domingo, 8 de agosto de 2010

El cine de los abuelos

Nota: este relato, que es pura ficción, aunque esté innegablemente ligado al recuerdo del barrio de Floresta, adonde vivían mis abuelos maternos en mi infancia, fue comenzado en enero de este año, y al borde de quedar inconcluso, fue terminado hoy. Recién en este momento, al concluirlo, me entero de que el cine Gran Rivadavia cerró sus puertas a fines de 2004, y estuvo a punto de desaparecer, de no haber mediado la movilización de los vecinos, que consiguieron hacerlo declarar de Interés de las Artes Audiovisuales por el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA). El día 26 de mayo de este año se celebró su próxima reapertura como cine-teatro con la proyección de la película "El secreto de sus ojos". Vaya, entonces, este casual homenaje a éste y a todos los cines de barrio,  que tantas horas felices de funciones continuadas nos regalaron en nuestra infancia, y también a los vecinos del barrio que hicieron posible salvar esta sala. Sumo esta intención a la original que me llevó a culminarlo y publicarlo hoy, primer domingo de agosto: homenajear a los niños en su día, a los de hoy y los de ayer, a los de siempre.

 

El abuelo Pedro no era muy imaginativo a la hora de pasar la tarde libre con un chico, aunque había aceptado el desafío con gallardía. Elina, su esposa, tenía que hacer una tonelada de trámites, y ante la opción de acompañarla o de cuidar a su nieto, a Pedro le resultó mucho más prometedor hacerse cargo de Claudio, el hijo de seis años de su hija Patricia, también ocupada aquella tarde de los primeros días de las vacaciones de verano. La temperatura prometía subir hasta transformar al barrio en una cocina de pizzería, el departamento de los abuelos era caluroso por la tarde, y resultaba más sensato caminar bajo la sombra de los plátanos de la calle Venancio Flores, al costado de las vías del tren. Al menos el abuelo Pedro se refugiaba del calor en ese oasis público cuando paseaba a Dandy, su perro, y a Claudio le encantaba esa placita, pero el abuelo pronto se dio cuenta de que a los nietos no se los lleva con collar y cadena, y se asustaba cada vez que el chico encaraba su carrera desordenada para el lado de la calle, adonde los autos pasaban a velocidades amenazantes. Como nada es más firme que la dulce mano del abuelo, de pronto Pedro pensó en darle un poco de aventura al crío, y llevarlo a pasear por la Avenida Rivadavia, y hasta incluso cruzarla. Estaban a tan sólo un par de cuadras, desde el edén de plátanos y paraísos, hasta la vena abierta del infierno en la propia ciudad. Lo llamó a Claudio con voz de mando, el chico vino, lo tomó con mano firme, respondiendo con un seco “a pasear” al “¿adónde vamos?” del infante. Y Claudio se dejó llevar, porque sabía que había aventura para aquella dirección a la que encaraba el abuelo. El retorno a casa estaba marcado para el lado de la calle: si cruzaban Venancio Flores, volvían, y lo más alentador podía ser comprar algún dulce en la panadería-confitería de doña Marta. Pero si encaraban para el lado de las vías, el paseo verdaderamente seguía, primero hacia la barrera alta, después a dar vueltas por esos hierros cruzados que obligan a rodearlos en “s”, a los que el abuelo llamaba “la vuelta del borracho”. Luego, a mirar la siempre latente amenaza del gigante de hierro, el tren eléctrico de la estación de Floresta, que cada dos por tres devoraba a alguna víctima desprevenida. Después de cruzar las vías dormidas, atravesar Yerbal y caminar esa breve cuadra de Segurola con sus mármoles de vetas marrones, palpitando hacia la furiosa Rivadavia. Lo que mucho después supo Claudio, fue que la tarde que cambió el rumbo de su vida, el abuelo Pedro no tenía un plan definido, a lo sumo creía recordar vagamente la existencia de una heladería para el lado de Lacarra, pero de pronto, al mirar para el otro lado de la Avenida, vio la marquesina brillante del cine Gran Rivadavia que le gritaba Lo que el viento se llevó. Cruzó como en sueños, mientras sopesaba la situación rápidamente:
“…es continuado, se pueden comprar golosinas, entramos en mitad de la película, si se aburre, la película es más corta, nos vamos cuando termina, vimos una mitad que no entendió porque no vio la primera mitad, tomamos un poco de aire, nos distrajimos, comió alguna golosina y se entretuvo un rato; si le gustó la película, nos quedamos a ver la primera mitad en la función siguiente. Sí, ahí dice “refrigeración”, espero que ande...”

Y sin dar mayores explicaciones, sacó las dos entradas, sin percatarse de que su silencio le hizo creer a Claudio que el abuelo mago, había jugado con la intriga y el misterio de prepararle el descubrimiento. Quiso el destino, que a veces es la máquina mejor engrasada y sincronizada del universo, que entraran a la sala en la escena del incendio. El cine escatimaba la refrigeración, como Pedro había maliciado, la encendía de a ratos. Se ve que hacía un buen rato que no lo hacían, porque dentro de la sala la temperatura era la misma que en la escena, lo cual reforzó el impacto en el chico, que se apretó contra los pantalones del abuelo. A Claudio lo habían llevado otras veces al cine, pero nunca le había prestado demasiada atención a esas películas de dibujos animados que solía mirar por televisión. Aquello era diferente, el abuelo parecía hacerlo atravesar ese incendio, los reflejos de las llamas descontroladas relucían en los artesonados del cielo raso, Claudio estaba hipnotizado y Pedro lo siguió conduciendo firmemente hasta la fila diez de una sala casi vacía de función vespertina. El chico se acomodó en su butaca, embriagado de imágenes. Le preguntaba todo a su abuelo, que muy poco sabía de cine, materia que nunca había llamado en exceso su atención, más allá de Lo que el viento se llevó, Casablanca, Gilda o La diligencia. Pero a aquél dramón larguísimo lo había visto unas cuantas veces, aunque nunca a la edad de Claudio, y se lo sabía de memoria. De más está decir que cuando la película terminó, jugaron un buen rato a adivinar las publicidades del inerte telón que separaba las funciones, y se quedaron a verla desde el principio, y llegaron hasta la mitad, y aún un poco más cuando Pedro tomó conciencia de que Elina ya debería haber vuelto de sus trámites hacía rato, y que hasta llegaría Patricia para buscar a su hijo. De hecho, Elina ya estaba por salir a buscarlos de noche por el barrio, acosada por esas ideas tontas de que a un hombre mayor y a un chico les puede pasar cualquier cosa por estas calles de esta ciudad de locos.

Cuando regresaron Pedro se ligó un reto que su nieto ni advirtió, siguiendo de largo a armarse con sus juguetes una maqueta inconfundible de Lo que el viento se llevó, con la que jugó horas, aquél día y los que le siguieron. De más está decir que esa tarde se prolongaría en la memoria de Claudio durante años, y fue la iluminación que lo llevó, años más tarde, a estudiar dirección de cine.

Durante aquellos tiempos de estudiante de cine, quince años después de aquella tarde, Claudio decidió retribuirle al abuelo Pedro, la magia imborrable del día en que nació su pasión, y después de ahorrar durante bastante tiempo, le regaló para una navidad una video cassetera. La tarjetita del regalo decía “ojalá puedas redescubrir y disfrutar del cine, como me lo hiciste descubrir y disfrutar a mí cuando era chico, para el resto de mi vida”. Pero el regalo no se quedó ahí, ya que el nieto, que ahora era un cinéfilo consumado, se hizo tiempo todos los viernes por la noche, para alquilar o conseguir alguna película para ofrecerles a Pedro y a Elina. Así nació lo que en el barrio de Floresta llegó a ser conocido como El cine de los abuelos. A las primeras funciones concurrieron sólo Claudio y los abuelos, pero poco a poco se fueron sumando Patricia y Martín, los padres de Claudio, y Mariana, la hermana, con su novio Cristian, y después empezaron a venir los amigos y vecinos, pagando como entrada algo para la picada o el postre, mucho antes de que la foránea costumbre de comer pochoclo (que genera un molesto ruido enemigo de la concentración que exige una buena película) se instalara en los futuros complejos de salas modernos, que todavía no se habían ni construido. Al principio, Claudio organizaba ciclos por directores, al mejor estilo de los viejos cine club, que él no había conocido, y que alguna vez el abuelo Pedro sí había frecuentado cuando era joven. Así pasarían ciclos inolvidables, presentados por el joven experto, como el de Francis Coppola (a quien Claudio definió como el director que más había tomado como tema las relaciones familiares), y otros, como las retrospectivas de Luis Buñuel, Scorsesse, Cecil B. de Mille, Eisenstein, Leonardo Favio, Victorio de Sica, y tantos otros grandes directores de diversas épocas y cinematografías. Con el tiempo, el cine de los abuelos se transformó en un rito de encuentro entre amigos y familiares cinéfilos, y fue contagiando la pasión por la cinematografía a cada uno de los concurrentes, quienes cultivaron una amistad fundada en la más sólida de las bases: la profunda afinidad por el arte y el conocimiento que lleva a compartir los más profundos sentimientos humanos.

