martes, 18 de septiembre de 2007

Sordera intermitente

A veces no es posible saber si ciertas debilidades físicas se desarrollan solas y generan otras consecuencias en el carácter, o si más bien ciertas particularidades del carácter son las que generan las deficiencias físicas que les resultan funcionales. En otros términos, a veces no se puede determinar si alguien deja de escuchar a los demás y luego sufre una conveniente pérdida de audición, o si es ésta la que lo lleva a dejar de escuchar a los demás. Es más difícil saberlo en casos en los que la misma deficiencia coincide fatalmente con el carácter. En el caso de Adela, antes de sufrir su sordera intermitente fue muda de carácter, y por eso mismo nunca comunicó (es claro que el orgullo quita el habla) lo que le pasaba a su familia. Estoica viuda de un marido espinoso cuya muerte hubiera provocado más de un banquete de alegría, Adela se hundió en un luto indeterminado y se encerró en aquel oscuro departamento donde había pasado los años más infelices de su vida. Le quedaban sus hijos, Carlos y Sirena, con quienes decidió compartir su infinito resentimiento hacia aquello que finalmente ella misma había elegido. Carlos fue implacable, esperó el inevitable paso del tiempo, y sin dar mayores explicaciones un día le comunicó a su madre (había heredado lo taciturno de ella, pero no su frustración) que le había surgido un trabajo en Australia, después de todo, para eso había estudiado ingeniería e inglés -Adela no paraba de quejarse de ese hijo que sólo vivía para estudiar y que no pensaba en su madre, mientras cuando era conveniente hablaba con orgullo de lo inteligente que él era-, y se fue sin decir más. Al principio escribía, pero algo pasó después, y Carlos dejó de escribir, hasta incluso a su hermana menor, que por entonces tenía la mitad de su edad. Si bien Adela gozaba de una buena pensión, la mejor herencia de aquel hombre para el olvido, se lamentaba en público del estado ruinoso de abandono en el que la había dejado aquel hijo desagradecido. Sirena la había escuchado durante años, hasta que también llegó su turno de volar, y lo hizo, aunque más cerca, cuando se escapó de su casa con Martín, ese barbudo con ideas revolucionarias que para el mundo le pudrió la cabeza a la nena, y ya va a ver, ya va a volver la desagradecida, todos estos años dándole lo mejor para que se vaya con el primer roñoso que se le cruza. Pero para su desgracia, Sirena no volvió sino hasta cinco años más tarde, para que Adela conozca a su nieta María. Martín tenía un buen trabajo y se había afeitado, María era luminosa como la madre y silenciosa como la abuela, aunque sin ninguna amargura que la ate a un pasado oscuro en cual fuera siempre víctima; María era demasiado niña para eso, y Sirena se encargaba de dosificar sabia y sutilmente ese contacto por miedo al contagio, y entonces pudo mantener la distancia suficiente como para armonizar con su historia sin venderle su futuro al pasado, como lo había hecho Adela. Sirena y Martín eligieron vivir a unos cuantos kilómetros de la ciudad, y la distancia y la ocupación fueron el mejor escudo contra aquel triste arcano. Y a la vez, esa misma distancia les permitió reconciliarse con su historia y comprender que a veces el tiempo anestesia los resentimientos hasta dejarlos sin efecto, como a un medicamento vencido, aunque éste en vez de curar pueda envenenar. En principio, hasta Martín logró olvidar aquella denuncia por el secuestro de Sirena con la que Adela intentó retener a su hija bajo su ala opresora, y que a él casi le cuesta la cárcel. Fueron tiempos difíciles hasta que Sirena se emancipó como para casarse y evitar cualquier represalia legal contra su hombre. Y lejos de Adela, especialmente lejos de Adela, construyeron su mundo feliz. Nunca supieron que mientras tanto, Adela empezó a desarrollar, en aquellos años, su sordera intermitente.
[Continuará]

6 comentarios:

esmoris lara dijo...

¡Ale, qué bueno!. Socializalo, lanzá a los goliardos por las rutas. Hasta tengo la oportunidad de ver a la familia humita (música nones, bud my Gordy is GANCÉ)
Nostamoviendo-nostamo. Un abrazo grandote y felicitaciones!!!

Goliardo dijo...

¡Gracias maestro! Ud sabe que aunque sea modesto es nuestro mentor. Después de todo, aquellos goliardos medievales seguían a algún referente intelectual, como Pedro Abelardo o Tomás de Aquino. Lo pensé como para los íntimos, pero tus elogios me hacen agrandarme y considerar la socialización.

esmoris lara dijo...

Bien hijo, cuando puedas ven a recorrer mi blog. Su nombre es fácil de recordar: vidasinfames.blogspot.com
Deja algunas monedas en el plato.
Te quiero Gogui!

M�nica dijo...

Adelante con los faroles,me movilizo che, que bueno poder reir,espero continuación.
Felicitaciones..

mike dijo...

alessandro que bueno poder ver , leer , y hasta escuchar , algunas de las palabras que se agrupan en la mano del poeta y conmueven . . .
(intimidades al margen . . . cuanto hacia que no escuchaba a alguien llamarte Gogui)

Goliardo dijo...

¡Hermano Mike! ¡Qué bueno encontrarte por estos pagos! ¡Y pensar que sabés hasta el origen de aquél Gogui como si pudieras haber sido testigo! Lo que es conocerse de toda la vida...