jueves, 21 de febrero de 2008

Thálassa

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Caminar por la orilla del mar es siempre un renacer.Tal vez porque las olas parecen cada vez las mismas pero nunca lo son; debería ser mónotono pero no es difícil mirar, escuchar, oler y entender por qué no lo es. El mar es sencillamente como la vida, siempre lo mismo pero nunca igual, moviéndose sin que nada visible lo impulse, imprevisible pero legible, calmo pero incesante, furioso antes y luego tranquilo, llevando por igual tormentas y cielos despejados, tragando y trayendo, subiendo y bajando irremediable, yendo y volviendo imperceptible. Pararse y mirarlo de frente, como quien está dispuesto a cruzar las grandes aguas. Recorrer sus orillas interminables, donde los hombres ponen nombres: Aguas Verdes, La Lucila, Costa Azul, San Bernardo, Mar de Ajó; Costa del Este, Mar del Tuyú, La Meca. Pasa el mar, pasa la gente, y las estaciones; vamos y venimos como olas; pasan los años y las invasiones, caballos, personas, perros, bicicletas, cuatriciclos alevosos, camionetas portentosas encajadas en la arena que despiertan nuestra risa: el mar siempre se venga de los soberbios, hay que respetarlo, aunque algunos crean que es una escenografía estival montada para ellos exclusivamente; él los escupe a su manera porque siempre reconoce a los violadores de santuarios que andan por el mundo sin saber que el mar no se muere en el invierno, respira hondo y junta fuerzas para soportar el duro verano. El Thálassa de Homero, eterno. Mar de sal, mar de arena, mar de viento, mar de agua blanda que pulveriza pacientemente la roca indestructible, ruta infalible a nuevos mundos y decubrimientos, porque al fin y al cabo descubrir es la mejor forma de descubrirse (será por eso que los cuerpos se descubren frente al mar, se desnudan, se revelan en la belleza de sus imperfecciones). Presencia incansable del silencio como un arrullo infinito, al mar se lo lleva siempre adentro. La encontré en el mar, la busqué, y ahora camina a mi lado después de dos vidas; los años pasaron y no, siempre estuvieron allí, como el mar mismo. Caminar por el mar es transitar por una metáfora grandiosa.