 El cine de los abuelos también fue evolucionando con la tecnología, para pasar del video al DVD, de la pantalla del televisor al proyector, del sonido mono al estéreo y luego al 5.1, con la inestimable colaboración del barrio, que contribuyó de todas las maneras posibles para hacer crecer en el tiempo la magia de aquella tarde en el cine Gran Rivadavia. También con los años, Claudio se transformó en director, y continuó su carrera en el exterior, y para entonces fue Pedro definitivamente el anfitrión, aún después de la muerte de la abuela Elina, y hasta la suya propia.

Es cierto que el cine es como la vida, y por desgracia, también las grandes películas llegan a su fin. El día de la muerte del abuelo Pedro, Claudio, que se encontraba de vuelta en el país, pidió a todos aquellos que habían sido el público del cine durante años, que la mejor manera de derrotar a la muerte, era prolongar el rito para las próximas generaciones. Unos pocos días después, a pesar del peso que la ausencia de Pedro generó, se realizó una función en su homenaje, presidida por quien ocupó desde entonces el lugar de Pedro: Martín, el padre de Claudio. Ese día decidieron proyectar en su homenaje Lo que el viento se llevó. Y ese día, Claudio llevó al cine de los abuelos a su propio hijo, también llamado Pedro, quien nunca olvidaría aquella reunión de lágrimas mezcladas, porque es cierto que la vida, igual que las buenas películas, se termina, pero también es verdad que las películas, al igual que las vidas que marcan a otras vidas, están condenadas a perdurar, para proyectarse una y otra vez, para demostrar, paradójicamente, que el viento, a veces, no se lleva nada, por más que se empeñe en soplar.



martes, 13 de julio de 2010

El Caracol








Dónde habrá empezado a gestarse el apodo, la verdad es que no lo sé, yo lo conocí en el tiempo en que iba a la plaza a jugar a la pelota casi todos los sábados. Era un pibe medio raro, que coleccionaba historietas japonesas y sabía todos los trucos de los juegos para consola o PC, en realidad como todos los demás pibes juntos, sólo que él siempre sabía algo más que el resto no. En aquél entonces sólo era Ernesto, en invierno siempre andaba muy abrigado, no salía nunca a bailar, no fumaba ni tomaba alcohol, y prefería chatear con desconocidas que ir al cine con una chica del barrio. Y sí, era muy malo jugando a la pelota, mientras que era imbatible jugando soccer con la consola. Quizás fue eso lo que hizo que un día dejara de venir a la plaza los sábados. Francini, que se lo encontró una vez por la calle, nos dijo que era porque estaba trabajando con la computadora en la casa y parecía que laburaba sobre todo a la noche, cuando todo el mundo se conecta. Nos sonó a que estaría enviciado con algún juego en red. Teníamos el teléfono y lo seguíamos llamando para preguntarle los trucos, y siempre te atendía bien, y te daba cátedra. Se estaba dedicando a bajar películas, juegos, programas, y hasta se estaba dando maña como hacker, pero sobre esto último no daba detalles por teléfono. Empezamos a comprarle material que bajaba, y así seguimos en contacto personal. De todos modos, ya comenzaba a utilizar un lenguaje que a todos se nos hacía a veces incomprensible: decía que buscaba cosas que le costaba encontrar porque no tenía un flap o que no encontraba los clusters para identificar la cadena de asignaciones de archivos. Inútil era pedirle explicaciones, porque las daba y era peor. La cuestión es que a pesar de que empezó a no salir ni a la esquina, casi lo veíamos más seguido que antes.


Por aquél tiempo fue que se murió el padre, y yo creo que aunque Francini diga que siempre fue así, yo creo que esto lo hizo cambiar del todo, definitivamente. Lo del padre fue repentino, creo que un bobazo. Era un tipo muy laburador, no estaba en todo el día, pero ganaba bien. La madre trabajaba también, creo que cosía ropa a máquina, para fabricantes, más que nada yo pienso que para no aburrirse, no por necesidad. Y entonces ella estaba todo el día en la casa, haciendo la limpieza, cocinando, saliendo para hacer las compras, y el resto del tiempo dedicándose a su trabajo. Imaginate, pobre mujer, que no tenía mucho tiempo para fijarse en que el pibe ni salía a la calle, y además ni molestaba, era buenito, lo venían a ver algunos amigos y se ganaba su platita y colaboraba con la casa y todo, a pesar de que casi no traía gastos, ya que todo lo que tenía de computación se lo compraba él mismo. Pero cuando murió el padre, la familia se quedó sin sustento, y entonces Ernesto, que ya tenía como 23 años, fue el sostén suyo y de la madre, sin moverse de la casa. Claro que la mujer no decía nada de lo de la roña, lo que ella comentaba en el barrio era que Ernestito trabajaba tanto y hasta dormía tan poco que a veces ni tiempo de bañarse tenía. Algunos chismosos que nunca faltan empezaron a notar en las sogas de la ropa de la terraza la ausencia de pilchas de Ernestito, y la voz corrió enseguida. Nosotros sabíamos que en la casa siempre estaba con el mismo piyama, a veces abrigado con un buzo viejo por arriba, o alguna frazada en las piernas, cuando no se envolvía con el cubrecamas completo. Es clarísimo que no fuimos nosotros los que ensayaron esos sobrenombres horribles, como el piojoso de la computadora, el sarna o la larva, por eso no sé a quién se le ocurrió lo del caracol. Cuando lo escuché por primera vez, también me pareció hiriente, pero era perfecto: siempre entre la tierra, encerrado en su casa, metido para adentro, lento, silencioso, "viscoso". Lo más cómico del caso fue que el nuevo nombre llegó hasta él, y no se ofendió, al contrario, le pareció perfecto. Lo suyo ya era una pequeña empresita que adoptó el nombre de "El caracol", y utilizó como logo un simpático caracolito que él mismo había diseñado con un programa de esos que él conocía. Según la madre, estaba ganando más que lo que el padre había ganado en su vida, y ahora ella se encargaba de manejarle las cuentas del banco. Lo que la mujer no comentaba era que Ernestito, ahora en su bonanza económica, se hacía traer desde los puntos más remotos y exóticos del mundo (con una especial inclinación por Tailandia), la más variada gama de productos desconocidos en estas pampas, desde alimentos en base a harina de cangrejos disecados o algas que crecen en las minas de oro, pasando por licores que expanden la percepción humana a un grado desconocido, o hierbas aromáticas que inhaladas producen extrañas visiones proféticas, hasta juguetes sexuales cuyos secretos tántricos sólo conocen ciertos monjes tibetanos que manejan una página de Internet.

