manera de razonar el delito, entendiéndolo como una ocupación más, una opción profesional para un pobre que no tiene muchas otras opciones de supervivencia. Entonces agrega: – Si vas a matar, lo tenés que hacer bien, lo tenés que pensar, no te tienen que agarrar porque no zafás. Si matás, que sea por mucha plata, o por mucho más que eso: por poder. Tenés que ser un grosso si matás, si no, no hagás giladas. – Y tenés que tener huevos también – agrega el Cholito. – Más que eso, tenés que ser frío, no tenés que tener sentimiento para matar, tiene que ser un trabajo y listo –señala el especialista. – A mí, si le tengo bronca no me importaría matar a un chabón –dice Walter–, o si estaría caliente o nervioso, pero si no me hizo nada, capaz que me da lástima. – Entonces no salgas de caño, boludo – sentencia otra vez categórico el futuro Limita. Limita sostiene que matar es el mejor negocio de la amplia plaza que ofrece la delincuencia. Es cuestión de ver quién se cotiza, es un trabajo caro, porque no es para cualquiera. Walter y el Cholito no se atreven a cuestionar la validez de los dichos de Jorge, es cierto que en su casa hay televisión y le gustan las películas de tiros y robos, pero en el barrio se aprende más, cuando se sabe escuchar. – Si vas a matar que sea para alguien. En eso siempre te van a respetar. Si sabés matar, nadie te va joder. Yo lo haría por que sé como hay que hacerlo. Y la afirmación corta el aire de ansiedad. Limita devuelve la demanda de sus amigos en una pregunta pedagógica: ¿Cómo matarían ustedes? Los chicos se devanan, hablan de métodos inverosímiles, sangrientos, ingenuos, exagerados, imposibles, hablan de botellas rotas, de armas caseras como astillas de madera, de ácidos que hacen desaparecer; el maestro los va conduciendo por el sendero del saber cuestionando cada una de las respuestas y planteos. Cuando la cuestión se agota en lo irrealizable, el maestro anuncia la respuesta: – Es bien fácil: un caño limado, un buen caño limado. Cuando los otros no entienden, Limita da una rústica cátedra de partes de un arma. Habla de la “aguja del percutor”, habla de “estrías”, dibuja en la tierra polvorienta con una ramita seca. Los otros dos lo escuchan azorados. De pronto aparecen otros más grandes, los quieren correr del lugar. Se produce un diálogo sobrador con los jóvenes mayores que los niños. Limita se defiende diciendo que está hablando de matar porque él es capaz de hacerlo, que si le dan un fierro limado lo hace. Los más grandes lo descalifican, y él argumenta con su lógica Maquiavélica. Los más grandes lo terminan felicitando, y le hacen más preguntas, saben que el pendejito es bravo. Y entonces le ponen el sobrenombre, y el chico empieza a ser pibe, tiene nombre propio. Los otros pibes más grandes le enseñan a él y sólo a él, de qué manera darles la mano, cómo saludarlos a cada uno de ellos como hacen “los del palo”. Y Limita toca el cielo con las manos, ya es grande, ya es grosso, y sus amigos unos giles, pero que lo admiran y lo veneran, y él les tiene que enseñar. Y la clase no podía terminar mejor.
(CONTINUARÁ)

viernes 27 de junio de 2008

La puñalada

Ausencia, soledad, lo perdido, un látigo castiga mi conciencia. Nostalgia corrosiva y tenaz muerde mi espalda. No tengo apuro, pero las horas son quienes corren, cuando el tiempo se cierra sobre sí mismo como un abismo en un bollo de papel, o como una mano al volverse puño.

sábado 7 de junio de 2008

Que estás en la tierra

[Por aquél hermoso 8 de junio de 1990, de hace 18 años, hoy que la minoría de edad queda atrás, bienvenida mujer, que para mí siempre serás "esta nena" ...]

Hubo una vez en la que el tiempo tejió una risa en nuestras vidas. Digo que hubo porque fue antes, aunque también sea una risa que perdura, y que nos despierta, y que nos arrulla cada día. Hubo una noche en la que todo empezó, y una suave bailarina desde el vientre materno decidió asomarse a nuestra historia. Dormías en tu tibio y líquido universo, y de pronto despertaste repentina y tormentosa, como desde entonces siempre. Todo estaba en calma al salir del consultorio, más tarde los dolores, las corridas, la aventura de nacer. Y te vi llegar primero, y guardé tus primeras imágenes en la memoria y en la foto, y como pasa en estos casos, dejé de ser un poco yo para ser nosotros otro poco. Bendigo aquella noche cada día en tus inmensos ojos luminosos, en las dispares armonías de tu voz y de tu risa que corona gloriosamente las mañanas. Bendigo tu vuelo libre y cada uno de tus sueños y todas tus alegrías, y todos tus pensamientos, así como maldigo cada uno de tus sufrimientos. Hija mía que estás en la tierra, hoy glorifico tu nombre, y los días de infancia que me diste, y todo lo que me enseñaste: aquella ternura de niña, tu presente firmeza quinceañera. Hija mía que estás en MI cielo, hoy te digo que los padres siempre atrasan y que sepas disculpar si al mirarte veo a un duende de pómulos redondos, de melena dorada, y de ojos grandes como la felicidad: así es, los padres siempre atrasamos la mirada, atrasamos el recuerdo, vamos y venimos por el tiempo, de una infancia a la otra, y entonces voy y vengo, de tus sueños a los míos, del recuerdo al futuro, y desde siempre al primero de los días, a ese en que una risa empezó a tejerse en nuestras vidas, y se quedó para siempre, y nos llenó de flores, de duendes, de soles y de espejos, y nos hizo mejores y más puros y más buenos. Hija nuestra que estás en la tierra, tu memoria es nuestra vida eterna, tu emoción es nuestro espejo, tu existencia, nuestro camino de regreso. Hija nuestra que hoy sos nuestra tierra, gracias por los días, por los colores nuevos que trajiste a nuestras vidas, por la inocencia que recuperamos, por todas las ilusiones que nacieron y crecieron junto a vos, por los recuerdos que compartimos, por las nostalgias que vendrán, y gracias también por querernos más allá de lo que no hayamos podido darte. Gracias por ser libre y por ser nuestra, por ser dulce, por ser bella, por ser buena. Y sobre todo gracias por descubrirnos que a veces llorar juntos puede ser algo hermoso.

Pilar , 1/10/05
FELIZ CUMPLEAÑOS

martes 3 de junio de 2008

+++ Acerca de las condolencias +++

¿Qué hacer cuando lo único en verdad irremediable ya está consumado?
Hay quienes tienen el estómago suficientemente duro como para ser público fácil de velatorio. Hay quienes viven el espectáculo funerario como una obligación, la de consolar al deudo. Debo admitir que aunque corra el riesgo de hacerme fama de blando, no es mi fuerte el formar parte de ese público y rehuyo cobardemente el compromiso. Obviamente, me deprimen los velatorios por razones obvias, y su efecto me dura demasiado tiempo.
Es cierto, a veces podemos ser el bastón sobre el que otro se apoye en el trance más indeseable. Y allí estaremos escudando nuestra flaqueza en mostrarnos enteros para apuntalar a quien haga falta. Pero ¿qué decir?, si no hay palabra que pueda ante tanto silencio y ausencia. Vale el gesto, la presencia, la mano en el hombro, el favor que pueda presentarse si uno puede estar más despierto ante la pesadilla.
Pero la pompa funeraria puede ser para algunos ocasión de desplegar otro lenguaje: el del dolor de compromiso. La vida establece relaciones entre las personas, la muerte a veces las reconfirma, o replantea las relaciones con los vivos. Algunos sienten la necesidad de hacer visible y estentórea la condolencia: de eso viven las casas de arreglos florales, los fundidores de bronce, las agencias de avisos fúnebres.
Prefiero la sobriedad del gesto, el silencio acompañado de una mirada que cae al piso. Ni siquiera me es cómodo decir "lo lamento", ya que nunca será tan sincero como si lo dijera quien conocía al fallecido, y si fuera sincero, para qué decirlo. De todos modos, casi siempre es lamentable la muerte, dejando el casi para muy contadas ocasiones, en las que la muerte ajena sea un alivio para muchos otros: quiero decir que no lloraría la muerte Hitler. Pero, en fin, creo que nada hay que decir ante la muerte, que no sea palabrerío vano. La objetividad indica que hay que acompañar en silencio y atentamente a quien resulte más afectado, sin sobreactuaciones ni grandilocuencias que significarían un falta de respeto a la solemnidad y el vacío de esa despedida absoluta.
En síntesis, creo que cada uno tiene derecho a acompañar la muerte ajena con respeto por el deudo, pero sin compromisos ni actuaciones. No hace falta aclarar la seriedad de la cuestión, porque no es difícil ser considerado con quien pasó hoy por ese trance que un día nos tocará a nosotros. La consideración nace de nuestra propia conciencia de finitud, y eso es sagrado.
Y a propósito de eso... en cuanto a mí... Ya saben, aquél lejano día recuérdenme, no gasten en coronas, ni en avisos, ni en placas. Dilapiden en una buena fiesta, a la que lamentablemente, y por reales razones de fuerza mayor, no podré concurrir, pero ante el pequeño inconveniente, disfrunten por mí, como si la hubiera organizado yo mismo. Beban, coman manjares (no es bueno beber con el estómago vacío), bailen y ríanse de mis historias más graciosas. No me extañen, cuando no esté, los que me sobrevivan (porque espero que los haya) serán mi memoria, y forzosamente, estaré donde estén ellos. Gocen de la vida, disfruten de las almas y los cuerpos, y atrapen a la fugaz felicidad mientras dure. Y entonces, simplemente llénenme una copa vacía, y enciendan alguna llama por mí, que en una de esas...
En una de esas vuelvo a tirarle de los tobillos en medio de la noche al desgraciado que haya dado condolencias de compromiso por mí.
Lo lamento mucho.

