sábado, 3 de julio de 2010

Más buenos recuerdos para que se sigan repitiendo

A pedido y sugerencia de Fernando Terreno, cábalas son cábalas.


¡Pipita, ta, ta, ta, gooooollll!
¡Viva la aliteración!
¡Viva la repetición!



Antes:

Se podía...






Ahora:

Se puede...





Entonces, se podrá...














Que así sea, una vez más...









Pero no pudo ser.



Entonces











¡VAMO'ARRIBA LA CELESTE!

jueves, 1 de julio de 2010

Recuerdos del futuro (Cuento cabulero)



Un cuento al estilo Fontanarrosa como para coronar la fiebre mundialista y matizar la espera. Perdón por la extensión, intentaré ensayar una versión abreviada (¿llegará a la categoría de plagio, como para La Cofradía?).


Al Negro Leiva no le gustaba el fútbol. No le molestaba, le era indiferente, quizás por eso, a pesar de ser un buen tipo, nunca terminamos de hacer una verdadera amistad con él. De algún modo, con los muchachos del barrio nuestros vínculos ruedan y rodaron siempre alrededor de una pelota: nos encontramos los jueves a la noche a jugar un partidito nocturno en el club, o nos juntamos los domingos a mirar los partidos del campeonato, o nos vemos los fines de semana para hacer un asado en la quinta del Pato Sánchez (que se ganó ese apodo en la primaria porque atajaba como Fillol), o arreglamos para ir a la cancha cuando podemos. También nos encontramos en La Orquídea a tomar un café y charlar desde hace más de veinte años, y fue ahí que lo conocimos al Negro Leiva, una vez que vino con Juanjo. Al Negro le gustaba mucho la música, el tipo sabía una barbaridad de Los Beatles, de Rock Nacional y hasta incluso de cine italiano. Llegamos a escucharlo y a convocarlo de árbitro para alguna discusión musical, pero no solía ser nuestro tema. Para colmo, el Negro era medio corto para el trato, salvo cuando entraba en alguna materia que le interesaba, entonces no paraba de hablar hasta aburrirnos a todos. Pero como fuera, el Negro siempre andaba por ahí, cerca nuestro, callado, como aburriéndose de nuestras conversaciones.
.
 Para cuando empezó el mundial de México, en el '86, teníamos entre 18 y 20 años, y y sabíamos de sobra que al Negro el fútbol no le iba para nada, por eso, cuando Juanjo lo llevó a lo del Pato Sánchez a mirar el partido Argentina-Inglaterra, todos nos sorprendimos. "Insistió en colaborar con la picada", se excusó Juanjo al llegar, y el dueño de casa se contuvo por educación de reprocharle haber roto la sagrada cábala de juntarse los mismos, siempre en la misma casa (la de la mamá del Pato), y hasta sentarse en el mismo lugar y en la misma posición.
Durante el partido, el Negro no dijo nada, ni una palabra, sólo comía la picada, hasta un rato antes del primer gol de Maradona, el de la "mano de dios". Lo que entonces dijo el Negro fue más que significativo, pero sólo lo comprendimos unos días más tarde: mientras masticaba unos palitos salados, muy en calma, el Negro disparó:  " A ver si nos dan una manito de arriba". Cuando el Pato , cuarenta y ocho horas más tarde se acordó e hizo la asociación, todos lo desestimamos por casual, pero Pablo creyó recordar que luego del primer gol, el Negro habría dicho, en medio de nuestros gritos eufóricos "Éste no es nada, esperen a ver el próximo". Nadie más que Pablo había escuchado eso por lo cual lo acusamos de borracho.
Como fuera, la primera frase bastó para que invitemos al Negro, por cábala, a ver el partido contra Bélgica. Mientras nosotros nos mordíamos los codos en los minutos previos, el Negro estaba otra vez muy tranquilo y nos dijo radiante de felicidad:

- No se preocupen, muchachos, Argentina sale campeón, juega la final contra Alemania, y si bien el partido fue difícil, un gol sobre el cierre nos dio el campeonato.

En ese momento nadie advirtió el extraño uso de los tiempos verbales que hacía el Negro.

-Para jugar contra Alemania, primero hay que ganar este -le dijo el Vasco Mendiguren un poco fastidiado de que alguien que no sabía nada de la compleja ciencia futbolística emitiera un pronóstico con semejante autoridad.
-Este ya está ganado -replicó el Negro-; golazo de Maradona.
-Pará Vasco, no digas más nada -intervino Pablo-, acordate lo que el Negro dijo la vez pasada.

Empezó el partido, todos callamos y sufrimos, hasta el gol tranquilizador. Pero esta vez la diferencia fue que mientras festejábamos el tanto imposible de Maradona, (cruzado y sin ángulo, a la carrera, parecido al que le había hecho a Italia), todos miramos al Negro como pidiendo una explicación. Al final del partido, el comentario era inevitable. El Negro dio algunos rodeos, y finalmente habló con vergüenza, como si confesara un delito:

-Muchachos, yo les pido que no se burlen ni cuenten nada de lo que les voy a decir, pero hay cosas que todavía no pasaron, que yo sé que van a pasar. Es como si me viniera un recuerdo a la cabeza, una imagen. No es algo que me ponga contento, porque suelen ser cosas malas. La primera vez fue de chico, cuando tenía ocho años, fue horrible. Iba con mi vieja por la calle, y vi cómo un auto atropellaba a un hombre, que voló unos metros por el aire. Unos segundos antes, cuando estaríamos a una media cuadra del lugar en donde vi el accidente, mi vieja se acuerda perfectamente que me detuve, le tiré la mano para atrás y grité. Y yo me acuerdo que fue porque me vino el recuerdo de lo que estaba por pasar. Yo digo que son recuerdos porque estoy convencido de que el tiempo es circular, las cosas se repiten una y otra vez, simplemente porque el tiempo no tiene ni fin ni principio, es infinito y da vueltas en círculo ¿Ustedes nunca tuvieron un deja vu, escucharon hablar de eso?

Asentimos en silencio, el Negro había captado nuestra hipnotizada atención. Prosiguió:

-Bueno, dicen que son recuerdos de lo que ya vivimos que se nos filtran. A mí me ocurre eso, pero de otro modo. El común de la gente se acuerda una vez que el momento se repite. En cambio, a mí me pasa al revés, yo me acuerdo antes. El otro día, cuando mirábamos el partido, recordé el gol de Maradona con la mano. Recordé todo lo que se dijo después. Y cómo no me iba a acordar del segundo gol, lo volví a ver en mi recuerdo, se ve que me quedó grabado por lo espectacular, aunque yo no entienda nada. Eso me llevó a algo que nunca me había pasado antes: recordé todo hasta varios días adelante. Por eso sé que Argentina le ganó, es decir, le va a ganar a Alemania en la final.