La cuestión es que aunque el pobre Caracol no salía de su casa, su vida estaba en boca de todo el barrio, que comentaba sus miserias más íntimas y juzgaba con asco de letrina vieja su vida privada, a falta de vida pública, desde ya. Quizás el más turro fue el portero del edificio, que entregaba la información de los pocos que entraban o salían (siempre servicios de entrega a domicilio), o de lo que llegaba por correo desde lejos. Para ese entonces, ya no lo veíamos más que por videoconferencia o eventualmente nos conectábamos por chat. Era difícil que atendiera el teléfono. El último que lo vio fue Charly, que se animó a ir a la casa a retirar unos discos de un software especial de manejo de stock y contabilidad que necesitaba para el negocio que abrió en la Galería Marsella. Digo que se animó porque para entonces, a veces se quejaban del mal olor los vecinos, porque se ve que la madre ya estaría acostumbrada. Charly dice que el olor era realmente insoportable, y que hasta incluso se animó a comentárselo. El Caracol llevaba unas cuántas semanas sin bañarse y estaba vestido con el mismo piyama de siempre, que ya era del brilloso color de la grasa rancia, y le dijo, riéndose, que se trataba de unos hongos que estaba cultivando y la preparación de las algas tailandesas. “Eso es lo que pasa cuando te alimentás sano, y hacés vida de monje oriental”, concluyó el Caracol, completamente ajeno al asco gelatinoso que provocaba a su alrededor. Antes de irse, casi como pensando que lo traía a la realidad, Charly le preguntó si nunca salía a dar una vuelta, si nunca una chica o una novia. Dice que otra vez se rió, y le dijo que una novia para qué, para tener problemas. “No te imaginás las cosas que podés ver en vivo por Internet, las minas que podés conocer”. Charly quedó transtornado, podría decirse que el tipo estaba completamente desquiciado, que su vida era una completa basura, una cosa repugnante y triste. Pero todos sabíamos que no había en el barrio un tipo más feliz que él: hacía lo que sin dudas más le gustaba en la vida, no había lujo, dentro de su mundo, que no pudiera darse, ganaba una fortuna, vivía una vida llena de placeres exóticos y de experiencias únicas que nosotros ni sabíamos que existían. Y para colmo, vivía en un universo cómodo, seguro, lleno de fantasía y sin sobresaltos. Parece que la única vez que dicen que se alteró, fue el verano pasado, cuando en el barrio hubo un corte de luz que duró unos días, pero parece que se compró un generador último modelo y baterías en cantidad que le pueden permitir seguir conectado durante más de una semana, si se diera el caso. Después de todo, quién pudiera tener esa única preocupación.

Últimamente sabemos poco de él. Parece que creó un portal de Internet, y que le ofrecieron millones, y dicen que si cierra el trato le va a comprar una casa a la madre en Europa, para que descanse un poco, ya que ahora él puede manejar todo por la red, hasta la plata, y para el resto, se contrata a gente que lo haga por uno y listo. Yo no sé si está loco, calculo que sí, lo que sé es que cada vez que nos juntamos con los muchachos, nos pasamos horas discutiendo cómo hacer más plata, y terminamos hablando de cómo hacer para gastar menos. Laburamos todo el año, vivimos con preocupaciones, descansamos un día o día y medio a la semana, y catorce corridos al año, cuando se puede. Pero eso sí, salimos, vamos al cine, nos encontramos en bares y vamos a comer afuera cuando el día está lindo, vamos a la cancha o a pescar, paseamos por los shoppings, llevamos a nuestros hijos a los jueguitos y les festejamos los cumpleaños, nos compramos todo lo que necesitamos, tenemos electrodomésticos más o menos actualizados y cambiamos el auto cada dos años, aunque nos cueste. Antes que nada, sabemos divertirnos y disfrutar de la vida.

Por eso no entiendo por qué siempre nos terminamos deprimiendo cuando hablamos del Caracol. Será porque aunque esté forrado en guita, el pobre tiene una vida de mierda, ¿no?

viernes, 9 de julio de 2010

Entreaño





Yo no sé por qué razón, pero la abuela Eve cada vez que se mama, se envenena el pico. No sé si lo hace seguido cuando está a solas, yo la veo cada tanto, tal vez unas cuatro o cinco veces al año y está sobria, pero es fija que se mama para año nuevo. A veces pienso que mi viejo tiene un resentimiento oculto con la abuela Eve, y es por eso que la invita, sabiendo que va a chupar y va a dar vergüenza ajena. Pero aunque no la pase bien, mi viejo insiste año nuevo tras año nuevo en que pasemos todos juntos esa fecha, y yo no puedo zafar porque es tradición familiar. Papá es el que manda para año nuevo: tiene una pequeña empresa, a la que todos le rajamos, por eso sólo lo acompañamos ese día. Y entonces, la organización del evento, a todo trapo, corre por cuenta de Cuquín, el "hijo adoptivo" de papá, su mano derecha, que es el único que le da pelota a la empresa, y seguro que cuando papá no esté, va a ser él quien la dirija, y está bien, porque ni a Chito ni a mí nos gustó nunca la idea de meternos en el negocio de los bulones. Pero como Cuquín insiste en que el galpón de la planta está bueno para la celebración, terminamos reuniéndonos ahí, y será por el ambiente, pero a la abuela Eve se le envenena el pico. Y al final, siempre nos caga la noche. A papá le da vergüenza ajena, pero como Cuquín insiste y no puede dejar de invitar a la abuela Eve, que vive sola, termina invitando a todo el mundo. Al llegar es la de siempre, pero en la cena empieza a empinar el codo y a ponerse agresiva con mi viejo:

- Raimundo, ¿por qué seguís siendo tan amarrete y no comprás un vino mejor? Siempre el mismo amargo vos ...
- ¡Mamma!- le contesta papá, y cambia el tema.
-¡Mamma, mamma! Siempre el mismo pelotudo vos, igual que tu padre...

Mientras la tía Irma, la hermana de mamá, codea al  tío Andrés subrayando la última frase, el sonido del corcho de una sidra aporta el momento justo para cambiar el clima, lo más rápido que se pueda. Igualmente, la tranca de la abuela Eve todavía va por la mitad. Veinte minutos más tarde criticará la comida de Irma (que siempre es mala para sus dientes y el pancreas), los manteles viejos, y se las agarra con la señora de Cuquín, o la prima flaca, lo mismo da.
Exactamente a las doce, con el comienzo del año, la abuela Eve dirá:

-¿Qué carajo festejamos?¿Un año menos de vida? ¡Tachen, tachen el almanaque, ingenuos, que la tumba nos espera!

Nadie le dirá nada, porsupuesto, la Eve en pedo parece saber que goza de la impunidad que dan los años. Y no faltan cinco minutos para que le diga a mamá que está más gorda y descuidada que el año pasado. Ya para las dos de la mañana, la abuela eructa estrepitosamente alcohol, como un marinero noruego.
Cualquiera diría que es una vieja de mierda. Pero en el entreaño no habla nunca, teje pulloveres en invierno, mira telenovelas, cuida su jardín y prepara dulces en verano, siempre suspira y recuerda en silencio, entre amarillentas fotos del pasado. Va a los médicos con entrega, hace la cola para cobrar su mísera jubilación aunque nieve o tiemble la tierra, escucha en silencio la radio con sus fatales noticieros, entregada  y sin comentarios, se hace la comida con la hornalla de gas al mínimo, duerme sin estufa con la bolsa de agua caliente y una frazada que tiene más de cuarenta años, junta monedas y nunca pide nada a nadie.
La abuela Eve es adorable, pero yo no sé por qué el viejo le llena la copa en año nuevo, es como si la desnudara en público.
Para mí que tiene razón ella, debe ser ese vino berreta que le compra mi viejo todos los años al turco Nasiff. Ahora que lo pienso, yo también tomo dos copas y tengo ganas de pasar el año nuevo en otra parte, lejos del viejo, de la vieja, de la tía Irma y el tío Andrés, de Cuquín y su familia, de Chito y Betty, y hasta incluso, de la abuela Eve. O quizás, hasta me vienen ganas de matarlos a todos en algún momento de la noche. Pero después, a la final, nos cagamos de la  risa, y no está tan mal el año nuevo.
Salvo por el vino, claro, salvo por el vino....

domingo, 4 de julio de 2010

Finales eran las de antes...