sábado 31 de mayo de 2008

El tiempo de Dios

El Ingeniero Aldo Moustache, oriundo de San Justo, Provincia de Buenos Aires, fue una injusta víctima de la ciencia, y a la vez, de la incomprensión humana hija de una paradoja del tiempo al que él mismo le dedicó su vida. Moustache fue un obsesivo por ese tema, desde su más tierna infancia planteaba a sus mayores sencillas preguntas sin solución, tales como cuándo comenzó el tiempo, y cuándo va a terminar. Algún tío, ex seminarista, le recomendó la lectura de las Confesiones de San Agustín, hablando del tiempo de los hombres y el de Dios. Las especulaciones del filósofo africano fueron un latigazo en su joven conciencia nacida tan sólo una década humana atrás. La idea de que el tiempo divino no podía ser tan limitado como para dividirse en pasado, presente y futuro, y que por lo tanto Dios vivía todos los tiempos en uno, sin la sucesividad del tiempo humano, lo deslumbró y cambió el rumbo de su existencia hacia una fantasía que habría de transformarse forjada por el estudio y la investigación en una teoría científica. Curiosamente, el muchacho se formó en un férreo ateísmo que se fortaleció elevando a la ciencia al rango de fe religiosa. El joven Moustache fue un alumno universitario precoz y brillante: terminó la escuela secundaria tres años antes de lo normal, e ingresó en la carrera de Física de la Universidad Nacional de La Plata a la edad de 15 años. Completó sus estudios graduándose con honores tan sólo cuatro años más tarde. Investigador de post-grado a los 19 años, Moustache continúo el cursus honoris previsible y se recibió de Doctor en Física a los 22 años. Al mismo tiempo había cursado en paralelo estudios de Filosofía e Ingeniería. Curiosamente, éste último título, de los muchos que ostentara desde los 25 años en adelante, fue el que perduró hasta en su temprana lápida, aunque haya muerto a unos aparentes 84 años, más allá de las fechas oficiales de nacimiento y defunción: 1925-1965. Para 1950, Moustache regresa de los Estados Unidos convertido en un respetable Ingeniero Físico. Cuenta con un subsidio del Massachusetts Institute of Technology para montar un laboratorio en San Justo, evidentemente una excentricidad que se le permite al, por otra parte, discreto, brillante y promisorio científico argentino. A partir de allí los pormenores de la investigación de Moustache y su relación con el MIT se hacen difusos, sólo es posible saber que el tema siempre es el mismo: las fisuras temporales o la búsqueda de las variables espacio-tiempo que harían posible unir pasado, presente y futuro. Sólo una cosa pudo saberse del proyecto: que ostentaba entre los entendidos el místico nombre de "El tiempo de Dios", nombre que suma una nueva paradoja si se tiene en cuenta que fue un ateo convencido como Moustache quien le dio vida. El proyecto parece que naufragó oficialmente por falta de avances que fueran más allá de la especulación teórica, y dicen las malas lenguas que los americanos acusaron a Moustache de haber malgastado el dinero del subsidio en una absurda investigación en el lugar más inapropiado para un trabajo de tales características. El olvido, el oprobio y la mala fama se encargaron del resto. La carrera oficial de Moustache finalizó hacia 1960, cuando la intelligenzia científica local (la internacional ya lo había hecho) le terminó de retirar el saludo. Recluido en su San Justo natal, Moustache consiguió apoyos financieros misteriosos, algunos dicen que eran restos de lo que birlara a los americanos, otros plantean financiamiento soviético a través de la incipiente Cuba castrista, y hasta hay quienes plantean una cuidadosa combinación de ambas. Pero la mayor parte de los que estaban al tanto de la cuestión lo tomaron simplemente por un payaso o un loco, y ni siquiera creyeron que alguna vez El tiempo de Dios haya continuado, a pesar de la existencia de testigos que aún hoy señalen lo contrario. El Doctor Mariano Caravetta fue colaborador de Moustache entre 1961 y 1965, año del fallecimiento del Ingeniero por causas naturales, aunque muy poco claras. Caravetta aseguraba que en los fondos de la casa de San Justo se construyó un misterioso “gabinete galvanizado” al que denominaban "La ermita", en consonancia con el irónico nombre místico del proyecto. Lamentablemente el propio Caravetta falleció hace algunos años internado en una institución neuropsiquiátrica, lo cual no impide que su hijo Augusto siga sosteniendo hasta hoy en día tanto la historia de EL tiempo de Dios como la cordura de su padre. El hecho en sí es que Caravetta aseguraba que Moustache había logrado viajar por el tiempo, encerrándose en la ermita antes mencionada. El problema, según Caravetti, era que Moustache no había podido hallar todas las variables necesarias para dominar e ingresar al tiempo de Dios, es decir a esa conjunción de coordenadas físicas que hacen posible vivir todos los momentos en uno. Para empezar, Moustache había conseguido solamente viajar "en línea recta", es decir, a través de su propia existencia, de tal modo que se había encontrado siempre con él mismo, primero en el pasado reciente, luego en una época más lejana. Pero siempre viajaba a momentos de su propia vida en los que él estaba presente. No obstante, no pudo establecer ningún contacto, estaba en el lugar como un fantasma. Dos datos más agregan asombro a la historia: el tiempo para el Ingeniero transcurría a mayor velocidad, y él presenciaba todo no sólo más rápido, sino al revés, como una película en reversa. Moustache vio su vida de adelante para atrás, sin poder revertir el proceso, estaba obsesionado con "encontrar la curva en la que el tiempo se replegara sobre sí mismo", y entonces pasado, presente y futuro se volverían uno sólo, en un solo momento que sería la eternidad, El tiempo de Dios. Por desgracia, y siempre según Caravetta, Moustache se negaba a admitir una evidencia demasiado visible para sus colaboradores: cada vez que salía del gabinete, su apariencia física había envejecido algunos años, si bien nunca se sometió a sesiones de más de dos horas. El resto de sus colaboradores no corrobora la versión de Caravetta, y adscriben a la versión oficial que sostiene que Moustache se sometió a una descarga de rayos desconocidos que le provocaron un envejecimiento celular anticipado, y por consiguiente, la muerte a los 40 años con la apariencia de un hombre de 84, según lo que el propio Moustache terminó por calcular. Esta especie de contraindicación aparente del viajar por el tiempo es, siempre según Caravetta, lo que terminó por impedirle al Ingeniero de San Justo resolver el pliegue que según él lo fusionaría con todos sus otros yo en un solo instante del que él podría regresar al tiempo humano contando con cualquier edad, pero siempre vivo, ya que el rango temporal en el que se estaría moviendo, en principio, excluiría al futuro, o sea, a los años posteriores a 1965, y la sesión de dos horas no era suficiente para abarcar a un pasado anterior a su nacimiento, lo que lo llevaría a no existir. El impresionante testimonio de Caravetta queda por desgracia empañado por otros datos que se agregan a la antes mencionada insanía psíquica: él mismo admite no haber visto nunca nada de lo que ocurría dentro del gabinete (estaba sellado herméticamente durante las sesiones), por un lado, mientras por otra parte se transformó en el propio destructor de la única evidencia, cumpliendo con una última voluntad del envejecido prematuramente y moribundo Moustache: la destrucción absoluta de la ermita y todas las notas y documentos que dejaran testimonio del tiempo de Dios. Aparentemente en sus últimos días, Moustache se volvió escéptico y amargado, no quiso que sus hallazgos fueran finalmente robados por aquellos que lo habían sepultado en la vergüenza y lo habían borrado de la memoria científica y humana. De nada valió la súplica del fiel Caravetta: Moustache que era ateo hasta la médula, y más aún en sus últimos días, le hizo jurar al devoto y muy cristiano colaborador que cumpliría con su resentido deseo. Y así fue hecho. Su hijo Augusto cuenta que su padre no estaba loco porque un demente jamás podría haber muerto diciendo una cosa tan coherente. En su aparente delirio final, Caravetta miró al vacío diciendo: “Ahora comprenderá Usted, señor Ingeniero, por qué no pudo en este lado del tiempo alcanzar el pliegue del tiempo de Dios. Si hubiera comprendido lo que San Agustín escribió, hubiera entendido no sólo que los mortales no pueden alcanzarlo, sencillamente porque el pliegue es la muerte. Pero, en fin, deberemos continuar esta discusión en otra parte”. Y entonces, él también se entregó a la eternidad. Augusto Caravetta, quien de niño conoció muy bien al Ingeniero Aldo Moustache, sostiene que este era tan científicamente obstinado que si las últimas palabras de su padre se cumplieran, seguramente el ateo científico no daría el brazo a torcer, convencido de que ningún imperfecto dios humano forjado por la deficiente aunque brillante especulación también humana iba a venir a opacarle la gloria de su inmenso descubrimiento científico. Desafortunadamente, quiso el azar, el destino o quizás el mismo Dios, que creer o no en esta historia termine siendo sólo una cuestión de fe.

lunes 12 de mayo de 2008

Gianni II: La ventana mágica.