No sabíamos qué decir, pero los pronósticos del Negro se venían cumpliendo. Nos juramentamos no contar nada, no tanto por cumplir con la voluntad del Negro de mantener el secreto, sino por cábala. Pero cuando Argentina salió campeón, lo levantamos al Negro en andas, lo sacamos a la calle, y ante todo el vecindario eufórico en la plaza, festejando ajeno y desatento al hecho sobrenatural, lo declaramos al Negro el adivino del barrio.
Debo decir que no sirvió de mucho su extraña facultad, ya que no conseguimos que nos alertara de nada importante en los años que siguieron. Le preguntábamos sobre la economía o el precio del dolar, sobre el resultado de las elecciones, sobre la desocupación, y él siempre respondía "no me acuerdo". Pero la racha adivinatoria continuó durante el mundial '90, cuando el negro vaticinó que Argentina llegaría a la final (y nosotros malinterpretamos que seríamos campeones otra vez). Lo significativo fue que lo dijo en el partido inaugural, el que perdimos contra Camerún. Asumimos entonces que cuando el Negro pronosticaba, no fallaba, y esto ocurría con el fútbol, durante los mundiales.
A decir verdad, entre campeonatos, mucha relación no teníamos con el adivino del barrio: a él seguía sin gustarle el fútbol, y a nosotros nos pasaba lo mismo con el cine español, los libros de Nietszche y la música brasileña, las nuevas pasiones del Negro. Pero para el '94 lo invitamos a ver los partidos del mundial a mi casa ( ya no en lo de la vieja del Pato, ya que éste se había casado y la esposa no aguantaba la muchedumbre mundialista). "Se rompió la cábala", fue todo lo que dijo nuestro adivino, y cuando le preguntamos cómo nos iba a ir, dijo con cara de médico que da un mal diagnóstico "mal". La eliminación tan triste, con el escándalo de Maradona incluido, llevó a alguno de los muchachos a echarle la culpa al Negro, que no podía "no acordarse" de semejante eliminación. Dejamos de verlo nuevamente, hasta que alguien se acordó de él para el ´98, pero resulta que se había mudado, y nada supimos de él para el 2002.
Unos pocos días antes del comienzo del mundial 2006 me lo encontré al Negro por la calle. Con el tiempo uno se va acordando de las cosas buenas que vivió con alguien, y al verlo al Negro, me acordé de los gloriosos partidos del ´86. Le dí mi teléfono, quedamos en arreglar para retomar el rito mundialista. El negro se excusó, diciéndome que yo ya sabía que el fútbol no era definitivamente lo suyo, pero lo convencí diciéndole que era cábala.

-Está bien -dijo entusiasmado-, yo voy, pero no va a resultar la cábala porque el campeón va a ser Italia, aunque Argentina va a repetir la final del '86 y del '90, contra Alemania.

Cuando le pregunté cómo era aquello, que si Argentina llegaba a la final, cómo era posible que salga campeón Italia, él me respondió con pesar "es que no me acuerdo bien, y además sigo sin entender de fútbol".
Al comentar con los muchachos que había encontrado al Negro por la calle, todos estuvieron de acuerdo en invitarlo, como en los buenos tiempos. En realidad, todos menos el Vasco, que ahora decía no sólo que el Negro no era adivino, sino que además de mentiroso era mufa.. Le hicimos ver que en el '86 nos había dado los pronósticos exactos.

-La pegó-retrucó el Vasco-, porque no sabe nada, es un chanta, fijate que ahora dice cosas incoherentes.
-Pero las otras veces, contra Alemania en el '90...
-No ves que la pega porque no entiende nada. Lo único que sabe es que Argentina jugó en algunos mundiales contra Alemania. Si te lo hubieras encontrado en el 2002 te decía lo mismo, y no se hubiera dado, como tampoco se va a dar ahora.

El escepticismo del Vasco se nos contagió a todos, y finalmente no lo invitamos. En la amargura de la eliminación, el Pato le recordó al Vasco el pronóstico del Negro: "se repite la final: se volvieron a enfrentar". ¿Qué pasaría entonces si salía campeón Italia? Finalmente, el tiempo le dio la razón al poder sobrenatural del Negro.

Otra vez pasó un mundial, pero esta vez la cosa fue bien distinta. El Vasco estaba completamente inmerso en la mística de las coincidencias entre el mundial ´86 y el 2010. Los demás queríamos puentear el  río embravecido de la angustia, y creyendo ciegamente en nuestro adivino, decidimos que haríamos lo que fuera por tenerlo con nosotros. Lo llamé al teléfono que tenía y me atendió una mujer que me dijo que el señor Leiva se había mudado, había comprado una casa en las afueras de la ciudad, en un barrio privado. Le pregunté si tenía el número y me dijo que sí, pero que no me daba seguridad de encontrarlo porque tenía entendido que estaba por viajar a Sudáfrica. Anoté el número sin querer preguntar más para no ser indiscreto, aunque intrigado por la casualidad. Ahora oprimía mi corazón la posibilidad de no tenerlo al Negro con nosotros, como en el '86 ¿Quién lo iba a aguantar al Vasco? ¿Cuántos nudos en el pañuelo iba a hacer Pablo? ¿Cuántas promesas iba a agregar Juanjo para contrarrestar el mal presagio que la ausencia del adivino implicaría? Agradecí apurado a la mujer, y llamé de inmediato al número que era mi última esperanza. Sonó tres veces, y del otro lado atendió la mágica voz del Negro Leiva.

-Yo sabía que no me equivocaba- me dijo-, me acordaba de que vos me llamabas.

Casi en un ruego, con un nudo en la garganta, le supliqué que nos acompañara a seguir los partidos de Argentina en el mundial de Sudáfrica. Otra vez nos juntaríamos en la antigua casa de la madre del Pato, que ahora él había heredado, y como se había separado de esa mujer a la que no le gustaba recibir a los muchachos para ver el partido, ahora podíamos juntarnos de vuelta, como en los viejos tiempos.

-Todos trabajamos cerca de lo del Pato, y podemos pedir permiso en el trabajo para ir a ver el partido y volver... No sé si vos podrás...

Su respuesta me dejó sin palabras:

-Vos sabés que a mí el fútbol nunca me interesó, pero desde que nos empezamos a reunir con ustedes en el ´86, le empecé a prestar atención, y algún tiempo después recordé el por qué. Por lo visto, sólo me quedan en la memoria de esta vida que viví una y mil veces, los hechos traumáticos: aquél accidente que ví en la infancia, la muerte de alguien querido, el día que me abandonó mi ex mujer. Imaginate que es terrible saber que lo malo va a pasar con anticipación, aunque no sabés exactamente cuándo. Pero hay algo que jamás les dije: nunca fui un tipo de tener muchos amigos con los cuales reunirme, quizás por esta misma razón, por no poder afrontar lo siniestro que es el hecho de saber las desgracias venideras de uno, para qué sumar ahora las de otros. Pero el creciente entusiasmo de aquél mundial que no me interesaba, me llevó sin querer a vivir la alegría por anticipado por primera vez, y el compartir esa emoción hizo de ustedes lo más parecido que tuve a un grupo de amigos. Por lo visto, el recuerdo de aquél mundial fue algo tan feliz, que el contagio de esa euforia ajena hizo que me sintiera parte de algo único, y por eso lo recordé tan claramente, antes de que ocurriera. Después de cada mundial nos distanciamos, y entonces yo volvía siempre a mi universo, sin interesarme por nada del mundo que me rodeaba, excepto mis propios intereses. Hasta que un buen día, recordé que podía recordar hechos del fútbol porque si bien no me interesaba, el hecho de compartir la alegría con los amigos, lo transformaba en algo personal, algo emocional, digamos. Allí estaba la clave se trataba simplemente de que uno recuerda las emociones fuertes. Si tenés la posibilidad, como en mi caso, de recordar lo que ya viviste en otra vuelta del tiempo, entonces de lo que se trata es de meterse en emociones fuertes, para recuperar la memoria, para "adivinar".

Hizo una pausa larga y pude escuchar claramente un suspiro. Pensé que se quebraría, acababa de confesar que habíamos sido en su vida lo más párecido a un grupo de amigos, y que eso le había dado sus poderes adivinatorios. Luego del suspiro, prosiguió:

-¿Sabés lo que pasa Marito? Lo que pasa es que de todo esto me acordé cuando caí en la cuenta de que el grupo de gente a los que yo creía mis amigos, se acordaba de mí sólo para que les tire los resultados del piojoso mundial de fútbol que si no fuera por semejantes ingratos, a mí me interesaría un rábano. Pero así y todo, yo seguía esperando que me llamen, porque me gusta recordar cosas buenas, porque me gusta compartir la felicidad de otra gente...

Finalmente me quebré yo:

-Perdonanos, Negro, somos una mierda -le dije.
-No creo que sea para tanto- me respondió-, y no creo que tenga nada que perdonar. Por el contrario, creo que tengo que agradecerles...

En este punto, no supe si el Negro estaba siendo sarcástico. Aún ahora no lo sé.