Para que los hermanos uruguayos se vayan entonando (como sea, les quedan dos partidos más)




Tengo la certeza de que por aquellos años, el fútbol era mucho más popular en Uruguay que en Argentina (quizás alguien más memorioso o documentado que yo me lo pueda confirmar o desmentir). Me  baso en el hecho de que en la época de oro del Zorzal criollo, entre los '20 y los '30, el box era más popular en estas costas, que el deporte del balón. Lo acreditan tangos y crónicas de la época. Sin ir más lejos, un joven de aquellos años, Julio Cortázar, era fan del pugilato y no se le conocen, hasta donde sé, preferencias futboleras. Sin ambargo, ha de haber sido un deporte en franca expansión, teniendo en cuenta la medalla de plata lograda en los juegos de Amsterdan, de 1928. Pero nada podía ser comparable en esta orilla del río a lo que pasaba en la otra, donde pisaba fuerte la verdadera potencia internacional del fútbol, Uruguay, quien definitivamente destronó al gran campeón histórico del fútbol olímpico desde antes de la Primera Guerra Mundial, la nación creadora de este deporte: Inglaterra, medalla de oro en Londres 1908  y Estocolmo 1912. Uruguay en el '28 alcanza en el medallero a los británicos consiguiendo su segunda medalla dorada, repitiendo el logro de Paris 1924.
Hay que imaginarse la sensación que causó en el viejo continente esa formación uruguaya, como para que la recientemente creada Federación Internacional del Fútbol Asociado planificara sin dudarlo su primer campeonato mundial en las lejanas tierras del bicampeón olímpico, más allá de las protestas de las delegaciones europeas a las que le significaba un parate de tres meses en sus campeonatos locales el interminable viaje hasta el otro lado del mundo, y para colmo durante el invierno austral. De hecho, en los mundiales siguientes se boicoteó la organización en Sudamerica, lo cual provocó la ausencia de Argentina y Uruguay en los campeonatos de Italia 1934 y Francia 1938.
A Argentina, sin embargo, en aquél primer mundial, le tocó un segundo puesto nada indigno, por lo que se vé, tanto en Amsterdam 1928, como en el mundial de Uruguay 1930, donde repitieron la final y los puestos. Nacía así una rivalidad en la que a los uruguayos les cabría, durante varios decenios, la primacía indiscutida, que hace que hasta el día de hoy, si se suman las particiapciones entre los primeros cuatro puestos, Uruguay esté históricamente arriba de Argentina, quien después de aquella final del '30 tendría que esperar cuarenta y ocho años más para volver a ser finalista y obtener su primer campeonato, en Argentina 1978.
Pero volviendo al '30... y pensar que Brasil todavía estaba en pañales. Aquella final rioplatense fue de lo más vibrante: un 4-2 en los noventa minutos da la pauta de lo que fue eso, en un fútbol que se caracterizaba por atacar con más hombres que con los que se defendía, pero en el que, de todos modos, se jugaba con una pelota más pesada, botines rústicos y campos de juego que a veces eran verdaderos pisaderos. Hace poco fantaseamos en casa con la posibilidad de hacer un experimento, y hacer jugar a los astros actuales un partido en esas condiciones. Nuestra conclusión fue que sería imposible porque se lesionarían todos, y hoy por hoy hay demasiado dinero en juego.

Para 1950, Europa lamía aún las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial, y la organización del primer mundial de la pos guerra se le encomendó a  Brasil, el único país sudamericano con presencia en todos los mundiales disputados hasta ese momento, pero con un historial más pobre que sus vecinos: ninguna medalla olímpica y un tercer puesto en Francia 1938. Brasil sueña, entonces, con su primer campeonato mundial: construye el estadio más grande del mundo hasta ese momento, el estadio Maracaná, y alista un equipo imbatible, que sin mayores dificultades llega a la final. Lo que ni se imaginaban, era que en frente tenían al decano del fútbol sudamericano, demostrando que veinte años no es nada, cuando el fútbol se lleva en las venas.




Si tenemos en cuenta que en las útimas finales tuvimos, por ejemplo,  en Estados Unidos 1994 un 0-0 entre Brasil e Italia, que se resolvió por penales a favor del primero, y el mismo tipo de resolución en Alemania 2006, a favor de Italia, y sumando que en este caso lo más destacado que quedó del partido fue el cabezazo de Zidane a Materassi: ¿alguien puede poner en duda que finales eran las de antes?


A veces, el fútbol es simplemente la más maravillosa forma de lo locura. Y si no, quedémonos con esta imagen para ejemplo.











FELICITACIONES POR VOLVER A LA HISTORIA GRANDE, URUGUAY ESTÁ ENTRE LOS CUATRO MEJORES DEL MUNDO.


sábado, 3 de julio de 2010

Más buenos recuerdos para que se sigan repitiendo

A pedido y sugerencia de Fernando Terreno, cábalas son cábalas.


¡Pipita, ta, ta, ta, gooooollll!
¡Viva la aliteración!
¡Viva la repetición!



Antes:

Se podía...






Ahora:

Se puede...





Entonces, se podrá...














Que así sea, una vez más...









Pero no pudo ser.



Entonces











¡VAMO'ARRIBA LA CELESTE!

jueves, 1 de julio de 2010

Recuerdos del futuro (Cuento cabulero)



Un cuento al estilo Fontanarrosa como para coronar la fiebre mundialista y matizar la espera. Perdón por la extensión, intentaré ensayar una versión abreviada (¿llegará a la categoría de plagio, como para La Cofradía?).


Al Negro Leiva no le gustaba el fútbol. No le molestaba, le era indiferente, quizás por eso, a pesar de ser un buen tipo, nunca terminamos de hacer una verdadera amistad con él. De algún modo, con los muchachos del barrio nuestros vínculos ruedan y rodaron siempre alrededor de una pelota: nos encontramos los jueves a la noche a jugar un partidito nocturno en el club, o nos juntamos los domingos a mirar los partidos del campeonato, o nos vemos los fines de semana para hacer un asado en la quinta del Pato Sánchez (que se ganó ese apodo en la primaria porque atajaba como Fillol), o arreglamos para ir a la cancha cuando podemos. También nos encontramos en La Orquídea a tomar un café y charlar desde hace más de veinte años, y fue ahí que lo conocimos al Negro Leiva, una vez que vino con Juanjo. Al Negro le gustaba mucho la música, el tipo sabía una barbaridad de Los Beatles, de Rock Nacional y hasta incluso de cine italiano. Llegamos a escucharlo y a convocarlo de árbitro para alguna discusión musical, pero no solía ser nuestro tema. Para colmo, el Negro era medio corto para el trato, salvo cuando entraba en alguna materia que le interesaba, entonces no paraba de hablar hasta aburrirnos a todos. Pero como fuera, el Negro siempre andaba por ahí, cerca nuestro, callado, como aburriéndose de nuestras conversaciones.
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 Para cuando empezó el mundial de México, en el '86, teníamos entre 18 y 20 años, y y sabíamos de sobra que al Negro el fútbol no le iba para nada, por eso, cuando Juanjo lo llevó a lo del Pato Sánchez a mirar el partido Argentina-Inglaterra, todos nos sorprendimos. "Insistió en colaborar con la picada", se excusó Juanjo al llegar, y el dueño de casa se contuvo por educación de reprocharle haber roto la sagrada cábala de juntarse los mismos, siempre en la misma casa (la de la mamá del Pato), y hasta sentarse en el mismo lugar y en la misma posición.
Durante el partido, el Negro no dijo nada, ni una palabra, sólo comía la picada, hasta un rato antes del primer gol de Maradona, el de la "mano de dios". Lo que entonces dijo el Negro fue más que significativo, pero sólo lo comprendimos unos días más tarde: mientras masticaba unos palitos salados, muy en calma, el Negro disparó:  " A ver si nos dan una manito de arriba". Cuando el Pato , cuarenta y ocho horas más tarde se acordó e hizo la asociación, todos lo desestimamos por casual, pero Pablo creyó recordar que luego del primer gol, el Negro habría dicho, en medio de nuestros gritos eufóricos "Éste no es nada, esperen a ver el próximo". Nadie más que Pablo había escuchado eso por lo cual lo acusamos de borracho.
Como fuera, la primera frase bastó para que invitemos al Negro, por cábala, a ver el partido contra Bélgica. Mientras nosotros nos mordíamos los codos en los minutos previos, el Negro estaba otra vez muy tranquilo y nos dijo radiante de felicidad:

- No se preocupen, muchachos, Argentina sale campeón, juega la final contra Alemania, y si bien el partido fue difícil, un gol sobre el cierre nos dio el campeonato.

En ese momento nadie advirtió el extraño uso de los tiempos verbales que hacía el Negro.

-Para jugar contra Alemania, primero hay que ganar este -le dijo el Vasco Mendiguren un poco fastidiado de que alguien que no sabía nada de la compleja ciencia futbolística emitiera un pronóstico con semejante autoridad.
-Este ya está ganado -replicó el Negro-; golazo de Maradona.
-Pará Vasco, no digas más nada -intervino Pablo-, acordate lo que el Negro dijo la vez pasada.