Gianni y tía Bruna en la playa (¿Anzio quizás?) alrededor de 1946
De los mismos años, una historia más risueña y con final feliz, aunque la tragedia representada aparezca como verdadero telón de fondo.
La tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela la Nonna, la misma tía que pronosticó el día que yo nací que sería presidente de la Argentina, repartiendo cintas celestes y blancas a quien se le cruzara (tía que no llegué a conocerte más que en eufóricos relatos de tu alegría desbordante: ¿qué destino cruel esperabas para este humilde servidor?), la querida y desconocida por mí tía Bruna, la "loca linda" de la familia, llevó a mi papá-niño a la ópera a ver Tosca, y ya nada volvería a ser igual para él, el espectáculo se le metió en el alma para siempre. La obra transcurre enteramente en el Castell Sant'Angelo, distante a unas treinta cuadras de la casa de los Lunadei, en el centro de Roma, a orillas del río Tiber. El último acto transcurre en la terraza del castillo, Cavaradossi, el amado de Tosca, está preso allí; el malvado Scarpa lo encerró sabiendo de sus actividades revolucionarias y lo condenó a muerte. Scarpa desea perversamente a Tosca. En el acto anterior la muchacha va al despacho de Scarpa a rogar por la vida de su amor. El villano despreciable le pide a la joven la entrega de su cuerpo a cambio de simular la ejecución de Cavaradossi, programada para un rato más tarde, con balas de salva. Tosca accede, asegurándose de que Scarpa firme un papel en el que se supone que dará la orden, sin saber que el malvado miente. Cuando él, en un repugnante abrazo se dispone a poseer el cuerpo deseado con lascivia, Tosca recibe el abrazo apuñalando heroicamente al perverso, quien muere en sus brazos. Ella huye a avisar a su amado de la supuesta simulación que éste debe hacer, sin que nadie advierta aún el asesinato. Tosca le da las intrucciones a Cavaradossi, quien una escena antes canta una de las áreas más hermosas de la obra "E lucevan le stelle", donde evoca a la amada a quien no verá nunca más. La escenografía espectacular de la ópera reproduce al detalle el castillo, y papá pensó que el teatro era una ventana mágica que mostraba lo que realmente estaba pasando en ese lugar por el que él pasaba siempre. Desde ya, la historia era fuerte para un pequeño espíritu sensible como el suyo. Pero los espíritus sensibles se alimentan de las tragedias, y papá estaba fascinado. La historia continúa, como buena ópera, con el final trágico imaginado: no hay balas de salva, Cavaradossi es fusilado de verdad, mientras Tosca piensa que se trata de una simulación, y observa despreocupada la escena. los soldados se retiran, Tosca espera. Luego de un rato, se le acerca a Cavaradossi, le habla dulcemente, pero él no responde, no se mueve, no respira. Tosca enloquece al comprobar la traición final de Scarpa. Mientras tanto, se descubre el asesinato cometido por la desesperada mujer, un grito lo advierte. Los soldados ascienden a la terraza y reaparecen en escena. Tosca se despide de Cavaradossi muerto, le dice que pronto se reencontrarán, y ante la vista atónita de sus perseguidores se arroja al vacío. La orquesta bate a fondo todos sus instrumentos, y en unos resonantes e inolvidables acordes finaliza la ópera. Telón final. Papá, shoqueado, se quedó mudo, y la tía Bruna pensó que quizás la obra hubiera aburrido al chico. A la mañana siguiente, al despertar, no pudieron encontrar a papá por ningún lado, ni siquiera en el vecindario. Nunca supe cómo dieron con él, pero lo cierto fue que ya se imaginarán adónde estaba: se había escabullido bien temprano, no había podido dormir, había caminado las treinta cuadras que conocía bien para ver si estaba el cuerpo de Tosca en la vereda, y ni siquiera vio rastros de sangre, ni baldosas rotas por el impacto de la caída. No pudo dejarle una ofrenda, aunque sí le quedó la duda de cómo funcionaba aquella ventana mágica. Y averiguar eso le llevó el resto de su vida.

lunes 21 de abril de 2008

Gianni

Me permito el pecado de la autorreferencialidad, pero le debo la evocación y la memoria a papá. Nació en Roma con el nombre de Giovanni Marcello un 2 de mayo de 1938. Aquel día la ciudad estuvo paralizada por el encuentro entre Hitler y Mussolini. Mi abuela tuvo un parto muy complicado que le hizo perder la matriz, quedando imposibilitada para tener más hijos. Fue atendida por una guardia mínima que había en el hospital, y estuvo cerca de perder la vida: contaba que perdió litros de sangre, lo recordaba cuando veía las botellas de vidrio de un litro, “botellas como ésta me sacaban, llenas de sangre”, decía. De allí en más, ese nacimiento pareció marcar trágicamente el resto de la infancia de papá: mi abuelo estaría desaparecido durante meses, con intermitencias; Italia se embarcaría en la Segunda Guerra Mundial de la mano del bando más cruel y asesino que recuerde la humanidad; vivirían bombardeos, muerte y hambre. Por mi abuela sé que en los últimos tiempos de Mussolini, Roma fue una ciudad virtualmente tomada por los nazis. Si la Resistencia a la cual mi abuelo pertenecía, los partisanos, asesinaba a algún oficial nazi, los alemanes fusilaban a diez italianos al azahar que pasaban por la calle. Una vez mi abuela lo advirtió y se escondió en el umbral de un edificio. Esperó aterrorizada. Esperó que pasaran otros. Pensó en su hijo único en la vida, en su esposo que nunca se sabía si volvía. Pensó que no sabía por qué la gente quiere seguir viviendo aunque sea en ese horror, volvió a pensar en su hijo sólo y abandonado en el infierno, cuando escuchó la descarga fatal que terminó con los que morían en su lugar. Para mí fue la Nonna, se llamaba Ada, y no le fue feliz sobrevivir a aquello y otros horrores más. La historia sigue con desgarros: caminar kilómetros para conseguir comida, ocultar a mi abuelo cuando estaba en casa y lo venía a buscar la policía o el ejército: técnicamente era desertor, clandestinamente era partisano. Se tenía que ir para no poner en peligro a la familia. Alguna vez un portero de su edificio que era colaboracionista le salvó el pellejo: mi papá estaba jugando en la casa con cosas que encontraba por ahí. Abrió un cajón y encontró que estaba lleno de clavos “miguelito” que mi abuelo, el Nonno, guardaba para sabotear vehículos fascistas. Obviamente su sola tenencia implicaba estar mezclado en actividades terroristas, y significaban la pena de muerte. Papá quedó fascinado con esos clavos con forma de medio signo de infinito, que siempre caen parados, con sus amenazantes puntas para arriba. E hizo el experimento de arrojar algunos por la ventana. Pasó una patrulla que vio caer los clavos, aunque aparentemente no advirtió de dónde caían. La patrulla buscó la puerta del edificio de inmediato, pero el paso les fue cortado por el portero. Los soldados querían subir, en el edificio había cuatro departamentos repartidos en dos pisos, el portero no los dejó, alegó que en su edificio vivía gente respetable. Invocó nombres, amistades, influencias y “credenciales” que hacían de él un buen fascista. Milagrosamente, los soldados se acobardaron y se fueron para no volver. Pero mi padre-niño no se salvó de una gran paliza provocada por la crisis de nervios de mi abuelo que cientos de veces había insistido a mi díscolo padre que no tocara aquellos cajones. Grave error tentar a ese geniecillo curioso que más tarde habría de saciar infinitas curiosidades. En cuanto a mi abuelo, el portero le salvó la vida porque a pesar de saber o sospechar lo que hacía, simplemente lo quería, el nonno era demasiado bueno para entregarlo. No sería extraño que el portero hiciera lo que hacía por miedo. No sería raro que admirara el coraje de aquél albañil simple y con convicciones. Otra vez mi papá estaba jugando en la vereda de su casa, y una formación de soldados y Jeeps alemanes pasó por la calle. Papá suponía que por ser rubio le habrá hecho recordar al oficial a cargo a su hijo. Lo cierto es que mandó a detener la formación e hizo subir a mi papá al Jeep. Los vecinos que vieron la escena vieron un secuestro, una reprimenda cruel o un chantaje hacia mi abuelo. Mi papá lo vivió de manera diferente: el oficial alemán lo llevó de paseo por Roma, le puso su gorra impecable, lo hizo vivir la fantasía de ser un pequeño rey por un rato. Y para colmo remató la aventura convidándole ¡un enorme helado! Papá jamás había probado uno, el alimento alcanzaba para darle de comer un huevo crudo por comida, ya que la albúmina contenía las proteínas necesarias para la subsistencia. Aún en sus últimos años, conservó la costumbre de almorzar huevos apenas pasados por agua y de “merendar” después de su siesta ritual, un huevo crudo, absorbido directamente de un pequeño agujero que le practicaba a la cáscara. El paseo de papá termino con saludos cordiales en alemán, cuando el oficial lo dejó nuevamente en la puerta de su casa. Mis abuelos estaban desesperados, convencidos de que vivirían la tragedia más espantosa de sus vidas. Mi papá nunca pudo olvidar la emoción única y feliz que le produjo aquel paseo. Y después llegaron los americanos, tras la caída de Mussolini, y mi abuelo otra vez lejos, y mi abuela abandonada, prostituyéndose por hambre. Papá empezó a entender lo que pasaba, tuvo que crecer de golpe, aunque se refugiaba en su fantasía, representaba obritas improvisadas de teatro en una ventana, para sus vecinos. Mi tía Bruna, la hermana de Ada, mi abuela, lo llevaba a la ópera, que quedaba a unas pocas cuadras de su casa. Y entonces Papá encontró su refugio más seguro: el arte. Después terminó la guerra, se quedó el hambre. Mi abuelo supo lo de mi abuela, le costó entender. A veces rompía en ira ante papá, se distanciaban, se buscaban nuevamente y volvían a empezar. Un día mi abuelo cobró un sueldo, e invitó a papá y a la Nonna a vivir un lujo inolvidable: ir a comer una pizza. Todo era exquisito y feliz, hasta que surgieron los viejos rencores de la pareja. Comenzó la discusión y se cruzaron los reproches. De pronto Ada se quebró, y arrebatada por la deseperación salió corriendo a la calle amenazando con matarse. El Nonno y papá salieron corriendo detrás. Al llegar a la vereda, Ada se arrojó al paso de un auto. El vehículo llegó a frenar a centímetros de su cabeza, ante la vista azorada de su esposo y su hijo. Todo parece indicar que tras aquello mi abuela abandonó a mi abuelo para probar suerte en Argentina junto a su hermana Bruna. La distancia operó la reconciliación y la añoranza. Mi abuela, que era modista de alta costura, estaba trabajando bien en el otro lado del mundo, y empezó a ahorrar para enviar los dos pasajes que hacían falta para reunir a la familia. Pero no alcanzó, sólo llegó a poder comprar uno. Lógicamente, mi abuelo iba a enviar a papá, de 12 años, solo. Incapaz de decirle la verdad, le hizo creer que irían juntos, le habló de aquél lejano y maravilloso país, del reencuentro con la madre, del futuro en común. Papá soñó con aquél día, y cuando al fin llegó, se encaminó al puerto de la mano del nonno Emilio, quien subió al barco junto a él, lo entregó a un oficial que debía hacerse cargo de cuidarlo pero que desapareció ni bien el barco zarpó, y salió repentinamente corriendo cuando se avisó que descendieran los visitantes. Papá vio su pañuelo blanco agitarse desde el muelle llorando y pidiendo perdón. De todo lo horrible que vivió en su vida, papá recordaría especialmente ese viaje como su peor pesadilla, como el punto más bajo del abandono y de la debilidad humana: los chicos mayores que él lo golpeaban y le robaban la comida, debió arreglarse como pudo, engañado y abandonado viajando hacia un país que ni siquiera sabía dónde quedaba ni cómo sería. Poco tiempo después, Emilio se sumó a la familia, pero la relación con papá nunca iba a ser buena. En cambio para mi abuela, papá siempre fue su tesoro y orgullo más preciados. Pero papá sentía vergüenza de ella, y la traducía en frases humorísticas tremendas y punzantes que mi abuela no terminaba de entender porque papá las solía decir en castellano. O quizás, Ada no quería entender, o si lo hacía, nada iba a cambiar su amor incondicional: papá siempre fue su vida, ya que a la suya parecía haber renunciado cuando vio cómo se llevaban botellas de vidrio de un litro con su sangre, de allí en más, salvar su vida había sido salvar la vida de papá ¿Quién iba a negarle, tantos años después, que todo ese sacrificio providencial había sido por su misión divina de ver triunfar a su hijo? Y no sólo pudo verlo, sino que además eso le dio sentido a la otra mitad de su vida, plagada de privaciones, de tristeza y desengaños, con la constante evocación de aquellos años infelices de los que siempre hablaba, mientras Emilio se obstinaba en callar. En cuanto a papá, la familia se instaló en Ramos Mejía, adonde se hizo amigo de un chico del barrio un singular muchacho brillante, activo, intelectual y divertido que se llamaba Roberto. Gianni era irresistible con las mujeres, su simpatía y dotes de seducción las hacían sucumbir de una forma admirable. Roberto apreciaba este don, aunque no tanto cuando se trató de cruzarlo eventualmente con su propia hermana, Alicia. De nada valieron las advertencias del hermano menor a la hermana mayor, el tanito de la barra flechó el corazón indefenso de la hermosa muchacha, esa joya escondida por Roberto, que sabía bien de quiénes la preservaba. Y claro, esa joya es mi mamá, pero que yo llegue a contar esta historia fue complicado, y en todo caso, será otro capítulo. Mientras tanto, vuelvo a su recuerdo, una y otra vez, lo veo siempre contando esto mismo, como si hubiésemos ido a cenar anoche. Y en un rincón del alma, pienso que es así. Aún comparto con él las cosas más bellas de mi vida, la pasión por el arte, el gusto por los buenos vinos y los manjares, la alegría de vivir intensamente. Releo los libros que heredé de él, mis ojos recorren las mismas páginas que a él le dieran tanto placer. Recuerdo sus emociones profundas, su voz grave y modulada al contar esta historia, sus manos dando vueltas como golondrinas al hablar, igual a como lo hacen las mías. Para mí, papá sigue siendo aquél héroe de la infancia, el que me montaba en sus hombros y me hablaba de la vida, el teatro, la literatura. Ese a quien yo escuchaba como se escucha a un sabio, a un héroe, una leyenda. Para mí, papá sigue siendo un triunfador eterno, un gigante que se sobrepuso a la tragedia de su infancia. Nuestro Occidente suele reescribir las historias de adelante para atrás, y a veces las personas parecen reducir su vida a su forma de morir. Desde ya, esto constituye una muestra de nuestro mal gusto, y se manifiesta especialmente en el caso de los suicidas. Papá lo fue, desde ya, pero la gente suele ser todo lo que hizo además de morirse. Y papá fue muchas cosas maravillosas e increíbles, además de ser un suicida. Su muerte sólo fue el revés artero de la historia trágica que él había superado sin saberlo, casi como si esa bala se hubiera disparado 60 años antes para estallar inesperadamente aquel nefasto día negro de 1998. En cuanto a mí, rescato la historia para entender y hacer entender el absurdo de toda muerte, para después recurrir a la negación y al recuerdo que todo lo arregla y embellece. Así es que papá entra en mis sueños y me cuenta chistes obscenos, me comenta al oído sobre mujeres bellas que veo por la calle, me recita poemas y me explica óperas mientras leo o escucho, y ahora entra por esa puerta, se sienta a mi lado, se emociona a su manera, relee, y me critica, corrigiendo algunos párrafos. Gracias papá, gracias maestro. Gracias Goliardo mayor. ALEJANDRO PD: No seas tan duro en tus críticas, lo mío es puro cariño.