-Fue tan grande la decepción que sentí cuando ni me llamaron para el mundial pasado, tan grande, que de inmediato recordé qué fue lo que hice las otras mil veces que viví esta vida. Como durante estos años me dí cuenta de que si bien el fútbol no me gusta tengo una cierta facilidad para retener datos, me aboqué a eso, y el resultado fue que empecé a pronosticar profesionalmente. Eso sí que es una emoción fuerte, que no se olvida. Me conecté con agencias de apuestas locales, que primero no me creyeron, como ustedes al principio, pero a los pocos días me besaban los pies. Ahora me tengo que ir a Sudáfrica, a recordar el futuro para agencias internacionales. Me pagan muy bien, así que no creo que puedan tenerme como cábala. Decile al Vasco que no se ponga mal y que no se tome tan al pie de la letra lo de las coincidencias, aunque...-se interrumpió. No puedo hablar de eso, ahora es información reservada, y vale millones. Quizás sea en el próximo mundial, pero la verdad es que ahora no me acuerdo si me acordaba de eso, es demasiado tiempo y las cosas van surgiendo por asociación. Ahora por ejemplo, me acuerdo de que mañana tengo que viajar, y me voy a quedar dormido y casi voy a perder el vuelo. Eso me lleva a una cadena de hechos asociados que me permiten saber quién fue el campeón del mundial. Y también me acuerdo que tuve ganas de decírtelo y no lo hice para no perder millones, ¿Me entendés?
-Si Negro, claro...

Seguimos conversando un rato, pero ahora soy yo el que no recuerda qué dijimos, porque mi mente se disparó a cuestiones más terrenales. Nos despedimos amigablemente, aunque en realidad, en el momento tuve ganas de mandarlo al carajo. Después lo pensé mejor, y ahora me parece bien que el Negro se haga rico en Sudáfrica y nosotros no sepamos qué va a pasar el domingo contra Alemania. Después de todo ¿a quién le interesa conocer el final de una novela? Por eso nunca nos entendimos con el Negro, el pobre no entiende que lo mejor del fútbol para el hincha es, precisamente, el no saber cómo va a salir el próximo partido.

domingo, 27 de junio de 2010

Los buenos recuerdos son mejores si se repiten.

¡Viva la metáfora, viva la repetición!














QUE ASÍ SEA...



...Y así fue:




Ahora a esperar por Alemania




viernes, 18 de junio de 2010

Mi nombre es nadie.




Alberto Lidoro Pérez se llamaba. Lo de Ulises fue una premonición quizás cruel de Luis María Raffetti, profesor de Matemáticas del Comercial n°8, en 1er año. La clase estaba en silencio, siguiendo la explicación. Lidoro (así le llamábamos todos) estaba claramente distraído, haciendo dibujos que no eran apuntes. Raffetti iba por la explicación del cuarto paso de una operación de suma algebraica, Lidoro dibujaba de memoria el escudo del Club Atlético Nueva Chicago en su carpeta, pero no le salía. De pronto la cavernosa voz de Raffetti se vio superada por el tremendo sonido de una sirena que provenía de la calle, quizás de los bomberos. Lidoro se sobresaltó tanto, que sin querer tachó el escudo de Nueva Chicago, pegó un salto que corrió el pupitre haciendo crujir las patas de hierro contra el piso de madera del salón, y quedó mirando aterrado al profesor, quien percibió todo el movimiento de inmediato. Dueño de la situación, tras un fugaz silencio expectante, Raffetti sentenció:


- Pérez, parece que usted es como Ulises, el de La Odisea: lo atrae el canto de las sirenas.


Y cómo todos conocíamos el episodio homérico (menos Lidoro, por supuesto), estallamos en risas, sorprendidos de la ocurrencia literaria de un profesor del área de exactas, quien, dicho sea de paso, se ganó el respeto entre el alumnado por su nutrida cultura general.

La cuestión fue entonces que le tuvimos que explicar a Lidoro en el recreo de qué se trataba la cosa, y a él le encantó adoptar el nuevo nombre. También le contamos lo de cómo Ulises deformó su nombre ante el cíclope. "Nadie, mi nombre es nadie", repetía el nuevo Ulises entre nuestras risas que lo incentivaban. A partir de allí, todo el mundo, en los casi cinco años de secundaria que quedaban, llamó Ulises a Lidoro, y él fue armando al personaje. Vago como pocos, pasó por la escuela estudiando casi nada y sin molestar a nadie. En los últimos años, es cierto, cuando volvimos a tener a Raffetti, éste reconoció que el nuevo Ulises tenía cierta aplicación en las matemáticas, se interesaba por la estadística, y había adquirido habilidades para el cálculo mental. Parece que la voz cundió entre otros profesores, quienes al menos cambiaron el concepto, y consideraron a Ulises como un alumno limitado, aunque esforzado. La piedad pedagógica no tiene a veces límites, y Ulises se recibió de Perito Mercantil un par de años más tarde que todos nosotros, pero se recibió.

Ah, sí, sí, lo de por qué fue premonitorio lo de Raffetti, claro. A Ulises lo atrapó el canto de las sirenas, de las sirenas de la policía. Se esmeró en dibujar hasta probar suerte como falsificador. Esa vez estuvo cerca de caer. Después dicen que se abocó a la estadística, parece que para aplicarla en estafas. Le fue bastante bien con una falsa agencia de cambio, según cuentan. Y esa vez no se salvó. Estuvo un par de años, salió y volvió a las andadas, siempre atraído por el canto de las sirenas, aunque parece que escapando de ellas con suerte dispar, como el de La Odisea..

No creo que alguna vez haya tomado muy en serio lo que le quiso decir Raffetti, ni que Raffetti, si vive, recuerde lo que alguna vez le quiso decir a él, pero como sea, la profecía se cumplió: a fin de cuentas, los oráculos antiguos eran misteriosos y siempre se concretaban de los modos más insólitos.


Ilustración: Rodrigo Acuña

sábado, 12 de junio de 2010

El miedo




Estaba en el supermercado. Los hombres a veces somos parcos en el supermercado. Una señora revisaba por todos lados un sachet de leche. Me miró aleccionadora y cómplice. Evité la mirada amablemente y seguí de largo, no necesitaba leche. La reencontré en la carnicería, la señora ya me incluía en su círculo de familiaridad, al menos en ese escenario. Mientras observaba del mismo modo inquisidor una bandeja plastificada con chuletas de cerdo, me comentó:




- Cada vez ponen menos clara la fecha de vencimiento. Hoy en día no se sabe, nada es seguro…

- Claro. -le respondí, por no decir “¡Seguro!”.

- Hay que vivir con miedo – pontificó-, hoy no se sabe qué cosa es qué. No se sabe si sale a la calle y si la violan o la matan a una. No se sabe si las mujeres son hombres disfrazados de mujer, todo está degenerado. Imagínese tener un hijo así…

- Claro, claro…

- ¿Sabe por qué? Es la droga, la droga la venden por todos lados, es un negocio y nadie hace nada para pararlo…

- (Mirada de “reflexión” o intriga: “¿hasta donde querrá llegar?”, pienso.)

- Todo está al revés, tanta corrupción, tanta locura. Hay andar siempre con cuidado, mirando a los costados todo el tiempo, cuidándose de lo que uno cuenta, ocultando lo que uno tiene, reforzando las cerraduras, poniendo alarmas, para que los ladrones, los asesinos y los degenerados anden sueltos, viviendo a costa de nosotros, que estamos indefensos. Tendrían que poner la pena de muerte para los asesinos y los traficantes que están en las esquinas, castrar a los violadores y cortarles las manos a los ladrones. Pero mientras no sea así, hay que vivir con miedo.

- Es cierto, es cierto-le respondo incómodo-. A mí me daría mucho miedo ser como usted.