Empezó el partido, todos callamos y sufrimos, hasta el gol tranquilizador. Pero esta vez la diferencia fue que mientras festejábamos el tanto imposible de Maradona, (cruzado y sin ángulo, a la carrera, parecido al que le había hecho a Italia), todos miramos al Negro como pidiendo una explicación. Al final del partido, el comentario era inevitable. El Negro dio algunos rodeos, y finalmente habló con vergüenza, como si confesara un delito:

-Muchachos, yo les pido que no se burlen ni cuenten nada de lo que les voy a decir, pero hay cosas que todavía no pasaron, que yo sé que van a pasar. Es como si me viniera un recuerdo a la cabeza, una imagen. No es algo que me ponga contento, porque suelen ser cosas malas. La primera vez fue de chico, cuando tenía ocho años, fue horrible. Iba con mi vieja por la calle, y vi cómo un auto atropellaba a un hombre, que voló unos metros por el aire. Unos segundos antes, cuando estaríamos a una media cuadra del lugar en donde vi el accidente, mi vieja se acuerda perfectamente que me detuve, le tiré la mano para atrás y grité. Y yo me acuerdo que fue porque me vino el recuerdo de lo que estaba por pasar. Yo digo que son recuerdos porque estoy convencido de que el tiempo es circular, las cosas se repiten una y otra vez, simplemente porque el tiempo no tiene ni fin ni principio, es infinito y da vueltas en círculo ¿Ustedes nunca tuvieron un deja vu, escucharon hablar de eso?

Asentimos en silencio, el Negro había captado nuestra hipnotizada atención. Prosiguió:

-Bueno, dicen que son recuerdos de lo que ya vivimos que se nos filtran. A mí me ocurre eso, pero de otro modo. El común de la gente se acuerda una vez que el momento se repite. En cambio, a mí me pasa al revés, yo me acuerdo antes. El otro día, cuando mirábamos el partido, recordé el gol de Maradona con la mano. Recordé todo lo que se dijo después. Y cómo no me iba a acordar del segundo gol, lo volví a ver en mi recuerdo, se ve que me quedó grabado por lo espectacular, aunque yo no entienda nada. Eso me llevó a algo que nunca me había pasado antes: recordé todo hasta varios días adelante. Por eso sé que Argentina le ganó, es decir, le va a ganar a Alemania en la final.

No sabíamos qué decir, pero los pronósticos del Negro se venían cumpliendo. Nos juramentamos no contar nada, no tanto por cumplir con la voluntad del Negro de mantener el secreto, sino por cábala. Pero cuando Argentina salió campeón, lo levantamos al Negro en andas, lo sacamos a la calle, y ante todo el vecindario eufórico en la plaza, festejando ajeno y desatento al hecho sobrenatural, lo declaramos al Negro el adivino del barrio.
Debo decir que no sirvió de mucho su extraña facultad, ya que no conseguimos que nos alertara de nada importante en los años que siguieron. Le preguntábamos sobre la economía o el precio del dolar, sobre el resultado de las elecciones, sobre la desocupación, y él siempre respondía "no me acuerdo". Pero la racha adivinatoria continuó durante el mundial '90, cuando el negro vaticinó que Argentina llegaría a la final (y nosotros malinterpretamos que seríamos campeones otra vez). Lo significativo fue que lo dijo en el partido inaugural, el que perdimos contra Camerún. Asumimos entonces que cuando el Negro pronosticaba, no fallaba, y esto ocurría con el fútbol, durante los mundiales.
A decir verdad, entre campeonatos, mucha relación no teníamos con el adivino del barrio: a él seguía sin gustarle el fútbol, y a nosotros nos pasaba lo mismo con el cine español, los libros de Nietszche y la música brasileña, las nuevas pasiones del Negro. Pero para el '94 lo invitamos a ver los partidos del mundial a mi casa ( ya no en lo de la vieja del Pato, ya que éste se había casado y la esposa no aguantaba la muchedumbre mundialista). "Se rompió la cábala", fue todo lo que dijo nuestro adivino, y cuando le preguntamos cómo nos iba a ir, dijo con cara de médico que da un mal diagnóstico "mal". La eliminación tan triste, con el escándalo de Maradona incluido, llevó a alguno de los muchachos a echarle la culpa al Negro, que no podía "no acordarse" de semejante eliminación. Dejamos de verlo nuevamente, hasta que alguien se acordó de él para el ´98, pero resulta que se había mudado, y nada supimos de él para el 2002.
Unos pocos días antes del comienzo del mundial 2006 me lo encontré al Negro por la calle. Con el tiempo uno se va acordando de las cosas buenas que vivió con alguien, y al verlo al Negro, me acordé de los gloriosos partidos del ´86. Le dí mi teléfono, quedamos en arreglar para retomar el rito mundialista. El negro se excusó, diciéndome que yo ya sabía que el fútbol no era definitivamente lo suyo, pero lo convencí diciéndole que era cábala.

-Está bien -dijo entusiasmado-, yo voy, pero no va a resultar la cábala porque el campeón va a ser Italia, aunque Argentina va a repetir la final del '86 y del '90, contra Alemania.

Cuando le pregunté cómo era aquello, que si Argentina llegaba a la final, cómo era posible que salga campeón Italia, él me respondió con pesar "es que no me acuerdo bien, y además sigo sin entender de fútbol".
Al comentar con los muchachos que había encontrado al Negro por la calle, todos estuvieron de acuerdo en invitarlo, como en los buenos tiempos. En realidad, todos menos el Vasco, que ahora decía no sólo que el Negro no era adivino, sino que además de mentiroso era mufa.. Le hicimos ver que en el '86 nos había dado los pronósticos exactos.

-La pegó-retrucó el Vasco-, porque no sabe nada, es un chanta, fijate que ahora dice cosas incoherentes.
-Pero las otras veces, contra Alemania en el '90...
-No ves que la pega porque no entiende nada. Lo único que sabe es que Argentina jugó en algunos mundiales contra Alemania. Si te lo hubieras encontrado en el 2002 te decía lo mismo, y no se hubiera dado, como tampoco se va a dar ahora.

El escepticismo del Vasco se nos contagió a todos, y finalmente no lo invitamos. En la amargura de la eliminación, el Pato le recordó al Vasco el pronóstico del Negro: "se repite la final: se volvieron a enfrentar". ¿Qué pasaría entonces si salía campeón Italia? Finalmente, el tiempo le dio la razón al poder sobrenatural del Negro.

Otra vez pasó un mundial, pero esta vez la cosa fue bien distinta. El Vasco estaba completamente inmerso en la mística de las coincidencias entre el mundial ´86 y el 2010. Los demás queríamos puentear el  río embravecido de la angustia, y creyendo ciegamente en nuestro adivino, decidimos que haríamos lo que fuera por tenerlo con nosotros. Lo llamé al teléfono que tenía y me atendió una mujer que me dijo que el señor Leiva se había mudado, había comprado una casa en las afueras de la ciudad, en un barrio privado. Le pregunté si tenía el número y me dijo que sí, pero que no me daba seguridad de encontrarlo porque tenía entendido que estaba por viajar a Sudáfrica. Anoté el número sin querer preguntar más para no ser indiscreto, aunque intrigado por la casualidad. Ahora oprimía mi corazón la posibilidad de no tenerlo al Negro con nosotros, como en el '86 ¿Quién lo iba a aguantar al Vasco? ¿Cuántos nudos en el pañuelo iba a hacer Pablo? ¿Cuántas promesas iba a agregar Juanjo para contrarrestar el mal presagio que la ausencia del adivino implicaría? Agradecí apurado a la mujer, y llamé de inmediato al número que era mi última esperanza. Sonó tres veces, y del otro lado atendió la mágica voz del Negro Leiva.

-Yo sabía que no me equivocaba- me dijo-, me acordaba de que vos me llamabas.

Casi en un ruego, con un nudo en la garganta, le supliqué que nos acompañara a seguir los partidos de Argentina en el mundial de Sudáfrica. Otra vez nos juntaríamos en la antigua casa de la madre del Pato, que ahora él había heredado, y como se había separado de esa mujer a la que no le gustaba recibir a los muchachos para ver el partido, ahora podíamos juntarnos de vuelta, como en los viejos tiempos.

-Todos trabajamos cerca de lo del Pato, y podemos pedir permiso en el trabajo para ir a ver el partido y volver... No sé si vos podrás...