domingo 20 de abril de 2008

Interrupciones

La primera escena comenzaría con un plano desde una cámara al ras del piso. Un living-comedor de piso de madera, que parece amplio por la desproporción del ángulo del cuadro. Sentado sobre el parquet un niño jugando con muñecos y un camión, muy enfrascado en una historia que va entretejiendo a cada instante en su imaginación. La sed de vivenciar lo inesperado, de ir escribiendo a cada rato lo que ocurre en su ensoñación, se traduce con sonidos estruendosos que dispara su boca, chasquidos de lengua y dientes, explosiones de moflete. Entran al fondo del cuadro las piernas de su madre, y se entreabre la puerta de atrás, que es la principal de la casa o departamento. Los sonidos del niño continúan, pero de fondo se escucha un diálogo de saludos cordiales. La voz lejana de la madre corta la animada fantasía infantil. – ¡Chachi, vení a saludar a la tía Maruja! El niño, apenas disimulando el fastidio, se aleja de la cámara corriendo hacia la puerta del fondo del cuadro, mientras la madre agrega: – Después levantás todos los juguetes y terminás la tarea ¿Preparaste lo de la escuela para mañana...? Corte a: un bosque, de día un lejano cantar de aves exóticas, sobre un murmullo de aguas cercanas. El sol se filtra en hilos dorados entre el follaje espeso. La cámara sigue a un joven, parecido al niño anterior, como si hubiera crecido. Viene con un largavistas, distraído, observando a las aves. Vemos a una serie de aves en subjetiva, hasta que algo llama su atención atrás, en la laguna sobre la que cae la cascada. Trata de enfocar y ve un cuerpo humano luchando contra el agua, ve a alguien ahogándose. Sin pensarlo corre, corre y en un instante infinito y confuso, llega hasta la orilla del lago. Ve a una joven hermosa, bañando completamente desnuda, quien no parece alterarse por su abrupta llegada. El se sonroja y asoma una disculpa tímida. “perdón, dice, me asusté, pensé que estabas en problemas”. Ella sonríe con infinita bondad y le dice “disculpame si te asusté, es que el agua está tan fresca…”, y se sumerge mostrando sus plantas de sirena, para emerger al rato asomando su cuerpo hasta la cintura, plateando con el reflejo del agua sus pechos de fruta madura, pegando a su frente y su espalda sus cabellos mojado como dulces serpientes dormidas. El deja los largavistas a un costado, se sienta para sacarse los borceguíes, y en unos pocos manotazos se desnuda casi por completo. Ella lo espera, es se mete y nada, el agua está apenas un poco más fresca que la temperatura de su cuerpo, y tiene la densidad de las sábanas recién lavadas y perfumadas. Se desliza hasta alcanzarla, la siente tibia y suave en el abrazo. La boca de ella respira junto a la suya, y el sonido turbio del despertador lo sacude. Se despierta para ir al colegio mordiendo y golpeando la almohada por un sueño que muy pronto olvidará. Corte a: plano aéreo de un estadio de fútbol repleto. Al acercarse a la tribuna, la cámara encuentra al joven, quien ahora aparenta unos treinta años, es decir, no está surcado por arrugas más que en la frente, que ha crecido un tanto a causa del implacable avance de la alopecia. El hombre grita entusiasta, se lo ve inspirado, disfrutando del espectáculo. De pronto algo parece llamar la atención a sus espaldas. La cámara muestra disturbio en la parte más alta del estadio. Se ve al árbitro señalar la suspensión. Luego de un instante vemos al hombre regresando por una calle, tirando en un tacho de basura la corneta que había llevado a la cancha. Mientras el hombre se aleja caminando por calles desiertas, una leyenda sobreimprime la imagen: “¿Te parece una historia demasiado simple? Con esta misma idea Orson Wells hizo la mejor película de todos los tiempos.” Y en letras más grandes, la leyenda final: “Las interrupciones frustran historias, pero generan otras. Tu vida es lo que pasa en el medio.” Y agrego ¿A quién puedo venderle este guión?