Aferré mi carrito, caminé dos metros, y me di cuenta de lo que le había dicho. Enfilé para la caja. Había hecho la mitad de las compras, pero la cola de la caja rápida era corta. Pagué y me fui.

Sigo haciendo las compras en el mismo supermercado, pero no volví a ir nunca más a la misma hora. Tengo miedo de cruzarme con esa señora otra vez.


Fotografía: Ignacio Lunadei

sábado, 5 de junio de 2010

Fónica afónica (canción sombría)



Sombras sombrías
que siembran de días
nublados las vías
clavadas sin vida,
debidas de sombra;

luces sin nombre
que ya no se nombran
que ya no se borran
que ya no iluminan,
y nombran las sombras;

luces que solo
proyectan las sombras
por calles de adioses
que pueblan de voces
silencios que asombran.

Nada sobra, todo abunda,
todo luce, todo inunda;
todo falta, tierra inmunda,
hambre y fuego, frío juego.

Sobre el yermo, sobre el manto
del cemento, del asfalto,
yace el hombre ya sin nombre.
Su alma fue desparramada
en las calles que te nombran,
en la apolillada alfombra,
en las vías que se tuercen,
en las noches que florecen,
en los sueños que estremecen,
entre aplausos y palmadas,
su alma fue despedazada.

Sombras sombreras,
sombras postreras,
sombras que asombran.

domingo, 30 de mayo de 2010

Refrito II

Este cuento es un plagio cruzado a El Sur, de Jorge Luis Borges y Lejana de Julio Cortázar. Fue escrito gracias al impulso y la generosidad de Santiago Bosco, quien ideó La Cofradía, un blog para realizar plagios, eso que gente más amiga de los eufemismos llama en la actualidad "homenaje". Aprovecho la ocasión para saludar al Santi, para mi gusto, uno de los bloggers más creativos, talentosos, entrañables e inspiradores que conocí en estos años de vida de Goliardos. Podría decirse entonces, que este refrito es un verdadero homenaje a un gran tipo con todas las letras.





La Santa Paz

El hombre que llegó a Buenos Aires en circunstancias algo misteriosas en 1942 se llamaba Angelos Malakis y había sido pastor de cabras en su isla natal, en Grecia, hasta que un confuso episodio de sangre lo trajo al otro hemisferio; en 2009 uno de sus nietos, Gregorio Malakis trabajaba como vendedor en una agencia de viajes que tenía su local sobre la avenida Córdoba y se sentía profundamente argentino. Siempre le habían dicho que las razones que empujaron al exilio a su abuelo paterno habían sido políticas. Por lo que sabía, su abuelo era partisano, alguien lo quiso entregar pero él lo supo y anticipó su escape ya planificado, aunque primero enfrentó al traidor para que no vendiera a más compañeros. El relato en este punto era confuso, se hablaba de un tumulto, una navaja, una herida mortal, la huída. Su abuelo materno, en cambio, había sido un modesto poeta de barrio, de aliento melancólico y cadencias lánguidas, que alguna vez había desfilado por las ahora amarillentas páginas de la Revista Sur, que su nieto conservaba como a un viejo talismán. En la discordia de sus linajes, Gregorio había optado alguna vez por seguir los pasos del antepasado poeta, aunque se obstinara en soñar siempre con buscar las raíces de su heroico pasado griego. Sus bosquejos abandonados en la juventud, estaban plagados de héroes homéricos y sombras mitológicas. Sus afanes, durante años, apuntaron a la búsqueda de un albur sistemático que lo llevara al reencuentro de sus raíces helénicas, que lo remontaban a la lejana tierra de Santorini. No se cansaba de aclarar que aunque el nombre sonara itálico, se trataba de una milenaria isla de las Cícladas, surcada por leyendas minoicas, cuna de una antigua civilización extinguida por la erupción de un volcán. Desde sus brumosos años de infancia había rastreado a esa isla con forma de media luna en los mapas, y había atesorado las imágenes de su acantilado multicolor cortado al medio miles de años atrás por la furia del dios Hefesto. El nombre es la resultante de un híbrido greco-latino: el latino Santa unido a Irene, es decir, Paz en griego. Ese nombre ahora resonaba en sus sueños, al mismo tiempo que le evocaba recuerdos que no le eran propios. Él sabía que en lo alto de Thira, allá en Santorini, había un lugar que no había visto ni en s menoria, ni en fotografías ni en imágenes de ningún tipo, pero sin conocerlo, lo recordaba. Y si bien Gregorio no conocía la lengua griega, sabía que el cartel de la puerta de esa cantina decía “NTALIANA”, que se leía y pronunciaba Daliana, y que ese nombre significaba algo para él. En esa cantina del sueño había un hombre que bajaba la vista, un hombre que entraba y todos callaban y los ojos negros de una mujer. Ese falso recuerdo lo mordía, como si fuera una visión de su sangre, y quería llegar hasta allí, porque sabía que encontraría la clave de una historia que debía escribir. Por todo eso, desde hacía algún tiempo, a partir de los descuentos y ventajas económicas que le brindaba su trabajo, estudiaba cuidadosamente la posibilidad de viajar a buscar sus raíces, su historia, sus visiones. Y cuando finalmente parecía haber dado con la oportunidad justa, aconteció un hecho que pareció obligarlo a postergar su viaje, quizás definitivamente.



Aunque Gregorio sostuviera que los dioses siempre estaban de su lado, el destino, a quien ellos estaban sujetos, le dio una puñalada trapera. Al atardecer del mismodía en el que Gregorio recibió los pasajes y las reservas para su viaje a Grecia, mientras regresaba a su casa de Quilmes en su automóvil, otro vehículo lo cruzó en la autopista Buenos Aires - La Plata, perdiendo Gregorio el control de su vehículo para salirse del camino e impactar contra el guarda rail y traspasarlo, luego de un doble vuelco. Más allá de la gravedad del accidente, los dioses parecieron interceder ante el destino, y tras horas de bomberos, sierras y ambulancias, Gregorio fue rescatado con vida de entre los hierros retorcidos, con los pasajes y reservas intactos en su bolsillo. Todo lo que supo acerca de su indeseada procesión al hospital, y sobre sus primeros días de internación, le fue referido por los suyos, que se deshicieron en largas horas de vigilia, cadenas de rezos, y angustias que se explican en conversaciones breves entrecortadas por pausas para suspirar y buscar explicaciones que no se encuentran, o en cuidadosos mensajes de texto que a veces se acercan, por su gravedad, a lo monosilábico. Al cuarto día Malakis volvió de su viaje por ríos oscuros, y recuperó la conciencia cegado por los tubos fluorescentes de la habitación del hospital. El infierno recién empezaba, y los días restantes para el viaje, si bien eran aún lejanos, amenazaban ser devorados por el tiempo que demandaría la recuperación.



Durante las semanas siguientes, Gregorio vislumbró la frustración de su cautiverio hospitalario entre pesadillas de moribundo, al tiempo que escuchaba el inútil consuelo de familiares y amigos que le insistían con que no debía preocuparse por el viaje, que lo importante era que había salvado su vida de milagro. Cuando los médicos le hablaron de la operación en la cabeza para alivianar el hematoma del cráneo, Gregorio finalmente se olvidó del viaje, se entregó a los exámenes médicos previos a la operación, y simplemente se detuvo a pensar en el riesgo de emprender un último viaje, el que no conduce a ninguna parte más. Y Santorini quedó atrás, y quizás por eso los dioses decidieron premiarlo. Luego de días de fuego en el cuerpo y volcanes en la cabeza, de incisiones y de calmantes químicos que lo hicieron odiar su cuerpo débil de carne golpeada en cada rincón de su frágil geografía, de huesos de madera astillada, Gregorio se dispuso con sus últimas fuerzas a la operación, y entró al quirófano confiado, convencido de estar llevando a cabo el duelo heroico que le habían referido tantas veces, de su abuelo griego. Sintió el insulto, el desafío, la muerte traidora que quería entregar su vida miserablemente, y estaba dispuesto a darle batalla con gallardía. Y tal como lo soñó al transponer la puerta de la fría sala azulejada, tras una larga pelea, Gregorio Malakis saldría con vida, para reponerse, acompañado por los olímpicos favores de la ciencia médica, justo a tiempo como para emprender el vuelo a Santorini casi sin huellas de su nefasto accidente.