Su respuesta me dejó sin palabras:

-Vos sabés que a mí el fútbol nunca me interesó, pero desde que nos empezamos a reunir con ustedes en el ´86, le empecé a prestar atención, y algún tiempo después recordé el por qué. Por lo visto, sólo me quedan en la memoria de esta vida que viví una y mil veces, los hechos traumáticos: aquél accidente que ví en la infancia, la muerte de alguien querido, el día que me abandonó mi ex mujer. Imaginate que es terrible saber que lo malo va a pasar con anticipación, aunque no sabés exactamente cuándo. Pero hay algo que jamás les dije: nunca fui un tipo de tener muchos amigos con los cuales reunirme, quizás por esta misma razón, por no poder afrontar lo siniestro que es el hecho de saber las desgracias venideras de uno, para qué sumar ahora las de otros. Pero el creciente entusiasmo de aquél mundial que no me interesaba, me llevó sin querer a vivir la alegría por anticipado por primera vez, y el compartir esa emoción hizo de ustedes lo más parecido que tuve a un grupo de amigos. Por lo visto, el recuerdo de aquél mundial fue algo tan feliz, que el contagio de esa euforia ajena hizo que me sintiera parte de algo único, y por eso lo recordé tan claramente, antes de que ocurriera. Después de cada mundial nos distanciamos, y entonces yo volvía siempre a mi universo, sin interesarme por nada del mundo que me rodeaba, excepto mis propios intereses. Hasta que un buen día, recordé que podía recordar hechos del fútbol porque si bien no me interesaba, el hecho de compartir la alegría con los amigos, lo transformaba en algo personal, algo emocional, digamos. Allí estaba la clave se trataba simplemente de que uno recuerda las emociones fuertes. Si tenés la posibilidad, como en mi caso, de recordar lo que ya viviste en otra vuelta del tiempo, entonces de lo que se trata es de meterse en emociones fuertes, para recuperar la memoria, para "adivinar".

Hizo una pausa larga y pude escuchar claramente un suspiro. Pensé que se quebraría, acababa de confesar que habíamos sido en su vida lo más párecido a un grupo de amigos, y que eso le había dado sus poderes adivinatorios. Luego del suspiro, prosiguió:

-¿Sabés lo que pasa Marito? Lo que pasa es que de todo esto me acordé cuando caí en la cuenta de que el grupo de gente a los que yo creía mis amigos, se acordaba de mí sólo para que les tire los resultados del piojoso mundial de fútbol que si no fuera por semejantes ingratos, a mí me interesaría un rábano. Pero así y todo, yo seguía esperando que me llamen, porque me gusta recordar cosas buenas, porque me gusta compartir la felicidad de otra gente...

Finalmente me quebré yo:

-Perdonanos, Negro, somos una mierda -le dije.
-No creo que sea para tanto- me respondió-, y no creo que tenga nada que perdonar. Por el contrario, creo que tengo que agradecerles...

En este punto, no supe si el Negro estaba siendo sarcástico. Aún ahora no lo sé.

-Fue tan grande la decepción que sentí cuando ni me llamaron para el mundial pasado, tan grande, que de inmediato recordé qué fue lo que hice las otras mil veces que viví esta vida. Como durante estos años me dí cuenta de que si bien el fútbol no me gusta tengo una cierta facilidad para retener datos, me aboqué a eso, y el resultado fue que empecé a pronosticar profesionalmente. Eso sí que es una emoción fuerte, que no se olvida. Me conecté con agencias de apuestas locales, que primero no me creyeron, como ustedes al principio, pero a los pocos días me besaban los pies. Ahora me tengo que ir a Sudáfrica, a recordar el futuro para agencias internacionales. Me pagan muy bien, así que no creo que puedan tenerme como cábala. Decile al Vasco que no se ponga mal y que no se tome tan al pie de la letra lo de las coincidencias, aunque...-se interrumpió. No puedo hablar de eso, ahora es información reservada, y vale millones. Quizás sea en el próximo mundial, pero la verdad es que ahora no me acuerdo si me acordaba de eso, es demasiado tiempo y las cosas van surgiendo por asociación. Ahora por ejemplo, me acuerdo de que mañana tengo que viajar, y me voy a quedar dormido y casi voy a perder el vuelo. Eso me lleva a una cadena de hechos asociados que me permiten saber quién fue el campeón del mundial. Y también me acuerdo que tuve ganas de decírtelo y no lo hice para no perder millones, ¿Me entendés?
-Si Negro, claro...

Seguimos conversando un rato, pero ahora soy yo el que no recuerda qué dijimos, porque mi mente se disparó a cuestiones más terrenales. Nos despedimos amigablemente, aunque en realidad, en el momento tuve ganas de mandarlo al carajo. Después lo pensé mejor, y ahora me parece bien que el Negro se haga rico en Sudáfrica y nosotros no sepamos qué va a pasar el domingo contra Alemania. Después de todo ¿a quién le interesa conocer el final de una novela? Por eso nunca nos entendimos con el Negro, el pobre no entiende que lo mejor del fútbol para el hincha es, precisamente, el no saber cómo va a salir el próximo partido.

domingo, 27 de junio de 2010

Los buenos recuerdos son mejores si se repiten.

¡Viva la metáfora, viva la repetición!














QUE ASÍ SEA...



...Y así fue:




Ahora a esperar por Alemania




viernes, 18 de junio de 2010

Mi nombre es nadie.




Alberto Lidoro Pérez se llamaba. Lo de Ulises fue una premonición quizás cruel de Luis María Raffetti, profesor de Matemáticas del Comercial n°8, en 1er año. La clase estaba en silencio, siguiendo la explicación. Lidoro (así le llamábamos todos) estaba claramente distraído, haciendo dibujos que no eran apuntes. Raffetti iba por la explicación del cuarto paso de una operación de suma algebraica, Lidoro dibujaba de memoria el escudo del Club Atlético Nueva Chicago en su carpeta, pero no le salía. De pronto la cavernosa voz de Raffetti se vio superada por el tremendo sonido de una sirena que provenía de la calle, quizás de los bomberos. Lidoro se sobresaltó tanto, que sin querer tachó el escudo de Nueva Chicago, pegó un salto que corrió el pupitre haciendo crujir las patas de hierro contra el piso de madera del salón, y quedó mirando aterrado al profesor, quien percibió todo el movimiento de inmediato. Dueño de la situación, tras un fugaz silencio expectante, Raffetti sentenció:


- Pérez, parece que usted es como Ulises, el de La Odisea: lo atrae el canto de las sirenas.


Y cómo todos conocíamos el episodio homérico (menos Lidoro, por supuesto), estallamos en risas, sorprendidos de la ocurrencia literaria de un profesor del área de exactas, quien, dicho sea de paso, se ganó el respeto entre el alumnado por su nutrida cultura general.

La cuestión fue entonces que le tuvimos que explicar a Lidoro en el recreo de qué se trataba la cosa, y a él le encantó adoptar el nuevo nombre. También le contamos lo de cómo Ulises deformó su nombre ante el cíclope. "Nadie, mi nombre es nadie", repetía el nuevo Ulises entre nuestras risas que lo incentivaban. A partir de allí, todo el mundo, en los casi cinco años de secundaria que quedaban, llamó Ulises a Lidoro, y él fue armando al personaje. Vago como pocos, pasó por la escuela estudiando casi nada y sin molestar a nadie. En los últimos años, es cierto, cuando volvimos a tener a Raffetti, éste reconoció que el nuevo Ulises tenía cierta aplicación en las matemáticas, se interesaba por la estadística, y había adquirido habilidades para el cálculo mental. Parece que la voz cundió entre otros profesores, quienes al menos cambiaron el concepto, y consideraron a Ulises como un alumno limitado, aunque esforzado. La piedad pedagógica no tiene a veces límites, y Ulises se recibió de Perito Mercantil un par de años más tarde que todos nosotros, pero se recibió.

Ah, sí, sí, lo de por qué fue premonitorio lo de Raffetti, claro. A Ulises lo atrapó el canto de las sirenas, de las sirenas de la policía. Se esmeró en dibujar hasta probar suerte como falsificador. Esa vez estuvo cerca de caer. Después dicen que se abocó a la estadística, parece que para aplicarla en estafas. Le fue bastante bien con una falsa agencia de cambio, según cuentan. Y esa vez no se salvó. Estuvo un par de años, salió y volvió a las andadas, siempre atraído por el canto de las sirenas, aunque parece que escapando de ellas con suerte dispar, como el de La Odisea..