jueves 21 de febrero de 2008

Thálassa

video

Caminar por la orilla del mar es siempre un renacer.Tal vez porque las olas parecen cada vez las mismas pero nunca lo son; debería ser mónotono pero no es difícil mirar, escuchar, oler y entender por qué no lo es. El mar es sencillamente como la vida, siempre lo mismo pero nunca igual, moviéndose sin que nada visible lo impulse, imprevisible pero legible, calmo pero incesante, furioso antes y luego tranquilo, llevando por igual tormentas y cielos despejados, tragando y trayendo, subiendo y bajando irremediable, yendo y volviendo imperceptible. Pararse y mirarlo de frente, como quien está dispuesto a cruzar las grandes aguas. Recorrer sus orillas interminables, donde los hombres ponen nombres: Aguas Verdes, La Lucila, Costa Azul, San Bernardo, Mar de Ajó; Costa del Este, Mar del Tuyú, La Meca. Pasa el mar, pasa la gente, y las estaciones; vamos y venimos como olas; pasan los años y las invasiones, caballos, personas, perros, bicicletas, cuatriciclos alevosos, camionetas portentosas encajadas en la arena que despiertan nuestra risa: el mar siempre se venga de los soberbios, hay que respetarlo, aunque algunos crean que es una escenografía estival montada para ellos exclusivamente; él los escupe a su manera porque siempre reconoce a los violadores de santuarios que andan por el mundo sin saber que el mar no se muere en el invierno, respira hondo y junta fuerzas para soportar el duro verano. El Thálassa de Homero, eterno. Mar de sal, mar de arena, mar de viento, mar de agua blanda que pulveriza pacientemente la roca indestructible, ruta infalible a nuevos mundos y decubrimientos, porque al fin y al cabo descubrir es la mejor forma de descubrirse (será por eso que los cuerpos se descubren frente al mar, se desnudan, se revelan en la belleza de sus imperfecciones). Presencia incansable del silencio como un arrullo infinito, al mar se lo lleva siempre adentro. La encontré en el mar, la busqué, y ahora camina a mi lado después de dos vidas; los años pasaron y no, siempre estuvieron allí, como el mar mismo. Caminar por el mar es transitar por una metáfora grandiosa.

domingo 18 de noviembre de 2007

Primer día del séptimo día

En especial,
a los amigos que están lejos,
que supieron hacer de éstos
los días más felices.
Díganme que no es domingo, que los pájaros no se arrojan en picada de los árboles, para reventar contra la tierra seca y resquebrajada; que el recuerdo no huele a ausencias y que mañana el show no sigue como si nada. Díganme que el humo llama, huele a primicias y a manjares, hay ruido de corchos liberados en el aire, hay ruido de risas y de voces familiares, no es recuerdo, lo oigo, lo huelo, lo veo, pero es otro domingo, díganme que es hoy entonces. Díganme que no es domingo, es ningún día, que no camino en un desierto, ni miro pasar las horas como si no fueran, que no espero el mañana con certeza de muerte, no me agobia el día en su sopor, no hay vacío, ni angustia, ni suicidas del calendario prestos en las terrazas, ni pérdidas ni azotes del tiempo en la memoria congelada. Simplemente díganme que hoy no es domingo, que es sólo hoy, una anónima jornada sin nombre, el día que viene después de ayer. A.L. Pilar, domingo 18 de noviembre de 2007, 12.08 hs. Poco antes de empezar a corregir.

miércoles 14 de noviembre de 2007

Postales de un profesor a fin de año

Instituto Modelo de Pilar, un verdadero "segundo hogar"
A mis queridos alumnos, más allá de los promedios.
A las cuatro de la mañana suena el embrujado radiodespertador, correctamente sintonizado en una interferencia demoníaca que fffggsrrrmmmzzzxxxxea a la que todavía no es mañana ¿Alguien podrá decirme por qué las estaciones de radio se corren de lugar? Dormito sin levantarme unos 30 minutos, repasando a medias las tareas pendientes: corregir, corregir y corregir. De pronto, despierto bajo la ducha tibia, comienzo a mostrar signos vitales poco a poco. Quizás a las 5.30 esté instalado trabajando en mi escritorio, un ojo puesto en el reloj, el otro en las pruebas. El silencio bohemio de la urbe dormida es la mejor música; es raro, pero hasta lo disfruto. Más tarde vendrán los mates.
A las siete de la mañana la casa es una especie de homiguero, la esposa va y viene, la hija todavía duerme por un rato, el hijo sale como un autómata a trabajar, muchas veces antes que yo. Bajo a la cocina, y nuestra compañera y amiga Marina está instalada ¡corrigiendo! No es una visión, viene a hacer tiempo a casa (para un docente "hacer tiempo" es sinónimo de corregir, sea a la hora que sea), porque nuestro común compañero y amigo Martin (sin acento en la i, para todo el mundo) la acerca desde Olivos, de camino al Instituto Modelo de Pilar, adonde él deja a su pequeña niña en el colegio y sigue de largo hacia el St John's, donde trabajamos los tres. Charlamos de pasada un rato con Marina, mientras el portafolios me tironea y me arrastra hacia la puerta para salir, justamente, hacia alguno de esos dos colegios. Más tarde veré tanto a Martin como a Marina en la sala de profesores del colegio de nombre inglés, y seguiremos la eterna charla inconclusa de la mañana, hasta que, como siempre, el timbre interrumpa. El triángulo colegial se completará tres tardes a la semana con el Santa María, adonde me encontraré en el aula, al menos por lo que queda de este año, a la hija que dormía, aunque esta vez despierta, o intentándolo. Pero hasta que eso ocurra, cientos de caras juveniles pasarán por mis ojos, pasaré por diversas emociones, seré lazarillo de poetas ciegos a los que guiaré ante los jóvenes dormidos, iré de Borges a Homero y de Homero a Homero Simpson, surgirán temas diversos, pondré unos y dieces por igual, como un monje dando bendiciones y penitencias o la eucaristía, o como un banquero prestando o negando dinero. Sermonearé, contaré anécdotas, me indignaré con los que no estudian, hablaremos del tiempo, de fútbol, de lo excelso y de la miseria humana, de la actualidad y de la Antigua Grecia, del Quijote y del Gran Hermano (¿Sancho?), de las pruebas que no terminé de corregir o de las uñas encarnadas y cómo curarlas. Trabajo de hablar, y claro que es lo que más me gusta, porque para que los temas salgan también hay que escuchar, porque comparto mi tiempo con gente joven que debería aburrirse con todo esto, pero hasta a veces parece que no la pasan mal y todo. Después de todo, yo también me divierto con ellos.
Pero estamos en noviembre, y si bien es primavera y el verano ya se acerca, la gente en las instituciones educativas se marchita a esta altura del año. Las salas de profesores rezuman cansancio por todos lados, se habla de exámenes, de mesas, de cierres de notas, de corregir, y casi como si estuviera prohibido, no se menciona la proximidad de las vacaciones: una densa cortina de obligaciones y stress no nos deja ver el sol que viene asomando. Y mientras tanto, reina el "no doy más" como idea fuerza.
El panorama en las aulas no es muy distinto: si el profesor encabeza un enunciado con la frase "les voy a encargar..." el aula resoplará como un neumático pinchado, aunque lo que siga sea "...que disfruten de la vida", nunca lo escucharán, las quejas lloverán como torrentes. La siguiente escena se repitió en la última semana en dos colegios distintos: tratando de encargarles un trabajo a los alumnos, una de ellas (en realidad, dos distintas) corre hacia el escritorio del profesor, agenda en mano, mostrando la falta de espacios en blanco hasta diciembre. Y, claro, el docente, comprensivo, pero fiel devoto de su religión, "el programa", trata de convencer a las ovejitas descarriadas de que tenemos que llegar al final: ¿cómo vamos a cerrar el año sin leer Cien años de soledad, o Hamlet, o la Odisea, o sin ver las Vanguardias Estéticas del siglo XX? Es posible que el mundo siga andando sin nada de eso, pero también es posible que estos alumnos nunca sepan de la existencia de estas cosas sin escuchar el silbido del látigo de fin de año en el aire. Para algunos, quizás, se pueda vivir sin tomar conocimiento de lo antedicho, pero para desgracia de los educandos, soy un fundamentalista convencido, y lo que les transmito es aquello sin lo cual no me imagino que la vida pueda ser plena y feliz. Claro que mi entusiasmo se choca contra la pared de su agotamiento, y la del mio propio, que a su vez, se ve reflejado en espejo en los rostros de mis colegas. El fin de año debería ser un aterrizaje placentero, un lento apagarse para depositarnos suavemente, entre algodones, en los níveos brazos de la diosa vacaciones, que nos atrae con su canto de sirena. Pero es un caos insalubre, que arrasa como un tsunami con nuestro buen humor, y hasta nos hace olvidar de cuánto disfrutamos de lo que hacemos, sobre todo cuando el calendario nos presiona.
Pero todo pasará, como una furiosa tormenta de verano. Quedarán bancos vacíos, que pronto serán ocupados por otros alumnos dormidos y desganados a los que habrá que tratar de seducir con la herramienta menos atractiva para estos hijos de la imagen y el ruido: la palabra oral y escrita, la palabra tersa y encantadora, la que tuerce caminos con la suavidad de la seda, la que emociona y despierta conciencias, la que deslumbra, la que transforma. Y entonces ellos dirán: ¡Qué aburrido! Y correrán presurosos a sus casas a refugiarse en sus video juegos o en la siempre receptiva TV, que nada piden a cambio. Y borrarán lo más pronto posible todas esas densas palabras que los arrastraron hacia aquella tediosa pesadilla de pensar por un rato en otras cosas más allá de la punta de sus zapatos. Volverán, como diría Hamlet al discurso del loco, lleno de sonido y de furia.
Hasta que, como siempre, el timbre (o el radiodespertador) interrumpa, y todo vuelva a empezar.
A.L.
Pilar, 14/11/07, 19.49 hs.