La excitación del viaje le impidió tomar conciencia de los momentos previos, y cuando se quiso acordar, casi sin saber cómo, se encontraba embarcando su vuelo en Ezeiza, despidiéndose confusa y apresuradamente de aquellos familiares y amigos que antes habían hecho una vigilia mucho más ingrata y angustiante que esta. Mientras esperaba en soledad que se asiente la borra del café a la turca que había pedido como último lujo exótico en una de las cafeterías del aeropuerto, de golpe se sintió transportado al escritorio de la agencia de viajes, que le había autorizado la licencia como parte del acuerdo con la aseguradora: hasta había tenido la suerte de que su accidente fuera considerado como laboral, por encontrarse volviendo a su domicilio. Se vio en la bruma de la rutina pasada, palpitando ese momento, y ahora estaba allí, volviendo de la muerte. Una plácida sensación de orgullo inflamó su pecho ansioso. Y al cabo de unos momentos, abordó el avión que lo llevaría a Atenas. Recuperó la calma en su butaca confortable, adonde despertó cuando una azafata, a la que en el primer momento de extravío confundió con una enfermera del hospital, le ofrecía una copa de champagne, gentileza de la línea aérea. Fue extraño el tener que rechazar la invitación, pero aún le pareció tener en la boca el sabor del uzo que había tomado en sueños en Daliana, en las alturas de Thira. El vuelo no fue tranquilo, aunque el avión parecía algo más viejo de lo que se suponía. Un comisario de a bordo de rasgos criollos le dijo que esos aviones ya estaban para el desguace, pero que ante la reducción de presupuesto, primero por la crisis de las compañías aéreas después del 11 de septiembre de 2001 y más tarde por la crisis internacional, todavía seguían volando y convenía mantenerlos antes que renovar la flota. El viaje transcurrió sin sobresaltos, y hasta incluso el día era tan límpido, que Gregorio llegó a divisar, feliz, la forma de medialuna de Santorini sobre el azul mapa aéreo del mar Egeo. Al llegar a Atenas un viejo ómnibus de los años ’40 lo llevó hasta El Pireo, adonde un catamarán de gran porte, que más parecía un acorazado reciclado de la Segunda Guerra Mundial, lo llevaría a Santorini. Grecia parecía detenida en el tiempo, como si hubiera estado esperándolo desde la partida de su abuelo.



A medida que el barco surcaba las aguas del vinoso ponto homérico rumbo a la isla anhelada, Gregorio, en la cubierta del viejo barco, dejaba ir a sus ojos absortos tras la huella de espuma, recordando las andanzas de Ulises por aquellos mares soñados, pero una amarga sensación de despedida lo arrebató de su mundo; de pronto tuvo la certeza de que nunca podría regresar a la poesía que alguna vez había cultivado para narrar todas esas experiencias, aunque más tarde se consoló pensando que en ocasiones el hombre no puede experimentar la poesía, sólo puede escribirla cuando los recuerdos se asientan como la borra del café a la turca. Y entonces pensó en que su historia, de alguna manera cerraría el círculo de la historia de su abuelo ¿Existiría aquella cantina de la que nunca le habían hablado, pero que él había visto en sueños? ¿Sería en Daliana donde su abuelo mató a aquél hombre? La historia le había sido narrada tantas veces, sin embargo, siempre algún detalle aparecía oscurecido. Gregorio estaba seguro de que el destino era simétrico, y él debía regresar para restaurar el equilibrio perdido con el precipitado destierro de su abuelo Angelos. Pensaba todo eso contemplando a la mitológica noche reflejada en la oscuridad cerrada del Egeo, en una calma pesada, expectante, anestesiada.



Lo había llevado al Pireo un viejo ómnibus, ahora era una vieja camioneta la que lo transportaba desde el puerto a las alturas de Thira. Descendió frente a un pequeño hotel detenido en el tiempo, tomó una habitación, dejó su equipaje, volvió a salir. Lo sorprendió el hecho de que todos los rostros que encontraba por el camino le resultaran familiares, y lo saludaran como a alguien conocido. Recordó la hospitalidad de los griegos de la que siempre se hablaba en su casa, y respondió complacido a cada uno de los gestos. Era increíble, pero todo se parecía a sus sueños, a sus falsos recuerdos, y sin dificultad, sus pasos lo llevaron hasta “NTALIANA”, donde reconoció el cartel, no sin cierto asombro. Al entrar, fue hacia el mostrador, balbuceó la palabra uzo, y el cantinero le respondió en un castellano atravesado en todas sus aristas por el griego. Luego de beber dos o tres vasos, Gregorio tuvo la sensación nítida de estar hablando en griego con el hombre, aunque algo extraño sucedía: entendía las palabras, pero no podía comprender exactamente por qué ese hombre decía lo que le decía. Gregorio escuchaba que le advertía que no tendría que haber vuelto, que él querría ayudarlo, pero que Kostas había jurado que volvería por él, y hasta incluso, Gregorio tuvo la clara sensación de que el hombre lo llamaba Señor Malakis. Y entonces lo vio entrar a Kostas, y pudo reconocerlo. La cantina enmudeció en un silencio blanco de nieve. El cantinero, además de callar, bajó la vista y se apartó de él como de un fantasma. Kostas se dirigió hacia Malakis con un odio reposado, medido y decidido. Gregorio avanzó, y una mano desconocida le puso una navaja abierta en la palma de su mano, que él tomó sin mirar quién se la alcanzaba. Entonces su mirada se apartó del odio de Kostas, porque encontró los ojos de Daliana, y vio la traición clavada en sus retinas (ella no lo ayudaría a huir), y mientras sentía la herida del puñal de Kostas en su vientre, sintió que su cabeza se astillaba en mil pedazos, mientras miraba los ojos de Daliana, que parecían pedir perdón desde otro mundo. Y en ese momento él, Angelos Malakis, comprendió que ya no habría Argentina para él, ni habría hijos ni nietos que contaran la historia, que quizás fuera Kostas quien huiría, y que no habría nadie que soñara un lugar que llevaba el nombre de la traidora, esa que ahora lo miraba con sus ojos negros profundos, como pidiendo disculpas por haberle tendido una trampa al tiempo, mientras Angelos soñaba en su último instante con aquella santa paz, que ya nunca encontraría.

domingo, 16 de mayo de 2010

Refrito I

Mientras continuamos nuestro impasse anunciado, a la espera del regreso de las musas, el ánimo y las ideas claras, seguimos meditando refritando textos no tan conocidos o poco comentados en su momento. En este caso le toca a este breve cuento publicado originalmente en mi otro blog, el "informal", Goliardos in taberna. Espero que lo disfruten.






Cosa de locos

Todos los días la mano torpe agitaba los vidrios de las ventanas, bien temprano, con las primeras luces plenas de la mañana, "¡despiértese, señora, que el día la está esperando!". Algunas mujeres alteradas, asustadas en la soledad de sus casas tras la partida de sus esposos rumbo al trabajo, espantaban a Chichilo con palabras duras o con baldazos de agua que lo bañaban. Pero Chichilo no cejaba, era el loco del pueblo y hacía bien su trabajo. También había otras mujeres buenas que lo querían a Chichilo, y lo esperaban con comida, le conversaban, mandaban saludos por su intermedio a sus comadres, le acomodaban la ropa que llevaba o le regalaban otra nueva, que para ellas era vieja. Sólo la señora de Renzi le dejaba la puerta del patio de atrás abierta a Chichilo.