No creo que alguna vez haya tomado muy en serio lo que le quiso decir Raffetti, ni que Raffetti, si vive, recuerde lo que alguna vez le quiso decir a él, pero como sea, la profecía se cumplió: a fin de cuentas, los oráculos antiguos eran misteriosos y siempre se concretaban de los modos más insólitos.


Ilustración: Rodrigo Acuña

sábado, 12 de junio de 2010

El miedo




Estaba en el supermercado. Los hombres a veces somos parcos en el supermercado. Una señora revisaba por todos lados un sachet de leche. Me miró aleccionadora y cómplice. Evité la mirada amablemente y seguí de largo, no necesitaba leche. La reencontré en la carnicería, la señora ya me incluía en su círculo de familiaridad, al menos en ese escenario. Mientras observaba del mismo modo inquisidor una bandeja plastificada con chuletas de cerdo, me comentó:




- Cada vez ponen menos clara la fecha de vencimiento. Hoy en día no se sabe, nada es seguro…

- Claro. -le respondí, por no decir “¡Seguro!”.

- Hay que vivir con miedo – pontificó-, hoy no se sabe qué cosa es qué. No se sabe si sale a la calle y si la violan o la matan a una. No se sabe si las mujeres son hombres disfrazados de mujer, todo está degenerado. Imagínese tener un hijo así…

- Claro, claro…

- ¿Sabe por qué? Es la droga, la droga la venden por todos lados, es un negocio y nadie hace nada para pararlo…

- (Mirada de “reflexión” o intriga: “¿hasta donde querrá llegar?”, pienso.)

- Todo está al revés, tanta corrupción, tanta locura. Hay andar siempre con cuidado, mirando a los costados todo el tiempo, cuidándose de lo que uno cuenta, ocultando lo que uno tiene, reforzando las cerraduras, poniendo alarmas, para que los ladrones, los asesinos y los degenerados anden sueltos, viviendo a costa de nosotros, que estamos indefensos. Tendrían que poner la pena de muerte para los asesinos y los traficantes que están en las esquinas, castrar a los violadores y cortarles las manos a los ladrones. Pero mientras no sea así, hay que vivir con miedo.

- Es cierto, es cierto-le respondo incómodo-. A mí me daría mucho miedo ser como usted.



Aferré mi carrito, caminé dos metros, y me di cuenta de lo que le había dicho. Enfilé para la caja. Había hecho la mitad de las compras, pero la cola de la caja rápida era corta. Pagué y me fui.

Sigo haciendo las compras en el mismo supermercado, pero no volví a ir nunca más a la misma hora. Tengo miedo de cruzarme con esa señora otra vez.


Fotografía: Ignacio Lunadei

sábado, 5 de junio de 2010

Fónica afónica (canción sombría)



Sombras sombrías
que siembran de días
nublados las vías
clavadas sin vida,
debidas de sombra;

luces sin nombre
que ya no se nombran
que ya no se borran
que ya no iluminan,
y nombran las sombras;

luces que solo
proyectan las sombras
por calles de adioses
que pueblan de voces
silencios que asombran.

Nada sobra, todo abunda,
todo luce, todo inunda;
todo falta, tierra inmunda,
hambre y fuego, frío juego.

Sobre el yermo, sobre el manto
del cemento, del asfalto,
yace el hombre ya sin nombre.
Su alma fue desparramada
en las calles que te nombran,
en la apolillada alfombra,
en las vías que se tuercen,
en las noches que florecen,
en los sueños que estremecen,
entre aplausos y palmadas,
su alma fue despedazada.

Sombras sombreras,
sombras postreras,
sombras que asombran.

domingo, 30 de mayo de 2010

Refrito II

Este cuento es un plagio cruzado a El Sur, de Jorge Luis Borges y Lejana de Julio Cortázar. Fue escrito gracias al impulso y la generosidad de Santiago Bosco, quien ideó La Cofradía, un blog para realizar plagios, eso que gente más amiga de los eufemismos llama en la actualidad "homenaje". Aprovecho la ocasión para saludar al Santi, para mi gusto, uno de los bloggers más creativos, talentosos, entrañables e inspiradores que conocí en estos años de vida de Goliardos. Podría decirse entonces, que este refrito es un verdadero homenaje a un gran tipo con todas las letras.





La Santa Paz

El hombre que llegó a Buenos Aires en circunstancias algo misteriosas en 1942 se llamaba Angelos Malakis y había sido pastor de cabras en su isla natal, en Grecia, hasta que un confuso episodio de sangre lo trajo al otro hemisferio; en 2009 uno de sus nietos, Gregorio Malakis trabajaba como vendedor en una agencia de viajes que tenía su local sobre la avenida Córdoba y se sentía profundamente argentino. Siempre le habían dicho que las razones que empujaron al exilio a su abuelo paterno habían sido políticas. Por lo que sabía, su abuelo era partisano, alguien lo quiso entregar pero él lo supo y anticipó su escape ya planificado, aunque primero enfrentó al traidor para que no vendiera a más compañeros. El relato en este punto era confuso, se hablaba de un tumulto, una navaja, una herida mortal, la huída. Su abuelo materno, en cambio, había sido un modesto poeta de barrio, de aliento melancólico y cadencias lánguidas, que alguna vez había desfilado por las ahora amarillentas páginas de la Revista Sur, que su nieto conservaba como a un viejo talismán. En la discordia de sus linajes, Gregorio había optado alguna vez por seguir los pasos del antepasado poeta, aunque se obstinara en soñar siempre con buscar las raíces de su heroico pasado griego. Sus bosquejos abandonados en la juventud, estaban plagados de héroes homéricos y sombras mitológicas. Sus afanes, durante años, apuntaron a la búsqueda de un albur sistemático que lo llevara al reencuentro de sus raíces helénicas, que lo remontaban a la lejana tierra de Santorini. No se cansaba de aclarar que aunque el nombre sonara itálico, se trataba de una milenaria isla de las Cícladas, surcada por leyendas minoicas, cuna de una antigua civilización extinguida por la erupción de un volcán. Desde sus brumosos años de infancia había rastreado a esa isla con forma de media luna en los mapas, y había atesorado las imágenes de su acantilado multicolor cortado al medio miles de años atrás por la furia del dios Hefesto. El nombre es la resultante de un híbrido greco-latino: el latino Santa unido a Irene, es decir, Paz en griego. Ese nombre ahora resonaba en sus sueños, al mismo tiempo que le evocaba recuerdos que no le eran propios. Él sabía que en lo alto de Thira, allá en Santorini, había un lugar que no había visto ni en s menoria, ni en fotografías ni en imágenes de ningún tipo, pero sin conocerlo, lo recordaba. Y si bien Gregorio no conocía la lengua griega, sabía que el cartel de la puerta de esa cantina decía “NTALIANA”, que se leía y pronunciaba Daliana, y que ese nombre significaba algo para él. En esa cantina del sueño había un hombre que bajaba la vista, un hombre que entraba y todos callaban y los ojos negros de una mujer. Ese falso recuerdo lo mordía, como si fuera una visión de su sangre, y quería llegar hasta allí, porque sabía que encontraría la clave de una historia que debía escribir. Por todo eso, desde hacía algún tiempo, a partir de los descuentos y ventajas económicas que le brindaba su trabajo, estudiaba cuidadosamente la posibilidad de viajar a buscar sus raíces, su historia, sus visiones. Y cuando finalmente parecía haber dado con la oportunidad justa, aconteció un hecho que pareció obligarlo a postergar su viaje, quizás definitivamente.



Aunque Gregorio sostuviera que los dioses siempre estaban de su lado, el destino, a quien ellos estaban sujetos, le dio una puñalada trapera. Al atardecer del mismodía en el que Gregorio recibió los pasajes y las reservas para su viaje a Grecia, mientras regresaba a su casa de Quilmes en su automóvil, otro vehículo lo cruzó en la autopista Buenos Aires - La Plata, perdiendo Gregorio el control de su vehículo para salirse del camino e impactar contra el guarda rail y traspasarlo, luego de un doble vuelco. Más allá de la gravedad del accidente, los dioses parecieron interceder ante el destino, y tras horas de bomberos, sierras y ambulancias, Gregorio fue rescatado con vida de entre los hierros retorcidos, con los pasajes y reservas intactos en su bolsillo. Todo lo que supo acerca de su indeseada procesión al hospital, y sobre sus primeros días de internación, le fue referido por los suyos, que se deshicieron en largas horas de vigilia, cadenas de rezos, y angustias que se explican en conversaciones breves entrecortadas por pausas para suspirar y buscar explicaciones que no se encuentran, o en cuidadosos mensajes de texto que a veces se acercan, por su gravedad, a lo monosilábico. Al cuarto día Malakis volvió de su viaje por ríos oscuros, y recuperó la conciencia cegado por los tubos fluorescentes de la habitación del hospital. El infierno recién empezaba, y los días restantes para el viaje, si bien eran aún lejanos, amenazaban ser devorados por el tiempo que demandaría la recuperación.