domingo 4 de noviembre de 2007

Apuntes para una novela que algún día será II

“Perdurar, aunque sea en el recuerdo, aunque sea en la mentira, aunque sea en la leyenda.” Porque el tiempo todo lo barre, cuando ya casi nadie en Patagones recordara la victoria del 7 de marzo de 1827, Victorio del Carmen Reyes persistiría en su obstinado relato de esa historia a cualquier circunstante que cruzara su camino, y es que ese día él había sido concebido, y si no hubiese habido combate no habría habido ni Victorio ni victoria, ni historia ni Historia. Y si bien él no era un testigo sino una consecuencia, ya que la historia narrada una y otra vez era más bien del relato del encuentro carnal entre su padre y su madre, evento único en la vida de ambos, que ocurrió en aquél preciso día y nunca más, las circunstancias de aquél encuentro habían marcado la existencia de Victorio, su forma de ver el destino, de entender el devenir de los hechos, de vivir sintiéndose el depositario de una memoria que encierra un enigma sobre la propia identidad que nunca pudo contestar. De hecho, Victorio se pasó la vida prometiendo escribir su relato, pero nunca lo hizo, aunque lo contó a todos los que pudo, y al menos consiguió que la anécdota sobreviviera hasta la muerte del último que la escuchó. A decir verdad, para la mayoría de la gente se trataba de la historia del verdadero hijo de puta que estaba orgulloso de serlo, pero para Victorio eso era la esencia de lo que lo hacía único: lo que para otros era un insulto, para él era una condición que le recordaba el heroísmo imprevisto que llevó a su madre, Corona Reyes, la puta que elegía con quién serlo, y a su padre, quien nunca fue elegido por ella, a unirse para procrearlo a él como un designio de instancias superiores que lo condenaban a repetir su relato hasta el fin de sus días. “Soy hijo de puta, por parte de madre, y del 7 de marzo de 1827 por parte de padre, pero mi nombre dice quién soy en realidad, y muchas circunstancias se cruzaron, mucha sangre hubo de correr para que yo naciera.” Su piadosa sepultura sólo conservó lo de “hijo del 7 de marzo de 1827”, aunque lo demás gritara tácitamente, al menos hasta que la tumba y su lápida fueran removidas y olvidadas para siempre junto con lo que alguna vez significaron. Pero todo eso pasó mucho después y no viene al caso. El caso es lo olvidado, lo que nunca podrá volver a ser recordado. Carmen de Patagones era en 1827 el último confín civilizado a medias en el mundo. En realidad no estaba tan mal para estar cercado por diversos pueblos aborígenes nómades por todos lados, que a veces no eran enemigos, y otras veces lo eran de modo suficiente, y de eso podía depender la vida. “Hay que saber leer al desierto”, decían por entonces los maragatos nativos de la aldea, quienes a su vez lo aprendieron de los fundadores españoles que habían cavado cuevas en las barrancas para sobrevivir: “las nubes de polvo lejanas son siempre un aviso de llegada de alguien, luego se ve si bueno o malo”, y se la pasaban mirando al horizonte. Y era cierto, a veces las nubes eran tribus no enemigas que avisaban de la instalación de sus toldos en alguna cercanía, y venían a pedir cabezas de ganado y quizás aguardiente a cambio de no enemistarse. Otras veces eran tribus enemigas de los no enemigos (amistad era una palabra imprudente), que pedían cabezas de ganado y toneles de aguardiente a cambio de no arrasar la aldea que rodeaba al fuerte. A fuerza de tanto dar, se aprende a negar y resistir, o a robar para recuperar, y en Patagones se practicaban ambas cosas todo el tiempo, sólo se alternaban según la conveniencia. Se miraba al horizonte y se escuchaba al viento: si tronaba el cañón de la torre del fuerte, entonces no se preguntaba, y era cuestión de aprestarse o correr a refugiarse. Pero en el ’26 la guerra con el Imperio vino a cambiar las cosas, ahora también había que mirar para el lado del mar, mientras duraba esa impensada prosperidad que provocó el bloqueo del puerto de Buenos Aires, que desvió los botines de guerra a este puerto ignoto. Pero allí no terminaban los cambios: a los indios, españoles y criollos que componían la fauna natural del Carmen, venían a sumarse los corsarios de diversas nacionalidades y los negros africanos que estos liberaban de los barcos que les capturaban a los brasileños en sus propias narices. No en vano el Imperio decidió borrar a Patagones del mapa. Y quizás lo hubieran conseguido, si no hubiese sido porque Victorio del Carmen Reyes fue concebido un 7 de marzo de 1827, aunque hoy nadie en el mundo pueda recordarlo.

domingo 14 de octubre de 2007

Instrucciones para exploradores

Descubrir algo viejo y olvidado, desclavarlo de los colmillos del olvido y apretar un nuevo lazo en la soga del recuerdo y la memoria; Descubrir algo nuevo y escondido, ir hacia adelante con los ojos cerrados y chocarse con las cosas para encontrarlas. Descubrir algo que falta y que quizás pueda ser, aprender a mirar los huecos y llenarlos con fantasía clarividente. Recordar aquello que deseamos profundamente, y a lo que renunciamos, para frustrarnos o más bien seguir deseando y buscando. (A veces eso a lo que nos lleva el deseo es mejor que lo deseado) Recuperar cada una de las sensaciones que nos provocaron felicidad. Desmenuzar sus componentes hasta aislar uno por uno. Revivirlos cuando fuera necesario reemplazando la sensación de pérdida por la de posesión inalienable. El pasado es el hilo que enhebra las perlas. El tiempo está lleno de collares falsos.
A.L.
Pilar, 14/10/07, 21.44'

domingo 23 de septiembre de 2007

Olvidados e ignorados II: apuntes para una novela que algún día será.

Todo es olvido; la memoria se construye sólo a partir de los hilos sueltos que deja el olvido, y todo en este mundo es olvido. Porque la memoria se desgarra con el tiempo, y mientras siempre se está reconstruyendo, el olvido en cambio nunca detiene su paciente trama. Vivimos escapando, pero a todos nos alcanza, también a los grandes, también a los poderosos, los que perduran: porque el olvido todo lo puede, y siempre aplasta con su suela lenta, gradual e implacable a todo lo que se mueve y lo que vegeta. Y entonces, sólo quedan las historias, las falsas y las verdaderas, lo mismo dan, los héroes en su heroísmo, los villanos en su maldad absoluta, los santos en el cielo y Dios en todas partes; nuestra propia historia se confunde y se trama con mentiras, con inventos, con cuentos, con ilusiones, con sueños dormidos y despiertos, y nosotros mismos nos transformamos en historia primero, y en olvido al final. Lo sabemos: los que perduran no lo hacen por completo, y el resto no escapa al olvido de los que también serán olvidados. Todo es olvido, hasta incluso la memoria, y la mentira trata de llenar los huecos de ese olvido. La verdad y la mentira se hermanan en la historia, entonces es absurdo preguntarle la verdad a la historia, porque la historia es la memoria tejida por débiles hilos de inexactitudes, imágenes confusas, falsedades y malas intenciones; las muchas formas de la mentira, a quien le pedimos que simplemente se parezca a la verdad, que en fin sólo es lo que nos parece ser verdad. La historia que contaremos es mentira, porque en parte fue verdad. La historia que contaremos es un retazo del olvido, un hilo suelto anudado con fantasías. La historia que contaremos nunca ocurrió tal cual como aquí se cuenta, porque una cosa son los hechos y otra las historias. La historia que vamos a contar es Historia y es Mentira, porque sus personajes en parte no existieron, pero seguramente lo hicieron en algún tiempo y en algún lugar que no fueron estos, pero en este espacio y este lugar pueden haber vivido, y entonces empiezan a existir. Mentira, olvido e historia, y un espacio para el recuerdo de lo que no fue y lo que pudo haber sido. Memoria, recuerdo y el tiempo, y dónde. Fragmentos de la memoria que se puede estar perdiendo. Hombres y mujeres en un país que no es país, un pueblo aislado del resto de ese país que aún no es país; un pueblo y un río cercano al mar, que crece y arrasa, que baja y que encalla; un río de canales invisibles que sólo navegan los expertos, un río que para pocos es camino. Un pueblo cercado por un río y por salvajes amistosos, aunque nunca se sabe, aunque parezca que se sabe. Un mar de mar, cercano aunque algo distante de un lado; un mar infinito de lanzas al otro lado; lanzas amigas a veces, enemigas de todas las demás lanzas las otras. Un pueblo de olvidados, que sólo puede sobrevivir con la mentira que se inventa cada día, sin pasado, sin salida, de futuro impensable, de presente. Y en el espacio del olvido, hombres altos como sus lanzas que fueron confundidos con gigantes por los antepasados de los que unos años atrás fundaron ese pueblo al que bautizaron con el nombre de una virgen y el de un mito. Un pueblo cruza de virgen y de mito al que llamaron Carmen por la una , de Patagones por lo otro; un nombre como todo nombre, hecho para el recuerdo, el hilo más fuerte que resiste al olvido. Porque lo nombres resisten, porque la frágil memoria humana no puede recordar algo que no tiene nombre, y sólo perduran los nombres, con un significado que arrastra al recuerdo de lo que no necesariamente sea verdad. Nombre de virgen como ese país que aún no tiene nombre, nombre de mito para construir un espacio de cazadores de aventuras, ese tipo de historia que más que ninguna otra, necesita de la mentira. Porque esta historia es tan falsa, que por ello es más verdadera. Y los hombres: los de cerca son del mundo más lejano que tanto esperó a que lo descubrieran, son los últimos hombres quizás, en poblar la tierra; y los otros hombres, los lejanos de allende el mar, los de más al Norte, que vinieron a dominar, los que hablan la lengua de los poetas, los que conocen ambos polos navegaron todos los mares, y los que nacieron en la jungla imposible y vinieron a descubrir América encadenados. Y las mujeres, duras como la tierra seca, blandas como la arcilla del Río Negro, gentiles como las tardes de primavera, imprevisibles como las crecientes, negras como la noche, hermosas como el pecado. Mujeres para cada hombre, para los del mar y los de la tierra, para los de las salinas cercanas, para los de recuerdos demasiado lejanos. Y también, hombres para los que no hay mujer alguna. Mujeres bien dadas al abrazo de todos los brazos, mujeres que calman la sed, y otras que la dan. Mujeres que dan hijos y otras que dan placer; hombres que hacen hijos sin placer. Y otros hombres y mujeres nacidos del amor sin placer y del placer sin amor. Así será el Carmen de Patagones de Río Negro en el que quizás nunca haya ocurrido esta historia que quizás en parte sí haya ocurrido, y quizás sea como las hilachas de aquellas banderas cortada en tiras, que dicen que unos héroes casi anónimos que quizás se parezcan a estos, supieron arrancarle al imperio invasor. Y porque las fechas son el nombre que le ponemos al tiempo, diremos nada más: un 7 de marzo de 1827.