El pueblo entero se sorprendió cuando el nuevo intendente se congració con las señoras de la Sociedad de la Caridad, y mandó a encerrar a Chichilo en el hospicio. "No le hacía daño a nadie..." decían los hombres; las mujeres se dividían: unas comentaban, y las otras también, pero éstas últimas con malicia. Los hombres no sabían, todas las mujeres del pueblo tampoco, pero ellas tenían la certeza que los hombres desconocían. Y el intendente tenía la tendencia de ser accesible a los pedidos de las mujeres respetables, y se sabía que un decreto firmado por el intendente no tenía vuelta atrás.

El pueblo entero se volvió a sorprender cuando la señora de Renzi , a pesar de lo irreversible de la situación, organizó la marcha al hospicio, pidiendo la "libertad" de Chichilo.

Chichilo era el loco del pueblo, aunque era apuesto a su manera. Era rubio como un niño, tenía ojos de espuma de mar y cielo, era alto y robusto, aunque torpe e infantil.

La esposa del director del hospicio tampoco sabía nada, pero lo sospechaba con seguridad, y se lo deslizó al marido. "La señora de Renzi es una descarada", pensó el director del hospicio. "Su esposo no puede no saber nada, no voy a ser yo quien se lo diga", pensó, "y la mujer lo está avergonzando". Pero el marido de la señora de Renzi en verdad no sabía nada, porque vivía muy ocupado.

Cuando la señora de Renzi, acompañada por sus fieles amigas y aliadas defensoras de Chichilo, lo encaró al director, el hombre les dijo que ese era el mejor lugar para el muchacho, que en ninguna otra parte lo iban a atender mejor, que estaba en manos de quienes sabían, que en la calle no resistiría su salud, que podría ser peligroso para él y para la comunidad mantenerlo en ese estado, etc., etc. El director miraba a la señora de Renzi sabiendo que ninguna de esas intencionadas razones podría ser desmentida sin una confesión pública de la señora ¿Qué diría? ¿Que con ella, revolcándose en la inmundicia, estaba mejor que con nadie? ¿Que ella misma se encargaba del aseo y la higiene del muchacho, antes y después del acto infame?

Lo cierto es que la marcha fue un fracaso. Se puede entrar y salir de una cárcel, con la ayuda de un tecnicismo, pero no se sale de un manicomio así como así, y menos con la firma del intendente de por medio. Chichilo estaba más preso que los presos, y por las mañanas lloraba aullando, recordando a la señora de Renzi. Y ella también lloró al principio, recordando las manos fuertes de Chichilo, que se aferraban a su carne como un alpinista a la roca, recordando sus besos de tormenta ronca, su sed de niño torpe y hambriento. Ella sabía bien que no era lujuria, era ardiente ternura.

Su marido seguía sin sospechar que las maliciosas señoras lo habían forzado a gestar una venganza infalible y sin retorno, y cuando a la larga todos los hombres del pueblo lo supieron, elevaron al intendente de Renzi a la categoría de gran héroe reivindicador del género vituperado, consideraron la internación de Chichilo como un castigo humillante y ejemplar para la mujer.

Pero la gloria le duró poco al intendente marido engañado: el día en que firmó el nombramiento de su esposa como jefa de enfermeras del hospicio, el intendente se enteró poco después de los motivos que habían llevado a la adúltera a hacerle ese pedido: un vecino finalmente se atrevió a plantearle el tema, pero ya era demasiado tarde. Estalló el escándalo, cuando el nombramiento era firme y no había vuelta atrás, lo había firmado el propio intendente traicionado. El matrimonio se derrumbó, al igual que la carrera política del doctor de Renzi.

Hoy Chichilo ya no golpea las ventanas, sino los barrotes de su cama, cada vez que la jefa de enfermeras lo viene a buscar para darle su baño reglamentario, mal que le pese al señor director, pero nada puede modificar el protocolo de enfermeras: "inciso 4: el rol de tareas de aseo e higiene de los internos estará a cargo de la jefa de enfermeras". La ex señora de Renzi fue elegida al poco tiempo de su nombramiento, delegada sindical con inmunidad gremial. Todavía le queda un año, pero el director la tolera porque Chichilo ya no aulla y entonces no altera a los otros internos. Después de todo ya no hay presiones: ya nadie comenta el tema, la relación insana se queda dentro de las paredes del hospicio, y el intendente de Renzi renunció hace un año, y se fue del pueblo. Y nadie asea a Chichilo si no es la jefa de enfermeras en privado. Después de todo, lo dicho: qué mejor lugar que un manicomio para bendecir una verdadera pasión de locos.

domingo, 9 de mayo de 2010

Tratando de renacer




Prefacio actualizado

Estos antiaforismos fueron escritos hace más de un año y medio atrás, por lo cual se puede decir que son "inéditos". Creo que lo que me llevó a mantenerlos en estado de borrador, sin publicar, fue su espíriu cínico y sarcástico a la vez, con un ambiguo sabor a desencanto. No es este, necesariamente, el estado de ánimo que me domina en este momento, aunque lo cierto es que los últimos meses fueron particularmente difíciles en lo personal, y esto no dejó de hacerse visible en las últimas entradas. Son diversas las razones anímicas, afectivas, estéticas e intelectuales que me llevan a un replanteo acerca de los objetivos, el destino y la identidad de este espacio. La conclusión es que a veces es necesario alejarse para ver mejor las cosas y quizás encontrarles un sentido más claro. Mientras tanto, doy vida a este impasse rescatando algunos inéditos y republicando algunos viejos textos casi olvidados de éste y otros espacios. En todo caso, lo que intento en un momento de replanteos generales, es retomar un contacto involuntariamente abandonado, preparando el terreno para lo nuevo, para un renacer del espíritu y la creatividad, al que quizás la palabra de los amigos ayude a encontrar el camino.
Un abrazo para todos los que en estos meses esperaron que los Goliardos retomaran su accidentada ruta. Hasta entonces, esperando que disfruten de esta pausa reflexiva.





Antiaforismos


Insulta gratuitamente en lo más profundo, donde más duele. No pidas perdón. Las palabras pasarán, pero no la herida. Y entonces te quedarás sólo.


Te miro y no me encuentro en tu mirada. Te escucho y no te creo nada, pero me gusta tu manera de engañar. El desafío es mentirte mejor.


Si veo sufrir a otros, me siento más afortunado. El sufrimiento ajeno es buen consuelo para mis miserias.


Es muy bueno generar una guerra, en especial si los que la pelean por uno, son otros.


Todo para mí, algo de eso para algunos, según mi conveniencia. Doy poco, y pido mucho más de lo que dí en compensación.


No es que disfrutemos de hacer daño a otros, son sólo daños colaterales del éxito propio que ni siquiera empañan nuestro bienestar.


En el país de los ciegos, hay que cegar al tuerto.


Quien siembra tormentas, vende paraguas, pilotos y botas para lluvia.


La traición es el verdadero motor de la historia; Judas fue el mejor agente de prensa de Jesús.