Durante las semanas siguientes, Gregorio vislumbró la frustración de su cautiverio hospitalario entre pesadillas de moribundo, al tiempo que escuchaba el inútil consuelo de familiares y amigos que le insistían con que no debía preocuparse por el viaje, que lo importante era que había salvado su vida de milagro. Cuando los médicos le hablaron de la operación en la cabeza para alivianar el hematoma del cráneo, Gregorio finalmente se olvidó del viaje, se entregó a los exámenes médicos previos a la operación, y simplemente se detuvo a pensar en el riesgo de emprender un último viaje, el que no conduce a ninguna parte más. Y Santorini quedó atrás, y quizás por eso los dioses decidieron premiarlo. Luego de días de fuego en el cuerpo y volcanes en la cabeza, de incisiones y de calmantes químicos que lo hicieron odiar su cuerpo débil de carne golpeada en cada rincón de su frágil geografía, de huesos de madera astillada, Gregorio se dispuso con sus últimas fuerzas a la operación, y entró al quirófano confiado, convencido de estar llevando a cabo el duelo heroico que le habían referido tantas veces, de su abuelo griego. Sintió el insulto, el desafío, la muerte traidora que quería entregar su vida miserablemente, y estaba dispuesto a darle batalla con gallardía. Y tal como lo soñó al transponer la puerta de la fría sala azulejada, tras una larga pelea, Gregorio Malakis saldría con vida, para reponerse, acompañado por los olímpicos favores de la ciencia médica, justo a tiempo como para emprender el vuelo a Santorini casi sin huellas de su nefasto accidente.



La excitación del viaje le impidió tomar conciencia de los momentos previos, y cuando se quiso acordar, casi sin saber cómo, se encontraba embarcando su vuelo en Ezeiza, despidiéndose confusa y apresuradamente de aquellos familiares y amigos que antes habían hecho una vigilia mucho más ingrata y angustiante que esta. Mientras esperaba en soledad que se asiente la borra del café a la turca que había pedido como último lujo exótico en una de las cafeterías del aeropuerto, de golpe se sintió transportado al escritorio de la agencia de viajes, que le había autorizado la licencia como parte del acuerdo con la aseguradora: hasta había tenido la suerte de que su accidente fuera considerado como laboral, por encontrarse volviendo a su domicilio. Se vio en la bruma de la rutina pasada, palpitando ese momento, y ahora estaba allí, volviendo de la muerte. Una plácida sensación de orgullo inflamó su pecho ansioso. Y al cabo de unos momentos, abordó el avión que lo llevaría a Atenas. Recuperó la calma en su butaca confortable, adonde despertó cuando una azafata, a la que en el primer momento de extravío confundió con una enfermera del hospital, le ofrecía una copa de champagne, gentileza de la línea aérea. Fue extraño el tener que rechazar la invitación, pero aún le pareció tener en la boca el sabor del uzo que había tomado en sueños en Daliana, en las alturas de Thira. El vuelo no fue tranquilo, aunque el avión parecía algo más viejo de lo que se suponía. Un comisario de a bordo de rasgos criollos le dijo que esos aviones ya estaban para el desguace, pero que ante la reducción de presupuesto, primero por la crisis de las compañías aéreas después del 11 de septiembre de 2001 y más tarde por la crisis internacional, todavía seguían volando y convenía mantenerlos antes que renovar la flota. El viaje transcurrió sin sobresaltos, y hasta incluso el día era tan límpido, que Gregorio llegó a divisar, feliz, la forma de medialuna de Santorini sobre el azul mapa aéreo del mar Egeo. Al llegar a Atenas un viejo ómnibus de los años ’40 lo llevó hasta El Pireo, adonde un catamarán de gran porte, que más parecía un acorazado reciclado de la Segunda Guerra Mundial, lo llevaría a Santorini. Grecia parecía detenida en el tiempo, como si hubiera estado esperándolo desde la partida de su abuelo.



A medida que el barco surcaba las aguas del vinoso ponto homérico rumbo a la isla anhelada, Gregorio, en la cubierta del viejo barco, dejaba ir a sus ojos absortos tras la huella de espuma, recordando las andanzas de Ulises por aquellos mares soñados, pero una amarga sensación de despedida lo arrebató de su mundo; de pronto tuvo la certeza de que nunca podría regresar a la poesía que alguna vez había cultivado para narrar todas esas experiencias, aunque más tarde se consoló pensando que en ocasiones el hombre no puede experimentar la poesía, sólo puede escribirla cuando los recuerdos se asientan como la borra del café a la turca. Y entonces pensó en que su historia, de alguna manera cerraría el círculo de la historia de su abuelo ¿Existiría aquella cantina de la que nunca le habían hablado, pero que él había visto en sueños? ¿Sería en Daliana donde su abuelo mató a aquél hombre? La historia le había sido narrada tantas veces, sin embargo, siempre algún detalle aparecía oscurecido. Gregorio estaba seguro de que el destino era simétrico, y él debía regresar para restaurar el equilibrio perdido con el precipitado destierro de su abuelo Angelos. Pensaba todo eso contemplando a la mitológica noche reflejada en la oscuridad cerrada del Egeo, en una calma pesada, expectante, anestesiada.



Lo había llevado al Pireo un viejo ómnibus, ahora era una vieja camioneta la que lo transportaba desde el puerto a las alturas de Thira. Descendió frente a un pequeño hotel detenido en el tiempo, tomó una habitación, dejó su equipaje, volvió a salir. Lo sorprendió el hecho de que todos los rostros que encontraba por el camino le resultaran familiares, y lo saludaran como a alguien conocido. Recordó la hospitalidad de los griegos de la que siempre se hablaba en su casa, y respondió complacido a cada uno de los gestos. Era increíble, pero todo se parecía a sus sueños, a sus falsos recuerdos, y sin dificultad, sus pasos lo llevaron hasta “NTALIANA”, donde reconoció el cartel, no sin cierto asombro. Al entrar, fue hacia el mostrador, balbuceó la palabra uzo, y el cantinero le respondió en un castellano atravesado en todas sus aristas por el griego. Luego de beber dos o tres vasos, Gregorio tuvo la sensación nítida de estar hablando en griego con el hombre, aunque algo extraño sucedía: entendía las palabras, pero no podía comprender exactamente por qué ese hombre decía lo que le decía. Gregorio escuchaba que le advertía que no tendría que haber vuelto, que él querría ayudarlo, pero que Kostas había jurado que volvería por él, y hasta incluso, Gregorio tuvo la clara sensación de que el hombre lo llamaba Señor Malakis. Y entonces lo vio entrar a Kostas, y pudo reconocerlo. La cantina enmudeció en un silencio blanco de nieve. El cantinero, además de callar, bajó la vista y se apartó de él como de un fantasma. Kostas se dirigió hacia Malakis con un odio reposado, medido y decidido. Gregorio avanzó, y una mano desconocida le puso una navaja abierta en la palma de su mano, que él tomó sin mirar quién se la alcanzaba. Entonces su mirada se apartó del odio de Kostas, porque encontró los ojos de Daliana, y vio la traición clavada en sus retinas (ella no lo ayudaría a huir), y mientras sentía la herida del puñal de Kostas en su vientre, sintió que su cabeza se astillaba en mil pedazos, mientras miraba los ojos de Daliana, que parecían pedir perdón desde otro mundo. Y en ese momento él, Angelos Malakis, comprendió que ya no habría Argentina para él, ni habría hijos ni nietos que contaran la historia, que quizás fuera Kostas quien huiría, y que no habría nadie que soñara un lugar que llevaba el nombre de la traidora, esa que ahora lo miraba con sus ojos negros profundos, como pidiendo disculpas por haberle tendido una trampa al tiempo, mientras Angelos soñaba en su último instante con aquella santa paz, que ya nunca encontraría.