"As de espadas" de Juan Filloy (fragmento)

En la mesa de truco se tocan los cuatro puntos cardinales del país. Confluyen a su borde cuadrado, aproximando la amistad de los argentinos que hallan en su trayecto. En pocas partes como en esa mesa chispea su gracejo y su sorna. Sin amistad no hay juego. No se sientan para entretenerse personas con rabia, dolor o angustia. Sería un torneo de fastidios y asperezas. Cuando se está abrumado o convulso, el espíritu carece de disposición para matizar los caprichos del azar. El truco es un breve certamen de envites y arrogancias, de desafíos y defensas, verificado entre pullas y mentiras, entre dudas y carcajadas. El naipe constituye el breviario que orienta esa misa profana. Disfrazado de rey o de sota, el demonio –un demonio jodón y sagaz- conduce el juego. Esa vez se armaron muchas partidas. Era una fecha prócer: el 9 de julio de 1916. El cielo estaba embanderado de patria. Y en el fervor de la conmemoración flameaban, en el pecho o en la cabeza de todos los reunidos, los colores brillantes de la alegría y el alcohol. Fue a la vera del lecho pedregoso del Río Seco, en el negocio de ramos generales de Amalio Dapertutti. En esos tiempos, cada pequeña población lo stenía, complementados con la estafeta, venta de fiambres y despacho de bebidas. Los caminos de entonces, de tierra, cavados por huellas hondas y magines –polvorosos hasta la sofocación los días de viento, convertidos en sucesión de charcos y pantanos, las semanas de temporal– aislaban a la gente. Imposible y difícil el acceso a los centros importantes, chatas fletadoras, sulkys, carros, breques, jardineras y tílburis se acomodaban en la rada de su patio pelado sin un árbol. Esos negocios, abastecían y acopiaban, amén de hacer algunas operaciones bancarias y de evacuar consultas de sanidad rural. El de Dapertutti, por descontado. Todo el gringaje de las colonias adyacentes iba “donde Amalio” para proveerse y pasar el rato. ¿Qué decir del paisanaje nativo, siempre dispuesto a gambetear trabajos y obligaciones al lado del vino y las sardinas, de la cerveza y la mondiola, del vermut y las aceitunas? […] Julio suele ser el mes más frío del año. No obstante, ese día patrio, el sol resolvió adherirse a la conmemoración secular ofreciendo, dorada, su calidez blanda de edredón. Permitió de tal modo que los actos al aire libre tuvieran con su auspicio perfecto desarrollo. Mas, al atardecer, su bondad cesó de cuajo. Repetidas ráfagas del sur empezaron a incomodar a la concurrencia. Llegaron en ese momento al despacho de bebidas, cuyo mostrador de zinc ostentaba los implementos habituales. Era una habitación de piso ajedrezado, en baldosas negras y amarillas, la cual servía a la vez como antesala al amplio galpón del depósito, habilitado, y ya entrando gente, para los números y el baile nocturnos. El ambiente tibio y bullanguero agradó a los cuatro. Lámparas de carburo y kerosene mezclaban sus tufos al humo del tabaco y a los olores alcohólicos. Cierta prosa los apuró a ocupar una de las pocas mesas libres. Ya habría cinco armadas en partidas de escoba y truco. – ¿Qué se sirven, señores? – se acercó a preguntar el hijo mayor de Dapertutti que hacía de mozo. – Son convidados míos – adelantó Pablo Cremer–. Creo que no hay desidencia: vermut para cuatro. Usted Cuquejo ¿cómo lo quiere? Diga. A mí me gusta con aperital Delor. – Fernet para mí –interrumpió Primo Ochoa. – Hecha la consulta, volvió el mozo al rato trayendo el pedido. Estaba distribuyendo vasos, aceitunas y sifones, cuando irrumpió la voz mesurada de Braulio Ipuche. Más que una iniciativa propia, fue un contagio instantáneo. La barahúnda que hacían los jugadores, sus chistes y carcajadas, espolearon su deseo y lo dijo: – Antes de servirnos ¿qué les parece si jugamos los vermut al truco? – Yo he invitado… –aventuró displicentemente Pablo Cremer, adhiriéndose in mente a la idea. Nadie se opuso, en verdad. El virus estaba en el aire. Una especie de cosquilla erizaba el ánimo de cada cual. La expectativa fue intensa. – No tiremos los reyes. Así como estamos –sugirió el capataz. Y así quedaron: Pablo Cremer bis a bis y compañero de Cuquejo. Braulio compañero de Primo Ochoa. El mozo trajo al fin una mesita suplementaria. Puso en ella botellas y sifones. Luego vino con el mazo y un platito de porotos blancos. El demonio vichaba desde arriba. Alguien escuchó una voz extraña en el recinto: – En el truco, de lo que veas, cree sólo la mitad. De lo que oigas, no creas nada… Han pasado cuatro o cinco manos de fintas. Ya se conocen las mañas. Por favor, véanlos a Cuquejo y pablo Cremer haciéndose señas. Aquél tiene un tic en el ojo derecho y nunca se sabe si lo acompaña o no el as de bastos… Observen ahora a sus contrincantes: Primo y Braulio. Escrutan astutos los rostros adversarios; mientras, sutiles, se delatan entre sí las cartas propias. Primo, desde la patada de un potrillo, tiene la boca torcida y casi estereotipada la seña del siete de oro… – “Jugalo: ya te lo ha visto” – le dice Cuquejo aludiendo a su apodo, que es precisamente ése. – Esta vez no es la mueca. Ya vas a ver. Cuando alumbra los rostros normales la picardía de la simulación, nadie sabe si “la falta” es un alarde o un “33 de mano”. Cuando la verdad se esconde en falacias impasibles, nadie sabe tampoco si se retruca al siete de espadas con un cuatro o con un “macho”. El truco es un sistema perfecto en el cual lo verosímil y la mendacidad conviven campantemente. No comparemos lo incomparable. Cada quien a lo suyo. El truco es la aritmética retozona del argentino. El mus, el cálculo barullero del vasco. El póker, el álgebra superior de los tahúres. El bridge, la matemática universal del silencio. Cada quien a lo suyo. A sus agachadas, desplantes, bluffs y compromisos. Y en un nivel más alto, cada quien a las herencias temperamentales, a las secretas fiebres de la ganancia, a los estilos educados de la emulación… Por favor, sigan viendo a esosuatro tauras enredados en sus madejas. Hilan medulosamente su mentira de acuerdo al reparto que les hizo la suerte. ¡La suerte! A veces quiere mimos, y hay que sobarle el lomo a las cartas. A veces, hay que “orejearla” sin ofenderle sus perfiles. A veces es un chorro incontenible: – ¡La gran puta, qué leche tenés! En ninguna parte, en ningún negocio o trabajo, se concentra el criollo tan profundamente. –¡Ah, si emplearan esa perspicacia en otras cosas! Vuelan las intenciones en miradas relámpagos. Se entrecruzan las señas levísimos movimientos faciales. Ya está un cinco en la mesa: – Voy. –Bueno, venga a sufrir. La partida se desarrolla en ese despacho de bebidas barullento. Sin embargo, el ruido los aísla. Tanta es su concentración al orejear las cartas que parecen investigadores. El ruido los aísla y los ampara. Por eso, les molesta el silencio de los curiosos. Son aves de mal agüero. Anda por ahí, “pateando” las mesas, el “Negro Mallet”, un cuarentón de la Martinico, que encaneció de repente en la erupción del Mont Pelée. Semeja un negativo fotográfico y por eso le apodan así. – Che, Negativo ¿hasta cuándo vas a lechucear? Movete de una vez. Ya han jugado dos “chicos” y están jugando “el bueno, a 24 tantos”. Como las aceitunas se hicieron humo enseguida, Marín Cuquejo, fiel a su hábito arraigado entre el paisanaje, recurre a los porotos blancos y redondos que él mismo usa para tantear. No los come. Los parte con los dientes, y, al separarse en dos mitades, mastica lentamente la cutícula que se desprende de ellos. Es una vieja costumbre criolla. En las pulperías de antaño y en los boliches de la campaña, se tantea con maíz. Quienes la practicaron y practican, gustan extraer con los dientes la punta del grano en que se encuentra el germen. Por cierto, nadie se alimenta; mas, en la medulación pareciera ayudar a compaginarlo mejor. Mientras se jugaba la primera docena, Primo Ochoa se llenó de júbilo. ¡Una flor! Y la contó radiante: ­­­– Vino la Infanta Isabel Para el otro Centenario; Trajo una flor de clavel Para el culo de un otario. Ninguno, por Dios lo pido, Se me dé por aludido… – Bueno, no hay flor sin truco –replicó el capataz. – Tranquilo. No se quiere. Cuquejo repartió los puntos. – Che, a nosotros, nada de mitades baboseadas. Danos porotos como la gente. – Mirá que sos jodido, Primo. Te quejás por macanas. Una racha muy favorable se obstinó en soplar por el lado de Pablo Cremer. Ligaba una barbaridad, vuelta a vuelta para el “primero” y para el “segundo”. – ¡Cómo ligan esos benditos!¡Hasta flor, teniendo nosotros treinta y tres de mano! Estaban 19 a 5. Las dos parejas, asistidas por pasiones distintas, exhibían ya las máscaras típicas de esas circunstancias. Había en Pablo y Cuquejo una alegría contenida, presta a estallar en jolgorio. En Primo y Braulio, la lobreguez que anuncia la derrota. En esa coyuntura un perro flaco y sucio que merodeaba en el local, se acercó a la mesa como curioseando la partida. La inspiración instantánea que asaltó a Primo Ochoa fue espantosamente canallesca. Pero la llevó a cabo. En un descuido, en tanto se repartían las cartas, le arrancó una garrapata de la oreja. Y, en otro descuido, la deslizó al plato de porotos. Hubo todavía una jarana final. Braulio agarró un truco con un caballo…y ganó. Ganó, además, tres reales envidos. Eso dio calce al recurso de siempre: el recurso de todos los truquistas al borde de la ruina: –A ley de juego, todo está dicho. Falta envido y truco. Si hay flor, contra flor al resto. Llegaban así al instante álgido, entre expectante y dramático, en el cual culmina la tensión del juego. Mientras se barajaba y se cortaba el naipe, Cuquejo tomó un poroto y lo mordió. Fue un grito espeluznante. Una sangre negra y viscosa llenó su boca de asco. De pie, escupió repugnancias e insultos entremezclados. Distinguió, por entre la ofuscación de su náusea, que Primo Ochoa estaba pálido, sin el azoro de los demás. Y borracho de odio, escupiendo todavía, peló la daga y arremetió. La furia con que lo hizo fue su perdición. Enredó el impulso homicida entre patas de sillas y mesas; y la puñalada dirigida al corazón sólo hirió el hombro izquierdo de Primo. Súbita, imposible de detener, como un rayo trágico, la reacción de Primo se efectuó agarrando un sifón y asestando un terrible golpe en el parietal de Cuquejo. La violencia del impacto lo dejó seco. Lo alzaron. Tiritaba su cuerpo en conmoción. Lo colocaron sobre una silla de latón y hierro, la cabeza rota y sangrante echada para atrás. Las pupilas, fijas en el borde superior de sus ojos en blanco, hacían la seña del as de espadas. Transcripto de: Filloy, Juan, Los Ochoa. Saga nativa. Córdoba, Op Oloop Ediciones, 1998.