Lo realmente importante no es cultivar la inteligencia, sino que los demás lo crean. Este mundo respeta a los buenos falsificadores.

domingo, 14 de marzo de 2010

Resulta que ahora

Desahogo del silencio





Sé que después de haber estado ausente tanto tiempo, esta entrada va a ser extensa y  caótica, pero se comprenderán las circunstancias, tanto del silencio como de este triste regreso. Desde el viernes 12 de marzo por la tarde, mi mamá, Alicia, mi viejita del alma, es parte del aire, del cielo, de los colores más bellos, de los sentimientos más nobles y profundos, de mis sueños, de mis recuerdos y es por siempre la dueña absoluta de mi corazón. Es cierto que la tristeza se apoderó de mi alma, aunque intente honrarla con la alegría que ella misma me pidió, pero no puede faltar este homenaje a una persona tan única entre las únicas, que nos terminó dando un verdadero ejemplo de cómo se debe vivir este regalo que es la vida. Hoy estoy seguro de que si el mundo estuviese lleno de Alicias, viviríamos en un verdadero paraíso terrenal. Entonces, me queda el orgullo de ser su hijo, de haberla tenido todo este tiempo, enseñándome a vivir hasta el final, y ahora guiando mis pasos desde el recuerdo y el milagro que ella misma fue.
Podría contar muchas cosas sobre ella, y es seguro que lo haré en todos los días que me resten por vivir, pero me basta con reseñar la historia de su blog, que tenía el nombre de esta entrada.
Hace cuatro años, en febrero de 2006, una noticia espantosa nos sacudió a todos los que la rodeábamos: luego de amanecer con dolores insoportables (si ella se quejaba era porque dolía de verdad) la internaron de urgencia y le detectaron un tumor entre los dos ovarios, decripto por los mismos médicos como "del tamaño de un pomelo". A los pocos días, confirmaron una metástasis en el hígado. Lo más paradójico y siniestro de la cuestión es que dos meses atrás se había hecho todo tipo de análisis preventivos, a instansias de mi hermana Maysa, y había hecho una gran celebración, fiel a su estilo siempre festivo, porque los resultados habían sido óptimos. Mientras quienes la rodeábamos caíamos en la consternación, ella no perdió tiempo en desesperarse, ni se dejó ganar por la autocompasión ni la resignación. De inmediato entendió que debía enfrentar una durísima batalla por su vida, sabiendo que las posibilidades de ganarla eran pocas, y que además la esperaba un sufrimiento que suele transformar en un infierno la vida de cualquiera. Sin exagerar ni un punto, puedo afirmar que su buen humor no cambió, jamás la vimos deprimida o desanimada, jamás se enojó con la vida ni se quejó de esa burla del destino, y se juramentó ante nosotros, sus seres queridos, que iba a pelear hasta el final, que estaba dispuesta a robarle a la muerte cada día de vida. "Es cierto que siempre a la larga o a la corta gana ella, pero si me piensa llevar a mí, va a salir todo rasguñada, no voy a ser un hueso fácil de roer, no me voy a entregar así como así", nos repitió una y otra vez por esos días, riendo  con su optimismo a toda prueba. Y el escenario no podía ser peor: estaba internada en un hospital público, en un oscuro pabellón junto con otras cuarenta enfermas. Lejos de deprimirse, se encargaba de cuidar a las demás enfermas, quienes en vez de lamar a las enfermeras la llamaban a ella pidiendo ayuda. El horario de visitas era de dos horas al día, por la tarde, y para mí, que vivo y trabajo a más de cincuenta kilómetros del lugar, se hacía imposible ir a visitarla. Para colmo, no disponía de un vehiculo en condiciones para desplazarme. Entonces ella me prestó su auto, para que yo pudiera a la salida del trabajo ir cada día a verla, fuera del horario de visitas. Combinábamos por celular, y ella salía del pabellón y bajaba hasta la confitería del hospital para encontrarnos cada noche. Lejos de haber sido encuentros tristes con aire de final anticipado, los dos poníamos toda nuestra energía (yo simplemente trataba de ser fiel a lo que su espíritu me proponía) en reírnos y recordar cosas agradables, proyectando lo que haríamos una vez que saliera de aquél infierno. Fue allí que empezó a nacer, de alguna manera lo que terminaría siendo el blog. Yo aún no había abierto este espacio, pero le insistía en buscar la manera de conseguir una computadora para comunicarnos entre nosotros y explorar las posibilidades que brinda este mundo virtual. Ella dudaba porque jamás se había acercado a estas innovaciones tecnológicas y temía sentirse inepta. Yo le insistía que con su inquietud, su curiosidad y su inagotable creatividad e inteligencia, iba a poder dominar al engendro en unos pocos días.
Luego de un interminable mes de estudios, de marchas y contramarchas, y de una horrible angustia apenas disimulada por esos encuentros en donde lográbamos detener el tiempo y las circunstancias el pedacito de cielo que habíamos construído, la operaron, le extirparon el tumor y los ovarios, y le trataron con rayos la metástasis en el hígado. Tras varios días más de recuperación, festejamos el alta y su regreso a casa, y puso toda su energía, su alegría y ganas de vivir en afrontar el difícil tratamiento que le quedaba por delante. Mientras tanto, en los meses sucesivos, la idea de "informatizarla" fue cobrando forma. Yo no tenía crédito ni reservas como para comprarle una máquina de contado. Ella tampoco podía afrontar ese gasto, pero en ese momento decidió que encarar proyectos a futuro la mantenía distraída y le daba fuerzas, por consiguiente buscar la manera de tener su PC fue una de las formas de sobrellevar la adversidad. Averiguó todas las formas y planes a los que podíamos acceder y dio con un plan para jubilados que le permitía acceder a la máquina. Yo le ofrecí pagar la cuota, y así, a sus 67 años, la computación entró en su vida. Primero me llamaba para preguntarme cómo hacer cada cosa. Después llegó Internet, y se transformó en una alumna excelente que cada día superaba al maestro. Me pasaba nuevos links y direcciones que descubría, se comunicaba con mi tío Roberto, su hermano del alma, que vive en el mar, lejos de casa. Fue él quien nos instigó a los dos a abrir un blog,  y así, luego de algún tiempo, naciéron  ...Que no sea demasiado tarde..., Goliardos en la ruta y Resulta que ahora. En este último, mamá, que nunca había escrito más que eventualmente, empezó a volcar en pequeñas historias toda su sabiduría y su calidez simple y sencilla, su agradecimiento y su amor por la vida, su cristalina alegría de vivir cada día como un regalo. El blog pasó a ser la entrada a un nuevo mundo en el que conoció nuevos amigos que pronto se enamoraron de este ángel, que a nosotros se nos reveló como una hermosa narradora. Y mientras yo iba dando mis primeros pasos, ella se transformó en mi lectora más entusiasta, y sus comentarios eran un regalo de amor y admiración inagotables como su inmenso corazón. Su fortaleza y su pasión nos hicieron a todos olvidar por momentos de su enfermedad. Ella nunca se sintió una enferma doliente, sólo se consideraba alguien que tenía una enfermedad como tantas otras personas, pero que además tenía otras cosas de las que ocuparse y motivos para aceptar las cosas como eran, y no tenía más remedio que afrontar lo que fuera para luchar por sobrevivir. Jamás decayó su ánimo, jamás pensó en entregarse, decía que ella ya había vivido su vida, pero que debía luchar para que no sufriéramos quienes la queríamos. Nunca escuché de sus labios una queja. Basta con visitar su blog o leer los comentarios que dejaba en los demás para corroborar lo que cuento sobre ella. Cuando iba al consultorio del oncólogo que la atendía, se encontraba con personas más jóvenes hundidas en la tristeza y en la desesperación que esta maldita enfermedad genera, lógicamente, en quienes la sufren. Ella les decía una y otra vez que no podían entregarse, que tenían que luchar y proponerse vencerla o luchar por ganarle todo el tiempo que pudieran, porque si el ánimo decaía, la enfermedad se fortalecía y avanzaba más rápido, y entonces no sólo los derrotaría, sino que además habrían perdido el tiempo en sufrir y entristecerse en vano, además de mortificar a sus seres queridos.
A pesar de lo cruento que fue su tratamiento (en cuatro años afrontó 36  sesiones de quimioterapia), su ánimo inquebrantable la hizo disfrutar de la vida cada día más, como ella se había propuesto. Quizás suene raro decir que, si bien siempre tuvimos una excelente relación de mutuo amor y admiración, la enfermedad nos acercó cada vez más, y desde entonces celebramos a cada rato, día a día, el hecho de tenernos. Eso mismo es lo que ahora agiganta su ausencia.
A mediados de enero de este año, la llamé para darle una nueva alegría: a Lilian, mi esposa (siempre quiso a cada una de las personas a las que yo quiero, y a Lilian la consideraba una hija más), quien se había operado unos días atrás de un tumor, le habían dado el alta oncológica, esa que siempre soñamos para ella. Se alegró profundamente, respiró tranquila y dijo que confiaba en que todo no podía sernos tan adverso. Y después me confirmó su triste novedad: los médicos le habían suspendido el tratamiento porque ya tenía completamente tomado el hígado. Ni siquiera en esta instancia decayó su ánimo, aceptó que si ese tenía que ser el final, era lo que le tocaba, aunque sin cerrarle jamás la puerta al milagro. Cuando su esposo dijo, vencido por la pena, que finalmente su sacrificio había sido en vano, ella le dijo que no era así en absoluto, que ella se sentía plenamente feliz de haberle robado a la muerte cuatro hermosos años de vida.
A partir de entonces, mientras pudo desplazarse, aprovechamos los días de vacaciones de verano para programarnos paseos. Una hermosa tarde de sol la llevamos al Delta del río Paraná, al Tigre, y conseguimos una lancha que nos llevó a navegar por las islas. Ella estaba feliz, radiante, sacó fotos, tomó videos, y a pesar de que tenía dificultades para comer, ese día se alimentó con normalidad durante el paseo, y entonces nos ilusionamos con poderle mejorar cada día, distrayéndola, su calidad de vida. A esa altura su hígado estaba obstruído, sus ojos y su piel estaban amarillentos, estaba intoxicada de bilis, pero su ánimo y amor por la vida estaban tan intactos, que ni aún así podíamos verla como a una enferma, y más allá de los pronósticos sombríos, nos empujaba también a nosotros a disfrutar de cada segundo que la vida nos regalaba. Ese paseo la hizo tan feliz que me confesó que en los días sucesivos lo recordaba y volvía a experimentar esa misma felicidad. Unos díias después fuimos a visitar el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (MALBA), y cuando salíamos, una tormenta furiosa se desató sobre Buenos Aires. Ella recordó que su esposo, Lucas, estaba por salir de su trabajo en el Hotel Sheraton, adonde tocaba el piano todas las tardes. Las calles se estaban inundando y le iba a ser difícil conseguir un taxi, así que pasamos a buscarlo. Una vez allí, las mozas del lobby, que como todo el mundo la adoraban, nos invitaron con un té, mientras Lucas amenizaba la velada ejecutando para nosotros nuestras canciones favoritas. Allí empezamos a proyectar, una vez que Lilian se repusiera de su operación, un viaje al mar para estar unos días con tío Roberto. Pero los días siguientes fueron de mucho calor, Lilian tuvo que ir al hospital todos los días a hacerse controles, y mamá empezó a sufrir de una urticaria generalizada producida por la intoxicación biliar. A comienzos de febrero su médico le dijo que se internara de urgencia para realizarse una operación que permitiría drenar todo lo que su organismo no podía eliminar. Allí comenzó un calvario de burocracia hospitalaria, hasta que finalmente la operaron el lunes 8 de marzo pasado. Durante esos largos e interminables días, otra vez se dedicó a cuidar a sus compañeras de habitación y  a recibir el afecto de amigos y familiares mientras yo le llevaba libros para que se entretuviera, que ella devoraba uno tras otro, como lectora apasionada que era. Seguí bromeando, riendo, disfrutando de lo que podía, como fuera, sólo angustiándose por malgastar sus últimos días en un hospital. Cuando la ví ese lunes por la noche, luego de la operación, su estado era de extrema debilidad. Aún así conversamos y no perdía su buen  humor. La mantenían a una dieta hospitalaria miserable y espantosa que le quitaría el apetito a cualquiera, entonces le comprábamos a hurtadillas la comida que a ella le daba la gana comer, aunque su apetito era casi nulo. Pasé todo el día martes junto a ella, y me retiré por la noche. Seguía soñando con recuperarse para viajar a la costa a ver a tío Roberto, le dije que esperaríamos el tiempo que fuera necesario para que se recupere y que como fuera, íriamos. La despedí con un beso inmenso sin saber que sería la última vez que la vería con vida. Al día siguiente hablamos por teléfono, seguía débil, pero estaba resuelta a irse del hospital, y más allá de lo que dijeran los médicos, y de que nosotros tratamos de convencerla por todos los medios, exigió que la llevaran a su casa. Respetamos su voluntad, sumidos en el miedo de que algo pasara. Ella nos tranquilizó diciéndonos que en casa se recuperaría más rápido. El jueves le dieron el alta, y esa noche hablamos. Estaba animada, tratando de comer. Quedamos en que la visitaría el sábado para dejarla descansar durante el viernes. Pero por desgracia, esa misma noche se descompensó, su estado empeoró rápidamente y mi hermana me llamó desesperada a las tres de la tarde. Salí lo más rápido que pude, con la angustia clavada en el corazón. Por el camino, Lilian llamó para ver cómo estaba, y mi hermana nos comunicó su triste partida. Me aferré al volante en plena autopista y seguí manejando luchando contra el llanto, el desgarro no me permitía detenerme y llegué como pude hasta su casa, adonde ella descansaba serenamente en su lecho, junto a su mundo, como ella lo había deseado. La contemplé destrozado, rodeado del llanto desconsolado de mi hermana, de su esposo Lucas, de Lilian y mi hija Maggie,  de mis sobrinas, sus nietas, de vecinos y amigos que llegaban a despedirse, y me consoló en medio de este desgarro que me invade insidioso, el pensar que pudimos cumplirle su último y obstinado deseo de morir donde ella quiso, rodeada del amor que supo ganarse en su maravillosa y mágica vida ejemplar.
Desde entonces, las horas que siguieron y seguirán a esta triste pesadilla son de inmenso silencio y soledad, de una ausencia infinita, y de un dolor que parece invadirme desde los huesos hasta el fondo del alma, y que me inunda en un llanto que no puedo contener, aunque haga lo posible por cumplir con su voluntad de recordarla con la alegría que ella nos pidió y que tanto se merece, como nadie que yo conozca en este mundo.
Me quedan muchas cosas, por sobre todas, el orgullo incomparable de haber tenido como madre a la persona más buena, valiente, comprometida, solidaria, idealista, soñadora, alegre y ejemplar que conocí y conoceré en toda mi. Y me queda este vacío imposible de llenar, este dolor que me ahoga, y el deber por sobre todo de honrarla cada día a la altura de esta vida que me dio, a la altura de esa vida que ella tan sabiamente vivió y nos enseñó a vivir a todos los que tuvimos la inmensa suerte de ser parte de su mágica existencia.