Olvidados o ignorados: Juan Filloy y el Combate de Carmen de Patagones

Juan Filloy Murió en el año 2000, a la edad de 105 años. Vivió su breve vida integramente en su provincia de Córdoba. Fue contemporáneo de Borges, de Cortázar (quien lo meciona en Rayuela), de Mallea, de Saer, de Marechal, de Sábato, de Arlt ... Simplemente, de TODOS los grandes escritores argentinos del Siglo XX (y de los no tan grandes también). Tal parece que todos esos grandes escritores sabían de la existencia de este rara avis cordobés, que se empeñaba en publicar en sus pagos lo que por diversión escribía. Puede ser esa la razón de su falta de popularidad, o quizás lo poco prolífico de su obra: más de cincuenta novelas, todas con títulos de siete letras, y que están encabezados, al menos por alguna de las letras del abecedario (por cierto, como Cortázar, era adepto a los anagramas y las frases palíndromas, tenía una colección de miles de su propia cosecha). Puede parecer una falsa biografía borgeana, pero basta leer a Filloy para que Borges parezca un personaje inventado por él. Apropósito: no es fácil leer a don Juan, sólo tengo noticias de dos reediciones de sus novelas hechas por Losada en la última década: ¡Estafen! y la legendaria Op Oloop. Una editorial cordobesa, que lleva el nombre de esta última novela, y a la que no he podido ubicar ni por el mail ni por el teléfono que figuran en el libro , publicó Los Ochoa (la "ch" debe contarse como una letra, el título sigue teniendo 7), y pude milagrosamente, conseguirlo en Pilar. Prometo subir algo transcripto por mis propias manos en breve (no es pirateo, es desesperación por dar a conocer una obra magistral). De momento, acerco algo que se puede conseguir por Internet: un fragmento de Aquende, que para mí tiene especial significación, ya que pretendo escribir algún día una novela sobre el Combate de Carmen de Patagones, y según he podido observar tras una modesta investigación, Filloy fue el único que escribió sobre este episodio casi olvidado, que algún día resumiré, pero que puede reconstruirse a grandes rasgos en este fragmento del escritor cordobés. Hasta el día de la fecha no he podido conseguir, ni siquiera en bibliotecas, dar con un ejemplar de Aquende. Que yo sepa, la única manera de consultarlo es accediendo a la edición original de la novela, de 1938, para lo cual hace falta acreditarse como investigador avalado por alguna institución, para tener acceso a la Sala del Tesoro de la Biblioteca Nacional Argentina. No pierdo las esperanzas de fraguar esa acreditación (no soy falsificador, pero conozco serios investigadores que quizás se apiaden de este humilde lector curioso y ayuden en mi causa). Mientras tanto, vaya esta muestra de humor, maestría literaria y erudición, ya que los datos y el episodio central que se cuenta, la historia del anillo, están registrados en las crónicas históricas. Se menciona también a Pincheira, quien fue un oficial español que se hizo desertor en la Revolución de Mayo, pasó a ser reconocido como cacique entre los indios, y luego terminó regenteando una banda de renegados indios y cristianos que asoló desde la Provincia de Buenos Aires, hasta San Luis y Santiago de Chile, donde finalmente fueron sometidos y ejecutados unos treinta años después de comenzar sus aventuras. En el relato también se habla de Corsarios y de gauchos renegados. Cada uno de estos personajes merece una historia aparte, como por ejemplo el Gaucho Molina (que ya es personaje de una novela y de una historieta), pero para eso esperen mi novela. Aunque el relato que les dejo, de tan magistral, desalienta todo intento de sorprender narrando una buena historia. Lo de Filloy es demasiado, así que lo comparto. Disfruten entonces de la pluma de este goliardo sin tacha. Charanga:GESTA FUE un trago largo, como un lazo. Pialó el acuerdo. Y dijo: –Mi padre llegó a Carmen de Patagones durante la administración del Comandante Oyuela. El pillaje de los indios devastaba las colonias y las estancias de la frontera. A base de robos y de comerciantes sin escrúpulos florecía la exportación de cueros y tasajo. Mi padre era gaucho. Llevaba cinco “muertes” encima. Y entró a punto en el juego. Porque entre reducidores, aventureros, corsarios y esclavos, el crimen es una ficha. Los soldados que mandó la Primera Junta a sofocar la revuelta del año 12 se rebelaron el 19. ¡Todavía se oían los ayes del Gobernador y se veían las cabezas de los oficiales enterrados vivos! Mi padre, corrido por la justicia, se encontró, a sí mismo, en la promiscuidad de los Aucas. Pues el gaucho que se asquea de la ley de los hombres regresa al instinto de la indiada. Con ellos robó y mató a gusto, hasta que vino el gallego Pincheira. ¡Ordene, Oficial Pincheira! Y entró a su banda militarizada de forajidos: indios, gauchos y soldados desertores. Mi padre dilapidó su parte de cuarenta mil vacunos "reducidos" a patacones en el Carmen. Hasta que los colonos cansados de pillajes se hicieron a su vez cuatreros y bandidos... La emoción de bandidaje es una emoción bárbara, pero subyugante de la especie. Arrasar, quemar; violar, matar; son cosas primarias que cobijan todas las almas. Mi padre decía: quien degüella, desuella y... resuella. Y no tuvo asco: bestias, indios o cristianos. Pero todo cansa. Y con una cautiva que rescató en Chile, merodeó por las orillas de Río Negro. Fuera del apero, su daga, sus piojos y su quillango, no tenia más que cicatrices. Juntó cueros de zorros y plumas de ñandú. Pero la honradez lo acobardaba... Se metió con los noruegos de una factoría de aceite. Y tuvo vergüenza del trabajo... ¡A él, que amaba los entreveros, le dolía matar focas a garrotazos en bahías desoladas! Mi padre, el 26, entró a bordo de un corsario cuando estalló la guerra con Brasil. Se curtió con sudestadas. Y se templó de nuevo en las matanzas de los abordajes. Carmen de Patagones vivía el esplendor que da la plata del vicio y la rapiña. Se hizo puerto libre y zona neutra. Se llenó de truhanes, putas y piratas: de vértigo y orgía. Los brasileros, hartos de ignominias y saqueos de corsarios, resolvieron hacer un escarmiento. Cinco navíos de guerra, del bloqueo a Buenos Aires, fondearon en las bocas del Río Negro. Y setecientos hombres, bajo el mando de un general inglés, enfilaron hacia Carmen de Patagones. La noticia apenó a todos. Entraban en la patria como el hacha en el árbol que se quiere. Mi padre se enroló en la defensa. Defensa improvisada, de milicos, gauchos y tahúres. Tenían de arma un espíritu de llama y de escudo solamente la tela de la faja y de la vincha. Cien jinetes en conjunto. Coordinaron el ataque con la astucia del indio y la rabia del desierto. Seis leguas separaban al invasor, de Patagones. Seis leguas de sed en un páramo de fuego. Los infantes brasileños lo ignoraban. Conducidos sin cautela, se filtraron de cansancio en el camino. Mi padre, entonces, abrió lucha de emboscada. Los sedientos bebieron sangre en sus heridas. Los demás, la lengua seca, se desbandaron como loros ante el huracán de los centauros. En medio de una escaramuza, el brillante uniforme del general atraía la mirada. Mi padre lo volteó de un balazo mientras sus huestes sucumbían por las cargas y la sed. Y deseando con locura su uniforme, se precipitó sobre el general, a despojárselo. Su cuerpo inmóvil cedía dócilmente. Ya casi desnudo, mi padre quedó bizco de repente. ¡Un anillo magnifico destellaba en su mano! En el apuro de tenerlo, le cortó el dedo de un hachazo. Fue un ¡ay! horrible. El general, nada más que herido, simulaba la muerte por salvarse... ¡Pero la muerte vino sin piedad! Y mientras milicos y gauchos arreaban prisioneros, Mi padre le hundió la daga en el corazón; la revolvió como una bombilla en el mate. Y ufano del anillo y la chaqueta, galopó sobre cadáveres a dirigir la columna derrotada. Fuente: www.literatura.org/Filloy/jfTexto1.html Sigan el vínculo, que hay otros buenos textos.