Mamita del alma, no hace falta que te lo diga porque te lo dije siempre, pero hoy más que nunca quiero que lo sepas donde sea que estés: te adoro con toda mi alma y simplemente quiero que me perdones por esta tristeza persistente que hoy me ahoga y que vos nunca quisite dejarme. Muchas veces te dije que me enseñaste a ser bueno, y vos me decías que no, que yo había nacido así. Soy terco como vos, y sigo insitiendo en lo mismo, porque siempre supe que si no te hubiera tenido por madre, no podría ni por asomo ser nada de lo bueno que puedo llegar a ser hoy. Ahora sé que con tu infinita dulzura me vas a ayudar a encontrar la luz, como siempre lo hiciste, en medio de esta oscuridad. Te estoy viendo en estos rayos de sol que desde ayer se filtran entre las nubes negras que tratan de cubrir el cielo. Te estoy sintiendo en la frecura que desde ayer se obstina poco a poco en apoderarse de este verano inclemente. Te estoy sintiendo adueñarte por siempre de mi alma, y hoy sé que muy pronto te voy a llevar al mar como tanto lo habíamos soñado. Gracias por darme todo, ahora me queda el resto de la vida para devolvértelo. Te amo, como sólo un hijo agradecido puede amar. Por siempre:


                                                                          Alejandro



Invito a todos quienes quieran hacerlo y no lo hayan hecho antes, a que recorran el blog que mamá nos dejó. Es una bella manera de conocerla para quienes no tuvieron esa inmensa suerte.